
04 sept 2026
IEEE. Hamás y el atentado del 7 de octubre: causas y consecuencias de su mayor error estratégico
Gonzalo Caretti Oria. Periodista del Área de Internacional de TVE. Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales.
Introducción
En 2007, el investigador Nassim Nicholas Taleb elaboró su «teoría del cisne negro» como elemento para interpretar determinados acontecimientos. Dicha teoría se basa en una creencia histórica del siglo XVII, según la cual los europeos creían que todos los cisnes eran blancos hasta que las exploraciones en tierras australianas descubrieron una variedad hasta entonces considerada inexistente: el cisne negro.
Llevado a la ciencia económica, la historia y las relaciones internacionales, Taleb utiliza esa metáfora para referirse a eventos desconocidos e impredecibles, con consecuencias transformadoras a nivel social, político y económico. Siguiendo estos elementos, el ataque del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamás encajaría en esta descripción.
Uno de los elementos del «cisne negro» es el intento de racionalizar a posteriori las razones que motivaron sucesos tan poco predecibles como transformadores. Desde los atentados, son muchos los intentos de explicar qué llevó a Hamás a decidir actuar como actuó.
Lo cierto es que, en una retrospectiva sobre la historia de Hamás, podría resultar chocante que la organización tomase esta decisión. Desde que surgió, las decisiones de Hamás han tratado de buscar un equilibrio entre las acciones terroristas que le posicionasen en la vanguardia de la lucha contra Israel y la protección del propio movimiento. Es decir, no desencadenar una reacción tan grande que pueda acabar con el movimiento. Ese cálculo, con mayor o menor acierto, ha sido una constante en su historia.
Por esa razón, consideramos interesante tratar de encontrar las causas y analizar las consecuencias que motivaron a la organización a desencadenar una ruptura paradigmática tan grande como la llevada a cabo con el atentado del 7 de octubre. Unas causas que están influidas por varios factores: el contexto interno y externo, la influencia de la historia de Hamás y el proceso de toma de decisiones de la organización.
El contexto interno y externo
Hacia octubre de 2023, la situación social y económica de la Franja de Gaza era límite. Décadas de bloqueo habían llevado al 80 % de la población a depender de la ayuda internacional. Entre 2006 y 2022, el PIB per cápita se contrajo un 37 %. Según Naciones Unidas, un año antes del atentado, ese mismo PIB se encontraba «en un 11,7 % por debajo del nivel de 2019 y cerca de su nivel más bajo desde 1994».
La pobreza era endémica, y la disminución de la ayuda exterior, junto al aumento de la deuda pública, acorralaban a la población1.
La difícil situación económica se había convertido en un peligro para la capacidad administrativa de Hamás y estaba minando su popularidad. Según una encuesta realizada por el Palestinian Center for Policy and Survey Research (PCPSR) justo antes del conflicto, el 72 % de la población palestina creía que existía corrupción en las instituciones controladas por Hamás. Aunque muy ligeramente, la popularidad de Al Fatah crecía, mientras que la de Hamás se mantenía en niveles bajos2.
El contexto internacional añadía más presión a Hamás. Los Acuerdos de Abraham, tratados de paz firmados a partir de septiembre de 2020 entre Israel y varios países árabes, amenazaban con establecer un nuevo paradigma en la región. Emiratos Árabes Unidos fue el primer país en firmar, y pronto se unieron Sudán, Baréin y Marruecos. Estos países se unían a Egipto y Jordania que ya habían normalizado sus relaciones con el Estado hebreo en 1979 y 1994, respectivamente.
En 2023, una de las grandes potencias de la región, Arabia Saudí, se encontraba en negociaciones avanzadas para unirse al grupo de los firmantes. El 21 de septiembre de 2023, el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, declaró en una entrevista a la cadena Fox News que la normalización entre Riad y Tel Aviv estaba «cada día más cerca» y manifestó su esperanza de que las negociaciones llevasen «a un punto en el que la vida de los palestinos mejore y en el que Israel se convierta en un actor relevante en Oriente Medio»3.
Desde la perspectiva de Hamás, el statu quo estaba conduciendo, tanto interna como externamente, a un callejón sin salida. Y, según documentos internos incautados por Israel, la posibilidad de que Arabia Saudí pasara a ser uno de los firmantes de los acuerdos influyó en su convencimiento de que había que dar un golpe de efecto4.
Su reacción fue dar luz verde a un plan que había elaborado durante años. La operación era arriesgada y la reacción de Israel sería importante, pero en el cálculo estratégico de Hamás también influyeron las experiencias del pasado.
El «efecto Shalit»
Desde que surgió como movimiento político, social y armado, ha habido dos momentos en su historia que Hamás ha interpretado como victorias estratégicas. Ambos iban precedidos de acciones audaces, tuvieron resultados beneficiosos a medio plazo y marcaron significativamente la forma de interpretar la situación en 2023.
El destierro de Marj al-Zuhur
El 16 de febrero y el 3 de mayo de 1989, Hamás emprendió su primera operación armada: el secuestro y asesinato de los soldados israelíes Avi Sasportas e Ilan Saadon. El 7 de marzo apareció el cuerpo de Sasportas, lo que desencadenó una gran campaña de represión israelí.
El 15 de junio, Israel detuvo al jeque y cofundador de Hamás, Ahmed Yassin, que ya no saldría de la cárcel hasta 1997. En esa campaña de represión fueron también detenidos prácticamente todos los cuadros dirigentes de la organización, desde los niveles más altos hasta los niveles medios y locales.
Según Musa Abu Marzouk, uno de sus líderes históricos, este fue uno de los momentos más críticos de su historia:
«Ninguno de los órganos del movimiento seguía funcionando: ninguna de las estructuras de movilización masiva, ni las operaciones militares, ni las de seguridad, ni las de desarrollo organizativo, ni las de medios de comunicación, ni las de acción política. Toda la maquinaria institucional de Hamás quedó inutilizada»5.
La organización respondió con un nuevo secuestro, el del soldado de frontera Nissim Toledano, en diciembre de 1992. Exigieron la liberación de Yassin a cambio de su puesta en libertad y, como Israel no accedió, mataron a Toledano.
Entonces, el Gobierno de Tel Aviv, en manos del laborista Yitzhak Rabin, tomó una decisión hasta entonces inaudita: deportar a quienes consideraba más ligados a los grupos palestinos. Eso incluía a 415 miembros de Hamás y Yihad Islámica, que fueron deportados al Líbano, cerca de la frontera y en tierras próximas a la aldea de Marj al- Zuhur.
El objetivo era desestructurar a Hamás deportando a los líderes más importantes, con la esperanza de que se dispersaran. Pero eso no ocurrió, y los deportados organizaron un campamento que se convirtió en un foco de atención internacional. En consecuencia, la decisión tuvo grandes implicaciones: unas favorables para Hamás y otras perjudiciales para Israel.
Hamás se convirtió en un movimiento de proyección transnacional, dándose a conocer ante el mundo y, sobre todo, ante la audiencia árabe, ante la que se presentaba como una alternativa islámica a la OLP.
En el campamento, llamado «Jerusalén-El retorno», la organización recibió a delegaciones de otros grupos y naciones, profundizando en canales y lazos de colaboración con países como Irán o Siria. Especialmente relevantes fueron los canales que estableció con Hezbolá.
Pero, además, en el campamento se encontraban los mayores líderes de Hamás, que podían reunirse continuamente sin miedo a ser capturados. Esa libertad, además de los contactos y el asesoramiento de otras organizaciones, les permitió evaluar qué cosas no funcionaban en Hamás y buscar maneras de reformarlas.
El campamento fue, en otras palabras, el escenario en el que Hamás comenzó a madurar políticamente6.
Para Israel supuso un golpe diplomático. La imagen del país ya se encontraba deteriorada por su reacción durante la primera intifada, pero la decisión unilateral de deportar a cientos de palestinos la empeoró.
El 18 de diciembre, tan solo un día después de la deportación, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó por unanimidad la resolución 799, en la que «condenaba enérgicamente» la deportación y expresaba su «firme oposición a toda deportación». Era una de las condenas más claras hasta ese momento.
El regreso de los deportados, producido en varias fases, fue interpretado en la arena política local como una victoria estratégica, especialmente para los simpatizantes de Hamás.
Aquello que comenzó con una serie de acciones armadas audaces terminó convirtiéndose en algo que impulsó la popularidad de la organización tanto dentro como fuera de los territorios palestinos, y el liderazgo de Hamás nunca lo olvidaría.
El secuestro de Gilad Shalit
En su argumentario propagandístico, publicado más de un año después del atentado del 7 de octubre, Hamás señala que «la Operación Inundación de Al-Aqsa del 7 de octubre tuvo como objetivo las posiciones militares israelíes y buscaba capturar a los soldados enemigos para presionar a las autoridades israelíes a liberar a los miles de palestinos detenidos en cárceles israelíes mediante un intercambio de prisioneros»7. Este escrito refleja, básicamente, lo que Tareq Baconi describe como el «efecto Shalit», es decir, la influencia estratégica del episodio del secuestro y liberación del soldado israelí Gilad Shalit8.
Y es que pocos elementos habrán podido influir más en la decisión de Hamás de poner en marcha su plan.
El 25 de junio de 2006, milicianos de Hamás utilizaron un túnel cerca del cruce de Kerem Shalom para atacar un tanque israelí. En la operación mataron a dos soldados, hirieron a otros cuatro y capturaron a otro de 19 años, Gilad Shalit. A través del mismo túnel llevaron a Shalit a la Franja de Gaza.
Su secuestro duró más de cinco años, durante los cuales Hamás mantuvo a Shalit en un lugar secreto y completamente incomunicado. A lo largo de todo ese tiempo, la organización publicó de forma intermitente pruebas de vida: entre ellas, una carta en 2006, un audio en 2007 y un vídeo en 2009, en el que se le veía visiblemente delgado.
El secuestro se había producido durante el gobierno de Ehud Olmert. Prácticamente desde el inicio comenzó un proceso de negociación para lograr liberarle en el que participaron otros países. Egipto se erigió como principal mediador y, en 2009, intervino también Alemania.
Esas negociaciones se produjeron durante más de 120 rondas y, finalmente, se alcanzó un acuerdo firmado por el sucesor de Olmert, Benjamín Netanyahu.
El acuerdo implicaba la entrega de Shalit a cambio de la liberación escalonada de 1.027 presos palestinos, considerados por Israel «de alta seguridad». Entre ellos se encontraban figuras de alto nivel de Hamás, como Yahya Sinwar, Yaser Jabarin o Rawhi Mustaha.
Todos ellos fueron recibidos en Gaza como héroes y pronto se incorporaron a las estructuras de Hamás que gobernaban la Franja. El propio Sinwar no tardó en convertirse en la máxima figura de Hamás en Gaza.
Así, el «efecto Shalit» consiste en la lectura estratégica extraída de esta experiencia. Hamás consiguió liberar no solo a un gran número de presos palestinos —entre ellos, muchos de la organización—, sino que además una buena parte de ellos eran líderes internos de elevada responsabilidad.
También permitió a Hamás mejorar sus índices de popularidad, proyectándose como el «único defensor efectivo de la causa palestina» y como un actor eficaz y competente, frente a los fracasos cosechados por la vía diplomática de Fatah.
Algunos de esos líderes del 7 octubre, empezando por el cerebro del ataque, Yahya Sinwar, se encontraban entre los liberados y, sin duda, esa experiencia influyó en su cálculo estratégico. Por eso, el objetivo de Hamás era el secuestro masivo, con la esperanza de lograr objetivos tan grandes como los alcanzados con ese acuerdo.
Incluso, objetivos mucho mayores, ya que, a fin de cuentas, tendrían más rehenes para usar como moneda de cambio.
Los errores de cálculo de Hamás
En 2023, Hamás ya había llegado a la conclusión de que debía romper el statu quo mediante algún golpe de gran efecto, como ocurrió en los casos de la deportación de Marj al- Zuhur y del secuestro del soldado Shalit. Pero, en su cálculo, Hamás cometió una cadena de graves errores.
El descontrol del ataque
Hamás diseñó la operación para ser llevada a cabo por varios grupos en tres oleadas. El grueso de la invasión la llevaba a cabo la «Fuerza Nuhba», las fuerzas de élite de las Brigadas al-Qassam, mientras que los batallones del interior lanzaban 1.406 cohetes en 31 minutos.
El primer objetivo de la incursión fue el Cuartel General de la División Gaza del Ejército de Israel, logrando tomar su control y romper las comunicaciones con el resto del Ejército.
En la segunda oleada, a partir de la 7.00 horas, 600 nuevos milicianos de la «Fuerza Nuhba» entraron en Israel con el objetivo de tomar el control de poblaciones para secuestrar el mayor número de soldados y civiles posibles. En ese momento se unieron las otras alas del ataque: las operaciones de paracaidistas y la fracasada incursión por mar, cuyo objetivo era la base naval de Zikim.
Pero en esa segunda oleada, no solo entraron milicianos de Hamás, sino que también lo hicieron combatientes de Yihad Islámica, así como palestinos vinculados a clanes armados, como el clan Doughmush, y otros particulares.
En la tercera oleada de invasión, que se produce a partir de las 9.00, además de unos 435 nuevos milicianos de la «Fuerza Nuhba», entraron más combatientes ajenos a Hamás que actuaban por su cuenta.
Entre las tres, fueron atacadas más de una docena de bases militares y puestos avanzados, veinte kibutz, entre ellos, algunos de los más importantes, como el de Be’eri, Nir Oz y Kerem Shalom, así como un festival de música electrónica.
Especialmente durante la segunda y tercera oleada, los atacantes pertenecían a una variedad de fuerzas: desde batallones de Hamás y Yihad Islámica hasta palestinos independientes o vinculados a clanes. Este es, quizá, uno de los grandes errores de cálculo de Hamás.
La organización podría controlar a sus divisiones formales para que se centraran en la estrategia, es decir, el secuestro. Pero, al romper las fronteras y desarticular la resistencia militar del ejército israelí, Hamás también abría la puerta a otras organizaciones, por no hablar de individuos particulares, que tenían sus propios intereses.
Aquello abrió la puerta al caos y, como llega a reconocer la propia organización en un boletín de propaganda, solo controlaron parte de la operación.
«Reiteramos que la resistencia palestina se mantuvo plenamente disciplinada y comprometida con los valores islámicos durante la operación, y que los combatientes palestinos solo atacaron a los soldados de ocupación y a quienes portaban armas contra nuestro pueblo. […] Quizás se produjeron algunos fallos durante la implementación de la Operación Inundación de Al-Aqsa debido al rápido colapso del sistema militar y de seguridad israelí y al caos generado en las zonas fronterizas con Gaza»9.
Tampoco se debería dar por válida la versión completa de Hamás, pues en medio de ese caos, muchos de sus milicianos fueron responsables de grandes atrocidades. En cualquier caso, no todos los secuestrados terminaron en manos de la organización.
Lo que sí parece lógico es que el objetivo de este atentado era conseguir muchos rehenes para utilizarlos en una futura negociación con Israel10.
Esa operación resultó en el ataque terrorista más mortífero de la historia de Israel. Murieron 1.200 personas, la mayoría de ellas civiles y otras 251 fueron secuestradas. Quien gestionaría la reacción a un ataque así sería un Gobierno muy distinto al de Yitzhak Rabin o al de Ehud Olmert.
La naturaleza del Gobierno israelí
Hamás también cometió otro error de cálculo en su evaluación de Israel. Según sus documentos, el liderazgo de la organización consideraba la «situación interna» israelí una de las razones por las que se veía «obligado a avanzar hacia una batalla estratégica»11.
Esa «situación interna» hace una referencia aparente a la agitación social y política que vivía Israel como consecuencia de los proyectos de Benjamín Netanyahu para modificar el poder judicial. Ciertamente, esas reformas judiciales provocaron una oleada de manifestaciones entre enero y octubre de 2023 que mantenían dividido al país.
Sin embargo, Hamás no pareció evaluar correctamente dos factores: la situación personal en la que se encontraba el primer ministro y la naturaleza política e ideológica de la coalición de su Gobierno. Ambos influirían en que la respuesta de Israel no tuviera precedentes y fuera distinta a las de otras guerras.
En aquellos momentos, Netanyahu tenía pendientes tres causas judiciales en los tribunales israelíes —los llamados «Caso 1.000», «Caso 2.000» y «Caso 4.000»— por fraude, soborno y abuso de confianza. De ser declarado culpable, podría enfrentarse a hasta 13 años de cárcel y su presunta implicación en estos casos estaba suponiendo una gran presión para su Gobierno.
En marzo de 2023, la coalición que encabezaba sacó adelante la que se conoció como «Ley de Recusación», que impedía al Tribunal Supremo o al fiscal general declararlo no apto por sus casos judiciales, lo que, en la práctica, le permitía seguir gobernando, aunque el juicio avanzase.
Hamás también se equivocó en la evaluación sobre la naturaleza política del Gobierno israelí. Durante el secuestro del soldado Shalit, al frente del Gobierno israelí se encontraba Ehud Olmert, un político de derecha tradicional, cuyas decisiones respondían a patrones propios de una derecha israelí clásica.
El soldado fue liberado por un acuerdo refrendado por el Gobierno siguiente, liderado también por Netanyahu, pero resulta interesante analizar los componentes políticos de la coalición de ese Gobierno y compararlos con los del ejecutivo que estaba al frente el 7 de octubre de 2023.
En octubre del 2011, además del Likud, la coalición incluía Yisrael Beiteinu (partido nacionalista), Shas (Partido ultraortodoxo sefardí), Atzmaut (facción centroderechista escindida del Partido Laborista) y Habayit Hayehudi (partido derechista de corte sionista religioso).
Pero el verdadero peso político en la coalición lo tenían el Likud, con 27 escaños, y Atzmaut, con 5. Las opciones más extremas quedaban superadas por la suma de ambos, lo que dotaba al Gobierno israelí de una mayor capacidad para ofrecer una respuesta más serena.
El actual Gobierno israelí tiene una naturaleza política mucho más extrema, en la que formaciones supremacistas y ultraderechistas tienen un gran peso. La coalición se compone de seis partidos, de los cuales al menos tres son de ultraderecha. Entre cuatro de ellos sumaban 25 escaños, y 36 si sumaban los otros 11, lo que confiere a líderes como Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich un gran peso en las decisiones.
La diferencia de reacción entre un Gobierno y otro, unido a la situación personal del propio Netanyahu, no sería similar a la que motivó el acuerdo de liberación del soldado Shalit.
Las consecuencias para Hamás
El tercer gran error de cálculo es, sin duda, la evaluación de sus capacidades militares para hacer frente a un inevitable enfrentamiento con las fuerzas israelíes. La experiencia acumulada en las anteriores guerras implicaba un bombardeo masivo y un enfrentamiento con las tropas en territorios aledaños a la frontera, pero no una invasión total ni una campaña prolongada.
Según un estudio de Brian Carter, en diciembre de 2023, al-Qassam estaba compuesto por cinco brigadas: Brigada Norte y Brigada Gaza, con 6 batallones cada una, y las Brigadas Central, Khan Yunís y Rafah, con 5 batallones.
Todas ellas estaban descentralizadas en varias localidades de cada región12. La red de túneles las comunicaba y se estimaba que contaba con entre 20.000 y 30.000 milicianos. Esta estructura había ido sofisticándose, ampliando sus capacidades en función de las lecciones militares aprendidas de otros enfrentamientos. Pero la guerra que se desencadenó superaba con mucho las dimensiones de las anteriores.
Hamás buscaba, además, apoyo externo para una operación que fue planificada durante años y a la que trataba de arrastrar a sus aliados regionales. Según documentos internos de la organización, Sinwar trató de convencer durante años a Irán y Hezbolá para que se involucraran más activamente en el plan, si bien ese compromiso no era del todo firme13.
Las consecuencias han sido devastadoras también para la propia organización. La guerra ha diezmado su liderazgo, tanto político como militar. Líderes políticos, como Ismail Haniya, Abdel Fatah al-Dukhan, Yahya Sinwa y Saleh al-Arouri, han muerto, además de muchas otras figuras de los mandos medios de la cadena de mando.
En el plano armado también han caído figuras históricas como Mohamed Deif, Muhammad Sinwar o Marwan Issa y gran parte de la comandancia local14.
Parece poco probable que Hamás no esperase una reacción de furia, e incluso existen dudas razonables de que todo el liderazgo del movimiento hubiera aceptado de forma unánime esta decisión estratégica.
Tal y como sugiere Baconi, «la magnitud del ataque, sus implicaciones para el pueblo palestino y la sorpresa que expresaron dirigentes políticos y aliados de Hamás hace pensar que el brazo militar actuó por su cuenta». Es decir, que la decisión de ejecutar el plan la tomó «el brazo militar de Gaza bajo la dirección de Yahya Sinwar, con un grado de secretismo que cogió por sorpresa a la mayoría de los líderes políticos de Hamás»15.
Sea como fuere, el impacto interno ha sido transformador. Tras el asesinato de Haniya, la organización eligió a Sinwar, un halcón, para gobernarla.
Pero la situación de guerra le obligaba a esconderse y a dirigir los combates, lo que suponía un problema para gestionar el resto de sus estructuras. Para resolver esa cuestión, Hamás creó un comité provisional de cinco líderes que gestionaba la organización mientras Sinwar combatía.
Sin embargo, tras la muerte de Sinwar, no se eligió directamente un sustituto, sino que ha sido ese comité provisional quien se ha encargado de tomar las decisiones estratégicas, mientras prorrogaba el proceso de elección del líder.
En el plano operativo, la invasión ha provocado dos consecuencias principales. En primer lugar, Hamás ha perdido la mayor parte de su estructura militar, tanto en personal, como en infraestructura y arsenal, lo que ha reducido su capacidad de combate16.
Pero, además, Hamás ha perdido casi toda la estructura benéfica y social que le permitía no solo influir en la población —granjeándose así una influencia política—, sino también organizar una dinámica de guerra asimétrica. Esa estructura, construida durante las décadas de 1970 y 1980, fue lo que convirtió a Hamás en la organización que llegó a ser.
Embarcada en un proceso de reconstrucción, la organización está priorizando su capacidad de gobernanza civil, a la espera de una retirada israelí en la Franja de Gaza. Su prioridad estratégica no son las operaciones armadas, para las que, por otro lado, no tiene capacidad real de hacer frente, sino preservar o rehacer su poder administrativo17.
El precio que ha pagado tras el atentado también ha modificado los equilibrios internos, al menos de manera temporal: el liderazgo en el exilio, más político y pragmático, permanece prácticamente intacto, mientras que el de Gaza, o el militar, tradicionalmente más relevante dentro del Buró Político, está diezmado.
Conclusiones
El atentado del 7 de octubre fue, como diría Taleb, un «cisne negro» difícil de predecir, de terribles consecuencias humanas y de una dimensión rupturista. Según este análisis, se pueden extraer las siguientes conclusiones:
- La situación económica y política de Hamás condujo a la organización a llegar a la conclusión de que debía romper el statu quo para proteger su cuota de gobernabilidad y poder. La crisis económica en la Franja unida al riesgo de cambio de paradigma en Oriente Próximo, por los Acuerdos de Abraham, impulsaron el proceso.
- El llamado «efecto Shalit» fue clave en su cálculo, pensando que podría repetir el éxito de aquella experiencia. Lograr un buen número de rehenes hizo pensar que podría conseguir concesiones que no había logrado de otra manera.
- Hamás cometió una cadena de errores, tanto tácticos como políticos, que han conducido a la organización a la mayor crisis existencial desde su formación. Esos errores incluyen el diseño militar de la operación y la interpretación de la respuesta de Israel y de su situación interna.
- Si bien sus aliados principales, Irán y Hezbolá, tenían conocimiento de sus intenciones de manera genérica, Hamás lanzó el ataque sin coordinarse estructuralmente con ellos.
- Actualmente, Hamás busca la supervivencia del movimiento y tratará de evitar enfrentamientos directos con Israel que puedan debilitar más a la organización. Las consecuencias han provocado, además, un cambio en el equilibrio interno de los centros de poder del movimiento, quedando el de Gaza muy debilitado. Aunque es difícil de certificar, es muy probable que la decisión de poner en marcha el ataque la tomara un número muy reducido de líderes del liderazgo de Gaza.
Gonzalo Caretti Oria
Periodista del Área de Internacional de TVE
Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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