IEEE. Estados Unidos en la trampa persa. ¿Ante otra derrota estratégica como Vietnam?

Decorativa

28 oct 2026

IEEE. Estados Unidos en la trampa persa. ¿Ante otra derrota estratégica como Vietnam?

G.B. Víctor Bados Nieto. Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Una guerra de elección convertida en trampa estratégica

La campaña militar desencadenada por EEUU e Israel contra Irán, caracterizada inicialmente por bombardeos aéreos dirigidos a descabezar el régimen de los ayatolás, parecía indicar que la superioridad tecnológica, aérea y de inteligencia de ambos países permitiría alcanzar los objetivos militares a corto plazo. La eliminación de buena parte de la cúpula política, económica y militar iraní, cuyos dirigentes se encontraban reunidos para decidir la postura que adoptarían en la siguiente ronda de negociaciones en Washington, hizo pensar erróneamente a los dirigentes israelíes y estadounidenses que su desaparición facilitaría un cambio de régimen, como ya había intentado, sin éxito, una parte de la población iraní durante el mes de enero anterior. Los ataques contra instalaciones nucleares, bases militares, sistemas de defensa aérea, infraestructuras críticas y centros de mando y control pretendían demostrar que la República Islámica carecía de capacidad para resistir una confrontación convencional prolongada. Sin embargo, lo que inicialmente podía concebirse como una operación de objetivo limitado se ha convertido en un enfrentamiento de consecuencias regionales y globales, cuyo resultado político final, si bien está todavía por resolverse, muestra signos de ser poco favorable para la gran potencia hegemónica, Estados Unidos.

El primer elemento a analizar en esta guerra reside en la diferente naturaleza que tiene para sus protagonistas. Para Israel, que percibe el programa nuclear iraní, sus capacidades misilísticas y su red de aliados regionales como amenazas fundamentales para su seguridad y, potencialmente, para su propia existencia, esta confrontación adquiere una dimensión existencial. Para EEUU, por el contrario, se trata esencialmente de una guerra de elección, una intervención decidida políticamente sin que medie una amenaza militar inmediata que ponga en peligro su territorio o su supervivencia como estado. Para Irán, por contra, esta guerra es de auténtica supervivencia para el régimen de la república islámica que lucha por mantenerse en el poder, con las terribles consecuencias que tendría para el mismo la derrota. Esta diferencia no es menor, porque determina el nivel de sacrificio que cada contendiente está dispuesto a asumir y, sobre todo, el tiempo durante el cual puede sostener el esfuerzo bélico. Pero fundamentalmente, el apoyo al conflicto que en términos de esfuerzo y recursos proporcionado por su propia población y opinión pública1.

En esta lógica, Washington parece haber entrado en una trampa estratégica de difícil salida. Su superioridad militar le permite infligir daños devastadores a Irán, pero no garantiza que estos daños se traduzcan en los resultados políticos deseados. Por su parte, Teherán no necesita derrotar militarmente a EEUU para frustrar su estrategia. Le basta con sobrevivir, conservar determinadas capacidades de respuesta y prolongar una confrontación más allá de los costes políticos, económicos y diplomáticos de lo que el pueblo y la administración norteamericana pueda asumir2. Nos encontraríamos, por tanto, ante una profunda asimetría de intereses y de voluntades políticas, ya que mientras Washington necesita demostrar que ha ganado la guerra, a Teherán puede bastarle con demostrar que no la ha perdido.

La guerra se ha convertido para los contendientes, en definitiva, en una carrera contra el tiempo, aunque los relojes de ambos funcionan de forma diferente. Para Irán, el paso del tiempo representa fundamentalmente una amenaza económica y social, porque las sanciones, la destrucción de infraestructuras y el deterioro de las condiciones de vida erosionan su capacidad de resistencia. Para EEUU, en cambio, el tiempo se ha convertido en una amenaza política. Y todo parece indicar que esta segunda dimensión podría resultar el factor más determinante en el resultado final de la guerra. Irán solo tendría que resistir el tiempo suficiente para que el conflicto se hiciera políticamente insostenible para la gran potencia norteamericana.

La ausencia de un objetivo político definido

Uno de los principales problemas de la intervención estadounidense radica en la dificultad para identificar con precisión que pretende conseguir Washington y, especialmente, que condiciones permitirían declarar terminada la guerra al haberse alcanzado el estado final político deseado. Carl von Clausewitz sostenía que la guerra constituye la continuación de la política por otros medios3. Esta conocida afirmación contiene la exigencia fundamental para cualquier estrategia de que los objetivos militares deben estar subordinados a una finalidad política claramente definida. Cuando esa finalidad es ambigua, cambiante o desproporcionada respecto a los medios empleados, la superioridad militar puede convertirse en una fuente de frustración estratégica.

Las justificaciones estadounidenses han oscilado entre diferentes objetivos que no son necesariamente compatibles. Inicialmente se planteó la posibilidad de provocar un cambio de régimen, bajo la expectativa de que la destrucción de sus principales instrumentos represivos y militares facilitaría un levantamiento interno. Y así el presidente Trump animaba en las primeras horas del inicio de la guerra a que la población se levantara contra el régimen de los ayatolas. Posteriormente, el discurso se concentró en impedir que Irán adquiriera armamento nuclear y destruir su capacidad de enriquecimiento de uranio. A ello se añadió la necesidad de neutralizar su programa de misiles balísticos y reducir su capacidad de desestabilización regional4.

El problema es que cada uno de estos objetivos requiere una estrategia diferente. Destruir instalaciones militares es una tarea que puede realizarse mediante ataques aéreos. Impedir permanentemente la reconstrucción de un programa nuclear exige mecanismos de verificación, acuerdos internacionales y una vigilancia sostenida. Conseguir un cambio de régimen necesita de una transformación política interna cuyo resultado no puede garantizarse desde el exterior. Y, sobre todo, requiere de tropas terrestres, y aun así no queda garantizado como lo demuestra la historia reciente. Pretender alcanzar simultáneamente todos estos objetivos mediante una campaña de bombardeos constituye una apuesta estratégica extraordinariamente arriesgada5.

La cuestión nuclear merece una consideración particular. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, Irán había acumulado aproximadamente 440,9 kilogramos de uranio enriquecido hasta el 60% antes de los ataques de junio de 2025. Aunque ese porcentaje permanece por debajo del nivel del 90% habitualmente asociado al uranio apto para armamento nuclear, constituye una capacidad de proliferación muy preocupante, porque permite reducir considerablemente el tiempo necesario para obtener material de grado militar. Sin embargo, disponer de uranio altamente enriquecido no equivale a poseer un arma nuclear operativa, que requiere capacidades adicionales de diseño, fabricación, integración y lanzamiento. Además, el OIEA ha advertido de que las restricciones de acceso impiden conocer con precisión la cantidad y localización actuales de ese material6.

Tampoco resulta convincente presentar los misiles balísticos iraníes como una amenaza directa e inmediata contra el territorio continental estadounidense. Irán dispone de capacidades misilísticas importantes para atacar objetivos regionales, incluidos Israel y las bases e instalaciones estadounidenses desplegadas en Oriente Próximo, pero no de una capacidad intercontinental operativa y demostrada comparable a la de las grandes potencias nucleares. La amenaza existe fundamentalmente para las fuerzas adelantadas de Estados Unidos y sus aliados, lo que no es equivalente a una amenaza existencial contra la propia nación estadounidense7.

Esta confusión entre amenazas regionales, riesgos potenciales y peligros inmediatos ha contribuido a desdibujar el propósito político de la intervención. Y sin un estado final deseado claramente establecido, Washington corre el riesgo de seguir empleando la fuerza no porque exista una estrategia coherente para alcanzar la victoria8, sino porque detener las operaciones podría interpretarse como el reconocimiento de que los objetivos iniciales no se han conseguido.

La paradoja de un régimen debilitado, pero políticamente reforzado

Una de las consecuencias más significativas de la guerra podría ser precisamente la contraria a la que se pretendía alcanzar. Lejos de facilitar necesariamente el derrumbe de la República Islámica, la intervención militar exterior parece haber favorecido el reforzamiento de sus sectores más radicales, especialmente de la Guardia Revolucionaria Islámica, que ha incrementado su protagonismo en las decisiones estratégicas y en la definición de las condiciones para cualquier negociación9.

Este fenómeno responde a una dinámica conocida en los conflictos internacionales. Una amenaza exterior puede fortalecer temporalmente la cohesión de las élites gobernantes, justificar medidas extraordinarias de seguridad y desplazar a los sectores moderados o reformistas, cuya posición queda debilitada ante quienes consideran que cualquier concesión constituye una manifestación de debilidad. La supervivencia del régimen se convierte entonces en el principal criterio de legitimidad dentro del propio sistema político10.

La Guardia Revolucionaria no es simplemente una organización militar. Constituye uno de los principales centros de poder político, económico, ideológico y de seguridad de Irán, con importantes conexiones en la estructura institucional y una influencia decisiva sobre su política regional. El desplazamiento del equilibrio interno hacia sus sectores más intransigentes puede reducir considerablemente el margen de maniobra de los interlocutores diplomáticos tradicionales11. La centralidad de figuras vinculadas a la Guardia, como Mohsen Rezaei, en la formulación pública de las condiciones iraníes sobre el estrecho de Ormuz ilustra este endurecimiento, aunque no permite afirmar que todos los mecanismos de decisión estén exclusivamente bajo su control12.

La consecuencia estratégica es especialmente incómoda para Washington. La guerra destinada a debilitar al régimen puede haber fortalecido a quienes consideran que la resistencia prolongada es la mejor garantía de supervivencia. Además, los dirigentes iraníes han podido comprobar que, aun siendo militarmente inferiores, disponen de instrumentos capaces de generar costes desproporcionados a sus adversarios13.

Irán, además es consciente de que la presión sobre el estrecho de Ormuz, la capacidad de alterar los mercados energéticos, las amenazas contra infraestructuras regionales, el empleo de misiles y drones y la posibilidad de activar redes de aliados y organizaciones armadas constituyen palancas de presión que no desaparecen automáticamente con la destrucción de instalaciones militares. Teherán ha aprendido que no necesita imponerse en el enfrentamiento convencional para adquirir capacidad de negociación. Le basta con demostrar que puede hacer extraordinariamente costosa la continuación de la guerra.

Por otra parte, sería un error confundir la supervivencia del régimen con el respaldo popular a sus dirigentes. La sociedad iraní presenta profundas fracturas políticas, generacionales, económicas y culturales, y amplios sectores han expresado reiteradamente su rechazo al sistema político. Sin embargo, el descontento interno no se transforma necesariamente en una alternativa organizada y capaz de asumir el poder, especialmente bajo los efectos de una intervención militar extranjera. La oposición al régimen y el rechazo a los ataques exteriores pueden coexistir en una misma sociedad. A eso se añade una población que en este tipo de operaciones es fundamental ganar sus corazones y mentes, ha sufrido mucho en términos de muertos y heridos, lo que genera un profundo escepticismo respecto a la retórica de liberación de las fuerzas extranjeras. La materialización de daños colaterales críticos sobre la población civil -como la destrucción accidental de infraestructuras educativas o sanitarias- dinamita de forma inmediata la legitimidad de la campaña y cataliza el rechazo social generalizado.

Las múltiples vulnerabilidades de la superpotencia norteamericana

La trampa persa no reside fundamentalmente en la capacidad iraní para derrotar a Estados Unidos en el campo de batalla, una posibilidad prácticamente inexistente en términos convencionales, sino en su habilidad para explotar las vulnerabilidades políticas, económicas y estratégicas de la primera potencia mundial. Y esas vulnerabilidades son numerosas, están interrelacionadas y tienden a agravarse a medida que se prolonga el conflicto.

La primera es la cohesión de sus alianzas. Estados Unidos necesita apoyos regionales, bases militares, facilidades logísticas, inteligencia, cooperación diplomática y acceso a infraestructuras para sostener su despliegue. Sin embargo, los intereses de sus aliados no son necesariamente coincidentes. Mientras Israel puede considerar imprescindible continuar las operaciones hasta alcanzar una degradación duradera de las capacidades iraníes, las monarquías del Golfo temen las consecuencias de una escalada regional que está afectando a sus infraestructuras energéticas, a sus economías y a su propia seguridad. De hecho, esta guerra está impactando muy severamente en la confianza y solidez de la Alianza de los EEUU con estas monarquías árabes, al suponerle un tremendo golpe a todas ellas, lo que está socavando su seguridad y estabilidad, que están pagando muy caro en términos económicos y sociales. Los aliados europeos, por su parte, deben conciliar sus compromisos de seguridad con Washington con la preocupación por la legalidad internacional, la estabilidad energética y las consecuencias económicas de una guerra prolongada14.

Esta divergencia introduce una dificultad adicional para la estrategia estadounidense. Cuanto más se prolonga el conflicto, más difícil resulta mantener una coalición cohesionada alrededor de objetivos que no todos sus integrantes comparten. Irán puede aprovechar esas diferencias para intentar fragmentar el frente diplomático contrario y presentarse ante determinados interlocutores como un actor imprescindible para cualquier solución negociada15.

La segunda vulnerabilidad es económica. Aunque Estados Unidos dispone de una capacidad financiera incomparablemente superior a la iraní y de una notable autonomía energética, no permanece inmune a las perturbaciones del mercado mundial del petróleo. El encarecimiento de los hidrocarburos repercute en los costes de transporte, producción y distribución, alimenta la inflación y reduce el poder adquisitivo de los ciudadanos. El impacto se extiende además a los mercados financieros y a las expectativas de crecimiento. Las reuniones de octubre del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial han puesto de manifiesto la magnitud de la perturbación energética y sus consecuencias para una economía mundial ya sometida a importantes tensiones financieras16.

Para una Administración que había hecho de la prosperidad económica, la reindustrialización y la defensa de los intereses nacionales los ejes fundamentales de su discurso político. Esta apuesta de la administración Trump se explicitó claramente la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS), una guerra que encarece la energía y deteriora las expectativas económicas, supone una contradicción particularmente difícil de gestionar17.

A ello se añade la situación de las finanzas públicas estadounidenses. El elevado endeudamiento federal y las necesidades de financiación de una economía que acumula importantes déficits estructurales limitan el margen político para asumir compromisos militares adicionales. No significa que Estados Unidos carezca de recursos para sostener la guerra, sino que cada incremento del gasto militar debe competir con otras prioridades presupuestarias en un contexto de creciente cuestionamiento sobre el papel del Estado y el destino de los recursos públicos.

La tercera vulnerabilidad es precisamente esa profunda división de la sociedad estadounidense. La guerra se desarrolla en un país políticamente polarizado, donde una parte considerable de la opinión pública cuestiona tanto la necesidad de la intervención como la coherencia de sus objetivos. El conflicto afecta, además, a una de las principales contradicciones del movimiento MAGA, que había construido buena parte de su discurso sobre el rechazo a las guerras interminables, la reducción de los compromisos militares exteriores y la prioridad de los problemas internos frente a las ambiciones de transformación política de otras regiones18.

La promesa de evitar nuevas aventuras militares resulta difícilmente conciliable con una intervención en Oriente Próximo cuyo coste aumenta y cuyo final continúa siendo incierto. Una parte del electorado que respaldó a Donald Trump precisamente por su crítica al intervencionismo estadounidense, puede interpretar esta guerra como una repetición de los errores que el propio presidente había denunciado. De hecho, Según una información de Associated Press publicada en octubre, el 69% de los estadounidenses consideraba que la guerra no merecía la pena19, un indicador especialmente significativo del desgaste político acumulado.

Por otra parte, las elecciones legislativas de noviembre de 2026 introducen, por tanto, una presión temporal adicional. Aunque la Administración estadounidense niegue que el calendario electoral determine sus decisiones, resulta difícil imaginar que la evolución de la guerra no influya sobre las expectativas políticas de los candidatos, la disciplina de los partidos y la disposición del Congreso a respaldar nuevos compromisos militares.

Existe además una vulnerabilidad estrictamente militar que suele recibir menos atención tal es el consumo de municiones de precisión y, especialmente, de interceptores destinados a la defensa aérea y antimisiles. Estados Unidos posee una capacidad industrial y tecnológica extraordinaria, pero sus existencias no son ilimitadas y determinados sistemas requieren largos plazos de fabricación. Una campaña prolongada contra misiles y drones relativamente baratos puede generar un intercambio económicamente desfavorable, obligando a emplear interceptores de elevado coste frente a amenazas cuyo precio unitario es considerablemente inferior20.

Este problema adquiere una dimensión estratégica cuando se considera que Estados Unidos debe mantener simultáneamente compromisos de seguridad en Europa, Oriente Próximo y el Indo-Pacífico. Los recursos empleados en una región no están necesariamente disponibles para otra. La guerra contra Irán puede así afectar indirectamente a la capacidad de disuasión frente a China, al sostenimiento del apoyo a Ucrania y a la preparación estadounidense para contingencias de mayor importancia estratégica. Además, desde una perspectiva de gran estrategia, la intervención plantea también la contradicción de que mientras Washington identifica la competición con China como uno de sus principales desafíos estratégicos en su NSS, vuelve a comprometer recursos militares, industriales y políticos en Oriente Próximo, una región de la que precisamente pretendía reducir su dependencia estratégica21.

Finalmente, debe considerarse el deterioro de la legitimidad internacional. Una intervención cuya justificación cambia a lo largo del conflicto y que carece de una salida política definida, puede alimentar la percepción de que Estados Unidos vuelve a recurrir a la fuerza sin disponer de un proyecto coherente para el orden posterior. Esta percepción resulta especialmente relevante en un sistema internacional cada vez más erosionado y fragmentado, donde numerosas potencias emergentes cuestionan la aplicación selectiva de las normas internacionales, y muestran una creciente resistencia a secundar automáticamente las posiciones occidentales22.

El resultado es una acumulación de vulnerabilidades que Irán puede intentar explotar sin necesidad de disponer de capacidades equivalentes a las estadounidenses. Washington conserva la superioridad militar, pero Teherán puede trasladar la confrontación hacia terrenos en los que esa superioridad pierde buena parte de su eficacia.

Irán y las palancas de una resistencia prolongada

Irán tampoco se encuentra en una posición cómoda. Su economía arrastra años de sanciones internacionales, depreciación monetaria, inflación, dificultades de inversión y un considerable deterioro de las condiciones de vida. La destrucción de infraestructuras y las restricciones comerciales y financieras agravan esas debilidades, y amenazan con erosionar el apoyo ya muy debilitado de las bases sociales sobre el que descansa la supervivencia del régimen. La República Islámica puede estar dispuesta a soportar costes extraordinarios, pero esa disposición no equivale a una capacidad ilimitada de resistencia.

Sin embargo, la principal fortaleza iraní reside en que su estrategia no exige alcanzar una victoria militar convencional. Su objetivo puede limitarse a preservar la continuidad del sistema político, mantener suficientes capacidades militares para impedir una victoria total de Washington y conseguir que el adversario termine aceptando una negociación en condiciones menos favorables de las inicialmente previstas.

Sin duda Teherán aun cuenta con una red de organizaciones y actores regionales vinculados a Teherán, que si bien debilitada por los sucesivos enfrentamientos, sigue ofreciendo posibilidades de presión indirecta. La experiencia acumulada de Irán en el empleo de drones, misiles y operaciones asimétricas permite amenazar infraestructuras, rutas comerciales y posiciones militares sin necesidad de disputar el dominio aéreo a Estados Unidos. La capacidad de adaptación y regeneración de determinadas capacidades constituye, en este sentido, un recurso estratégico tan importante como el número de sistemas que sobrevivan a los ataques23.

Especial relevancia tiene el estrecho de Ormuz, una de las principales arterias energéticas del planeta. La posibilidad de restringir o condicionar el tránsito marítimo proporciona a Teherán una capacidad de presión que trasciende ampliamente su poder económico y militar. Las negociaciones de octubre han mostrado hasta qué punto la reapertura y seguridad del estrecho se han convertido en elementos centrales del enfrentamiento diplomático. Irán ha condicionado nuevos avances al cumplimiento de sus exigencias, mientras Washington pretende vincular cualquier acuerdo a compromisos sobre el programa nuclear24.

La ironía estriba en que un país sometido a una presión militar y económica extraordinaria conserva una enorme capacidad de influir sobre una parte sustancial de los mercados energéticos mundiales y condicionar las decisiones de la primera potencia del planeta.

Tampoco debe subestimarse el papel de China y Rusia. Ninguna de estas potencias necesita implicarse directamente en la guerra para beneficiarse estratégicamente del desgaste estadounidense. Para Pekín, una intervención prolongada de EEUU en Oriente Próximo puede desviarle recursos y atención del Indo-Pacífico, aunque la inestabilidad energética también perjudique los intereses económicos chinos. Para Moscú, el conflicto ofrece oportunidades diplomáticas y estratégicas, pero igualmente introduce incertidumbres que no controla. Irán está aprovechando esas relaciones con China y Rusia para reducir parcialmente su aislamiento, conseguir un apoyo que está resultando fundamental en mantener viva su capacidad de resistencia25 y ampliar sus alternativas diplomáticas y comerciales, sin que ello implique la existencia de un compromiso incondicional de apoyo por parte de ambas potencias26.

Todo ello proporciona a Teherán una capacidad de lucha y resiliencia que resulta extremadamente más rentable que ceder precipitadamente. Si sus dirigentes consideran que el desgaste político estadounidense avanza más deprisa que el deterioro económico iraní, tendrán incentivos para endurecer sus condiciones y prolongar la negociación, incluso a costa de importantes sacrificios internos.

La carrera contra el tiempo: ¿quién resistirá más?

El tiempo constituye probablemente la variable decisiva de esta guerra. No porque ambos contendientes dispongan de recursos comparables, sino porque su capacidad para soportar los costes del conflicto responde a lógicas políticas diferentes27.

Estados Unidos puede sostener militarmente una confrontación durante mucho más tiempo que Irán, pero su sistema político exige justificar periódicamente ante los ciudadanos los beneficios de esa intervención. La presión electoral, el encarecimiento de la vida, el desgaste de la opinión pública, las divisiones internas y la preocupación de los aliados reducen progresivamente el margen de maniobra de Washington. La Administración necesita ofrecer resultados reconocibles y, sobre todo, una perspectiva creíble de finalización del conflicto.

Irán, por el contrario, dispone de muchos menos recursos económicos y militares, pero sus dirigentes interpretan la guerra como una amenaza a la continuidad del propio régimen. Esa percepción puede aumentar extraordinariamente su disposición a asumir sacrificios, especialmente cuando los sectores más radicales controlan los principales resortes de seguridad y consideran que una capitulación podría comprometer su supervivencia política y personal.

En consecuencia, ambos países compiten en una carrera de resistencia de naturaleza diferente. Irán debe evitar que el deterioro económico y social alcance un nivel incompatible con la estabilidad interna. Estados Unidos necesita impedir que el coste político de la guerra supere los beneficios que pueda presentar a sus ciudadanos. No está escrito cuál de los dos límites se alcanzará primero, pero la evolución del conflicto sugiere que el margen político estadounidense podría estrecharse antes de que Teherán pierda su capacidad de resistencia.

Esta situación genera un dilema de difícil resolución para Washington. Intensificar los ataques puede incrementar la destrucción militar iraní, pero también elevar los riesgos de escalada, ampliar el conflicto y reforzar la determinación de los sectores más radicales del régimen. Mantener una presión limitada puede prolongar indefinidamente una confrontación que consume recursos y erosiona apoyos. Y aceptar una negociación sin alcanzar los objetivos inicialmente proclamados podría interpretarse como una derrota política, especialmente después de haber presentado la intervención como una demostración de la determinación y superioridad estadounidenses.

La salida diplomática sigue siendo posible y probablemente constituya la alternativa más racional para evitar un deterioro mayor. Pero negociar no equivale necesariamente a conseguir los objetivos de la guerra. Si el resultado final pasa por la supervivencia de un régimen más radicalizado, la persistencia de capacidades misilísticas y nucleares relevantes y la necesidad de aceptar concesiones para restablecer la estabilidad regional, Washington tendrá dificultades para explicar qué ha conseguido mediante el empleo de una fuerza militar tan abrumadora28.

El riesgo de otra derrota estratégica

La historia estadounidense ofrece precedentes que deberían invitar a la prudencia. Vietnam y Afganistán demostraron que una gran potencia puede mantener una superioridad militar indiscutible y, sin embargo, fracasar en la consecución de sus objetivos políticos. En ambos casos, la capacidad para ganar enfrentamientos y destruir fuerzas adversarias no resultó suficiente para imponer un desenlace estratégico favorable.

Irán no es Vietnam ni Afganistán, y las diferencias entre estos conflictos son demasiado importantes para establecer analogías mecánicas. El denominador común no reside en la naturaleza de los adversarios ni en la forma de conducir las operaciones militares, sino en la dificultad de una gran potencia para convertir su superioridad militar en una victoria política frente a un enemigo cuya principal ventaja estratégica es su disposición a resistir. Irán además se trata de un estado civilizatorio29 con instituciones consolidadas, una importante tradición histórica, capacidades militares propias y una posición geográfica que le permite influir sobre el funcionamiento de la economía mundial. Tampoco la intervención estadounidense presenta las mismas características que aquellas campañas terrestres prolongadas. Sin embargo, existe el riesgo común de confundir la superioridad militar con la capacidad de imponer una solución política.

El problema fundamental de Estados Unidos no es que carezca de medios para continuar castigando militarmente a Irán, sino que puede no disponer de una estrategia capaz de transformar ese castigo en un resultado político estable. Si la guerra termina sin modificar sustancialmente el comportamiento del régimen, sin resolver de manera verificable la cuestión nuclear y con una región más inestable, los éxitos operacionales difícilmente podrán presentarse como una victoria estratégica.

Más preocupante todavía sería que la intervención terminara produciendo resultados contrarios a los inicialmente perseguidos, como un régimen iraní más radical, una mayor hostilidad hacia Estados Unidos, un incentivo reforzado para adquirir capacidades nucleares como garantía última de supervivencia y una percepción internacional de que Washington vuelve a embarcarse en una guerra sin haber calculado adecuadamente sus consecuencias.

La verdadera trampa persa consiste precisamente en esa dificultad para encontrar una salida compatible con los objetivos proclamados. Continuar la guerra incrementa los costes y los riesgos, pero abandonarla sin resultados suficientes amenaza con convertir la demostración de fuerza en una manifestación de impotencia estratégica, máxime en el marco de la competición estratégica que EEUU mantiene con China.

La lección de Vietnam y Afganistán no reside en que las grandes potencias estén condenadas a perder las guerras contra adversarios inferiores, sino que el poder militar tiene límites cuando los objetivos políticos son ambiguos o exceden aquello que el poder militar puede conseguir. Estados Unidos debería recordar que la finalidad de la guerra no es destruir con dureza al adversario, sino alcanzar una situación política mejor que la existente antes de iniciarla30.

En la confrontación con Irán, Washington dispone de una superioridad militar incuestionable, pero Teherán conserva una ventaja potencialmente decisiva al considerar suficiente su propia supervivencia para desgastar políticamente a su adversario. Si el tiempo termina agotando antes la voluntad política estadounidense que la capacidad de resistencia iraní, la primera potencia mundial podría encontrarse ante otro gravísimo error de cálculo estratégico.

Conviene señalar, finalmente, que este análisis se ha centrado deliberadamente en Estados Unidos como estudio de caso, sin abordar en profundidad la posición de Israel, cuya participación en el conflicto responde a una lógica estratégica sustancialmente diferente. Como se ha explicitado anteriormente, mientras que para Washington se trata de una guerra de elección, para Israel constituye una confrontación que sus dirigentes interpretan en términos existenciales. Esta percepción explica la mayor determinación del Gobierno israelí para continuar las operaciones militares hasta eliminar lo que considera una amenaza para la propia supervivencia del Estado como atestiguan las recientes declaraciones del primer ministro Benjamin Netanyahu31. La diferencia resulta fundamental, ya que mientras Estados Unidos puede considerar aceptable una salida negociada que permita poner fin al conflicto, Israel parece dispuesto a asumir mayores costes y prolongar el enfrentamiento hasta alcanzar unos objetivos políticos más ambiciosos. Esta divergencia de intereses y de percepción de la amenaza introduce una dificultad adicional para Washington, que podría verse condicionado por un aliado cuya voluntad de continuar la guerra supera la suya propia, y en esa dinámica, Estados Unidos corre así el riesgo de repetir una de las paradojas más dolorosas de su historia militar, como es el volver a ganar prácticamente todas las batallas y, sin embargo, perder la guerra.

G.B. Víctor Bados Nieto
Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

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    • Estados Unidos en la trampa persa. ¿Ante otra derrota estratégica como Vietnam? (0,24 MB)

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