IEEE. Determinación Absoluta: una campaña multidominio contra Venezuela

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23 mar 2026

IEEE. Determinación Absoluta: una campaña multidominio contra Venezuela

Guillem Colom Piella. Doctor en Seguridad Internacional, Profesor asociado del IEEE (CESESDEN)

Introducción

Mientras gran parte de la atención se concentra hoy en Irán, la guerra en curso está confirmando una premisa clásica: a la fuerza se recurre con objetivos políticos claros, limitados y alcanzables1. Cuando esos objetivos son ambiguos, cambiantes o excesivos, incluso una campaña militar sofisticada en lo formal y extremadamente efectiva en lo táctico puede no traducirse en el desenlace buscado. Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo hoy en Persia2. Y precisamente por eso conviene volver sobre la operación Determinación Absoluta (Absolute Resolve) contra Venezuela: no sólo por su interés inmediato, sino porque ofrece el contraste opuesto, el de una campaña en la que el empleo de la fuerza se articuló en torno a un objetivo político más limitado y, por ello, más fácilmente traducible en un resultado político.

Dicho de otro modo, si la operación Furia Épica (Epic Fury) ilustra los límites de la coerción cuando el liderazgo político no fija con claridad los objetivos a alcanzar y desoye a su maquinaria burocrática, Determinación Absoluta permite examinar qué sucede cuando fines, modos y medios guardan una relación más estrecha. Precisamente por eso importa aclarar de qué hablamos cuando hablamos de operaciones multidominio3. El debate contemporáneo sobre ellas suele deslizarse hacia varios equívocos. El primero consiste en reducirlas a una cuestión de medios: más sensores, más precisión o más conectividad. El segundo, en confundirlas con la mera simultaneidad entre dominios, como si actuar a la vez en tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio, espectro electromagnético e información bastara por sí solo para producir efectos decisivos. El tercero, finalmente, es creer que un diseño doctrinal sofisticado puede suplir la claridad política. Ninguno de esos atajos resulta convincente. Lo relevante no es acumular capacidades ni actuar a la vez en varios dominios, sino articular una campaña que permita desorganizar al adversario, acelerar el propio ciclo de decisión dilatando o erosionando el ciclo adversario y convertir esa ventaja operacional en un resultado políticamente aprovechable.

Leída desde esa óptica, Absolute Resolve resulta un caso especialmente interesante. La operación no consistió simplemente en el empleo simultáneo de medios cinéticos y no cinéticos, sino en su integración dentro de una secuencia orientada a generar desorganización política y parálisis operacional en el régimen de Maduro. Su lógica no fue la mera acumulación de golpes contra el liderazgo y las fuerzas armadas venezolanas, sino la desarticulación rápida de sus funciones críticas como sistema: degradar su capacidad para ver, comunicar, decidir, coordinarse y reaccionar antes de que pudiera recomponerse. En última instancia, lo decisivo no es la sofisticación del instrumento militar, sino su capacidad para traducir la ventaja militar en un resultado político, porque – como advirtió Clausewitz en su día – la guerra sólo adquiere sentido en la medida en que sirve a un propósito político4.

A partir de ahí, el caso venezolano permite abordar tres cuestiones. La primera, de carácter doctrinal, remite a la utilidad del enfoque multidominio cuando se entiende como una teoría de la victoria y no como un simple inventario de capacidades. La segunda, de tipo operacional, se refiere a la forma en que la operación combinó la preparación del entorno, la supresión de defensas, la penetración sobre el objetivo, la captura de Nicolás Maduro y su extracción dentro de una misma secuencia. La tercera, finalmente, apunta a una hipótesis más amplia: que el éxito de Absolute Resolve reforzara en Washington la impresión de que seguía siendo posible obtener resultados políticos rápidos mediante campañas breves, precisas y altamente integradas; una percepción que, quizá, ayude a contextualizar la mayor asertividad posterior frente a Irán5.

Una campaña concebida para desarticular, no para devastar

El interés de la operación Determinación Absoluta no radica tanto en la magnitud de los medios empleados como en la lógica que ordenó su uso. La operación no perseguía devastar el Estado venezolano, ni ocupar el país, ni librar una guerra de desgaste, ni tampoco ejecutar una campaña de coerción. Su propósito era mucho más limitado y, precisamente por ello, más inteligible: neutralizar el centro político del régimen, desorganizar su respuesta inmediata e impedir que el sistema pudiera recomponerse con la rapidez suficiente como para frustrar el efecto buscado. Bajo esta óptica, la campaña no se dirigió simplemente contra objetivos aislados, sino contra la coherencia del conjunto. La distinción es relevante: una campaña orientada a paralizar el funcionamiento global del Estado adversario no persigue lo mismo que una operación destinada a desarticular el núcleo político-militar que sostiene su capacidad de mando y control6. Absolute Resolve responde con mucha mayor claridad a esta segunda lógica.

La operación fue limitada y quirúrgica7: equipos de operaciones especiales irrumpieron en Caracas tras meses de vigilancia para construir un patrón de vida del objetivo, y los daños se concentraron en un número reducido de puntos clave – Fuerte Tiuna, La Carlota, La Guaira e Higuerote – para capturar a Maduro, abrir un corredor seguro para la inserción y extracción de los helicópteros y reducir al mínimo los daños colaterales. No se atacó de forma generalizada a la estructura militar ni tampoco las infraestructuras nacionales como la red eléctrica, el transporte o las comunicaciones.

Ese dato es central, porque sitúa la operación en un plano intermedio entre una acción de fuerzas de operaciones especiales y una campaña conjunta de alta complejidad. No fue una simple operación de captura ni una campaña coercitiva apoyada principalmente en el poder aéreo8. Fue una campaña breve, limitada y políticamente acotada, cuyo éxito dependía de combinar con precisión superioridad aérea y electromagnética local, inteligencia persistente, supresión puntual de defensas (especialmente aéreas), capacidad de asalto urbano, extraccióndel objetivo y control inmediato de la situación política9. La mejor prueba está en el propio diseño del esfuerzo: cientos de horas de ensayo, un conocimiento minucioso de los hábitos y rutinas del objetivo y una estructura conjunta en la que confluyeron fuerzas militares, comunidad de inteligencia y Departamento de Justicia10. El propósito no era derrotar a las fuerzas armadas venezolanas, sino impedir que pudieran reaccionar con coherencia en el breve intervalo crítico que separaba el golpe inicial del colapso de la cadena de mando11.

Preparar el entorno: inteligencia, firmas y vulnerabilidades

Toda campaña de esta naturaleza comienza mucho antes del primer ataque visible. En la operación Determinación Absoluta, la fase decisiva fue la preparación del entorno. Las fuentes disponibles coinciden en que la operación fue el resultado de meses de cooperación entre mandos militares y servicios de inteligencia, y que la orden de ejecución sólo se activó cuando existió información suficiente sobre los hábitos, localización, rutas de aproximación y vulnerabilidades del dispositivo venezolano, incluyendo del propio Maduro.12.

En términos operativos, ello exigía varias cosas a la vez: construir un patrón de vida del objetivo y de su entorno inmediato; cartografiar la arquitectura de defensa aérea, radares, enlaces y rutas de respuesta; identificar qué nodos debían neutralizarse para abrir una ventana local de superioridad; y reconocer, por último, que parte del éxito descansaría no tanto en la fuerza bruta como en la explotación de vulnerabilidades preexistentes: obsolescencia del sistema defensivo, mantenimiento deficiente, pobre integración entre equipos de origen ruso y chino y el propio efecto de la geografía de Caracas, cuyo entorno montañoso favorecía una aproximación a baja cota13. La convergencia, en consecuencia, no nació de la tecnología sino del conocimiento detallado del adversario y de su ambiente operativo.

La dimensión cibernética y electromagnética resulta especialmente reveladora. En el briefing posterior a la operación, el jefe del Estado Mayor Conjunto explicó que, a medida que la fuerza se aproximaba a la costa venezolana, Estados Unidos empezó a superponer distintos efectos proporcionados por el Mando Espacial, el Mando Cibernético y otras agencias para “abrir camino” a la operación14. En paralelo, Trump afirmó que las luces de Caracas se apagaron gracias a una “cierta pericia” estadounidense15. Sin embargo, el análisis más riguroso aconseja cautela: no está claro qué produjo exactamente el ciberespacio – reconocimiento, disrupción o ambas cosas – y parte del efecto pudo descansar, además, en la fragilidad previa de la infraestructura eléctrica venezolana16. La lección no es que el ciberespacio “ganara” la operación, sino que la ambigüedad y la superposición de efectos reforzaron la opacidad del golpe inicial y, con ello, la desorganización del adversario.

El golpe multidominio

La ejecución táctica de la operación ilustra con bastante claridad su lógica multidominio. Más de 150 aeronaves y drones despegaron desde una veintena de bases y buques distribuidos por la región. La fuerza de cobertura incluyó cazas F-22, F-35 y F-18, aviones de guerra electrónica EA-18G, bombarderos B-1 y B-2, una amplia variedad de medios de inteligencia, observación y reconocimiento (ISR) y numerosos helicópteros de operaciones especiales. La fuerza de extracción voló a muy baja cota, cubierta por una secuencia de supresión de defensas que combinó fuegos de precisión, guerra electrónica, cibarataques y otros efectos no-cinéticos para abrir una ventana local de superioridad17. Todo ello para que una fuerza de captura descendiera sobre el complejo de Maduro,capturara el objetivo y comenzara la extracción hacia el buque de asalto anfibio Iwo Jima.

La operación confirma, además, una intuición doctrinal relevante: el valor de lo multidominio no está en actuar simultáneamente en varios espacios, sino en sincronizar efectos distintos de forma que el adversario no pueda absorberlos secuencialmente. Eso fue, en esencia, lo que ocurrió aquí. Mientras una fuerza penetraba sobre el objetivo, otras plataformas suprimían defensas aéreas, protegían el corredor aéreo, actualizaban inteligencia en tiempo real y cubrían la exfiltración del presidente venezolano. No hubo una sucesión lineal de fases cerradas, sino una convergencia temporal de fuegos, protección, guerra electrónica, ISR y apoyo marítimo18. En ese sentido, la ejecución de la operación se asemeja más a una red letal que a una cadena lineal de detección y destrucción19.

El desempeño del sistema defensivo venezolano refuerza esa lectura. Ninguna aeronave estadounidense fue derribada y la combinación de fuegos cinéticos, guerra electrónica y otros efectos no cinéticos contribuyó a desarticular radares y baterías de origen ruso y chino20. Pero lo decisivo no fue sólo la superioridad técnica del atacante, sino la incapacidad venezolana para hacer funcionar su defensa como un sistema coherente. Equipos parcialmente operativos, mal mantenidos, mal camuflados y pobremente integrados representan, en realidad, el reverso de la lógica multidominio. Si el atacante busca convergencia, el defensor necesita coherencia. Y, cuando ésta falta, la campaña se vuelve rápidamente asimétrica.

Por qué funcionó

La primera razón del éxito de Absolute Resolve fue la superioridad informativa. Sin una arquitectura de inteligencia persistente ni un conocimiento detallado de los hábitos, rutas, defensas y vulnerabilidades del sistema adversario (incluyendo el patrón de vida del propio Maduro), la sincronización posterior habría sido mucho más incierta. La operación descansó sobre información de alta calidad y, aún más importante, sobre la capacidad de traducir esa información en un plan viable21. Saber no basta; también importa saber qué hacer con lo que se sabe.

La segunda razón fue la calidad organizativa del atacante. La operación exigía una coordinación muy fina entre el componente militar, la comunidad de inteligencia y las autoridades judiciales. Eso implicaba una arquitectura de mando flexible, procedimientos ensayados hasta la saciedad, latencias reducidas y una cultura institucional capaz de actuar con disciplina bajo una elevada complejidad. Dicho de otro modo, la tecnología importó, pero la institución importó más. Una fuerza puede disponer de enlaces, sensores y municiones de precisión, pero si no es capaz de integrarlos operativamente en tiempo útil, la promesa multidominio se queda en retórica. Aquí ocurrió lo contrario: la campaña funcionó porque detrás había una organización madura22.

La tercera razón fue la debilidad del sistema adversario. Venezuela era militarmente vulnerable. No podía disputar el espectro electromagnético y cibernético, ni la superioridad aérea, ni la libertad de maniobra del atacante. Además, su sistema de defensa aérea estaba deteriorado por años de corrupción, desinversión y dependencia de material ruso sin respaldo adecuado23. El caso demuestra, por tanto, que una fuerza avanzada puede producir una desarticulación sistémica contra un adversario incapaz de negar la convergencia enemiga; no demuestra que la misma fórmula pueda exportarse sin fricciones a escenarios más densos y resilientes.

La cuarta razón fue, seguramente, la más importante: la claridad del objetivo político. La operación no estaba diseñada para reordenar la región, ni para cambiar el régimen venezolano ni para ocupar el país. Su fin era más acotado: neutralizar a Maduro, impedir una reacción organizada inmediata y abrir una nueva situación política bajo condiciones de presión estadounidense. Esa claridad de propósito dio coherencia a la secuencia operacional24. Por contra, la campaña contra Irán ha mostrado justamente lo contrario: una poderosa fuerza militar empleada al servicio de fines que no siempre parecen estables ni plenamente compatibles entre sí. Allí reside, probablemente, la diferencia decisiva entre ambos casos.

Impacto, límites y aprendizaje estratégico

El impacto inmediato de Absolute Resolve fue evidente: la captura de Maduro, la elevación de Delcy Rodríguez como presidenta interina y la apertura de una nueva fase de cooperación táctica con Washington. Sin embargo, a pesar de la apertura gradual del sistema político venezolano, su aparato represivo permanece intacto25. Esta observación es importante: la desarticulación rápida de un centro político puede abrir un proceso de liberalización, pero no garantiza por sí sola la transformación del régimen. Puede facilitarla o acelerarla, pero no sustituye el trabajo posterior de reforma institucional, redistribución del poder y reconfiguración de los equilibrios coercitivos.

Ese matiz remite a otra cuestión más de fondo. La operación fue un éxito operacional claro, pero también pudo reforzar en Washington una impresión problemática: la de que campañas breves, precisas y de huella limitada pueden seguir produciendo resultados políticos rápidos. Sin embargo, esa expectativa sólo se sostiene cuando el objetivo político está claramente definido y resulta alcanzable con los medios disponibles. Lo que funcionó en Venezuela descansaba sobre una combinación muy específica de condiciones: un objetivo político acotado, un adversario frágil, libertad de acceso, superioridad informativa abrumadora y una escasa capacidad adversaria de escalada, tanto vertical como horizontal. Ninguna de esas condiciones se reproduce en Irán. Allí, tras dos semanas de bombardeos, la decapitación parcial del liderazgo y el empleo combinado de efectos cinéticos y no cinéticos, Teherán mantiene su capacidad de control y monopolio de la violencia, no parece abocado a un colapso inminente y, además, ha escalado horizontalmente el conflicto en el escenario más previsible de todos: el estrecho de Ormuz. Lo que este contraste pone de relieve no es el fracaso del poder militar en abstracto, sino sus límites cuando se rompe la relación entre fines, medios y modos: un planteamiento inicial relativamente inteligible de degradación militar terminó contaminado por una deriva de fines que hizo mucho más incierta su traducción política.

Conclusiones

Absolute Resolve importa porque ofrece un caso relativamente raro de alineación entre objetivo político, diseño operacional y condiciones estratégicas. Su éxito no se explica sólo por la superioridad material estadounidense, sino por la capacidad de integrar inteligencia, guerra electrónica, ciberespacio, espacio, aire, mar y fuerzas especiales dentro de una secuencia concebida para desorganizar al adversario como sistema y no simplemente para infligirle daño. Vista así, la operación ilustra bien la lógica multidominio en su versión más exigente: no una suma de capacidades, sino una forma de producir desintegración funcional en una ventana temporal favorable.

Pero el caso también deja una advertencia. Precisamente porque funcionó, podía inducir una lectura excesivamente optimista del poder militar. El contraste con Irán lo confirma: la decapitación del liderazgo, los ataques de precisión y los efectos no cinéticos no garantizan por sí mismos el colapso del régimen ni resuelven la ambigüedad política del atacante, y la propia inteligencia estadounidense sostiene que Teherán conserva capacidad de control y no está en riesgo inmediato de derrumbe. La lección de fondo sigue siendo clásica. La guerra puede ser extraordinariamente moderna en sus medios y, sin embargo, seguir obedeciendo a una regla antigua: sólo produce resultados estratégicos consistentes cuando la política define con claridad qué quiere conseguir y cuando la campaña se diseña para obtener precisamente ese resultado, y no otro. En este sentido, Absolute Resolve no sólo anticipa los límites del poder militar cuando los fines se vuelven ambiguos, sino también una forma más asertiva de entender la primacía estadounidense en el continente americano, próxima a la relectura de la doctrina Monroe que la propia Casa Blanca ha empezado a formular en términos del “Corolario de Trump”.

Guillem Colom Piella
Doctor en Seguridad Internacional
Profesor asociado del IEEE

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]Una cautela que, en el caso estadounidense, nos remite a la doctrina Weinberger-Powell (1984). Formulada para evitar otro Vietnam, la doctrina Weinberger y el corolario de Powell se articulaban en torno a una idea sencilla: no emplear la fuerza sin objetivos claros, medios suficientes y una relación estable entre fines y ejecución. Paradójicamente, la campaña contra Irán parece haberse alejado de varios de esos criterios.
[2]Erin Banco y Jonathan Landay (11 de marzo de 2026): “U.S. intelligence says Iran government is not at risk of collapse, say sources”, Reuters, en: https://www.reuters.com/business/media-telecom/us-intelligence-says-iran-government-is-not-risk-collapse-say-sources-2026-03-11/
[3]Las operaciones multidominio son, en buena medida, una guerra por la decisión. No consisten simplemente en actuar a la vez en varios dominios, sino en integrar capacidades y efectos con la rapidez suficiente como para acelerar el propio ciclo de decisión y degradar el del adversario, presentándole dilemas simultáneos que no pueda absorber secuencialmente (Department of the Army (2025): FM.3.0 Operations. Washington DC: Department of the Army).
[4]La idea no es nueva: la guerra no constituye un fin en sí mismo, sino un instrumento subordinado a un propósito político (Carl von Clausewitz (1976) [1832] On War (Princeton: Princeton University Press, 1976), pp. 87-89.
[5]Aunque es pronto para establecer conclusiones firmes, no parece irrazonable pensar que el éxito de Absolute Resolve reforzara en Washington una cierta confianza en la capacidad de las campañas breves, precisas y altamente integradas para producir resultados políticos rápidos. Sin embargo, esa expectativa sólo puede sostenerse cuando el objetivo político está claramente definido y resulta alcanzable con los medios disponibles. Ese tipo de “aprendizaje del éxito” puede ampliar el margen político para cursos de acción más ambiciosos en otros teatros, pero también favorece extrapolaciones engañosas cuando cambian las condiciones estructurales del conflicto. Precisamente ahí aflora una diferencia decisiva con Irán: mientras en Venezuela el propósito parecía más delimitado, la campaña posterior ha mostrado una creciente dislocación entre fines, medios y modos. El problema no ha sido sólo la resistencia del régimen, sino el progresivo desplazamiento de los objetivos declarados – desde una lógica inicial de degradación militar relativamente inteligible hacia una combinación más ambigua de decapitación, coerción estratégica y cambio político – hasta el punto de desdibujar qué resultado se consideraba realmente alcanzable. Y cuando los fines se vuelven móviles, expansivos o incompatibles entre sí, la superioridad militar deja de traducirse automáticamente en el desenlace buscado (Warren Strobel et al. (3 de marzo de 2026): “White House rationale for war keeps shifting”. The Washington Post, en: https://www.washingtonpost.com/national-security/2026/03/03/trump-iran-war-rationale-hegseth-rubio/).
[6]Esta distinción remite a dos lógicas estratégicas diferentes. La primera busca una forma de parálisis o devastación sistémica del adversario, actuando sobre el conjunto de las funciones que sostienen su resistencia; en la tradición del poder aéreo, esta idea se ha vinculado a las teorías de la parálisis estratégica, orientadas a desorganizar el sistema enemigo batiendo sus centros de gravedad funcionales. La segunda lógica no pretende paralizar el Estado en su conjunto, sino desarticular el núcleo político-militar que sostiene su capacidad inmediata de mando y coerción. La literatura sobre coerción ha insistido, además, en que degradar capacidades sólo resulta políticamente útil cuando altera de forma suficiente el cálculo del adversario y responde a un objetivo político claro. Desde esta perspectiva, Absolute Resolve encaja mejor en una lógica de desarticulación funcional limitada que en una campaña de devastación sistémica (David Fadok (1995): John Boyd and John Warden. Air Power’s Quest for Strategic Paralysis (Maxwell AFB: Air University Press y Robert Pape (1996): Bombing to Win: Air Power and Coercion in War (Ithaca: Cornell University Press).
[7]Ryan C. Berg et al. (9 de enero de 2026): “Imagery from Venezuela Shows a Surgical Strike, Not Shock and Awe”, Center for Strategic and Internetional Studies, en: https://www.csis.org/analysis/imagery-venezuela-shows-surgical-strike-not-shock-and-awe
[8]Aunque el volumen del despliegue aéreo y naval hacían presagiar una campaña de diplomacia coercitiva apoyada principalmente en el poder aéreo, al final la operación se desarrolló de una forma totalmente distinta, algo que choca con la operación Epic Fury contra Irán. De hecho, la literatura clásica sobre coerción aérea lleva tiempo advirtiendo de que el bombardeo puede degradar capacidades, elevar los costes y abrir oportunidades operativas sin que ello garantice por sí solo el desenlace buscado – y menos aún un hipotético cambio de régimen – si el aparato coercitivo del adversario conserva cohesión y capacidad de control (Pape, op. cit. y Ellwood Hinman (2002): The Politics of Coercion (Maxwell: Air University Press).
[9]El éxito de la operación dependió de una combinación muy precisa de efectos: inteligencia persistente, apertura de corredores mediante supresión puntual de defensas, inserción helitransportada, apoyo naval y superposición de efectos cibernéticos, informativos y electromagnéticos (Berg et al., op cit. y Louise Marie Hurel (14 de enero de 2026): “Layered Ambiguity: US Cyber Capabilities in the Raid to Extract Maduro from Venezuela”, Royal United Services Institute, en: https://www.rusi.org/explore-our-research/publications/commentary/layered-ambiguity-us-cyber-capabilities-raid-extract-maduro-venezuela).
[10]Precisamente, la presencia del Departamento de Justicia en el dispositivo de captura y extracción recuerda, además, que Washington presentó la operación como una acción de cumplimiento coercitivo de imputaciones previas por narcotráfico y narcoterrorismo (Bradley Peniston (3 de enero de 2026): “How ‘Absolute Resolve’ harnessed 150 aircraft and more to launch a regime change in Venezuela”. Defense One, en: https://www.defenseone.com/threats/2026/01/inside-absolute-resolve-regime-change-assault-venezuela/410440/
[11]Christian Villanueva (3 de enero de 2026): “Estados Unidos ataca Venezuela (I): la caída de Maduro”. Revista Ejércitos, en: https://www.revistaejercitos.com/focus/estados-unidos-ataca-venezuela-i-la-caida-de-maduro/
[12]Idrees Ali et al. (4 de enero de 2026): “Mock house, CIA source and Special Forces: The US operation to capture Maduro”. Reuters, en: https://www.reuters.com/business/aerospace-defense/mock-house-cia-source-special-forces-us-operation-capture-maduro-2026-01-03
[13]El rendimiento del material ruso y chino en Venezuela exige una lectura matizada. El mal desempeño de la red integrada de defensa aérea (IADS) no parece explicarse sólo por la calidad intrínseca de los equipos, sino por la combinación de mantenimiento deficiente, baja disponibilidad real, escasa preparación de los operadores, mal camuflaje, posible obsolescencia de parte de los S-300 y, sobre todo, incapacidad para hacer funcionar una defensa aérea integrada y escalonada. Dicho de otro modo, disponer de piezas de un IADS no equivale a disponer de un IADS operativo. En el caso venezolano, la combinación de radares chinos con sistemas rusos pudo agravar los problemas de interoperabilidad, mientras que la geografía de Caracas – situada al pie de una cadena montañosa costera – favorecía aproximaciones a baja cota y reducía la eficacia de radares exteriores. Más que un simple fracaso del material, el caso revela la vulnerabilidad de una arquitectura defensiva mal mantenida, pobremente integrada y operada por una institución erosionada (Henry Ziemer (20 de enero de 2026): “The Geopolitics of Maduro’s Capture: What Does Operation Absolute Resolve Mean for Russia?”, Center for Strategic and International Studies, en: https://www.csis.org/analysis/geopolitics-maduros-capture-what-does-operation-absolute-resolve-mean-russia y Berg et al., op cit.)
[14]Rueda de prensa del general Dan Caine, 3 de enero de 2026, en: https://www.americanrhetoric.com/speeches/dancainepressopabsoluteresolve.htm
[15]Maggie Miller (3 de enero de 2026): “Trump suggests US used cyberattacks to turn off lights in Venezuela during strikes”, Politico, en: https://www.politico.com/news/2026/01/03/trump-venezuela-cyber-operation-maduro-00709816
[16]La dimensión cibernética debe tratarse con cautela. El interés del caso no reside en probar una supuesta capacidad decisiva autónoma del ciberespacio, sino en mostrar cómo éste puede integrarse con guerra electrónica, supresión y explotación de fragilidades preexistentes. Hurel, op. cit., insiste precisamente en ese punto al analizar los “layered effects” mencionados por el general Dan Caine, mientras que la propia autora subraya que, incluso si hubo efectos cibernéticos, la precariedad de la red eléctrica y de las defensas venezolanas dificulta distinguir entre explotación deliberada y fallo sistémico. La literatura reciente sobre Ucrania ha insistido en algo parecido: en conflictos de alta intensidad, el ciber suele rendir mejor como capacidad de apoyo, degradación y apertura de oportunidades operativas que como vector autónomo de desenlace (Josué Expósito (2024): “La ciberguerra que no fue. El conflicto entre Rusia y Ucrania visto desde el dominio cibernético”. En Beatriz Cózar y Christian Villanueva (eds.): La guerra de Ucrania 3. De la reconquista de Jersón al estancamiento (Madrid: Catarata), pp. 177-202.
[17]Aaron Mehta (3 de enero de 2026): “150 aircraft, cyber effects and ‘overwhelming force’: How the Venezuela operation unfolded”, Breaking Defense, en: https://breakingdefense.com/2026/01/venezuela-150-aircraft-cyber-effects-maduro-operation-how-it-happened-caine/
[18]La idea remite al concepto doctrinal de convergencia (convergence): la integración rápida y continua de capacidades y efectos entre dominios para crear dilemas simultáneos y desorganizar al adversario. No se trata, por tanto, de mera simultaneidad, sino de una lógica de campaña (U.S. Army Training and Doctrine Command (2018): The U.S. Army in Multi-Domain Operations 2028, Fort Eustis: TRADOC).
[19]A grandes rasgos, una cadena de muerte (kill chain) describe una secuencia lineal de funciones que conduce del hallazgo del blanco a su destrucción, mientras que una red letal (kill web) es una arquitectura más distribuida y redundante, con múltiples rutas posibles entre sensores, decisores y tiradores. La operación venezolana se aproxima más a esta segunda lógica.
[20]Ziemer, op. cit.
[21]Berg et al., op. cit.
[22]Ali et al., op cit. Aquí aparece un punto central del debate doctrinal contemporáneo: la ventaja en la decisión no es una propiedad del software, sino de la organización que lo emplea.
[23]Más que un simple fallo del material, el caso remite al coste militar del coup-proofing. La literatura sobre autoritarismo lleva tiempo subrayando que los regímenes preocupados ante todo por su propia supervivencia tienden a sacrificar integración, profesionalidad y autonomía militar en favor de lealtad política, control paralelo y fragmentación coercitiva. El efecto es conocido: fuerzas menos coherentes, peor coordinadas y más vulnerables cuando deben operar como sistema. En esa clave, la debilidad venezolana no fue sólo técnica, sino político-institucional (James Quinlivan (1999): “Coup-Proofing: Its Practice and Consequences in the Middle East”, International Security, 24 (2), pp. 131-165 y Caitlin Talmadge 2015): The Dictator’s Army: Battlefield Effectiveness in Authoritarian Regimes (Ithaca: Cornell University Press).
[24]La comparación debe formularse con cautela, pero resulta ilustrativa. En su planteamiento inicial, la campaña contra Irán podía parecer militarmente más acotada y, por ello, más traducible en efectos políticos. Así, el mando central estadounidense (CENTCOM) la presentó como un esfuerzo orientado a desmantelar el aparato de seguridad iraní, priorizando especialmente el mando y control, la defensa aérea, las capacidades misilísticas y otros activos militares críticos. El problema fue el posterior desplazamiento de fines. Coincidiendo con la decapitación del liderazgo iraní, Trump empezó a deslizar públicamente una lógica más amplia de cambio de régimen. En otras palabras: un objetivo inicial de degradación militar relativamente inteligible terminó contaminado por una deriva de fines que hizo mucho más incierta su traducción política (Nandita Bose et al., (3 de marzo de 2026): “Trump seeks to justify Iran war, but stated objectives shift”, Reuters, en: https://www.reuters.com/world/trump-says-he-ordered-iran-strikes-thwart-tehrans-missile-program-2026-03-02).
[25]La cuestión remite a una distinción clásica en los estudios sobre transición política: la deposición del líder no equivale necesariamente al desmontaje del aparato autoritario. En el caso venezolano, la operación abrió una fase de liberalización limitada, pero sin desarticular de inmediato las estructuras coercitivas heredadas. Más que una dirigente plenamente subordinada a Washington, Delcy Rodríguez parece encajar mejor en una relación de dependencia táctica bajo fuerte tutela externa y condicionada por los equilibrios internos del chavismo.
    • Determinación Absoluta: una campaña multidominio contra Venezuela (0,2 MB)

    • Absolute Resolve: a Multi-Domain campaign against Venezuela (0,2 MB)