IEEE. La guerra de Ucrania (octubre 2024 – septiembre 2025). Desgaste, resistencia y estancamiento en el umbral de su cuarto invierno

10 mar 2026
IEEE. La guerra de Ucrania (octubre 2024 – septiembre 2025). Desgaste, resistencia y estancamiento en el umbral de su cuarto invierno
Ignacio Fuente Cobo. Coronel del Ejército de Tierra. Analista del IEEE (CESEDEN)
Introducción
A finales de 2024, la guerra en Ucrania se encontraba finalizando su tercer año desde que comenzase la invasión rusa en febrero del 2022, sin que se atisbase ningún indicio de que se pudiera concluir pronto. Las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa se habían mantenido durante todo el año siempre a la ofensiva, pero con objetivos limitados y un enfoque prudente para limitar sus pérdidas al máximo. Los rusos parecían haberse adaptado a las exigencias de la guerra moderna y, con la caída de Avdiivka en febrero, consiguieron su quinta victoria en apenas dos años (después de Mariupol, Sievierodonetsk, Lyssytchansk y Bajmut).
La secuencia ofensiva iniciada con la conquista de Avdiivka en febrero de 2024 no había alcanzado su punto culminante, sino que continuaba sin detención, si bien los avances de sus tropas en la región del Donbás eran marginales, debido a la creciente guerra de drones que había pasado a convertirse en el elemento diferenciador de los campos de batalla.
A pesar de su lento progreso, Rusia mostraba, en esos momentos, una situación militar favorable. Utilizando una táctica tipo «salami», con avances mínimos pero acumulativos de sus tropas, los rusos habían sido capaces de mantener su potencial ofensivo, e incluso incrementarlo a medida que avanzaba la guerra, a pesar de las enormes pérdidas sufridas. El jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de Rusia, general Valeri Guerásimov, confiaba en mantener la iniciativa, a medida que sus tropas llevaban a cabo ofensivas a lo largo de todo el frente, a pesar de la considerable ayuda militar occidental recibida por Ucrania por parte de más de treinta países, de modo que las contribuciones más significativas fueron las realizadas por Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Dinamarca (EFE, 2024).
Esta confianza se basaba en el hecho de que el Ejército ruso se había fortalecido en número de efectivos y armamento, de manera que, si en marzo de 2022 tenía en la zona de operaciones 130 000 soldados y mil ochocientos carros de combate, a principios de 2025 este número había aumentado hasta los 650 000 soldados y 3400 carros de combate1. Además, el suministro de munición de artillería, municiones merodeadoras y misiles balísticos de Irán y Corea del Norte le estaban permitiendo reforzar su capacidad de combate, a pesar de las pérdidas humanas y materiales, lo que acentuaba su ventaja militar.
Los éxitos militares rusos en la batalla de Bajmut en 2023 y en la toma de Avdiivka en marzo de 2024, obtenidos con un coste en vidas humanas enorme, colocaron al presidente ruso, Vladimir Putin Moscú, en una posición ventajosa ante cualquier tipo de negociaciones de paz, lo que suponía que Rusia solo se mostraba dispuesta a aceptar unos términos para el alto el fuego que estuvieran próximos a la capitulación. La estrategia militar de desgaste, que consistía en maximizar el número de bajas enemigas, aun asumiendo un número propio incluso mayor, era algo que Rusia, con su mayor población y recursos económicos y militares, podía permitirse, pero Ucrania no.
En el mismo sentido, Moscú había adaptado durante los años precedentes su economía al esfuerzo de guerra por lo que podría limitar los sacrificios que exigía a su población. Con un gasto militar total que representaba un tercio de su presupuesto nacional, un crecimiento del PIB del 4,1 % en el 2024 y la inflación contenida en menos del 10 %, Rusia parecía ser capaz de atender las necesidades de su población y abastecer simultáneamente de personal y material a sus fuerzas armadas. En estas condiciones, Moscú entendía que podía apoyarse en su mayor potencial humano y material para desangrar a Ucrania hasta la rendición. El presidente ruso no parecía tener ninguna urgencia para negociar, al menos, mientras se pudiera mantener el ritmo de las operaciones y sobrevivir al embargo y al apoyo occidental a Kiev.
Esta postura de «comodidad estratégica» se puso de manifiesto en las negociaciones de paz de Estambul, en mayo de 2025, cuando el negociador ruso Vladimir Medinski se dirigió de una manera tan pragmática como cínica, a sus interlocutores ucranianos diciéndoles: «No queremos la guerra, pero estamos listos a luchar durante uno, dos, tres años, el tiempo que sea necesario. Ya combatimos contra Suecia veintiún años entre 1700 y 1721, bajo Pedro I el Grande. ¿Cuánto tiempo están ustedes dispuestos a luchar?» (Dupont, 2025).
Ucrania en una situación difícil pero no trágica
Pero no todo era favorable a Moscú. El optimismo ruso sobre un rápido avance, especialmente en el sector central del amplio frente que se extendía por más de mil doscientos kilómetros desde la frontera de Bielorrusia hasta el mar negro, resultaba exagerado. Ucrania resistía tenazmente la presión militar y, si bien sus Fuerzas Armadas tenían serias dificultades de movilización y, por consiguiente, pocas reservas, había sido capaz de minimizar el avance ruso con la ayuda militar occidental y un aumento exponencial de armas avanzadas como los drones. Ucrania, pese a la dificultad, seguía apostando por la resistencia total y buscaba oportunidades para cambiar el equilibrio mediante incursiones sorpresivas que le permitieran maximizar el apoyo internacional.
La más importante de estas incursiones ucranianas fue la que tuvo lugar en el óblast ruso de Kursk a comienzos de agosto de 2024. La captura de territorio de una región rusa introdujo una nueva dinámica en el conflicto dado que, por primera vez, la guerra se trasladaba a territorio internacionalmente reconocido como ruso. Aunque las autoridades ucranianas alegaron que la operación en Kursk se lanzó, sobre todo, para impedir una incursión rusa en el óblast de Sumy, la razón era más política que militar y estaría más bien en la necesidad de dar cartas a Kiev para negociar con Moscú durante unas futuras conversaciones diplomáticas.
Sin embargo, sacarle provecho a la situación en Kursk resultó mucho más complicado para Ucrania de lo que, inicialmente, había pensado. Pese a los esfuerzos por evitarlo, a finales de 2024, Rusia había podido recuperar casi la mitad del territorio tomado por los ucranianos y todo hacía pensar que el resto del territorio de Kursk terminaría por caer en manos rusas en breve plazo. Además, para la realización de esta operación el ejército ucraniano tuvo que retirar un considerable número de tropas de Donetsk, donde las fuerzas rusas estaban avanzando, lo que condujo a un deterioro de la situación en este sector en las semanas y meses posteriores al comienzo de la operación ucraniana en Kursk (Martínez, 2025).
De esta manera, a finales de 2024, el territorio ucraniano ocupado por Rusia era, aproximadamente, el 18,14 % de la superficie total del país, lo que equivalía a unos 109,000 km². Ello suponía que, a pesar de la dureza de los combates que habían tenido lugar en ese año, Rusia había conquistado 3200 km² de territorio ucraniano, un aumento insignificante de tan solo el 0,54 % respecto al inicio de 2024, con un ritmo de avance que se había ido ralentizando hasta casi detenerse en diciembre. Este control se concentraba, principalmente, en las regiones orientales de Ucrania, como Donetsk y Lugansk, así como partes de Jersón y Zaporiyia (Le Grand Continent, 2025a). A este ritmo, Rusia necesitaría más de dos años (alrededor de veintiséis meses) para ocupar completamente el resto del territorio que todavía controlaba Ucrania en esta región (Le Grand Continent, 2025b).
Figura 1. Fuente: elaboración propia a partir de Le Grand Continent. (2025, 9 de enero)
Pero el mayor problema de Ucrania estaba en las dificultades para el reclutamiento, la retención y la rotación de sus tropas, así como en la deficiente coordinación entre los Estados Mayores y el ejército de operaciones. Si quería recuperar el territorio en manos rusas, Ucrania necesitaba más soldados, mejor entrenamiento de sus tropas y una expectativa más realista de sus posibilidades operativas por parte de su Estado Mayor. Las estimaciones más creíbles indicaban que Kiev necesitaba reclutar a 160 000 soldados para dotar a sus, aproximadamente, ciento diez brigadas, encuadradas en dieciocho Cuerpos de Ejército, de manera que pudieran alcanzar una tasa de cobertura de personal del 85 % (Independent, 2025).
Aunque los Estados Unidos habían tratado de convencer a Zelensky de reducir la edad de reclutamiento de veinticinco a dieciocho años, el presidente ucraniano se resistió a esta medida con la esperanza de preservar a las futuras generaciones, en un país sometido a una trágica sangría demográfica. Pero más allá de consideraciones políticas, la realidad era más complicada. Las condiciones en el frente se habían vuelto tremendamente difíciles, con los soldados luchando durante años sin rotación, teniendo que soportar un lento pero constante avance de las fuerzas rusas y soportando enormes pérdidas, lo que actuaba como un desincentivo significativo para inscribirse.
El hastío de la guerra y la desesperación de la población ante la falta de resultados positivos en los frentes de batalla había convertido a los reclutadores militares en personajes muy impopulares. Los videos en las redes sociales, que mostraban a hombres gritando mientras eran arrastrados por las calles por oficiales que habían asaltado restaurantes y bares en busca de los que no se habían inscrito, solo condujeron a empeorar la situación. Incluso el anterior comandante en jefe militar de Ucrania, el popular general Valery Zaluzhnyi, había denunciado de forma pública en diciembre de 2023, lo que motivó su dimisión en circunstancias sospechosas (El Mundo, 2024).
La nueva presidencia norteamericana. ¿Un cambio en las reglas de juego?
A comienzos de año, las esperanzas de las cancillerías europeas de poner fin a la guerra estaban puestas en el nuevo presidente norteamericano, el republicano Donald Trump, que acababa de ganar las elecciones de noviembre con una aplastante victoria y que había prometido repetidamente en 2023 y 2024 un nuevo esfuerzo diplomático que pondría fin a la guerra en Ucrania en «cuestión de 24 horas» (BBC Mundo, 2025).
La llegada de la nueva administración del presidente Trump supuso el motivo por el que los Estados Unidos se enfrentaran a varios desafíos principales en relación con Ucrania, los cuales, según Michael Kofman de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, podían resumirse en los siguientes. «En primer lugar, van a heredar una guerra con una trayectoria muy negativa, sin contar con un tiempo prolongado para estabilizar la situación». «En segundo lugar, lo van a heredar sin una clara teoría de éxito» (Kofman y Evans, 2024).
Sin una visión clara sobre cómo podrían los Estados Unidos forzar el fin de la guerra, la actitud del presidente norteamericano Trump hacia Rusia y su posición ante la guerra de Ucrania ha sido siempre controvertida. Aunque siempre se ha mostrado crítico sobre la misma y ha llegado a afirmar que, si él hubiera sido presidente, esta guerra nunca se habría producido; Trump ha mostrado una visión ambivalente sobre el presidente ruso. Durante la campaña presidencial, elogió repetidamente a Putin al que al que llegó a calificar de «genio» cuando se disponía a invadir Ucrania en 2022 y ello por posicionarse militarmente en una situación en la que Rusia podía apoderarse de grandes extensiones de territorio aplicando una línea dura (Travis y Sexton, 2025).
La ambigüedad norteamericana sobre la continuidad de la guerra y el apoyo que los Estados Unidos debían prestar a Ucrania favorecían las posiciones rusas sobre cuál debía ser el resultado final de la misma. Estas habían sido expuestas en un discurso pronunciado el 14 de junio de 2024 (Seddon y Schwartz, 2025) por el presidente ruso Vladimir Putin, cuando manifestó su disposición a considerar un alto el fuego, pero solo si se cumplían una serie de duras condiciones para Ucrania; estas eran básicamente: en primer lugar, el reconocimiento de la soberanía rusa sobre Crimea y las regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiya —además de Crimea—, lo que incluía la retirada total de las tropas ucranianas de estos territorios anexionados por Rusia después de 2022. Moscú exigía que Ucrania aceptase las «nuevas realidades territoriales», es decir, la anexión de estas regiones por Rusia.
En segundo lugar, Moscú exigía la neutralidad permanente de Ucrania, con renuncia explícita a integrarse en la OTAN, que debía venir acompañada de garantías de que Ucrania nunca se uniría a la alianza político-militar occidental. En tercer lugar, el fin de la ayuda militar extranjera y una importante reducción del ejército ucraniano. Adicionalmente, Rusia rechazaba cualquier despliegue militar europeo en territorio ucraniano, ni siquiera bajo la etiqueta de «fuerzas de paz». Por último, el levantamiento de las sanciones económicas impuestas desde 2022, muchas de ellas provenientes de Europa, antes de considerar cualquier posibilidad de alcanzar una paz duradera.
En cuanto a las provincias de Járkov y Odesa, objeto igualmente de las aspiraciones rusas, el presidente Putin sugirió que su estatuto debería decidirse en un futuro por referéndum y confiar en que su población rusófona mayoritaria se decantaría por la incorporación a Rusia. En cualquier caso, el núcleo inmediato de las condiciones para un alto el fuego se centraba en la aceptación por parte de Ucrania de la incorporación a Rusia de los territorios ya ocupados y anexionados (Le Grand Continent, 2024a).
Tanto Ucrania como sus aliados europeos consideraron, desde el primer momento, inaceptables las exigencias rusas para un eventual alto el fuego, ya que la transferencia formal de soberanía supondría la aceptación de la victoria de facto rusa, a la par que una violación grave del derecho internacional y de la integridad territorial ucraniana. Kiev y la mayoría de gobiernos occidentales entendían que tales propuestas rusas equivalen a un ultimátum —no negociaciones reales— y perpetuaban la lógica de la fuerza sobre la ley internacional. Como indicase el consejero de la oficina presidencial ucraniana Mijailo Podoliak en su cuenta de la red social X, la oferta del líder del Kremlin no era una «propuesta de paz», sino «el paquete estándar (de exigencias) del agresor que ya hemos escuchado muchas veces» (Huffington Post España, 2024).
Pero los norteamericanos tenían una visión diferente. La postura de la administración Trump sobre la necesidad de negociar una «pronta resolución» a la guerra en Ucrania pasaba por la «incorporación del Donbás a Rusia» y el «reconocimiento internacional de Crimea como territorio ruso» (Castaño, 2025), muy en la línea de los planteamientos defendidos por Putin, quien no dudó en apoyar la campaña electoral del republicano utilizando todos los recursos a su alcance. Más que afinidad personal, o ideológica, la actitud del líder ruso obedecía al simple pragmatismo, ya que Putin veía en Trump una política estadounidense más favorable para los intereses rusos (Le Grand Contient, 2024b).
Zelenski, un presidente incómodo para la administración Trump
Trump se había mostrado siempre muy crítico con las ayudas concedidas por la administración de Biden a Ucrania, y calificó de forma irónica al presidente de Ucrania Volodimir Zelenski como «un gran hombre de negocios», al cual «le hemos dado cientos de miles de millones de dólares; cada vez que viene a Washington se lleva dinero» (Newtral.es, 2025). Esta actitud crítica de la nueva administración con el liderazgo ucraniano se tradujo en la suspensión temporal de toda la ayuda militar a Ucrania hasta que el Gobierno de Kiev «demuestre un compromiso de buena fe con la paz». El bloqueo afectaba a los equipos militares estadounidenses fuera de Ucrania, incluidas las armas que estaban siendo trasladadas en aviones y barcos, o que esperan en zonas de tránsito en Polonia, lo que, para Ucrania, equivalía al colapso de una arteria fundamental para mantener a su ejército con vida (BBC News, 2025b).
Pero el punto culminante del desencuentro entre Trump y el presidente ucraniano Zelenski tuvo lugar durante la tensa conversación entre ambos mandatarios en la Casa Blanca en febrero de 2025, en presidente norteamericano reprochó al ucraniano de «estar ahora mismo jugando con la vida de millones de personas. Estás jugando con la Tercera Guerra Mundial. Lo que estás haciendo es una falta de respeto a este país, el país que te ha apoyado mucho más de lo que muchos dijeron que debía hacerlo». En esta ocasión, Trump recordó al ucraniano que «Si no tuvierais nuestras armas, esta guerra habría terminado en dos semanas» (Davies, 2025).
Después de este duro encuentro, parecía que las relaciones entre ambas partes estaban rotas. Sin embargo, la posición de la administración norteamericana fue cambiando a medida que se ponía de manifiesto su incapacidad para parar la guerra. En una publicación en su red social, Truth Social, Trump dijo que Putin tiene «amor» por el pueblo ruso y aseguró tener una «buena relación» con él para, a continuación, lanzar una seria advertencia «¡Detenga esta ridícula Guerra! Sólo va a empeorar. Si no llegamos a un "acuerdo", y pronto, no tengo otra opción que poner altos niveles de impuestos, aranceles y sanciones sobre cualquier cosa que sea vendida por Rusia a Estados Unidos y varios otros países participantes» (BBC News, 2025a).
Esta amenaza estaba dirigida fundamentalmente hacia la opinión pública y las cancillerías de sus aliados occidentales para convencerles de que los Estados Unidos estaban haciendo algo. Pero se trataba de declaraciones retóricas con pocas posibilidades de convertirse en medidas efectivas. En realidad, no estaba claro qué más restricciones podía imponer Trump a Rusia, ya de por sí el país más sancionado del mundo con muy pocas entidades o sectores clave que no estuvieran sujetos a restricciones norteamericanas y europeas. Además, existen serias dudas sobre la eficacia del régimen sancionador y la necesidad de endurecerlo o complementarlo con otras medidas. Rusia había conseguido sostener su economía apoyándose en la venta de petróleo y gas en mercados internacionales, al tiempo que los bancos rusos y las empresas de la industria militar se habían adaptado bastante bien a las sanciones existentes y habían desarrollado soluciones ingeniosas para eludir las mismas (Semple, 2025).
Así lo entendían las autoridades rusas y fue el embajador adjunto de Rusia ante la ONU, Dimitri Polyanskiy, quien respondió al presidente norteamericano estadounidense diciendo que el Kremlin necesitaría saber qué acuerdo desearía Trump para detener la guerra antes de que Moscú lo pudiera aceptar. Para Rusia,
«no es simplemente la cuestión de poner fin a la guerra. Está ante todo la cuestión de abordar las causas profundas de la crisis ucraniana. Tenemos que ver qué significa el 'acuerdo' en el razonamiento del presidente Trump. Él no es responsable de lo que Estados Unidos ha estado haciendo en Ucrania desde 2014, convirtiéndola en un país antirruso y armándola para la guerra con nosotros, pero ahora está en su poder detener esta política perversa» (Reuters, 2025).
Con ello, el embajador hacía referencia a la ayuda económica de miles de millones de dólares en recursos económicos y militares que Estados Unidos había venido entregando al gobierno de Volodymyr Zelensky.
La falta de resultados prácticos de las medidas de presión verbal norteamericanas llevó a la Casa Blanca a anunciar lo que parecía ser un giro estratégico ante la guerra en Ucrania. El 14 de julio de 2025, Trump endurecía su postura con la amenaza nuevas sanciones económicas y un paquete de armas avanzadas para Kiev, si Moscú no se atenía a negociar en un plazo de cincuenta días. Este paquete de ayuda militar por un valor de diez mil millones de dólares incluía misiles Patriot, sistemas de defensa aérea y artillería. La entrega se haría a través de la venta a países miembros de la OTAN, quienes, a su vez, transferirían el material bélico a Kiev.
El paquete podría incluir, además, la autorización para que Ucrania utilizase los dieciocho misiles ATACMS de trescientos kilómetros de alcance que poseía, contra objetivos en el interior de Rusia. También se consideró la posibilidad de enviar misiles de crucero Tomahawk con capacidad de alcanzar Moscú y San Petersburgo lo que, de producirse, zanjaría definitivamente el debate político y militar sobre el suministro de armamento avanzado a Ucrania de los años anteriores. Hasta entonces, cada vez que se ampliaba el alcance permitido para estos misiles, las fuerzas rusas trasladaban sus aviones y equipos más allá del radio de acción ucraniano, lo que limitaba la efectividad de los ataques. Con la posible autorización para emplear los ATACMS a su máximo alcance, esta estrategia de evasión por parte de Rusia se vería limitada al permitir a Ucrania realizar ataques más profundos en territorio ruso (Defense News, 2024).
Ello evidenciaba la creciente frustración norteamericana con el presidente ruso, producto de la enfermedad del presidente estadounidense quien pensaba, en un principio, sería sencillo convencer a Putin para poner fin a la guerra. La conclusión a la que se llegó era que la única manera de lograr la paz consistía en aumentar de forma significativa el costo para Rusia de continuar el conflicto. Como afirmara Ignatius desde las páginas del Washington Post, «Trump está jugando duro con Putin. Está enfadado» (Ignatius, 2025).
Pero más allá de las cuestiones emocionales, este cambio de posición norteamericana obedecía a una clara lógica estratégica basada en el principio de «escalar para des-escalar», que consistía en aumentar la presión militar y económica sobre Rusia para forzar una negociación. De acuerdo con la misma, La decisión de Trump de intensificar la presión sobreRusia buscaba dar respuesta a tres cuestiones principales: en primer lugar, obligar a Putin a tomarle seriamente dejando de disimular su disposición para negociar la paz, mientras ignoraba los llamados de Washington a un alto el fuego. En segundo lugar, Trump había llegado a la convicción de la utilidad de la fuerza como elemento disuasorio tras la experiencia de Irán, donde se demostró la eficacia del poder militar estadounidense con el uso de bombarderos B-2 y misiles Tomahawk contra su territorio. Finalmente, el convencimiento de que Putinsolo accedería a negociar si se enfrentaba a una amenaza creíble de tener que enfrentarse a una mayor fuerza militar (Infobae, 2025).
Esta nueva estrategia de la administración Trump de alto riesgo tuvo un éxito inicial en agosto de 2025, al conseguir llevar a Rusia a la mesa de negociaciones en Alaska, pero también puso de relieve la posibilidad de que derivarse en una escalada mayor en el conflicto. Prueba de los riesgos en los que incurría la administración norteamericana, es el hecho de que Dmitri Medvédev, el belicoso vicepresidente del Consejo de Seguridad Nacional y expresidente de Rusia advirtiese sobre la escalada hacia una guerra nuclear con Estados Unidos en respuesta al ultimátum del presidente Trump, de «poner fin a la guerra en 50 días» o enfrentar severas sanciones. La calificación de Medvédev de esta amenaza como un «paso hacia la guerra» parecía hacer referencia, dentro de un peligroso «juego dialéctico de ultimátums», al sistema semiautomático de represalia nuclear ruso «Dead Hand» que garantiza a Rusia poder lanzar un ataque nuclear de represalia si los submarinos y otros centros estratégicos —incluso su cúpula política y militar—, hubiera sido aniquilada (Lowther y McGiffin, 2024).
Los riesgos de escalada de esta estrategia basada en la gestión incremental de la tensión se pusieron de manifiesto cuando Trump ordenó el 1 de agosto de 2025, el despliegue de dos submarinos nucleares en áreas cercanas a Rusia, como medida preventiva ante lo que consideró «declaraciones imprudentes e incendiarias» de Medvédev (El País, 2025). En definitiva, la tensión entre Rusia y los Estados Unidos se materializaba mediante réplicas cruzadas, donde Estados Unidos desplegaba una fuerza nuclear estratégica y Rusia advertía de la gravedad de la situación nuclear, lo que elevaba el riesgo de guerra nuclear si la confrontación continuaba escalando. Cuando en una reunión en el Despacho Oval, se le preguntó a Trump hasta dónde estaría dispuesto a llegar si Putin decidía intensificar el enfrentamiento, su respuesta fue «No me hagas una pregunta como esa, "¿hasta dónde?" Solo quiero que la guerra se resuelva» (Infobae, 2025).
¿Es posible la paz? Una decisión política
Clausewitz decía que la política es la inteligencia rectora y la guerra solo es su instrumento. Cualquier solución al conflicto ucraniano siempre estará en el nivel político, de manera que cuando mayor intensidad tenga la guerra, también la tendrán las negociaciones para su conclusión. El 15 de agosto de 2025 se produjo la reunión entre Vladimir Putin y Donald Trump en la Base Conjunta Elmendorf-Richardson en Alaska, una antigua instalación de vigilancia militar estadounidense de la Guerra Fría. Fue el primer encuentro cara a cara entre ambos dirigentes desde el regreso de Trump a la presidencia de EE. UU.
El objetivo principal de la reunión era discutir la guerra en Ucrania y buscar avances hacia la paz. Pero ambos dirigentes divergían en la forma en cómo conseguirlo. Mientras Trump aspiraba a lograr un alto el fuego, Putin buscaba romper el aislamiento diplomático de Rusia y acercar posiciones comerciales entre Moscú y Washington. La reunión, descrita como «cordial pero distante» (Segura, 2025), reflejó la desconfianza estructural entre Moscú y Washington, terminó en un completo fracaso. No se logró ningún acuerdo concreto ni avances significativos ni se anunció ningún alto el fuego en Ucrania.
Pero para Putin fue una clara victoria política y diplomática, ya que no solo logró una legitimidad que había perdido, sino que, además, controló la agenda, marcó los tiempos y límites de la discusión y resistió a las presiones de un presidente norteamericano, a quien la prensa llegó a calificar de «frustrado», «menos dominante» y «desconcertado» por su comportamiento durante la reunión (Bilazi, 2025). Evitando ceder en temas sensibles como Ucrania (Latorre, 2025). Rusia volvía a aparecer de nuevo en el escenario internacional como una gran potencia, exactamente lo que pretendía.
En definitiva, la cumbre fue simbólica y mediática y concluyó sin un acuerdo sustancial sobre Ucrania, más allá de una declaración de buena voluntad para continuar las conversaciones en el futuro. No es de extrañar que fuentes ucranianas afirmasen que Rusia habría aprovechado la Cumbre de Alaska del 15 de agosto para, entre otras cosas, «jugar con los tiempos» antes de una potencial ofensiva rusa para el otoño de 2025, que les permitiera apoderarse antes del 31 de diciembre de 2025, del resto de la provincia de Donetsk que no controlaban (Slattery et al., 2025).
El lunes posterior a la cumbre de Alaska, tuvo lugar en la Casa Blanca un encuentro urgente y poco habitual entre Donald Trump, Volodimir Zelenski y los líderes europeos —Keir Starmer (Reino Unido), Emmanuel Macron (Francia), Friedrich Merz (Alemania), Giorgia Meloni (Italia), y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, además del secretario general de la OTAN, Mark Rutte—.
Aunque en público, muchos líderes europeos elogiaban a Trump para incentivar su implicación, todos ellos buscaban que ningún acuerdo de paz pusiera en peligro el futuro europeo ni la seguridad ucraniana (Gómez, 2025). Acompañando a Zelenski en la reunión con Trump, buscaban mostrar un frente unido de apoyo a Ucrania con el que influir directamente en las negociaciones sobre el futuro del conflicto y el logro de unas garantías de seguridad similares al artículo 5 de la OTAN, además de intentar contener posibles concesiones territoriales exigidas por Moscú (RTVE, 2025). El temor de los europeos era que el proceso de paz se limitara a un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, sin tener en cuenta las demandas y seguridad de Ucrania ni los intereses europeos. Por ello, resultaba esencial visibilizar que Ucrania no negociaba de manera aislada y que la estabilidad europea dependía de las garantías otorgadas a Kiev.
Más allá de las apariencias, la gira fue un balón de oxígeno para Kiev, en un momento particularmente difícil de las operaciones militares, en que, en medio de una sangría de bajas ucranianas y un escenario marcado por la fatiga bélica con el invierno a la vuelta de la esquina, la capacidad de resistencia de Ucrania podía verse gravemente comprometida (Scarpellini, 2025). Se abordaron cuestiones delicadas como las demandas territoriales de Rusia (Donbás) y la no adhesión de Ucrania a la OTAN, que constituía el objetivo fundamental de las reclamaciones rusas.
Pero antes de abordar este espinoso asunto, había que resolver otros aspectos como eran las garantías de seguridad para Ucrania, el avance para una posible reunión trilateral con Putin y las condiciones para un eventual alto el fuego o acuerdo de paz. Trump expresó su intención de organizar próximamente un encuentro entre Putin y Zelenski para tratar estos temas, seguido de una posible cumbre trilateral, en la que también estuviera presente Zelenski. El presidente ucraniano mostró su disposición a participar en estos diálogos, mientras que los líderes europeos enfatizaron la necesidad de garantizar la seguridad y estabilidad para Ucrania y la región (Colas, 2025).
Para Kiev, la visita de Washington supuso un alivio en medio de un panorama cada vez más desfavorable militarmente y desesperanzador políticamente, en que Putin había dejado claro que no pensaba ceder en sus objetivos estratégicos, incluso si el conflicto se prolongaba durante años (Knight, 2025). Pero, aunque la reunión generó ciertas expectativas en la búsqueda de una solución negociada que parecía pasar por «territorios por paz con garantías», todavía quedaban numerosos interrogantes por resolver.
La «Coalición de voluntarios». ¿Una solución para Ucrania?
Las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia no eran la única respuesta política y diplomática a la guerra ante unas eventuales negociaciones de paz entre Ucrania y Rusia. Para evitar que Ucrania se quedará sola, el 17 de febrero de 2025 se creó por iniciativa del presidente francés Emmanuel Macron la llamada «Coalición de Voluntarios para Ucrania», tras una primera reunión. Poco después, el 2 de marzo de 2025, se celebró una segunda reunión en Londres organizada por el primer ministro británico Keir Starmer, donde se anunció de manera pública la formación de esta coalición. La Coalición de Voluntarios para Ucrania quedó finalmente configurada como una alianza internacional flexible y operativa formada por unos 35 países, principalmente europeos, aunque también incluía naciones como Canadá, Australia, Japón y Turquía.
Se buscaba impedir que Ucrania quedase excluida de un eventual proceso de paz, o alto el fuego con Rusia, lo que impulsó a varios países europeos a unirse para brindar garantías concretas de seguridad a Ucrania, de manera independiente de la OTAN y la Unión Europea (Huffington Post España, 2025). Su objetivo era, por tanto, político a la vez que militar, ya que suponía el compromiso explícito de unos veintiséis países de proporcionar apoyo más allá de la ayuda militar habitual, lo que incluía despliegue de tropas y asistencia en tierra, mar y aire para asegurar la paz y prevenir futuras agresiones rusas.
Este despliegue no implicaría una confrontación directa con Rusia, sino que debía actuar como una fuerza disuasoria para garantizar la seguridad duradera de Ucrania y fortalecer su ejército con más efectivos, formación y armamento. La iniciativa busca también responder a la percepción de cierta distanciación de Estados Unidos con Europa en el conflicto, actuando como un mecanismo independiente de la OTAN y otros organismos para asumir un papel activo en la defensa de Ucrania.
Una vez consolidada, el 18 de agosto de 2025, los treinta miembros de la «coalición de voluntarios», en su mayor parte europeos, bajo la supervisión del secretario general jefe de la OTAN, abordaron por videoconferencia la cuestión de las garantías de seguridad para Ucrania en el marco de un eventual acuerdo de paz con Rusia. Se trataba de ver de qué manera se podía extender una protección «de tipo artículo 5» de la OTAN (la cláusula cuasi automática de asistencia mutua entre países aliados) a Ucrania. Esta cláusula podría incluso ser más precisa que el artículo 5, que no constituye una obligación Intervención militar.
Una protección inspirada en la OTAN, pero sin la OTAN, permitiría de alguna manera, salvar las reticencias de Rusia que siempre se ha opuesto a una participación de la Alianza en el conflicto de Ucrania. En realidad, esta propuesta de sucedáneo «de la OTAN, pero sin la OTAN», presentaba una enorme ambigüedad, ya que una presencia de tropas europeas miembros de la Alianza en ucrania a través de una cláusula similar al artículo 5 y contando con una protección, aunque fuera indirecta, de los Estados Unidos se parecía demasiado a la alianza atlántica. Al final cabo, «una OTAN sin la OTAN, es la OTAN» (Ricard y Vallet, 2025). En el caso de Rusia, parece improbable, como estima Jamie Shea, exsecretario general adjunto de la OTAN, que «Putin acepte garantías de seguridad similares al artículo 5, ya que eso equivaldría a una pertenencia a la OTAN o, al menos, conduciría inevitablemente a ello» (Rzheutska y Vlasenko, 2025).
En cualquier caso, la gran duda para los europeos estaba, sobre todo, en identificar hasta qué punto los Estados Unidos estarían dispuestos a implicarse en caso de que las fuerzas europeas o ucranianas fueran atacadas por los rusos. Una respuesta positiva, podría vencer la reticencia de muchos Estados europeos, o participar, en una coalición de países voluntarios, sabiendo que, en caso de que las cosas se pusieron difíciles, tenían las espaldas cubiertas por los norteamericanos.
Desde entonces, los europeos han intentado darle la forma más adecuada a un compromiso con los norteamericanos que debería materializarse en el despliegue concertado de una «fuerza de protección» (Reassurance Force) militar creíble, que los estados mayores estimaban en un mínimo de quince mil a veinte mil efectivos. Esta fuerza se constituiría en base a los compromisos individuales de los países que forman la «Coalición de Voluntarios», la cual se desplegaría lejos del frente —para evitar la confrontación directa con los rusos— y lo haría el momento en que las hostilidades terminasen (Le Monde, 2025).
Dado que parece improbable que los norteamericanos estén dispuestos a involucrarse excesivamente en Ucrania, el despliegue final de fuerzas en Ucrania, en caso de un alto al fuego, podría ser parecido al siguiente: las tropas ucranianas defenderían detrás de una zona desmilitarizada que patrullaría tropas neutrales de mantenimiento de la paz (quien las componen está todavía por ver, pero será difícil que sean europeas si nos atenemos a las declaraciones rusas). Los países europeos, por su parte, desplegarían «decenas de miles» de soldados que actuarían como una «fuerza disuasoria» y operarían más profundamente en Ucrania como una «tercera línea de defensa» y los medios estadounidenses actuarían todavía más en la retaguardia.
Lo que parece seguro es que, en ningún caso, los Estados Unidos enviarán tropas a suelo ucraniano, aunque sí estarían dispuestos a aportar «facilitadores estratégicos», como inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR); mando y control (C2). También podría proporcionar medios de defensa aérea, para apoyar un futuro despliegue sobre el terreno liderado por Europa, en la Ucrania de posguerra, como parte de las garantías de seguridad (Olmsted, Harward et al., 2025). En el fondo, con sus preocupaciones estratégicas entradas cada vez más en China, el mayor interés norteamericano pasaría por vender equipos militares a los europeos, para que luego estos los transfieran a Ucrania (Le Monde, 2025).
El nudo gordiano de la cuestión ucraniana para alcanzar un alto el fuego, o acuerdo de paz estaría en las garantías de seguridad, donde las misiones rusa, norteamericana y europea difieren de forma notable. La mayor ventaja de estas discrepancias es, quizá, que obligan a todas las fuerzas en presencia a revelar sus verdaderas intenciones. En este sentido, Moscú probablemente rechazaría una propuesta de garantía de seguridad para Ucrania como la que los funcionarios estadounidenses y europeos están discutiendo basada en la presencia de tropas de los países de la OTAN en Ucrania, como parte de tales garantías (Mappes et al., 2025). La propia portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores (MFA) ruso, Maria Zakharova, afirmaba el 18 de agosto que Rusia rechazaba «cualquier escenario que contemple la aparición en Ucrania de un contingente militar con la participación de países de la OTAN» (Sobieski et al., 2025).
También, Serguéi Lavrov, el todopoderoso ministro ruso de Asuntos Exteriores, ha advertido que sus «intereses de seguridad» deben ser tomados en cuenta en el marco de las negociaciones (Le Grand Continent, 2025c) y que, de no ser así, Rusia logrará por la fuerza sus objetivos bélicos que consisten en la eliminación de las amenazas a su seguridad «que sallen del territorio ucraniano», la protección de los derechos de las «personas de habla rusa y que creen pertenecer a la cultura rusa y la historia rusa», y la neutralidad ucraniana (Mappes et al., 2025).
Lo que viene a reconocer Lavrov es que Rusia sigue entendiendo que las supuestas «causas raíz» de la guerra son la expansión hacia el este de la OTAN y la discriminación de Ucrania contra los hablantes de rusos (Gibson et al., 2025). Se trata de una narrativa basada en la concepción ideológica y geográfica de una Ucrania que formaría parte del mundo ruso («Russkiy Mir»). Fue la expansión de la OTAN hacia el este la «causa profunda» que rompió esta continuidad histórica y dio origen a la guerra. Mientras esta causa profunda no se resuelva, los objetivos de Rusia no cambiarán (Olmsted, Gibson et al., 2025) y la guerra continuará. En definitiva, el objetivo final del Kremlin en Ucrania sería controlar políticamente toda Ucrania, más que limitarse a apoderarse de determinados territorios ucranianos como el óblast de Donetsk (Harward et al., 2025).
Convencido de que podía ganar la guerra por desgaste, prolongando el conflicto mientras espera que el apoyo occidental se debilite, Putin rechazó, durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai del 4 de julio de 2025, toda participación rusa en negociaciones significativas para un acuerdo de alto el fuego, y exigió en su lugar que Ucrania aceptase una «desmilitarización irreversible» como condición previa para cualquier cese del fuego. Ello implica la rendición de Ucrania antes de avanzar en cualquier acuerdo (Daily Sabah, 2025).
En el umbral del cuarto invierno. Desgaste, resistencia y estancamiento
En el momento de cerrar estas líneas, la situación de la guerra en Ucrania se encuentra política y militarmente estancada. Desde el punto de vista militar, durante el año 2025, sobre todo, a partir de agosto, la morfología de la línea del frente ha cambiado mucho. Eso se debe, en primer lugar, a la acción de los drones, que ha modificado profundamente la manera de concebir el reconocimiento, la vigilancia, la defensa e, incluso, el abastecimiento de las tropas lo que dificulta la libertad de acción imprescindible para realizar acciones ofensivas decisivas. Y, en segundo lugar, por los problemas de recursos humanos de los ucranianos, que hace que muchas posiciones no sean defendidas físicamente, sino que son cubiertas por drones. Por tanto, pueden ser ocupadas sin que los ucranianos se perciban con tiempo suficiente para reaccionar o, simplemente, ser superadas para establecer posiciones detrás de lo que se considera la línea del frente.
Ello hace que la sorpresa aún sea posible, incluso en un campo de batalla parcialmente transparente donde el adversario puede observar concentraciones de fuerzas, pero no puede discernir de manera fiable la intención detrás de esas concentraciones (Kagan et al., 2024). La sorpresa es consecuencia de la explotación de las ventajas temporales que proporciona las innovaciones tecnológicas incorporadas en los momentos clave de las sucesivas batallas y que son coordinadas con las operaciones terrestres. El resultado ha sido la aparición de ciertas partes del frente particularmente móviles, en especial, en su sector central, con posiciones que no están permanentemente defendidas, lo que da lugar a la creación de una amplia zona gris, en la que es difícil discernir quién tiene el control territorial y, todavía más difícil predecir, en qué dirección evolucionarán las operaciones.
En general, y vista la dificultad para tomar ciudades importantes, la estrategia rusa parece orientarse, más que al asalto directo de las ciudades, a debilitar las defensas ucranianas, desgastar a sus fuerzas y expandir la línea del frente mediante operaciones de envolvimiento en las que se busca cortar las líneas de suministro para generar colapsos en zonas ucranianas sometidas a una presión continua. El centro de gravedad del esfuerzo militar ruso, más que el territorio, sería el ejército ucraniano, de acuerdo con la lógica de la guerra de desgaste en que ha devenido Ucrania.
Por su parte, la estrategia ucraniana se centraría, fundamentalmente, en aprovechar las oportunidades que surgen de contar con un ciclo de innovación tecnológica y doctrinal superior al ruso para lograr la sorpresa. También puede beneficiarse del hecho de que las fuerzas rusas han estado atacando a casi toda la línea del frente durante meses, en lugar de construir amplias fortificaciones en profundidad. Apoyada en sus defensas, Ucrania estaría llevando maniobras ofensivas limitadas, dados los recursos con los que cuenta sus Fuerzas Armadas, planificando y ejecutando acciones de contraataque de pequeña dimensión ante los avances rusos, con la finalidad de recuperar el terreno perdido y estabilizar la línea del frente, lo más a vanguardia posible. Habrá que comprobar en los próximos meses cuál de estas estrategias terminará por imponerse y producir resultados determinantes, si, por el contrario, solo servirán para llevar los contendientes al agotamiento.
Para Ucrania, el desafío militar es máximo y el gran interrogante es si sus defensas escalonadas y sus reservas podrán contener la ofensiva rusa de otoño, sin perder el cinturón urbano de ciudades fortificadas que se extienden desde Pokrovsk hasta Slovyansk. El factor crítico no es la concentración de tropas rusas, sino la capacidad ucraniana de frenar el avance. Si las defensas se mantienen, al menos, hasta la llegada de la «raspútitsa» —y Ucrania ha dado buena prueba de saber hacerlo en el pasado—, se socavaría la narrativa de victoria inevitable rusa, se estabilizaría el frente y se recuperaría la confianza de los donantes occidentales y de la propia población de lograr un resultado más favorable que la simple capitulación que demanda Putin. Ucrania podría seguir manteniendo el esfuerzo de guerra,
Si, por el contrario, la ruptura ocurre y las fuerzas rusas logran superar el cinturón de ciudades defensivas ucranianas, Rusia habría logrado su primera brecha operativa desde 2022, forzando a Kiev a usar reservas prematuramente y a los aliados a acelerar la entrega de ayuda. La zona occidental de Donetsk, todavía bajo control ucraniano, quedaría expuesta a los avances rusos, con lo que la situación militar de Ucrania se volvería muy complicada.
La iniciativa militar, en el momento de concluir estas líneas, está en manos rusas que están llevando a cabo la mayor concentración de tropas en un solo eje desde 2022, dirigida, principalmente, contra Pokrovsk. Entre 100 000 y 112 000 soldados estarían posicionándose para un empuje decisivo contra las defensas orientales de Ucrania, que el mando ruso espera haber tomado para finales de 2025. Será, por tanto, el resultado de la ofensiva rusa de otoño lo que marcará el ritmo de la próxima fase del conflicto y redefinirá, a la luz de los resultados, la exposición al riesgo que están dispuestos a asumir todos actores implicados en la guerra. Al final, puede que tenga razón el que fuera Alto Representante de la Unión Europea para la Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, cuando afirmara en abril de 2022 que «la guerra de Ucrania tendrá que decidirse en el campo de batalla» (El País, 2022).
Después de casi tres años y medio de devastador conflicto, cientos de miles de muertos y heridos, bombardeos incesantes y sin esperanza a corto plazo de ver a las tropas rusas empujadas fuera del suelo nacional, los ejércitos siguen combatiendo sin que se vislumbren un final a corto plazo a la guerra. Mientras el ejército ucraniano sigue reforzando sus posiciones militares para prolongar la defensa y, mientras los europeos continúan con las sanciones para presionar a Rusia, la moral de la población ucraniana está siendo fuertemente afectada por el esfuerzo de guerra. Según una encuesta publicada el 7 de agosto por la encuestadora estadounidense Gallup, el apoyo a la victoria de la guerra se está derrumbando entre la población ucraniana (llega solo al 24 %, en comparación con el 73 % en 2022), mientras que el deseo de que las negociaciones pongan fin a la guerra lo antes posible está creciendo con fuerza (69 % desde el 22 % en 2022) (Gagnepain, 2025).
Por su parte, Rusia sigue comprometida con la solución militar al conflicto y sin intenciones claras de ceder en unas eventuales negociaciones de paz, también están mostrando un importante desgaste económico y social como consecuencia del impacto de las sanciones. Aunque mantiene el impulso ofensivo, con numerosos frentes abiertos, no ha logrado hasta la fecha avances significativos. Si la ofensiva del otoño fracasa y el Ejército ucraniano consigue mantenerse en sus posiciones, Moscú, seguramente, se mostrará más dispuesto a unas conversaciones de paz, en las que ofrezcan condiciones más favorables a Ucrania. En caso contrario, si la situación sobre el terreno es favorable, Moscú no tendrá voluntad real de paz, más allá de la capitulación de Ucrania.
Mientras la situación militar se mantenga inconclusa y las posturas sigan siendo irreconciliables, hay poco espacio para unas conversaciones políticas que permitan poner fin a la guerra en Ucrania (septiembre 2025). En los momentos de concluir estas líneas, ambas partes piensan que pueden obtener mejores resultados en los campos de batalla que en las mesas de negociaciones y no existe voluntad para un verdadero diálogo constructiva. Próximo a entrar en su quinto año, la guerra de Ucrania corre el peligro de convertirse, contradiciendo a Clausewitz, en un fin en sí misma, más que en un medio para alcanzar un objetivo político. Ambos contendientes parecen haber llegado a la conclusión de que, haciendo de la guerra un fin, tienen mayor probabilidad de ganar, que moderando su naturaleza dejando actuar a los instrumentos de la política.
Por desgracia, todavía no se sabe cómo terminará la guerra de Ucrania y si Moscú logrará sus objetivos, pero sí se contempla con preocupación cómo, desde el fin al mismo de la Guerra Fría, nunca ha vivido Europa, momentos tan peligrosos. El comportamiento de una potencia revisionista como Rusia que entiende que el único nivel adecuado de seguridad consiste en ser dominante en los espacios geográficos que le rodean, explica su poca inclinación a entablar un proceso político que conduzca a la paz, al menos, mientras crea que puede alcanzar sus objetivos por la fuerza. La perspectiva negativa de la evolución del conflicto refuerza la tendencia natural al pesimismo y el temor a la guerra de unas sociedades europeas acostumbradas a vivir durante varias generaciones en un entorno de paz. Esto, seguramente, es debido a que la naturaleza humana está preparada biológicamente para sobrevivir a toda costa imaginando lo peor, con el objeto de evitarlo. Cabe esperar que, al final, todos los actores involucrados en el conflicto asuman que siempre es mejor prevenir que curar y negociar que combatir, lo que permite mantener viva la esperanza de que, en una Europa que parece abocada a la guerra, la cordura pueda prevalecer frente a la temeridad.
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Ignacio Fuente Cobo
Coronel del Ejército de Tierra. Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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La guerra de Ucrania (octubre 2024 – septiembre 2025). Desgaste, resistencia y estancamiento en el umbral de su cuarto invierno (0,3 MB)
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The war in Ukraine (October 2024 - September 2025). Wear, resistance and stagnation on the threshold of its fourth winter (0,3 MB)
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