
16 mar 2026
IEEE. La evolución de la gran estrategia de China
Guillermo Gómez Moreno. Analista de política internacional.
La consolidación de la República Popular China
La interrupción de las cadenas del comercio global durante la pandemia de Coronavirus, la invasión rusa de Ucrania y la guerra en Gaza han terminado de confirmar que nos encontramos en un punto de inflexión en la configuración del sistema internacional. Sin ocupar las portadas, no obstante, el ascenso de China es probablemente el factor de fondo más decisivo en la reconfiguración del sistema internacional. El país asiático ha pasado en apenas setenta años de ser una economía campesina subdesarrollada, fragmentada y moralmente humillada por el colonialismo occidental, a convertirse en la segunda potencia económica y militar del mundo. Este proceso de transformación sigue siendo en gran medida incomprendido por la opinión pública occidental. El objetivo de este artículo es analizar la evolución de la gran estrategia china, entendida como el marco que ha guiado esa transformación.
El historiador militar británico B. H. Liddell Hart definió la gran estrategia como «la coordinación y dirección de todos los recursos de una nación o grupo de naciones con el fin de alcanzar los objetivos políticos perseguidos»1 mientras Hal Brands la define como «la arquitectura intelectual que da estructura a la política exterior»2. Por tanto, la gran estrategia es la doctrina global desde la que cada Estado comprende su posición geopolítica y articula sus recursos —económicos, diplomáticos y militares— para alcanzar sus fines políticos.
China ha experimentado profundos cambios sociales e ideológicos desde la creación de la República Popular China en 1949. No obstante, lo que siempre ha permanecido como objetivo estratégico de los líderes chinos es la aspiración de revertir la situación de subordinación nacional sufrida desde que las cañoneras de vapor británicas remontaron el Yangtsé y obligaron a abrir los puertos chinos a las manufacturas británicas y al opio procedente de la India. Desde dicho objetivo común, la gran estrategia china ha variado en función de su política de alianzas, triangulando alternativamente entre Rusia y Estados Unidos, y del modelo económico elegido como medio para superar su subordinación.
El primer enfoque de Mao Zedong fue el intento de mantener una política exterior acorde a la ortodoxia marxista-leninista, caracterizada principalmente por la alianza con la Unión Soviética para industrializar China. Sin embargo, el creciente deterioro de las relaciones chino-soviéticas tuvo un punto de inflexión en 1969, cuando, en medio de la agitación política de la Revolución Cultural, fuerzas soviéticas y chinas se enfrentaron en varios puntos fronterizos, dejando un saldo de casi 1.000 muertos. Como resultado, la URSS comenzó a ser considerada como la principal amenaza existencial para China, que inició una maniobra de equilibrio externo mediante la formación de una alianza con Estados Unidos. A finales de los años setenta, Deng Xiaoping inauguró una nueva etapa con la política de «Reforma y Apertura», introduciendo mecanismos de mercado en la agricultura y la industria. La colaboración con Estados Unidos se amplió entonces del ámbito militar al económico e ideológico3.
Un nuevo punto de inflexión tuvo lugar en 1992. Hasta entonces, la prioridad de la República Popular China había sido garantizar su supervivencia frente a amenazas externas mediante una orientación defensiva. Tras la caída de la URSS y la estabilización interna posterior a Tiananmen, las élites chinas redefinieron su objetivo estratégico: pasar de la mera supervivencia al «rejuvenecimiento nacional», orientado a ampliar la influencia global del país. Tres factores impulsaron este cambio: la consolidación interna tras las protestas de 1989, la desaparición de la URSS como amenaza —y a la vez como advertencia ideológica sobre la fragilidad del poder del Partido-Estado— y la convicción de que China ya contaba con capacidades militares nucleares y regulares suficientes para disuadir una agresión externa4. Con este nuevo escenario, China inició una estrategia para actuar como superpotencia basada en la apertura económica, la cautela diplomática y una modernización militar gradual.
La estrategia de «rejuvenecimiento nacional» ha estado marcada por la tensión entre el deseo de un «ascenso pacífico» y la limitada capacidad militar para proteger intereses en expansión. Deng Xiaoping sintetizó este enfoque en la «estrategia de los 24 caracteres»: «Observar con calma; asegurar nuestra posición; afrontar los asuntos con serenidad; ocultar nuestras capacidades y aguardar el momento oportuno; mantener un perfil bajo; y no reclamar el liderazgo»5. El objetivo era crecer aprovechando el poder demográfico y económico sin despertar temores geopolíticos. Sin embargo, la arquitectura de seguridad de Asia-Pacífico, fuertemente influida por Estados Unidos y con Taiwán como elemento central, generó una persistente ansiedad estratégica en Pekín. Esto quedó claro en la tercera crisis del estrecho de Taiwán en 1994, cuando China inició una escaramuza militar contra Taiwán pero tuvo que retroceder tras la rápida intervención estadounidense. A partir de estas experiencias, los presidentes Jiang Zemin y Hu Jintao reforzaron la idea del «ascenso pacífico» entre 1996 y 2008: priorizaron el comercio y la integración internacional, con el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 como el ejemplo más ilustrativo6.
China se sube a la ola de la globalización
Como se ha mencionado, la «gran estrategia» de un país no solo incluye aspectos militares y políticos, sino que también implica el manejo de todos sus recursos. Combinando ideas socialistas y nacionalistas, los líderes chinos situaron el fortalecimiento industrial de China como premisa necesaria para alcanzar mayor influencia internacional. La gran estrategia china ha estado así marcada por un alto grado de planificación a largo plazo en la que el desarrollo económico ocupa el lugar central.
Para ello, China aprovechó la amplia internacionalización del sector manufacturero, marcada por la externalización de industrias clave de los países occidentales hacia las nuevas naciones independientes a partir de las «reformas neoliberales» de la década de 1970. Las empresas industriales occidentales trasladaron gran parte de sus fábricas a las antiguas colonias, donde enormes masas de población se desplazaban a las ciudades y proporcionaban reservas sin precedentes de mano de obra barata. De esta forma, como se puede apreciar en la figura 1, la fuerza de trabajo manufacturera creció a pasos agigantados en los países en desarrollo y, muy en particular, en China, hasta superar con creces el empleo manufacturero de los países de industrialización temprana, que quedó estancado. Este proceso de globalización de la producción industrial condujo a una alteración sutil pero significativa en la relación económica mundial entre los países centrales y periféricos. En consecuencia, si en las etapas iniciales de la Revolución Industrial la cadena de producción se limitaba en gran medida a una sola fábrica y la mano de obra cercana, a finales del siglo XX las «cadenas de montaje» de los bienes más importantes (e incluso de los servicios) se hicieron verdaderamente globales. Las materias primas, las diferentes etapas de fabricación y la comercialización quedaron organizados en lugares distantes. Este cambio en la cadena de valor internacional trasladó el centro de gravedad de la producción industrial de los países occidentales a las antiguas colonias.
Figura 1. Estimación del empleo dedicado a la manufactura por grupos de países. Fuente: elaboración propia en base a GMED7 y UNIDO8
Es precisamente en este momento cuando se produjo la transición de China a una economía de mercado. Tras su apertura legal al capital internacional en 1978, China se convirtió en el principal receptor de inversión extranjera directa a nivel mundial. Si bien la mayor parte de Asia Oriental desempeñó un papel importante, China pasó a actuar como centro neurálgico de las cadenas de producción internacionales, debido principalmente a dos características distintivas: su enorme escala y su política de planificación económica estratégica. Su gran demografía y la disponibilidad de mano de obra industrial dieron a China un peso gravitatorio para la llegada de las industrias que no podían ocupar otros países en rápido desarrollo de la región.
China concentró, en primer lugar, industrias ligeras como la textil, marcadas por el predominio de la mano de obra sobre el desarrollo tecnológico. Sin embargo, las élites chinas orquestaron estratégicamente el proceso de liberalización para evitar quedar «atrapadas» en la fase inicial de la industrialización9, caracterizada por los sectores de bajo valor añadido. China acogió la entrada sin restricciones de capital internacional y estableció amplias «zonas económicas especiales» adaptadas a sectores en los que su mano de obra masiva y barata confería una ventaja comparativa. Al mismo tiempo, conservaron un conjunto de herramientas de planificación y aprovecharon la capacidad del Estado para salvaguardar y fomentar sectores estratégicos, como la industria pesada o las telecomunicaciones, que podrían haber sido vulnerables si se hubieran sometido inmediatamente a la competencia internacional. Este proceso de industrialización altamente centralizado permitió a China aumentar progresivamente la complejidad de sus exportaciones. A principios del milenio actual, China ya no era el «taller del mundo», sino el centro logístico donde la mayoría de los componentes y bienes, de creciente valor tecnológico, se ensamblaban antes de dirigirse a destinos occidentales. De esta manera, China logró superar a Alemania como principal economía exportadora del mundo en 2009.
Esta serie de éxitos de la estrategia china en el «frente económico» ha tenido varias consecuencias en cuanto al papel del gigante asiático en el sistema internacional. A medida que China fue ganando ventaja comparativa en el comercio internacional, su estrategia cambió drásticamente. Transitó de un énfasis inicial en el proteccionismo económico a convertirse en el principal defensor del libre comercio, pues el bajo precio de sus exportaciones le permitió penetrar la mayoría de los mercados nacionales. Las élites chinas buscaron aprovechar su superioridad comercial y la ayuda financiera, especialmente a los países en desarrollo, como principal baza para reformar el sistema internacional y convertirlo en un mundo multipolar.
No obstante, la integración acelerada en la globalización también generó tensiones internas: desigualdad creciente, ausencia de derechos políticos y conflictos en regiones autónomas. Tras Tiananmen y ante los signos de agotamiento del modelo basado en exportaciones de bajo valor añadido, el liderazgo chino reorientó su estrategia económica en dos direcciones: fortalecer el mercado interno mediante la creación de una amplia clase media consumista, y diversificar sus vínculos externos abriéndose a nuevos mercados en África y Sudamérica, tanto para colocar su capital excedentario — especialmente en infraestructuras— como para asegurar el acceso a recursos naturales esenciales para su población y su industria10.
La «Ruta de la Seda» como transición de China a gran potencia
Tras convertirse en la segunda economía mundial, China interpretó la crisis financiera de 2008 y el desgaste estratégico de Estados Unidos en Oriente Medio como una oportunidad para asumir un papel más central en el sistema internacional. Con la llegada de Xi Jinping en 2012, Pekín abandonó la estrategia de bajo perfil y adoptó una política exterior más asertiva, apoyada en su creciente peso económico y militar.
La «Nueva Ruta de la Seda» es la médula espinal de esta estrategia, que puede conceptualizarse como el proceso de transición de China de país en desarrollo a potencia con proyección global. La iniciativa se presentó inicialmente al mundo como «Una Franja, Una Ruta» en Kazajistán en septiembre de 2013 y dos años más tarde, el Banco de Desarrollo de China y el Banco de Exportación e Importación de China ya habían anunciado una reserva de 890.000 millones de dólares para invertir en casi 1.000 proyectos de infraestructuras, energía y comunicaciones en los 46 países que se adhirieron a la Iniciativa de la Franja y la Ruta desde su inicio11.
La lógica aquí es convertir a China en el núcleo de una enorme red económica que comunique la región de Asia Central, rica en recursos y estratégicamente relevante, con los océanos Pacífico e Índico, cuyas rutas se han convertido ya en el centro de gravedad de la economía mundial. En este sentido, la Ruta de la Seda haría posible, desde el punto de vista logístico, la conexión entre Asia Central —ese Heartland que Mackinder consideraba como el pivote necesario para dominar el continente euroasiático— y el dinamismo económico del Rimland, lo que convertiría a China en un potencial hegemón euroasiático.
El proyecto consta de dos componentes principales: uno terrestre y otro marítimo. El primero consiste en la creación de una serie de corredores económicos compuestos por carreteras, redes ferroviarias, fibra óptica y oleoductos, que discurren principalmente en dos direcciones. Primero al oeste, hacia Asia Central, con especial énfasis en la conexión ferroviaria con Kazajistán. Allí ya se ha construido el mayor puerto seco del mundo, lo que constituye un importante nodo logístico para acceder a los recursos energéticos y minerales de la región, para mejorar el comercio por tierra con Rusia y Europa. En segundo lugar, la «Franja» terrestre también se extiende hacia el sur para llegar hasta el Índico por tierra, a través de las conexiones con Pakistán y Myanmar. El potencial de estos corredores para China reside en la posibilidad de mantener su acceso al océano Índico incluso en caso de bloqueo en algunos de los estrechos de Indonesia, que son esenciales para el comercio marítimo chino. A su vez, ambos países rodean India, país con el que China ha mantenido históricamente una enemistad regional y que puede considerarse el único país con capacidad para disputar a China la hegemonía en el océano Índico a medio plazo. En este sentido, el Corredor Económico China-Pakistán, que conecta Xinjiang con el puerto pakistaní de Gwadar, es uno de los pilares de la Nueva Ruta de la Seda que más inversión ha recibido. Este corredor fortalece la alianza estratégica de ambos países frente al enemigo común de India y permite a China una salida directa por tierra al océano Índico.
Por su parte, la «Ruta» marítima consiste en la inversión en infraestructuras y la adquisición de toda una serie de puertos que llevan desde los grandes puertos de la costa oriental de China hasta los principales puertos europeos en el Mediterráneo y el Atlántico, pasando por el océano Índico y conectándose cada vez más con los países africanos y latinoamericanos. El capital chino se posiciona así en las «autopistas» por las que transcurre el comercio mundial, al tiempo que la vertiente marítima de la Ruta de la Seda es la que habilita, como veremos, la posibilidad de un uso dual, no solo económico sino también militar, de toda la red de infraestructuras situada en puntos estratégicos12.
Para entender el papel de la Ruta de la Seda en el ascenso global de China, pueden identificarse tres dimensiones principales. En primer lugar, este proyecto sitúa a China en el centro de la principal red industrial y comercial del mundo, lo que le permite exportar el excedente de capital que ha ido generando en sectores de menor valor tecnológico, como el siderúrgico, hacia la construcción de grandes infraestructuras en regiones o países menos desarrollados. Como expresó gráficamente el viceministro de Asuntos Exteriores de China: «Los chinos solemos decir que, si quieres hacerte rico, primero debes construir carreteras»13. La Ruta de la Seda refleja la perspectiva del «pensamiento de Xi Jinping», una forma de sincretismo entre una versión particular del socialismo, en la que el «desarrollo de las fuerzas productivas» ocupa un lugar central, y los valores confucianos, que enfatizan la jerarquía y la armonía social para promover la unidad nacional.
En sus inicios, las inversiones chinas priorizaron la construcción de infraestructuras físicas que uniesen Asia Central con la costa, con el objetivo de extender la presencia económica y burocrática del poder central chino en las regiones autónomas de Sinkiang, Tíbet y Mongolia Interior. La política exterior de Pekín quedaba así vinculada al objetivo de desactivar los prolongados conflictos étnicos que tienen lugar en esas regiones empobrecidas.
Con el tiempo, las inversiones chinas han girado crecientemente hacia el Sudeste Asiático, donde gravita la economía mundial. China se ha convertido en el principal socio comercial de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Esto ha generado un importante cambio en la arquitectura de seguridad regional: Estados Unidos continúa siendo el principal proveedor militar de la región, pero China encuentra en su «diplomacia económica» un potente contrapeso ante cualquier amenaza para sus intereses. Asimismo, el poder financiero de China le permite avanzar sus objetivos geopolíticos, con ejemplos tan sonados como la concesión por parte de Sri Lanka de un arrendamiento de 99 años a una empresa china de Hambantota, puerto de máxima importancia estratégica debido a su posición frente a la costa india14.
En segundo lugar, al poderío económico internacional alcanzado por China le ha seguido su consolidación como potencia militar. En la década transcurrida desde el comienzo de la Nueva Ruta de la Seda, China ha desarrollado una capacidad misilística crecientemente pareja a la de Estados Unidos, incluso en los aspectos tecnológicos más avanzados. Las fuerzas terrestres chinas, que ya eran las más numerosas del mundo, han sido notablemente modernizadas. No obstante, su mayor avance se ha producido en el ámbito naval: la construcción de islas artificiales en el mar de China Meridional, el aumento sustancial de su flota —hoy la más numerosa del mundo— y la incorporación de su tercer portaaviones, el Fujian, que este mismo año ha realizado ejercicios al este de Taiwán, muestran su voluntad de proyectar poder más allá de sus costas. La expansión de puertos vinculados a la Ruta de la Seda, cuyo mejor ejemplo es la apertura en Yibuti de la primera instalación militar china en el extranjero, facilitan la proyección del poder marítimo chino a nivel global15.
En tercer lugar, China aspira a consolidar un poder normativo propio. La Ruta de la Seda busca formar una esfera de influencia sinocéntrica en la que la integración económica va de la mano de la promoción de los «valores civilizatorios chinos» como alternativa a la primacía de la cultura occidental16. En este sentido, si en sus comienzos la «Iniciativa de la Franja y la Ruta» hacía hincapié en la conexión con Europa, con las crecientes tensiones y la guerra comercial con Estados Unidos, iniciada en 2018 por Trump, la Ruta de la Seda se ha orientado cada vez más hacia África y América Latina con el objetivo de situarse como potencia líder del llamado «sur global». El Gobierno chino defiende que la diplomacia que acompaña a la Ruta de la Seda promueve el beneficio mutuo (‘Win-Win’) de los países colaboradores mediante el desarrollo económico común. Así, la concesión de préstamos financieros a países en desarrollo en condiciones más favorables que las del FMI o la defensa de la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU para hacerlo más representativo ha permitido a China ampliar su soft power y presentarse como el proveedor de una serie de bienes públicos internacionales que le habilitan como potencia global.
Pero donde seguramente sea más decisivo el creciente poder normativo chino es en el campo de la alta tecnología, eje central de la disputa entre Estados Unidos y China. Con el desarrollo de la tecnología del 5G, China ha sido por primera vez capaz de superar a los países occidentales en el número de patentes desarrolladas17. En este sentido, en los últimos años el Gobierno chino ha dado prioridad a la «Ruta de la Seda Digital», esto es, a las inversiones para desarrollar infraestructuras de telecomunicaciones en países del «sur global», lo que le permitiría desplazar a las empresas occidentales en este sector estratégico clave. Se abre así la posibilidad, especialmente desde la guerra comercial de 2018 y el creciente nacionalismo tecnológico en Estados Unidos, de que los nuevos desarrollos de tecnología punta (IA, semiconductores, computación cuántica) se dividan a nivel mundial en áreas de influencia, rompiendo la interoperabilidad.
Alfred Mahan en Pekín: la estrategia de los «dos océanos» de China
Las flotas mercantes preceden a las armadas a la hora de conformar el poder marítimo: el comercio por mar abarata los intercambios y abre acceso a puertos clave que pueden servir como bases logísticas para proyectar poder militar. Esta fue la máxima propuesta por Alfred Mahan tras su estudio histórico de la creación del Imperio británico. Su intención era abrir las mentes de los estadistas estadounidenses para convertir al país norteamericano en una potencia mundial a finales del siglo XIX18.
Lo interesante es que la estrategia a largo plazo de China también se ha basado en el comercio, y en general en el comercio marítimo, para sostener su crecimiento e influencia. Como mayor exportador mundial, China canaliza la producción de sus principales regiones costeras hacia Europa y América a través de rutas que también utiliza para realizar importaciones críticas de petróleo, alimentos y materias primas, en las que China es fuertemente deficitaria. La enorme población china genera alta dependencia energética y alimentaria, especialmente de recursos que atraviesan estrechos estratégicos entre el Índico y el Pacífico. Por ejemplo, el 75 % del petróleo importado por China en 2014 tuvo que cruzar el estrecho de Malaca19. Todo ello ha dado lugar al conocido como ‘dilema de Malaca’, esto es, el riesgo crítico de que un bloqueo en los estrechos que conectan ambos océanos pueda estrangular la economía china.
Siguiendo la lectura mahaniana de los «puntos de estrangulamiento» marítimos, los estrategas chinos ven su acceso al océano limitado por tres «cadenas de islas» bajo influencia militar estadounidense, que incluyen Japón, Taiwán y Guam (principal base aeronaval de EE. UU. en la región). Estas barreras, unidas a las disputas con Filipinas y Vietnam en el mar de China Meridional, conforman el eje de las preocupaciones de seguridad de China.
Entre todos estos factores, Taiwán resulta decisivo. Su enclave frente a los principales puertos chinos y su importancia en la narrativa nacionalista china provocan que la alianza entre la República de China y Estados Unidos represente una amenaza permanente para China. A la inversa, el eventual control sobre la isla de Formosa permitiría a Pekín romper la arquitectura militar de EE. UU. en la región y disponer de una mayor capacidad para proyectar su poder marítimo. El Gobierno chino considera el separatismo taiwanés la principal amenaza para la seguridad nacional china y, en el Libro Blanco de 2019, por primera vez afirma abiertamente que «no prometemos renunciar al uso de la fuerza y nos reservamos la opción de tomar todas las medidas necesarias» (para evitar la independencia de Taiwán)20.
Esta política abiertamente agresiva va de la mano de la creciente capacidad militar de China para actuar como una gran potencia militar, al menos en términos numéricos y logísticos, a pesar de su falta de experiencia en combate. Aquí es donde el enorme poder económico generado por la Ruta de la Seda se vincula al desarrollo militar. En este sentido, la estrategia de defensa elaborada en 2019 afirmaba que «la Armada Popular de Liberación está acelerando la transición de sus tareas de defensa en los mares cercanos a misiones de protección en los mares lejanos»21. La Armada china se percibe a sí misma como capaz de controlar la costa oeste del Pacífico (mares cercanos) y busca aumentar su capacidad más allá de la primera cadena de islas y hacia el océano Índico (mares lejanos).
En general, la fuerza militar china destaca por la cantidad: desde 2012, la Armada china prácticamente ha duplicado el número de buques en activo hasta convertirse en la más numerosa del mundo. Las fuerzas navales estadounidenses siguen siendo superiores en potencia de fuego y cuentan con un número notablemente superior de portaaviones en activo (11, frente a los 3 de China). No obstante, China tiene una capacidad de producción naval hasta doscientas veces superior a la estadounidense, lo que le está permitiendo modernizar su flota a un ritmo muy superior22.
Figura 2: Evolución de la Armada china por tipo de buque. Fuente: CSIS. Accesible en: https://www.csis.org/analysis/unpacking-chinas-naval-buildup
Esto, junto a la ventaja de concentrar sus fuerzas en sus costas cercanas, hace que numerosos analistas pongan en duda la capacidad de Estados Unidos para imponerse en un conflicto en el Pacífico occidental, especialmente si dicho conflicto evolucionara hacia una guerra industrial que se prolongara en el tiempo23. A ello hay que sumar la populosa presencia de la milicia marítima china, formada por barcos pesqueros que, no obstante, han tomado parte en distintas operaciones en la «zona gris». La argumentación de Mahan en pro de una población que mirase al mar ha encontrado eco en latitudes insospechadas.
Conclusiones
El recorrido histórico de la gran estrategia china muestra una transición profunda: de un país centrado en asegurar su supervivencia y estabilidad interna a una potencia que aspira a moldear el orden internacional. Tras décadas de crecimiento económico, apertura controlada y modernización militar gradual, China ha pasado de ocultar sus capacidades a desplegarlas abiertamente. La Nueva Ruta de la Seda, la expansión de su poder marítimo y el impulso de nuevas normas e instituciones reflejan la ambición de situarse en el centro de una red económica y geopolítica que abarque Asia, África y América Latina.
Este ascenso coincide con la transición inconclusa de un sistema internacional que se desplaza desde la hegemonía unipolar estadounidense hacia una multipolaridad desequilibrada, donde varias grandes potencias interactúan sin un equilibrio claro. Este tipo de escenario es el más proclive a los «errores de cálculo» y al estallido de grandes conflictos. Para China, este escenario ofrece oportunidades —creciente influencia económica y un mayor margen de maniobra— pero también riesgos significativos. Sus propios estrategas reconocen que el país no alcanzará una paridad militar con Estados Unidos antes de 2049, lo que podría convertir un conflicto militar prematuro en un obstáculo para la culminación del «rejuvenecimiento nacional». De ahí que Pekín siga defendiendo formalmente una política de cooperación pacífica y estabilidad regional, incluso mientras afirma con mayor claridad su condición de gran potencia.
Al mismo tiempo, la respuesta estadounidense se ha endurecido. Más allá de cambios de administración, existe un consenso político en Washington que identifica a China como su principal rival sistémico. Esto intensifica la competencia estratégica en ámbitos clave —tecnología, comercio, rutas marítimas y arquitecturas de seguridad— y sitúa a las élites chinas ante decisiones de gran trascendencia. La combinación de las ambiciones globales y las dificultades que enfrenta Pekín para consolidar una clase media consumista a nivel nacional hace que la etapa actual constituya una de las más delicadas para China desde el inicio de su apertura: el equilibrio entre alcanzar la condición de líder económico y el riesgo de una gran conflagración militar marcará, en buena medida, la configuración del orden mundial del siglo XXI.
Guillermo Gómez Moreno
Analista de política internacional
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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La evolución de la gran estrategia de China (0,4 MB)
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The evolution of China’s grand strategy (0,4 MB)
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