IEEE. Geopolítica de la energía: una perspectiva desde Canadá

Decorativa

06 oct 2026

IEEE. Geopolítica de la energía: una perspectiva desde Canadá

Joe Calnan. Vicepresidente de Energía y Operaciones en Calgary, Canadian Global Affairs Institute

Contexto internacional de Canadá como superpotencia energética

Introducción

El desarrollo energético de Canadá ha estado condicionado por la geografía, por la geología y por una relación asimétrica con Estados Unidos. La proximidad al segundo mayor mercado energético del mundo ha orientado los flujos de petróleo y gas canadienses hacia el sur, a pesar de las inquietudes persistentes sobre una dependencia excesiva de un vecino más grande y poderoso. Esta dependencia energética genera una doble vulnerabilidad, tanto en el suministro como en la demanda de energía, con un único socio comercial. Por tanto, la geopolítica energética canadiense se caracteriza por las tensiones entre la atracción económica y la autonomía política, entre las limitaciones en materia de infraestructura y la diversificación de las exportaciones y entre la seguridad económica y la licencia social.

Este artículo intenta responder a una pregunta fundamental: ¿cuál es la posición de Canadá en la geopolítica energética mundial?

La geopolítica puede definirse como el estudio de las relaciones exteriores y de la política internacional a través del prisma de la geografía, la economía y la demografía. En consecuencia, la geopolítica energética puede entenderse como el conjunto de determinantes geográficos y geológicos del comercio energético internacional y de las dependencias energéticas de un país. Estos factores son esenciales para comprender la posición de Canadá en el mundo. No obstante, el análisis de la geopolítica energética canadiense también exige considerar la estructura constitucional del país, los derechos de los pueblos indígenas, la política climática y las alianzas en materia de seguridad. En el centro de esta cuestión se encuentra la integración económica y de seguridad excepcionalmente estrecha entre Canadá y Estados Unidos, así como la forma en que la geografía, la economía y la demografía han sobredeterminado la integración de sus sistemas energéticos.

Para abordar esta cuestión, en primer lugar, este artículo sitúa Canadá dentro del sistema energético global. Revisa la producción y el consumo de energía en Canadá, poniendo en relieve la paradoja de un país que es a la vez uno de los principales exportadores de energía y dependiente de las importaciones. Después, examina las principales relaciones comerciales energéticas de Canadá, subrayando el papel desproporcionado de Estados Unidos tanto en las exportaciones como en la seguridad del suministro. En esta parte también se analiza cómo la geografía y la geología han determinado la concentración regional de los recursos energéticos canadienses y cómo han limitado el desarrollo de infraestructuras energéticas en el eje este-oeste.

A continuación, el artículo se centra en la dotación energética interna y la infraestructura de Canadá. Traza el desarrollo histórico de oleoductos, puertos y redes eléctricas, mostrando cómo estos activos han afianzado la integración económica de Canadá con Estados Unidos. Asimismo, examina los crecientes obstáculos políticos, jurídicos y sociales para la construcción de nuevas infraestructuras energéticas, incluidas la protección de los derechos indígenas, los conflictos jurisdiccionales entre el Gobierno federal y las provincias, y la evolución de las actitudes públicas frente al cambio climático.

Por último, el artículo analiza la posición internacional de Canadá y sus perspectivas de diversificación. Canadá es un país occidental transatlántico, integrado en las instituciones económicas y de seguridad surgidas en la posguerra, pero con una influencia limitada dentro de dichos ámbitos. El artículo explora también posibles vías de diversificación energética: al este, en dirección a Europa; al oeste, hacia el Indopacífico, y al norte, hacia el Ártico. Si bien cada una de estas opciones enfrenta obstáculos significativos, la región del Indopacífico se perfila como la alternativa más viable a medio plazo para la diversificación.

El artículo concluye evaluando la renovada ambición del Gobierno de Carney de posicionar a Canadá como una «superpotencia energética». Analiza si la aceleración de los procesos de concesión de permisos para infraestructuras energéticas puede reforzar de manera realista la autonomía geopolítica de Canadá o si la dependencia estructural de Estados Unidos seguirá definiendo el futuro energético del país.

Contexto de la geopolítica energética de Canadá

La posición de Canadá en la geopolítica energética global puede entenderse como un equilibrio entre cuatro fuerzas:

  1. La atracción económica de Estados Unidos, que atrae la energía canadiense hacia su órbita.
  2. La persistente preocupación por los impactos económicos, sociales y medioambientales de las nuevas infraestructuras energéticas.
  3. Las presiones políticas recurrentes para diversificar los mercados de exportación y reducir la vulnerabilidad.
  4. Las preocupaciones ocasionales sobre la seguridad del suministro energético derivadas de una dependencia excesiva de un único socio energético.

A lo largo de la historia ha predominado el poder de atracción del mercado estadounidense. Los intentos de diversificar el comercio y construir infraestructuras alternativas han fracasado en repetidas ocasiones debido a la geografía, los costes, la oposición política y la complejidad regulatoria. A medida que se han intensificado las preocupaciones sobre el cambio climático y los impactos sociales, la dificultad y el coste de construir grandes infraestructuras energéticas han aumentado aún más, reforzando la dependencia de Canadá de los sistemas existentes en el eje norte-sur.

Sigue siendo una incógnita si el periodo actual de tensiones políticas con Estados Unidos será suficiente para superar esta inercia.

Geografía, recursos y estructura de la dependencia energética de Canadá

Los dirigentes canadienses en ocasiones describen Canadá como una superpotencia energética. Según la mayoría de los indicadores de producción, esta caracterización es acertada: Canadá produce más del doble de la energía que consume, lo que lo sitúa entre los mayores exportadores de energía del mundo. Sin embargo, este excedente nacional oculta importantes desequilibrios regionales. El sistema energético canadiense está profundamente integrado en el mercado estadounidense, de mayor tamaño, y en varias regiones, en particular en el este de Canadá, la seguridad del suministro depende en gran medida de las importaciones.

La geografía de Canadá es, al mismo tiempo, su mayor activo estratégico y su limitación más persistente. Con una superficie terrestre de 8,8 millones de kilómetros cuadrados (el doble que la Unión Europea), Canadá posee una riqueza natural extraordinaria, estimada por Statistics Canada en 1,36 billones de dólares canadienses, de los cuales los recursos energéticos representan aproximadamente 833.000 millones de dólares (Statistics Canada [StatsCan], 2025a). El petróleo, el gas natural, la energía hidroeléctrica y el uranio sustentan la fortaleza económica de Canadá y su relevancia internacional. Sin embargo, la distribución geográfica de estos recursos, combinada con enormes barreras físicas, ha configurado de manera profunda la forma en la que Canadá produce, consume y comercia energía, reforzando la dependencia con Estados Unidos y, al mismo tiempo, complicando la integración interna y la diversificación de las exportaciones.

Los recursos de petróleo y gas de Canadá se concentran en tres regiones: la cuenca sedimentaria del oeste de Canadá (WCSB, por sus siglas en inglés), las zonas submarinas frente a Terranova y Labrador, y el Ártico. De ellas, la WCSB, que se extiende desde el noreste de la Columbia Británica a través de Alberta y Saskatchewan hacia el suroeste de Manitoba, domina la producción. Tras el descubrimiento del pozo Leduc n.º 1 en 1947, durante la década de 1950, se tendieron rápidamente oleoductos hacia el este, el sur y el oeste para conectar el suministro del oeste con los mercados canadienses y estadounidenses. Las arenas bituminosas, conocidas desde hacía décadas pero desarrolladas comercialmente a partir de 1967, experimentaron un crecimiento exponencial entre los años 2000 y 2020. Aunque es impresionante desde un punto de vista tecnológico, la producción submarina del Atlántico sigue siendo modesta en comparación y abastece principalmente a la costa este de Estados Unidos y a los mercados europeos. Los recursos de petróleo y gas del Ártico permanecen en gran medida sin desarrollar, limitados por los elevados costes y la falta de licencia social a nivel local.

El sistema eléctrico canadiense refleja una concentración geográfica similar. La energía hidroeléctrica aporta más del 60 % de la generación eléctrica nacional, lo que convierte a Canadá en el tercer mayor productor hidroeléctrico del mundo (Natural Resources Canada [NRCan], 2024; Energy Institute, 2025). El 90 % de esta capacidad se localiza en Quebec, Columbia Británica, Manitoba y Terranova y Labrador, concentrada a lo largo de un reducido número de los principales sistemas fluviales. Las provincias que carecen de recursos hidroeléctricos comparables, como Ontario, Alberta, Saskatchewan y el resto de las provincias atlánticas, dependen de la generación de energía nuclear y con combustibles fósiles. La energía eólica y la solar desempeñan un papel creciente, aunque todavía secundario, con una adopción dependiente en gran medida de las condiciones meteorológicas locales. En conjunto, estos patrones refuerzan la fragmentación regional más que la integración energética nacional.

La geografía física restringe la infraestructura energética lineal de Canadá. El Escudo Canadiense (Canadian Shield), una inmensa extensión de roca madre expuesta, divide el este del oeste del país a lo largo de la frontera entre Manitoba y Ontario, lo que hace que la construcción de oleoductos y redes a través de esta región resulte excesivamente costosa. Como consecuencia, Canadá carece de un oleoducto directo que conecte la producción del oeste con la demanda del este. En su lugar, el petróleo destinado a Ontario y Quebec fluye a través de Estados Unidos mediante los oleoductos de Enbridge, orientados originalmente hacia el sur en la década de 1950 (Taylor, 2019, p. 165). El comercio de electricidad sigue una lógica similar: Manitoba exporta mucha más electricidad de origen hidroeléctrico a Estados Unidos que a la vecina Ontario, a pesar de la gran demanda interna (Manitoba Public Utilities Board, 2013). Estas realidades estructurales ayudan a explicar por qué Canadá es a la vez el mayor exportador de energía hacia Estados Unidos y uno de los mayores importadores de energía estadounidense, lo que provoca que la seguridad energética del este de Canadá dependa de la cooperación estadounidense.

Las rutas de exportación del oeste enfrentan sus propias barreras geográficas. La cordillera Norteamericana, que incluye las Montañas Rocosas, las cordilleras costeras y las sierras interiores, constituye un obstáculo abrupto para la exportación hacia el oeste desde la WCSB. Superarla requirió hazañas excepcionales de ingeniería, como el oleoducto Trans Mountain y el gasoducto Westcoast, construidos en la década de 1950 (Saywell, 1975, pp. 227-244). Estos proyectos, apoyados por capital y materiales estadounidenses, conectaron la energía del oeste de Canadá con los mercados del Pacífico en Vancouver y con el noroeste de Estados Unidos. En la época actual, estos mismos imperativos geográficos siguen dando forma a los esfuerzos de diversificación: la ampliación del oleoducto Trans Mountain en 2024 y la inauguración de LNG Canada en 2025 representan casos excepcionales en los que la voluntad política y el capital lograron imponerse al terreno, a la complejidad regulatoria y a la oposición social para acceder a la demanda asiática.

En conjunto, la infraestructura energética existente de Canadá refleja décadas de adaptación a restricciones geográficas, políticas y sociales, más que un diseño nacional deliberado. Los oleoductos fluyen de manera abrumadora hacia el sur, en dirección a los mercados estadounidenses, donde la demanda es elevada, cercana y accesible. La integración este-oeste sigue siendo limitada. Las redes eléctricas son independientes; existen mayores redes eléctricas entre provincias canadienses y estados estadounidenses que entre provincias del propio país. Estos patrones sustentan el argumento central de este artículo: la geopolítica energética canadiense no es el resultado de una única decisión estratégica, sino de un ejercicio persistente de equilibrio entre la atracción económica de Estados Unidos, una diversificación limitada y gradual hacia otros destinos, la necesidad de mantener la seguridad energética interna en regiones fragmentadas y una preocupación permanente en cuanto al coste, la viabilidad y las consecuencias sociales y medioambientales de construir una infraestructura energética nacional.

Producción de energía

En 2024, Canadá produjo aproximadamente 5,1 millones de barriles diarios de petróleo crudo y líquidos de gas natural, junto con unos 18.800 millones de pies cúbicos diarios de gas natural comercializable (NRCan 2025a). Expresada en términos energéticos, la producción canadiense de petróleo y gas ascendió a aproximadamente 21,71 exajulios (EJ) de energía primaria. La producción de carbón añadió 1,15 EJ, procedente sobre todo de minas en la Columbia Británica destinadas a los mercados de exportación en Asia. La electricidad primaria no fósil, incluidas la hidroeléctrica, la nuclear, la eólica, la mareomotriz y la solar, generó 1,72 EJ. En total, la producción de energía primaria de Canadá alcanza alrededor de 24,66 EJ (StatsCan, 2025b).

Para contextualizar la magnitud de la industria energética canadiense, la producción total de energía de Canadá es comparable al consumo energético combinado de Alemania, Francia y Reino Unido. Canadá es estructuralmente importante para los mercados energéticos mundiales, aunque esa importancia no siempre se traduzca de manera uniforme en influencia global.

Datos de StatsCan, 2025b
Figura 1. Datos de StatsCan, 2025b; Energy Institute, 2025

Desequilibrios regionales

Las cifras nacionales de producción ocultan profundas divisiones regionales. La producción de energía primaria de Canadá se concentra en las provincias situadas al oeste del Escudo Canadiense, mientras que la población y el consumo están distribuidos de forma más equilibrada. Alberta, por sí sola, representa la mayor parte de la producción canadiense de petróleo y gas, mientras que las dos provincias más pobladas, Ontario y Quebec, no logran producir suficiente energía para cubrir sus necesidades. Como resultado, Canadá es uno de los pocos exportadores netos cuyas regiones más pobladas dependen de importaciones energéticas extranjeras. Esta paradoja es clave para comprender la geopolítica energética canadiense.

Tabla 1. Producción y consumo energético en Canadá por región, PJ
Región Producción de energía primaria Consumo de energía secundaria
Canadá 24.664,4 8.505,4
Este del Escudo Canadiense 1.987,7 4.345,3
Provincias atlánticas (excluida Nuevo Brunswick) 663,0 275,3
Quebec 670,7 1.644,7
Ontario 654,0 2.425,3
Oeste del Escudo Canadiense 22.608,6 3.996,0
Manitoba 199,7 285,4
Saskatchewan 1318,3 568,1
Alberta 16.409,8 2.224,6
Columbia Británica 4.680,8 917,8
Yukón, Territorios del Noroeste y Nunavut 14,8 33,3
Tabla 1. Datos de StatsCan, 2025b; NRCan, 2025b

Consumo energético interno

Canadá presenta una de las tasas de consumo energético per cápita más elevadas del mundo. Con aproximadamente 299 gigajulios por habitante, esta cifra es casi tres veces superior a la media europea (Energy Institute, 2025). El clima y la geografía de Canadá explican parte de esta diferencia. Los inviernos largos y fríos incrementan la demanda de calefacción, mientras que las enormes distancias elevan el consumo energético asociado al transporte. A pesar de estas vulnerabilidades, los precios de la energía de Canadá son considerablemente más bajos que los de Europa. Esta situación incentiva el consumo doméstico y sustenta una amplia base de industrias de elevado consumo energético, en particular la producción de petróleo y gas, la minería y la industria pesada.

Fuente: Datos de NRCan, 2025b
Figura 2. Fuente: Datos de NRCan, 2025b

En 2024, el suministro energético total de Canadá (una medida del consumo de energía primaria) fue de aproximadamente 11,75 EJ (Energy Institute, 2025). Esta cifra está dominada por el consumo de gas natural y petróleo. El consumo de energía secundaria (es decir, la energía utilizada en su forma final útil) es inferior, lo que refleja las pérdidas de eficiencia en la generación eléctrica y la conversión de combustibles. La actividad industrial representó la mayor proporción del uso final de energía, seguida por el transporte, el sector residencial y los servicios comerciales.

Arenas bituminosas, conumo de energía y emisiones

Las arenas bituminosas dominan el perfil energético de Alberta y representan una proporción desproporcionada del consumo canadiense de gas natural y de las emisiones de gases de efecto invernadero. Aproximadamente la mitad de la producción de las arenas bituminosas procede de instalaciones in situ, que dependen de la inyección de vapor para extraer el bitumen de yacimientos subterráneos. Para generar dicho vapor se queman grandes volúmenes de gas natural.

En 2024, las operaciones en las arenas bituminosas consumieron alrededor de 21.000 millones de metros cúbicos de gas natural, una cantidad comparable al consumo nacional total de un país europeo de tamaño medio (AER, 2025; Energy Institute, 2025). Esta elevada intensidad energética se traduce en altas emisiones por barril de petróleo procedente de las arenas bituminosas. El sector del petróleo y el gas es la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero de Canadá y las operaciones en las arenas bituminosas representan una parte sustancial de dicho total.

Existen iniciativas impulsadas por la industria, como la Pathways Alliance, cuyo objetivo es reducir las emisiones mediante proyectos de captura y almacenamiento de carbono a gran escala. La cuestión de quién debe asumir los enormes costes asociados a este tipo de proyectos constituye un asunto central de la política pública.

El consumo energético sigue la distribución de la población con una excepción destacada: Alberta. A pesar de contar con menos de un tercio de la población de Ontario, Alberta consume casi la misma cantidad de energía. El principal factor que explica el consumo inusualmente elevado de la provincia es el sector del petróleo y el gas, y en particular la elevada intensidad energética de la producción en las arenas bituminosas (Alberta Energy Regulator [AER], 2025).

Comercio energético canadiense y vulnerabilidades estratégicas

El papel de Canadá en los sistemas energéticos globales está definido por la concentración de sus relaciones comerciales con un número reducido de socios clave. Canadá se encuentra entre los mayores exportadores mundiales de petróleo y gas natural, aunque su perfil exportador está orientado principalmente hacia Estados Unidos. Al mismo tiempo, Canadá importa volúmenes significativos de energía tanto de Estados Unidos como de otros orígenes, lo que genera un conjunto de vulnerabilidades económicas relacionadas tanto con la seguridad del suministro energético como con la seguridad de la demanda energética.

Exportaciones energéticas

Tabla 2. Los 10 principales socios comerciales de Canadá en materia energética (en miles de dólares canadienses)
  Importaciones energéticas de Canadá en 2024 Exportaciones energéticas de Canadá en 2024
Estados Unidos 29.319.988 $ 171.718.517 $
China 214.073 $ 5.346.803 $
Japón 8.984 $ 4.252.148 $
Países Bajos 1.291.110 $ 2.574.271 $
Corea del Sur 431.557 $ 2.902.555 $
Reino Unido 659.864 $ 1.603.062 $
Nigeria 2.191.238 $ 426 $
Arabia Saudí 2.008.323 $ 287 $
Alemania 85.186 $ 1.323.075 $
India 206.657 $ 761.580 $
Tabla 2 - Datos de StatsCan, 2025c

En 2024, Canadá exportó productos energéticos por un valor superior a 200.000 millones de dólares canadienses (NRCan, 2025a). La energía constituye la mayor categoría individual de exportaciones de bienes de Canadá y estas exportaciones sostienen una parte sustancial de la renta nacional, del empleo y de los ingresos públicos, especialmente en el oeste del país.

Estados Unidos domina claramente este panorama. en 2024, el 88 % del valor de las exportaciones energéticas canadienses tuvo como destino clientes estadounidenses (StatsCan, 2025c). Todas las formas de energía canadiense se exportan en su mayoría hacia el sur. El petróleo crudo representó la mayor proporción, seguido del gas natural, los productos petrolíferos refinados, la electricidad y el carbón. Esta elevada concentración refleja décadas de desarrollo de infraestructuras optimizadas para el comercio en el eje norte-sur, así como la magnitud y la fiabilidad de la demanda estadounidense.

Datos procedentes de StatsCan
Figura 3. Datos procedentes de StatsCan, 2025c

En comparación, las exportaciones canadienses fuera de Estados Unidos son modestas. La región del Indopacífico concentró aproximadamente el 7,6 % del total de las exportaciones energéticas, siendo China, Japón y Corea del Sur los principales destinos. Se espera que los países del Indopacífico reciban una mayor proporción de la energía canadiense en el futuro gracias a la finalización de la ampliación del oleoducto Trans Mountain y al proyecto LNG Canada, que han permitido que una mayor cantidad de recursos de la cuenca sedimentaria del oeste de Canadá llegue a la costa del Pacífico. Europa recibió únicamente una cuota modesta de las exportaciones energéticas canadienses. Al no tener acceso directo a los recursos energéticos del oeste del país, las exportaciones hacia Europa proceden fundamentalmente de la industria petrolera marina del Atlántico canadiense.

Importaciones energéticas

A pesar de su condición de exportador neto de energía, Canadá también importa grandes cantidades de recursos energéticos. en 2024, Canadá importó energía por un valor de 56.100 millones de dólares canadienses de socios comerciales internacionales, principalmente petróleo crudo, productos petrolíferos refinados y gas natural (NRCan, 2025a). Como era de esperar, Estados Unidos vuelve a ser el socio dominante. Más de cuatro quintas partes de las importaciones energéticas de Canadá proceden del sur de la frontera. Estas importaciones son fundamentales para la economía del este de Canadá, ya que abastecen de combustibles y electricidad a Ontario, Quebec y las provincias atlánticas (Statistics Canada, 2025d). El petróleo crudo y los productos petrolíferos refinados procedentes de Europa, Oriente Medio y África occidental complementan el suministro estadounidense para determinadas refinerías y terminales de importación de productos en Quebec y Nuevo Brunswick (Statistics Canada, 2025d)

La dependencia canadiense de las importaciones energéticas está estrechamente ligada a la geografía y a la infraestructura. El este de Canadá carece de una ruta directa de oleoductos que permita acceder al petróleo del oeste del país y, por tanto, depende de importaciones extranjeras y de infraestructuras que atraviesan territorio estadounidense. Otro factor clave es el económico. Aunque el este de Canadá dispone de un gasoducto para recibir gas natural procedente del oeste del país, la expansión de la fracturación hidráulica en la formación Marcellus en Estados Unidos, justo al sur de Ontario, ha provocado un aumento masivo de la producción regional de gas natural y una caída de los precios. Como resultado, una parte significativa de los suministros tradicionales del este de Canadá, anteriormente procedentes del oeste del país, ha sido desplazada por importaciones desde Estados Unidos (Canadian Association of Petroleum Producers [CAPP], 2025).

Vulnerabilidades estratégicas

El perfil del comercio energético canadiense genera una doble vulnerabilidad. Por el lado del suministro, el este de Canadá depende en gran medida de la energía importada. Aunque el petróleo y el gas del oeste de Canadá aportan una parte considerable del suministro energético del este del país, una proporción significativa de estos flujos (en particular en el caso del petróleo) se transporta a través de sistemas de oleoductos regulados por Estados Unidos en el Medio Oeste estadounidense. Por el lado de la demanda, el oeste de Canadá depende del acceso continuado al mercado estadounidense para absorber la mayor parte de sus exportaciones energéticas. Estas vulnerabilidades diferenciadas pueden dar lugar a una política canadiense fragmentada en sus relaciones energéticas con Estados Unidos, cuestión que se analizará más adelante en este artículo.

Mapa cortesía del Canada Energy Regulator
Figura 4. Fuente: Mapa cortesía del Canada Energy Regulator [CER], 2025

Una interrupción grave de las relaciones entre Canadá y Estados Unidos no solo podría poner en riesgo los ingresos por exportaciones, sino también socavar la seguridad del suministro energético en las regiones más pobladas de Canadá. Aunque este escenario sigue siendo poco probable, sus consecuencias serían severas. Estas vulnerabilidades no se resuelven con facilidad. La geografía, los costes hundidos de las infraestructuras, las barreras regulatorias y la oposición política limitan la capacidad de Canadá para reorientar rápidamente sus flujos comerciales. En consecuencia, los esfuerzos de diversificación tienden a ser incrementales más que transformadores.

El debate del gasoducto, 1956

Varios Gobiernos canadienses han invertido un capital político y financiero considerable en intentos de cerrar la brecha de la infraestructura energética entre el este y el oeste del país. El ejemplo más destacado es el «debate del gasoducto» de 1956, en torno a la construcción del gasoducto TransCanada, promovido por C. D. Howe. Charles Decateur Howe fue un influyente ministro de los Gobiernos del Partido Liberal de Canadá encabezados por William Lyon Mackenzie King y Louis St. Laurent, de cuyos gabinetes formó parte entre 1935 y 1957. Conocido durante la Segunda Guerra Mundial como el «ministro de todo», suele ser descrito como el padre de la industrialización canadiense.

El proyecto estaba concebido para transportar hacia el este el abundante gas natural de Alberta a través de una ruta íntegramente canadiense al norte de los Grandes Lagos. En teoría, mantener la infraestructura dentro del territorio canadiense limitaría el alcance de una posible interferencia estadounidense en la futura explotación del gasoducto, reforzando así la soberanía energética de Canadá. La principal complicación radicaba en que las empresas que integraban el consorcio TransCanada eran mayoritariamente de propiedad estadounidense, debido a las limitaciones financieras y tecnológicas de las empresas canadienses (Saywell, 1975, p. 254).

Restringir el trazado del gasoducto a una ruta exclusivamente canadiense resultó comercialmente inviable, lo que obligó tanto al Gobierno federal como al Gobierno de Ontario a intervenir financieramente. El Gobierno federal asumió la responsabilidad del tramo más complejo del proyecto a través de una empresa estatal creada específicamente para ese fin (Saywell, 1975, p. 251). Como consecuencia, los enormes costes de atravesar los terrenos pantanosos del este de Manitoba y de perforar el Escudo Canadiense en el oeste de Ontario recayeron directamente sobre el tesoro federal.

El apoyo federal incluyó, asimismo, un préstamo de 72 millones de dólares a TransCanada, que el Gobierno aprobó en la Cámara de los Comunes el 7 de junio de 1956, antes de la fecha límite para el inicio de las obras. El uso agresivo de los procedimientos parlamentarios, combinado con la indignación pública ante lo que fue percibido en gran medida como la «cesión» de una infraestructura nacional crítica a la propiedad estadounidense, provocó una grave crisis política. El resurgimiento del nacionalismo económico desencadenado por el debate del gasoducto contribuyó finalmente a la derrota del Gobierno liberal y a la caída política de C. D. Howe en 1957 (Ibbitson, 2023, p. 162).

A pesar de haber hecho campaña contra el proyecto, el nuevo Gobierno progresista-conservador de John Diefenbaker optó por no detener la construcción del gasoducto. Diefenbaker reconoció la importancia del proyecto para el desarrollo económico de las praderas canadienses (Ibbitson, 2023, pp. 164-166). No obstante, el cambio de Gobierno marcó el inicio de un nuevo periodo de inquietud en Canadá respecto de la influencia estadounidense sobre el sector energético y la economía en general. Esta preocupación quedó recogida formalmente más tarde, en 1957, por una Royal Commision que examinó las perspectivas de crecimiento económico de Canadá, la cual concluyó que «detrás de esta [ansiedad] se encuentra el temor de que una integración continuada pueda conducir a la dominación económica por parte de Estados Unidos y, en última instancia, a la pérdida de nuestra independencia política» (Gobierno de Canadá, 1957, p. 390).

Restricciones políticas, jurídicas y sociales de la infraestructura energética

Si bien la geografía y la geología establecen los límites físicos del sistema energético canadiense, el derecho y las políticas públicas definen los límites de lo que resulta social y políticamente aceptable en Canadá. Durante las dos últimas décadas, la construcción de grandes infraestructuras energéticas en el país se ha vuelto cada vez más difícil, costosa e incierta. Esto no obedece a una única limitación, sino a la interacción de tres puntos de veto distintos: los derechos de los pueblos indígenas, la política climática y la gobernanza federal-provincial. La construcción de nueva infraestructura energética exige que los promotores de los proyectos sepan navegar estos puntos de veto. La gestión de este entorno complejo suele describirse como la obtención de una «licencia social» para avanzar con un proyecto. La creciente dificultad para obtener dicha licencia social ha dificultado de manera decisiva la construcción de nuevas infraestructuras energéticas.

Derechos de los pueblos indígenas

La consagración constitucional y la expansión jurisprudencial de los derechos de los pueblos indígenas han transformado la economía política del desarrollo de infraestructuras. Las decisiones judiciales de las últimas décadas han establecido una sólida obligación de consultar y, en algunos casos, de adaptarse a las comunidades indígenas cuyos derechos puedan verse afectados por proyectos propuestos (Bankes, 2020). En la práctica, esto ha convertido a las comunidades indígenas en actores decisivos de la geopolítica energética. Los proyectos de infraestructura que logran un apoyo duradero de estas comunidades pueden avanzar, aunque a un ritmo lento. El resultado no es una oposición uniforme al desarrollo energético, sino un aumento significativo de la incertidumbre y de los costes de negociación.

Esta nueva realidad puede interpretarse como una corrección de errores pasados. A lo largo de la historia, la expansión de la infraestructura energética canadiense se solía llevar a cabo a expensas de las tierras tradicionales y los medios de subsistencia de los pueblos indígenas. Por ejemplo, la construcción de la presa W. A. C. Bennet en la década de 1960 inundó una vasta extensión de tierras utilizadas por el pueblo Tse’kehne en el noreste de la Columbia Británica (Sims, 2017). El equilibrio entre la preservación del uso tradicional de las tierras y la construcción de nuevas infraestructuras para el desarrollo económico y la seguridad seguirá siendo un desafío que Canadá deberá gestionar durante muchos años.

Clima y oposición pública

La limitación de las emisiones responsables del cambio climático se ha convertido en un principio central de la política energética canadiense desde el regreso al poder del Partido Liberal de Canadá en 2015. Los compromisos climáticos federales y provinciales, incluidos los límites de emisiones, la fijación de precios al carbono y las normas reguladoras, influyen directamente en la viabilidad de nuevas infraestructuras. Estas políticas interactúan con actitudes públicas que, en algunas regiones, son abiertamente hostiles a la expansión de los combustibles fósiles. Incluso cuando los proyectos cumplen con los requisitos regulatorios formales, pueden fracasar políticamente si se perciben como incompatibles con los objetivos climáticos de Canadá (Calnan, 2024). Esta dinámica incrementa el riesgo de los proyectos y alarga los plazos, intensificando la cautela de los inversores.

En los últimos años, las actitudes públicas respecto al equilibrio entre medioambiente y economía han comenzado a cambiar. en 2015, el 67 % de los canadienses encuestados priorizaba el medioambiente frente a un 24 % que priorizaba el crecimiento económico. en 2025, esta relación se ha invertido: el 57 % prioriza la economía frente a un 35 % que prioriza el medioambiente (Nanos Research, 2025).

Federalismo y complejidad regulatoria

La estructura federal de Canadá añade otra capa de complejidad. El desarrollo energético se sitúa en la intersección de las competencias federales y provinciales, lo que genera procesos regulatorios superpuestos y frecuentes disputas políticas. Las provincias controlan el desarrollo de los recursos, la fiscalidad asociada y la infraestructura interprovincial, mientras que el Gobierno federal regula la energía en tierras federales, la energía nuclear y la infraestructura interprovincial e internacional (Biblioteca del Parlamento, 2019). La regulación ambiental es una competencia compartida y a menudo controvertida.

Esta división de competencias suele generar parálisis y politización. Los grandes proyectos se convierten en símbolos de identidad nacional, agravios regionales y conflictos partidistas. Como resultado, los debates sobre infraestructura trascienden cada vez más lo económico para adentrarse en cuestiones de legitimidad, división constitucional de poderes y propósito nacional.

La posición internacional de Canadá

Canadá está firmemente integrado en el grupo de naciones occidentales. Cuenta con una larga tradición de gobernanza democrática, una economía orientada al mercado y una profunda participación en las instituciones multilaterales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Canadá es miembro fundador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), del Grupo de los Siete (G7), de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y de la alianza de inteligencia Cinco Ojos (Five Eyes). Como nación ártica, también es miembro del Consejo Ártico, establecido en Ottawa en 1996. Asimismo, Canadá pertenece a la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth of Nations), lo que refuerza sus vínculos institucionales y culturales con el Reino Unido y otras antiguas colonias británicas. Canadá también se presenta como una nación indopacífica: es miembro fundador del foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y un socio comercial creciente de las economías de la región.

Las relaciones de seguridad fundamentales de Canadá son norteamericanas y transatlánticas. La pertenencia a la OTAN compromete a Canadá con la defensa colectiva en virtud del artículo 5, anclando su política de seguridad en la alianza occidental. Canadá mantiene una presencia militar avanzada en Europa central y oriental a través de la operación REASSURANCE, con aproximadamente dos mil efectivos desplegados como parte de la Brigada Multinacional de la OTAN en Letonia (Fuerzas Armadas Canadienses, 2025). Asimismo, Canadá alberga en Montreal el Centro de Excelencia de la OTAN sobre Cambio Climático y Seguridad. La pertenencia de Canadá a la comunidad de inteligencia Cinco Ojos integra estrechamente a sus agencias, como el Communications Security Establishment, el Intelligence Assessment Secretarial del Privy Council Office y el Chief of Defence Intelligence, con sus homólogas de Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Canadá y Estados Unidos también están vinculados a través del Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD, por sus siglas en inglés), un sistema integrado de alerta y control aeroespacial responsable de la defensa del continente.

El compromiso económico y diplomático refuerza aún más la alineación occidental de Canadá. Canadá suele definir su papel internacional a través de su identidad como «país del G7». Es importante señalar que la inclusión de Canadá en el G7 se vio reforzada por sus vastas reservas energéticas. La creación del G7 fue consecuencia directa de la crisis energética de la década de 1970 y la incorporación de uno de los pocos grandes exportadores energéticos del bloque occidental resultó coherente con los objetivos del grupo (Gordon, 2023). La ayuda internacional canadiense también respalda las instituciones multilaterales occidentales. La asistencia al desarrollo se canaliza a través del sistema de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Grupo Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (Asuntos Globales de Canadá, 2025).

Desde el giro del Partido Conservador hacia el libre comercio bajo el primer ministro Brian Mulroney en la década de 1980, la política económica canadiense ha abrazado de manera sistemática los acuerdos de libre comercio. Hoy en día, Canadá participa en una amplia red de acuerdos comerciales, entre ellos el Acuerdo Económico y Comercial Global con la Unión Europea, el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico con las economías de la región del Indopacífico y, de manera más significativa, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y su sucesor, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. El comercio y la inversión en energía de Canadá han crecido de forma sostenida al amparo de estos marcos jurídicos, sujetos a la evolución de los precios de las materias primas.

La herencia cultural influye en la política exterior canadiense y, de manera indirecta, en su diplomacia energética. Los vínculos institucionales, jurídicos y lingüísticos con Europa constituyen la base de la alineación con las normas occidentales. Las comunidades de la diáspora y los lazos históricos han influido en los asuntos de seguridad que afectan a las cadenas de suministro energético. La participación de Canadá en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, estuvo vinculada a su identificación con Gran Bretaña como la «madre patria». Más recientemente, se considera que la amplia diáspora ucraniana en Canadá influyó en la firme respuesta de Ottawa a la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 (Ibbitson, 2014). Al mismo tiempo, la cultura popular canadiense está fuertemente influida por Estados Unidos. El ecosistema de entretenimiento de Canadá, incluidas la televisión, el cine, la música y las redes sociales, está dominado por empresas y plataformas estadounidenses, lo que refuerza la superposición cultural junto con la integración económica. Los vínculos de Canadá con los países occidentales influyen indirectamente en su geopolítica y diplomacia energéticas. En la medida en que los canadienses aspiran a aumentar las exportaciones de energía, sus socios preferidos son los países europeos (Nanos Research, 2025). Esta preferencia se ha vuelto más urgente tras la invasión rusa de Ucrania y la posterior crisis energética en Europa.

Décadas de una política exterior relativamente benigna han contribuido a la reputación de Canadá como un actor internacional constructivo y positivo (Bricker, 2024). Sobre esta base, los Gobiernos canadienses recientes han impulsado una política exterior orientada a valores. Durante el Gobierno del primer ministro Justin Trudeau, este enfoque alcanzó su punto álgido con la denominada «política exterior feminista» de Canadá, que enfatizaba el empoderamiento de las mujeres y la igualdad de género. La política climática constituyó otro pilar central de la diplomacia canadiense durante este periodo, lo que generó una tensión inherente entre los valores proclamados por Canadá y la realidad económica de ser uno de los principales exportadores de petróleo y gas.

Este enfoque basado en valores se apoyaba en un entorno estratégico en el que la seguridad, el comercio y la posición diplomática de Canadá estaban sustentados por relaciones positivas con una potencia hegemónica estadounidense. Por ejemplo, la pertenencia de Canadá al G7 es resultado directo de la intervención de Estados Unidos. en 1976, el presidente estadounidense Gerald R. Ford insistió en que Canadá fuera incluido en la segunda cumbre celebrada en Puerto Rico, anulando las objeciones francesas (Gordon, 2023). Asimismo, la integración de Canadá en el aparato de seguridad estadounidense a través de la alianza de intercambio de inteligencia Cinco Ojos y del NORAD resulta inconcebible sin una relación excepcionalmente estrecha entre ambos países.

Sin embargo, en los últimos años Canadá ha tenido dificultades para cumplir compromisos militares y de seguridad clave. En 2023, fue el único miembro de la OTAN que no alcanzó tanto el objetivo de destinar el 2 % del PIB al gasto en defensa como el umbral de asignar el 20 % de dicho gasto a equipamiento e investigación y desarrollo (Maddison, Fraser y Cowan, 2024). Canadá tampoco cumplió sus compromisos en materia de mantenimiento de la paz: pese a que en 2016 se comprometió a desplegar hasta seiscientos efectivos en misiones de las Naciones Unidas, en octubre de 2025 solo veintisiete efectivos y agentes de policía canadienses participaban en operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU (Fuerza de las Naciones Unidas para el Mantenimiento de la Paz, 2025). en 2023, un reportaje del Washington Post basado en un documento filtrado del Pentágono reveló la frustración existente dentro de la Administración Biden respecto al nivel de preparación militar de Canadá, incluida la acusación de que el primer ministro Trudeau había indicado en privado que Canadá nunca alcanzaría el objetivo de gasto de la OTAN (Coletta, 2023). La exclusión de Canadá del acuerdo AUKUS sobre submarinos y tecnologías avanzadas entre Estados Unidos, Australia y Reino Unido reforzó aún más estas preocupaciones. Aunque Canadá no tiene una necesidad inmediata de submarinos de propulsión nuclear, la restricción del intercambio tecnológico a un subconjunto más reducido de socios de Cinco Ojos ha suscitado interrogantes sobre el riesgo de marginación dentro de las instituciones de seguridad occidentales predilectas de Canadá (Carvin y Juneau, 2023).

Canadá sigue siendo miembro y firme defensor de las principales instituciones occidentales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante, pese a esta identificación con Occidente, la infraestructura energética existente en Canadá lo limita a la hora de influir en los resultados económicos de los países europeos. En cambio, la geopolítica energética canadiense probablemente lo acerque aún más a Estados Unidos y a la región del Indopacífico.

La atracción inexorable de la integración energética entre Canadá y Estados Unidos

El sector energético canadiense, al igual que gran parte de su economía, está profundamente entrelazado con el de Estados Unidos. Como se ha señalado anteriormente, Estados Unidos es el principal socio de Canadá tanto en exportaciones como en importaciones de energía. A lo largo del tiempo, esta relación ha atravesado periodos de estrecha cooperación, desconfianza y episodios periódicos de proteccionismo a ambos lados de la frontera. Estas oscilaciones han influido de manera decisiva en el desarrollo de la industria y la infraestructura energéticas de Canadá. Durante décadas, Canadá ha sopesado repetidas veces sus temores persistentes a una dominación política estadounidense frente a la prosperidad que permite el acceso a un mercado mucho mayor. La retórica del presidente estadounidense Donald Trump intensificó estas tensiones y reavivó el interés político por diversificar las exportaciones energéticas canadienses más allá de Estados Unidos.

El oeste de Canadá ha sido exportador de energía hacia Estados Unidos desde la finalización del oleoducto Interprovincial Pipeline. en 1955, las exportaciones canadienses de «petróleo, crudo y parcialmente refinado» alcanzaban un valor nominal de 36,3 millones de dólares (Dominion Bureau of Statistics, 1956). En la actualidad, las exportaciones energéticas del oeste de Canadá a Estados Unidos generan bastante más de cien mil millones de dólares anuales (NRCan, 2025a). El este de Canadá, por el contrario, sigue dependiendo de suministros de petróleo y gas natural producidos o controlados por Estados Unidos. El crudo y los productos refinados del oeste de Canadá se suministran a Ontario y Quebec a través de oleoductos que atraviesan el estado de Míchigan. Estos suministros se complementan con importaciones de crudo y productos refinados estadounidenses. Tras la revolución del gas de esquisto, el este de Canadá también ha pasado a importar la mayor parte de su gas natural desde Estados Unidos. Como resultado, los sectores energéticos de Canadá y Estados Unidos son hoy codependientes en términos generales (Johnston y Calnan, 2024).

En los inicios de la industria del petróleo y el gas, ambos sistemas energéticos se mantenían separados. Tras la Confederación en 1867, la producción de petróleo y gas en el suroeste de Ontario se protegió de la competencia estadounidense mediante aranceles y barreras no arancelarias, y posteriormente a través de los aranceles de la «Política Nacional» introducidos por el segundo Gobierno de Macdonald en 1878 (Taylor, 2019, p. 46). A medida que la producción mundial de petróleo se expandía y la competencia se intensificaba, los productores y refinadores canadienses dependieron cada vez más de estas restricciones comerciales para proteger sus mercados internos.

Esa protección resultó ser ilusoria. Bajo el Gobierno liberal de Wilfrid Laurier, se desmantelaron los aranceles y la mayor empresa petrolera de Canadá, Imperial Oil, fue adquirida por el gigante estadounidense Standard Oil. Este desenlace era inevitable. El petróleo del suroeste de Ontario tenía un alto contenido de azufre y Standard Oil controlaba las patentes del proceso de desulfuración Frasch (Taylor, 2019, p. 45). Al mismo tiempo, los recursos petroleros de Ontario eran limitados y la producción comenzó a descender de forma pronunciada tras 1900. Canadá seguiría dependiendo de los suministros estadounidenses de petróleo y gas hasta el descubrimiento de petróleo en Leduc (Alberta) en 1947 y el auge de los oleoductos en la década de 1950, desarrollos que, a su vez, estuvieron impulsados por capital y conocimientos técnicos estadounidenses (Kureth, 1985). en 1959, el presidente estadounidense Dwight Eisenhower concedió al petróleo canadiense un trato favorable dentro de las cuotas de importación estadounidenses, lo que incentivó aún más las exportaciones canadienses hacia Estados Unidos (Eisenhower, 1959).

Estados Unidos tenía motivaciones estratégicas muy fuertes para asegurar el suministro de petróleo canadiense en la segunda mitad del siglo XX. en 1956, el geólogo de Shell M. King Hubbert (1956) predijo que la producción de crudo estadounidense alcanzaría pronto su máximo y comenzaría a descender. A comienzos de la década de 1970, esta previsión se había materializado, con la entrada de la producción estadounidense en un prolongado declive. En paralelo, las grandes compañías petroleras internacionales, incluidas las estadounidenses, estaban perdiendo el control de las reservas de Oriente Medio, mientras los productores de la OPEP, recién empoderados, actuaban para elevar los precios del crudo. En este contexto, las primeras inversiones en las arenas bituminosas canadienses comenzaron a parecer cada vez más atractivas, al prometer décadas de suministro procedente de un vecino políticamente estable y fiable.

A partir de 1988, las exportaciones de crudo canadiense a Estados Unidos se expandieron rápidamente, impulsadas por el crecimiento de las arenas bituminosas y por una relación bilateral estable. Entre 1990 y 2010, las refinerías del Medio Oeste estadounidense invirtieron miles de millones de dólares para procesar mayores volúmenes de crudo pesado y con alto contenido de azufre procedente de las arenas bituminosas (Oil Sands Magazine, 2020). El creciente volumen de petróleo de Canadá también transformó la infraestructura energética estadounidense, incluida la inversión del oleoducto Capline Pipeline para trasladar el crudo de Canadá desde el Medio Oeste hasta la costa del golfo de Estados Unidos.

Se demostró que el consenso en la era posterior a la Guerra Fría para el libre comercio era más frágil de lo esperado. Antes de la elección de Donald Trump en 2016, la oposición política a la globalización fue cobrando fuerza en Estados Unidos. La oposición estadounidense al acuerdo de asociación transpacífico se volvió tan intensa que incluso Hillary Clinton rechazó el acuerdo durante su campaña presidencial. El regreso de Trump al despacho oval en 2025 ha expandido esta oposición a la cooperación extranjera al cuestionar abiertamente los acuerdos económicos y de seguridad a largo plazo con Canadá. El objetivo de los aranceles de Estados Unidos son los productos manufacturados de Canadá, incluidos los automóviles, el acero y el aluminio, mientras que Trump declaró a principios de 2025 que Estados Unidos emplearía la «fuerza económica» para absorber a Canadá como su «estado número 51».

Hasta la fecha, los aranceles estadounidenses han tenido un impacto directo limitado sobre el sector energético de Canadá, aunque la política de Estados Unidos podría tener un mayor efecto en los años venideros. Las exportaciones de petróleo y gas canadienses se escudan en las exenciones del T-MEC (USMCA exemptions), dejando más expuestos a los centros de producción de Ontario y Quebec (Tombe, 2025). No obstante, el sector energético juega un papel fundamental en la respuesta estratégica de Canadá. Al inicio de esta última disputa comercial se propuso utilizar las exportaciones de energía como arma, pero Canadá se abstuvo de tomar tales medidas. La intervención de Estados Unidos en Venezuela a principios de 2026 ha planteado otro riesgo para Canadá. Si Estados Unidos logra desviar el crudo pesado de Venezuela a las refinerías estadounidenses de la costa del golfo, podría apartar el crudo de Canadá del mercado de las exportaciones.

A largo plazo, las presiones generadas por la Administración Trump han reforzado el argumento político a favor de la inversión en infraestructura con el fin de diversificar los socios comerciales de Canadá en el sector energético. Sin embargo, las importantes barreras políticas y de infraestructura frenan los esfuerzos de Canadá por diversificar sus exportaciones energéticas.

El Programa Nacional de Energía

Canadá ha experimentado varias oleadas de nacionalismo económico en respuesta a la influencia estadounidense sobre su sector energético. El debate sobre los oleoductos de comienzos de la década de 1950 mencionado con anterioridad fue uno de esos episodios. Otro fue el Programa Nacional de Energía, introducido por el Gobierno liberal de Pierre Trudeau y aplicado entre 1980 y 1985 en respuesta a las crisis petroleras de la década de 1970. Entre otros objetivos, buscaba redirigir petróleo canadiense occidental, vendido con descuento, hacia las refinerías del este del país y reducir la proporción de la producción petrolera canadiense controlada por empresas estadounidenses (Noakes, 2006). En 1973, el 80 % de los ingresos petroleros de Canadá eran recaudados por empresas de propiedad extranjera, principalmente las grandes compañías estadounidenses (Globerman y Shapiro, 1998).

A diferencia de los aranceles de la política nacional anterior, el Programa Nacional de Energía provocó una oposición feroz por parte de la industria energética del oeste de Canadá. En la región, sigue siendo ampliamente percibido como un intento de redistribuir los recursos occidentales en beneficio del Gobierno federal y de reducir los precios de la energía para los consumidores de petróleo del este de Canadá (Nemeth, 1997). Para entonces, el oeste de Canadá ya estaba firmemente consolidado como un exportador competitivo hacia Estados Unidos y veía poco valor en quedar limitado al mercado interno. Tras la salida de Pierre Trudeau del poder en 1984, los Gobiernos canadiense y estadounidense se alinearon ideológicamente en favor del libre comercio. Este periodo de acercamiento dio lugar al Acuerdo de Libre Comercio entre Canadá y Estados Unidos en 1988, seguido por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, que restringieron de forma significativa la interferencia política en el comercio y la inversión transfronterizos.

Diversificación energética de Canadá y Europa: acuerdo de principio

Las relaciones energéticas entre Canadá y Europa se caracterizan por un acuerdo de principio, pero con medidas escasas en la práctica. en 2024, Canadá exportó 6,6 millones de toneladas de crudo y productos petrolíferos refinados a Europa, principalmente a Países Bajos, Reino Unido y Alemania. Estas exportaciones proceden exclusivamente de la industria del petróleo en alta mar de Canadá, con envíos regulares de crudo desde Terranova y Labrador a Europa (StatsCan, 2025d). Aunque el sector offshore de Canadá supone un importante logro técnico, su alcance sigue siendo limitado. Terranova y Labrador representan aproximadamente un 2,3 % de la producción total de petróleo y gas de Canadá en términos energéticos (Statistics Canada, 2025b).

Los canadienses muestran interés por Europa como destino para diversificar el comercio energético. Cuando se les preguntó sobre los destinos de exportación que Canadá debería priorizar, la mayoría de los encuestados se inclinaron por Europa (Nanos Research, 2025) y respaldando su opinión, algunos de los principales legisladores europeos han expresado su interés en importar energía canadiense. No obstante, la construcción de esta infraestructura plantea enormes desafíos económicos, políticos y medioambientales, y sigue siendo un objetivo lejano.

Un aumento considerable de la contribución de Canadá al sector energético europeo supondría la necesidad de una infraestructura capaz de transportar los enormes recursos de petróleo y gas del oeste de Canadá a la costa atlántica. Tradicionalmente, los Gobiernos y empresas europeas han mostrado un menor interés en la energía canadiense que sus homólogos estadounidenses. Royal Dutch Shell, por ejemplo, no abrió una filial en Canadá hasta 1911, décadas después de que Standard Oil entrara en el mercado canadiense. Como antigua colonia británica, los recursos energéticos de Canadá atraían de vez en cuando la atención de los políticos británicos: en 1929, el parlamentario de la oposición Winston Churchill visitó los yacimientos de gas natural de Turner Valley (Finch, 2017). Aun así, durante gran parte de la historia de Canadá, el interés británico y europeo en la energía canadiense se centró más en desarrollar la autosuficiencia económica del país que en establecer vínculos duraderos de seguridad energética transatlántica.

El desarrollo de la producción de petróleo en alta mar en la cuenca Jeanne d’Arc, frente a las costas de Terranova y Labrador, supuso una mejora cualitativa en la relación energética entre Canadá y Europa, pero estas exportaciones se desarrollaron lentamente. Aunque la producción en la plataforma Hibernia comenzó en 1997, la exportación regular de crudo de Canadá a Reino Unido no empezó hasta noviembre de 2012. Los cargamentos a otros países europeos comenzaron en diciembre de 2013 (StatsCan, 2025d). Incluso entonces, las refinerías de la costa este de Estados Unidos seguían siendo clientes muy competitivos. Es posible que sea consecuencia de los planes de negocio de las empresas que invirtieron en los proyectos. Las principales plataformas petrolíferas marinas de Canadá, como Hibernia, han estado bajo el mando de empresas estadounidenses, entre ellas Exxon, Chevron, y Murphy Oil, mientras que las empresas europeas, como Equinor, han desempeñado un papel secundario.

En principio, una mayor cooperación energética entre Canadá y Europa beneficia a ambas partes. La crisis energética en Europa tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha socavado gravemente la seguridad económica de todo el continente. Diversos responsables políticos europeos de diferentes corrientes ideológicas —entre ellos la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola; el excanciller de Alemania, Olaf Scholz, y el presidente de Polonia, Andrzej Duda— han apoyado públicamente el aumento de las importaciones de energía canadiense. Canadá y sus socios europeos han puesto en marcha múltiples iniciativas, como el diálogo de alto nivel en materia de energía entre la UE y Canadá, la asociación energética entre Canadá y Alemania, el diálogo bilateral en materia de energía entre Canadá e Italia y diversos otros marcos bilaterales y multilaterales.

Hasta la fecha, estas iniciativas han dado resultados tangibles limitados para la seguridad energética europea y la diversificación de las exportaciones canadienses. La red de oleoductos existente en Canadá está optimizada para las exportaciones a Estados Unidos y para el suministro nacional en el este de Canadá. El desvío de la energía del oeste de Canadá a los puertos del Atlántico requería importantes inversiones en nuevas infraestructuras. Para estos proyectos también sería necesaria la cooperación de Quebec, que en anteriores ocasiones bloqueó iniciativas de exportación energética como el proyecto Énergie Saguenay de GNL (Calnan, 2024). Sin el apoyo regional, la idea de una infraestructura de exportación a gran escala sigue siendo poco probable. La posibilidad de que disminuya la demanda europea de gas natural debilita aún más la visibilidad comercial de nuevos gasoductos y plantas de regasificación. Propuestas como la exportación de GNL desde la bahía de Hudson han llamado la atención, pero se enfrentan a grandes barreras técnicas y políticas.

El hidrógeno es una posible excepción, aunque incierta. en 2022, Canadá y Alemania firmaron un «Acuerdo de mejora de la seguridad energética de Alemania con hidrógeno limpio canadiense». Aunque al principio el canciller Scholz buscaba el GNL de Canadá, la declaración resultante hizo hincapié en las esperanzas de Canadá de participar en la incipiente economía del hidrógeno en Europa. Sigue habiendo una gran incertidumbre sobre la viabilidad y el calendario de exportaciones de hidrógeno canadiense a Europa. En Europa, el insuficiente apoyo político ha ralentizado el desarrollo de un mercado de hidrógeno con bajas emisiones de carbono, mientras que los analistas se preguntan si el transporte de hidrógeno será alguna vez económicamente viable, dadas las pérdidas de energía que conlleva (Liebreich, 2022).

Diversificación energética en la región del Indopacífico: resultados tangibles y escollos políticos

El creciente papel de Canadá en la seguridad energética de la región del Indopacífico refleja las mismas tensiones fundamentales que definen su geopolítica energética en general: la atracción económica de los grandes mercados externos, los esfuerzos políticos por diversificar las exportaciones fuera de Estados Unidos, las restricciones impuestas por la infraestructura y la normativa nacionales y las persistentes inquietudes sobre la soberanía, la seguridad y la influencia extranjera. La región del Indopacífico ofrece a Canadá su mayor oportunidad de crecimiento a largo plazo fuera de América del Norte, pero también es una región con un grave riesgo geopolítico.

China y los límites de la diversificación estratégica

China tiene una influencia inevitable en los cálculos energéticos de Canadá en el Indopacífico. Como superpotencia económica disruptiva, China presenta a la vez una enorme oportunidad comercial y un importante riesgo político. La rápida industrialización y urbanización generaron un gran interés por los recursos naturales de Canadá, entre ellos la energía, incluso al tiempo que la creciente presencia económica de China suscitaba inquietudes en Canadá sobre la influencia política y la dificultad de equilibrar las relaciones con Pekín y Washington.

en 2005, el primer ministro Paul Martin firmó un acuerdo de cooperación con la República Popular China, que promovía la colaboración bilateral en materia de petróleo y gas, energía nuclear, eficiencia energética y energía limpia. En ese momento, China estaba viviendo una década de crecimiento económico de dos dígitos, así como el aumento de la demanda de energía más rápido de la historia mundial. Entre los años 2000 y 2010, el consumo energético de China pasó de 40 exajulios a 100 exajulios, superando a Europa y Norteamérica como consumidor de energía.

Datos de Energy Institute, 2025
Figura 5. Fuente: Datos de Energy Institute, 2025

Para mantener este crecimiento se requerían importaciones de energía a gran escala. en 2001, China anunció su estrategia de «salida al exterior» (going out), alentando a las empresas estatales a invertir en el extranjero. Esto incluía explícitamente la explotación de los recursos extranjeros en colaboración con empresas locales (Rongji, 2001). El acuerdo de cooperación de 2005 vino rápidamente acompañado de importantes inversiones de China en el sector energético de Canadá, en particular en las arenas bituminosas, cuya magnitud y sofisticación tecnológica resultaban muy atractivas para las empresas energéticas chinas. Ese mismo año, la CNOOC adquirió una participación del 16,7 % en MEG Energy. en 2010, Sinopec compró una participación del 9 % en el proyecto Syncrude y, en 2012, CNOOC adquirió la totalidad de Nexen por la cuantía de 15.000 millones de dólares. PetroChina también tiene participaciones en diversos proyectos de arenas bituminosas, como MacKay River y Dover. Además de los hidrocarburos, China importa grandes cantidades de carbón metalúrgico canadiense del sureste de la Columbia Británica y es responsable del funcionamiento de dos reactores nucleares CANDU cerca de Hangzhou.

Estos acontecimientos provocaron cierta inquietud en China. La adquisición de Nexen por parte de la CNOOC fue especialmente controvertida, en parte debido a la estrecha alianza entre Canadá y Estados Unidos. Mientras las autoridades canadienses revisaban la compra, la agencia de espionaje canadiense CSIS advirtió que las adquisiciones por parte de empresas chinas podrían suponer una amenaza para la seguridad nacional (Steger y Alini, 2012). En ese momento, Estados Unidos estaba revisando los posibles riesgos de seguridad que planteaba el gigante chino de las telecomunicaciones Huawei y advirtió a Canadá de los riesgos de la integración económica con la superpotencia asiática. Tras la adquisición de Nexen, el Gobierno de Harper introdujo nuevas normas en virtud de la ley de inversiones de Canadá para limitar la capacidad de las empresas estatales de adquirir participaciones mayoritarias en empresas de arenas bituminosas (Burton, 2012). El aumento de las tensiones entre Estados Unidos y China, especialmente en torno a Huawei, puso a Ottawa en una posición cada vez más incómoda. Esto culminó en 2018, con la detención de la ejecutiva de Huawei Meng Wanzhou a petición de las autoridades estadounidenses y la detención en represalia por parte de China de dos ciudadanos canadienses.

Desde entonces, ha sido complicado reparar esta relación. en 2024, una investigación pública reveló que China había interferido en dos elecciones canadienses recientes. Más tarde ese mismo año, Canadá se unió a Estados Unidos al imponer aranceles del 100 % en los vehículos eléctricos fabricados en China, lo que desencadenó una disputa comercial que se mantiene a día de hoy. Aunque las relaciones diplomáticas se han estabilizado en parte, estos acontecimientos han limitado drásticamente el espacio político para una mayor cooperación energética con China.

Infraestructura del Pacífico y mercados asiáticos

A pesar de las grandes inversiones chinas en la producción canadiense, hasta hace poco la infraestructura energética de Canadá no permitía la exportación al Indopacífico. Al principio, China intentó coordinar la construcción de esta infraestructura. en 2005, PetroChina firmó un acuerdo de cooperación con Enbridge para explorar la posibilidad de un oleoducto hasta la costa noroeste de la Columbia Británica, un proyecto que más tarde se conocería como Northern Gateway. La propuesta se enfrentó a una intensa oposición regulatoria, medioambiental y política, y fue cancelada por el Gobierno de Trudeau en 2016. La prolongada suspensión de Canadá del tráfico de petroleros a lo largo de la costa norte de la Columbia Británica, que finalmente se formalizó mediante la ley de suspensión de buques petroleros en 2019, cerró de forma definitiva los puertos de gran calado como Kitimat o Prince Rupert a la exportación de crudo (Chong y Sweeney, 2017).

Después de la cancelación del Northern Gateway, la ampliación del oleoducto Trans Mountain se convirtió en la única ruta viable para exportar el crudo canadiense al Indopacífico. Tras años de retrasos y sobrecostes, las exportaciones desde la terminal marítima de Westridge comenzaron finalmente en mayo de 2024. Uno de sus primeros cargamentos se dirigió a China (StatsCan, 2025d) y, desde entonces, China se ha mantenido como el segundo mayor importador de crudo canadiense. Sin embargo, las perspectivas de una mayor expansión son inciertas. Tras décadas de rápido crecimiento, la demanda china de petróleo parece estar estancándose a medida que los vehículos eléctricos sustituyen el consumo de gasolina y diésel.

China también desempeña un papel importante en el sector del gas natural de Canadá. CNOOC, PetroChina y Sinopec poseen activos en el sector upstream del gas natural en la Columbia Británica y Alberta. Además, PetroChina es un socio clave para LNG Canada, que empezó a exportar gas natural licuado a Asia en junio de 2025. Entre mayo y octubre de 2025, China recibió cuatro cargamentos de GNL provenientes del proyecto (CER, 2026).

Más allá de China: socios del Indopacífico y diversificación progresiva

Aun excluyendo a China, la región del Indopacífico representa la mayor parte del comercio energético de Canadá fuera de Estados Unidos. Canadá es miembro del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico y ha buscado estrechar lazos económicos con las economías en crecimiento de la región. Japón y Corea del Sur, ambos aliados democráticos reconocidos en la Estrategia de Canadá para el Indopacífico como socios en materia de seguridad, mantienen relaciones energéticas duraderas con el país. Los países de la ASEAN, en particular Malasia, también juegan un papel cada vez más importante, aunque el volumen sigue siendo modesto.

La integración de Japón en el sector energético de Canadá se remonta a hace décadas. La filial canadiense de Mitsui & Co.’s se constituyó en 1956, con intereses entre los que se encontraban el petróleo, el gas y el carbón. en 1977, el carbón era el principal producto que Canadá exportaba a Japón, con un valor anual de 520 millones de dólares (Gobierno de Canadá, 1977). en 2024, la energía que Canadá exportó a Japón ascendió a un total de 4200 millones de dólares. Se espera que LNG Canada estreche aún más esta relación: Mitsubishi Corporation posee una participación del 15 % en el proyecto y Japón importó cinco cargamentos de GNL entre mayo y octubre de 2025 (CER, 2026).

Corea del Sur también ha expandido su presencia. La empresa estatal Korea National Oil Corporation se incorporó al sector energético canadiense en 2009 con la adquisición de Harvest Energy, lo que le permitió acceder a los activos de arenas bituminosas y gas natural. KOGAS tiene una participación en LNG Canada e importó nueve cargueros en los primeros seis meses del proyecto (CER, 2026). Corea del Sur es también el mayor operador extranjero de reactores nucleares CANDU, tras haber puesto en marcha cuatro unidades en la central de Wolseong en 1983, y sigue siendo uno de los principales importadores de carbón metalúrgico de Canadá.

Actualmente, los países de la ASEAN (con la notable excepción de Singapur) importan poca energía canadiense. La limitada capacidad de refinado de crudo pesado y los abundantes recursos energéticos regionales han reducido la demanda, aunque el aumento del consumo y la disminución de la producción podría alterar este equilibrio (Calnan, 2025). La empresa estatal malasia PETRONAS se ha posicionado en consecuencia, convirtiéndose en uno de los principales inversores en el sector upstream del gas natural canadiense y en el segundo mayor accionista de LNG Canada después de Shell. El sudeste asiático también puede convertirse en un mercado importante para las exportaciones de tecnología nuclear canadiense.

India representa la oportunidad de crecimiento a largo plazo más importante, aunque las relaciones de Canadá con el gigante del sudeste asiático son casi tan tensas como las que mantiene con China. Con el enorme crecimiento económico e industrial previsto en las próximas décadas, se espera que la demanda energética de la India aumente considerablemente hasta mediados del siglo XXI (Agencia Internacional de la Energía [IEA], 2021). Sin embargo, la cooperación energética entre Canadá y la India, especialmente en materia de tecnología nuclear, sigue limitada por las tensiones históricas y políticas. Entre ellas se incluye el uso por parte de la India de un reactor suministrado por Canadá para ayudar al país a desarrollar armas nucleares en la década de 1960. Más recientemente, el deterioro de las relaciones bilaterales está relacionado con el movimiento separatista de Jalistán y el asesinato del líder separatista y ciudadano canadiense Hardeep Singh Nijjar, presuntamente a manos de agentes indios.

La energía canadiense en el Ártico

El desarrollo energético en el Ártico canadiense se ve condicionado por los elevados costes de infraestructura, los mercados locales limitados y el objetivo tradicional del Gobierno federal de desarrollar económicamente y asegurar su vasto territorio septentrional. Los tres territorios septentrionales de Canadá, los Territorios del Noroeste y Nunavut cubren en conjunto una superficie equiparable a la Unión Europea, pero tienen menos de 140.000 residentes en total (StatsCan, 2025e). Esta escasa densidad de población limita de forma considerable la viabilidad comercial de las infraestructuras energéticas a gran escala. La mayoría de las regiones del extremo norte carecen de refinerías, oleoductos, centrales eléctricas o líneas de transmisión, lo que provoca que el sistema esté fragmentado y sea inseguro desde el punto de vista energético.

Al mismo tiempo, la presencia constante en el Ártico es esencial para reforzar la soberanía de Canadá. La política canadiense de defensa de 2024, Our North, Strong and Free («Nuestro Norte, Fuerte y Libre»), hace especial hincapié en «defender el Ártico y el norte y sus alrededores frente a amenazas nuevas y emergentes mediante una disuasión creíble» (Gobierno de Canadá, 2024, p. 11). En una región tan remota y escasamente poblada, controlar la actividad y hacer cumplir la legislación canadiense resulta difícil y costoso. La señal más evidente de este desafío es la reivindicación de Canadá de que el paso del Noroeste forme parte de sus aguas interiores, una posición disputada por Estados Unidos, Reino Unido y la mayoría de las demás potencias marítimas. Cabe destacar que Rusia apoya de forma pasiva la reivindicación de Canadá en foros como el Consejo Ártico, ya que coincide con su reivindicación del control de su propia Ruta del Mar del Norte (Lalonde, 2022).

Por lo tanto, el principal reto para Canadá es mantener una soberanía real en el Ártico sin imponer cargas fiscales insostenibles al Gobierno federal. La mayoría considera que la presencia de las Fuerzas Armadas Canadienses en el Ártico es insuficiente en cuanto a personal, mientras que la infraestructura sigue deteriorándose tras años de falta de inversión (Departamento de Defensa Nacional, 2024). Una estrategia para reducir los costes de revitalización consiste en desarrollar una infraestructura de doble uso: proyectos que sirvan tanto para fines civiles como estratégicos. No obstante, sigue siendo difícil identificar qué usos no militares son viables. El desarrollo energético se ha propuesto en repetidas ocasiones como una de esas vías, ya que ofrece la posibilidad de respaldar los objetivos de soberanía al tiempo que mejora las condiciones económicas locales.

Las consideraciones relativas a seguridad energética proporcionan una justificación interna convincente para invertir en infraestructura en el Ártico. Muchas comunidades septentrionales dependen casi en su totalidad del diésel para el suministro eléctrico y la calefacción. Esta dependencia genera vulnerabilidades persistentes: las entregas de diésel están limitadas por las ventanas de envío estacionales, son habituales las interrupciones de suministro en los meses de invierno y los costes operativos son extremadamente elevados. Los Gobiernos locales carecen de la base impositiva necesaria para mantener esta infraestructura, lo que hace que las comunidades dependan de los subsidios federales y las ayudas de emergencia. Reducir la dependencia del diésel mejoraría la fiabilidad, reduciría las emisiones y aumentaría la resiliencia de la comunidad, pero los sistemas alternativos se enfrentan a grandes obstáculos logísticos y financieros.

Se han presentado diversas propuestas para abordar estos retos. El Kivalliq Hydro–Fibre Link («enlace hidroeléctrico y de fibra óptica de Kivalliq») conectaría las comunidades de Nunavut con la red hidroeléctrica de Manitoba a través de una línea de transmisión de 1200 km, suministrando electricidad y conexión de banda ancha. Otra opción sería el despliegue de reactores modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés). El plan de acción de SMR de Canadá considera de manera explícita las comunidades septentrionales y remotas como posibles pioneras, donde los SMR podrían sustituir a la generación diésel (Canadian Small Modular Reactor Roadmap Steering Committee, 2018). Si bien ambos enfoques prometen una mejora de la seguridad energética y una reducción de las emisiones, requerirían una inversión inicial masiva y una financiación federal continua, lo que plantea dudas sobre su viabilidad política y su rentabilidad a largo plazo.

Desde un punto de vista geopolítico, el desarrollo energético del Ártico ocupa un lugar destacado en la estrategia energética general de Canadá. A diferencia de Europa o del Indopacífico, el Ártico no ofrece oportunidades para la diversificación de las exportaciones ni para el acceso a mercados extranjeros. En cambio, refleja la cara interna de la geopolítica energética canadiense: reforzar la seguridad energética nacional, afianzar la soberanía territorial y gestionar las consecuencias sociales y medioambientales de las infraestructuras en regiones sensibles. Por lo tanto, cualquier estrategia energética para el Ártico debe conciliar los objetivos estratégicos nacionales con los derechos de los pueblos indígenas, la protección del medioambiente y las restricciones fiscales.

Una excepción a esta norma es el posible desarrollo de una terminal de exportación de energía a través de la bahía de Hudson. Este hipotético proyecto podría satisfacer las necesidades energéticas locales y servir como punto de partida para la diversificación de las exportaciones. Además, podría funcionar como infraestructura de doble uso para la presencia militar canadiense. La propuesta más avanzada es la terminal de exportación de GNL de NeeStaNan, propuesta por Fox Lake Cree Nation, que permitiría exportar el gas natural del oeste de Canadá desde Port Nelson, al norte de Manitoba. Al igual que otros grandes proyectos energéticos en el Ártico, este proyecto se encuentra en una fase inicial. Sigue habiendo dudas sobre su viabilidad económica. La bahía de Hudson solo está libre de hielo durante una parte del año y mantener las entregas de GNL durante todo el año podría requerir buques cisterna especializados y costosas escoltas de rompehielos pesados. Esto añade un importante obstáculo económico a un proyecto que ya de por sí es caro.

El gasoducto del valle del Mackenzie

El gasoducto del valle del río Mackenzie sigue siendo el ejemplo histórico más claro tanto de la ambición como de las limitaciones del uso de infraestructura energética para «abrir» el Ártico canadiense. Los importantes descubrimientos de petróleo y gas en tierra y mar en la región de Beaufort-Mackenzie, en los Territorios del Noroeste, durante la década de 1960, despertó el interés federal por conectar los recursos del norte con los mercados del sur. Dado que las grandes infraestructuras de los territorios del norte competen a la jurisdicción federal, el Gobierno liberal del primer ministro Pierre Trudeau apoyó activamente las propuestas para construir un gasoducto que transcurriera a lo largo del valle del río Mackenzie.

Desde el principio, el gasoducto se concibió como algo más que un proyecto energético. en 1972, el Gobierno federal publicó unas directrices de planificación que planteaban una visión expansiva en la que el gasoducto serviría de anclaje a un «pasillo» de desarrollo más amplio a lo largo del valle del Mackenzie. La infraestructura complementaria propuesta incluía «una autopista, ferrocarril, redes eléctricas, instalaciones de telecomunicaciones, etc.» (Departamento de Asuntos Indígenas y Desarrollo del Norte, 1972). Al igual que las posteriores estrategias para el Ártico, esta visión contemplaba que la infraestructura energética fuese de doble uso: un medio para estimular el desarrollo económico, así como mejorar la seguridad energética y reforzar la soberanía canadiense en una región remota y escasamente poblada.

Trudeau describió de forma directa el gasoducto del valle del río Mackenzie como un proyecto de construcción nacional comparable al ferrocarril Canadian Pacific. en 1973, argumentó que «es caro, pero también lo fue hace un siglo el ferrocarril Canadian Pacific. ¿Es un proyecto demasiado grande para Canadá? Solo a ojos de aquellos que han perdido la fe en lo que Canadá representa» (Munzur, 2021). Al igual que en los debates actuales sobre las infraestructuras del Ártico, los proyectos destinados al desarrollo del norte se evalúan en función de sus objetivos estratégicos y políticos, más que de su rentabilidad comercial.

Sin embargo, en la práctica, el proyecto ha resultado ser política y jurídicamente insostenible. Las elecciones federales de 1972 redujeron a los liberales a un gobierno minoritario que dependía del apoyo del Nuevo Partido Democrático (NDP, por sus siglas en inglés), lo que redujo la capacidad de Ottawa para seguir adelante con el proyecto. Al mismo tiempo, las organizaciones indígenas y los grupos ecologistas movilizaron una importante oposición al gasoducto. Como reflejo de la creciente preocupación por las consecuencias sociales y medioambientales del desarrollo energético del Ártico, el Gobierno federal designó en 1974 al expolítico del NDP y juez del Tribunal Supremo de la Columbia Británica, Thomas Berger, para dirigir una investigación sobre los impactos del gasoducto.

El informe final de la investigación de Berger, publicado en 1977, recomendaba una moratoria de diez años para la construcción del gasoducto en el valle del río Mackenzie, con el fin de permitir la resolución de las reclamaciones territoriales de los pueblos indígenas (Berger, 1977). A pesar de que esta recomendación no se cumplió en su totalidad (Enbridge construyó un oleoducto a lo largo del río Mackenzie a principios de la década de 1980), la investigación reformuló en lo fundamental los enfoques canadienses sobre el desarrollo del Ártico. Se establecieron nuevas normas de evaluación ambiental y se elevó el consentimiento indígena como una consideración fundamental en los proyectos de infraestructuras del norte.

Canadá como una «superpotencia energética»

La reelección de Donald Trump y la elección del primer ministro Mark Carney pueden marcar un punto de inflexión en la geopolítica energética de Canadá. Poco después de las elecciones estadounidenses, el presidente electo Trump se comprometió a imponer aranceles del 25 % a todos los productos importados de Canadá y México. No solo eso, sino que argumentó también que la dependencia de Canadá de la seguridad y el comercio estadounidenses justificaba su absorción como el «estado 51». La retórica incendiaria de Trump puso de relieve una realidad persistente: la posición de Canadá en materia de seguridad, comercio y diplomacia a nivel mundial sigue estando profundamente marcada por su relación con la superpotencia dominante de la posguerra.

Las declaraciones de Trump provocaron una fuerte reacción en Canadá y contribuyeron a la victoria de los liberales de Carney. Sin embargo, la vulnerabilidad subyacente sigue presente. Como se ha mostrado en apartados anteriores, los sistemas energéticos de Canadá son un ejemplo del alcance de la integración económica norteamericana. La electricidad, el petróleo y el gas natural fluyen a través de una densa red de infraestructuras transfronterizas, determinada más por la geografía que por las fronteras políticas. Ningún otro par de países ha desarrollado una codependencia energética tan extensa. Como el socio más pequeño, Canadá asume un mayor riesgo: Estados Unidos puede diversificar sus relaciones comerciales y de seguridad con mucha más facilidad que Canadá. Para agravar este desequilibrio, Canadá se enfrenta a un bajo crecimiento de la productividad, con una inversión insuficiente en maquinaria y equipos que contribuye al estancamiento del crecimiento del PIB per cápita y al descenso del nivel de vida relativo.

En respuesta a estos retos estructurales, el Gobierno de Carney ha reavivado la ambición de la era Harper de «alcanzar todo nuestro potencial como superpotencia energética» (Primer Ministro de Canadá, 2025). En este contexto, la frase no denota tanto un deseo de ejercer influencia coercitiva como un esfuerzo por reducir la vulnerabilidad mediante la escalabilidad, la fiabilidad y la diversificación. Un elemento central de esta estrategia es la rápida aprobación y construcción de infraestructuras energéticas para ampliar las opciones de exportación más allá de Estados Unidos, al tiempo que se mantiene el papel de Canadá como proveedor fiable de su mercado principal.

En junio de 2025, el Parlamento aprobó la Building Canada Act (ley de construcción de Canadá), una ley nueva y decisiva que permite al Gobierno federal designar determinados proyectos como «proyectos de interés nacional» (PoNI, por sus siglas en inglés). Los proyectos previstos en el anexo 1 de la ley cuentan oficialmente con una autorización previa y están exentos de las disposiciones clave de la Impact Assessment Act (ley de evaluación de impacto) (Canadá, 2025). El Gobierno también podría eximir los PoNI de las leyes y normativas enumeradas en el anexo 2, de los que ya se han añadido muchos. Este marco representa una importante recalibración de la autoridad federal sobre la aprobación de infraestructuras. Para llevar a cabo este enfoque, el Gobierno de Carney creó la Oficina de Grandes Proyectos (MPO, del inglés Major Projects Office), encargada de acelerar los plazos de aprobación y de asesorar sobre la designación de PoNI. De los trece proyectos que actualmente están siendo evaluados por la MPO, siete están relacionados con infraestructuras energéticas, entre las que se incluyen importantes redes, la fase 2 de LNG Canada, el proyecto Ksi Lisims LNG y un proyecto de reactor modular pequeño en Ontario (Major Project Office, 2026).

La coordinación entre el Gobierno federal y los Gobiernos provinciales también es fundamental para esta visión de «superpotencia energética». Un memorándum de entendimiento (o MoU, por sus siglas en inglés) entre Ottawa y Alberta compromete a ambos Gobiernos a ampliar la producción y las exportaciones de petróleo y gas. En su redacción, el MoU también compromete a ambos Gobiernos a reducir las emisiones procedentes de la producción de petróleo pesado hasta alcanzar los mejores niveles de su categoría para 2050 mediante un impuesto al carbono industrial cada vez más elevado (Gobierno de Canadá y Gobierno de Alberta, 2025). El MoU prevé la construcción del proyecto Pathways de captura y almacenamiento de carbono a gran escala, junto con un nuevo oleoducto capaz de transportar al menos un millón de barriles diarios de crudo de las arenas bituminosas de Alberta a los mercados asiáticos.

Si bien la viabilidad del proyecto Pathways y del nuevo oleoducto de exportación es objeto de disputa, otros aspectos del MoU tienen implicaciones normativas más inmediatas. El memorándum de entendimiento elimina el límite de emisiones de petróleo y gas propuesto e interrumpe la aplicación de la normativa sobre electricidad limpia en Alberta, revirtiendo así dos políticas emblemáticas de la era Trudeau que habían generado una importante resistencia en el sector energético. El acuerdo también prevé una mayor expansión del oleoducto Trans Mountain, lo que podría aumentar la capacidad total a 1,25 millones de barriles diarios.

Retos para la visión de superpotencia energética

A pesar de lo atractiva que pueda resultar la idea, las implicaciones reales de ser una «superpotencia energética» siguen siendo ambiguas. Tradicionalmente, el término se refiere a los Estados que utilizan las exportaciones de energía como influencia geopolítica, como la protección de Arabia Saudí bajo el «paraguas de seguridad» de Estados Unidos, la diplomacia coercitiva de Rusia en cuanto al gas o la desmesurada influencia global de Catar. Como economía de libre mercado que apoya las relaciones reguladas con otras naciones, Canadá no es el país más adecuado para asumir ese papel. Si Canadá intenta emular a esos países, socavaría su credibilidad como proveedor estable. Una estrategia más realista es que Canadá siga actuando como socio de confianza en materia de seguridad energética para Estados Unidos, al tiempo que amplía gradualmente sus relaciones con Europa y el Indopacífico.

También persisten las tensiones entre el aumento de las exportaciones de petróleo y gas y los compromisos climáticos de Canadá. Muchas de las primeras medidas del primer ministro Carney retrotraen elementos de la política climática de Trudeau, apoyándose en la fijación de precios del carbono industrial como principal herramienta de mitigación del Gobierno federal. No obstante, es cada vez más probable que con esta sola herramienta se logren múltiples objetivos políticos. La Climate Competitiveness Strategy (Estrategia de Competitividad Climática) de Canadá, publicada junto con el Presupuesto 2025, planteó la fijación de precios del carbono como un mecanismo de reducción de emisiones y un medio para mejorar la competitividad de las exportaciones (Departamento de Finanzas de Canadá, 2025, p. 104). La estrategia sostiene que el petróleo y el gas con menores emisiones conservarán su valor en un mundo en proceso de descarbonización, por lo que es el momento de establecer incentivos para acelerar este proceso. Sin embargo, esto deja sin resolver una cuestión fundamental: si la descarbonización mundial fracasa, ¿entraría dentro de sus intereses nacionales gravar su principal industria exportadora, reduciendo así su competitividad frente a otras naciones?

El reto de la competitividad también es relevante para la resistencia del recientemente revitalizado nacionalismo económico canadiense. Si bien la ampliación de las rutas de exportación a Asia y Europa podría fortalecer la posición negociadora de Canadá con Estados Unidos, las empresas privadas deben ser prudentes con sus gastos de capital. Quizá no estén convencidas de que a sus accionistas les valga la pena asumir el riesgo de llevar a cabo costosos proyectos de diversificación energética. Por ejemplo, TransCanada Pipelines es ahora una empresa energética continental llamada TC Energy, que a menudo prefiere invertir en Estados Unidos antes que en Canadá (TC Energy, 2025). Para muchos inversores, las infraestructuras que satisfacen la demanda estadounidense siguen siendo más rentables que los proyectos políticamente inciertos en los mercados lejanos. Además, el nacionalismo económico de la Administración Trump podría arrebatar aún más capital a Canadá, ya que las empresas buscan alinearse con las prioridades políticas de Estados Unidos. También existen serias dudas sobre si la administración estadounidense actual o futura tolerará que Canadá se diversifique en la dirección equivocada, al convertirse en uno de los principales socios de China en materia de seguridad energética.

La geografía energética de Canadá impone una lógica difícil de eludir en su geopolítica energética. Canadá cuenta con ingentes recursos y Estados Unidos ofrece una demanda de una magnitud inigualable. Esta asociación natural ha sustentado la prosperidad de Canadá durante décadas. Sin embargo, la reorientación de la política exterior estadounidense bajo el mandato de Trump, plasmada en un enfoque basado en esferas de influencia por todo el hemisferio occidental, podría obligar a Canadá a tomar decisiones incómodas. El país podría verse obligado a sopesar los beneficios materiales de una mayor integración dentro de una esfera de influencia estadounidense explícita frente a los riesgos económicos y de seguridad que conllevaría la búsqueda activa de una mayor autonomía. En este sentido, el debate de Canadá como «superpotencia energética» no resuelve su geopolítica energética, sino que reafirma su dilema central.

Conclusión

El auge del nacionalismo económico en todo el mundo y las consiguientes amenazas para las instituciones multilaterales suponen importantes desafíos para Canadá. Este problema se ve agravado sobre todo a medida que Estados Unidos se aleja de su papel tradicional como garante de un orden internacional reglamentado, aunque imperfecto. La retórica de la Administración Trump sobre el «estado 51» resulta especialmente contraproducente para mantener una relación bilateral positiva y basada en la confianza. Si bien una ruptura grave de las relaciones entre Canadá y Estados Unidos sigue siendo poco probable, las consecuencias para Canadá podrían ser especialmente severas en lo que respecta a su vulnerabilidad energética.

Como cualquier sistema energético, el sistema canadiense es el resultado de circunstancias geográficas y geológicas. Lo que diferencia a su industria energética es la proximidad a la enorme demanda de Estados Unidos. Canadá es vulnerable en dos aspectos distintos: depende de Estados Unidos como mercado para el suministro energético del oeste canadiense y, al mismo tiempo, depende también para la seguridad de su abastecimiento energético. Asimismo, Canadá está fuertemente integrado en el aparato de seguridad liderado por Estados Unidos a través de la OTAN, el NORAD y la alianza de inteligencia Cinco Ojos. Por tanto, la geopolítica energética canadiense se caracteriza por las tensiones entre la atracción económica y la autonomía política, entre las limitaciones en materia de infraestructura y la diversificación de las exportaciones y entre la seguridad económica y la licencia social.

Bibliografía

Joe Calnan
Vicepresidente de Energía y Operaciones en Calgary
Canadian Global Affairs Institute

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

    • Geopolítica de la energía: una perspectiva desde Canadá (1,7 MB)

    • Geopolitics of Energy – A View from Canada (1,07 MB)