
09 abr 2026
IEEE. El dilema de la multipolaridad o unipolaridad: la herencia del año 2025 al mundo
Leonardo Quijarro Santibáñez. Contraalmirante de la Armada de Chile (ret.)
El mundo al terminar el año 2025: ¿más o menos seguro?
El cierre del año 2025 se presenta, ante la historia, como el probable epílogo de la era de la hegemonía indiscutida y el prefacio de un orden global fragmentado, donde la competencia entre potencias ha trascendido los canales diplomáticos tradicionales, para manifestarse en una serie de conflictos cinéticos y asimétricos. Durante la última semana de diciembre del año 2025, el sistema internacional fue testigo de una aceleración sin precedentes en la redefinición de las esferas de influencia. Desde las estepas de Europa del Este hasta las costas del Sudeste Asiático, pasando por el corazón del Sahel y el estrecho de Taiwán, las acciones militares registradas los días 28 y 29 de ese mes no representaron incidentes aislados, sino la culminación de un año marcado por el agotamiento del multilateralismo y el retorno de una realpolitik. El dilema central que afronta la comunidad internacional —la persistencia de un unilateralismo transaccional frente al surgimiento de una multipolaridad competitiva— se manifiesta hoy en la capacidad de los actores estatales para imponer realidades sobre el terreno, mediante el uso de tecnología avanzada, el control de recursos energéticos y la reconfiguración de las alianzas de seguridad.
El frente euroasiático: la guerra de desgaste y la diplomacia de fuego
El conflicto en Ucrania, que ya completa su cuarto año de duración, ha experimentado una escalada cualitativa y cuantitativa importante en los días finales de 2025. El 28 de diciembre, Rusia lanzó una de las operaciones aéreas más masivas registradas desde el inicio de la invasión en 2022, empleando un arsenal combinado de 519 drones y 40 misiles de precisión1,2. Este ataque, dirigido primordialmente contra la capital, Kiev, y su infraestructura energética crítica, dejó a vastas zonas de la región sin suministro eléctrico ni calefacción en pleno invierno3,/sup>4. La sofisticación del ataque quedó evidenciada en el uso de misiles hipersónicos Kinzhal, proyectiles Iskander y misiles de crucero Kalibr, diseñados para saturar las defensas antiaéreas ucranianas5.
Desde una perspectiva estratégica, el bombardeo del 28 de diciembre no fue solo un acto de guerra, sino una herramienta de presión diplomática. La operación se ejecutó apenas horas antes de que el presidente ucraniano Volodimir Zelenski se trasladara a Florida para una reunión de alto nivel con el mandatario estadounidense Donald Trump6. Este encuentro, destinado a discutir un marco para el fin de las hostilidades, se vio ensombrecido por la demostración de fuerza del Kremlin, que busca asegurar concesiones territoriales definitivas, específicamente en la región del Dombás y las zonas ocupadas de Zaporiyia. El mensaje de Moscú es claro: cualquier acuerdo de paz debe reconocer las realidades del campo de batalla, bajo la amenaza de que, si Kiev no cede, Rusia cumplirá los objetivos de su «operación militar especial» por medios puramente militares7.
La respuesta ucraniana no se dejó esperar. El 29 de diciembre de 2025 se subrayó la naturaleza transfronteriza y económicamente disruptiva del conflicto moderno. Kiev ejecutó una serie de ataques con drones que golpearon a infraestructuras rusas críticas, destacando el impacto en la terminal de exportación de Yuzhnaya Ozereevka, del Consorcio del Oleoducto del Caspio (CPC). Esta acción no solo afectó la logística energética rusa, sino que provocó una caída del 6 % en la producción de crudo de Kazajistán, un país neutral, que depende de esta ruta para el 80 % de sus exportaciones. La parálisis en el campo petrolífero de Tengiz, operado por Chevron, demuestra cómo los ataques de precisión ucranianos pueden generar daños colaterales masivos en los mercados energéticos globales y en intereses corporativos occidentales8.
La dinámica de este enfrentamiento revela el agotamiento de los marcos tradicionales de seguridad. Mientras Kiev busca garantías de seguridad similares al artículo 5 de la OTAN, el Kremlin insiste en una zona desmilitarizada y el reconocimiento de sus anexiones territoriales. La propuesta ucraniana, de una zona económica libre en el este y un referéndum nacional supeditado a un alto el fuego de 60 días, refleja un intento de legitimar democráticamente las decisiones dolorosas, pero la desconfianza mutua y la superioridad táctica que Rusia reclama en sectores como Mirnogrado y Guliaipole, complican cualquier salida diplomática. En este escenario, la multipolaridad se manifiesta como la incapacidad de una sola potencia para dictar el fin del conflicto, dejando a Ucrania en un equilibrio precario, entre la resistencia militar y la necesidad de una paz sostenible.
El Pacífico en vilo: la operación «Misión Justicia 2025»
Simultáneamente a la crisis en Europa, el Este de Asia entró en una fase de tensión importante con el lanzamiento de la operación «Misión Justicia 2025» por parte del Ejército Popular de Liberación (EPL) de China, a partir del 29 de diciembre9. Estos ejercicios, que incluyeron fuego real y rodearon geográficamente toda la isla de Taiwán, representaron la sexta gran maniobra militar de Pekín desde 2022, en respuesta directa al paquete de venta de armas de Estados Unidos a Taipéi, valorado en 11.100 millones de dólares. La operación militar china involucró no solo a la marina y la fuerza aérea, sino también a la fuerza de cohetes y la guardia costera, simulando un bloqueo total de los puertos vitales de Keelung en el norte y Kaohsiung en el sur.
El mencionado ejercicio militar se diferenció de maniobras anteriores por la agresividad en su difusión y su enfoque en el asedio multidimensional. El Comando del Teatro de Operaciones del Este de China publicó pósteres propagandísticos titulados: «Escudos de Justicia» y «Flechas de Justicia», advirtiendo que cualquier «interferencia externa» que toque estos escudos deberá asumir consecuencias. Este lenguaje no es fortuito, refleja una postura de Pekín que ya no solo busca disuadir a las fuerzas independentistas internas de Taiwán10, sino establecer una «disuasión externa» contra Estados Unidos y sus aliados regionales11. Los ejercicios, además, afectaron el tráfico aéreo internacional, obligando a modificar las rutas de vuelo que transportaban a más de 100.000 pasajeros en un solo día, lo que pone de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro y del transporte global frente a las ambiciones geopolíticas.
La implicación de Japón en esta crisis añade una dimensión adicional de complejidad al escenario multipolar. Las declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, sugiriendo que las fuerzas niponas podrían involucrarse si China actúa contra Taiwán, provocaron una violenta reacción de Pekín, que convocó al embajador de Tokio e incentivó a sus ciudadanos a evitar viajar a Japón12. Esta alineación de democracias liberales frente al expansionismo chino es interpretada por Pekín como una provocación que socava la estabilidad regional. Además, algunos analistas han señalado que China está utilizando estas maniobras para ensayar operaciones de «guerra cognitiva»13 y para demostrar una coordinación estratégica creciente con Rusia, especialmente en el ámbito de las fuerzas aerotransportadas. El estrecho de Taiwán se consolida, así, como el epicentro de la disputa entre un orden regional liderado por el sistema de alianzas de EE. UU. y la visión china de una hegemonía continental indiscutida14.
La «Flota Dorada» y el nuevo unilateralismo de Estados Unidos
En el centro de este torbellino global se encuentra una transformación radical en la Estrategia de Defensa de Estados Unidos. Bajo la Administración actual, el Pentágono ha dado un giro hacia lo que el presidente Donald Trump ha denominado la «Flota Dorada» (Golden Fleet)15, un ambicioso plan para construir una nueva clase de buques de combate, los acorazados de la clase «Trump», destinados a restaurar la supremacía naval absoluta mediante la fuerza de grandes buques y tecnología de vanguardia16. El 22 de diciembre de 2025, se presentaron los planos para el USS Defiant (BBG-1), primer buque de la clase, una nave de entre 30.000 y 40.000 toneladas, que integrará armas nucleares, misiles de crucero, cañones de riel electromagnéticos y los láseres más sofisticados del planeta17.
Esta nueva doctrina se aleja de la discreción y el sigilo que caracterizaron los diseños navales de las últimas décadas para favorecer una estética de poder imponente. El argumento oficial sostiene que las naves anteriores se habían vuelto «viejas, cansadas y obsoletas», y que la única forma de garantizar la paz es a través de una fuerza que disuada a los potenciales enemigos de Estados Unidos. El plan contempla la construcción de hasta 25 de estos «acorazados», controlados por inteligencia artificial y fabricados íntegramente por ciudadanos estadounidenses, en un esfuerzo por revitalizar la industria naval de ese país, mientras se contiene a China.
La manifestación más inmediata de esta nueva estrategia de defensa se produjo el día de Navidad de 2025, cuando un buque de la armada estadounidense, desde el golfo de Guinea, lanzó misiles crucero Tomahawk contra campamentos de ISIS-Sahel (conocidos localmente como Lakurawa) en el estado de Sokoto, Nigeria18. La operación, justificada como una respuesta a la «matanza de cristianos» en la región, representó un retorno al unilateralismo y el empleo de armas como primera prioridad (guns-a-blazing). Aunque el Gobierno nigeriano confirmó, posteriormente, que la acción fue el resultado de inteligencia compartida, la falta de coordinación inicial y la exclusión de las fuerzas locales de la ejecución directa provocaron una ola de críticas internas sobre la violación de la soberanía nacional19.
Este ataque en Nigeria subraya el dilema de la unipolaridad residual: Estados Unidos sigue teniendo la capacidad tecnológica única para realizar ataques de precisión globales sin necesidad de bases terrestres, un factor crucial tras la pérdida de acceso a bases en Níger y Chad en 2024. Sin embargo, estas acciones, a menudo, exacerban las tensiones locales y alimentan la narrativa de los grupos extremistas que ven a Washington como el «gran mal». La eficacia de estos bombardeos, para desmantelar células terroristas de forma permanente, sigue siendo objeto de debate entre analistas, quienes advierten que, sin una gobernanza local sólida, el poder militar por sí solo es insuficiente para resolver crisis de seguridad que afectan a una población de 230 millones de personas20.
El Sudeste Asiático: el colapso del orden regional
Mientras las grandes potencias redibujan el mapa global, los conflictos regionales de menor escala, pero de gran intensidad, dan una muestra más de la fragilidad de un sistema sin arbitraje efectivo. El enfrentamiento fronterizo entre Tailandia y Camboya, por la soberanía de los templos antiguos de Preah Vihear y Ta Muen Thom, resurgió con una violencia no vista en décadas21. A pesar de que el 27 de diciembre de 2025 se firmó un acuerdo de alto el fuego, mediado por la presión diplomática de EE. UU. y China, la tregua colapsó apenas 24 horas después. El 29 de diciembre, el ejército tailandés acusó formalmente a Camboya de violar el acuerdo tras detectar más de 250 drones sobrevolando posiciones fronterizas22.
Este conflicto resulta especialmente representativo del dilema multipolar. Ambas naciones han utilizado tecnología moderna, como lanzacohetes múltiples BM-21 y drones de vigilancia, para sostener un enfrentamiento que desplazó a cerca de un millón de civiles en 2025. La mediación externa, liderada por figuras como Wang Yi de China y el presidente de EE. UU., logró, en las declaraciones públicas, un «éxito difícilmente ganado»; sin embargo, este se desmoronó ante las realidades tácticas del terreno y la profunda desconfianza entre las élites políticas de Bangkok y Phnom Penh. El hecho de que ni la presión de Pekín ni la de Washington pudieran sostener la tregua evidencia que, en un mundo multipolar, los actores regionales disponen de un mayor margen para desafiar las directrices de las superpotencias cuando sus intereses nacionales o las ambiciones políticas están en juego, poniendo de esta forma en jaque la lógica del constructivismo social como teoría de seguridad imperante al término del primer cuarto de este siglo.
La incapacidad de la ASEAN para gestionar esta crisis subraya el eclipse de las instituciones multilaterales regionales. La disputa, que tiene raíces en tratados de la era colonial y en un fallo de la Corte Internacional de Justicia de 1962, que a su vez, dejó ambigüedades sobre los terrenos circundantes a los templos, se ha convertido en un campo de batalla de nacionalismos exacerbados23. En este vacío de autoridad, la fuerza militar se convierte en el único recurso percibido como efectivo, lo que alimenta una espiral de militarización que afecta no solo a los beligerantes, sino a la estabilidad de todo el sudeste asiático continental.
La crisis estructural del multilateralismo: ¿la ONU en el abismo?
El análisis de los conflictos de finales de 2025 revela una verdad incómoda: las instituciones diseñadas para preservar la paz global están en un estado de parálisis casi total. Las Naciones Unidas, al entrar en su octava década de existencia, enfrentan lo que los expertos describen como una «crisis de agotamiento sistémico». La arquitectura de seguridad colectiva se ha visto socavada por el uso sistemático del veto en el Consejo de Seguridad por parte de Estados Unidos, Rusia y China, lo que ha bloqueado resoluciones críticas sobre Ucrania, Gaza, Siria y el Sahel24.
Este fenómeno ha llevado a una desoccidentalización del orden global, donde países del sur global perciben a la ONU como un instrumento del ‘Norte’ que opera bajo un doble estándar normativo. Mientras las potencias occidentales exigen el cumplimiento del derecho internacional en Ucrania, las mismas normas son ignoradas o reinterpretadas unilateralmente en otros teatros de operaciones, lo que ha erosionado la legitimidad de organismos como la Corte Penal Internacional. El resultado es un mundo donde la diplomacia transaccional sustituye a la lógica multilateral, y donde las alianzas ad hoc como el AUKUS o el QUAD adquieren mayor relevancia que las estructuras formales de la ONU.
La retirada del liderazgo estadounidense de instituciones multilaterales, marcada por la cesación de apoyo a organismos de derechos humanos y el enfoque en intereses nacionales inmediatos, ha creado un vacío que China y Rusia intentan llenar con visiones alternativas de soberanía absoluta. No obstante, estas potencias tampoco ofrecen un modelo de gobernanza global inclusivo, prefiriendo un sistema de «plataformas ágiles» que carecen de mecanismos de rendición de cuentas. En este contexto, la multipolaridad no se traduce en un equilibrio estable, sino en una fragmentación del derecho internacional donde la ley del más fuerte vuelve a ser la norma predominante25.
El dilema multipolar: Una perspectiva de riesgo global
Al evaluar el panorama completo de este año 2025, es evidente que el mundo ha transitado de un sistema unipolar post-Guerra Fría a una fase de «multipolarización» caracterizada por la competencia de, al menos, tres grandes potencias y el ascenso de poderes medianos influyentes. Es así como el geopolitólogo ruso, Aleksander Dugin, propone la idea del mundo cuatripolar, identificando cuatro grandes polos que definen áreas, a saber, la zona angloamericana, la zona euroafricana, la zona euroasiática y la zona del lejano Pacífico Este26. Por su parte, el politólogo John Mearsheimer, siendo uno de los exponentes del realismo ofensivo, ha propuesto tres centros de poder: Estados Unidos (el más fuerte), China (en rápido ascenso como competidor paritario) y Rusia (una gran potencia en relativo declive, pero militarmente agresiva)27. Esta estructura genera dos díadas de conflicto permanentes, EE. UU. contra China y EE. UU. contra Rusia, que eliminan la posibilidad de una estabilidad duradera sin un nuevo gran acuerdo global28.
El dilema de la multipolaridad radica en que, aunque ofrece un sistema más representativo de la diversidad de poder real, carece de los mecanismos de gestión de crisis que existieron durante la Guerra Fría. La proliferación de armas de alta tecnología, el uso de drones para ataques transfronterizos y la capacidad de las potencias para interferir en las infraestructuras críticas de sus adversarios, han reducido los tiempos de reacción y aumentado el riesgo de errores de cálculo29. La «Flota Dorada» de Estados Unidos y los ejercicios militares bajo el nombre de «Misión Justicia» de China son síntomas de esta desconfianza mutua, donde cada parte busca asegurar su supervivencia mediante la expansión de su arsenal nuclear y convencional.
En este entorno, los conflictos por recursos, exacerbados por el cambio climático y la escasez de agua y alimentos, actúan como catalizadores de la violencia en áreas geográficas con democracias más frágiles, como por ejemplo, en el Sahel y el Cuerno de África. La guerra civil en Sudán, los ataques terroristas en Nigeria y la inestabilidad en Myanmar son recordatorios de que la competencia entre grandes potencias a menudo utiliza a Estados más frágiles en este tablero de ajedrez global, dejando a las poblaciones civiles en una situación de vulnerabilidad extrema. La ayuda humanitaria, cada vez más politizada y condicionada, se muestra insuficiente para abordar crisis de larga duración en países como Somalia, donde millones de personas se enfrentan a un hambre aguda mientras el mundo se enfoca en las tensiones de los grandes bloques.
Conclusiones: el futuro de la gobernanza en un mundo dividido
El año 2025 concluye con una advertencia severa para la humanidad. Los eventos mundiales de fines de diciembre subrayan que el sistema internacional ha entrado en una fase de transición peligrosa, donde las viejas reglas ya no se aplican y las nuevas aún no han sido acordadas. El dilema entre unipolaridad y multipolaridad no es solo una cuestión de cuántos centros de poder existen, sino de qué valores y normas regirán sus interacciones.
La persistencia de un unilateralismo de carácter transaccional, por un lado, y, por parte además de la potencia todavía dominante, que busca preservar su seguridad mediante la demostración de una fuerza tecnológica y militar abrumadora, se evidencia en la construcción de acorazados clase Trump y en los ataques preventivos en África. Estas acciones constituyen expresiones de una voluntad de actuar al margen de los consensos globales cuando se perciben amenazas al interés nacional o a valores específicos. Todo ello evidencia de una forma clara la vigencia de la teoría de la seguridad del realismo clásico.
La multipolaridad emergente, que han buscado impulsar China y Rusia, aboga por un sistema de esferas de influencia, donde el control regional y la soberanía de los Estados fuertes prevalezcan sobre las intervenciones externas. Este modelo, sin embargo, ha demostrado ser igualmente propenso a la violencia, como lo evidencian las agresiones en Ucrania y las maniobras de asedio en Taiwán.
La supervivencia de una civilización global funcional dependerá de la capacidad de los líderes mundiales para reconocer que los desafíos del siglo XXI —desde la regulación de la inteligencia artificial hasta la mitigación del cambio climático y la prevención de una guerra nuclear por error de cálculo— no pueden resolverse mediante la fuerza militar o el repliegue nacionalista. Mientras el mundo se debate entre la nostalgia de un orden que ya no existe y la incertidumbre de un futuro fragmentado, la sucesión de fricciones observadas a lo largo de 2025, algunas de ellas descritas en los párrafos precedentes y ocurridas en el último mes del año, quedan como testimonio de un planeta que, por ahora, parece haber elegido el conflicto como el único lenguaje posible para redefinir su destino.
Leonardo Quijarro Santibáñez
Contraalmirante de la Armada de Chile (ret.)
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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El dilema de la multipolaridad o unipolaridad: la herencia del año 2025 al mundo (0,2 MB)
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The dilemma of multipolarity or unipolarity: the legacy of 2025 to the world (0,2 MB)
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