IEEE. Nuevas potencias en el Cuerno de África: el fin de la hegemonía occidental

Paisaje del centro de Adís Abeba

14 oct 2026

IEEE. Nuevas potencias en el Cuerno de África: el fin de la hegemonía occidental

Blanca Palacián de Inza. Analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (CESEDEN)

Introducción: el Cuerno de África

El Cuerno de África funciona hoy como un pivote estratégico donde la seguridad del mar Rojo se entrelaza con las ambiciones de potencias emergentes (EAU, Turquía, Arabia Saudí) y globales (China, Rusia, EE. UU.).

Mapa del Cuerno de África
Figura 1. Mapa del Cuerno de África. Fuente: Wikimedia Commons

Se ha de entender, por esta ubicación privilegiada, que la importancia estratégica de esta región es especialmente relevante porque conecta África, Oriente Medio y Asia, resultando vital para la seguridad marítima internacional, el comercio mundial y la estabilidad geopolítica de Oriente Medio y Europa. Es un clarísimo ejemplo africano de «geopolítica de tablero»: aquello que apuntaba Brzezinski para Eurasia en El gran tablero mundial cuando destacaba que ciertas regiones, aunque sean periféricas, tienen una situación clave en las rutas comerciales porque albergan recursos o porque se localizan cerca de potencias rivales. El Cuerno de África reúne con creces estas tres condiciones.

De este modo, Eritrea posee una importancia estratégica de primer orden por sus puertos en Assab y Massawa. Yibuti, aunque sea un país pequeño, goza de una ubicación en el estrecho de Bab el-Mandeb que lo hace grande a los ojos de potencias extranjeras. Somalia alberga una cara y una cruz, puesto que, si por un lado es clave para el comercio marítimo, por otro también lo es para los conflictos regionales. Por último, Etiopía, el país más grande con diferencia de la región, compensa su falta de salida al mar con su peso político y económico.

La región es rica en minerales críticos, oro, petróleo, gas y tierra cultivable, así como también en lo que se denomina economía azul. Además, los cuatro países tienen relevancia —y, por tanto, rivalidad— regional e internacional. Es en este último punto, en las ambiciones y presencias internacionales en ellos, en el que se va a centrar en este capítulo.

Matriz de influencia estratégica
Figura 2. Matriz de influencia estratégica

Eritrea

Con una superficie inferior a 120 000 km2, la cuarta parte que España, Eritrea es un pequeño gigante geopolítico, el David del mar Rojo, cuya costa lo convierte en un actor clave y fuerte para la seguridad y el comercio internacionales (Yeh, 2026). Eritrea domina el estrecho de Bab el-Mandeb, una de las rutas comerciales más críticas del mundo por su posición geográfica, pero también por su infraestructura portuaria.

Bajo el mando de Isaias Afwerki, el país ha evolucionado de un aislamiento extremo a ser un actor estratégico que aprovecha su litoral para atraer a potencias que buscan presencia en el mar Rojo.

China

La presencia de China en Eritrea es profunda o estructural y se basa en una asociación estratégica consolidada tras décadas de apoyo mutuo. A diferencia de otros actores, China es el principal socio comercial de Eritrea y un aliado clave en su estrategia de desarrollo a largo plazo (Embajada en Eritrea de la República Popular de China, 2024).

De este modo, empresas chinas participan en proyectos de minería —por ejemplo, opera la mina de Bisha, la mayor productora de zinc y cobre del país—, de modernización de infraestructuras —puertos y carreteras e inversión en telecomunicaciones (Kun, 2026)— y en la venta de bienes manufacturados a Eritrea —desde maquinaria pesada para la construcción hasta electrónica y textiles—.

Rusia

La incidencia de Moscú en Eritrea obedece al deseo de sostener una presencia estratégica creciente enfocada en la cooperación militar y de defensa, y también diplomática, en el mar Rojo. El Kremlin instrumentaliza estos vínculos con Asmara para mitigar el cerco diplomático al que se ve sometido y consolidar una plataforma de proyección marítima en el eje de dicho mar. La relación entre ambos países es más política que económica.

Eritrea es uno de los pocos países que apoya públicamente a Rusia en foros internacionales. Ejemplo significativo de ello fue su voto «No» a la resolución que exigía el fin de la ofensiva rusa en Ucrania en la Asamblea General de la ONU en marzo 2022 (Organización de las Naciones Unidas, 2022). Por su parte Rusia, miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, protege con su veto a Eritrea (Méndez Urich, 2021).

Además, Rusia vende armas y entrena a las Fuerzas Armadas eritreas. Moscú no tiene, de momento, una base militar operativa en el país africano, pero hay cooperación naval y las fragatas rusas (TurDef, 2024) utilizan el puerto de Massawa (Africa Defense Forum, 2023).

Emiratos Árabes Unidos

En el año 2015, Emiratos y Eritrea firmaron un contrato de arrendamiento del puerto y del aeropuerto de Assab durante treinta años. El objetivo de Abu Dabi era tener allí una base militar para su guerra con Yemen, que había comenzado ese año y que se encuentra, desde 2022, en un periodo de calma.

Ante la reducción de las tensiones, Abu Dabi ha centrado sus esfuerzos en el sur de Yemen, priorizando la tutela de puertos estratégicos como Adén y Mukalla mediante el respaldo a sus aliados en la zona. Tras iniciar en 2021 el desmantelamiento de su base en Assab (Associated Press, 2021), la ha abandonado definitivamente en 2026.

Simultáneamente, ha priorizado su relación con Egipto, país en el que es el mayor inversor extranjero, lo que ha provocado un alejamiento definitivo de Eritrea. Este vacío ha sido aprovechado por Arabia Saudí, que se posiciona como nuevo socio preferente de Asmara (McGregor, 2023).

Arabia Saudí

Para los saudíes, Eritrea es una pieza clave en su arquitectura de seguridad y en su ambición de consolidarse como un «centro logístico global», objetivo central de la Visión 2030 (Arabia Saudí, s. f.). El nuevo escenario regional, marcado por el repliegue estratégico de Emiratos Árabes Unidos, ha facilitado la ejecución de esta visión y reforzado el liderazgo de Riad en el mar Rojo (Ardemagni, 2024). Como primera medida, Arabia Saudí ha anunciado inversiones multimillonarias para modernizar el puerto de Assab, con la intención de transformarlo en un nodo comercial capaz de competir con Yibuti (Horn Review, 2025) y garantizar su control sobre el estrecho de Bab el-Mandeb.

Mientras Abu Dabi apuesta por una política disruptiva —apoyando a Etiopía o a Somalilandia (Arabia Saudí, s. f.)—, Riad ha articulado un bloque de contención que aglutina a Egipto1, Eritrea, Somalia y Sudán bajo su influencia. Al liderar esta coalición, Arabia Saudí ejerce una hegemonía efectiva sobre ambas orillas. En palabras de la analista, Rebecca Mulugeta (2026), el reino ahora «posee las olas del mar Rojo».

En esta nueva situación, Eritrea halla en el respaldo saudí una garantía de seguridad frente a las ambiciones de recuperar una salida soberana al mar por parte de Etiopía. A su vez, Eritrea supone para Riad un muro de contención para Irán en el mar Rojo (Zina, 2025).

Francia

Francia no es un actor nuevo en la región; sin embargo, su colaboración con Eritrea no es especialmente estrecha, pues los galos concentran sus recursos en Yibuti, donde mantienen su mayor base militar en el continente africano.

La relación francesa con Asmara es más de vigilancia estratégica y la búsqueda de un equilibrio regional que evite el surgimiento de una potencia hegemónica hostil. Su interés primordial es prevenir una inestabilidad que comprometa la navegación por el estrecho de Bab el-Mandeb, un nodo vital para la seguridad económica de la Unión Europea (Maiz, 2025).

A través de misiones de patrullaje desde Yibuti (Bernacchi, 2025) y de cooperación en inteligencia marítima, París busca asegurar que la creciente presencia de potencias externas en Massawa y Assab no derive en un bloqueo táctico del corredor comercial, posicionándose como un factor de moderación en un tablero cada vez más polarizado.

Italia

La presencia de Italia en Eritrea trasciende el ámbito comercial; representa una apuesta de geopolítica de seguridad y control migratorio bajo el marco del Plan Mattei (El Debate, 2024) para África, impulsado por el Gobierno de Giorgia Meloni. Roma parte de una premisa de seguridad exterior aplicada: estabilizar económicamente el régimen de Isaias Afwerki y fortalecer sus capacidades de control fronterizo para reducir los flujos migratorios hacia las costas italianas, invirtiendo en el origen para mitigar la crisis en el Mediterráneo.

Italia aprovecha una conexión cultural latente —el uso del idioma y la herencia arquitectónica en Asmara— para posicionarse como el «socio natural» frente a actores como Rusia o China, percibidos como potencias ajenas a la idiosincrasia local.

Italia está aplicando su propio «pragmatismo de supervivencia» para asegurar su relevancia en el Cuerno de África. En el momento de redactar este capítulo, existen conversaciones abiertas para desarrollar infraestructuras críticas en Massawa y, potencialmente, en Assab, con el objetivo de reintegrar a Eritrea en los mercados globales y evitar que el litoral del mar Rojo quede bajo el dominio exclusivo de bloques euroasiáticos (Berhane, 2025).

En conclusión, Eritrea se ha consolidado para las potencias globales como un «portaaviones natural» en el mar Rojo. Mientras que EAU ha cedido terreno en favor de Arabia Saudí, que busca en Asmara un escudo de seguridad y un centro para su expansión económica, otros actores definen su presencia bajo intereses específicos. Así, Rusia la proyecta como un punto de apoyo militar estratégico; Francia, como un factor de estabilidad que requiere vigilancia constante desde Yibuti, e Italia, como un socio clave para la gestión migratoria y el desarrollo de infraestructuras bajo el Plan Mattei.

Yibuti

Yibuti es un pequeño país —tiene el tamaño de la Comunidad de Madrid— que ha convertido el alquiler de su suelo en su principal fuente de ingresos. Goza de una privilegiada situación geográfica y una estabilidad difícilmente alterable (Sánchez Martín, 2018) —mantiene una paz garantizada por intereses ajenos—, cualidades que convierten esta pequeña república en objeto de deseo.

Esto no significa que no sufra tensiones internas, como el conflicto étnico, la desigualdad o la presión migratoria. En última instancia, la fragilidad del país es contenida por potencias internacionales que exigen estabilidad para sus propios fines, necesitando que Yibuti sea un punto estratégico que ha de estar operativo 24/7.

Los productos estrella que vende Yibuti son esta estabilidad mencionada y su ubicación, pero ya no son los únicos. Este pequeño país ha experimentado una evolución, pasando de vivir únicamente del alquiler de tierra y de puertos a sumarle la conversión de su territorio en el centro de servicios más estratégico del mundo para cobrarle a las potencias globales por usarlo (De Waal, 2017: 14). Ha completado el negocio de ser un rentista pasivo con ser un centro de servicios logístico, digital y militar.

Yibuti ya no es solo una base militar para las potencias extranjeras; ahora es la infraestructura crítica, sus servicios y mantenimiento, que conectan África con el resto del mundo (Du Couëdic, 2025). Es la paradoja de la supervivencia: Yibuti es demasiado pequeño para ser una amenaza, pero demasiado importante, cada vez más, para no ser defendido. De este modo, convierte su debilidad en su fortaleza.

Esta necesidad de ser defendido se pone a prueba tras la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, iniciada en marzo de 2026, y los sucesos posteriores. Teherán se ha confirmado como un actor capaz de hostigar las arterias marítimas; una proyección con una influencia marginal frente a la capacidad financiera de las potencias del Golfo o Turquía, pero con un poder de sabotaje asimétrico que podría alterar la relativa estabilidad de todo el Cuerno de África.

Mapa con los puertos y bases militares extranjeras en Yibuti
Figura 3. Mapa con los puertos y bases militares extranjeras en Yibuti. Fuente: CRS

Estados Unidos

Desde los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos alquila la base Camp Lemonnier a Yibuti. Se trata de la única base norteamericana permanente en África y también, o precisamente por ese motivo, su instalación más crítica por ser su centro neurálgico en el continente (SwissInfo, 2017). Su relevancia radica en la capacidad de proyectar poder militar inmediato sobre dos continentes y monitorizar el acceso al mar Rojo.

Camp Lemonnier actúa como un multiplicador de fuerzas. El contingente americano no tiene como misión principal la defensa de la instalación, sino la gestión de una infraestructura tecnológica avanzada desde la cual se dirigen operaciones contraterroristas y misiones de drones contra Al-Shabaab y Al-Qaeda.

EE. UU. se erige así en el garante de la seguridad regional, más interesado en quién gestiona los puertos que en administrarlos directamente, evitando que el flujo de crudo caiga bajo control de rivales como Irán o China. Por su parte, el Reino Unido mantiene una presencia reducida, apoyándose en la logística estadounidense para escalas técnicas.

China

Inaugurada en 2017, la Base de Apoyo del Ejército Popular de Liberación (EPL) en Yibuti, a pocos kilómetros de la norteamericana, fue la primera instalación militar china en el extranjero.

Esta base le otorga a China poder naval y también blinda el control económico de China sobre el país, sustentado en la abrumadora deuda2 y en la construcción del puerto de Doraleh y el ferrocarril hacia Etiopía.

A diferencia de Camp Lemonnier, que se centra en el contraterrorismo, la base china prioriza la protección de sus rutas comerciales y sirve como nodo para sus expediciones de largo alcance3. Para ello, China emplea una estrategia de «doble uso»: infraestructuras civiles que evolucionan hacia capacidades militares (Stone y Wood, s. f.). Se trata de una «evolución oportunista» donde los puertos comerciales terminan albergando buques de guerra y portaaviones, funcionando como herramientas multidimensionales para la inteligencia y la logística militar (Kennedy y Brzozowski, 2025). Esta «fusión cívico-militar», dictada por el Partido Comunista (U.S. Department of State, s. f.), contrasta con el despliegue puramente militar de EE. UU.

En el plano financiero, China es el mayor acreedor de Yibuti (Fondo Monetario Internacional, 2025). Semejante deuda le otorga a Pekín un poder de veto informal sobre las decisiones del país y compromete su autonomía económica. Este estrangulamiento financiero es precisamente lo que explica que Yibuti busque en Arabia Saudí un contrapeso estratégico para diversificar sus apoyos.

Hoy en día, China sigue siendo la potencia con mayor presencia estructural en Yibuti, aunque Arabia Saudí es el actor que disputa con mayor rapidez el terreno político y estratégico.

Arabia Saudí

Una Yibuti asfixiada por la deuda frente a Pekín compromete su soberanía, escenario que Arabia Saudí busca revertir para evitar que un vecino estratégico dependa de una sola potencia. Al intervenir en el alivio financiero de Yibuti mediante la refinanciación o la inversión directa, Riad no solo refuerza su papel de potencia regional, sino que se asegura una posición de ventaja en cualquier negociación diplomática futura.

Arabia Saudí va incrementando a pasos agigantados su presencia e influencia en Yibuti, mientras que la de Emiratos Árabes Unidos va desapareciendo, convirtiéndose en un líder emergente.

Actualmente, su estrategia se asienta sobre dos pilares comerciales. En 2024 obtuvo la concesión de una zona logística estratégica, garantizando una vía de penetración directa para sus exportaciones al continente (Agenzia Nova, 2024a). Un año después, consolidó esta expansión mediante la empresa Red Sea Gateway Terminal, que obtuvo la concesión para operar el puerto de Tadjourah (Kontos, 2025).

En el plano militar, queda pendiente la culminación de las negociaciones para la apertura de su primera base militar en el extranjero, que se proyecta precisamente en suelo yibutí para completar su arquitectura de seguridad en ambos márgenes del mar Rojo.

Turquía

Mientras Arabia Saudí se enfoca, de momento, en la logística portuaria y comercial, Turquía trabaja por una presencia que tenga impacto en la identidad y se aleje de críticas que pongan de relieve el exclusivo interés pecuniario. Un ejemplo emblemático es la Presa de la Amistad de Ambouli, finalizada en 2019. Financiada y construida por Turquía, protege la capital —donde vive el 75 % de la población— de inundaciones catastróficas al tiempo que contribuye a la recarga de las reservas de agua subterránea.

Siguiendo su estrategia regional de proyección cultural, Turquía ha erigido la mezquita más grande del país, la mezquita Abdulhamid II (Mundo Islam, 2019), consolidando su papel como referente religioso. Paralelamente, se ha consolidado como un socio tecnológico y de defensa clave mediante la venta de drones (Baykar, 2022), el entrenamiento de tropas yibutíes y el suministro de equipo táctico. Actualmente, Ankara no muestra interés en establecer una base militar en Yibuti —dado que ya cuenta con una importante instalación en Somalia—, prefiriendo mantener su papel de aliado civil y hermano religioso en el Cuerno de África.

Rusia

Rusia carece de base militar en Yibuti debido a la persistente presión diplomática y financiera de Estados Unidos sobre el Gobierno yibutí. La negativa norteamericana podría ser también la razón de que sus intentos de establecerla en Port Sudán estén fracasando (Sudan Tribune, 2025). Ante este escenario de exclusión, Moscú ha reorientado su estrategia hacia Eritrea para asegurar su «parte del pastel» en el control del mar Rojo. El Kremlin considera su presencia en esta vía marítima como una prioridad irrenunciable.

Francia

La presencia francesa es la más antigua y numerosa de la Unión Europea en el país. Está consolidada con su base BA 188, la más grande en el continente africano de los galos, para mantener su influencia y tener una plataforma para sus operaciones en el Sahel y el Índico.

A diferencia de otros actores, la relación de Francia con Yibuti se define por un compromiso existencial: mediante un tratado de cooperación en materia de defensa, París garantiza la integridad territorial del Estado yibutí. Esta cláusula de seguridad, el artículo 4, implica que, ante cualquier agresión externa o intento de invasión, Francia está legalmente obligada a intervenir militarmente (República Francesa, 2014).

España, Italia y Alemania

La presencia de la Unión Europea se articula principalmente en torno a la seguridad de las rutas comerciales bajo el mandato de la operación Atalanta (Ministerio de Defensa, s. f.) —centrada en la lucha contra la piratería— también con la misión EUNAVFOR ASPIDES (Unión Europea, s. f.), cuya vigencia en febrero de 2026 resulta crítica para proteger el tráfico marítimo de las amenazas asimétricas y los ataques hutíes en el mar Rojo.

Al carecer de instalaciones soberanas, países como España y Alemania operan bajo el amparo de la infraestructura gala. España mantiene desplegado, en el marco de Atalanta, el Destacamento Orión (Ministerio de Defensa, 2024) del Ejército del Aire y del Espacio en la base francesa, aportando capacidades vitales de patrulla marítima y vigilancia electrónica. Italia, por el contrario, representa una excepción dentro del bloque al contar con una base permanente, que no solo apoya las misiones navales de la UE, sino que sirve como nodo logístico fundamental para sus propios intereses estratégicos en Somalia y en la contención de los flujos migratorios.

Japón

La instalación de las Fuerzas de Autodefensa de Japón (JSDF) en Yibuti representa un hito histórico. Se trata de la primera y única base militar de Tokio fuera de su archipiélago desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aunque su despliegue original en 2011 se justificó bajo el mandato de la lucha contra la piratería en el golfo de Adén, en febrero de 2026 su misión ha mutado hacia una función puramente estratégica (Japón, 2022: 29).

Japón ha ampliado significativamente la base en un esfuerzo deliberado por contrarrestar la hegemonía de la vecina base china (Kubo, 2026). Esta expansión no solo busca proteger sus rutas de suministro vitales, sino que forma parte de la nueva doctrina de seguridad japonesa, que aspira a una presencia proactiva en el Indopacífico y el mar Rojo.

Catar y Emiratos Árabes Unidos

Catar actuó como mediador en el conflicto entre Yibuti y Eritrea por la delimitación fronteriza (Reuters, 2017). Es un inversor en el sector hotelero y en proyectos humanitarios. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, tiene una relación tensa y, desde su expulsión del puerto de Doraleh en 2018, espacio que ocupó China, su presencia se ha trasladado a los puertos de Eritrea y Somalia.

La coexistencia de distintas potencias refleja que el país es hoy un nodo esencial del equilibrio global. La proximidad de apenas 12 kilómetros entre bases convierte Yibuti en un laboratorio de fricción donde soldados rivales se vigilan con binoculares y radares. Cualquier error de cálculo en esta «paz fría» podría escalar rápidamente un conflicto de espionaje a un enfrentamiento abierto, aunque no es una posibilidad muy plausible por los intereses comunes.

Somalia

Al igual que Eritrea y Yibuti, Somalia también goza de una posición geoestratégica de alto impacto, o incluso mayor, debido a la extensión de su litoral —el más largo del África continental (más de 3000 km)— y a su doble proyección hacia el mar Rojo y el océano Índico.

Sigue siendo considerado uno de los Estados más frágiles del mundo (The Fund for Peace, 2024). A pesar de esto, el país ha pasado de ser percibido únicamente como un foco de piratería y terrorismo a ser en un mercado político donde la soberanía se subasta (De Waal, 2014) y se mide la capacidad de las potencias para reconstruir —o tutelar— un Estado en su beneficio.

A diferencia de Yibuti, país pequeño pero estable, y de Eritrea, autoritario pero centralizado, Somalia ha atravesado décadas de fragmentación estatal habiendo sido considerada durante años como el paradigma del Estado fallido. Esto facilitó, y lo sigue haciendo, fenómenos como la piratería o la presencia de grupos armados como Al-Shabaab o la filial de ISIS llamada Estado Islámico – Provincia África Oriental (IS-CAP), entre otros.

Su debilidad institucional ha convertido Somalia en un espacio geopolítico abierto a la competencia indirecta entre potencias como China o Estados Unidos, Etiopía y Egipto o Emiratos Árabes Unidos frente a Catar y Turquía. La paradoja es la rentabilidad del caso, puesto que su flaqueza es su mayor activo para las potencias externas. Recientemente, una acción disruptiva ha polarizado las presencias y alianzas en el país, como se va a ver a continuación.

El pasado 26 de diciembre de 2025, Israel reconoció oficialmente a la República de Somalilandia como un Estado independiente y soberano (Chome, 2026), con el interés de ganar así una base contra los hutíes. Esta formalidad diplomática ha supuesto un terremoto en las alianzas en Somalia, y en el Cuerno de África en general, porque el trasfondo que inquieta es el futuro de la arquitectura de seguridad en el mar Rojo.

Como respuesta a la acción de Israel, se encuentran dos bloques a modo de guerra fría en el mar Rojo. Los defensores de la unidad de Somalia: Turquía, Catar y Arabia Saudí, y el eje que apoya a las regiones autónomas, encabezado por Israel y Emiratos Árabes Unidos. China, Estados Unidos y la UE mantienen posturas basadas en el mantenimiento del statu quo internacional, aunque con matices estratégicos que los acercan al bloque de Mogadiscio en tanto en cuanto son partidarios del respeto a la integridad territorial.

Emiratos Árabes Unidos

En enero de 2026, el Gobierno somalí anuló todos los acuerdos que sostenía con Emiratos Árabes Unidos, alegando acciones emiratíes consideradas «perjudiciales para la soberanía, la unidad nacional y la independencia política del país» (Al Mayadeen Español, 2026). El apoyo de Abu Dabi al respaldo de Israel a la independencia de Somalilandia fue determinante para esta expulsión (EFE, 2026a). No obstante, Emiratos Árabes Unidos sigue presente en las regiones autónomas somalíes de Somalilandia, Puntlandia y Jubalandia y, en concreto, en los puertos de Berbera y Bosaso (Mohamed, 2026). Allí, el Gobierno central tiene poca presencia, aunque sí controla el espacio aéreo y podría tomar medidas drásticas de expulsión. En cualquier caso, nada indica que las relaciones entre ambos países vayan a mejorar en el corto o medio plazo.

Somalia ha respondido buscando apoyo en Turquía y Arabia Saudí, firmando recientemente (febrero de 2026) nuevos acuerdos de cooperación militar para contrarrestar la «interferencia» israelí en lo que consideran su territorio nacional (Al Jazeera, 2026).

Turquía

La preponderante presencia turca en Somalia es el resultado de una década de pasos pequeños que se aceleran en 2024. En febrero de ese año, Ankara firma un acuerdo (Agenzia Nova, 2024b) por el que Mogadiscio le da la autoridad de defensa y derechos de explotación de sus aguas durante diez años. El objetivo último somalí es frenar un posible movimiento de Etiopía en relación con sus ambiciones de salida al mar, puesto que, en enero, había firmado un memorando de entendimiento (MoU) con Somalilandia en el que la reconocería como país independiente a cambio de un puerto.

Turquía asume la seguridad de toda la costa somalí, incluida la de Somalilandia, aunque esta última de facto no se ejerce, ya que esta región tiene sus propios pactos con Etiopía y Emiratos Árabes Unidos.

El pragmatismo y, recientemente, el músculo militar turco en Mogadiscio evidencian que la presencia occidental, basada en la ayuda al desarrollo condicionada, ya no es la única opción, ni la más atractiva, para los Gobiernos africanos (Mesa, 2024).

Turquía controla los nodos logísticos del país. En la capital somalí se encuentra la base turca más grande más allá de sus fronteras: Turksom. Desde ella, controla las rutas marítimas y protege las aguas de Somalia (Ibáñez, 2024). Además, gestiona el aeropuerto internacional y el puerto de Mogadiscio. Por último, para finales de 2025, Turquía tenía previsto terminar su estación de lanzamiento de cohetes en Somalia (EFE, 2023), pero ese hito se retrasa.

A cambio, Ankara ha negociado una participación dominante en la futura exploración y producción de hidrocarburos en alta mar de Somalia (Kimani, 2026), entrena a parte del ejército somalí e impulsa la venta de sus propios equipos militares (hard power). Como parte del poder blando (soft power) que ejerce Turquía, conviene destacar que una parte significativa del ejército somalí ya habla turco (Kasapoglu, 2020). En la misma línea, gana, además, influencia por sus ayudas, como la construcción de hospitales o escuelas.

Turquía ha ejecutado en Somalia un manual perfecto de lo que el politólogo Joseph Nye llamó poder inteligente (smart power): la mezcla estratégica de la fuerza militar con la seducción cultural y económica; poder duro sumado a poder blando. Parte de este último es haber logrado que su presencia no se perciba como una ocupación, sino como una asociación necesaria.

Arabia Saudí

Antes del reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel, el mayor interés de Riad era evitar que potencias no árabes o rivales, como Irán o incluso Turquía, controlaran ambas orillas del mar Rojo. En el contexto de 2026, Turquía y los saudíes se han convertido en socios de conveniencia. Riad prefiere a Turquía antes que una influencia israelí o etíope en la zona. Su presencia era sobre todo económica y diplomática (Vertin, 2019) en áreas de poder blando.

El reconocimiento israelí ha modificado, entre otras muchas cosas, esa tendencia. Un ejemplo de este giro lo constituye la firma, en febrero de 2026, de un acuerdo de cooperación militar entre Arabia Saudí y Somalia (Shabelle Media Network, 2026). Este acuerdo tiene lugar justo después de que Somalia rompiera sus acuerdos de seguridad con EAU.

A pesar del acuerdo de cooperación militar mencionado, el papel de Arabia Saudí es el de socio financiero y diplomático en áreas de poder duro. Es Turquía quien ejerce el poder militar directo.

Como se ha visto anteriormente, a comienzos de 2026 Turquía se ha consolidado como el único garante militar operativo de la integridad territorial de Somalia. Turquía pone los cazas F-16, las botas y los buques; Arabia Saudí pone la legitimidad regional y los recursos necesarios para que el Estado somalí no colapse.

Catar

En febrero de 2026, la presencia de Catar en Somalia se ha intensificado significativamente, convirtiéndose en un pilar del nuevo «paraguas de seguridad árabe» que apoya al Gobierno federal en Mogadiscio (Islam Times, 2026).

El 19 de enero de 2026, Catar y Somalia firmaron en Doha un acuerdo de cooperación en defensa (Mobio, 2026). Este pacto busca también llenar el vacío dejado por los Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Catar, al igual que Arabia Saudí, también actúa en estrecha coordinación con Turquía. De este modo, mientras Turquía proporciona el músculo militar directo (como el despliegue de cazas F-16), Doha aporta el respaldo financiero y diplomático necesario para sostener las instituciones del Gobierno federal. El sector de financiación de Catar y de Arabia Saudí no es el mismo. Catar ha sido el aliado fiel y constante de la Administración actual y se orienta a la inteligencia y financiación y formación de la Administración civil. Por su parte, Arabia Saudí se ha sumado al apoyo recientemente y se enfoca en el presupuesto de defensa.

Egipto

En febrero de 2026, tras haber salido las tropas emiratíes de Somalia, Egipto ha terminado el despliegue allí de diez mil efectivos, helicópteros y drones (Asem, 2024). Egipto se ha consolidado como el aliado militar terrestre más importante de Somalia formando, junto con Turquía, Catar y Arabia Saudí, el bloque que defiende la unidad del país frente al reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel.

Egipto ya había iniciado un despliegue militar significativo en agosto de 2024 (Sadek, 2024), impulsado principalmente por su rivalidad con Etiopía y, de manera especial, desde la firma del memorando con Somalilandia.

Cuando Israel reconoció a Somalilandia en diciembre de 2025, Egipto ya tenía una infraestructura militar y un marco legal y diplomático establecidos en Somalia. El anuncio de Israel provocó que Egipto acelerara y ampliara sus objetivos militares (Foundation for Defense of Democracies, 2024).

Para Egipto, Somalia es un escenario esencial para su propia seguridad, puesto que se apoya en Mogadiscio para sus disputas por el agua del Nilo con Etiopía (Palacián de Inza, 2025). La acción egipcia hacia Etiopía es indirecta: al apoyar a Somalia y su unidad, impide que Adís Abeba tenga una salida al mar en Somalilandia.

China

Al igual que Egipto, Arabia Saudí o Turquía, China se posiciona a favor de la unidad de Somalia. Del mismo modo, Somalia se adhiere «al principio de una sola China» (Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China, 2026). La diferencia estriba en que Pekín no apoya a Mogadiscio con un despliegue militar, sino en la diplomacia de alto nivel en el Consejo de Seguridad de la ONU (Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China, 2026), por ejemplo, y, siguiendo su modelo de diplomacia de infraestructuras, en la construcción de las mismas: modernización de puertos (New Mogadishu Development Corporation, s. f.) e inversión en energías renovables y agricultura y pesca (Jain, 2025).

China compite directamente con las empresas turcas que gestionan el puerto de Mogadiscio, por lo que busca negocio en puertos secundarios como Kismayo.

EE. UU.

EE. UU. sigue siendo, con diferencia, el mayor donante de ayuda humanitaria a Somalia (Ocha Services, 2024). Esta posición de liderazgo responde a varias necesidades estratégicas: actuar como escudo contra Al-Shabaab, facilitar una mayor aceptación de la presencia norteamericana entre la población, tener acceso al Mar Rojo y ayudar a contener la influencia china (Congreso de Estados Unidos, 2025).

En 2026, EE. UU. mantiene el control del aire mediante el vuelo de drones y el entrenamiento de la brigada de élite somalí Danab, pero ha perdido el monopolio de los pesos político y económico frente al músculo militar de Egipto y el financiero de China.

En febrero de 2026 (Office of Inspector General, 2025) se han anunciado nuevos fondos para la estabilización de zonas recientemente liberadas de Al-Shabaab, posiblemente buscando evitar que China o los actores del Golfo (como Arabia Saudí) monopolicen la reconstrucción civil. También hay competencia con Turquía, aunque en otro frente: los drones turcos ahora se mueven en el mismo espacio aéreo que los norteamericanos. Además, la inteligencia somalí ya no depende solo de los satélites americanos y eso es una pérdida de control crítica para EE. UU.

Actualmente, EE. UU. es un actor más en lo militar, que procura andar atento para no perder más influencia, aunque las decisiones de recortes de las ayudas le pueden salir caras.

UE

La presencia de la Unión Europea en Somalia es casi exclusivamente operativa y técnica. Esta se materializa a través de las misiones que mantiene sobre el terreno que han sido prorrogadas hasta 2027 (Inforpuertos, 2025). Estas misiones son (Ministerio de Defensa, s. f.): EUTM Somalia, centrada en el entrenamiento del Ejército Nacional Somalí (SNA); EUCAP Somalia, una misión civil que asesora a la policía y a las guardias costeras, y la operación Atalanta, liderada a menudo por España, que patrulla las costas de Somalia, protegiendo a los barcos del Programa Mundial de Alimentos y vigilando el tráfico en el mar Rojo.

Además, aunque es una misión de la Unión Africana, con la transición de la misión ATMIS (Misión de Transición de la Unión Africana en Somalia) a la nueva AUSSOM (Misión de la Unión Africana de Apoyo y Estabilización en Somalia), la UE sigue siendo el principal pagador de los salarios de los soldados que participan en ella.

En la misma línea de financiación, la Unión Europea es el mayor inversor en algunos sectores de la infraestructura estatal somalí como la reforma del sistema judicial, los proyectos relacionados con la seguridad alimentaria o la infraestructura de salud entre otros (Comisión Europea, s. f.).

EE. UU. y la UE ya no dictan la política en Mogadiscio; su participación se centra en el sostenimiento financiero de la arquitectura de seguridad, orientado a prevenir una crisis sistémica que pudiera derivar en flujos migratorios irregulares a gran escala.

Somalia ha pasado de ser un Estado fallido a un tablero de ajedrez multipolar. En 2026, Mogadiscio ha demostrado una maestría inesperada al alquilar diferentes parcelas de su soberanía a distintas potencias: el cielo a Turquía y EE. UU., el suelo a Egipto, las arterias comerciales a China y el pulmón financiero al Golfo (Arabia Saudí y Catar). La UE, por su parte, queda relegada a ser el mecenas normativo que financia la burocracia de una estabilidad que ahora ejecutan otros con métodos mucho más directos. El resultado es un país que, aunque hipotecado, es hoy más difícil de invadir o fragmentar que hace una década.

Etiopía

Etiopía es el corazón demográfico y político del Cuerno de África. Es el segundo país más poblado del continente (Organización de las Naciones Unidas, s. f.) y sede de la Unión Africana. Con la independencia de Eritrea en 1993, Etiopía pasó de ser una potencia costera a convertirse en el país sin litoral más poblado del mundo. Su falta de salida al mar define y mediatiza gran parte de su agresiva política exterior que también puede ser la maniobra que intente cohesionar a un país lleno de profundas grietas (Palacián de Inza, 2024).

Si bien es cierto que las dificultades internas quedan silenciadas con las ambiciones externas, también lo es que Etiopía se siente cercada: tiene a Egipto al norte y ahora a Egipto al sur (diez mil soldados egipcios en Somalia). El memorando de entendimiento firmado con Somalilandia es su forma de romper ese cerco4. La falta de litoral no solo «mediatiza» su política, también su economía, puesto que el 95 % de su comercio pasa por un solo punto que supone entre 1500 y 2000 millones de dólares anuales (Yibuti) (Bereketeab, 2024).

Adís Abeba ha pasado de una dependencia casi exclusiva de Occidente a ser, a partir del año 2000, un escenario de competencia estratégica donde China, Rusia y Emiratos Árabes Unidos juegan papeles determinantes. Su ingreso en los BRICS en enero de 2024 y la puesta en marcha de la Gran Presa del Renacimiento (GERD) han reafirmado su ambición de liderazgo.

Para comprender este equilibrio de fuerzas, es necesario analizar el papel de los distintos actores que operan sobre el terreno etíope: desde la hegemonía inversora de China y el emergente peso comercial de la India hasta el soporte vital de la Unión Europea y el eje árabe.

China

Dentro de este complejo tablero de alianzas, la relación con Pekín representa el vínculo más profundo y, a la vez, más controvertido de la estrategia etíope. China no es solo un aliado comercial, sino un socio estructural —e incluso existencial— que ha moldeado la fisonomía del país en las últimas décadas.

Etiopía cayó en una trampa de deuda masiva con China para construir trenes y presas. Eso generó resentimiento en la población etíope cuando los proyectos se volvieron impagables. Conviene destacar como ejemplo más relevante que Pekín ha construido las líneas de transmisión de la Presa del Renacimiento, de modo que es quien permite que la energía llegue a las ciudades. Esa es su verdadera palanca de poder.

Etiopía tiene la etiqueta de «asociación estratégica para todo tipo de circunstancias» (o all-weather strategic partnership [Xinhua News Agency, 2024]) que otorga el Gobierno chino. No es solo retórica diplomática, sino que es el nivel más alto de confianza que China otorga a sus aliados más cercanos. Muy pocos países tienen esta etiqueta.

La presencia china en Etiopía sufre una paradoja. Los chinos son dueños de todo el hormigón, pero no pueden llevarse el dinero a casa. Etiopía sufre una escasez crónica de moneda extranjera y su Banco Nacional bloquea el acceso a divisas.

Para no perder ese dinero, China está aceptando concesiones mineras como pago de deuda (Reuters, 2025). En lugar de liquidez se llevan litio y tierras raras. Otra forma de no perder es la reinversión en construcción. Los edificios funcionan como un depósito de valor físico. Sin embargo, como para terminar las obras necesitan materiales importados que se pagan en dólares —y el Gobierno no se los da—, las construcciones se detienen, dejando la capital llena de promesas de cemento inconclusas. Por este motivo, el paisaje de Adís Abeba está lleno de esqueletos de hormigón y grúas paradas. No obstante, un nuevo actor está sabiendo aprovechar la situación, como se va a analizar a continuación.

Paisaje del centro de Adís Abeba
Figura 4. Paisaje del centro de Adís Abeba. Fuente: Juan Pedro Hornero

Emiratos Árabes Unidos

Ante este escenario de parálisis, el relevo lo ha tomado el capital de Emiratos Árabes Unidos, que recientemente ha dado pasos de gigante en su larga trayectoria para ser una presencia de primer orden en Etiopía. En este inicio de febrero de 2026, han pasado a la ofensiva, aprovechando el «atasco» financiero de China para comprar activos estratégicos a precio de saldo. Su estrategia es clara: donde China pone cemento y deuda, Emiratos Árabes Unidos pone dólares y gestión.

Esta agresiva entrada emiratí no busca financiar el Estado etíope, sino sustituir los acreedores chinos en sectores clave. Abu Dabi ha entendido que la escasez de divisas de Adís Abeba es su mejor oportunidad de mercado, y más aún, puesto que EAU no solo compra activos, sino que, además, inyecta liquidez directa para que Etiopía pueda pagar sus importaciones básicas (Enterprise AM, 2024). A pesar de ello, China no es un actor del pasado: sigue siendo el mayor acreedor y es el dueño principal de la infraestructura.

EAU ha puesto en marcha una estrategia de presencia generalizada que se puede resumir en cuatro puntos más: la financiación de infraestructura y logística, el respaldo político y diplomático a Adís Abeba, la seguridad alimentaria y la tecnológica.

En lo relativo a la infraestructura y la logística, la mano ejecutora es una de las mayores empresas de gestión portuaria del mundo. A través de Dubai Ports World (DP World), Emiratos Árabes Unidos no solo gestiona el puerto de Berbera, sino que está financiando la construcción del ferrocarril Berbera-Aysha (Somaliland, 2025) que se integrará con el existente hasta Adís Abeba.

EAU posee, de facto, las llaves del mar para Etiopía (Roca, 2024); la llave física, como se acaba de ver, pero también la diplomática. A través de la operadora DP World, Emiratos Árabes Unidos no solo controlan y modernizan el puerto de Berbera en Somalilandia, sino que, según Omar Mahmoud de International Crisis Group (Mohamed, 2026), para Somalia han sido los verdaderos garantes del polémico memorando firmado en 2024 (Gebru, 2025).

Para Adís Abeba, Berbera no es solo una alternativa logística a Yibuti (añade ventajas en coste [Seid, 2025] y eficiencia), sino que también es la culminación de su ambición nacional de recuperar una salida al mar Rojo. EAU da cierta confianza de parachoques ante el temor de Adís Abeba de que el pacto con Somalilandia siga siendo visto como una violación de la soberanía de Somalia (Palacián de Inza, 2024).

Este es el golpe maestro de Emiratos Árabes Unidos en 2026, puesto que China depende del puerto de Yibuti, pero EAU controla Berbera. Al facilitar el pacto entre Etiopía y Somalilandia para que Adís Abeba tenga su propia salida al mar, EAU se ha convertido en el «socio indispensable» que ofrece a Etiopía lo que más desea: romper su encierro geográfico.

La influencia emiratí trasciende lo logístico para alcanzar la seguridad estratégica. Fondos emiratíes están adquiriendo grandes extensiones de suelo fértil para cultivar trigo y productos básicos destinados directamente al Golfo. A diferencia de muchos proyectos chinos, Emiratos Árabes Unidos utiliza la mano de obra etíope y parte de la cosecha se dedica al mercado interno, pero asegura también su propio consumo.

EAU se ha consolidado como el socio tecnológico de la defensa etíope (Al Jazeera, 2021), lo que ha permitido a la Fuerza Aérea de Etiopía fabricar trescientos drones en solo tres meses (Fortune, 2025). Además, en la cumbre de la Unión Africana de febrero de 2026, EAU ha anunciado una inversión de 1000 millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial para África (Agenzia Nova, 2025), con Etiopía como centro logístico.

En definitiva, el ascenso emiratí ha transformado la vulnerabilidad etíope en una oportunidad de control absoluto. Al gestionar simultáneamente el flujo de divisas, la seguridad del régimen y la ansiada salida al mar Rojo, Abu Dabi ha pasado de ser un aliado financiero a convertirse en el gestor externo de la viabilidad del Estado etíope.

No todo son ventajas. Etiopía está cambiando una trampa de deuda china por otra de infraestructura cautiva emiratí. Si Adís Abeba se enemista con Abu Dabi, no solo debe dinero, sino que pierde físicamente su acceso al mar y su seguridad alimentaria. Además, sin que esto suceda, solamente su ambición en Somalilandia le supone la rivalidad directa con Egipto.

La influencia y presencia emiratí en África tiene dos caras: la del desarrollo que convive con la del acaparamiento de tierra y las acusaciones de neocolonialismo y abusos contra los derechos humanos (Americans for Democracy & Human Rights in Bahrain, 2024).

EE. UU.

Para Estados Unidos, la estabilidad de Etiopía es una necesidad de seguridad nacional (Getachew, 2026) en el Cuerno de África. A pesar de ello, hoy Washington lucha por no ser desplazado. El ingreso de Etiopía en los BRICS rompió la exclusividad financiera estadounidense, permitiendo a Adís Abeba usar el Nuevo Banco de Desarrollo para esquivar la presión del FMI y el Banco Mundial.

Esta autonomía genera una incongruencia estratégica que irrita al Congreso: EE. UU. envía miles de millones en ayuda humanitaria a un «socio» que vota con Moscú y Pekín (Everett, 2024).

Bajo la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de 2026, EE. UU. ha adoptado un «realismo cauteloso». Según analiza Suliman (2026), Washington ya no actúa como tutor, sino como un espectador que delega la gestión interna en Adís Abeba para evitar que el país colapse o caiga totalmente bajo el control de China. Esta incongruencia estratégica permite que Adís Abeba use la ayuda estadounidense para sostenerse —es el país africano que más dinero recibe de USAID (Agbetiloye, 2025)—, mientras se integra plenamente en los BRICS, desafiando la hegemonía del dólar.

Turquía

Turquía mantiene una relación estratégica con Etiopía, consolidándose como su segundo mayor inversor extranjero después de China, con una inversión directa que ronda los 2500 millones de dólares en sectores como manufactura y construcción (U.S. Department of State, 2025). Ankara actúa como un socio integral, puesto que no solo pone dinero, sino que traslada su industria y su tecnología militar (Kemal, 2026).

En el ámbito militar, Ankara ha sido un aliado decisivo para el Gobierno de Abiy Ahmed. El suministro de drones Bayraktar TB2 y Akinci fue fundamental para frenar la insurgencia en Tigray. En 2026, esta relación ha evolucionado hacia un Pacto de Cooperación en Defensa, que incluye entrenamiento y suministro constante de armamento.

Respecto a la infraestructura, la empresa turca Yapı Merkezi lideró el ferrocarril Awash-Woldia. Etiopía ha fragmentado su red ferroviaria entre tres potencias para evitar el monopolio de una sola nación: China controla el corredor central hacia Yibuti, Emiratos Árabes Unidos financia el futuro corredor hacia Berbera y Turquía controla el norte (Chen, 2021). Esta línea es clave para conectar la industria textil septentrional con la red principal hacia el mar.

Finalmente, Turquía utiliza el poder blando: financia hospitales y centros educativos y restaura mezquitas históricas como la de Al-Nejashi, conectando con la amplia población musulmana etíope. Esta posición equilibrada, sumada a sus inversiones en ambos países, permite a Turquía actuar como un mediador en el conflicto del Nilo (GERD) y en el de Etiopía y Somalia tras el memorando con Somalilandia. Ankara busca estabilidad para proteger sus intereses económicos.

UE

La Unión Europea es hoy un actor secundario en Etiopía. Su influencia ha pasado de ser política a casi puramente asistencial. Esto se debe, por un lado, a que la UE ya no puede competir en velocidad ni en volumen. Mientras EAU pone 3000 millones para un tren en meses (Abdullahi, 2025), la UE tarda años en aprobar paquetes de ayuda de 600 millones condicionados a burocracia y reformas.

Por otro lado, al ser un actor que exige el respeto a los derechos humanos y la rendición de cuentas para liberar fondos, no es el socio elegido para los grandes proyectos estratégicos. Abiy Ahmed prefiere la «no interferencia» de los BRICS, de los que, además, ya es parte, o el pragmatismo emiratí.

Además, para Adís Abeba, la UE es la entidad a la que se acude para reconstruir clínicas y escuelas después de la guerra, pero no para construir el futuro económico del país. Es vista como una especie de ONG gigante, no como un socio de poder.

En definitiva, la UE en 2026 se limita a gestionar las consecuencias de la inestabilidad (migración y hambre) mientras ve desde la barrera cómo las potencias del sur global (EAU, Turquía, China e India) se reparten los activos reales y el control de las rutas comerciales.

Rusia

La importancia de Rusia en Etiopía ha crecido tras la entrada de Etiopía en los BRICS. Su estrategia actual se basa en tres pilares disruptivos que desafían directamente la influencia occidental: le ofrece tecnología nuclear civil, armas y un veto protector en el Consejo de Seguridad de la ONU. De este modo, Moscú se ha posicionado como el «garante de la soberanía tecnológica y de defensa» (Dezhina, 2024).

Rusia se convierte en una suerte de guardaespaldas que ofrece a Etiopía las herramientas para ser una potencia regional independiente: energía nuclear, drones de ataque y un sistema financiero alternativo al dólar en el marco de los BRICS. Para Rusia, Etiopía es su nodo de acceso para equilibrar el poder de Occidente en el Cuerno de África (Samyuktha, 2025).

Algunos ejemplos de la influencia creciente rusa son la firma de acuerdos entre Etiopía y Rusia para construir una central nuclear de diseño ruso en territorio etíope (ROSATOM, 2025), así como el incremento en la venta de armamento pesado (Kyrychevskyi, 2026), cazas y, recientemente, de aviones Su-30.

Arabia Saudí

Mantiene una rivalidad silenciosa con Emiratos Árabes Unidos por la influencia en el país. Riad se ha posicionado como un socio fundamental en agricultura y seguridad alimentaria, buscando asegurar el suministro para el reino a través de tierras etíopes. En febrero de 2026, ambos países han impulsado un consejo empresarial para elevar su comercio bilateral, que ya supera los 1000 millones de dólares (Hailegorgis, 2026).

India

Nueva Deli es un gigante silencioso. Su presencia es menos percibida que la de EAU o China, pero mucho más profunda en el tejido económico cotidiano y en la educación.

Es el segundo socio comercial de Etiopía y es el tercero en inversión, controlando gran parte de la inversión, privada, en el sector textil y de parques industriales. Plásticos, agricultura o el sector farmacéutico son otras parcelas en las que Deli pisa con fuerza (Rani Anand, 2025) utilizando, además, para los intercambios la rupia india y el birr etíope.

Por otro lado, India también hace uso del poder blando de la mano de la educación, siendo el socio número uno en formación en Etiopía al haber enseñado a una gran parte de la élite técnica y burocrática del país.

Adís Abeba usa a la India para no depender totalmente de China. Deli, por su parte, ve a Etiopía como su puerta de entrada al mercado africano a través del acuerdo para la Zona de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA) (ICEX, s. f.), utilizando las fábricas indias en Etiopía para producir y vender sin aranceles a todo el continente.

Al igual que los otros países del Cuerno, Etiopía no elige un bloque frente a otro, sino que practica un equilibrio pragmático buscando oxígeno en la multipolaridad: prioriza los miembros de los BRICS para acelerar su crecimiento estructural y garantizar su defensa sin injerencias. A la vez, mantiene a EE. UU. y la UE como socios indispensables para la ayuda humanitaria y el equilibrio diplomático. Frente a la frialdad de los activos chinos5, la incursión de Turquía y EAU gana terreno combinando seguridad, identidad y gestión.

Conclusiones

El orden internacional en esta región se ha transformado en un mercado de intereses transaccionales, donde la geografía es el activo supremo y la ideología no tiene cabida.

El Cuerno de África ha dejado de ser una periferia olvidada para convertirse en el epicentro de un nuevo paradigma multipolar. Es el laboratorio de un orden postoccidental. La región no es solo tablero donde las potencias juegan, sino un espacio donde los propios Estados africanos han aprendido a gestionar la competencia externa para garantizar su supervivencia y desarrollo.

Desde el alquiler geográfico de Eritrea hasta la paradoja de la estabilidad de Yibuti, cada país ha diseñado una estrategia que evita la exclusividad de un solo bloque: se busca a China para el hormigón, a Rusia y Turquía para las armas y a las monarquías del Golfo para el oxígeno de sus petrodólares, la seguridad alimentaria y el control de los nodos logísticos. Occidente queda relegado al soporte vital humanitario y al equilibrio diplomático. Sin embargo, este movimiento de malabares es frágil. La abrumadora deuda externa y la militarización del litoral amenazan con transformar la autonomía regional en una soberanía tutelada.

Se ha terminado la era de los bloques cerrados y alianzas exclusivas. El futuro pertenece a quien sabe gestionar su ambigüedad. La gran ventaja competitiva de potencias como China, Rusia o Turquía es clara: ofrecer una soberanía sin condiciones, llenando el vacío dejado por el fracaso del paradigma occidental.

Mientras las potencias occidentales se repliegan ante el fracaso de su retórica y los actores regionales del Golfo o Turquía ajustan sus estrategias según la coyuntura política, China se erige como el único actor con vocación de permanencia absoluta. En este mercado de intereses, unos irán y otros vendrán en busca de acuerdos de conveniencia, pero la estructura profunda de la región ya pertenece a quien posee la deuda y el hormigón, asegurando que, pase lo que pase, China permanezca.

En última instancia, a fecha de cierre de este texto, la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán proyecta una incertidumbre sistémica que amenaza con encarecer la logística regional y erosionar la rentabilidad de un Cuerno de África que solo los grandes gestores de liquidez podrán sufragar.

Blanca Palacián de Inza
Analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] En lo económico, Egipto es aliado de Emiratos Árabes Unidos. En lo militar, lo es de Arabia Saudí. El Cairo se opone radicalmente a cualquier rediseño de fronteras en el mar Rojo o el Nilo.
[2] China es el mayor acreedor de Yibuti. Según el Servicio de Investigación del Congreso de EE. UU. (CRS), las instituciones chinas (principalmente el Exim Bank of China) poseen más del 50 % de la deuda externa total del país. Ver: https://www.congress.gov/crs_external_products/IF/PDF/IF11304/IF11304.5.pdf
[4] A fecha de cierre de este capítulo, 24 de febrero de 2026, el presidente israelí comenzaba una visita oficial a Etiopía para reforzar lazos bilaterales (EFE, 2026b). Quizá esté más cerca de romper ese cerco de lo que cabía esperar.
[5] La experiencia de la autora en Etiopía es que la palabra «china» se utiliza como un insulto lleno de odio que se dirige contra los occidentales en Adís Abeba.
    • Nuevas potencias en el Cuerno de África: el fin de la hegemonía occidental (0,54 MB)

    • New Powers in the Horn of Africa: The End of Western Hegemony (0,57 MB)