IEEE. La guerra ruso-ucraniana: mutación estratégica de un conflicto existencial

Campo de batalla caótico con un soldado en primer plano

21 may 2026

IEEE. La guerra ruso-ucraniana: mutación estratégica de un conflicto existencial

Miguel Ángel Pérez Franco. Teniente coronel - DEM Gabinete Técnico del JEMAD

Introducción

El inicio de 2026 marca un punto de inflexión en la guerra ruso-ucraniana, no tanto por la modificación del control territorial como por la consolidación de transformaciones profundas en la naturaleza del conflicto. Lejos de un estancamiento pasivo, la guerra ha entrado en una fase de madurez estratégica, caracterizada por la estabilización relativa del frente, la intensificación de la guerra en profundidad, la industrialización en el uso de drones y la cristalización de una lógica de guerra de desgaste sistémico.

Para un observador no especializado, la lentitud de los avances territoriales podría sugerir un conflicto congelado. Sin embargo, esta percepción es engañosa. El mapa se mueve poco, pero la guerra se transforma constantemente a través de procesos de adaptación continua, innovación táctico-operativa y reorganización institucional. La guerra de 2026 ya no se parece ni a la guerra de maniobra de sus inicios en 2022, ni a la fase de fortificación y contraofensivas de 2023 y años posteriores.

Este conflicto se ha convertido en un laboratorio de la guerra del siglo XXI, en el que se combinan tecnologías de bajo coste, economía de guerra prolongada, presión política internacional, instrumentalización del miedo nuclear y agotamiento humano e industrial. Pero ¿qué implicaciones tiene este cóctel estratégico para Europa y nuestra capacidad de disuasión frente a adversarios dispuestos a sostener conflictos prolongados?

La erosión como método: evolución operativa del conflicto

La guerra ruso-ucraniana se presenta, en primera instancia, como un conflicto convencional de alta intensidad entre Estados soberanos. No obstante, esta caracterización resulta insuficiente. El conflicto posee un carácter híbrido y transicional, pues combina prácticas propias de la guerra industrial del siglo XX con innovaciones tecnológicas y operativas distintivas del siglo XXI. Los dispositivos defensivos de trincheras, el empleo masivo de artillería, y el uso de oleadas tácticas de infantería se combinan con el uso sistemático de drones, la guerra electrónica y las ciberoperaciones.

A diferencia de las intervenciones expedicionarias occidentales de las últimas décadas, como Irak o Afganistán, Ucrania se enfrenta a una potencia nuclear con una considerable profundidad estratégica, con reservas humanas e industriales relevantes y un liderazgo político dispuesto a asumir elevados costes humanos y materiales para sostener el esfuerzo bélico.

Sin embargo, la transformación más visible del conflicto es el paso de una guerra de maniobra relativamente fluida a una guerra de zonas de destrucción densamente vigiladas, en las que cualquier concentración de fuerzas es rápidamente detectada y atacada.

Al inicio del conflicto, las operaciones estaban aún dominadas por maniobras mecanizadas, avances rápidos, concentración de fuerzas y asaltos urbanos decisivos1. El agotamiento de las capacidades ofensivas iniciales, sumado a la decisión rusa de fortificar profundamente el frente a partir del invierno de 2022–2023, transformó el campo de batalla. Desde 2024, esta transformación se ha visto radicalizada por la omnipresencia de drones, que han convertido el frente en una «tierra de nadie» de entre 5 y 20 kilómetros de profundidad.

La distinción clásica entre frente, retaguardia y segundo escalón ha perdido sentido operativo. Esta transformación tiene consecuencias operativas decisivas. El terreno ya no se «conquista» de manera lineal, sino que se «erosiona»2.

En 2026, Rusia seguirá avanzado de forma constante pero limitada, sin lograr rupturas tácticas decisivas. Ucrania, pese a la presión, podrá evitar el colapso. Este equilibrio inestable no es señal de inmovilidad, sino de una fase madura de guerra de desgaste, en la que el objetivo principal no es la conquista rápida de terreno clave, sino la erosión progresiva del adversario: agotamiento humano, destrucción industrial, presión sobre la cohesión social y desgaste de alianzas.

En este contexto, el tiempo se convierte en un arma. Rusia apuesta por una guerra larga, confiando en su profundidad estratégica y en la fatiga occidental. Ucrania apuesta por resistir hasta que el coste para Moscú se vuelva políticamente insostenible o a que el equilibrio internacional se modifique a su favor. Pero ¿por qué esta evolución estratégica en el arte de la guerra? La respuesta no es baladí: la atrición de la guerra se ha vuelto estructural.

La institucionalización de la atrición

En 2026, la guerra ruso-ucraniana se definirá, ante todo, como una guerra de atrición estructural. Aunque ambos bandos continúan buscando ventajas tácticas y oportunidades operativas, el objetivo estratégico central ya no es la conquista rápida de territorio, sino la degradación sistemática del potencial militar del adversario.

Desde la perspectiva rusa, el verdadero centro de gravedad no reside en Kiev ni en una ciudad específica, sino en las Fuerzas Armadas ucranianas como institución. Cada brigada degradada, cada oficial experimentado perdido, cada unidad incapaz de rotar adecuadamente constituye un avance estratégico. La lógica es acumulativa: erosionar la capacidad organizativa, profesional y moral del ejército ucraniano hasta reducir su eficacia operativa global3.

Para Ucrania, en cambio, la atrición posee una dimensión existencial. Su base demográfica es más limitada y la reposición indefinida de combatientes resulta inviable. La pérdida de cuadros profesionales (suboficiales experimentados, oficiales con capacidad de mando en combate o especialistas técnicos) afecta de manera desproporcionada a su eficacia. En este escenario, la calidad del personal se convierte en un factor tan decisivo como la cantidad4.

La movilización adicional constituye un problema políticamente sensible y socialmente costoso. A diferencia de Rusia, donde el régimen puede estimular el reclutamiento mediante incentivos económicos, presión administrativa y coerción indirecta, Ucrania debe preservar un delicado equilibrio entre necesidad militar, cohesión social y legitimidad democrática5.

Para Europa, esta experiencia deja lecciones claras. Las doctrinas basadas en conflictos breves o «expeditivos» resultan obsoletas frente a un adversario dispuesto a sostener un desgaste prolongado. La resistencia social, la movilización y la preparación estratégica a largo plazo se convierten en factores clave para cualquier confrontación futura, lo que reabre el debate sobre el regreso del concepto de la «nación en armas», de ejércitos masivos, de reservas entrenadas y de posibles mecanismos de reclutamiento orientados a escenarios de alta intensidad.

Todo ello subraya la necesidad de reforzar la cohesión interna, la resiliencia política y la sostenibilidad de recursos frente a adversarios simétricos capaces de movilizar sociedades enteras.

Reorganización bajo fuego: el dilema del tiempo en el conflicto ucraniano

Uno de los cambios más relevantes observados, aunque menos visibles en el plano mediático, ha sido la profunda reorganización estructural de las Fuerzas Armadas ucranianas. Tras más de tres años de combate ininterrumpido, el modelo basado en brigadas relativamente autónomas empezó a evidenciar limitaciones crecientes: coordinación imperfecta entre unidades, dificultades para sostener operaciones simultáneas en distintos sectores, rotaciones insuficientes y una gestión fragmentada del desgaste humano y material.

La decisión de crear cuerpos de ejército permanentes, dotados de mandos orgánicos, unidades de apoyo integradas y capacidades propias de planificación operativa, responde a una necesidad estratégica clara: restaurar la coherencia operativa en una guerra de desgaste prolongada. En un entorno caracterizado por frentes densamente vigilados, saturación tecnológica y presión constante en profundidad, la dispersión organizativa se convierte en una vulnerabilidad estructural6.

Esta reforma persigue varios objetivos complementarios: mejorar la integración entre infantería, artillería, drones y defensa aérea; facilitar la formación y rotación de unidades; reducir la fragmentación del mando; y optimizar la gestión del personal en un contexto de recursos humanos limitados. Desde una perspectiva comparada, el proceso aproxima progresivamente al ejército ucraniano a estándares organizativos occidentales, aunque implementado bajo condiciones de presión extrema y combate activo.

Sin embargo, la reorganización no se produce en el vacío. Tiene un coste humano y operativo inmediato. Reestructurar implica retirar temporalmente unidades del frente, redistribuir cuadros de mando, reentrenar personal y ajustar cadenas logísticas.

En una guerra de alta intensidad, cada semana en que una unidad no está plenamente operativa puede traducirse en vulnerabilidades tácticas reales. La reorganización ucraniana revela una tensión estructural central: reformar hoy para garantizar la supervivencia mañana o priorizar la resistencia inmediata a costa de un debilitamiento irreversible7.

Kiev ha asumido el riesgo a corto plazo y ha abandonado el modelo de «todo brigadas», recuperando el nivel de cuerpo de ejército para mejorar la coordinación operativa, las rotaciones y la coherencia logística en una guerra de desgaste8. La decisión contrasta con la estrategia rusa de continuidad ofensiva pese a elevadas pérdidas, reflejando diferencias políticas y culturales sobre cómo sostener una guerra prolongada.

Doctrinalmente, el giro es significativo: reafirma la centralidad de la masa y la profundidad organizativa. Para Europa, la señal es inequívoca: sin grandes formaciones militares capaces de integrar y sostener fuerzas a escala, la disuasión frente a un adversario paritario pierde credibilidad estructural.

Un conflicto convencional bajo sombra nuclear

La dimensión nuclear constituye otro elemento estructural del conflicto, incluso en ausencia de su empleo efectivo. La guerra en Ucrania es un conflicto propio de la era nuclear: la disuasión no impide la guerra, pero condiciona su alcance, intensidad y modalidad de conducción9.

La retórica nuclear de Moscú actúa principalmente como una herramienta de coerción, más orientada a moldear percepciones que a justificar el uso real del arma. Este enfoque estratégico, centrado en la amenaza más que en la acción, refleja la lógica de regímenes con alta tolerancia al riesgo político interno y una concepción profundamente competitiva del entorno internacional10.

En este sentido, el conflicto ruso-ucraniano evidencia que las armas nucleares no eliminan la posibilidad de confrontaciones armadas entre grandes potencias, pero sí reconfiguran profundamente la conducción de esos conflictos, generando lo que puede llamarse una «estructura de autocontención nuclear»: límites tácitos que condicionan operaciones convencionales sin inmovilizar por completo la acción militar11.

A este respecto, el desfase entre las declaraciones de Moscú y las percepciones europeas representa un riesgo concreto, ya que una interpretación errónea de las intenciones nucleares podría derivar en escaladas no deseadas. Para Europa, y de manera crítica, si la garantía de seguridad estadounidense se debilitara, la disuasión europea quedaría casi exclusivamente en manos de Francia y el Reino Unido, lo que plantea importantes desafíos estratégicos y de credibilidad defensiva para el continente.

Guerra en profundidad: la saturación como estrategia

La guerra ruso-ucraniana ha consolidado una dinámica que en los primeros años del conflicto era políticamente sensible y operacionalmente limitada: la proyección sistemática de fuerza en profundidad contra el territorio del adversario. Lo que comenzó como incursiones esporádicas ucranianas en suelo ruso se ha transformado en una campaña estructurada que rompe definitivamente la lógica de la «sacralización» territorial.

El elemento decisivo ha sido la sistematización de ataques contra infraestructuras energéticas rusas, refinerías, depósitos de petróleo, nodos logísticos y redes de transporte. Este enfoque revela una comprensión estratégica madura: el sector energético constituye uno de los principales centros de gravedad del régimen ruso, no solo por su peso en la financiación del esfuerzo bélico, sino por su función estructurante en la estabilidad económica y social del país12.

La efectividad de esta campaña no descansa en la sofisticación individual de los sistemas empleados, sino en una lógica de economía de la repetición. Drones relativamente simples, producidos en grandes cantidades y a bajo coste unitario, permiten saturar defensas aéreas, obligar a Rusia a dispersar recursos, generar costes económicos acumulativos y mantener una presión psicológica constante sobre la retaguardia. En una guerra de desgaste, la capacidad de producción sostenida y la escalabilidad industrial se revelan más decisivas que la excelencia tecnológica puntual13.

Este modelo contrasta con la tradición occidental reciente, basada en plataformas altamente sofisticadas, costosas y fabricadas en volúmenes limitados. La experiencia ucraniana sugiere que, en conflictos prolongados de alta intensidad, la resiliencia industrial y la producción masiva pueden prevalecer sobre la superioridad cualitativa aislada. Las implicaciones para las doctrinas y estructuras industriales europeas son profundas.

Paralelamente, Rusia ha intensificado su propia campaña en profundidad contra Ucrania, articulando una combinación de misiles balísticos, misiles de crucero y drones de ataque producidos a escala industrial. La producción masiva de drones ha permitido ataques nocturnos recurrentes destinados no tanto a lograr destrucciones selectivas como a saturar las defensas aéreas ucranianas y agotar sus reservas de interceptores. El objetivo estratégico es triple: degradar la infraestructura energética y logística, erosionar la moral civil y forzar el consumo acelerado de recursos defensivos escasos14.

El resultado es una dinámica de reciprocidad en profundidad donde ambos actores buscan erosionar los fundamentos materiales y psicológicos del adversario. La guerra ya no se limita al frente; se ha convertido en una competencia industrial y estratégica por la capacidad de sostener la saturación en el tiempo. Dentro de los límites impuestos por la disuasión nuclear y la vigilancia internacional, esta campaña adopta rasgos de coerción estratégica persistente: no busca la destrucción instantánea, sino el desgaste acumulativo del sistema enemigo.

Para Europa, la conclusión es clara. El continente debe prepararse para conflictos prolongados en los que ningún golpe aislado será decisivo, integrando estrategias militares, económicas e industriales de manera coherente y reforzando la protección de sus infraestructuras críticas y redes energéticas. La resiliencia estructural y la capacidad de sostener la presión a largo plazo serán decisivas, más importantes que cualquier impacto táctico puntual, transformando la preparación estratégica en un ejercicio integral de defensa sistémica.

Desgaste en profundidad vs. transformación del campo de batalla

Paradójicamente, cuanto más desgaste en profundidad y cuanto más lento es el avance territorial, más acelerada es la transformación estructural del conflicto. La guerra en Ucrania no se define únicamente por la atrición, sino por la consolidación de un nuevo entorno operativo dominado por sensores en red y plataformas no tripuladas. El frente se ha convertido en un espacio permanentemente vigilado, donde la información circula con una rapidez que reduce drásticamente la opacidad tradicional del campo de batalla.

Drones aéreos de reconocimiento y ataque, sensores acústicos, inteligencia electrónica, observadores humanos y análisis de fuentes abiertas alimentan sistemas de mando capaces de detectar, identificar y atacar objetivos en cuestión de minutos15. Esta arquitectura de vigilancia casi continua limita severamente tres principios clásicos de la guerra de maniobra: la sorpresa táctica, la concentración de fuerzas y la ruptura decisiva del frente. Cualquier acumulación significativa de tropas o material tiende a ser detectada y castigada antes de poder generar un efecto operacional sostenido16.

En este entorno, los drones han dejado de ser un complemento tecnológico para convertirse en el auténtico sistema nervioso del campo de batalla. Cumplen funciones de reconocimiento, designación de objetivos, corrección de tiro de artillería, ataque directo, guerra electrónica e incluso logística ligera. La integración entre sensores y sistemas de fuego ha acortado los ciclos de decisión y ejecución, densificando el espacio de combate y reduciendo la profundidad efectiva entre frente y retaguardia17.

Sin embargo, esta centralidad no implica omnipotencia. Las tasas de pérdida y fallo de drones son elevadas, lo que obliga a emplearlos en grandes cantidades y a sostener una producción industrial continua. Y es que la guerra tecnológica no reemplaza la guerra industrial, sino que la reconfigura: morteros, artillería y armas ligeras siguen siendo esenciales, pero ahora operan en un ecosistema interconectado donde la identificación de blancos, la sincronización de acciones y la economía del desgaste determinan la efectividad18.

La creciente dependencia de sistemas no tripulados también genera nuevas vulnerabilidades estructurales: saturación del espectro electromagnético, interferencias constantes, competencia en guerra electrónica y una fuerte dependencia industrial para reponer plataformas y componentes. Hasta ahora, ninguna de las partes ha logrado una supremacía tecnológica decisiva en este dominio. El resultado es un equilibrio inestable, caracterizado por ciclos acelerados de innovación y adaptación, donde evitar la obsolescencia táctica es tan importante como obtener ventajas inmediatas19.

El efecto agregado es una guerra fragmentada e incremental, articulada en microcombates, infiltraciones limitadas y desgaste progresivo más que en ofensivas decisivas. La sorpresa estratégica no ha desaparecido, pero la sorpresa táctica se ha erosionado profundamente. En lugar de grandes maniobras, el conflicto avanza, o se estanca, a través de una acumulación constante de pequeñas ganancias y pérdidas en un campo de batalla cada vez más transparente y letal20.

La experiencia ucraniana demuestra que la guerra moderna premia la adaptabilidad, la integración civil-militar y la capacidad de iteración tecnológica rápida, aunque este modelo depende de condiciones excepcionales y financiación externa. Para Europa, la lección no es imitar este enfoque temporal, sino garantizar una preparación estructural permanente: construir arsenales estatales sostenibles, con capacidad industrial robusta, logística fiable y autonomía tecnológica.

En este sentido, muchas de las capacidades militares deberán ser híbridas y distribuidas, basadas en el concepto de masa y en la economía de desgaste, priorizando sistemas baratos, sostenibles y redundantes sobre plataformas costosas y únicas. En conjunto, la estrategia europea deberá combinar sostenibilidad, resiliencia y flexibilidad para enfrentar conflictos prolongados sin depender de condiciones externas excepcionales.

La dimensión marítima: el regreso del corso

Aunque la guerra ruso-ucraniana es predominantemente terrestre, el dominio marítimo ha adquirido una relevancia estratégica creciente. Incapaz de desafiar convencionalmente a la flota rusa del mar Negro, Ucrania ha desarrollado una estrategia asimétrica basada en drones navales, misiles antibuque y ataques selectivos contra infraestructuras y activos marítimos. Esta adaptación ha revitalizado una forma contemporánea de guerra de corso: no busca el control clásico del mar, sino negar su uso seguro al adversario21.

El impacto ha sido significativo. La libertad de acción de la flota rusa en el mar Negro se ha visto restringida, obligando al desplazamiento de buques hacia puertos más protegidos y reduciendo su capacidad de proyección. Al mismo tiempo, esta presión indirecta ha contribuido a mantener operativas, aunque bajo riesgo, determinadas rutas de exportación ucranianas, esenciales para la economía del país y para la estabilidad alimentaria global22.

En 2026, esta lógica de hostigamiento marítimo se podrá extender más allá del teatro inmediato del mar Negro. Los ataques y acciones encubiertas dirigidos contra la denominada «flota fantasma» rusa (buques que transportan petróleo y productos energéticos bajo banderas de conveniencia para eludir sanciones) han ampliado el alcance geográfico del conflicto, alcanzando espacios como el Mediterráneo e incluso zonas próximas a las costas africanas. De este modo, la guerra marítima ha trascendido el marco regional para adquirir una dimensión sistémica23.

Esta evolución tiene implicaciones estratégicas globales. En primer lugar, cuestiona la presunta neutralidad funcional del comercio marítimo en contextos de guerra híbrida y sanciones económicas. La instrumentalización del tráfico energético introduce incertidumbre estructural en mercados interconectados y tensiona la arquitectura de gobernanza marítima internacional. En segundo lugar, aumenta el riesgo de escaladas indirectas que involucren a terceros Estados, armadores privados y aseguradoras, cuyos intereses pueden verse afectados por ataques, sabotajes o incidentes ambiguos24.

Desde una perspectiva jurídica y estratégica, el fenómeno plantea interrogantes relevantes sobre la protección de las rutas marítimas internacionales, la responsabilidad de los Estados de abanderamiento, el papel de las aseguradoras en la gestión del riesgo bélico y la eventual respuesta de las potencias navales occidentales. La distinción entre guerra naval tradicional, sabotaje encubierto y coerción económica se vuelve cada vez más difusa25.

Para Europa, la implicación es clara: la protección de rutas marítimas críticas ya no puede dejarse a la libre circulación ni a la disuasión convencional. Se requiere desarrollar capacidades navales y de vigilancia híbrida capaces de detectar y neutralizar amenazas asimétricas, asegurar la continuidad logística y prevenir que actores hostiles utilicen el comercio marítimo como instrumento de presión económica o geopolítica.

Todo ello deberá incluir un incremento de la coordinación internacional, el control de flotas comerciales y la planificación ante escenarios de sabotaje, coerción o escaladas indirectas que trasciendan los teatros locales del conflicto.

Conclusión: el mapa apenas se mueve, pero todo cambia

A comienzos de 2026, la guerra ruso-ucraniana no puede entenderse como un conflicto congelado ni como una mera prolongación de sus fases iniciales, sino como una guerra que ha alcanzado una forma madura y estructuralmente distinta. La estabilidad relativa del frente no indica ausencia de dinamismo, sino consolidación de una lógica estratégica basada en la erosión sistémica del adversario. El territorio importa, pero ya no es el único ni siquiera el principal indicador del equilibrio militar.

La transformación central del conflicto es la institucionalización de la atrición. Ninguno de los dos bandos espera una ruptura decisiva; la victoria se concibe como la degradación acumulativa de las capacidades del oponente. Rusia confía en su profundidad estratégica, su base demográfica y su mayor tolerancia al coste humano. Ucrania, con recursos más limitados, apuesta por preservar la calidad de sus fuerzas, mejorar su organización y mantener el apoyo externo. El tiempo se convierte así en un arma estratégica central.

La guerra en profundidad refuerza esta dinámica. Los ataques sistemáticos contra infraestructuras energéticas, logísticas y militares han erosionado la distinción entre frente y retaguardia segura. La competencia ya no es exclusivamente militar: es también industrial, energética y social. La lógica dominante no es la destrucción fulminante, sino la presión acumulativa y la saturación persistente.

En paralelo, la omnipresencia de drones y sensores ha transformado el campo de batalla en un espacio de vigilancia constante, reduciendo la sorpresa táctica y fragmentando el combate en acciones limitadas e incrementales. La tecnología no sustituye la guerra industrial, pero la reconfigura: la producción masiva, la logística y la capacidad de adaptación resultan tan decisivas como la sofisticación técnica.

La reorganización del ejército ucraniano ilustra la tensión estructural entre presente y futuro: la tensión entre resistir hoy y reformar para sobrevivir mañana. Reestructurar bajo fuego implica riesgos inmediatos, pero busca evitar un deterioro irreversible. Esta elección contrasta con la estrategia rusa de continuidad ofensiva, evidenciando diferencias políticas y culturales en la gestión de una guerra prolongada.

Todo ello ocurre bajo la sombra de la disuasión nuclear, que no impide la guerra, pero sí delimita sus márgenes. La dimensión marítima amplía además el conflicto al ámbito del comercio y la energía, demostrando que la interdependencia global puede convertirse en escenario estratégico.

La lección más amplia es que la guerra contemporánea no premia necesariamente la brillantez táctica aislada, sino la resiliencia estructural. Ganará quien mejor gestione el tiempo, quien sostenga su base industrial, quien preserve la cohesión social y quien mantenga la capacidad de aprendizaje bajo presión extrema. En 2026, el conflicto no apunta a una resolución rápida, sino a la persistencia de un equilibrio inestable en el que ninguno puede imponerse decisivamente, pero ambos pueden deteriorarse profundamente.

Así, la guerra en Ucrania no es solo una lucha por territorio, sino una competencia prolongada por la sostenibilidad nacional. Su desenlace dependerá menos de una batalla concreta que de la capacidad de cada sistema político, militar e industrial para soportar el peso acumulativo del desgaste. En ese sentido, más que una guerra de movimiento o de posiciones, es ya, ante todo, una guerra de resistencia estructural: vence quien resiste y resiste quien sabe transformarse.

Miguel Ángel Pérez Franco
Teniente coronel - DEM
Gabinete Técnico del JEMAD

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] RYAN, M. «Seven contemporary insights on the state of the Ukrainian war», Center for Strategic and International StudiesCSIS. November 2025. https://www.csis.org/analysis/seven-contemporary-insights-state-ukraine-warNota: Todos los hipervínculos de este artículo se encuentran activos con fecha 2 de marzo de 2026.
[2] En este sentido, la infantería rusa, a menudo compuesta por soldados con instrucción limitada, actúa como vector de desgaste, consiguiendo la saturación constante de las defensas, y obligando a Kiev a consumir hombres, municiones y material a un ritmo insostenible. Ibídem.
[3] Las cifras de bajas siguen siendo objeto de intensa disputa y propaganda. Sin embargo, incluso estimaciones prudentes sugieren que Rusia está dispuesta a asumir niveles de pérdidas humanas significativamente superiores a los que Ucrania puede permitirse, apoyándose en su mayor reserva demográfica relativa y en un sistema político capaz de absorber costes humanos elevados sin una erosión inmediata del control interno. JONES, S. et McCABE, R. «Russia grinding war in Ukraine», Center for Strategic and International Studies – CSIC. January 2026. https://www.csis.org/analysis/russias-grinding-war-ukraine
[4] Uno de los desafíos más graves para Kiev en 2025 es la crisis de efectivos. Tras más de tres años de guerra de alta intensidad, el desgaste humano es profundo y acumulativo. Numerosas brigadas operan con entre el 50 % y el 70 % de su plantilla teórica, lo que reduce simultáneamente su capacidad ofensiva, su resiliencia defensiva y su margen de maniobra operacional. DANYLYUK, O. «How to Build Ukraine’s Military Effectiveness and Avoid a War of Attritio», Royal United Services Institute (RUSI). June 2024. https://www.rusi.org/explore-our-research/publications/commentary/how-build-ukraines-military-effectiveness-and-avoid-war-attrition
[5] El déficit de personal genera efectos operativos inmediatos y estructurales: rotaciones insuficientes y prolongación de despliegues en primera línea; fatiga crónica de las unidades; menor capacidad para explotar éxitos tácticos; y creciente vulnerabilidad ante ofensivas prolongadas o ataques de saturación. JONES, S. et McCABE, R. Op. cit.
[6] KOSTEZH, S. «Ukrainian Army Structure Being Reformed - How and Why», Kyiv Post. Ukraine´s Global Voice. April 2025. https://www.kyivpost.com/post/51054
[7] DANYLYUK, O. Op. cit.
[8] KOSTEZH, S. Op. cit.
[9] WILLIAMS, H. et Al. «Returning to an Era of Competition and Nuclear Risk», in War and the Modern Battlefield. Center for Strategic and International Studies, September 2025. https://features.csis.org/war-modern-battlefield
[10] DEMURTAS, A. «La dimensión nuclear de la guerra en Ucrania: nueva narrativa, poder y orden», Revista Española de Derecho Internacional, volumen 74, n.º 2. Barcelona, 2023. https://www.revista-redi.es/redi/article/view/93/165
[11] La revisión de la doctrina nuclear rusa en 2024 amplió explícitamente los supuestos declarativos de uso del arma nuclear, incluyendo amenazas a la integridad territorial y a la estabilidad del régimen. Aunque la probabilidad de empleo efectivo continúa siendo baja, el impacto político y estratégico de esta retórica es tangible. WILLIAMS, H. et HARTIGAN, K. «Russian Nuclear Calibration in the War in Ukraine». Center for Strategic and International Studies – CSIC. January 2024. https://www.csis.org/analysis/russian-nuclear-calibration-war-ukraine.
[12] RYAN, M. Op. cit.
[13] Ibídem.
[14] JENSEN, B. et ATALAN, Y. «Drone Saturation: Russia’s Shahed campaign», Center for Strategic and International Studies – CSIC. May 2025. https://www.csis.org/analysis/drone-saturation-russias-shahed-campaign
[15] JENSEN, B. «Operational art in the age of battle networks», in War and the Modern Battlefield. Center for Strategic and International Studies, September 2025. https://features.csis.org/war-modern-battlefield
[16] JENSEN, B. et ATALAN, Y. Op. cit.
[17] TOURRET, V. «Design, Destroy, Dominate. The Mass Drone Warfare as a Potential Military Revolution», French Institute of International Relations. April 2025. https://www.ifri.org/en/papers/design-destroy-dominate-mass-drone-warfare-potential-military-revolution
[18] KARAKO, T. et FREEMAN, H. «The Enduring Role of Fires on the Modern Battlefield», in War and the Modern Battlefield. Center for Strategic and International Studies, September 2025. https://features.csis.org/war-modern-battlefield
[19] JENSEN, B. Op. cit.
[20] RYAN, M. Op. cit.
[21] CANCIAN, M. «The future of seapower», in War and the Modern Battlefield. Center for Strategic and International Studies, September 2025. War and the Modern Battlefield: Insights from Ukraine and the Middle East
[22] RAVEENDRAN, J. «Sea Denial: The Ukrainian Case Study and the Future of Naval Warfare», Journal of Strategic Security 18, no. 4. December 2025. Sea Denial: The Ukrainian Case Study and the Future of Naval Warfare
[23] Ibídem.
[24] EUROPEAN UNION. Russia's 'shadow fleet': Bringing the threat to light. European Parliament. November 2024.https://www.europarl.europa.eu/thinktank/en/document/EPRS_BRI%282024%29766242
[25] Ibídem.
    • La guerra ruso-ucraniana: mutación estratégica de un conflicto existencial (0,2 MB)

    • The Russo-Ukrainian War: The strategic mutation of an existential conflict (0,2 MB)