IEEE. El auge del extremismo nihilista violento en la era digital

Captura del manifiesto titulado The New Crusade. Sons of Tarrant, publicado por los autores del ataque armado contra el Centro Islámico de San Diego, California (mayo de 2026)

01 oct 2026

IEEE. El auge del extremismo nihilista violento en la era digital

Manuel R. Torres Soriano. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Un nuevo rostro para la violencia extremista

Durante las últimas décadas, los estudios sobre terrorismo han operado sobre una premisa apenas discutida: la violencia política es un instrumento al servicio de un fin. El atentado comunica, intimida, moviliza y negocia; la acción violenta adquiere sentido en relación con un programa, una causa o una utopía que aspira a transformar el orden existente.

Sobre este supuesto se han edificado tanto las taxonomías académicas del extremismo como la mayoría de las políticas de prevención, que confían en deslegitimar la causa, ofrecer contranarrativas o interrumpir el proceso de adoctrinamiento ideológico.

Sin embargo, una oleada reciente de ataques está poniendo a prueba ese marco. En Estados Unidos, el país más afectado por este fenómeno, los investigadores se han visto desconcertados por la ausencia de una agenda reconocible en una serie de tiroteos, atentados y planes frustrados.

Sus autores no encajaban en las categorías habituales, pero en sus manifiestos se puede apreciar un claro desprecio por la humanidad y su deseo de ver colapsar la civilización1.

Las autoridades y una creciente literatura sobre el fenómeno han comenzado a catalogar estos actos como extremismo nihilista violento. Así, por ejemplo, el Instituto para el Diálogo Estratégico lo define como aquellos actos violentos carentes de motivación ideológica e impulsados por una cosmovisión misantrópica2.

Se trata de individuos situados en los márgenes que alientan, promueven, glorifican o ejecutan actos extremos motivados por la atracción hacia la violencia y el caos en sí mismos3.

Este artículo mantiene la tesis de que el extremismo nihilista violento no es una mera variante de las formas conocidas de terrorismo, sino un vector de amenaza cualitativamente distinto, que emerge de la convergencia de factores individuales, subculturales y tecnológicos.

Comprenderlo exige desplazar el foco analítico desde la ideología —el eje sobre el que se ha construido casi toda la disciplina— hacia las dinámicas de pertenencia, identidad y performatividad que operan en los entornos digitales contemporáneos.

Para ello, se examinan los seis factores cuya convergencia hace posible este fenómeno.

El uso de múltiples denominaciones —violencia nihilista, extremismo nihilista y apocalíptico, explotación sádica en línea, violencia memética participativa o comunidades online centradas en la violencia—, refleja un debate abierto sobre su naturaleza ambigua y su relación con el extremismo violento4. Esta proliferación de etiquetas no es un mero accidente nominal: expresa la dificultad de encajar una realidad fluida en las categorías más habituales. Algunos autores han advertido, por ejemplo, que tratar la violencia nihilista como una simple subcategoría del extremismo violento corre el riesgo de oscurecer sus especificidades, empezando por el escaso papel que en ella desempeña la ideología5. Este trabajo pretende ofrecer un marco analítico que ordene los factores en juego y muestre por qué su convergencia exige repensar las herramientas conceptuales y preventivas al uso. La utilidad de este enfoque reside menos en la cuantificación de un fenómeno todavía difícil de medir — dada su naturaleza descentralizada y la fragmentación de los datos disponibles— que en la identificación de los mecanismos que lo hacen posible y de las razones por las que desafía los modelos dominantes.

La misantropía como motivación primaria

El primer rasgo distintivo de este extremismo es que la motivación no procede de una doctrina, sino de un odio generalizado hacia la humanidad.

La revisión de manifiestos y rastros digitales de sus protagonistas revela una misantropía profundamente arraigada, que se convierte en el motivo subyacente y la justificación última de la violencia6. Ese odio no se dirige a un grupo concreto en función de su raza, religión o adscripción política —aunque a menudo lo incorpore—, sino a la sociedad en su conjunto y al propio hecho de existir.

El caso del tiroteo de Madison (Wisconsin), en diciembre de 2024, resulta ilustrativo. La autora, una menor de quince años, dejó un manifiesto titulado Guerra contra la humanidad en el que describía a la especie humana como «inmundicia»7.

Lo significativo es que el blanco de su ataque —una escuela cristiana de mayoría blanca— no encajaba con la lectura supremacista que algunos medios identificaron inicialmente: lo que sobresalía, a ojos de los investigadores, era el deseo más amplio de atacar a toda la sociedad. Este desplazamiento desde el enemigo particular hacia el enemigo universal es, precisamente, lo que distingue a la misantropía nihilista del odio ideológicamente estructurado.

Esta misantropía rara vez se presenta en estado puro. Suele entrelazarse con un malestar psicológico considerable: estudios sobre los perpetradores de ataques contra centros escolares en Estados Unidos señalan que más del setenta por ciento había sufrido algún tipo de trauma infantil.

En los perfiles analizados aparecen, de forma recurrente, la ideación suicida, la baja autoestima y un sentimiento de exclusión social8. El odio hacia la sociedad y el odio hacia uno mismo se confunden, de modo que la violencia se orienta de forma simultáneamente exógena y autodestructiva. No se trata, por tanto, de diagnosticar patologías individuales, sino de reconocer que la motivación primaria de estos actores se sitúa en un registro afectivo y existencial, no programático.

Captura del manifiesto titulado The New Crusade. Sons of Tarrant, publicado por los autores del ataque armado contra el Centro Islámico de San Diego, California (mayo de 2026)
Imagen 1. Captura del manifiesto titulado The New Crusade. Sons of Tarrant, publicado por los autores del ataque armado contra el Centro Islámico de San Diego, California (mayo de 2026).

A este sustrato afectivo se añade un componente de agravio personal que conviene no confundir con un programa político. El análisis de manifiestos, diarios y rastros digitales muestra que los atacantes experimentan una frustración profunda y se perciben como víctimas de un trato injusto: se reiteran las alusiones a entornos familiares inestables, a experiencias de acoso escolar y a un aislamiento social vivido como una condena9.

La violencia opera entonces como una inversión de la impotencia: quien se sentía invisible y despreciado se reimagina como agente de un castigo colectivo. Esta lectura conecta el fenómeno con un diagnóstico más amplio sobre la crisis de sentido en la era digital, en la que la violencia errática y sin finalidad aparente se convierte en el último lenguaje disponible para expresar un mundo percibido como hueco o irredimible10.

La misantropía, en suma, no es una conclusión razonada, sino la cristalización de un malestar que encuentra en el odio universal una explicación totalizadora y, paradójicamente, reconfortante.

Hibridación y fluidez ideológica

El segundo factor es la fluidez con que estos actores adoptan fragmentos de tradiciones extremistas dispares sin adherirse a ninguna de ellas.

La literatura ha acuñado diversas etiquetas para este fenómeno —ideologías «mixtas, poco claras e inestables», «extremismo bufé», «fluidez de los márgenes» o «extremismo violento compuesto»— que apuntan todas a una misma realidad: perpetradores que combinan elementos del supremacismo blanco, el aceleracionismo, la misoginia, el satanismo o el ecologismo radical en construcciones personales incoherentes para el observador externo11.

Los datos sugieren que esta fluidez no es anecdótica. El número de jóvenes radicalizados en Estados Unidos sin vínculos formales con grupos extremistas reconocidos se ha multiplicado de manera notable en la última década, lo que señala un desplazamiento desde las estructuras jerárquicas hacia configuraciones difusas en las que las comunidades online desempeñan un papel central12.

Sin embargo, tampoco puede obviarse que un énfasis en la «incoherencia ideológica» puede operar como una distracción que invisibiliza odios históricos perfectamente identificables —en particular, el supremacismo blanco— bajo una etiqueta aparentemente neutra13.

La fluidez ideológica no debe eclipsar los componentes de odio claramente definidos que sí están presentes. La cuestión decisiva es que, en estos actores, los fragmentos ideológicos funcionan más como un repertorio estético y simbólico que como un programa de acción.

La lógica participativa y memética

El tercer factor traslada el análisis del individuo a la comunidad.

La violencia nihilista contemporánea se organiza en torno a subculturas online que funcionan como auténticos fandoms14 de la violencia, en los que los responsables de matanzas son investigados, estetizados, imitados e incorporados a un mito compartido. El concepto de violencia memética participativa ayuda a entender este desplazamiento: una forma de violencia que constituye una declaración simbólica de afiliación o de participación en grupos que valoran la acción transgresora, ya sea como fin en sí misma o por su significación social y cultural, en ausencia de cualquier objetivo estratégico, político o ideológico claro15.

El rasgo más revelador de esta lógica es que los actos violentos remiten —explícita o implícitamente— a otros actos previos mediante manifiestos que citan a criminales célebres, mensajes en espacios comunitarios y la imitación deliberada de gestos, símbolos, vestimenta e inscripciones en las armas.

Estas señales no se dirigen generalmente a un público externo, sino hacia el interior de la propia comunidad: solo resultan plenamente inteligibles para quienes están inmersos en ella y conocen el mito colectivo16. La violencia se convierte así en un acto profundamente performativo, en el que el reconocimiento por parte de los pares es constitutivo de la acción misma.

Esta dinámica recuerda a la observada en el extremismo de extrema derecha, donde se produce un «efecto wiki» por el cual cada atacante contribuye al producto colectivo del movimiento; el autor del atentado de Búfalo copió numerosos pasajes del manifiesto de Christchurch y reconoció a su autor como quien «empezó todo»17.

La diferencia estriba en que, en el caso nihilista, el producto colectivo no es un movimiento con horizonte político, sino el propio mito de la comunidad, que se expande con cada nueva aportación violenta. La veneración de criminales no es un fenómeno inédito: los fandoms en torno a los autores de la matanza de Columbine, a finales de los años noventa, o las cartas de admiración que recibían ciertos asesinos en serie prefiguraron, en el mundo analógico, esta dinámica que las plataformas digitales han amplificado y acelerado18.

Ilustración incluida en el manifiesto titulado Niggercell Manifesto (noviembre de 2024)
Imagen 2. Ilustración incluida en el manifiesto titulado Niggercell Manifesto (noviembre de 2024), en la que se reconoce la inspiración del «Santo Tarrant» —en alusión a Brenton Tarrant, autor del ataque contra dos mezquitas en Christchurch (Nueva Zelanda), que causó 51 víctimas mortales— y del «Santo Gendron» —en alusión a Payton Gendron, autor del ataque contra un supermercado en Búfalo (Nueva York), que causó diez víctimas de raza negra—.

La noción de ostensión —la representación de una cosa en sí misma, el punto en que una idea, una frase o un relato deja de contarse para escenificarse— permite entender cómo narrativas colectivamente elaboradas en internet pueden desembocar en una participación violenta fuera de ella19.

El atacante no ejecuta un plan dictado por una organización, sino que actualiza un mito en el que se inscribe voluntariamente, añadiendo su propio capítulo a una leyenda en construcción. Este marco explica por qué la violencia nihilista resulta tan refractaria a las categorías clásicas: no hay mando ni jerarquía que desarticular, sino un relato compartido que cada participante puede encarnar y cuya fuerza reside, precisamente, en su carácter difuso, abierto y acumulativo.

Desensibilización y estetización del daño

El cuarto factor opera en el plano psicológico y afectivo.

La exposición repetida a contenido gore20 —grabaciones de ataques, imágenes de víctimas, material de comunidades dedicadas a la violencia explícita— produce una desensibilización progresiva que erosiona la respuesta emocional ante el sufrimiento ajeno. La investigación psicológica respalda este mecanismo: la exposición sostenida a la violencia se asocia a una menor empatía y a una reactividad emocional reducida ante la violencia en la vida real21.

Existen estudios que demuestran cómo, incluso una exposición breve, puede disminuir las conductas de ayuda hacia quienes lo necesitan, lo que convierte a la desensibilización en un mecanismo clave en la merma de la empatía y el comportamiento prosocial22.

En las subculturas de violencia nihilista este efecto se ve agravado por la estetización del daño. El contenido que documenta atrocidades se edita con filtros y música, transformándolo en material de entretenimiento y de tributo; la accesibilidad de herramientas de edición asistidas por inteligencia artificial ha amplificado esta producción, permitiendo generar variantes que eluden los sistemas de moderación basados en huellas digitales23.

La consecuencia es doble: por un lado, lo que inicialmente provocaría repulsión moral se normaliza mediante la exposición reiterada; por otro, la violencia se reviste de un atractivo visual que la convierte en objeto de consumo y emulación. La estetización no es accesoria, sino que forma parte del propio mecanismo de radicalización.

La amplificación algorítmica

El quinto factor remite a la infraestructura técnica que sostiene el fenómeno.

Los sistemas de recomendación de las plataformas pueden conducir a los usuarios hacia material cada vez más gráfico y transgresor. Lo que comienza como un mero interés por casos históricos o incidentes notorios puede derivar, en una minoría de usuarios, hacia una implicación sostenida con narrativas centradas en los perpetradores y con representaciones altamente visuales de la violencia24.

Los itinerarios de radicalización descritos en estas subculturas trasladan a los usuarios desde contenidos relativamente convencionales hacia subculturas saturadas de contenido gore, de modo que el enlace saliente hacia servidores conocidos de este tipo de material constituye una señal de alerta.

La investigación empírica sobre la amplificación algorítmica de contenido extremista dista de ser concluyente. Un estudio de referencia que analizó tres plataformas halló que el sistema de recomendación de YouTube sí promovía contenido extremo y marginal, mientras que los de las redes Reddit y Gab no lo hacían25.

Otros trabajos, sin embargo, han encontrado resultados nulos o han mostrado que solo una fracción de las trayectorias hacia el contenido radical puede atribuirse a las recomendaciones, frente al peso de la elección del propio usuario y de las comunidades a las que pertenece26.

La razón se halla en que los algoritmos no operan como causa única ni determinante, pero sí actúan como un factor facilitador que reduce la fricción del acceso, normaliza el contenido marginal y conecta a usuarios afines. Su papel se comprende mejor en interacción con los demás factores que como mecanismo aislado.

Contagio y bucles de retroalimentación

El sexto y último factor cierra el círculo: cada ataque genera nuevo material que retroalimenta el ciclo.

Las subculturas de violencia nihilista resultan peligrosamente autosostenidas, pues cada atentado vinculado a la comunidad desencadena una nueva oleada de contenido y de implicación que, a su vez, alimenta la leyenda y estimula a quienes buscan participar, imitar y expandirla27. El resultado es un ciclo recursivo que genera auténticas cadenas de perpetradores, en las que un incidente inspira a muchos otros.

Este efecto encuentra respaldo en la investigación sobre el contagio de los tiroteos masivos. Estos asesinatos indiscriminados son temporalmente contagiosos: cada uno incrementa la probabilidad de nuevos eventos durante un período de alrededor de trece días, incitando, en promedio, entre 0,2 y 0,3 ataques adicionales28.

Aunque la evidencia no es unánime29. El patrón de agrupamiento y la documentación de casos de emulación explícita resultan suficientemente robustos como para sostener que el contagio constituye un mecanismo real, especialmente cuando la cobertura mediática y la circulación de información en internet amplifican la notoriedad del perpetrador.

De esta constatación se derivan implicaciones prácticas. La investigación sobre la búsqueda de fama entre los autores de matanzas ha fundamentado propuestas como la de no difundir su nombre ni su imagen, reportando todo lo demás, con el fin de negarles la atención que persiguen30.

En el contexto nihilista, donde el reconocimiento por parte de la comunidad es el principal incentivo, las estrategias orientadas a interrumpir el bucle de notoriedad — limitando la circulación del material producido por los perpetradores— adquieren una relevancia particular.

Perpetradores y plataformas

Este análisis quedaría incompleto sin atender al perfil de quienes finalmente transitan de la participación online a la violencia y al entorno técnico que los acoge.

Pese a la heterogeneidad ideológica, los perpetradores comparten un conjunto de rasgos recurrentes que confirman el carácter no programático del fenómeno: una misantropía arraigada que funciona como justificación última, indicios de un estado de salud mental deteriorado, agravios personales y un sentimiento de exclusión, junto a una implicación intensa con el contenido gráfico de la violencia31.

Lo que une a estos actores no es una doctrina compartida, sino la atracción por el mito colectivo y la búsqueda de un reconocimiento que la vida fuera de la pantalla les niega.

La edad media de los participantes en estos espacios es notablemente baja, con una presencia significativa de adolescentes e incluso de preadolescentes, lo que sitúa el fenómeno en la intersección entre la protección de menores y la prevención del extremismo.

Analizando la oleada de extremismo violento protagonizado por menores, Ware32 constata que aplicar una lente ideológica para entender por qué los niños y los jóvenes se implican en el extremismo violento resulta inadecuado para contrarrestar la tendencia actual, y aboga por desplazar los esfuerzos preventivos desde la identificación de adscripciones doctrinales hacia los impulsores personales de la violencia y las vulnerabilidades subyacentes.

Esta circunstancia agrava la responsabilidad de las plataformas y matiza cualquier lectura que reduzca el problema a la libre elección de adultos informados.

Los entornos donde florece esta violencia se caracterizan por una estructura por capas, en la que las fronteras entre el consumo convencional, el fandom que glorifica al perpetrador y la apología explícita de la violencia son porosas, de modo que existen itinerarios de baja fricción que conducen del interés casual a la emulación de prácticas culturales y, para una minoría, a la radicalización.

El comportamiento de estas comunidades ante la moderación revela una notable capacidad de adaptación. Sus miembros recurren a la modificación de grafías, al empleo de emoticonos y léxicos codificados, a la difuminación de las imágenes y a la reproducción de material en plataformas de videojuegos para eludir los filtros automáticos, con técnicas similares a las empleadas por los partidarios de organizaciones terroristas.

La consecuencia para la prevención es clara: la moderación basada exclusivamente en palabras clave resulta insuficiente, y se hace necesaria una vigilancia sostenida, sensible al contexto y capaz de interpretar un lenguaje deliberadamente diseñado para escapar a la detección. La capa más visible y prolífica, lejos de ser la más peligrosa en términos operativos, constituye, paradójicamente, el punto de intervención más accesible, precisamente por su exposición pública.

Los seis factores examinados no operan de forma aislada, sino que se refuerzan mutuamente: la misantropía proporciona la motivación; la fluidez ideológica, el repertorio simbólico; la lógica participativa, el marco de sentido comunitario; la desensibilización, la disposición afectiva; la amplificación algorítmica, la infraestructura de acceso; y el contagio, el motor de reproducción. Su convergencia es lo que constituye el fenómeno como un vector de amenaza específico.

Los marcos analíticos dominantes en los estudios sobre radicalización presuponen que el extremismo es una construcción ideológica susceptible de ser discutida, desactivada o sustituida mediante la intervención discursiva.

Pero un fenómeno cuya motivación primaria es la misantropía, cuyo vínculo es el fandom y cuya gramática es la performatividad digital escapa a esa lógica. No es posible deslegitimar una causa cuando no hay causa que deslegitimar; las contranarrativas pierden eficacia frente a actores que no buscan persuadir ni ser persuadidos, sino pertenecer y ser reconocidos.

Esta dificultad tiene un correlato operativo.

La definición de extremismo nihilista violento manejada por algunos actores públicos resulta demasiado amplia para ser útil, hasta el punto de poder abarcar tanto al supremacismo blanco como al terrorismo yihadista, que comparten el odio a la sociedad, pero persiguen un fin político o religioso. Diferenciar la violencia nihilista de las formas estructuradas ideológicamente es indispensable para identificar los factores de riesgo, las vías de movilización y los puntos de intervención que le son propios.

Conclusiones

El extremismo nihilista violento revela un punto ciego en los estudios sobre terrorismo: la existencia de actores para quienes la violencia no es un medio al servicio de un proyecto, sino un lenguaje simbólico y una vía de pertenencia.

Este giro performativo —en el que la comunicación se vuelve ritual antes que estrategia— desafía tanto los marcos teóricos como las herramientas prácticas de prevención.

El fenómeno solo se puede comprender como una convergencia. Aislar cualquiera de los seis factores —la misantropía, la fluidez ideológica, la lógica participativa, la desensibilización, la amplificación algorítmica o el contagio— conduce a una caracterización parcial.

Es su interacción la que produce un vector de amenaza cualitativamente nuevo, especialmente peligroso por su capacidad de autosostenerse y por afectar de manera desproporcionada a una población muy joven.

La falta de adecuación de los marcos centrados en la ideología se ha convertido en una preocupación central dentro del propio campo de la prevención.

De ello se desprenden varias líneas de actuación. En el plano conceptual, conviene dotar al extremismo nihilista violento de una definición restringida que lo diferencie con nitidez de las formas ideológicamente estructuradas, sin por ello desatender los componentes de odio que puedan estar presentes.

En el plano operativo, la prevención debería desplazar el énfasis desde la contranarrativa ideológica hacia la interrupción de los mecanismos de pertenencia, reconocimiento y contagio: moderación de contenido sostenida y sensible al contexto; atención a los itinerarios que conducen del consumo convencional al material gráfico; y explotación de las señales de fuga —la tendencia de los futuros atacantes a comunicar sus intenciones— como oportunidad de intervención temprana33.

Por último, la naturaleza transnacional y reticular del fenómeno exige una colaboración interdisciplinar e internacional que combine el análisis del discurso, la psicología, la criminología y el estudio de los medios digitales.

A medida que la violencia política se manifiesta cada vez más en formas desligadas de proyectos ideológicos coherentes, comprender el extremismo nihilista violento deja de ser una curiosidad marginal para convertirse en una necesidad analítica y preventiva de primer orden.

El reto, en última instancia, consiste en aprender a pensar una violencia cuyo principal mensaje, como advirtió uno de sus protagonistas, es que no hay mensaje34.

Manuel R. Torres Soriano
Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] WHORISKEY, Peter. «Killers without a cause: The rise in nihilistic violent extremism», The Washington Post. 8 de febrero de 2026. https://www.washingtonpost.com/politics/2026/02/08/nihilistic-violence-emerges/ (consultado el 17/6/2026).
[2] INSTITUTE FOR STRATEGIC DIALOGUE. «Terror without ideology? The rise of nihilistic violence — an ISD investigation», ISD. 2 de febrero de 2026. https://www.isdglobal.org/digital-dispatch/terror-without-ideology-the-rise-of-nihilistic-violence-an-isd-investigation/ (consultado el 17/6/2026).
[3] INSTITUTE FOR ECONOMICS AND PEACE. «The Nihilistic Violent Extremist Ecosystem: A Global Threat», Vision of Humanity. 2026. https://www.visionofhumanity.org/the-nihilistic-violent-extremist-ecosystem-a-global-threat/ (consultado el 17/6/2026).
[4] SIVIGNON, Pierre. «Escape The Void: Responding to Youth-Led Nihilistic Violence», GNET. 2 de febrero de 2026. https://gnet-research.org/2026/02/02/escape-the-void-responding-to-youth-led-nihilistic-violence/ (consultado el 17/6/2026).
[5] Ibid.
[6] SMITH, Peter, CADENHEAD, Cat y BROEKAERT, Clara. «True Crime Community: Understanding the Depths of Digital Fandom and Performative Violence», CTC Sentinel, 19:2. Febrero de 2026, pp. 17-26. https://ctc.westpoint.edu/true-crime-community-understanding-the-depths-of-digital-fandom-and-performative-violence/ (consultado el 17/6/2026).
[7] WHORISKEY, Peter. Op. cit.
[8] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[9] Ibid.
[10] PEDEN, Max. «Nihilistic and Apocalyptic Violent Extremism: Symbolic Rupture and the Crisis of Meaning in the Digital Age», VOX-Po. 15 de octubre de 2025. https://voxpol.eu/nihilistic-apocalyptic-violent-extremism/ (consultado el 17/6/2026).
[11] MELEAGROU-HITCHENS, Alexander y AYAD, Moustafa. «The Age of Incoherence? Understanding Mixed and Unclear Ideology Extremism», Program on Extremism. The George Washington University, 2023. https://extremism.gwu.edu/age-incoherence (consultado el 17/6/2026).
[12] Ibid.
[13] MEIER, Anna. «Salad Bar Extremism’ as White Distraction: The (In)coherence of a Category», Global Network on Extremism and Technology (GNET). 24 de agosto de 2023. https://gnet-research.org/2023/08/24/salad-bar-extremism-as-white-distraction-the-incoherence-of-a-category/ (consultado el 17/6/2026).
[14] Un fandom (del inglés fan y el sufijo -dom) es una comunidad de personas que comparten una afición profunda por un artista, serie, película, videojuego o fenómeno de la cultura pop. Más que simples seguidores, interactúan entre sí, debaten y forman una subcultura con sus propios códigos y tradiciones.
[15] ONDRAK, Joe y VITELLI, Laura. «Participatory Memetic Violence: Legend, Ostension, and Ideologically Diffuse Violence», GNET. 18 de diciembre de 2025. https://gnet-research.org/2025/12/18/participatory-memetic-violence-legend-ostension-and-ideologically-diffuse-violence/ (consultado el 17/6/2026).
[16] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[17] AMARASINGAM, Amarnath, ARGENTINO, Marc-André y MACKLIN, Graham. «The Buffalo Attack: The Cumulative Momentum of Far-Right Terror», CTC Sentinel, 15:7. 2022. https://ctc.westpoint.edu/the-buffalo-attack-the-cumulative-momentum-of-far-right-terror/ (consultado el 17/6/2026).
[18] INFORM. «Cultic Fandoms: Columbine and Ted Kaczynski», GNET. 9 de agosto de 2023. https://gnet-research.org/2023/08/09/cultic-fandoms-columbine-and-ted-kaczynski/ (consultado el 17/6/2026).
[19] ONDRAK, J. y VITELLI, L. Op. cit.
[20] En el cine y la literatura, el gore (también conocido como cine splatter) es un subgénero de terror que se centra en la violencia extrema, lo visceral y las mutilaciones. Utiliza efectos especiales y sangre artificial para escenificar heridas y desmembramientos.
[21] MRUG, Sylvie, MADAN, Anjana, COOK, Edwin W. y WRIGHT, Rex A. «Emotional and Physiological Desensitization to Real-Life and Movie Violenc», Journal of Youth and Adolescence, 44:5. 2015, pp. 1.092-1.108.
[22] BUSHMAN, Brad J. y ANDERSON, Craig A. «Comfortably Numb: Desensitizing Effects of Violent Media on Helping Others», Psychological Science, 20:3. 2009, pp. 273-277.
[23] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[24] Ibid.
[25] WHITTAKER, Joe, LOONEY, Seán, REED, Alastair y VOTTA, Fabio. «Recommender systems and the amplification of extremist content», Internet Policy Review, 10:2. 2021. https://doi.org/10.14763/2021.2.1565 (consultado el 17/6/2026).
[26] HOSSEINMARDI, Homa et al. «Examining the consumption of radical content on YouTube», Proceedings of the National Academy of Sciences, 118:32. 2021.
[27] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[28] TOWERS, Sherry, GÓMEZ-LIEVANO, Andrés, KHAN, Maryam, MUBAYI, Anuj y CASTILLO-CHAVEZ, Carlos. «Contagion in Mass Killings and School Shootings», PLoS ONE, 10:7. 2015, e0117259.
[29] LANKFORD, Adam y TOMEK, Sara. «Mass Killings in the United States from 2006 to 2013: Social Contagion or Random Clusters?», Suicide and Life-Threatening Behavior, 48:4. 2018, pp. 459-467.
[30] LANKFORD, Adam y MADFIS, Eric. «Don’t Name Them, Don’t Show Them, But Report Everything Else: A Pragmatic Proposal for Denying Mass Killers the Attention They Seek», American Behavioral Scientist, 62:2. 2018, pp. 260-279.
[31] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[32] WARE, Jacob. Combating Youth Radicalization. Nueva York, The Soufan Center, mayo de 2026. https://thesoufancenter.org/research/combating-youth-radicalization/ (consultado el 17/6/2026).
[33] SMITH, P., CADENHEAD, C. y BROEKAERT, C. Op. cit.
[34] VOX-Pol. Op. cit.
    • El auge del extremismo nihilista violento en la era digital (0,33 MB)

    • The rise of nihilistic violent extremism in the digital age (0,33 MB)