IEEE. Europa y la instrumentalización de la interdependencia: sanciones económicas y estrategias frente a ellas

21 sept 2026
IEEE. Europa y la instrumentalización de la interdependencia: sanciones económicas y estrategias frente a ellas
José Luis Pontijas Calderón. Coronel (ET, retirado), analista asociado al IEEE (CESEDEN), Doctor en Economía Aplicada por la UAH, Profesor de Geopolítica y Estudios Estratégicos en la UC3M
Introducción: el nuevo paradigma de la guerra geoeconómica
En los últimos años, el sistema internacional ha experimentado un cambio tectónico. Hemos pasado de un período de globalización bajo unas ciertas reglas, asumidas más o menos por la mayoría de los actores estatales, a una era de creciente fragmentación y confrontación geoeconómica.
Las sanciones económicas, en su momento concebidas como herramientas quirúrgicas para la significación diplomática o la contención periférica, han mutado hasta convertirse, de facto, en un arma primaria de competencia estratégica, que podría calificarse de alta intensidad, donde los Estados restringen el acceso de sus competidores a determinados recursos controlados por los primeros.
Este fenómeno, que podríamos denominar la instrumentalización de la interdependencia (en inglés, weaponization of interdepence)1, refleja un mundo donde los mismos nodos que sirven para la integración global (sistemas de mensajería financiera, cadenas de suministro, corredores energéticos, etc.) se han convertido en las nuevas líneas de confrontación.
Desde una perspectiva estratégica, la distinción tradicional entre paz y guerra parece haberse desdibujado. Al analizar la evolución durante los últimos años, resulta evidente que las sanciones ya no son solo un preludio al conflicto cinético, sino una forma de desgaste y/o confrontación no cinética, diseñada para debilitar desde dentro la economía y/o el complejo militar industrial del adversario, fenómeno que va en aumento (ver figura más abajo).
Sin embargo, este uso sistémico del poder económico conlleva una paradoja: cuanto más se recurre a este, más se incentiva la creación de arquitecturas paralelas que resulten inmunes a las sanciones, lo que amenaza la hegemonía del orden forjado y liderado por EE. UU., afectando así también a sus aliados occidentales.
Incremento del uso de herramientas geopolíticas por los gobiernos para ganar ventajas estratégicas. Obsérvese en la figura de la izquierda el incremento de sanciones a partir de 2015, en la central el incremento de materiales sujetos a restricciones de exportación y en la derecha el aumento de los países que supervisan inversiones extranjeras. Fuente: Global Sanctions Database, Drexel University, enero de 2025 y Latest Investment Policy Trends, UNCTAD, septiembre de 2025.
La perspectiva de Estados Unidos: la economía como arma estratégica y dilema
Para Washington, el ejercicio de sanciones económicas está intrínsecamente ligado a la preservación de lo que parece entender por un «orden internacional basado en normas», que básicamente pretende el mantenimiento de la primacía estratégica global estadounidense.
Pero lo que se puede observar en los últimos años es que su enfoque ha evolucionado desde una presión sectorial generalizada hasta una sofisticada política de «diplomacia de puntos estratégicos»2, es decir, una política exterior que utiliza de forma deliberada los cuellos de botella geoeconómicos, los denominados chokepoints, como instrumento de poder e influencia, en la que el Departamento del Tesoro resulta el arma más potente del arsenal estadounidense.
Esto es así, dado que la centralidad del dólar permite a Washington proyectar una jurisdicción extraterritorial, obligando a entidades de terceros países a elegir entre comerciar con un adversario sancionado o mantener el acceso al sistema financiero estadounidense.
Este mecanismo de sanciones primarias y secundarias actúa como multiplicador de fuerza para la política exterior estadounidense, logrando a menudo la negación estratégica sin necesidad de emplear la fuerza, para lo que se precisarían bloqueos navales u otras opciones cinéticas militares.
Sin embargo, estudios recientes (en particular, los de Agathe Demarais3) advierten que el uso excesivo de este tipo de opciones está provocando un efecto contraproducente, en el que incluso los aliados comienzan a buscar mecanismos de cobertura para proteger sus intereses soberanos del alcance regulatorio y de la coacción de Washington.
Pero quizás la evolución más significativa en la estrategia estadounidense desde 2022 sea el giro, en el que se ha pasado de las sanciones financieras a la negación tecnológica.
La Administración Biden, seguida de directivas estratégicas posteriores, identificó los semiconductores y la inteligencia artificial como los ámbitos estratégicos decisivos del siglo XXI.
Así, al convertir en arma la cadena de suministro global de semiconductores, Washington ha intentado frenar la modernización militar de su gran adversario, China, y, de paso, también la de Rusia.
Este conjunto de medidas no es simplemente presión económica, ya que, podría ser considerado incluso como un ataque preventivo contra la futura letalidad de las fuerzas adversarias4.
Así, la perspectiva estadounidense considera las sanciones como un medio para lograr el desgaste estratégico, en el que, al interrumpir el acceso a componentes de doble uso (microchips, sensores, maquinaria especializada, etc.), se busca degradar la capacidad del enemigo para dotarse de municiones de precisión y plataformas avanzadas.
Como señala Nicholas Mulder, esto representa un retorno al concepto de la economía como arma estratégica (geoeconomía), destinada a dejar obsoleta la maquinaria militar del adversario, al privarla de los recursos globalizados que necesita para funcionar5.
Es por esto que la comunidad estratégica estadounidense se encuentra actualmente inmersa en un intenso debate sobre los límites de este poder. Si bien Washington aún puede infligir costes enormes a corto plazo, el riesgo es la bifurcación de la economía global en zonas exclusivas dominadas por los correspondientes hegemones, chino y estadounidense, lo que perjudicaría a todos.
De hecho, al excluir a un número creciente de actores del sistema, Estados Unidos está incentivando inadvertidamente el desarrollo de arquitecturas paralelas (como el CIPS chino o las monedas digitales), que anularían progresivamente la capacidad coercitiva del Tesoro.
Estados Unidos parece haber entrado en una era de confrontación económica sin una doctrina clara, lo que aumenta el riesgo de abusos, escaladas y pérdida de legitimidad.
Así, hay quien opina que, para preservar su liderazgo global, Washington debería definir reglas de uso, crear instituciones especializadas y equilibrar la coerción con incentivos económicos positivos6.
De esta manera, Washington se enfrenta ahora a un dilema con respecto a las sanciones: usar el arma para sostener sus intereses a corto plazo, a riesgo de destruir su eficacia a largo plazo.
Rusia: resiliencia mediante la «economía fortaleza» y la adaptación tecnocrática
Desde la perspectiva estratégica del Kremlin, el régimen de sanciones impuesto por Occidente se ha considerado no solo una herramienta diplomática, sino también una guerra económica. Al evaluar la situación en 2026, se puede observar que la respuesta rusa ha pasado de la mera supervivencia inicial hacia una auténtica reestructuración proactiva de su arquitectura de seguridad nacional. Este cambio adaptativo se fundamenta en el concepto de soberanía económica, según el cual la capacidad de resistir la coerción financiera externa se considera un requisito previo para preservar la libertad de acción militar7.
La estrategia occidental inicial buscaba provocar un colapso sistémico del sector bancario ruso y una espiral hiperinflacionaria mediante la congelación de aproximadamente 300.000 millones de dólares en reservas del Banco Central. Moscú interpretó esto como un acto de piratería internacional que deslegitimó permanentemente la infraestructura financiera occidental8.
La respuesta rusa, liderada por una élite tecnocrática altamente capacitada (en particular, Elvira Nabiullina y Mikhail Mishustin), empleó lo que Alexander Gabuev denomina «gestión de crisis a gran escala».
Mediante la implementación de controles de capital draconianos y la adopción de un modelo de economía de guerra, Rusia logró desvincular su estabilidad interna del sistema SWIFT, demostrando que una economía del G20 podía, aunque con considerable fricción, sobrevivir a una excomunión financiera total9.
Una piedra angular de la respuesta estratégica rusa ha sido la neutralización del tope al precio del petróleo impuesto por el G7. Moscú reconoció que el talón de Aquiles de Occidente residía en su propia dependencia de la estabilidad global de los precios de la energía.
Al conformar la denominada «flota en la sombra», compuesta por cientos de petroleros obsoletos de propiedad opaca y seguros no occidentales, Rusia ha conseguido eludir el intento de estrangulamiento marítimo impuesto por Washington y sus aliados, especialmente Londres. Esto ha creado un mercado global paralelo, en el que la realidad de la demanda de materias primas prevalece sobre las restricciones de las sanciones occidentales10.
Para el complejo militar-industrial ruso, este flujo continuo de petrodólares (que cada vez se pagan más en yuanes, dirhams y otras monedas) ha proporcionado a Rusia la liquidez necesaria para sostener la guerra de desgaste que está llevando a cabo en Ucrania.
Por otro lado, la reacción rusa frente a las sanciones tecnológicas (la prohibición de microchips y componentes de doble uso) ha sido lo que podríamos definir como una «adaptación asimétrica».
Mientras Occidente buscaba debilitar la capacidad de fabricación de misiles, es decir, de llevar a cabo ataques de precisión mediante el bloqueo del acceso a componentes tecnológicos de última generación, Moscú aprovechó sus fronteras porosas con la gran vecindad global (Asia Central, China, el Cáucaso y el golfo Pérsico) para establecer un enorme mercado gris de importaciones paralelas.
Según informes del Club Valdai, Rusia ha aceptado pagar un mayor coste tecnológico (mayores costes y menor eficiencia) a cambio de asegurar la resiliencia de sus cadenas de suministro11.
Esta estrategia ha garantizado que, para 2026, la industria de defensa rusa no solo haya sobrevivido, sino que haya incrementado su producción de material pesado (tanques, artillería, etc.) y municiones merodeadoras, desafiando la suposición occidental de que las sanciones provocarían una parálisis militar.
Finalmente, Rusia se considera la vanguardia de una nueva realidad económica que algunos califican de «posoccidental». Los documentos estratégicos del Kremlin presentan la experiencia de las sanciones como una prueba de estrés que el sur global monitorea de cerca.
Al integrarse con éxito en la arquitectura financiera china (CIPS) y expandir el marco de los BRICS+, Rusia busca transformar su aislamiento de Occidente en un papel de liderazgo dentro de lo que define como una mayoría no occidental.
Desde este punto de vista, las sanciones están actuando como catalizador de la desdolarización de Eurasia, convirtiendo a Rusia en un nodo crítico de un nuevo bloque comercial resistente a las sanciones, que vincula San Petersburgo con Bombay y Shanghái12.
China: interdependencia asimétrica y la «gran muralla financiera»
Para Pekín, las sanciones impuestas a Rusia, Irán y otros están sirviendo como un laboratorio estratégico en el que ha diseñado una sofisticada combinación de medidas defensivas para protegerse de las sanciones y de la creación de dependencias asimétricas que convierten la coerción occidental en un coste prohibitivamente elevado, como es el caso de la dependencia de EE. UU. de la producción de tierras raras de la gran potencia asiática.
Por otro lado, China considera su dependencia del sistema de compensación de dólares estadounidenses como una vulnerabilidad estratégica comparable a la que sufre respecto al estrecho de Malaca en materia de seguridad energética.
Para contrarrestar esto, Pekín ha acelerado la expansión del Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS, por sus siglas en inglés) y el despliegue del yuan digital.
Estas no son meras innovaciones financieras, sino que son auténticos salvavidas geoeconómicos diseñados para permitir a China comerciar en un sistema de circuito cerrado, invisible para la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos13.
A diferencia de la postura reactiva inicial de Rusia, China ha desarrollado un sólido marco legal para contraatacar. La Ley contra las Sanciones Extranjeras (2021) y las subsiguientes listas de «entidades no confiables» representan una nueva doctrina: la coerción recíproca.
Pekín obliga ahora a las corporaciones multinacionales a decidir ante un dilema: cumplir con las sanciones occidentales y perder el acceso al mercado chino o ignorar las imposiciones occidentales (sufriendo sus consecuencias), pero beneficiarse del comercio con Pekín. Esta estrategia aprovecha el poderío y tamaño del mercado chino como arma y argumento, convirtiendo de hecho a las empresas occidentales en grupos de presión pro-Pekín dentro de sus propias capitales14.
La denominada estrategia de doble circulación (interna y externa) es el núcleo de la resiliencia geoeconómica de China. Mediante la circulación interna (consumo interno e innovación nacional en semiconductores) China busca reducir su dependencia de Occidente, mientras que, simultáneamente, mantiene blindada la circulación externa, al generar una profunda dependencia mundial (especialmente europea) de la tecnología verde china (vehículos eléctricos, baterías y energía solar, fundamental, pero no exclusivamente).
De este modo, el cálculo estratégico del hegemón asiático es que Occidente, especialmente EE. UU. y la UE, no puede reducir el riesgo de su dependencia con China sin cometer un suicidio económico, creando así una situación de daño asegurado que impediría la aplicación de sanciones dañinas contra Pekín.
India: autonomía estratégica en una fricción bipolar
Para India, las sanciones internacionales no se consideran una herramienta de valores compartidos, sino un vector de inestabilidad que debe gestionarse mediante el «multialineamiento», que Nueva Delhi define como la firme defensa de la autonomía nacional, el rechazo al concepto de bloques rígidos y la priorización de su ascenso como potencia económica y militar, independientemente de las posibles presiones de Washington, Moscú o Pekín15.
Así, desde el inicio del conflicto en Ucrania y el endurecimiento de las sanciones estadounidenses contra Irán, India ha mantenido una posición coherente y en línea con la legalidad internacional: solo reconoce las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU, considerando que las sanciones unilaterales occidentales constituyen una violación de la soberanía de los Estados16.
De este modo, el cumplimiento de las sanciones impuestas por terceros no es en absoluto una obligación moral de necesario cumplimiento, sino, más bien, un sobrecoste importante que India no está dispuesta a pagar, especialmente si ello compromete su seguridad energética o su modernización militar. Esta postura no es prorrusa ni antioccidental, sino que es claramente un enfoque que podríamos definir como de «India primero» (en alusión al eslogan America First de Trump).
En ese sentido, una de las acciones más audaces de India ha sido su papel como intermediario de los hidrocarburos rusos. Mientras Occidente imponía topes de precios y embargos, India multiplicó sus importaciones de crudo de la Federación Rusa, liquidadas en monedas alternativas como el dírham o la rupia. Una jugada maestra de realismo político mediante la cual India procesa este crudo en sus vastas refinerías y exporta a continuación el producto refinado a los mercados europeos y estadounidenses.
Este pragmatismo ha permitido a Nueva Delhi:
- Controlar la inflación interna de los combustibles, vital para la estabilidad social.
- Mantener la rentabilidad de su sector industrial.
- Convertirse en un actor indispensable para la seguridad energética de Occidente, ya que, las capitales occidentales prefieren comprar diésel de origen ruso a través de la India a tener que enfrentarse a una crisis de suministro17.
El mayor desafío estratégico para la India en relación con las sanciones es su histórica dependencia del complejo militar-industrial ruso (en particular, de los sistemas S-400, los tanques T-90 y los submarinos).
La amenaza de sanciones estadounidenses ha servido de catalizador para la iniciativa Atmanirbhar Bharat (India autosuficiente), en virtud de la cual India está intentando utilizar la amenaza de las sanciones para forzar la transferencia de tecnología desde Occidente, utilizando para ello un razonamiento contundente: si Washington quiere que la India se aleje del armamento ruso, debe permitir que General Electric fabrique motores a reacción en territorio indio.
Así, India está aprovechando su condición de contrapeso necesario frente a China para obtener una exención de facto de las sanciones que se aplican a otros Estados, beneficiándose a menudo de la clara voluntad por parte de Washington de hacer excepciones, pasar por alto fricciones y tratar la relación con Nueva Dehli como una inversión necesaria para el equilibrio frente a China18.
Así, a diferencia de China, India no busca desmantelar el sistema basado en el dólar, sino protegerse de su instrumentalización (weaponization), para lo cual ha promovido el uso de la Interfaz Unificada de Pagos (UPI) y ha firmado acuerdos de liquidación comercial en rupias con más de 18 países.
Sin embargo, el enfoque indio es cauteloso, ya que es consciente de que la integración en los mercados financieros occidentales es clave para su crecimiento. Así, India busca un mundo que se podría calificar de «multimoneda», donde la rupia sirva como moneda de liquidación regional, evitando quedar atrapada tanto en las órbitas del yuan chino, como del dólar estadounidense.
De esta manera, la resiliencia de India residiría en su capacidad para operar simultáneamente dentro del sistema SWIFT y a través de mecanismos de compensación bilaterales, manteniendo de esta manera una cierta distancia estratégica de los riesgos de sanciones.
Además, esto se alinea con los objetivos de los BRICS de desarrollar mecanismos de pago alternativos, utilizando herramientas como el Nuevo Banco de Desarrollo chino (NBD, por sus siglas en inglés) y la tecnología de registro distribuido (DLT, por sus siglas en inglés) para la compensación y liquidación19.
Por otro lado, la perspectiva india considera las sanciones también como una oportunidad para ganar cierto liderazgo en el denominado sur global, al negarse a participar en el aislamiento de Rusia, pero, al mismo tiempo, manteniendo una alianza tecnológica crucial con Estados Unidos (a través de la iniciativa iCET), lo que le permite presentarse como un interlocutor necesario.
De hecho, en el marco del G20 y los BRICS+, India aboga por un sistema de gobernanza económica donde las sanciones no puedan utilizarse para interrumpir las cadenas de suministro de alimentos, fertilizantes o medicamentos, protegiendo así los intereses de las naciones no alineadas20. De hecho, el panorama estratégico para la India se caracteriza por una intensificación de la confrontación geoeconómica (el uso de herramientas económicas para objetivos geopolíticos), la cual se ha convertido en el principal riesgo global para 2026-2027, superando a los conflictos armados y las amenazas climáticas21 (ver figura a continuación).
La perspectiva europea: dilemas estratégicos y el riesgo de desindustrialización
Tras el análisis de estos polos globales, abordaremos la posición específica y compleja de la Unión Europea, examinando la tensión entre los imperativos morales, el vínculo transatlántico y la dura realidad de la erosión industrial.
Desde la perspectiva europea (especialmente en la política exterior preconizada desde las instancias de la Unión Europea en Bruselas, así como en París o Berlín), los últimos años pueden calificarse como de un «despertar geopolítico», pero, a la vez, económicamente devastador.
La posición europea respecto a las sanciones resulta singular y contraproducente: es a la vez uno de los principales artífices del régimen de sanciones (en un seguimiento fiel del dictado proveniente de Washington), pero, a la vez, vulnerable a sus repercusiones sistémicas, que están dañando seriamente su economía y su comercio.
Tradicionalmente, la UE consideraba las sanciones como una herramienta de poder normativo, es decir, una forma de hacer cumplir el derecho internacional sin recurrir a la fuerza militar. Sin embargo, el panorama posterior a 2022 aconsejó a la Unión a instrumentalizar su mercado único.
Pero este cambio, preconizado por la presidenta de la Comisión (la señora Von der Leyen), con voluntad de que la institución que preside sea más geopolítica, ha resultado doloroso e incluso perjudicial en ciertos aspectos, ya que, a diferencia de Estados Unidos —que es energéticamente independiente y está geográficamente aislado del teatro euroasiático—, la instrumentalización del comercio por parte de Europa está suponiendo la interrupción de las arterias (gas natural y materias primas) que impulsaron su núcleo industrial durante décadas22.
Por otro lado, si bien la UE ha demostrado una unidad sin precedentes con Washington en la imposición de sanciones a Rusia, ha surgido una creciente divergencia con respecto a China. El enfoque estadounidense hacia Pekín (caracterizado por el desacoplamiento y la denegación tecnológica) choca con el concepto europeo de reducción de riesgos.
Como se expone en el Informe Draghi23 de 2024 y en las actualizaciones posteriores de 2025 sobre la competitividad europea, muchos en la UE temen que, al seguir demasiado fielmente las sanciones de Washington, Europa esté sacrificando sus últimas ventajas industriales (automoción, química e ingeniería de alta gama, entre otras), mientras Estados Unidos subvenciona su propia industria mediante la Ley de Reducción de la Inflación (Inflation Reduction Act), uno de los mayores actos de proteccionismo económico de las últimas décadas que atenta directamente contra la industria y la inversión europeas24.
Así, la postura europea está marcada por el aumento del coste de la transición energética que imponen las sanciones, al negarse a aceptar el suministro de gas más barato procedente de Rusia mediante gasoductos, lo que, si bien priva a Moscú de una fuente de ingresos clave, lo hace a costa de un sobrecoste energético permanente para los fabricantes europeos, lo que además reduce drásticamente su competitividad.
Esto ha dado lugar a lo que algunos analistas denominan «éxodo energético» o «desindustrialización silenciosa»25 (sectores como el del aluminio y los fertilizantes en Europa han perdido más del 20 % de su capacidad desde 2022, desplazándose de forma definitiva fuera de la Unión), por lo que, mientras EE. UU. vende GNL a Europa a precios de mercado, las industrias europeas, para sobrevivir, se están trasladando a Norteamérica o China.
Desde una perspectiva estratégica, esto representa claramente una vulnerabilidad crítica: a una Europa desindustrializada le resultaría mucho más difícil sostener un «pilar europeo» creíble dentro de la OTAN26.
De hecho, en 2026 la UE ha tenido que afrontar la tozuda realidad de los límites de su poder coercitivo. La necesidad de filtrar la enorme cantidad de bienes sancionados a través de terceros países (como en Asia Central y Turquía) ha obligado a la UE a nombrar un enviado especial para las sanciones y a desarrollar un instrumento contra la coerción.
Sin embargo, la carga administrativa que supone supervisar a miles de entidades está llevando al límite a las burocracias europeas. Además, la congelación de activos soberanos rusos en Euroclear desató un intenso debate interno: si bien se intentó justificar legalmente como reparación, la propuesta se rechazó ante el temor de que socavase el estatus del euro como moneda de reserva, lo que podría empujar al sur global hacia el sistema CIPS chino27.
Es por esto por lo que, una de las preocupaciones de mayor calado de la UE se centra en la seguridad económica, lo que implica la creación de herramientas para proteger a las empresas europeas, tanto de medidas que puedan poner en funcionamiento aquellos Estados identificados como adversarios, así como, ocasionalmente, del exceso de sanciones secundarias estadounidenses28.
La perspectiva europea actual es la que podría calificarse de «realismo defensivo», el cual reconoce que, en un mundo de interdependencia instrumentalizada, Europa debe desarrollar su resiliencia económica para evitar verse gravemente afectada por las sanciones estadounidenses o el monopolio chino de las cadenas de suministro29.
La fragmentación del orden global y el amanecer de «la geopolítica postsanciones»
El análisis parece revelar que las sanciones económicas han cruzado un punto de inflexión en el que, lejos de ser un instrumento quirúrgico para la contención periférica, se han convertido en un factor de disrupción sistémica que está redefiniendo la relación entre el Estado, el mercado y la capacidad militar.
Al sintetizar brevemente las perspectivas de Estados Unidos, Rusia, China, India y la Unión Europea, se estima que surgen cuatro conclusiones estratégicas generales, cada una con profundas implicaciones para el futuro de la estabilidad global:
1. La paradoja de la hegemonía: interdependencia instrumentalizada y los rendimientos decrecientes del dólar
La primera conclusión importante se refiere a la transformación estructural del poder estadounidense.
Durante décadas, Estados Unidos aprovechó su dominio y control de las finanzas globales (el dólar y el sistema SWIFT) que, entendidas y aceptadas como una infraestructura neutral para el comercio mundial, se han transformado en armas de geopolítica al servicio de los intereses cortoplacistas de Washington. Esto está desencadenando un movimiento global de cobertura de riesgos ante posibles ataques financieros del hegemón norteamericano.
A esta situación se suma el hecho de que el conflicto actual en el golfo Pérsico está empezando a minar el pilar fundamental de la economía estadounidense: el petrodólar. Esto es así debido a que el volumen de hidrocarburos que se pagan en otras monedas, como el yuan, podría ser el catalizador de una erosión del dominio del petrodólar y los comienzos de lo que algunos analistas denominan el «petroyuan»30.
Como hemos visto en los análisis de Estados Unidos y China, si bien este enfoque estadounidense logró éxitos tácticos inmediatos, como el debilitamiento de Rusia o Irán, el coste estratégico ha sido la erosión del sistema que sustentaba el momento unipolar de Estados Unidos.
Así, hoy en día, el sistema financiero global ya no es un monolito. El uso agresivo de sanciones secundarias ha obligado incluso a los aliados a cuestionar la seguridad de sus activos en jurisdicciones occidentales. El efecto rebote es una realidad palpable, en la que la capacidad mundial para resistirse a las sanciones empieza a superar la capacidad de Washington para innovar nuevas formas de coerción31.
2. La capacidad de resiliencia económica y su lección estratégica
La experiencia rusa ha ofrecido una crítica demoledora a la teoría occidental de la guerra económica.
La premisa fundamental de 2022 (que la economía rusa, perteneciente al grupo de economías del G20, colapsaría mediante el aislamiento financiero) ha quedado desmentida, demostrando que los Estados ricos en materias primas y con capacidad tecnológica pueden alcanzar un alto grado de resiliencia económica y financiera, si poseen la competencia tecnocrática necesaria para gestionar sus capacidades y opciones, incluso ante una presión sin precedentes, como la que está soportando Moscú.
Esto conlleva una escalofriante lección estratégica: las sanciones no evitan la guerra ni garantizan su éxito, sino que simplemente alteran su naturaleza.
La capacidad de Rusia para mantener su producción militar-industrial y su exportación de materias primas mediante las denominadas «flotas en la sombra» y «mercados grises» demuestra que, en un mundo globalizado, siempre hay un comprador para las materias primas esenciales y un vendedor para los componentes críticos, ajustándose al precio que se precise.
El fracaso de intentar provocar un colapso en Moscú está sirviendo de ejemplo a otras potencias medianas para considerar las sanciones, no como una barrera insuperable, sino como una especie de impuesto que podrían permitirse pagar si, a cambio, obtienen la libertad de acción estratégica que precisan para salvaguardar sus intereses vitales32.
3. Interdependencia asimétrica: el escudo chino y el puente indio
La tercera conclusión se centra en el surgimiento de una lógica estratégica no occidental. China e India representan dos respuestas diferentes, pero igualmente efectivas, a la instrumentalización de las sanciones por parte de Washington.
Por su parte, Pekín ha avanzado hacia la interdependencia asimétrica, haciendo que Occidente dependa profundamente de las cadenas de suministro chinas, creando así una forma de daño mutuo asegurado en la que cualquier sanción lo suficientemente severa como para perjudicar realmente a China provocaría simultáneamente un daño similar o mayor en la base industrial occidental.
Por el contrario, India ha perfeccionado el arte del equilibrio estratégico, negándose a tomar partido y actuando como refinería de la energía sancionada por Occidente a nivel mundial, demostrando que, en su caso, el «multialineamiento» es una doctrina rentable para el momento geopolítico global actual.
El éxito de la India en la gestión del citado momento sugiere que el futuro podría pertenecer a quienes sean capaces de posicionarse como puentes entre el Occidente sancionador y el Oriente resiliente, obteniendo concesiones de ambos.
4. La vulnerabilidad europea: el peligro del desgaste industrial
Finalmente, la situación europea podría servir de advertencia para la comunidad estratégica.
Europa es el único gran polo que ha visto su competitividad industrial sistemáticamente degradada como consecuencia directa del régimen de sanciones, debido a que mientras Estados Unidos permanece protegido por su dominio energético y tecnológico, la Unión se encuentra atrapada en una pinza geoeconómica, sometida a las presiones de Washington y Pekín, negándose a considerar la posibilidad de abastecimiento directamente desde Moscú, aunque lo hace de manera indirecta y más cara.
El drástico aumento de los costes energéticos y la necesidad de reducir el riesgo derivado de la dependencia de China han colocado a la Unión en una posición precaria.
Si continúa con una política exterior en la que las sanciones dificultan el necesario renacimiento industrial, corre el riesgo de convertirse en un museo geopolítico, llevada por su consternación moral en lugar de por un pragmatismo geoestratégico, lo que la condenaría a ser económica y, por lo tanto, geopolíticamente irrelevante.
Esta situación convertiría la búsqueda de la autonomía estratégica en una quimera prácticamente imposible, al carecer de una base energética e industrial capaz de resistir la doble tensión proveniente de América y Eurasia.
Conclusiones: la bifurcación del sistema global
El análisis parece revelar que las sanciones económicas han dejado de ser un instrumento quirúrgico para convertirse en un factor de disrupción sistémica, en el que cada polo examinado ha extraído conclusiones muy diferentes en esta era de confrontación geoeconómica.
Estados Unidos sigue considerando las sanciones como su principal ventaja asimétrica, orientándolas no solo contra sus adversarios geopolíticos como estrategia de contención tecnológica para preservar su hegemonía, sino también contra sus aliados como forma de coacción económica y geopolítica. Sin embargo, el abuso de dicha ventaja le está restando efectividad de manera creciente y podría dañar gravemente el pilar fundamental de su financiación económica: el petrodólar.
Rusia ha demostrado que una economía del G20, lo suficientemente grande y rica en materias primas, puede lograr una fortaleza resiliente mediante la agilidad tecnocrática y la creación de activos y actuaciones en la zona gris, lo que le está permitiendo sortear gran parte de las sanciones occidentales.
China está construyendo un universo financiero paralelo y un sólido marco jurídico de contramedidas, logrando una situación que asegura el perjuicio mutuo asegurado, lo que dificulta enormemente cualquier intento de coerción económica occidental.
Por su parte, India se ha erigido como adalid del pragmatismo estratégico, aprovechando la fricción entre bloques para fortalecer su autonomía y seguridad energética, al tiempo que actúa como puente necesario entre las partes, practicando el multialineamiento estratégico, lo que fortalece su resiliencia geoeconómica.
Europa, sin embargo, se encuentra en un estado de transición estratégica, luchando por equilibrar lo que todavía considera como su vital alianza de seguridad con Estados Unidos frente a la necesidad de diseñar estrategias pragmáticas que le permitan escapar de la inminente amenaza de la obsolescencia industrial, provocada esta por los altos costes energéticos y la fragmentación del comercio, a la que la abocan su subordinación al dictado de Washington y su falta de pragmatismo geoestratégico.
Ello nos lleva a pensar que el orden mundial parece tender hacia una bifurcación que podría ser irreversible, presenciando el surgimiento de lo que podría fraguar en dos globalizaciones paralelas: una liderada por el G7, centrada en la reubicación de empresas afines y la negación de la alta tecnología a los adversarios, y otra protagonizada por los BRICS+ (liderada por China), enfocada en el comercio de materias primas y en arquitecturas financieras alternativas e inmunes a las sanciones occidentales.
En esta nueva situación, la tradicional arma económica de las sanciones iría perdiendo gran parte de su poder coercitivo, a medida que más países se unan a la red CIPS y/o comercien con monedas alternativas al dólar, lo que, además, disminuiría la visibilidad de una parte sustancial del comercio global para los reguladores occidentales.
Podríamos estar entrando en lo que hay quien denomina una «nueva era de la geoeconomía»33, donde los flujos comerciales se vuelven progresivamente más opacos, por lo que la capacidad de influir en el comportamiento de los adversarios a través de la presión económica se volvería cada vez más difícil.
Así, la conclusión fundamental es que las sanciones son un recurso geopolítico cuyo poder se estaría consumiendo precisamente con su uso, porque, aunque Occidente aún controla los nodos financieros más sofisticados, el resto del mundo está construyendo rápidamente una economía capaz de resistir la coacción económico-financiera occidental.
Por lo tanto, la seguridad económica dependería menos de la capacidad de imponer sanciones y más de la capacidad de sobrevivir a ellas.
Ante esta conclusión, la Unión Europea debería urgentemente diseñar políticas y estrategias que garanticen un resultado lo más inmune posible a la coacción geoeconómica, tanto si esta se ejerce desde Washington como desde otro lugar.
En cualquier caso, para garantizar la seguridad en este mundo crecientemente fragmentado y competitivo, España y sus socios europeos deberían priorizar la resiliencia de sus cadenas de suministro y la competitividad de sus industrias por encima de las consideraciones morales selectivas, orientándose más por el pragmatismo geopolítico y estratégico.
En el siglo XXI, el arma económica más poderosa podría no ser tanto la capacidad de excluir a otros del sistema como la de permanecer indispensable dentro de él.
José Luis Pontijas Calderón
Coronel (ET, retirado), analista asociado al IEEE,
Doctor en Economía Aplicada por la UAH,
Profesor de Geopolítica y Estudios Estratégicos en la UC3M
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
-
-
Europa y la instrumentalización de la interdependencia: sanciones económicas y estrategias frente a ellas (0,3 MB)
-
Europe and the instrumentalization of interdependence: economic sanctions and strategies to counter them (0,3 MB)
-
