
20 oct 2026
IEEE. Hidrocracia en el Cuerno
José Martín Martín. Analista de inteligencia
Cuerno hoy; isla mañana
El Cuerno de África se ubica, mayoritariamente, en la zona de fractura del gran valle del Rift. Este accidente geográfico, cuna de la humanidad1 y una de las regiones ecológicamente más ricas de África, atraviesa el oriente africano de norte a sur a lo largo de unos 5000 kilómetros y es la consecuencia visible de una falla que, poco a poco, está separando al continente en dos.
Pero este movimiento tectónico, para decepción del primer ministro etíope, Abiy Ahmed, no alcanzará a cincelar la talla insular del Cuerno hasta dentro de unos diez millones de años, eón arriba eón abajo.
Mientras, el Rift seguirá siendo capricho geológico y lejana certeza, y los hombres fuertes de la región deberán proseguir su implacable partida de Go2 en torno al mar Rojo.
La cornucopia: por qué es importante
El conocido como Cuerno de África lo componen, estrictamente hablando, los siguientes países: Etiopía, Eritrea, Yibuti y Somalia. En Tel Aviv añadirían Somalilandia3 y tal adición muy probablemente contaría con el plácet de Adís Abeba y Abu Dabi; al menos in pectore.
Al observar el mapa, se aprecia una región bañada por dos aguas: el océano Índico y el mar Rojo. Destacan, además, accidentes geográficos como el golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb. A este último se lo incluye en la lista de los choke points, puntos de estrangulamiento o cuellos de botella: zonas del mapa caracterizadas por su angostura y por ser esenciales para el tráfico y la logística marítimos, al circular por ellos un considerable porcentaje del comercio mundial.
Ese flujo comercial se canaliza a través del mar Rojo, una vía cuasi fluvial a la que su dimensión no hace honor a su importancia. Su ubicación es estratégica, siendo el punto de conexión entre Europa, África y Asia.
Las cifras son elocuentes: atraviesan sus aguas entre el 12 % y el 15 % del tráfico marítimo global, en torno al 12 % del suministro de crudo y el 8 % del gas natural licuado —GNL— (Energy Information Administration, 2026), así como el 30 % del tráfico mundial de contenedores (World Shipping Council, 2023).
Es un paso clave para el transporte energético, con origen en el golfo Pérsico y destino en el Viejo Continente, y es una arteria crucial para el comercio euroasiático, con hasta el 40 % del total de las mercancías navegando sus aguas: especialmente para China, la fábrica del mundo.
También alberga en su lecho veintiún cables submarinos (Submarine Cable Map, s. f.), por los que circula alrededor del 17 % del tráfico global de Internet4.
De ahí que Estados que de otro modo pasarían inadvertidos en las luchas de poder mundial sean cortejados por una pléyade de hegemones regionales y globales, o aspirantes a ello.
Etiopía: el caso aparte
Pero esas aguas no bañan a todos los miembros peninsulares, para desgracia y desesperación etíope.
Tras una larga guerra, Eritrea obtuvo definitivamente su independencia de Etiopía en 1993, condenando a Adís Abeba a la continentalidad estricta.
Este evento histórico, que el primer ministro etíope no vacilaría en calificar como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», tomando prestada la ya famosa expresión de uno de sus colegas en los BRICS5, pesa como una losa y lastra las aspiraciones del gigante demográfico de la región6.
Etiopía, con una población de 140 millones de habitantes (Grupo Banco Mundial, s. f.), y en aumento, es el país más poblado del mundo sin acceso al mar. La estimación para el año 2050 es de unos 225 millones de personas (Organización Mundial de la Salud, s. f.), haciendo comprensible el cada vez mayor sentimiento de claustrofobia de Adís Abeba.
Existen, además, razones estratégicas dictadas por los números: Etiopía depende en un 90-95 % de Yibuti para dar salida a sus productos hacia el mar, mediante un acuerdo por el que paga a su vecino entre 1500 y 2000 millones de dólares anuales en tasas portuarias. El montante representa, aproximadamente, la tercera parte de los ingresos de exportación etíopes (Institute of Foreign Affairs, 2025); inasumible en cualquier proyecto de crecimiento.
El acceso al mar es, por tanto, el eje vertebrador de toda la política exterior del Gobierno de Abiy Ahmed: ya sea mediante la diversificación de los accesos portuarios, ya por la obtención directa de territorio litoral.
Aguas revueltas
Esa talasofilia abisinia tiene con las espadas en alto a todo su vecindario y, en especial, a Eritrea, Somalia y Yibuti.
Respecto a la primera de estas naciones, el indisimulado apetito de Etiopía por el eritreo puerto de Assab, junto con las razones históricas ya mencionadas, no hacen sino reforzar los temores de Asmara. En la segunda, son los escarceos entre Adís Abeba y el rebelde territorio somalí de Somalilandia la causa del distanciamiento.
Finalmente, la tercera teme la pérdida de una de las pocas —si no la única— ventajas de las que dispone en la compleja relación de vínculos y dependencias respecto de su gran vecino.
El Nobel de la Paz
Abiy Ahmed, actual primer ministro de Etiopía, llegó al cargo en el año 2018. Su mandato comenzó cargado de promesas e ilusiones al lograr la firma de un acuerdo de paz con Eritrea, vigente hasta ahora7. Sus esfuerzos y actitud conciliadora fueron recompensados, un año después, con la concesión del Premio Nobel de la Paz. Pero, desde la obtención del galardón, pocas son las medidas de su gabinete que puedan justificar ante sus vecinos regionales el aura de «persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones», como rezaba el testamento del inventor sueco.
Si durante la guerra en la región etíope de Tigré8 se mantuvo el idilio con Eritrea —aunque fuese por mera conveniencia mutua—, el hecho de dejar a Asmara fuera de las negociaciones en Pretoria9, en 2022, devolvió las relaciones transfronterizas a su estado natural de desconfianza mutua.
Aquel fue el caldo de cultivo para que Eritrea se lanzase a los brazos de Egipto y Somalia, en una entente contraria al percibido expansionismo etíope.
En la renovada animadversión hacia Etiopía, Asmara ha sacado provecho del avispero étnico etíope, estrechando lazos con la milicia Fano, con el Ejército de Liberación Oromo —OLA— y, sobre todo, con el TPLF, haciendo bueno el adagio que afirma que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». A Eritrea, que inicialmente buscaba debilitar al TPLF, no le dolieron prendas por acercarse a su sempiterno enemigo tigrino tras sentirse traicionada por Adís Abeba. Este cambio de postura demuestra, además, la flexibilidad táctica y el oportunismo de Isaias Afwerki10, quien se sirve de los conflictos regionales y navega a través de ellos con el principal objetivo de garantizar la supervivencia de su militarizado régimen, así como de la búsqueda de relevancia eritrea en el Cuerno.
Estos acercamientos han provocado airadas denuncias de Adís Abeba (Europa Press Internacional, 2025), que además ha exigido la inmediata retirada de los contingentes eritreos que aún continúan en Tigré (Europa Press Internacional, 2026a).
Tampoco Etiopía ha permanecido con los brazos cruzados e, igualmente, se ha servido del mosaico de etnias de la región para sus propios fines.
Es el caso del pueblo afar, el cual quedó repartido entre Eritrea, Etiopía y Yibuti, cuando, en tiempos coloniales, las respectivas fronteras fueron trazadas arbitrariamente.
Antiguos agravios y marginación política están siendo aprovechados por Adís Abeba para presionar a Asmara en su búsqueda de salida al mar. Etiopía, que se presenta como el adalid de los derechos de los oprimidos afar de Eritrea, apoya a grupos opositores armados de esta etnia que, con base en territorio etíope, atacan objetivos en la costa eritrea, especialmente en torno al puerto de Assab (Ismail, 2025).
Pero Etiopía debe tener precaución al azuzar el nacionalismo afar por dos motivos principales:
El primero es que también Yibuti alberga una comunidad afar, la cual, además, está enemistada con los issa somalíes que ostentan el poder desde la independencia. Como ya se explicó, el pequeño país costero es el punto de salida de entre el 90 % y el 95 % de las exportaciones etíopes, por lo que generar inestabilidad interna en Yibuti iría en detrimento de los propios intereses de Adís Abeba.
En segundo lugar, parte de la comunidad afar tiene su hogar en Etiopía. También allí son excluidos de los resortes del poder en el Gobierno central y, en su contexto de inestabilidad y violencia étnica interna, la apuesta etíope por el irredentismo afar podría acabar volviéndose en su contra.
El deterioro de la situación entre Adís Abeba y Asmara ha llevado a que, durante las primeras semanas de 2026, Etiopía haya desplazado a un gran número de tropas federales hacia el norte (Marks, 2026). De hecho, a finales de enero se produjeron las primeras escaramuzas y ataques con drones en la región de Tigré (Addis Standard, 2026), lo que hace temer que un inminente conflicto estalle de nuevo en la región. La acumulación de soldados en la frontera con Tigré se ha hecho a expensas de los despliegues existentes para hacer frente a los levantamientos étnicos, amhara y oromo principalmente. La milicia Fano ya está obteniendo rédito de este movimiento de tropas federales, tomando aldeas y expandiendo el territorio bajo su control. Pero este temporal sacrificio de un peón podría resultar en beneficios a largo plazo para Adís Abeba si logra aplastar, o debilitar suficientemente, la persistente amenaza que el TPLF supone en el norte. Este hipotético resultado permitiría, además, estacionar el Ejército etíope a lo largo de toda la frontera con Eritrea, y no solo en la reducida franja de la región de Afar, como hasta ahora. Asimismo, al eliminar un poderoso enemigo en su retaguardia, podrían concentrar más recursos contra su vecino septentrional. Este escenario se presenta como amenazante e intolerable para Asmara, por lo que cabría esperar que, de estallar una guerra abierta en Tigré, pusiese sus recursos a disposición del TPLF o, incluso, su intervención directa.
Pero esta vez, dado el estado de intereses, alianzas y acuerdos de seguridad vigentes en la región, cabe la posibilidad de que termine implicando a más actores que en la anterior guerra de Tigré —que ya acabó con la vida de unas 600.000 personas—, de ahí que, en ese caso, el derramamiento de sangre pueda ser aún mayor.
El primer involucrado sería, probablemente, Egipto: un hipotético triunfo federal en Tigré, con el subsiguiente despliegue a lo largo de toda la frontera común, daría a Etiopía la posibilidad de amenazar directamente los ansiados puertos eritreos de Massawa y, especialmente, Assab11. Que Adís Abeba logre acceso al mar Rojo es tabú en El Cairo y, por ello, algún tipo de asistencia de Egipto a Asmara no sería una sorpresa. Como tampoco sería descabellado un ataque egipcio sobre la Gran Presa del Renacimiento Etíope —GERD, por sus siglas en inglés—. Mientras tanto, Egipto y Eritrea han reforzado sus vínculos de seguridad y de cooperación estratégica con la firma de un acuerdo por el cual El Cairo invertirá en el puerto de Assab a cambio de acceso naval (Addis Standard, 2025).
Otro actor que podría verse arrastrado al conflicto sería Sudán. El Ejército sudanés —SAF, por sus siglas en inglés— cuenta con el firme respaldo de Egipto en su disputa con las Fuerzas de Apoyo Rápido —RSF, por sus siglas en inglés— por el poder12. A su vez, el Ejército de Sudán tiene un largo historial de colaboración con el TPLF, pues le ha proporcionado apoyo logístico y ha permitido el uso del territorio sudanés como refugio, donde, además, ha establecido bases de entrenamiento —el TPLF también ha combatido junto al SAF contra las RSF—. A ello hay que sumar las fricciones por la GERD, ya que también Jartum queda al albur de los caprichos de Adís Abeba respecto al flujo de agua en el Nilo Azul, más los enfrentamientos por las fértiles tierras agrícolas de la región de al-Fashaga, de donde los campesinos amharas fueron desalojados en 2020 por el Ejército sudanés13. Etiopía, por su parte, apoya a las RSF, incluso acogiendo en su territorio un campamento de entrenamiento de los paramilitares sudaneses (Paravicini y Levinson, 2026), lo que la convierte en partícipe, por tanto, de la guerra civil de Sudán. Como lo es Emiratos Árabes Unidos: Abu Dabi es el principal valedor de las RSF, así como del Gobierno de Abiy Ahmed —se especula con que es el financiador del campamento sudanés en Etiopía—, formando un triángulo de intereses que se extiende por otros puntos del Cuerno y que, muy posiblemente, también arrastraría al rico Estado del Golfo a la contienda etíope.
La participación de Emiratos Árabes Unidos, sin embargo, no sería directa, sino asistencial o delegada —proxy—, como ya sucede en otros escenarios. También en forma asistencial o proxy se implicaría, con bastante probabilidad, Israel en el bando de Adís Abeba; como Arabia Saudí, y en menor medida Turquía14 y Somalia, lo podrían hacer del lado eritreo.
Así, aunque los altos costes que conllevaría difícilmente sean asumibles por ninguna de las partes directamente implicadas, suenan de nuevo tambores de guerra en el Cuerno de África.
Berbera: válvula de escape
En el caso somalí, fue el memorando de entendimiento entre Etiopía y Somalilandia15, en enero de 2024, el que enrareció las relaciones bilaterales.
Somalia consideró el acuerdo como un ataque a su soberanía, exigió la salida de las tropas etíopes de la misión de asistencia a Mogadiscio frente a al-Shabaab, expulsó al embajador de Etiopía y cerró los consulados etíopes en el norte somalí; incluso amenazó con la guerra para defender su integridad territorial.
Ante esta situación, Turquía emergió como protagonista, con voz y voto, en los asuntos del Cuerno: ejerció de mediador en el diferendo entre Etiopía y Somalia y recondujo sus relaciones bilaterales, permitiendo una relativa vuelta a la normalidad.
Para Ankara, puntal principal de Somalia en el ámbito de la seguridad y la defensa, había mucho en juego: en Mogadiscio se encuentra su mayor base militar en el extranjero y su puesto avanzado en el Índico16. Además, proporciona armas y entrena a las tropas somalíes en su lucha contra el grupo terrorista al-Shabaab. Así, Turquía se presenta desde hace tiempo como garante de la soberanía e independencia de Somalia.
Pero también Etiopía es un importante socio de los turcos en el Cuerno17, por lo que Erdogan18 debió hacer uso de su más refinada diplomacia.
De este modo, mediante la Declaración de Ankara, Adís Abeba y Mogadiscio acordaron respetar la integridad territorial mutua y buscar arreglos comerciales para que Etiopía pueda lograr acceso al mar, aunque siempre bajo la soberanía de Somalia19.
Mientras, pese a que las cláusulas del memorando no han comenzado a aplicarse, desde Hargeisa20 se asegura que el tratado continúa en vigor. Tampoco Etiopía anunció el decaimiento de su eficacia, con lo que el Gobierno etíope se estaría reservando un comodín para utilizar si la jugada en Assab no diese el resultado deseado o en función de la evolución de otros acontecimientos en el Cuerno.
La postura de El Cairo destacó por contraste con la mesura turca: ya soliviantado por anteriores maniobras etíopes, Egipto acudió presto al apoyo de Somalia (Europa Press Internacional, 2024). Desde un primer momento mostró su frontal rechazo al memorando, que tildó de injerencia en los asuntos internos somalíes. Posteriormente, ambos países firmaron un acuerdo de cooperación estratégica en defensa, comenzando así a fraguarse en la región un frente contrario a las ambiciones Adís Abeba (Holleis, 2026) que, como ya se explicó, también incluye a Eritrea.
Ahora, está por ver cómo reaccionará el Gobierno etíope al reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel: si opta por una política de hechos consumados y sigue los derroteros de Tel Aviv, forzará a Mogadiscio a posicionarse definitivamente en el eje contrario a Etiopía; por el contrario, si se decanta por la contemporización y por el cumplimiento de la palabra dada a Somalia y Turquía, favorecerá la imagen de Etiopía como actor responsable y comprometido con la legalidad internacional.
Sin embargo, en un momento en el que los cañones están cerca de volver a hablar en su frontera norte y con insurgencias étnicas corroyendo sus entrañas, el no reconocimiento quizá obedecería más a no querer abrir otro frente en el sur y a no importunar a Erdogan que a mostrar deferencia hacia Somalia.
El puerto de todos
Geográficamente hablando, Yibuti es a África lo que Singapur a Asia: el nodo de las comunicaciones marítimas a través de un paso estratégico. Su reducido tamaño se ve compensado por una ubicación tan privilegiada, que propicia la singularidad de acoger las bases militares de hasta cinco países distintos: Francia, Italia, Japón, China y Estados Unidos, además de presencia de otros países.
A ojos etíopes, Yibuti es, a un tiempo, su salvación y su condena: a través del puerto de Doraleh puede dar salida a sus mercancías por vía marítima, aunque el coste de las tarifas por su uso, al ser demasiado gravoso para las arcas etíopes, hace insostenible depender de un único puerto.
El acuerdo, como ya se explicó, drena anualmente entre 1500 y 2000 millones de dólares del tesoro etíope hacia la república costera, azuzando la necesidad de Adís Abeba de encontrar otras vías que diversifiquen su acceso al mar.
Pero lo que a primera vista parece una desigual relación de dependencia del grande respecto del pequeño oculta una mayor simetría que lo anticipado. En primer lugar, debido a la acuciante escasez de agua en su territorio, Yibuti se ve obligado a importar este vital recurso desde Etiopía a través de una tubería financiada por China21. Para cubrir sus necesidades, el país necesita más de 100.000 m3 diarios, pero el suministro se ve habitualmente interrumpido debido a cortes eléctricos (Ahmed, 2021). En segundo lugar, también es importador neto de energía y está conectado a la red eléctrica de Etiopía, de la que obtiene aproximadamente el 70 % de sus necesidades (EU-Africa Chamber of Commerce, 2025).
Además, está el puerto. Las tasas etíopes por el uso de Doraleh suponen alrededor de un tercio del producto interior bruto de Yibuti, de manera que la búsqueda de alternativas portuarias por parte de Adís Abeba preocupa profundamente a su pequeño vecino. Así, se comprende el ofrecimiento a Etiopía por parte del Gobierno yibutí de la coadministración del puerto de Tadjoura (Maruf, 2024).
La alta interdependencia entre ambos vecinos coloca a Yibuti en una delicada situación: aunque depende de Adís Abeba para su misma subsistencia, la amenaza que el revisionismo etíope representa para sus intereses lo fuerza a alinearse con Estados recelosos de Etiopía, como Egipto (Hiiran Online, 2025).
Ríos de poder
En el Cuerno, los recursos hídricos no son simplemente un insumo productivo: constituyen un elemento estructural del poder estatal. El agua determina la producción agrícola, el acceso a energía hidroeléctrica, la supervivencia de comunidades pastoriles y la capacidad de los Estados para proyectar influencia regional. A su vez, el carácter transfronterizo de los principales sistemas fluviales desborda las dinámicas internas y las conecta con rivalidades regionales más amplias.
Etiopía concentra las principales fuentes de agua de la región gracias a su altiplano central, que actúa como «torre de agua» para el noreste africano. Desde sus montañas nacen importantes ríos que fluyen hacia los países vecinos. El sistema más relevante es el del Nilo Azul, afluente principal del Nilo, que nace en el lago Tana, en Etiopía. Su origen etíope convierte a Adís Abeba en el actor hidropolítico clave en el Cuerno. Además, los ríos Juba y Shebelle, que también surgen en territorio etíope, fluyen hacia Somalia y constituyen la base de la agricultura somalí22, confiriendo a Etiopía una palanca sobre la economía y, por ende, la política, la seguridad y la estabilidad de su vecino.
Yibuti carece de grandes sistemas fluviales permanentes y, aunque obtiene parte de su agua de acuíferos subterráneos y de la desalinización, su aportación es insuficiente (Asakura et al., 2023), dependiendo en gran medida de las importaciones desde Etiopía, como ya se explicó.
Eritrea, por su parte, ubicada en una zona árida y donde las sequías han sido frecuentes, presenta ríos estacionales y una alta variabilidad pluviométrica. De este modo, los acuíferos son la principal fuente de obtención de agua dulce, aunque están bajo presión debido a la sobreexplotación.
Como en cualquier punto del planeta, la seguridad hídrica está estrechamente vinculada a la seguridad alimentaria, pero en el caso de Somalia la dependencia es especialmente acusada: más del 60 % de la población depende directa o indirectamente de la agricultura y el pastoreo. Las sequías recurrentes han provocado crisis humanitarias severas, con desplazamientos internos y dependencia de ayuda internacional.
En Eritrea y Yibuti, la vulnerabilidad es aún mayor debido a la limitada disponibilidad de agua superficial. Pese a que Eritrea, en concreto, ha mejorado mucho su modelo de gestión del agua en las últimas décadas23, ambos países sufren estrés hídrico estructural, lo que restringe su capacidad de desarrollo agrícola y les obliga a depender de importaciones alimentarias.
En Etiopía, en cambio, la situación es paradójica: tiene la llave de varios importantes ríos del Cuerno, dispone de mayores recursos hídricos y exporta a sus vecinos una parte de los mismos. Como se ha dicho, se la considera la torre de agua regional. Sin embargo, dichos recursos están desigualmente distribuidos y la presión demográfica y la expansión agrícola han generado tensiones internas. Etiopía es una de las economías de más rápido crecimiento de África y el segundo país más poblado del continente, así que, sin una adecuada gestión del agua, las tensiones pueden verse agravadas.
Mas la geografía también ha sido benévola con Etiopía, litoral aparte: su mencionado altiplano le concede uno de los mayores potenciales hidroeléctricos de África, además de un instrumento de influencia regional y, por ello, la construcción de presas en los cursos de los ríos que allí nacen se convierte en la estrategia nacional lógica. Una estrategia, empero, no exenta de riesgos.
El agua es el principio de todo
Como si de ratificar la tesis de Tales de Mileto se tratase, muchas de las animosidades del Cuerno encuentran en el agua su raíz. La Gran Presa del Renacimiento Etíope, iniciada en el año 2011 e inaugurada oficialmente en septiembre de 2025, es un ejemplo.
La obra hidráulica está ubicada en el Nilo Azul, en la región etíope de Benishangul-Gumuz, fronteriza con Sudán. Este río, que nace en Etiopía y aporta hasta el 85 % del caudal del Nilo, es uno de sus dos afluentes. Sudán y, en especial, Egipto, que tienen una dependencia crítica de las aguas del Nilo para su subsistencia, han expresado su preocupación por lo que el proyecto significa para su seguridad.
Egipto cubre hasta el 97 % de sus necesidades hídricas con las aguas de este río, sobre todo en el sector agrícola, que además constituye una parte considerable del producto interior bruto egipcio. Asimismo, cerca del 95 % de los más de 116 millones de egipcios vive a pocos kilómetros del Nilo. La tierra de los faraones no se puede entender sin este río, en cuyas orillas su pueblo ha prosperado durante cinco mil años a la espera del limo que quedaba tras las crecidas anuales24.
Para Etiopía, la presa supone una revolución energética, pues su producción futura de 5000 megavatios permitirá obtener unos beneficios anuales de unos 1000 millones de dólares por su exportación, además de proporcionar electricidad a gran parte de su población sin acceso a la misma (Deutsche Welle, 2025). Una fuente de energía estable y que abarate el precio de la electricidad, asimismo, favorecerá el desarrollo de otros sectores productivos y fomentará la inversión extranjera. Esto, unido a su enorme disposición de mano de obra joven, aceleraría el desarrollo nacional y propiciaría su definitiva consolidación como la economía más fuerte de África oriental. Llegado el caso, esa energía incluso podría pagar un eventual acceso al mar, dada la ausencia de liquidez financiera.
Pero no son solo materiales los beneficios que la presa promete: Adís Abeba presenta la GERD como un ejemplo de su imparable ascenso geopolítico que justificaría, de paso, su necesidad de salida al mar. La utiliza, también, como necesario símbolo para reforzar la cohesión y el orgullo nacional etíope, tan maltrechos por el sinfín de levantamientos étnicos internos.
Sudán, por otro lado, está en mejor posición que Egipto. La presa no es una cuestión de vida o muerte para ellos, e incluso podrían beneficiarse de la exportación de electricidad y de la gestión del caudal del río coordinándose con Etiopía, pero el rígido alineamiento de Al-Burhan con su homólogo egipcio y los conflictos transfronterizos de los últimos años hacen desvanecer cualquier posibilidad de entendimiento con su vecino etíope25.
Pese a la celebración de varias rondas de negociaciones desde el año 2015, no se ha logrado alcanzar ningún acuerdo. El Cairo exige un tratado vinculante que regule el flujo de agua en periodos de sequía, así como ser consultados, junto con Jartum, antes de la construcción de cualquier otra obra, pero Etiopía ha rechazado ambos requerimientos. Adís Abeba, en paralelo, ha impulsado el Acuerdo Marco Cooperativo —CFA, por sus siglas en inglés—, también conocido como Acuerdo de Entebbe y que entró en vigor en 202426. Este tratado busca reemplazar los acuerdos de la era colonial27 que otorgaban a Egipto y Sudán el control mayoritario y poder de veto sobre los proyectos en el Nilo. La entrada en vigor del CFA permite la creación de la Comisión de la Cuenca del Nilo —NRBC—, una institución permanente para la gestión del río que sustituirá a la Iniciativa de la Cuenca del Nilo —NBI— de 1999, promoviendo la cooperación entre sus miembros. Sin embargo, Egipto y Sudán han rechazado el acuerdo (Egypt Independent, 2024) argumentando que viola el derecho internacional y amenaza su seguridad hídrica, insistiendo en mantener sus derechos históricos.
A principios de 2026, el presidente estadounidense, Donald Trump, se ofreció a mediar entre las partes para alcanzar un acuerdo sobre la presa (Europa Press Internacional, 2026b). Este ofrecimiento fue recibido con entusiasmo por el líder egipcio, Abdelfatah al-Sisi, aunque la anterior oferta, acaecida durante su primer mandato, distó mucho de la esperada imparcialidad: las cláusulas favorecían claramente a El Cairo, con quien Washington mantiene estrechas relaciones, y el líder estadounidense llegó a respaldar las amenazas egipcias de uso de la fuerza contra la obra de ingeniería etíope (Gavin, 2026).
Con las partes enrocadas en sus posiciones, la formación de bloques crecientemente antagónicos y el paulatino deterioro de la seguridad en el Cuerno, no parece que sea posible alcanzar un acuerdo sobre el uso de la presa a corto plazo.
Para tratar de superar este impasse, Egipto podría jugar la carta de los puertos: un pacto que beneficiase a ambas partes, mediante el cual Adís Abeba viese saciada su sed de mar a cambio de un tratado vinculante sobre la GERD. Sin embargo, el acceso de Etiopía al mar es una línea roja que El Cairo no está dispuesto a traspasar.
Históricamente, Egipto ha visto el mar Rojo como su solar; desde la construcción del canal de Suez, como su arteria vital28. Los estrategas egipcios, por ello, no pueden imaginar un escenario en el que Etiopía tenga la llave de la entrada sur de dicha arteria: en tal caso, Adís Abeba podría ejercer una doble presión —con la presa— que dejaría a El Cairo a su merced.
Esto es lo que mueve a Egipto a buscar la formación de un bloque contrario a Etiopía, en el que, además, trata de incluir a Arabia Saudí.
El Cuerno de Arabia
La península arábiga, con su vertiente pérsica, y el Cuerno de África, apenas separados por el estrecho de Bab el-Mandeb y el pasillo del mar Rojo29, conforman en muchos aspectos un único sistema geopolítico. Unidos desde hace siglos por vínculos religiosos, étnicos y lingüísticos —en ocasiones formando parte de una misma entidad supranacional30—, mantienen hasta el día de hoy intensos circuitos comerciales y migratorios.
La importancia geoestratégica de las aguas que los separan, cálculos económicos y de seguridad en clave nacional y rivalidades bilaterales, entre otros aspectos, explican el interés que suscita el Cuerno al otro lado del mar Rojo.
Cabe destacar, además, que esa relación carece hoy en día de equilibrio: mientras el denominador común de los Estados del Cuerno es la inestabilidad y la fragilidad de sus instituciones de gobierno, las monarquías árabes se distinguen por ser férreas autocracias a las que su inmensa riqueza otorga la posibilidad de comprar su estabilidad social.
Pero son tan ricas que solo tienen dinero, un dinero que proviene de los hidrocarburos, y, en su camino hacia el objetivo de diversificar su economía, están realizando grandes inversiones en el Cuerno de África, donde, asimismo, obtienen muchos de los recursos de los que carecen.
Cuando el tamaño no importa
Al hablar de los grandes actores del panorama geopolítico, la dimensión geográfica es uno de los primeros aspectos que vienen a la mente; Emiratos Árabes Unidos quedaría, por tanto, excluido de esa clasificación. Pero su imbricación en los asuntos árabes y africanos desmiente el prejuicio.
Antiguo miembro activo de la coalición antihutí, firme apoyo del Consejo de Transición del Sur yemení, pilar fundamental de las RSF en Sudán, aliado del mariscal Haftar en Libia, sostén militar de Adís Abeba en la guerra de Tigré e impenitente inversor en los puertos del mar Rojo y el golfo de Adén, entre otros aspectos, los tentáculos de Abu Dabi se extienden con profundidad y firmeza por toda la región.
Su creciente influencia en África se ejemplifica en unas inversiones estimadas en 110.000 millones de dólares en los últimos años (Fana Media Corporation, 2026) —superando a la Unión Europea, Estados Unidos y China—. En los países del Cuerno, en concreto, no es el principal inversor en recursos materiales o energéticos: sus proyectos en esta región rondan los 4300 millones de dólares31 y abarcan infraestructuras, energías renovables, minería, servicios financieros, agricultura y seguridad.
Pero en lo que sí es el principal inversor es en los puertos, porque son un recurso tan valioso o más que los anteriores y es evidente que en EAU han tomado buena nota de la máxima de Raleigh32. El dominio de estos puntos estratégicos, en una vía de por sí crucial, otorga control sobre rutas comerciales globales, proyección de poder regional y seguridad económica. Esta estrategia de adquisición de puertos la ejerce principalmente a través de empresas de gestión portuaria como DP World y, en menor medida, AD Ports Group.
La cartera de activos33 de estas empresas incluye puertos en el mar Rojo y en el golfo de Adén como: Assab, en Eritrea; Berbera, en Somalilandia, y Bosaso en Puntlandia34. Su valor está en servir de centros logísticos, de almacenamiento y distribución de mercancías entre África y sus destinos en el golfo Pérsico; ser puntos de control del tráfico marítimo. y, en determinados supuestos o llegado el caso, tener un doble uso militar. Y es que los Estados del Golfo consideran el Cuerno de África esencial para la seguridad del mar Rojo, ya que les brinda profundidad estratégica frente a actores hostiles, amén de proteger rutas marítimas vitales. Emiratos Árabes Unidos también se ha convertido en un socio de seguridad imprescindible en el este del continente, proporcionando dinero, armas, logística y entrenamiento, aunque esta misma implicación ha contribuido, a su vez, a la desestabilización y el enconamiento de varios conflictos de la región.
El otro aspecto capital de la estrategia de inversión emiratí en el Cuerno es la agricultura. Para Abu Dabi, la seguridad alimentaria es una prioridad estratégica, ya que importa hasta el 85 % de los alimentos que consume, dada su escasez de agua y tierras cultivables. La cuantía de la financiación de proyectos agrícolas en la región35 se estima en 1700 millones de dólares, representando casi el 40 % de todo el montante invertido en el Cuerno de África. Pero, para comprender completamente este planteamiento, se debe ir más allá de las crudas cifras: al inyectar dinero en tierras productoras de alimentos, obtiene mucho más que las propias tierras y sus frutos; logra, indirectamente, el agua que deja de consumir en su propio suelo.
El gigante concitador
Presencia geográfica y poderío económico se alinean en Riad con una creciente voluntad de hacer valer sus capacidades.
La abundancia en la tesorería saudí se refleja en las cifras, con una inversión en el Cuerno que ronda los 13.500 millones de dólares. Pero su estrategia en la región carece de la diversificación emiratí, pues solo en Yibuti se concentran casi 13.000 millones y, de ellos, unos 12.700 millones en un único megaproyecto36.
En el ámbito de la seguridad, Arabia Saudí ha reducido notablemente su compromiso en el Cuerno, aunque comparte con Egipto el deseo de estabilidad en el mar Rojo (Aftandilian, 2026). Tanto Riad como El Cairo apoyan los Gobiernos internacionalmente reconocidos de la región37, pues entienden que la inestabilidad en tierra tiene inmediato reflejo en la seguridad marítima.
Al-Sisi, además, no desea nuevos jugadores en la ya concurrida partida que se juega en el mar Rojo, por lo que trata de impedir el acceso etíope al mismo. Para lograrlo, está tejiendo una red de alianzas con Estados del Cuerno que comparten esta oposición, pero todo acuerdo de seguridad que se precie necesita financiación y ahí es donde entra el músculo financiero de los saudíes.
Sin embargo, el papel de Riad va más allá que el de ser el banquero de El Cairo, pues ambos países aparecen en el mismo bando en varios de los conflictos que azotan la región. Además, indefectiblemente es Emiratos el que, en dichos conflictos, aparece tomando partido por la facción contraria.
Las diferentes estrategias de seguridad y los intereses nacionales enfrentados de estas dos monarquías han provocado un divorcio que también se dirime en el mar Rojo y cuyas consecuencias han terminado repercutiendo en el Cuerno. Esta disputa por la primacía se ha visto reflejada en una carrera por los instrumentos que permiten ejercer influencia: los recursos, el control de las rutas comerciales y, por extensión, los puertos de la región. En paralelo a dicha carrera y ligadas a ella, la confluencia de intereses ha ido moldeando dos bloques de alianzas cuyos contornos aparecen cada vez más definidos: la Triple A y la Contra A.
La Triple A debe su nombre a Adís-Abu-Aviv38: las capitales que, en el tablero del Cuerno y en sus inmediaciones, han mostrado su apoyo a los actores secesionistas39. Aunque sus posiciones ya venían coincidiendo en el tiempo respecto a ciertos asuntos, especialmente entre EAU e Israel (Cafiero, 2025), podría afirmarse que Somalilandia ha sido su punto de encuentro definitivo. El reconocimiento de la independencia somalilandesa por parte de Israel debe entenderse dentro de su gran juego con Irán, los hutíes y con Turquía40. En cualquier caso, la consecuencia ha sido su definitiva inserción en la escena del Cuerno.
En esta entente, además, podría considerarse a otros Estados regionales con intereses similares en ciertos aspectos, aunque con posiciones más laxas41.
La Contra A se constituye de forma reactiva respecto del conjunto anterior. Sus principales impulsores son Egipto, Arabia Saudí y Eritrea, con otra plétora de miembros cuya alineación no es tan dogmática y varía dependiendo de las circunstancias42.
En última instancia, todo entendimiento —o ausencia del mismo— entre los miembros de los bloques gira en torno a los recursos y al posicionamiento en ubicaciones estratégicas que, en el Cuerno, junto al mar Rojo, es tanto como decir los puertos.
Finalmente, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha puesto de manifiesto la dependencia que el mundo tiene de los puntos de estrangulamiento: el mero anuncio iraní del cierre del estrecho de Ormuz disparó inmediatamente los precios de los hidrocarburos. Si, además, los hutíes interviniesen en apoyo de su aliado persa, podrían atacar la base estadounidense en Yibuti, la emiratí en Berbera —donde ya hay indicios de presencia militar israelí (Fioriti, 2026)— o explotar su cooperación con Al-Shabaab en el golfo de Adén (Martín, 2024), ahora que las fuerzas navales occidentales están distraídas. Cualquiera de las opciones, o todas juntas, extendería el conflicto al Cuerno de África y tendría impacto, de un modo u otro, en los conflictos existentes e inminentes43. La propagación al Cuerno equivaldría a inestabilidad en el mar Rojo, que, unida a la de Ormuz, tendría consecuencias económicas internacionales difíciles de prever.
Conclusiones
En la caprichosa geografía del Cuerno de África, junto con los vaivenes de la historia, se puede encontrar el origen de muchas de las fricciones que azotan la región.
El enclaustramiento geográfico de Etiopía ha provocado una desesperada búsqueda de salida al mar que suscita la preocupación o, directamente, la enemistad de sus vecinos.
Con Eritrea, antigua provincia, las rencillas históricas han vuelto a salir a la luz tras un engañoso y temporal idilio. En medio, el entramado étnico etíope es convenientemente utilizado por Asmara para poner palos en las ruedas del preocupante crecimiento de Adís Abeba.
Yibuti, el pequeño Estado-puerto que ofrece a Etiopía su principal vía hacia el exterior, también teme perder el único recurso con el que negociar con algo de fuerza frente a su gran vecino. Mogadiscio, por su parte, ya ha vivido en sus propias carnes un ansia etíope de puertos que puso en entredicho su soberanía misma.
Pero no todo son debes en el haber geográfico de Etiopía, pues su altiplano central le convierte en el actor hidrológico dominante de la región, regalándole una importante palanca de negociación e influencia.
Entretanto, y ligado a lo anterior, la construcción de la Gran Presa del Renacimiento la ha terminado de poner en el punto de mira de Egipto, también contrario a su acceso al mar. Sin embargo, Adís Abeba no está dispuesta a renunciar a una infraestructura que se presume crucial en su acelerado camino hacia el liderazgo económico de África oriental.
Asimismo, la situación en el Cuerno no puede entenderse completamente analizando solo a los países que, sensu stricto, conforman el mismo.
Si bien es cierto que sus propias dinámicas internas ya ofrecen un panorama de suyo enrevesado, la privilegiada ubicación de esta región ha entrañado la implicación de forasteros en los asuntos del Cuerno. Posteriormente, intereses compartidos o rivales comunes han llevado a la formación de dos bloques mixtos, de países tanto africanos como asiáticos, cuyo fin último es consolidar su influencia en el mar Rojo.
Así, la guerra contra Irán o el estallido de las hostilidades en Tigré podrían arrastrar a otros países de estos bloques, con el consiguiente reflejo en el mar Rojo, y repercutir en la estabilidad de una región trascendental para la seguridad energética global.
José Martín Martín
Analista de inteligencia
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Hidrocracia en el Cuerno (0,46 MB)
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Hydrocracy in the Horn (0,42 MB)
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