
25 sept 2026
IEEE. Hegemonía y tradición: el rearme moral chino frente a Occidente
Gonzalo Rodríguez Suanzes. Capitán de fragata de la Armada. Departamento de Estrategia, Seguridad y Defensa de la ESFAS (CESEDEN)
Introducción
El crecimiento económico de China, aparejado a la globalización y a la exportación de su modelo tecnosocialista1, está produciendo importantes cambios en el equilibrio de poder actual.
Estos cambios podrían repercutir en la estabilidad del sistema internacional si la principal potencia dominante (EE. UU.) y la emergente (China) siguen manteniendo posturas divergentes respecto al modelo de liderazgo y gobernanza más conveniente para este nuevo orden que ya se está configurando2,3.
En este sentido, y bajo ciertas condiciones, una política exterior estadounidense menos activa podría hacer más de lo que la mayoría de los expertos cree4, contribuyendo con ello a frenar el declive reputacional global del gigante norteamericano.
Según el informe Democracy Perception Index 20255, la evolución de la percepción de las potencias mundiales revela corrientes de cambio cada vez más profundas en el sistema internacional. Por primera vez, hay un número superior de países que tienen una visión más positiva de China que de EE. UU., un indicador notable de la continua evolución de la opinión pública en diferentes regiones y sistemas políticos.
Esta percepción poco tiene que ver con el hecho de que desde Occidente se entienda «cuál es el juego» de China, y sí con que las élites chinas entiendan perfectamente cómo opera el pensamiento occidental. Daniel Bell decía que «la idea del placer como modo de vida se ha convertido en la justificación cultural, si no moral, del capitalismo», muy por encima de la preservación de la propia seguridad del Estado.
Xi Jinping entiende que las sociedades occidentales dan más importancia a la prosperidad que a la seguridad. Con la hegemonía liberal estadounidense, dábamos por garantizada nuestra protección y podíamos centrarnos en ser más prósperos. Sin embargo, ahora que el gigante norteamericano ha dejado de ser el principal exportador de seguridad global, renunciar a la idea del «placer» o «sacrificar» prosperidad en favor de una mayor inversión en defensa, supone ir en contra de una tendencia que ya de por sí era difícilmente reversible.
Esto es precisamente lo que aprovecha el presidente chino para ejercer una política exterior de inversión en infraestructuras, riqueza y prosperidad en otras sociedades, todo ello bajo el sustento de un «liderazgo moral» que rechaza la guerra y le ayuda a ser percibida como garante del interés general.
Con todo esto, los sistemas democráticos siguen gozando de un apoyo sólido como modelos referentes de preservación y prosperidad del Estado. Sin embargo, los ciudadanos de las sociedades democráticas están cada vez más preocupados por la capacidad de sus gobiernos para mejorar su nivel de vida, gestionar la economía y garantizar su seguridad6.
Winston Churchill ya decía que «la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre… con excepción de todos los demás».
Entonces, ¿cuál es el trasfondo geopolítico de esta diferencia de percepción entre China y EE. UU.?
La contestación a esta pregunta ofrece una doble respuesta, ambas relacionadas con la pérdida de eficacia de los modelos de gobernanza occidentales.
La primera la enmarcamos en la política exterior de Donald Trump, que destaca precisamente por el actual distanciamiento de EE. UU. de sus aliados tradicionales, la creciente pérdida de legitimidad internacional y esa vocación explícita por el «hard power».
La segunda es la alternativa de modelo de «liderazgo moral» internacional que ofrece China, con el que trata de exportar una imagen de socio estable y confiable, erigiéndose como autoridad legítima en la estabilización de conflictos y defensor del multilateralismo (una imagen que contrasta precisamente con la que ofrece actualmente EE. UU.).
En relación con esto último, hay que decir que la moral en los estudios de las relaciones internacionales siempre ha tenido un peso «relativo». Los primeros teóricos realistas conceptualizaban la moral como un «subproducto del poder» o como la «crónica del vencedor»7, alegando que «lo único inmoral que existe es todo aquello que ponga en peligro la supervivencia del Estado»8.
Sin embargo, Hans Morghentau llegaba a dar algo más de preeminencia al significado «moral» de la acción política admitiendo que el «realismo político es consciente de la tensión ineludible entre el dominio moral y las exigencias de una acción política exitosa»9.
Otros teóricos, como Waltz, fundador del realismo estructural, afirmaban que «la necesaria amoralidad de la política mundial se debe al carácter intrínsecamente malo del ser humano»10.
Por otro lado, si lo enfocamos desde la perspectiva china, algunos estudios de las relaciones internacionales, como los del profesor Yan Xuetong11, afirman que la moralidad es hoy más importante para una potencia hegemónica que quiera mantener su dominio que para una potencia emergente que quiera hacerse con el liderazgo, y que el perdedor en la competición entre China y EE. UU. será aquel que la comunidad internacional considere «inmoral». Por tanto, toda gran potencia que ignore el papel de un liderazgo basado en la moralidad estaría abocado al fracaso12.
Con todas estas interpretaciones, de lo que no cabe duda es que, hoy por hoy, la «geopolítica de la moral» es algo que subyace en las narrativas de las principales potencias para ganar legitimidad y aceptación internacional. Sin ir más lejos, las últimas críticas de Trump al Papa por no dar «cobertura moral» a las últimas acciones estadounidenses sobre suelo iraní le están costando al presidente norteamericano el apoyo de una parte importante de sus seguidores13.
El objetivo que se pretende en este artículo es comparar los modelos de liderazgo chino (basado principalmente en la moral confuciana14 y el colectivismo), y el estadounidense (más centrado en resultados y en el dominio estratégico), para analizar si el ejercicio de la autoridad moral que pretende hacer China puede ser decisivo en la reorientación del orden internacional y si estamos cada vez más cerca de una nueva configuración global «sinocéntrica» como alternativa a la hegemonía liberal estadounidense.
Para apoyar este último objetivo, se tratará de elaborar un modelo teórico de estabilidad hegemónica basado en la trinidad de Clausewitz.
Entendiendo el crecimiento de China
Si tuviéramos que resumir en solo cinco puntos los hechos principales que hablan de la estrategia actual de crecimiento de China, podríamos destacar los siguientes como los más extendidos en el ámbito académico:
- La evolución de China responde principalmente a su progresiva capacidad de control sobre las cadenas de suministro15 y al desarrollo científico y tecnológico16. El crecimiento sostenido en proyectos de la «Iniciativa de la Franja y de la Ruta» (BRI) y el desarrollo de la iniciativa «Made in China 2.0»17 —que EE. UU. y la UE tratan de contrarrestar con el corredor IMEC y el Global Gateway, respectivamente— lo han convertido en un actor indispensable tanto para los países de su entorno como para el resto del mundo.
- A consecuencia de lo anterior, la propaganda y las narrativas chinas han permeado el ámbito cognitivo de estos países y colonizado sus procesos de decisión18. Esto ha propiciado un nuevo tipo de multilateralismo con características chinas, pero para el interés exclusivo chino, no para mejorar el sistema global19.
- La política de «hechos consumados», o fait accompli20, es la herramienta estratégica más importante que utiliza China para ampliar sus aguas de soberanía, en base a lo que considera una legítima reclamación por derechos históricos21. Esto se traduce en la creación de islas artificiales para afianzar y ampliar, de facto, esa soberanía, así como en el aumento de disputas con sus vecinos territoriales.
- China cuenta actualmente con la mayor flota marítima del mundo22, lo que le lleva a ir creciendo en su flota naval, superando ya en número de unidades a EE. UU. No obstante, parece que aún sigue lejos del nivel de las capacidades y preparación militar del gigante norteamericano23.
- La hipotética confrontación entre EE. UU. y China sería esencialmente en el ámbito aeronaval, donde Taiwán representaría el objetivo militar principal y obligaría a China a dar especial relevancia a su fuerza naval y al desarrollo de su capacidad A2/AD24, precisamente para evitar intrusiones en aguas jurisdiccionales chinas. En este contexto, la competencia militar entre EE. UU. y China se concentra en el ámbito del desarrollo de la tecnología25.
Con todos estos factores, cabe hacerse las siguientes preguntas: ¿cómo hemos llegado a depender tanto de China en cuanto al monopolio del comercio marítimo y la construcción de infraestructuras sobre las que circula la economía global?, ¿es el «poder blando» de China su clave del éxito y el pilar básico de su poder nacional?, ¿es el «liderazgo moral» del PCCh un factor esencial para influir en la opinión internacional de China y reforzar así su posición en el mundo?, ¿puede contribuir este tipo de liderazgo a una nueva fórmula de estabilidad global o a hacer cada vez más inevitable el enfrentamiento con EE. UU.?
En el contexto mediático, una de las interpretaciones que hace el actual Gobierno de Trump es que «China es un poder que busca ejercer una hegemonía global y la imposición de su sistema, o al menos de sus reglas de juego».
Por otro lado, Xi Jinping dice que «EE. UU. lidera los esfuerzos para occidentalizar y dividir a China. Estos esfuerzos se intensifican porque el balance de poder se inclina hacia China». Lo cierto es que la capacidad de articular estratégicamente los instrumentos de poder definidos en los cinco puntos mencionados (economía, diplomacia, narrativas, poder militar y tecnología) es el gran mérito de China y lo que le da fuerza y coherencia al objetivo principal de su estrategia a largo plazo: «fomentar la lealtad y deferencia hacia China para que pueda dirigir el sistema internacional gracias a su benévola superioridad y méritos reconocidos»26.
La perspectiva sinocéntrica de esta afirmación no habla de una estrategia que busque instaurar un sistema internacional bajo imperativos chinos ni de imponer un nuevo marco de convivencia para todos, sino de crear conciencia global de que solo a través de China las sociedades pueden avanzar.
Esto implica que para que China pueda aspirar a una posición preeminente en el orden internacional, y dada una extensa demografía como la suya, sus élites deben trabajar en cómo debe pensar su pueblo y establecer mecanismos adecuados para mantener la unidad nacional.
En este proceso juega un papel importante la conversión de los intereses del PCCh en obligaciones morales para su ciudadanía27. «La geopolítica se basa en la influencia. No podemos sentirnos seguros fuera si no nos ocupamos de nuestro comportamiento dentro»28.
China: la filosofía de una civilización, la geopolítica de un país
Entender a China se ha convertido en uno de los retos más apasionantes del mundo académico. Si no se estudia a China como civilización, no se pueden entender sus aspiraciones globales ni su proyección estratégica.
Desde este origen civilizatorio, el núcleo de la filosofía china se centraba en la práctica de la ética29 y del buen gobierno. El concepto del poder político difería del de los pensadores occidentales en que debía de categorizarse como poder blando (no material) y que debía estar sustentado en una sólida base moral30,31.
Esto justificaba que la coerción física para conseguir objetivos políticos fuera descartada como parte del arraigo cultural y filosófico chino32; o lo que es lo mismo, el poder militar debía emplearse siempre como último recurso33.
Por eso, las principales corrientes filosóficas basculaban entre las distintas interpretaciones sobre la «moral» de los gobernantes, la importancia de la voz del pueblo y el uso de la fuerza militar.
Aquellas dinastías que adoptaron las ideologías del confucianismo y neoconfucianismo fueron capaces de gestionar gobiernos prósperos y duraderos, pero el exceso de libertades y la mala gestión de la meritocracia acabaron por viciar los sistemas y acelerar sus caídas. A esto hay que añadir que el relajamiento del ejército y la aversión al uso de la fuerza serían el germen de las futuras desgracias de China, alejándola de la preparación militar necesaria para afrontar el intervencionismo británico durante el «siglo De la humillación».
Desde la perspectiva del pueblo, las constantes rebeliones fueron determinantes para precipitar los cambios de régimen y consolidar dinastías duraderas, todo ello bajo la doctrina del «Mandato del cielo»34, que daba el derecho moral del pueblo a rebelarse y a decidir sobre el futuro del emperador. Además, el crecimiento demográfico, la unidad nacional y la «benévola superioridad» de las élites chinas ayudaban a hacer frente a muchos invasores, evitando el combate directo mediante su integración en la cultura tradicional y la forma de vida chinas.
No es de extrañar, por tanto, que, en medio de la rivalidad existente entre las distintas escuelas de pensamiento, los principales filósofos chinos convergieran en una única idea fundamental: «la clave del poder internacional radica en el poder político, y el atributo central del poder político es el liderazgo moral»35.
Esta idea es la que permite comprender por qué, a lo largo de los siglos, no había un término lo suficientemente adecuado para definir a China en relación con su supuesta supremacía cultural y moral36, y la razón principal por la que las actuales élites chinas consideran que el protagonismo de Occidente es una «anomalía histórica» permitida por la debilidad tecnológica y militar de China37.
Es en esto, precisamente, en lo que se está centrando Xi Jinping en la actualidad: en corregir esta anomalía para conformar una «comunidad de destino común para toda la humanidad»38 y reivindicar así la posición privilegiada de China a la cabeza del mundo.
La visión de China como república
Tras la fundación del PCCh, las políticas de apertura al mundo de los distintos presidentes chinos han ido contribuyendo a un proceso de profundización de importantes lecciones para el actual presidente Xi Jinping, que no duda en usarlas para acabar con lo que él percibe como una «desecación espiritual generalizada» (debido al ascenso abrupto del capitalismo), que derivaría en una tendencia de gobierno cada vez menos ideológica.
Este pensamiento es lo que ha llevado al actual presidente chino a virar hacia un fuerte nacionalismo marxista como nueva base de las políticas domésticas, económicas y de política exterior chinas.
El daño que supuso el intervencionismo extranjero también es considerado por Xi como una de las principales causas estructurales que han llevado a China a la necesidad de desarrollar una estrategia de reconexión con un pasado glorioso que considera le fue arrebatado.
En este ascenso de China, lo que se busca, por tanto, no es nada nuevo, sino simplemente restablecer patrones históricos.
Las guerras e invasiones sufridas demuestran que, para recuperar esa primacía mundial y que China vuelva a ser respetada, necesita no solo ser rica, sino fuerte39. Este aspecto resulta fundamental para evitar que posibles invasores puedan atentar contra los espacios y pretensiones actuales de soberanía chinos.
Si atendemos primero a la parte de la riqueza, China estaría buscando, con su expansión económica, una nueva interpretación de la relación que el imperio chino tenía con sus estados vasallos para fomentar la deferencia hacia el gigante asiático.
En cuanto a la fortaleza, China necesita, sobre todo, garantizar su seguridad, y esto significa no verse encerrada ni por tierra ni por mar en una región «a la que naturalmente pertenece». Esto explica que la renovada iniciativa de la Franja y de la Ruta (BRI) no responda únicamente a motivaciones económicas, sino también a una expansión de su colchón de seguridad regional.
La proyección naval adquiere también una gran importancia para poder defender los espacios históricos de soberanía y asegurar la libertad de navegación por el Pacífico y la salida al Índico a través del estrecho de Malaca y de Java (Indonesia).
El problema es que la interpretación que hace EE. UU. del aumento de las capacidades navales chinas no se entiende si no es por motivos puramente expansionistas y de lucha por la hegemonía regional. El gigante norteamericano tiene claro que no le beneficia que China se consolide como su contraparte hegemónica en el Pacífico, ya que confirmaría un aumento de autoridad china a costa de una pérdida de influencia estadounidense en la región40.
Por eso, por parte de EE. UU., se teme que una China en crecimiento podría acabar socavando de manera sistemática su seguridad nacional. Existe el convencimiento en el pensamiento político norteamericano, de que China está decidida a alcanzar el dominio militar y económico en todas las regiones circundantes para lograr, en última instancia, la hegemonía regional.
Las estrategias estadounidense y china en el contexto actual: entre el dominio estratégico y el liderazgo moral
China sostiene que el bloque occidental infringe con frecuencia la soberanía de los países pobres y del Tercer Mundo. Esto, en la práctica, significa que el discurso occidental sobre derechos humanos, libertad y democracia es considerado un pretexto para salvaguardar los intereses de los países fuertes que, al final, solo acaban provocando más conflicto.
En este sentido, hay que destacar que China es el segundo contribuyente en presupuestos ordinarios de la ONU y es el miembro de su Consejo de Seguridad que más efectivos aporta a las operaciones de mantenimiento de la paz41, si bien es cierto que, a nivel doméstico, las violaciones de derechos en Xinjiang, la restricción de libertades en el Tíbet y las crecientes presiones en Mongolia del Sur sobre del uso de la lengua en las escuelas son considerados «asuntos internos» de China en los que ningún Estado debe inmiscuirse.
No obstante, la forma de integración de China en las organizaciones internacionales define a una China rule-maker, y no rule-taker, (más centrada en las «formas» que en las «normas»), buscando, en todo caso, aumentar su influencia política con una participación activa, pero sin confrontar el orden existente ni imponer un nuevo modelo de gobernanza42.
China busca dominar de forma psicológica a través de logros y conductas, no a través de la conquista militar43; de ahí la preeminencia del liderazgo «moral» que defiende China y que contrasta con el dominio «estratégico» que viene ejerciendo EE. UU., especialmente con la nueva Administración Trump.
En el ejercicio de su liderazgo moral, China busca inducir respeto, no fomentar la conversión. El liderazgo estadounidense adquiere, sin embargo, un tinte más estratégico (aunque la moral está en su retórica), dado que el mantenimiento de su hegemonía depende fundamentalmente de su capacidad militar y de la credibilidad estratégica ante sus aliados44. Esto permite a EE. UU. contar con una ventaja importante si comparamos las alianzas —sobre todo en materia de seguridad— que mantiene por todo el mundo con aquellas que mantiene China, algo más precarias.
No obstante, el liderazgo de EE. UU. y su red de alianzas funcionaban hasta ahora porque ofrecían una protección fiable a sus aliados, pero la llegada al poder de Donald Trump y el aparente abandono del paraguas de protección norteamericano sobre suelo europeo parecen estar favoreciendo la retórica moral del gigante asiático.
Europa ve ahora en peligro su propia supervivencia por la amenaza que representa una Rusia cada vez más asertiva y dispuesta a seguir invirtiendo en su economía de guerra, por lo que, en esta situación, cabe plantearse la siguiente cuestión: si Estados Unidos dejara de ser un aliado estratégico y de servir al interés general, ¿dejaría también de tener autoridad «moral» para mandar sobre el orden internacional?
La respuesta a esta pregunta sería afirmativa si asociamos la pérdida de credibilidad estratégica de EE. UU. a un escaso grado de moralidad en su política exterior, lo que hace que sus aliados tradicionales tiendan a buscar socios más fiables45.
Josep Borrell ya decía que «China lanza agresivamente el mensaje de que, a diferencia de EE. UU., es un socio responsable y confiable». Esta circunstancia se une al hecho de que nos encontramos en un mundo donde la tecnología y el comercio estarían llevando a sistemas aparentemente «opuestos» a tener un contacto cada vez más estrecho, precisamente por el impacto que ejercen estos dos factores en la búsqueda de prosperidad de las naciones.
De las guerras trinitarias a la estabilidad trinitaria: aproximación de Clausewitz a un modelo teórico de estabilidad hegemónica
Una vez planteados los distintos modelos de liderazgo, vemos que, en el plano puramente estratégico, la composición de la pasión del pueblo, el cálculo militar y la razón de los gobernantes que definía Clausewitz en su famosa trinidad podría ser, de alguna manera, aplicable a la sociedad milenaria china.
La dificultad de llegar a un equilibrio social racional en el que un gobernante pudiera controlar al estratega militar, y este, a su vez, controlar al pueblo, era algo que también se daba en los distintos períodos dinásticos chinos, si bien es cierto que con algunos matices.
En el caso de China podríamos hablar no solo de «escalada a los extremos», sino también de «descenso a mínimos», dado que el protagonismo del ejército llegó a alcanzar cotas mínimas de empleo y de modernización durante largos períodos de tiempo.
En esta comparación es importante tener en cuenta que Clausewitz no era un estratega chino: no quería vencer sin ofrecer resistencia. Quería luchar y conseguir una victoria gloriosa. Por eso, la estrategia de acción recíproca que proponía Clausewitz concedía el combate en algunas ocasiones y, en otras, lo evitaba, pero no para huir del enfrentamiento, sino para preparar una intervención más decisiva46.
Este matiz es lo que marca la diferencia entre las estrategias occidentales y la desarrollada por China, ya que el gigante asiático lleva en su ADN tratar de doblegar la voluntad de su adversario sin entrar nunca en combate47.
Con este uso preferente del poder blando chino y su actual confrontación con el dominio estratégico de EE. UU., queda por ver cuál de las dos potencias está más cerca de configurarse (o confirmarse) como poder hegemónico «internacionalmente aceptado» (esto es, consensuado internacionalmente como potencia habilitante para dirigir el nuevo orden internacional).
Para resolver este dilema, trataremos de desarrollar un modelo teórico de estabilidad hegemónica «trinitario» que nos permita comparar el nivel de efectividad que ofrecen los modelos de liderazgo de EE. UU. y China.
Para darle rigor a este modelo, es necesario poner en valor, primeramente, que Clausewitz hablaba de equilibrio para «ganar guerras», no de equilibrio para «sostener hegemonías», por lo que no podemos establecer una equivalencia directa entre el modelo de Clausewitz y el modelo que buscamos, pero sí una analogía estructural reinterpretada que nos permita confeccionar un modelo con tres elementos (vértices), que le confieran a una potencia su condición de estatus hegemónico.
Si asumimos que el liderazgo eficaz de un poder hegemónico debe basarse en un uso coherente y sostenido de su poder y en su aceptación por parte de terceros, se trataría entonces de establecer una sola directriz para la potencia aspirante: «tener poder, saber usarlo y que este uso sea percibido como el interés general». Con esta premisa, los tres elementos característicos de una potencia hegemónica serían: el poder material (recursos), la articulación estratégica y la lealtad de los Estados.
La base teórica que apoya este modelo se explicaría con un argumento muy simple: si para Clausewitz las guerras «perfectas» eran las trinitarias (equilibrio sostenido entre pueblo, gobierno e instrumento militar), la estabilidad hegemónica «perfecta» se configuraría a través de un modelo análogo basado en el equilibrio entre los tres elementos mencionados.
Para distinguir mejor el «salto» cualitativo que deben hacer las potencias «dominantes» para configurarse como potencias hegemónicas, se relaciona a continuación el modelo teórico propuesto con la frontera que deben franquear los Estados para conseguir un estatus hegemónico consensuado y legitimado.
En este esquema, la moral modula la eficacia del poder y actúa como variable interviniente, con capacidad de multiplicar la eficacia de los tres vértices, reducir los coses de desequilibrio y facilitar la conversión de poder en aceptación.
El dilema hegemónico y las posibilidades de confrontación entre China y EE. UU.
Hasta ahora hemos visto que todos los logros de China van en detrimento de una pérdida de liderazgo estratégico de EE. UU. que redunda en la percepción de una amenaza cada vez mayor del gigante asiático. China no solo aumenta su influencia a nivel regional, sino que también lo hace en un hemisferio occidental que se había mantenido hasta ahora como bastión hegemónico de EE. UU.
Con todo esto, se da la paradoja de que las razones que harían improbable un inicio de hostilidades por parte de China (porque necesita preservar su liderazgo moral y garantizar su crecimiento económico) son las mismas que harían que EE. UU. pudiera llegar a tomar la iniciativa en un posible conflicto armado.
En primer lugar, el liderazgo moral chino habla de una preferencia por conseguir Estados vasallos sin llegar a la confrontación, lo que es percibido por EE. UU. como una amenaza a su pérdida de influencia regional, que podría acarrear un empleo más asertivo del hard power.
Por otro lado, la cada vez mayor dependencia económica de China y su control sobre los flujos globales alejan al gigante asiático de la posibilidad de acciones bélicas, dado que afectarían a su imagen y a su desarrollo económico. Sin embargo, este crecimiento (especialmente en el sector tecnológico) es percibido por EE. UU. como un juego de suma «cero» que podría llegar a activar el dilema de la seguridad48.
Por último, el crecimiento de las capacidades navales chinas está fuertemente vinculado tanto a su desarrollo económico (dada la necesidad de protección del comercio marítimo y la libertad de navegación) como a la capacidad de repeler posibles invasores en sus aguas de soberanía.
Sin embargo, la construcción de navíos chinos de gran porte es vista por EE. UU. como una adquisición de capacidades orientadas a la proyección y al dominio de los mares49, lo que hace temer a EE. UU. un posible avance en capacidades A2/AD, que podría hacer inevitable un «encerramiento» de la isla de Taiwán y el bloqueo efectivo de sus accesos desde la segunda cadena de islas.
Por tanto, la posibilidad de conflicto entre ambas potencias es real y factible e implicaría la necesidad de desarrollar una gran estrategia por parte de EE. UU., basada en un sutil equilibrio de moderación, fuerza y legitimidad, y fundamentada en una sola idea: evitar una guerra a gran escala con China.
Conclusiones
El liderazgo moral de Xi Jinping constituye la correa de transmisión de la gran estrategia china para conformar las bases centrales del «gran sueño chino». Si tenemos en cuenta lo que dice Javier Jordán (2023) sobre que «la finalidad de la gran estrategia dejó de ser la victoria en la guerra para convertirse en la materialización de una determinada visión del propio país en el mundo», encontraríamos una visión de China materializada en el desarrollo de unas capacidades militares y una proyección de poder e influencia que busca hacerlas rentables y legítimas.
Desde la antigüedad, China siempre ha apostado por una actitud no beligerante, arraigada en una cultura confuciana que se basaba en unos fundamentos ideológicos de rechazo a la guerra para cumplir con sus objetivos políticos.
Durante este proceso evolutivo y con un pensamiento filosófico centrado en la moral del poder político, China lograría, durante muchos siglos, mantenerse al margen de la influencia de Occidente hasta que se vio afectada por el intervencionismo británico. Las consecuencias del «siglo De la humillación» impactaron en una cultura que se vio obligada a aceptar unos valores con los que no se identificaba.
El resultado de este intervencionismo pondría fin a esa capacidad de China de absorber y transformar los impactos externos y daría pie a la iniciativa revolucionaria del comunismo impulsada por Mao Zedong, cuya base ideológica sirvió para resolver el dilema de China sobre si seguir anclada al arraigo cultural chino o si abrirse, por fin y definitivamente, al mundo.
La historia del pensamiento chino acabaría entonces por aceptar la idea de «nación» sobre la de «Zhongguo» (o «Reino del Medio»), y los sucesivos mandatarios chinos desde Mao irían dando forma a la identidad poscivilizatoria china, que aún sigue en un continuo proceso evolutivo, pero que ya es capaz de desafiar el actual orden internacional con cambios en el «equilibrio de poder» (provocando un mayor acercamiento a China) y una redefinición de las «reglas del juego» (aquellas que suscriben la legalidad internacional).
La base moral confuciana y el nacionalismo marxista actual de Xi Jinping configuran una proyección internacional de China donde la cultura ya no es tan importante como la nación, ni la educación tan importante como la ideología. Esto deja entrever una capacidad de liderazgo que ha hecho posible que China esté consiguiendo, de manera paulatina y gradual, la alteración del statu quo hegemónico; todo ello a través de la búsqueda de una legitimidad moral que, poco a poco, va permeando y haciéndose hueco en las sociedades occidentales.
Como conclusión, podemos decir que la moral, aunque no tiene una entidad suficiente como para definir las futuras tendencias estratégicas de las principales potencias, adquiere una gran relevancia en un «vecindario internacional» cada vez más pequeño. A mayor coherencia moral percibida, mayor será la capacidad de una potencia para convertir recursos y estrategia en aceptación internacional, aumentando con ello la estabilidad de un orden que reclama urgentemente un liderazgo sólido, coherente y garante del interés general.
Gonzalo Rodríguez Suanzes
Capitán de fragata de la Armada
Departamento de Estrategia, Seguridad y Defensa de la ESFASLas ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
[1] GONZALEZ. El gran sueño de China. La internacionalización del tecnosocialismo. 2021.[2] Un orden internacional estable que comprenda a EE. UU. y China debería implicar un equilibrio de poder, y la gestión de ese equilibrio tendrá que ser mitigada por acuerdos sobre las normas y una confianza estratégica reforzada por elementos de cooperación.[3] La aplicación china WeChat desarrollada por Tencent ofrece múltiples funciones sociales y de mensajería. En su cuenta oficial el Diario del Pueblo publicó que «solo tendremos paz si la paz se busca a través de la lucha, ya que la paz muere si se busca a través del compromiso». Igualmente: «algunos dicen que China y EE. UU. serán amigos en el futuro. Pero para ser amigos de los EE. UU. primero hay que ser un enemigo que no pueda batir». GONZALEZ. Op. cit. 2021, pp. 192-193.[4] SHIFRINSON, J. «Should the United States fear China´s Rise?», The Washington Quarterly. Winter 2019. [Traducción del autor].[5] El Índice de Percepción de la Democracia 2025 ofrece el mayor estudio global sobre cómo los ciudadanos perciben la democracia en la práctica. Esta encuesta internacional proporciona información basada en datos sobre cómo las personas de más de 100 países evalúan la calidad de la gobernanza democrática en sus propias sociedades. https://capacity4dev.europa.eu/library/democracy-perception-index-2025_enNota: Todos los hipervínculos de este artículo se encuentran activos con fecha de 11 de junio de 2026.[6] Dr. Nico Jaspers, CEO del Nira Data.[7] CARR, E. 2004. Citado en: BAQUÉS, J. ¿Cómo funciona el mundo? Una perspectiva desde la geopolítica. UFV, Tyrant lo Blanch, 2023, p. 38.[8] «Lo inmoral es ponerse en peligro cuando no está en juego tu supervivencia». BAQUÉS, J. Op. cit. 2023, p. 47. Esto abre una pregunta de debate interesante si lo extrapolamos al contexto actual de los frentes abiertos que tiene EE. UU. ¿Está atentando EE. UU. contra su seguridad nacional con su intervencionismo actual?[9] MORGENTHAU, H., JOACHIM, T., KENNETH, W. Politics among nations. The struggle for power and peace. McGraw-Hill. 1997, p. 12.[10] WALTZ, K. Man, the State and War. A theorical Analysis. New York, Columbia University Press, 1983.[11] Yan Xuetong es el creador de la corriente del realismo moral, también es decano del Instituto de Relaciones Internacionales Modernas en la Universidad de Tsinghua y autor de la famosa obra Ancient Chinese Thought, Modern Chinese Power.[12] XUETONG, Y. Pensamiento Chino y relaciones internacionales: dos miradas. La competición entre China y Estados Unidos por el liderazgo mundial. Documentos CIDOB. Asia 28 julio 2013.[14] «La cultura confuciana da gran importancia a la moralidad personal y la gente suele imponer expectativas morales más altas a quienes tienen un estatus social más alto. En el contexto confuciano, los líderes deben tener altas cualidades morales o no serán genuinamente venerados por sus subordinados». LU, Lin et all. «Relación entre liderazgo paternalista e innovación de empleados: un metaanálisis entre muestras chinas», Frontiers in Psychology. 2022. Disponible en: https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2022.920006/full[15] GONZÁLEZ, A. «La guerra política de la República Popular China y el dominio del mar», Cuaderno de Estrategia 212. China: el desafío de la nueva. potencia global. Capítulo cuarto. 2022, p. 128. Disponible en:https://www.ieee.es/Galerias/fichero/cuadernos/CE_212_ChinaElDesafioDeLaNuevaPotenciaGlobal.pdf[16] «China ejerce una guerra política (o empleo de todos los medios de que dispone la nación, sin llegar a las hostilidades), para conseguir sus objetivos: convertir el desarrollo científico y tecnológico junto con el control de la cadena de suministros en el centro de gravedad de las disputas». GONZÁLEZ, A. Op. cit. 2022, p. 123.[17] (Anteriormente llamado «Made in China 2025»). China es consciente de su retraso en ciencia básica y […] ha concentrado la mayor parte de su interés en las aplicaciones de la tecnología, sabedora de que la compartición del saber científico le permitirá acceder a este conocimiento […]. Luego es una cuestión de aprovechar las economías de escala y concentrarse en tener una industria dispuesta a ofrecer soluciones más baratas internacionalmente. GONZALEZ, Op. cit. 2021, p. 204.[18] «… cada éxito permite conformar y consolidar un ajuste narrativo que, sintonizando con el proyecto estratégico de la RPCh, permea el ámbito cognitivo de otros. La sutil adornada armonía entre el fondo narrativo, los discursos políticos y los hechos se adapta al momento y al público objetivo para fascinarlo. Las operaciones de influencia y psicológicas están diseñadas para ensamblarse a las características particulares de cada interlocutor, con el propósito de colonizar sus procesos de decisiones y decantarlos suavemente en lugar propicio a los intereses de la RPCh». GONZÁLEZ, A. Op. cit. 2022, p. 126.[19] AMBRÓS, I. El multilateralismo asiático, un orden internacional con características chinas. IEEE, 2020. http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2020/DIEEEO150_2020ISIAMB_multilateralismoAsia.pdf[20] «”Fait accompli” traducido al español es hecho consumado, pero esta traducción no es del todo exacta. Una interpretación más completa de la idea sería la composición primero de una situación que se ha alcanzado, es decir un hecho consumado, y segundo de una situación que se alcanzará necesariamente, sin que se pueda revertir. “Fait accompli” reuniría tanto a los hechos consumados como a los hechos que inevitablemente terminarán por consumarse, sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo». GONZÁLEZ, A. Op. cit. 2022, p. 127.[22] Según el documento: Lectura estratégica de la reciente fusión naval en China, el 4 de julio de 2025, el Comité de Fusiones de la Bolsa de Shanghái aprobó la fusión entre sus dos mayores empresas estatales de construcción naval, China State Ship building Corporation (CSSC) y China Ship building Industry Corporation (CSIC). El nuevo grupo se convierte en el mayor conglomerado naval del mundo, tanto en capacidad de producción como en cuota de mercado. Esta fusión forma parte de una hoja de ruta planificada por el Estado chino para consolidar su liderazgo marítimo y refuerza el control de China sobre el 53 % del mercado mundial de construcción naval comercial, consolidando capacidades en buques civiles y militares.[23] En general, hasta hace poco, la autoevaluación del EPL de sus capacidades sugería que seguía jugando a «ponerse al día» con otras grandes potencias militares, especialmente EE. UU. El análisis que hace el Ejército Popular de Liberación (EPL) de su propia actuación puede ser bastante crítico, y se han detectado deficiencias en muchos ámbitos. Los repetidos llamamientos a que el EPL esté «preparado para luchar y ganar guerras» reflejan probablemente la creencia de que el EPL es incapaz de hacerlo.[24] La estrategia «Anti Access/ Area Denial», está diseñada para prevenir que fuerzas invasoras, particularmente EE. UU., entren u operen de manera efectiva en áreas estratégicas, como el mar de China Meridional y las inmediaciones de Taiwán. SOURSA, O. Explore Pacific Forum´s Insightful Indo-Pacific Analysis. 2025. https://share.google/tw2ahBKaJEdKIWpuo[25] «Ni China ni EE. UU. parecen actualmente interesados en lanzar iniciativas que desarrollen tratados internacionales para limitar el uso de nuevas tecnologías en sistemas de armas, más bien lo contrario». GONZÁLEZ. Op. cit. 2021, p. 265.[26] «… nos encontramos ante un nuevo modelo de relaciones internacionales, en el que China se está posicionando y modificando las reglas de la gobernanza global. La regulación y la normativa occidental pierden fuerza, y los países que han ejercido una hegemonía tradicional deberán adaptarse al nuevo paradigma geopolítico». https://mundoglobal.org/el-modelo-chino-de-las-relaciones-internacionales-y-el-multilateralismo-global/[27] «China siempre ha considerado sus relaciones exteriores como una expresión externa de los mismos principios de orden social y político que se manifestaban internamente. En consecuencia, las relaciones exteriores de China son consideradas jerárquicas y no igualitarias». ALLISON, G. Destiny for War. Can America and China Escape the Thucydides Trap? Houghton Mifflin Harcourt, Boston, 2017, p. 107.[28] Frase atribuida a Thomas Friedman. Según este autor, «el estado de la moral social está cambiando rápidamente a medida que la globalización y el cambio tecnológico se apoderan del mundo. Para mantenernos al día con estas aceleraciones, necesitamos repensar la moral incluyendo la ética en educación y construyendo comunidades sólidas».[29] «Era la ética, y no la religión, la que proporcionaba la base espiritual de la civilización china». YU – LAN, F. A short History of Chinese Philosophy. A Sistematic Account of Chinese Thought from Its origins to the Present Day. Edited by Derk Bodde. New York, The free Press, 1976.[30] YAQING, Q. «Cultura y pensamiento global: una teoría china de las relaciones internacionales», Revista CIDOB, n.º 100. Diciembre 2012.[31] El Estado perfecto debía ser una institución moral regido por un líder moral (sabiduría por dentro y nobleza por fuera), cumpliendo con el precepto eminentemente confuciano de que el conocimiento (a través del cultivo espiritual) y la virtud (potenciada en la función social), eran inseparables y que solo el que tenía el espíritu más noble podía llegar a ser rey: «el sabio es el hombre moralmente perfecto en una sociedad». YU-LAN, F. Op. cit. 1976.[32] FENG, Huiyun and HE, Kai. «A dynamic strategic culture model and China’s behaviour in the South China Sea», Cambridge Review of International Affairs, vol. 34, n.º 4. 2021, pp. 510-529. https://doi.org/10.1080/09557571.2019.1642301[33] La estrategia actual de China de «Active Defense» en sus mares colindantes es fiel reflejo de esta mentalidad, posicionándose a ojos del mundo como estratégicamente defensiva, pero preparándose para pasar a la ofensiva en caso de ser agredida.[34] «Si un gobernante se apartaba de la virtud y era egoísta, cruel y opresivo con su pueblo, el cielo —fuente del mandato de los reyes— no apoyaría al gobernante, y este acabaría por caer. Así, el mandato del cielo se convirtió en un importante ideal chino, que sintonizaba con el código de conducta confuciano en el que virtud y orden jerárquico son principios cardinales». CORIGLIANO, F. «Los aportes de Confucio y Sun Tzu en la política exterior de la era Xi Jinping», Revista de Investigación en Política Exterior Argentina, vol. 3, n.º 5. Enero 2023 – agosto 2023. Francisco-Corigliano-Modelos-teoricos-chinos-para-el-analisis-de-las-relaciones-internacionales-chinas-los-aportes-de-Confucio-Sun-Tzu-y-Mao-en-la-politica-exterior-de-la-era-Xi-Jinping.pdf[35] XUETONG, Y. Op. cit. 2013.[36] Un ejemplo de esto son los primeros 130 años de la última dinastía Qing (los años más prósperos de esta dinastía), donde el término «Zhongguo» o «Reino del Medio» se popularizaría para definir a China como todo aquello que se encontraba «entre el cielo y la tierra» – ubicado por tanto a la cabeza de la jerarquía mundial.[37] ALLISON, G. Destiny for War. Can America and China Escape the Thucydides Trap? Boston, Houghton Mifflin Harcourt, 2017, p. 106.[38] «Comunidad de destino común o comunidad de futuro compartido – What China says, what China means and what this means for human Rights». https://share.google/g3mRe5X2Eicl7Wz8X[39] Uno de los principales objetivos del Estado chino es permitir el desarrollo de un estamento militar fuerte, tecnológicamente avanzado y políticamente fiable, capaz de hacer frente a una cartera cada vez más amplia de misiones y responsabilidades. Sin embargo, el EPL rara vez se ha permitido el lujo de disfrutar de una autosuficiencia tecnológica militar de alto nivel. 2022 Innovate to Dominate «Military Strengthening».[40] «Las potencias emergentes siempre aspiran a aumentar su cuota de seguridad en el sistema mundial y las potencias en declive no suelen caer sin combatir». XUETONG, Yan. Op. cit. 2013, p. 14.[41] Además, desde 2021, Pekín está desarrollando tres iniciativas globales como parte de su influencia en la ONU: El Global Development Initiative (GDI), Global Security Initiative (GSI), and Global Civilization Initiative (GCI). MATTHEWS, W. «Trump’s ‘America First’ foreign policy will accelerate China’s push for global leadership». 2024.[42] GONZALEZ. Op. cit. 2021.[43] Según Matt Pottinger, el principal objetivo de la estrategia china de dominio es «desmantelar la influencia estadounidense en todo el mundo» https://www.armyupress.army.mil/Portals/7/military-review/Archives/Spanish/Q2-2024/Hafen-SPA-Q2-2024/Hafen-SPA-Q2-2024-UA.pdf[44] XUETONG, Y. Op. cit. 2013.[45] «La política exterior de “America First” de Trump probablemente implicará la retirada parcial o total de Estados Unidos de las organizaciones e iniciativas internacionales que han sido las piedras angulares de su hegemonía, creando un vacío que Pekín podría explotar […] En última instancia, el equilibrio de la influencia internacional de Estados Unidos y China no depende de las relaciones bilaterales entre ambos países, sino de la relación de cada país con el resto del mundo» [traducción del autor]. MATTHEWS, W. «Trump’s ‘America First’ foreign policy will accelerate China’s push for global leadership». 2024.[46] GIRARD, N. Acabar a Clausewitz. Conversaciones con Benoit Chantre. Madrid, Universidad Francisco Vitoria, 2023, p. 149.[47] Sun-Tzu.[48] La activación del dilema de seguridad revela una actitud cada vez más ofensiva que podría acabar desencadenando el modelo espiral y provocando un aumento de tensión entre Estados que iría incrementándose a causa de un mecanismo de retroalimentación. TANG, S. «The Security Dilemma: A Conceptual Analysis», Security Studies, vol. 18, n.º 3. 2009, p. 616. Disponible en: The Security Dilemma: A Conceptual Analysis
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Hegemonía y tradición: el rearme moral chino frente a Occidente (0,8 MB)
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Hegemony and Tradition: China’s Moral Rearmament Against the West (0,9 MB)
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