IEEE. “Geopolítica: claves y tendencias” (Ed. El Viejo Topo, 2026) de Federico Aznar Fernández-Montesinos

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05 oct 2026

IEEE. “Geopolítica: claves y tendencias” (Ed. El Viejo Topo, 2026) de Federico Aznar Fernández-Montesinos

Javier Fernández Aparicio. Analista del IEEE (CESEDEN)

La complejidad es la marca del siglo XXI. Esta es el resultado de las interrelaciones con las que avanza la globalización; y también de las contradicciones que las nuevas relaciones van progresivamente incorporando. El resultado es una dificultad creciente para la compresión de un escenario que, cada vez más, parece irracional, caótico o evanescente.

La globalización se materializa en múltiples flujos cuyo sentido también es difícil detectar, que es lo que geopolítica va a proporcionar señalando su futuro y facilitando el posicionamiento de los agentes internacionales a los que dota orientación. La geopolítica es elevada de este modo a la condición de ciencia que ilumina las relaciones internacionales y, al hacerlo, se convierte también en una suerte de conciencia del Estado.

Además, la globalización es contraintuitiva. Aproxima las diferencias; de este modo, lejos de acercar posiciones, magnifica las discrepancias; hace olvidar lo común mientras la proximidad favorece la confrontación de identidades. De hecho, esa es precisamente la manera en la que progresa, por lo que no es, en absoluto, un fenómeno pacífico.

La necesidad de comprensión de tal escenario pasa por identificar las esquinas del puzle y, por consiguiente, por la simplificación. Esto es lo que ha propiciado el retorno de la geopolítica en la medida en que oferta soluciones intuitivas y en apariencia practicables a problemas complejos. Y lo hace también para un público no experto. Globalización y geopolítica se hallan entrelazados y se demandan mutua mente. Por su parte, la simplificación constituye una llamada a la acción. Comprender más deprisa que los demás es garantía de éxito cuando se concibe el mundo como un tablero de suma cero.

Este retorno no sólo llega a la academia o a las instituciones gubernamentales, sino que lo hace a las empresas, hasta las de tamaño medio que también entran en los mercados internacionales y buscan dotarse de indicadores de riesgo y mapas que sirvan a sus inversiones. La geopolítica va a servir para ubicar tales procesos.

El libro que nos ocupa, el primero de una trilogía con la que se trata de responder a un problema tan amplio desde diferentes ángulos, está escrito por Federico Aznar Fernández-Montesinos que es Capitán de Fragata de la Armada, licenciado y doctor en Ciencias Políticas analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos y viene a recoger su experiencia durante más de 20 años en el CESEDEN abordando estas cuestiones. Además, cuanta con un prólogo del reconocido periodista Juan Luis Cebrián.

El libro se centra en las dinámicas geográficas, en las regiones geopolíticamente activas. Atendiendo a esta lógica, tras un capítulo dedicado a la base teórica, se abordan espacios como Occidente, la política norteamericana, el Mediterráneo, el Sahel y África, Oriente Medio, el conflicto árabe israelí, Irán y el conflicto del Golfo Pérsico, Asia Central, la región geopolítica chino norteamericana, Asia Pacífico y sus organizaciones, el Ártico, Groenlandia, la tecnología, el retorno de Estados Unidos al Hemisferio Occidental…

En fin, revisionismo es una palabra de la tradición marxista pero creemos que es un término útil para el momento geopolítico actual ya que confluyen distintos revisionismos que, además, se encuentran asociados a un cambio entre roles de los actores.

Así, ¿Pueden ser los Estados Unidos del presidente Trump una potencia revisionista mientras una China conservadora apuesta por mantener las reglas y los consensos? La cuestión es que no son sus responsables, por más que sean agentes activos en el cambio de orden que se está viviendo. Juegan sus cartas. Y es que, el orden internacional, el conformado por el balance de poderes entre naciones, está cambiando su equilibrio. No obstante, es muy difícil medir el poder de un Estado y, más aún, compararlo.

Un indicador claro es el económico, aunque hay diferentes formas de medirlo. Y todas esas formas muestran a las claras la pérdida de poder de Occidente. Así, en paridad de precios y en 2023, según el Banco Mundial, China tenía 34,643 billones de dólares (18,76% del PIB mundial), EE. UU. 27,36 billones (14,8%), la UE 27,125 billones (14,68%) y Rusia 6,452 (3,49%). El mundo suma 184,653. El cambio en 2026 de la composición de la cesta de precios base, agudiza más esta situación en beneficio de China que podría alcanzar hasta el 22% del PIB mundial

En cualquier caso, la suma de los actores citados, apenas excede del 50% del PIB mundial mientras el de Estados Unidos y la UE es del 29,48%. Por el contrario la suma de los PIB de los países que, en 1955, se reunieron en Bandung ha pasado de ser el 8 % del mundial a más del 40%. Solo los BRICS suponen el 37%. La coevolución chino norteamericana (EE. UU. aportaba mercados y tecnología y China mano de obra barata) explica tal transformación, sobre todo, a partir de 2001 con la entrada de China en la OMC.

Es este un proceso iniciado con la visita de Nixon a China en 1972 y que ha beneficiado proporcionalmente mucho más a este país. Su PIB en 1994 era inferior al español. Así, la Pax americana ha hecho posible el “ascenso de los demás” al crear y redistribuir la riqueza del planeta.

Podrán discutirse las cifras de esta convergencia, pero la pérdida de poder relativo de Occidente es evidente. No obstante, hay más aspectos diferentes del económico. Está el armamentístico en el que la ventaja de Occidente es clara y eso cuando el maquiavelismo de la estrategia confunde fuerza con poder. O su poder cultural. O que las instituciones internacionales estén a su hechura diplomática…

Y, en cuanto a tecnología e innovación, que determinan el futuro, China rivaliza con Estados Unidos mientras aquí Europa se encuentra desplazada de la competición. Las diferentes tecnologías se encuentran entrelazadas y sus efectos se potencian entre sí. Como consecuencia una tecnología puede provocar un cambio de paradigma. Estamos en una cuarta Revolución Industrial cuya clave es la Inteligencia Artificial.

En fin, Occidente se define como una civilización, esto es, un conjunto de culturas con un tronco común. Con todo, en términos prácticos y generales, su espacio queda geográficamente acotado por un sistema de alianzas militares en que subyace una tecnología compartida. El vínculo transatlántico es clave para su cohesión; dota de un papel rector a Estados Unidos con una Europa plural y que, de facto, hasta ha renunciado a este liderazgo, y cuyo núcleo es la UE.

Pero Estados Unidos, por sí solo, tiene ingentes dificultades para proyectar su poder. Así, no cuenta, a nivel global, con capacidad para “imponer”, por más que disponga de ellas, y limitadamente, para “impedir”. Y la diplomacia transaccional que acompaña a su propuesta la dota de un carácter contingente, esto es, solo la hace válida mientras las circunstancias no cambien. Estas también están afectadas por lo que ha venido a ser denominado Imperial overstrech, esto es, son consecuencia de que su rol como poder global resulta difícilmente asumible en términos económicos como consecuencia de la pérdida de poder relativo.

Así, la deuda pública norteamericana era del 122% en 2024, lo que le ha hecho al país hasta perder la máxima calificación crediticia. Y la deuda privada fue del 142%. La suma de ambas es el 264%, exorbitante cantidad, por lo demás no muy lejana a la china, 287%, como poco, pues tiene una deuda significativa y oculta. A resultas, el núcleo de la controvertida política del presidente Trump está en relación directa con la financiación del país. Tal cosa alcanza desde los aranceles, a los requerimientos a los países miembros de la OTAN de un mayor nivel de gasto militar; los compromisos de inversión en EE. UU. negociados con la UE y otros actores en paralelo a los aranceles; la reestructuración del despliegue militar norteamericano….

El cambio de orden mundial no es un mero cambio de posiciones o numeraciones entre países; no existe un indicador fiable de tal cosa que la sintetice y absolutice. Y menos aún que traiga consigo una suerte de reconocimiento de la sociedad internacional, requisito para que el orden sea efectivo y real.

Se trata de un cruce multidimensional que no se encuentra resuelto ni a nivel desagregado, ni menos aun, en términos globales. De hecho, la situación varia, además, por áreas o regiones, lo que añade nuevas incertidumbres y contradicciones. Estas, además, no son simétricas, lo que podría generar algo parecido a trombos que, haciendo de lo local algo global, pueden colapsar el sistema circulatorio del mundo.

Estos agregados (población, tecnología, militar, diplomacia...) alcanzan diferentes ámbitos con una igualmente diferente progresión en cada caso y que no pueden subsumirse en una cifra resumen que exprese el poder de cada Estado considerado, y que sirva, además, para compararlo con su entorno.

China puede superar económicamente a Estados Unidos, pero dista de disponer de un poder político, cultural, tecnológico y militar siquiera comparable a nivel global. Y eso cuando la cultura del mundo se ha amoldado al poder y hechura de Estados Unidos que por ello cuenta con la ventaja de la posición.

Un mundo multipolar incorpora necesariamente múltiples geopolíticas. La conmoción de guerras como la de Ucrania desencajó no pocas de ellas; pero eso, a larga, habría de suceder igualmente. La cuestión es que esta guerra puso abruptamente de manifiesto la pérdida de poder de Occidente.

Así, en la Asamblea General de la ONU, aunque hubo una condena mayoritaria de la agresión rusa –141 votos de 193 y sólo 5 en contra– 35 países se abstuvieron y 12 no participaron, la mayoría de ellos africanos –17 se abstuvieron– o asiáticos. Y el seguimiento de las sanciones impuestas a Rusia fue muy insuficiente. Y es que esta guerra, junto con las de Gaza, Azerbaiyán o Irán, señalan el cambio de orden. Y eso con otros conflictos regionales como el existen te entre Afganistán y Pakistán. No en vano, la guerra es una reordenación abrupta y sangrienta de las relaciones geopolíticas. Y no es la causa sino el síntoma de la consolidación de un proceso en marcha.

Pero es que, paradójicamente también, las alianzas que sirven a la vertebración de Occidente –como la OTAN, que es una alianza fundamental mente política– se debilitan, cuando la resolución del problema planteado va en sentido opuesto.

Así, Estados Unidos parece replegarse sobre su hemisferio, sobre Iberoamérica. Este retorno, la primacía de las políticas regionales, es el resultado de su pérdida de poder global. Antes el poder que ostentaba sobre el resto del mundo dejaba a Latinoamérica, su hinterland, a su socaire. Pero ahora ya no, como acredita la presencia China en el continente, y le obliga a detraer recursos de otras áreas para volver a su patio trasero que se amplía para incluir al Ártico.

Con todo, China no confronta con Estados Unidos sino que ocupa los espacios que este abandona, por ejemplo, en Oriente Medio. De hecho, la alteración del estatus quo, que afecta a espacios como el Ártico, donde el cambio climático –su deshielo, la aparición de nuevas rutas marítimas y una mayor accesibilidad a los recursos pero también la creación de nuevas fronteras– ha trasladado directamente a este espacio, hasta ahora marginal, las incertidumbres del cambio de orden mundial.

Así China puede escapar de la ruta del estrecho de Malaca –Taiwán sigue partiendo su línea de frente costero y es la clave del control de su acceso al Pacífico– y una entrada directa a Europa. Además, la globalización, que es la clave de bóveda del proceso de cambio, no es un fenómeno pacífico, sino que es un proceso de racionalización cultural hecho sobre la cultura más fuerte, en este caso, la Occidental. Estamos ante un proceso de naturaleza intrínsecamente conflictiva, como corresponde a su carácter racionalizador. Con todo, la mayoría de los conflictos no son militares, por más que traten de presentarse como tales, sino de identidad, que es su vía de progreso.

Rusia y China comparten frontera y un pasado cargado de desavenencias. La desértica Siberia es el hinterland natural de una China superpoblada -y lo es más con el calentamiento global; China al contrario que Rusia tiene el 17% de la población y el 7% del territorio del planeta y el 6% sus recursos hídricos– de la que Rusia corre el riesgo de depender económicamente. Es, por ello, que esta relación es percibida como de carácter coyuntural, pero, con todo, priorizada por China.

La oportunidad para el gigante asiático es innegable, lo que también acredita la naturaleza coyuntural y límites de su relación. El hinterland natural chino coincide precisamente con el heartland mundial. Esto hace que la balanza del poder a escala global se decante del lado del que lo haga Rusia que, paradójicamente, puede quedar investida de árbitro en la contienda global y en parte del menú. El área, en términos de latitud, va desde el Ártico para pivotar en el cinturón formado por Irán y Asia Central. Rusia para existir necesita ser y actuar como imperio.

Y eso que la globalización no es tampoco un proceso que se ha haya completado y que haya generado, en consecuencia, una agenda igualmente global, sino que coexisten múltiples agendas locales cuya trasposición o combinación resulta igualmente dificultosa.

Así, no existe así un terrorismo global por más que trate de presentarse como tal ya que su comprensión y referencias son, a la postre, locales. De hecho, el yihadismo ha fracasado hasta en sus meros intentos de concertar en clave religiosa los distintos procesos locales. Este ha girado adoptando unas claves más locales en detrimento de su concertación global (al Shabab en África podría ser un buen ejemplo). Su carácter secundario y su escaso valor geopolítico son las razones para que ahora se contemporice con él.

Al efecto igualador y racionalizador de la globalización se suma que el marco normativo en el que se desarrolla tal incremento exponencial en el nivel de relación está obsoleto pues no se ha respondido estructuralmente a su crecimiento. Esta desregulación relativa ha provocado un retorno al paradigma hobbesiano, esto es, al poder, a la capacidad de imposición, como fuente de Derecho.

La llegada de la segunda Administración Trump en 2025 ha precipitado muchas de las problemáticas geopolíticas que se intuían con anterioridad a su acceso al poder pero, con toda la vistosidad del populismo, no ha supuesto ninguna quiebra con los movimientos de fondo que guían el devenir de la sociedad internacional y menos aún de la política norteamericana. Simplemente ha acelerado el proceso de emergencia y la ha hecho más explícita.

Las conclusiones de todo esto son diáfanas: un cambio en el orden mundial; un incremento de la conflictividad como consecuencia del proceso de nivelación que se está produciendo a escala mundial y que va a someter a un importante estrés a los Estados occidentales dado que las reglas que ellos mismos han establecido para la sociedad internacional -que se ha creado, además, siguiendo códigos axiológicos occidentales, como son, para empezar, la propia idea de Estado y de democracia- están en las raíces del declinar de sus sociedades; y con todo, como tercera gran conclusión, la pervivencia de la cultura occidental por ser el eje en el que se consuma la globalización.

Estamos en un mundo en convergencia y, a resultas, con una creciente conflictividad en las que los Estados occidentales van a tener que trasladar a sus sociedades la pérdida de poder relativo que están experimentando, y eso con el deje conflictivo que tal situación incorpora.

El esfuerzo que este trabajo ha requerido, como puede comprenderse, ha sido notable. Lo curioso y relevante es la permanente identificación de solapamientos y entrecruzamientos entre tanta diversidad, no pocas veces, insospechados. La contradicción y el arabesco están en él a la orden del día. Detectar tales nudos era lo pretendido. La geopolítica sirve para la representación del skyline, el mapa de lo trascendente; ese es el objetivo de este trabajo. Una vez visibilizado tal panorama de interacciones, procede entrar en estudios más específicos y buscar datos más depurados y actualizados. Y hecho esto, volver a repensar el skyline.

El libro es una buena guía para tal propósito. Como dice Juan Luis Cebrián: “es un libro esclarecedor, fruto de un inmenso y sostenido esfuerzo de quien lo firma, que ofrece nuevos puntos de vista y un análisis experto sobre la trepidante realidad actual que esperemos no desemboque en tragedia”.

Javier Fernández Aparicio
Analista del IEEE

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

    • “Geopolítica: claves y tendencias” (Ed. El Viejo Topo, 2026) de Federico Aznar Fernández-Montesinos (0,23 MB)

    • “Geopolitics: Keys and Trends” (El Viejo Topo, 2026), by Federico Aznar Fernández-Montesinos (0,23 MB)