
09 sept 2026
IEEE. Democracia, desinformación y populismo. El populismo como factor desintegrador de Occidente
Federico Aznar Fernández-Montesinos. Analista del IEEE (CESEDEN)
Democracia, legitimidad e igualdad1
En su gran clásico, Fukuyama pronosticaba que la democracia sería el modelo político universal. Y lo cierto es que es una referencia reclamada por no pocos, aunque solo sea formalmente o a modo de piedra de toque para legitimarse. Pero la democracia es, como todo lo humano, un sistema perfectible. Y lo es más en la medida en que implica diversos compromisos o consensos.
Con todo, la función política de la democracia va más allá del significado mágico que, por lo común, se le asigna. Esta consiste, en términos operacionales, en generar un marco resistente que propicie la convergencia de fuerzas a veces muy opuestas, de manera que las decisiones que se adopten sean las mejores para el mayor número de personas y que se establezcan límites para los conflictos que conducen a su adopción. De hecho, la propia democracia es una actitud, una forma de acercarse a los conflictos.
Trata así de expresar lo que Rousseau denominaba la voluntad general, la voluntad de la mayoría, y que es distinta de la voluntad de todos, una mera adición de las voluntades particulares.
De ello se deriva su resiliencia; esto es, que sirva para contener la tensión entre diferentes factores —a veces completamente antagónicos— cuya articulación posibilita: entre diferentes grupos, entre competencias, entre conceptos opuestos (diversidad frente a integración), etc. Esto genera unas tiranteces sistemáticas que, recordando a David Easton, demandan grandes dosis centrípetas de solidaridad y de lealtad como factor compensatorio.
Todo compromiso lo requiere. Es más, la lealtad es un concepto clave para el funcionamiento del sistema. Sin ella no es posible que este sea apropiado y queda condenado a su degradación. Esta se sustenta no solo en su aceptación, sino también en la interiorización de sus reglas y principios.
Las reglas del recto comportamiento, como sostenía Hayek, son rentables, pues fomentan un marco siempre favorable de predictibilidad y confianza. Y para que se dé la lealtad de forma sostenida, como en todo lo humano, se ha de contar con un componente biunívoco y de retorno; precisa de resultados.
En suma, la democracia incorpora contradicciones y conflictos, sirviendo a su articulación mediante compromisos que nacen de la lealtad de las partes. Con ello, da un cuerpo sólido y coherente a la sociedad en forma de unas normas que sirven a su vertebración y evitan cualquier forma de tribalismo fragmentador.
La cuestión eterna de la política, reiterémoslo, es que no existe un orden perfecto; y el gran problema se sitúa, a la postre, y después de que Sieyès introdujera el sibilino concepto, en alcanzar el nivel de representación más adecuado posible de lo que es su base: la ciudadanía.
Así las cosas, la igualdad, que es la raíz de esta, se transforma subrepticiamente en el tema de nuestro tiempo. De hecho, la igualdad es la idea-fuerza impulsora de la transformación, incluso revolucionaria, de las relaciones sociales, las formas políticas y las formas de gobierno. Es más, todo el pensamiento político elaborado desde la Revolución francesa se construye, de alguna manera, sobre diferentes aproximaciones a la idea y al significado del concepto de igualdad. Su matriz está en ella.
Igualdad real frente a igualdad formal. La igualdad entre quienes pertenecen a la élite intelectual y quienes no; entre quienes están a punto de partir de este mundo y quienes acaban de llegar a él; o entre quienes pertenecen a distintas clases económicas… Por eso, la democracia, que se asienta sobre esta ficción, es una idea inalcanzable.
Y por eso también se intenta ampliar las clases medias, convirtiéndolas en las bases del modelo y reduciendo las diferencias económicas entre los diferentes sectores sociales por su impacto en todas las dimensiones.
Y es que la democracia es multidimensional. Por eso la medida de la calidad democrática requiere de distintos índices con los que se pretende medir las diferencias que se pretende reducir. Así, para corregirlas y favorecer una igualdad real en términos económicos, se trata de ampliar la base de su clase media, toda vez que lo económico es el fundamento de buena parte del resto de las dimensiones. En cualquier caso, el Estado, creado por mor de la igualdad entre sus integrantes, se convierte en garante de esta.
No viene mal retornar a sus orígenes y a los esquemas básicos del concepto. El historiador grecorromano Polibio hablaba de la anaciclosis, un ciclo de seis fases en la evolución política de los gobiernos. Una monarquía que degenera en tiranía; esta es superada por una aristocracia que acaba convirtiéndose en oligarquía y que da paso a una democracia que degenera en demagogia. Y vuelta a empezar.
Para superar esto, propugna un gobierno mixto de reminiscencia aristotélica que equilibra los poderes de estas tres formas de gobierno, sumando sus ventajas. Esta es la idea o principio que subyace a la separación de poderes.
De igual manera, las democracias actuales suponen un sistema algo más complejo que sirve para dar cabida tanto al ciudadano como a las élites. Pero el diferente poder de ambos hace que exista, inevitablemente, un componente oligárquico y, con ello, en mayor o menor medida, una igualdad real según tramos. Este componente oligárquico, esto es, un grupo con un poder significativamente mayor que el resto y del que se deriva la propia existencia de élites, inevitablemente se convertirá en objeto de críticas.
Estamos hablando de las fuerzas que operan en «los pasillos del poder», por utilizar la expresión de Carl Schmitt. Y debe señalarse que la oligarquía, o las élites, no puede circunscribirse a lo económico, siendo este un tipo característico y singularmente importante, sino que alcanza todas las dimensiones del poder: intelectual, cultural, político, militar…, conforme a la aludida naturaleza multidimensional de la sociedad.
Un elemento clave en el diseño institucional es el sistema de partidos políticos, toda vez que este sirve para hacer posible una pluralidad ideológica efectiva. No obstante, más allá de cuestiones idealizadas, los partidos ven a su vez reducida su democracia interna como resultado del proceso que lleva a la concentración de poder en los líderes, a la transformación de la política en profesión, pero también a la problemática asociada a su financiación, lo que puede dar pie a la intervención internacional e incluso a su captura.
Y algo parecido sucede también con la prensa, mecanismo estructural de contrapeso en la medida en que posibilita una vigilancia relativamente independiente del conjunto. Su pluralidad y diversidad sirven a la calidad democrática y, en este sentido, son un indicador de esta. Por eso, Alain de Benoist criticaba que «las élites políticas y mediáticas sostienen el mismo discurso».
Además, y fruto de su naturaleza mixta (empresa y servicio público), los medios de comunicación difunden, a un mismo tiempo, hechos e ideas con fines informativos, publicitarios, propagandistas y hasta lúdicos, lo que puede favorecer la confusión entre ellos2.
Y, por si todo lo anterior fuera poco, han aparecido grandes grupos y corporaciones ligados, no pocas veces, a intereses estatales y con una gran capacidad de influencia, que utilizan la ausencia de fronteras eficaces para activar, estimular o reformular, de modo populista, las narrativas existentes o llevar a cabo políticas de desinformación acordes a sus intereses.
Esto supone una posibilidad de injerencia en los asuntos internos de terceros y una amenaza para su soberanía. El desarrollo de políticas de influencia ha sido creciente en el siglo XXI.
La posmodernidad como tiempo social
La posmodernidad, considerada como la edad actual de Occidente, es un estado mental, una actitud de negación y hasta de rechazo de todo lo anterior. En ella, lo efímero se vuelve norma por la falta de principios últimos. Estamos en una época de confusión y conceptos débiles que, necesariamente, rechaza cualquier forma de sacralización. Es la «sociedad ligera» de Baudrillard o la sociedad «líquida» de Bauman.
Las instituciones que posibilitan una verdad compartida —la educación, los medios de comunicación social y el propio marco normativo— se encuentran muy debilitadas. Y el binomio sociedad-Estado, del que aquellas son la juntura, también.
Como consecuencia, las sociedades occidentales carecen de las necesarias referencias, y con ello, hasta de la idea de perfección y, subsecuentemente, su legitimidad se ve menoscabada; aparece, por el contrario, un caos nebuloso y una sensación de deriva. El hombre queda consagrado como la medida de todas las cosas, lo que provoca una suerte de nihilismo, de modo similar al que dio lugar a los sofistas en la Antigua Grecia.
Los tiempos ayudan a ello. Así, por ejemplo, los miembros de la llamada «generación Z» (los nacidos entre 1995 y 2015) han vivido en un período de cambio permanente, en el que un paradigma, sin solución de continuidad, sigue a otro y en el que lo último ha sido superado; todo se construye contra lo anterior que, además, se rechaza. Es lo que Paul Valéry calificó como «régimen de sustituciones rápido».
Las viejas soluciones ya no sirven y las nuevas no terminan de adecuarse a los problemas. La palabra futuro evoca, en estas circunstancias, algo cercano en el tiempo. La sensación es de permanente interregno.
Y la ausencia de una propuesta de futuro —las ideologías constituían durante la Edad Moderna una atalaya desde la que se contemplaba el mundo y que obligaba a la concreción de lo venidero— concentra sobre el presente cualquier solución. Puede concluirse que la gestión del presente, la inmediatez o una permanente sensación de urgencia son las claves de una actitud posmoderna.
Atender solo al presente, a su vez, impide el desarrollo de proyectos a largo plazo. El compromiso también pierde valor, pues cada instante constituye un nuevo punto de partida; no se mira hacia un pasado que ni existe, ni se comprende, ni compromete.
La cuestión es que, al moverse exclusivamente en el plano temporal y en el corto plazo, esta actitud lleva sus postulados a la contradicción, la incongruencia y el absurdo en otros planos y, con ello, a una suerte de hedonismo cortoplacista. En esta tesitura, el esfuerzo realizado parece serlo en arabesco y puede resultar baldío por incoherente y contradictorio.
La falta de horizontes es causa de un sentimiento de deriva, pues faltan las referencias necesarias para apoyar las decisiones; y, al carecerse de certezas, todo es posible. El mundo posmoderno ha desechado encontrar una justificación general de la realidad que le dé un sentido pleno. Y sin metarrelatos tampoco es posible la utopía3.
El crepúsculo de las ideologías que marcó la llegada del nuevo siglo trajo un nuevo antropocentrismo, del que se dedujo, a su vez, un cuestionamiento, ablandamiento y reformulación de muchas de las ideas imperantes hasta ese momento. Todo esto es lo que Gianni Vattimo denomina «pensamiento débil».
Es el terreno del hombre light, del ciudadano conforme, sin valores ni pensamientos fijos, que vive en una realidad que se ha configurado a su medida. Por eso, la sociedad del siglo XXI es conformista y acrítica. El ciudadano se declara conforme con todo mientras se le garantice su estatus y nivel de vida.
Y es que el posmodernismo también es posheroico. Es este un tiempo líquido, sin certezas ni relatos. No reconoce nada valioso detrás del esfuerzo; se desecha a los héroes por innecesarios o incluso por peligrosos (el ejemplo condena la inacción); los héroes, como mucho, son personajes genéricos o carcasas.
Los restauradores y otras profesiones incorporadas al mundo de la cultura parecen haber ocupado su lugar en la divinización del hombre común. Por eso, en pro de la horizontalidad, es preciso que los héroes sean personajes de ficción y que así se sepa. En todo hay un punto de falsedad reconocida y exculpatoria que sirve a la igualdad. Vivimos en una época secularizada y posmítica.
Max Weber ya había profetizado la desaparición de los valores, víctimas de los procesos de racionalización. Modernidad y nihilismo, entonces, se dan la mano en la posmodernidad liquidando los elementos cohesionadores (y también legitimadores) de la sociedad —entre ellos, el patriotismo o la religión—, en la medida en que ponían al individuo al servicio de esta.
La posmodernidad es adaptativa; los valores se acoplan, como los líquidos, a cualquier formato, beneficiándose de su naturaleza amorfa. Como consecuencia, al no encontrarse vertebrados, tampoco pueden direccionarse, por lo que no cabe esperar ningún beneficio de tal capacidad adaptativa.
Por eso, es estática y pertenece al presente; volvemos otra vez sobre el conformismo y la falta de futuro. La emoción y el sentimiento imperan en este contexto y trasladan una falsa sensación de movimiento.
Pero no todo es malo en la posmodernidad, ni mucho menos. Es, en primer término, una reevaluación del hombre y una puesta en cuestión del sistema vigente, de sus clichés y dogmas. Uno de los grandes méritos y de las claves del pensamiento posmoderno es su visión antidualista y la puesta en valor de nuevas perspectivas (género, medioambiente, colectivos desfavorecidos), al tiempo que favorece el pluralismo y la diversidad.
Además, el relativismo implícito en este fenómeno sirve para desactivar los conflictos en la medida en que contribuye al cuestionamiento de sus causas. Y no es un movimiento necesariamente de derechas ni de izquierdas.
El populismo como un concepto entre la demagogia y la representación política
La palabra populismo aparece en la segunda mitad del siglo XIX como traducción directa del término Naródnichestvo, que servía para designar a un heterogéneo conjunto de movimientos políticos de la izquierda socialista rusa. Pero, como suele suceder, el término expresa una realidad muy anterior. En palabras de Ernesto Laclau: «El populismo es solo una forma de construir lo político».
Con todo, este término, que encaja perfectamente en la posmodernidad, ha evolucionado adquiriendo connotaciones peyorativas, aun dentro de un espectro de opciones que ofrece una palabra de por sí, muy polisémica, debido a la gran ambigüedad conceptual que la acompaña. Y esta se ha transformado en una simple etiqueta con la que adjetivar y descalificar a cualquier adversario político y su propuesta. El resultado es que ha perdido su capacidad analítica y comprensiva4.
Desde esta perspectiva, el término es una expresión de degeneración, esto es, una corrupción de la voluntad general roussoniana, aunque esta se presente o se enuncie como su realización. Estamos ante una propuesta sustancialmente antiliberal o iliberal, según se mire. No es leal al marco que da pie a su surgimiento ni simétrico en el respeto al discrepante. Sería lo que Polibio denominaba oclocracia, o gobierno de la muchedumbre, esto es, de las pasiones.
Y es que ya es posible apreciar rastros populistas hasta en la reforma agraria pretendida por los hermanos Tiberio Sempronio Graco y Cayo Sempronio Graco en la Roma republicana. Estos rasgos serían su alineamiento con las clases más bajas o su enfrentamiento con las élites político-sociales de la época, manifestado en propuestas no convencionales y de justicia social que, además, resultaban de una gran radicalidad para su momento.
Pero es que el populismo cuenta con una notable transversalidad o polivalencia. De hecho, es básicamente un concepto retórico, una metodología o estrategia disponible para cualquier actor político y no una ideología. Por eso, como subraya Vallespín y enfatiza Areilza, es más fácil usarlo como adjetivo que definirlo como sustantivo.
Con todo, resulta particularmente adecuada para las posiciones extremas, dada la gran fuerza comunicativa de que disponen estas por su aparente congruencia; ello hace que los matices pierdan relevancia. De ello se deriva que su concreción sea un cajón de sastre, por más que este se encuentre ocupado por los extremos políticos.
No obstante, merece señalarse también cómo el Partido Conservador británico de David Cameron, para satisfacer su agenda política, convocó primero un referéndum sobre la permanencia de Escocia en el Reino Unido y propició luego el Brexit; el resultado de esta antinomia es una tensión que puede beneficiar a otro partido declaradamente populista y extremo.
Y el presidente Donald Trump pertenece a un partido tan tradicional como lo es el Partido Republicano, que también puede resentirse. De hecho, no son pocos los autores que consideran que esta formación política ya ha mutado o ha perdido parte de sus raíces.
Eso sí, la estrategia populista centrifuga inevitablemente a quien la emplea hacia los extremos como resultado de una necesidad de congruencia. Y, al ofertar soluciones simples para atender problemas difíciles y complejos, consigue politizar el eventual malestar social.
Con todo, el eje izquierda-derecha, clave de bóveda de la política desde el siglo XX, parece estar agotado. Y es que, con la crisis del Estado del bienestar, el consenso en torno al Estado social y democrático de derecho comienza a tambalearse y se rompe el contrato social que había regido Europa durante los últimos decenios.
Esta quiebra hace que la izquierda democrática adopte posturas conservadoras al tratar de preservar el Estado del bienestar, a pesar de las crisis recurrentes. Mientras, la derecha democrática se redefine y busca innovar la organización económica de la sociedad y la seguridad, tratando de liderar el cambio político, social y económico5.
La impronta plebiscitaria del populismo, su pretendida apuesta por la democracia directa en vez de la democracia representativa, supone una apelación directa al pueblo y el relanzamiento de su papel en la arquitectura institucional, en detrimento de la minoría y de los mecanismos institucionales que la salvaguardan.
El populismo considera que la representación política y, con ello, la democracia liberal, enajenan el poder del pueblo, pues las instituciones contramayoritarias sirven de facto para bloquear las decisiones de la mayoría. Para el populismo solo hay un sujeto colectivo con voluntad y, en esta lógica, las instituciones de la democracia liberal (constituciones, derechos, parlamentos, la prensa o un sistema judicial independiente) son positivas si se subordinan al «poder popular»; pero negativas cuando limitan su soberanía6.
El poder actúa entonces libre de frenos. El populismo, amparado en esa legitimación, no reconoce ningún tipo de limitación, ya sea organizativa, procedimental o de cualquier otro signo; pero tampoco ideológica o epistemológica. Se presenta como la única ideología válida y hasta posible. Por eso, no solo es iliberal, sino también antipluralista, antielitista y contraria al conocimiento experto7.
Busca su amparo en las circunstancias socioeconómicas del momento. Estas se hacen concurrir en enemigos, que es en lo que se transforman los eventuales rivales políticos, a los que ya ni siquiera se pretende convencer con argumentos.
Se caracteriza por su capacidad de movilizar y conectar emocionalmente con las masas, apelando a sus prejuicios y aspiraciones. Para lograrlo, simplifica el espacio público y busca concentrar el poder en el ejecutivo, a menudo a expensas de las libertades, lo que puede llevar a la erosión de la legalidad y de las instituciones de control8.
Esto supone una regresión psíquica e intelectual, toda vez que implica la primacía de lo emocional sobre lo racional. El líder populista demagógico alimenta las pasiones del pueblo y sus ambiciones más inmediatas. Y las satisface, eso sí, mientras desatiende sus intereses reales y lo hace al margen de los procedimientos debidos, utilizando una metodología dicotómica, de blancos y negros. Con ello pretende establecer una política de la irreversibilidad.
Supone, por ello, una apelación al pueblo, pero puede llevar a este a obrar contra sí mismo, contra sus intereses profundos y reales. Y, como consecuencia, se deja, como pelos en la gatera, a las instituciones de contrapeso del poder, a cuya credibilidad daña.
Y no solo eso, pues, al hacerlo, traiciona las bases democráticas y falta a la lealtad a la que la democracia obliga. El poder actúa contra el Estado, como se escenificó en la toma del Capitolio en 2021.
De hecho, la propia representación política se ve laminada como resultado de su instrumentación, mientras que otros poderes encargados de su control, como la prensa o el poder judicial, sufren menoscabo.
Las instituciones son expresiones del progreso social y contribuyen a la articulación de las sociedades. Por eso, los populistas son tildados de «antisistema», en la medida en que, al actuar contra las instituciones, cuestionan el modelo de Estado.
Para Laclau y Mouffe, la hegemonía es la capacidad de un grupo social para articular los elementos de una sociedad y dotarlos de una dirección común de avance. Autores como Gramsci consideran que esto solo puede ser realizado por la burguesía o el proletariado.
Pero los dos posmarxistas9 rechazan esta idea y consideran que constituye una forma de reduccionismo económico. De hecho, afirman que la capacidad hegemónica tiene un carácter contingente y su éxito no está garantizado —contra lo enunciado por Hegel y Marx— puesto que no existen determinismos. Es más, consideran que este depende tanto de las condiciones sociohistóricas como de las estrategias empleadas para alcanzarla.
En consecuencia, existen otros ejes, además del económico, a partir de los cuales puede organizarse la hegemonía (feminismo, ecologismo, etc.). Estos pueden instrumentalizarse, incluso de forma sucesiva, para avanzar10. La estrategia consiste, precisamente, en su articulación sucesiva para alcanzar dicho objetivo.
Para estos autores, los principales rasgos del populismo son la explicitación del antagonismo en el seno de la comunidad y la impugnación del orden establecido en su conjunto. Esta impugnación debe formularse en términos de confrontación entre el pueblo y la élite, aunque pueda adoptar distintas formas.
La estrategia populista pasa por el tensionamiento extremo del sistema, para lo que recurre a la sobresimplificación de la realidad, la división social, la demagogia y el autoritarismo. Y la clave de todo es la comunicación11.
El problema radica en su carácter, no pocas veces demagógico, pues sabe gestionar el resentimiento, pero no aprovechar la victoria. La razón es que no dispone de una propuesta alternativa al paradigma vigente ni tampoco sabe cómo afrontar la complejidad del siglo XXI.
El populismo afirma representar al pueblo e interpretar sus deseos más íntimos, incluso aquellos que permanecen ocultos. Estos, una vez explicitados, pasan a conformar su agenda política.
Dicha agenda se transforma en agenda mediática; esto es, en una comunicación directa entre líder y pueblo, al que se apela directamente y sin matices. Con ello se contribuye a centrar el foco mediático sobre quien se presenta como adalid de la propuesta populista, reforzando así su posición.
De este modo, si su representación resulta aceptada, se instituye como líder. El líder encarna una propuesta de cambio y la personifica. Así, líder y propuesta terminan por identificarse. Después, la propuesta desaparece y solo queda la persona.
El populismo trae, de este modo y de su mano, al líder populista y sirve a su construcción al dotarle de una misión salvífica. Este, a su vez, hace populismo; esto es, politiza el malestar existente y lo capitaliza.
Para ello, realiza una aproximación interesada a la situación política. La utiliza como fuente de autoridad y con la pretensión de legitimar su autoritarismo. Según este planteamiento, la situación exigiría sus políticas.
A diferencia de otros partidos políticos, los movimientos populistas no están sometidos a una ideología determinada, pues su principal objetivo principal es alcanzar el poder primero y mantenerse en él, después; por eso, más que un movimiento político propiamente dicho, constituyen una lógica o una estrategia política.
Así mismo, el líder populista es una figura central en este esquema; su credibilidad resulta tan importante como la de la propuesta que representa. Sin líderes populistas, los populismos pierden eficacia y quedan relegados a los márgenes del sistema político12.
Pero, también es cierto que, al calificar un determinado proceder como populista, se trata de deslegitimar una propuesta política concreta. Al hacerlo, pueden ignorarse las preocupaciones reales del pueblo, especialmente si dicha propuesta se aleja del pensamiento político dominante o defendido por las élites.
Y no solo eso, sino que también puede ponerse en duda la capacidad política de los sectores más humildes de la población. Dicho sea de paso, se desactivan asimismo los mecanismos con los que cuenta cualquier sistema político establecido —incluida, por supuesto, la democracia— para corregir la desigualdad de poderes existente.
Consecuentemente, para autores como Laclau, el populismo es una lógica que produce identidades populares y que resulta absolutamente necesaria para dar fin a sistemas administrativos excluyentes y construir órdenes alternativos. Vista así, la ruptura populista constituye precisamente una alternativa a la pospolítica, es decir, a la negación de lo político por la Administración13, o lo que es lo mismo, a la sustitución de la política por la gestión administrativa.
Pospolítica, populismo y comunicación
Con el fin de la Guerra Fría, la democracia representativa ha experimentado una profunda crisis. Esta es, en parte, el resultado de un proceso de construcción de consensos que ha reducido el espectro del debate político al trasladar determinados asuntos al ámbito de lo técnico o lo científico.
Este crepúsculo de las ideologías, concepto formulado por D. Bell, puede interpretarse como una cierta desdemocratización de la sociedad, al haberse reducido el espectro del debate político por la tecnocracia. Esta viene acompañada, dentro de la misma lógica, de una subsiguiente crisis de legitimación de los mecanismos y procedimientos que sirven para la articulación de decisiones.
Visto de este modo, el populismo no es una causa de tal crisis de legitimidad, sino más bien su consecuencia. La democracia se transforma entonces en un escenario de disenso, esto es, en un cuestionamiento del sistema en su conjunto, toda vez que se la relega a una posición marginal.
Y es que el populismo no se opone a una resolución concreta, sino al régimen técnico que propicia su adopción, puesto que este ha sido sustraído del ámbito político mediante su banalización administrativa; es decir, mediante su extracción de la política para entregarlo a la Administración y al gobierno de los expertos.
Esta despolitización de la política es la que Žižek denominó, en 1999, pospolitica. Con ello, la política habría dejado atrás las viejas luchas ideológicas para encubrir lo que ha pasado a ser un régimen técnico de administración.
Mediante tal estrategia se logra desplazar la atención de la ciudadanía de cuestiones estructurales —que, especialmente en el caso de la economía, han quedado tecnificadas y convertidas en el estado objetivo de las cosas—, sustituyéndolas por cuestiones identitarias y culturales. Las respuestas que se demandan son de carácter heurístico o admiten múltiples respuestas válidas, y poseen una escasa trascendencia social.
El resultado natural es también una sociedad despolitizada, en tanto que solo está interesada por el reconocimiento de las identidades marginales, fluidas y mutables (género, ecología, etnia, minorías culturales, sexualidad, etc.) y por la tolerancia hacia la diferencia.
Sin menospreciar estas cuestiones, en las que reconoce que se han producido avances, la propuesta de Žižek, como buen neomarxista que es, consiste en repolitizar la economía; esto es, volver a centrar en ella los debates, sustrayéndola del ámbito técnico para devolverla en la centralidad política.
Por su parte, Christian Salmon, en 2007, se refería a la pospolítica como la política de la posverdad. Esta busca crear o modelar la opinión pública actuando más sobre las emociones y las creencias personales que sobre los hechos objetivos.
Para ello utiliza preferentemente los sentimientos que Moïsi identificó en su relación con la confianza: el miedo (ausencia de confianza), la esperanza (expresión de la confianza) y la humillación (confianza herida), y a partir de ellos, articula su discurso.
Estas emociones sirven para la vehicular los mensajes, dada la facilidad con la que permiten acceder al subconsciente. Además, son manipuladas para alcanzar objetivos de forma explícita. Estamos ante una estrategia propiamente populista.
La desinformación se convierte en la savia de esta concepción despolitizada de la política. Esta se sirve de las redes sociales y de una población con acceso a la información, pero con un tiempo limitado para su análisis y, en muchos casos, sin la formación ni la capacidad crítica necesarias para una discriminación precisa.
La clave para su puesta en práctica radica, además, en la ausencia de espíritu crítico, favorecida a corto plazo por la debilidad de un periodismo que todavía se está adaptando a la era digital.
También ha cambiado su origen. Así, el término agitprop —contracción de agitación y propaganda— designaba una estrategia política eficazmente utilizada durante la Revolución rusa. Surgió como un movimiento impulsado por artistas de la época para influir en la opinión pública desde una doble vertiente: de un modo pasivo, actuando sobre las conciencias mediante la propaganda; y de un modo activo, mediante la agitación14.
Si pensadores como Chomsky o Derrida eran tradicionalmente definidos como «alternativos», ahora lo alternativo, precisamente, se ubica en el poder. Y eso resulta extraño, o, cuando menos, novedoso.
El poder, ahora, desde esta concepción de la política, hace agitprop y también es «alternativo». Sorprendente oxímoron. Esto es el resultado natural de que el poder se posicione contra el Estado al tratar de modificar sus equilibrios institucionales y, con ellos, sus consensos básicos.
Además, puesto que la política se asienta sobre percepciones, el término pospolítica viene a describir la generalización y el reconocimiento público de una determinada práctica. Esta supone un intento de conectar con los sentimientos y las emociones del público con sus experiencias vitales y, de ahí, llegar por un camino inverso a su razón.
Y eso se relaciona nuevamente con el populismo.
La propuesta populista explota temas que despiertan emociones e interés en el electorado al margen de su relevancia política. Un ejemplo paradigmático podría ser el debate sobre el cambio de hora, planteado, por su escasa trascendencia política, sin especificar siquiera si se prefiere mantener el horario de verano o el de invierno. Asimismo, de manera oportunista, aprovecha los problemas sociales, la movilización del resentimiento o se sirve de cuestiones relacionadas con la seguridad pública para hacer avanzar su agenda.
No nos encontramos tanto ante una novedad —pues esto, en mayor o menor medida, siempre ha sido así— ante una sistematización; es decir, ante un modelo, que supone, de facto, la aceptación de una práctica, porque no es una ideología sino un modelo estratégico.
Esto supone una importante degradación de la democracia representativa desde el momento que, como resultado de la diglosia, se hurtan a la ciudadanía no ya los fines políticos perseguidos, sino también la propia agenda política; en definitiva, lo que realmente se está eligiendo.
Y es que, por más que Max Weber sostuviera que la veracidad no resultaba aplicable a la política, nunca había sido completamente así. La política —y más aún en democracia— nunca había sido entendida como puro engaño, aunque el engaño pudiera constituir un instrumento al servicio de sus fines.
Es más, entre la verdad y la política se establece una relación dialéctica, toda vez que la política no puede ser completamente sierva de la verdad, en la medida en que, como expresión de la realidad, aspira a cambiarla. Por ello, la verdad termina convirtiéndose en una herramienta más al servicio de la política.
Como apunta Baudrillard: «Vivimos en un mundo en el que la más elevada función del signo es hacer desaparecer la realidad y enmascarar, al mismo tiempo, esa desaparición»15.
Para lograrlo, se trata de fijar una relación directa y emocional con el ciudadano sobre la base de la expresividad. De este modo, la teatralización y personalización del líder político lo transforman en una suerte de presentador o conductor, situándolo en un universo distinto de los hechos que relata, forme parte de ellos o no.
Así, trasciende los parámetros que definen la realidad. Mejor aún, se transforma en un adalid de la voluntad popular en su lucha contra los contrapesos del modelo democrático, denunciando que este —repudiado como obsoleto e ineficaz— limita su capacidad para la renovación y carece de suficiente legitimidad.
De este modo, el mensaje se legitima en términos emocionales.
Una diferencia más con respecto al momento actual es que las redes sociales también cuentan con esa capacidad, de modo que, a través de ellas, la sociedad civil ha desbordado al Estado16.
Las palabras, como refería Wittgenstein, marcan las fronteras del conocimiento. La neolengua de rasgos orwellianos con la que se expresa la posmodernidad puede escenificarse en los 140 caracteres de Twitter. Se trata de un lenguaje comprimido cuyo poder de concentración, acentuado aún más por el empleo de imágenes, favorece el extremismo.
Con 140 caracteres se puede opinar, pero no realizar un análisis. Además, en esos caracteres debe haber cabida para lo políticamente correcto, que ocupa un espacio no menor, así como para adjetivar de forma llamativa orientada a captar la atención del público.
La política, que es esencialmente discurso, queda así condicionada por el poco espacio disponible y, en consecuencia, vaciada de contenido y, además, radicalizada.
El nuevo relato populista se construye sobre la lógica de caracteres de Twitter, materializado en un discurso corto e impactante, y sobre la posverdad. Asimismo, se transmite mediante un lenguaje emocional. Con él se interpela a un ciudadano que, de partida, desconfía de unas instituciones tradicionales que considera periclitadas e ineficaces17.
El discurso público adopta así una lógica similar a las letras de las canciones. Se halla salpicado de lugares comunes —a los que parece necesario rendir culto— y de elementos simbólicos. Por ello se presenta como un discurso deslavazado e incoherente aunque, como es sabido, envuelva un plan de acción semiclandestino.
El prefijo semi- aparece en casi todo lo relacionado con el mundo posmoderno.
El estilo disruptivo de los comunicadores populistas genera una narrativa inédita que encaja parcialmente con el andamiaje clásico del relato, en la medida en que enlaza ideas inconexas sin considerar su veracidad o verosimilitud.
A la carga emocional intrínseca que incorpora y a partir de un guion binario —una lectura de la situación en clave de buenos y malos, de lo justo frente a lo injusto— se aplica una tensión narrativa propia de la agonía teatral con la que se desafía el modelo político vigente, presentado como caduco y corrupto.
El líder pospolítico queda así consignado como la voz del pueblo, con el que establece una relación directa y sin intermediarios. Es, en definitiva, un populista.
La carga emocional de los relatos capta mejor la atención que la simple información, permitiendo aprehender el sentido que la elección de acontecimientos, reales o ficticios, pretende imprimir.
El miedo o la ironía sustituyen a los datos, y la coherencia del conjunto facilita su penetración en una sociedad de conceptos débiles, que se funden ante ella como el hielo en un día templado18.
Como apunta Roger Bartra, además, hay mucha información que fluye como entretenimiento (como Tik Tok), lo que la desplaza hacia áreas en las que no predomina la reflexión y facilita, una vez más, su penetración19.
La hiperfragmentación, los saltos narrativos y la presencia de grandes comunicadores, como el presidente norteamericano Donald Trump, quedan interconectados y adquieren sentido como parte de esta lógica. De este modo, enlazan con una sociedad ligera, caracterizada sociológicamente por un intenso proceso de desideologización, una profunda crisis de las instituciones que la soportan y un escepticismo transversal a todos los estratos sociales20.
Los valores, sentimientos y emociones funcionan como envoltorios de los mensajes y aseguran un impacto, facilitado por el shock que provoca el lenguaje emocional. Se pasa de un tema a otro, dentro de un espectro reducido de ellos, mediante una suerte de trazos o esbozos característicos de la técnica pictórica expresionista, que deja a la imaginación del espectador la tarea de rellenar los huecos.
Esto es, se construye un microrrelato para que sea el votante quien complete la composición final en clave macro, posicionándose en uno de los extremos del tema abordado21. Se trata de un «significante vacío», precisamente como se pretendía.
Son, con todo, discursos muy focalizados y dirigidos hacia determinados sectores considerados estratégicos —hasta el extremo de gerrymandering22—, al tiempo que se renuncia abiertamente a encontrar caladeros en otros segmentos por los costes del proceso y para reforzar aún más el propio discurso.
El coste de esta estrategia es, una vez más, una mayor fragmentación de la sociedad, en contraste con la vocación inherentemente inclusiva de la democracia.
Los ciudadanos, en este contexto, se ven transformados en una audiencia esterilizada, al habérseles hurtado el debate real y, con ello, la soberanía.
Y es que, en esta concepción de la política, se elimina toda huella que descubra un ideario que yace oculto tras el discurso y que puede encontrarse realmente formulado por especialistas. Es decir, existe un discurso, pero este ni encaja con ninguna ideología concreta —sus fronteras se difuminan y no se aceptan sus explicaciones— ni, sobre todo, se presenta de manera explícita23.
Las emociones son la base del relato, mientras que la presunta política se escenifica como espectáculo para desviar el foco de atención. Lo real, lo objetivo y lo racional resultan innecesarios para interpelación política. La credibilidad no es relevante sino un impedimento para la visibilidad. Por el contrario, el impacto, la inventiva y el espectáculo sí lo son. El líder queda así constituido en un nuevo conducator.
Y la dinámica puede llegar a los extremos de una psyops (operación psicológica), es decir, de una operación de influencia y hasta de pura desinformación digital. De hecho, se han realizado vastas operaciones de influencia amparadas en los algoritmos y las redes sociales.
Información, narrativas y radicalidad democrática
La sociedad del siglo XXI es una sociedad de la información, toda vez que esta constituye un insumo esencial. Se calcula que, hasta 2003, la humanidad había producido 5 exabytes de información, cifra que, en 2011, se generaba cada dos días. En 2007, la cifra se elevaba a 295 exabytes y, en 2011, alcanzaba los 600 exabytes24.
En 2020 se generaban diariamente 2,5 quintillones de bytes. Desde entonces, se sostiene que el conocimiento humano se ha duplicado cada dos años, de modo que, según algunas estimaciones, en la actualidad el 90 % de la información disponible tendría menos de dos años de antigüedad25.
La opinión pública dispone de escasa capacidad de discriminación, cuenta con poco tiempo para documentarse, busca la emoción más que la veracidad a la hora de informarse y no suele aceptar de buen grado la contradicción. Y eso ocurre cuando estamos ante un universo de datos cada vez más difícil de gestionar.
Internet cumple los fines para los que se concibió: constituirse en un instrumento incontrolable para la creación de una gran aldea global.
Las sociedades del siglo XXI consumen grandes cantidades de información y lo hacen de un modo relacional. Sus fuentes pertenecen a su entorno más próximo, al que se dota de una especial credibilidad. De este modo, el receptor se convierte en emisor y se genera una cadena de distribución que otorga a la información recibida un gran nivel de credibilidad.
En la era de la información, tanto las tecnologías para la edición como las de distribución lo hacen todo más fácil. Como consecuencia, el escenario informativo se ha vuelto más complejo y potente.
Es notorio que los medios de comunicación clásicos han perdido el monopolio de la distribución de las noticias. Esta función siempre ha estado en manos de quienes las producen y, que ahora son agentes individuales26. Además, su difusión ha dependido de diferentes factores, entre los cuales la veracidad no siempre ha sido el más relevante.
Y es que el patrón de comunicación se ha transformado radicalmente. Las redes sociales son así el eje del «ecosistema de la información» del siglo XXI, al tiempo que representan una expresión de esa horizontalidad democrática que da voz a todos los actores con independencia de su calidad o cualidad.
Se trata de espacios en los que los usuarios encuentran una relativa homogeneidad y en los que, por ello, las ideas y las creencias tienden a igualarse, se amplifican y se refuerzan, con independencia de los factores particulares que concurren en cada persona.
Además, se ha producido una importante concentración empresarial, de modo que el vasto espacio virtual ha sido cercado y repartido por un oligopolio de compañías digitales27.
En 2016, un 62 % de los adultos estadounidenses accedían a noticias a través de las redes sociales y un 44 % lo hacía por Facebook28.
Según el Digital News Report de Reuters, en 2025 el 26 % de los ciudadanos que utilizaban las redes sociales se informaba por Facebook; el 21 % por YouTube; el 16 % por Instagram; el 15 % por WhatsApp, el 11 % por X (anteriormenteTwitter); y el 10 % por TikTok.
En 2024, Facebook (Meta) registraba 3.065 millones de usuarios; Youtube, 2.491 millones; Instagram 2.000 millones; y Twitter, 619 millones, con una media de uso de 2 horas y 23 minutos diarios. Existen así influencers con capacidad para movilizar o condicionar, con sus opiniones, a cientos de millones de personas.
Las redes sociales han sido utilizadas como canal de marketing político, ya que permiten incluso una interacción directa —sin mediadores— y en tiempo real entre el líder y el pueblo. Esto es especialmente cierto en el caso de los partidos populistas.
De hecho, han desempeñado un papel decisivo como espacio de movilización en el que se reúnen sus simpatizantes y se genera entusiasmo alrededor de las campañas. Además, las redes sociales se presentan como un espacio favorable para el populismo, pues le proporcionan un marco estructural propicio para la difusión de información. De hecho, han sido calificadas como «mobocráticas»29.
Estamos ante un arma poderosa para el populismo, pues las redes sociales conforman un conjunto de dispositivos y prácticas comunicativas conectados que encajan perfectamente en su retórica. Así pues, las características del populismo y las de las redes sociales parecen retroalimentarse entre sí.
Las redes sociales favorecen el surgimiento de los movimientos populistas y estos, a su vez, han contribuido a hacer de las redes un espacio de movilización política30.
Por su parte, los algoritmos de los motores de búsqueda tampoco son neutrales, toda vez que utilizan las preferencias previamente manisfestadas por los usuarios. Como resultado, el algoritmo selecciona información que considera afín a los intereses del individuo y le evita aquella que no lo hace.
Además, los usuarios son agrupados en función de sus deseos, creencias o expectativas, generándose así una clasificación homófila; esto es, una agrupación de personas que piensan o sienten de manera semejante.
Con ello, realimentan el pensamiento y lo polarizan de forma natural hacia los extremos, generando burbujas de filtrado (las filter bubble de Eli Pariser) que contribuyen aún más a la fragmentación de la sociedad en reductos ideológicos y a su atomización.
Así, y según un arcano instinto coalicional, se crean clústeres de individuos que ratifican entre sí sus creencias mientras rechazan los datos que no concuerdan con sus ideas. Además, los datos reciben el mismo tratamiento que las opiniones, de modo que se descartan subjetivamente aquellos que no se comparten o que resultan incómodos por esa sola razón31.
Estos grupos se coordinan cognitivamente. Sus miembros comparten y refuerzan sus creencias sin discutirlas; fuera del grupo se siente miedo, generándose una sensación de unanimidad permanente. Tal fenómeno enlaza con los imaginarios en cuanto herramientas de «creación de realidades»32.
De este modo, la combinación de la globalización y la democratización digital ha generado una suerte de tribalismo emocional; esto es, grupos identitarios de libre adscripción que son dinamizados por intereses comunes y que, en ocasiones, generan derivas sumamente peligrosas.
La realidad social se configura como un mosaico: un retorno al mundo del alto medievo que se produce en la era de la globalización33.
Así, las redes sociales han convertido el ciberespacio en un gran archipiélago de islas de confort. No obstante, esta fragmentación no es nueva y tales burbujas ya existían en la sociedad. Lo único que ha sucedido es que se han trasladado a internet34.
Estamos ante un cruce entre individualismo y comunitarismo que se manifiesta en la integración de individuos en comunidades. Es lo que se ha venido a llamar una «multitud online».
Los usuarios comparten, en formato electrónico, unos mismos espacios de interacción, aunque se encuentren físicamente dispersos de modo que hacen de internet un espacio de aglomeración pública. Tal asociación permite, entre otras posibilidades, el desarrollo de fórmulas como la e-democracia.
Algunos autores apuntan a que estas células, creadas en torno a causas alternativas comunes —como los movimientos antivacunas, terraplanistas o negacionistas—, pueden ser activadas por otras causas y ser instrumentalizadas. Estas células pueden coordinarse mediante discursos y narrativas capaces de arrastrar con su anclaje a la sociedad en su conjunto o a importantes sectores de ella.
El fenómeno del retorno a un nuevo hombre se convierte así en una paradoja llena de contradicciones, que se acentuará con el desarrollo tecnológico. Las posibilidades de que dota la tecnología pueden convertir a cualquier persona en un activista. Sin embargo, también existen grupos organizados y orientados al logro de tales objetivos, a veces patrocinados o a la sombra de Estados, construidos con importantes recursos para promover o apoyar determinados fines.
Su actividad, desarrollada a escala industrial, se encuentra amplificada por miles de redes de bots (programas automatizados que actúan como si fueran personas), equipos o granjas de trolls (simuladores de identidades), sitios webs y redes sociales que difunden y amplifican la propaganda y que, a su vez, se encuentra apoyado por redes de hackers.
Asimismo, un malware dotado con un algoritmo puede estar recogiendo datos durante años con el objetivo de fragmentar una sociedad y ejercer sobre ella una gran influencia35.
Las narrativas, los discursos o los relatos vienen a ser un guion perfectamente estructurado por distintos agentes y desarrollados por una poderosa burocracia tecnológica —vinculada o no a los Estados— que trasciende las fronteras y permite incluso formas de injerencia directa.
Estas narrativas consisten en una selección de ideas y referencias mediante las cuales se proponen imaginarios y se apela a los sentimientos y las emociones. Así, se aporta una determinada interpretación de la verdad y, con ello, se proporciona una orientación social.
Estamos ante un instrumento de persuasión política de enorme potencia que la tecnología acrecienta. Con su uso se puede ordenar la información y explicar la realidad.
Merece destacarse la relevancia que los pensadores posmarxistas Laclau y Mouffe otorgan a las narrativas en su análisis del populismo. Para ellos, el discurso es aquello que da sentido y estructura lo social. De hecho, constituye la forma de dar cuenta de la especificidad histórica.
Sin embargo, los discursos son explicaciones que compiten por ser aceptadas. Esto da cuenta de su parcialidad y aboca a un antagonismo irreconciliable entre los distintos agentes políticos. En este contexto, y mediante su instrumentación, lo que se pretende es dicotomizar a la población36.
Para construir estos discursos Laclau emplea lo que denomina «significantes vacíos». Se trata de palabras como «democracia», «libertad», «medioambiente» o «cambio climático», cuyos significados no están cerrados y sobre los que siempre hay una disputa constante.
Su utilización permite construir una frontera política entre dicho conjunto de demandas y el orden establecido, el cual, supuestamente, impide su realización. Los discursos pueden articular este conjunto de demandas dispersas y construir así una impugnación al orden vigente, junto con la propuesta de uno nuevo37.
El populismo supone, de este modo, la movilización de una cadena de demandas heterogéneas unificadas bajo la bandera de un significante vacío. Este actúa como un punto focal que busca alcanzar la máxima extensión, dividiendo el campo social al construir una dicotomía fundamental: el pueblo frente al otro38.
Pero es que este discurso sirve también para crear la figura de un enemigo común. Además, se asocia a un líder que personifica la unión de todas las demandas, las sintetiza y las consolida. Su objetivo es una emancipación que nunca será plena, pues siempre hay un orden, de entre los posibles, que se rechaza al escoger otro.
La emancipación es así una promesa, pero nunca será un hecho consumado y eso, su perfectibilidad, es, con todo, una garantía de la libertad. Su propuesta es una democracia radical que empuje cada vez más allá los derechos de la mayoría. Por eso, el resultado también es un conflicto infinito39.
Los discursos sirven para un proceso social de construcción y afirmación de la identidad. Con ellos se trata de construir una identidad colectiva en la que los miembros del grupo se identifiquen, se sientan seguros y tengan un sentimiento de permanencia y estabilidad40.
En este contexto, las nuevas tecnologías permiten tanto el acopio de datos como su tratamiento. De este modo, se posibilita un mayor control de los ciudadanos, a quienes también se les ofrece la oportunidad de participar directamente en los asuntos del Estado, lo que empodera, así y de facto, al ciudadano común, aunque también permite su control.
El relativismo entronca con una suerte de horizontalidad democrática que hace válida y respetable cualquier opinión al margen de la cualificación del emisor.
Así, se van a propiciar dos tendencias sociales no necesariamente contrapuestas: una orientada hacia una mayor democracia directa —las encuestas tienen un peso cada vez mayor en el desarrollo de la actividad política—. Al mismo tiempo, también se hace posible la tendencia recíproca: un mayor control por parte de los aparatos del Estado sobre el ciudadano y, consecuentemente, un mayor dirigismo, tanto mediante el control directo como mediante el indirecto; por ejemplo mediante la formulación de narrativas asociadas al empleo de data mining.
Estos dos movimientos —dirigismo y democracia directa— se suman en el populismo que, en nombre de la radicalidad democrática, es decir, de una democracia que no se somete a normas, apela continuamente a la voluntad del pueblo como justificación y legitimación de cualquier conducta decidida por unos líderes que también disponen de instrumentos sociológicos para el control de las masas a las que afirman representar y que actúan, de facto, según sus dictados.
Tenemos, pues, que la tecnología confronta la democracia representativa con la democracia directa y el dirigismo con la libertad personal, por lo que resulta necesario encontrar una conciliación entre todas estas contradicciones.
La verdad y la lucha por el control de la agenda informativa
En el posmaterialismo, la materia y la realidad se diluyen hasta desaparecer; dependen por completo de la voluntad que las interpreta. Como apuntaba Nietzsche: «No existen hechos, solo interpretaciones». Lo importante no es el hecho en sí mismo, sino la opinión que se tiene de él. Por eso, su expresión cuida más la forma que el fondo, y aparece impregnada de un relativismo que no admite una verdad única.
La verdad es también un espacio de moralidad y cada uno puede, teóricamente, tener la suya propia, sin que tal cosa pueda o deba tener incidencia, siempre y cuando se dé cumplimiento al marco normativo vigente. En cualquier caso, la vocación integradora de cualquier sociedad exige la existencia de espacios comunes de verdad, esto es, de verdades compartidas. De ello se deriva que la fractura de la verdad provoca, a la postre, la fractura de la sociedad.
Además, la metafísica positivista lleva a pensar que las verdades sociales son universales y pueden presentarse como naturales. Es decir, no es tan importante la coincidencia con el hecho como el consenso del grupo sobre él. El resultado no es que no exista la verdad, sino que existen muchas, más o menos sólidas o discutibles.
La verdad se convierte así en una referencia en un mundo que no dispone de ellas, y obliga a quien la encuentra a abandonar su zona de confort para tomarla en consideración. Por eso se hace incómoda: cuestiona nuestras emociones y las reta.
Por eso la contradicción es silenciada. Por eso también queda emocionalmente asociada a las «malas noticias», pues perturba y altera el cauce de las emociones propias. Así, en lugar de atender a los hechos, se produce un distanciamiento de la verdad. Pero, sin la verdad, sin atender a la realidad, tampoco es posible el consenso y la comunidad también se acaba fracturando. Y es que las personas necesitan referencias.
En cualquier caso, no puede olvidarse que no somos espíritus puros. Cualquier decisión surge de los sentimientos, de lo irracional, para alcanzar luego forma y coherencia en la razón. Primero sentimos e intuimos; después decidimos y actuamos. Como señala Buyng-Chul Han: «El sentimiento precede al pensamiento»41, y la música antecede a la palabra. Igualmente, cualquier decisión racional debe pasar por el tamiz emocional del ser humano.
Lo emocional acaba así por primar sobre lo racional en una suerte de actitud antivictoriana, de revancha contra el racionalismo cartesiano, que ha sido hasta ahora el eje de Occidente. La verdad no queda consignada al hecho, sino a los sentimientos que suscita o a las adhesiones que provoca. La emoción se sitúa por encima de la razón. En la era de la tecnología, paradójicamente, pues esta ha permitido su logro, la razón deja de ser la piedra angular del conocimiento.
Esto no es sino una reedición del pensamiento de Nietzsche. Este ya apostaba por el instinto —y la irracionalidad que comporta— como criterio definitivo de verdad. El resultado implica, a su vez, una reformulación de la máxima cartesiana, que queda como «siento luego existo»; e incluso permite practicar una geopolítica de los sentimientos en forma de identidades volátiles, de todo tipo y escala, accesibles solo por el mero hecho de ser sentidas.
Eso, a su vez, conduce necesariamente, una vez más, a un refuerzo de la actitud descreída. Una idea, por el mero hecho de que sea aceptada por una comunidad, tampoco es válida. El subjetivismo extremo no reconoce las diferencias entre los hechos y los datos, las leyes y las reglas, los modelos y los retratos. Confunde el mapa con el territorio42.
La verdad se licúa entre el relativismo y la subjetividad cuando sobre ellos se construyen la civilización y la democracia.
El lenguaje hace posible el raciocinio. Imponer el marco lingüístico es una forma de prefijar la agenda política al sustraer ideas del debate público. Y algunas de estas son precisamente las más importantes.
Además, la realidad puede tener ciertas dosis de maleabilidad y de interpretación que no tienen ni los hechos ni los datos en los que cabe descomponerla. No obstante, puede deconstruirse y reconstruirse de una manera significativamente diferente. Así, primero se limita el debate que se reduce a unos hechos que luego se transforman.
Y eso cuando el poder no se mide según el patrón de la riqueza y del intercambio de bienes. De hecho, no se da ni se intercambia, sino que se ejerce; no existe más que en acto y es «productor» de saber y de verdad43. Como decía Michel Foucault: «Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad»44.
Es decir, quien tiene el poder tiene la verdad; y no es una cuestión menor, pues la recíproca también es cierta: quien tiene la verdad tiene el poder. La lucha por el significado de un término —y más en los llamados «conceptos vacíos»— es, en el fondo, una lucha por el poder.
Esto lo pondría Lewis Carroll en boca de Humpty Dumpty: «Las cosas significan lo que yo quiero que signifiquen, ni más ni menos. El problema es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. El problema es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el que manda. Eso es todo»45.
El populismo trata de hacerse con la agenda política. Y esta pasa por hacerse con la agenda informativa, en la medida en que esta es expresión de la realidad social. La opinión pública y la opinión publicada tienen un alto grado de convergencia que solo la oligarquía puede alterar y, en democracia, solo de manera limitada.
A ello se suma que la cobertura informativa que ofrecen los medios atiende a aquellos sucesos que representan una cierta ruptura, y los mensajes populistas, emotivos y disruptivos, lo son. Tal rol es particularmente significativo en los medios sensacionalistas que no pocas veces se implican en su difusión.
De hecho, el formato de los espectáculos mediáticos —incluso los videojuegos—, el infoentretenimiento, se adapta muy bien a las ideas polarizantes que patrocinan, con lo que generan una suerte de simbiosis de la que ambas partes obtienen beneficios46.
El populismo lucha por marcar la agenda informativa e instalar sus debates. Y lo hace utilizando la emotividad. Y eso cuando las sociedades posmodernas buscan lo dramático, emociones poderosas como el temor, la rabia o la hostilidad. Estas se obtienen, por lo general, simplificando y presentando una realidad en blanco y negro para movilizar a la opinión pública. Y mediante la repetición, porque la política es, en esencia, repetición y pedagogía.
La gente no quiere pensar tanto como confirmar lo que ya piensa. Es la psicopolítica: una construcción política realizada sistemáticamente sobre la base de su componente irracional, esto es, desde el sobredimensionamiento del factor emocional, a partir de una expresión exacerbada de la dimensión emocional-identitaria que se utiliza como medio para hacer llegar un mensaje. La política populista fractura así la sociedad para poder someterla.
Desinformación y populismo
El mundo se ha hecho multirreferencial, multidisciplinar y, a la vez, diverso. La subjetividad es inevitable en toda actividad humana, máxime cuando la globalización ha unido referencias culturales diferentes.
Además, y como se ha apuntado, aunque la difusión de conocimientos es mayor, la calidad media de la información es inferior; no se tienen referencias de las fuentes y, por tanto, las afirmaciones no resultan contrastables. La clave reside en su selección y prelación, esto es, en la correcta elaboración de la agenda informativa. La mentira no es la clave de la desinformación, sino una herramienta más, y no la más importante, para lograrla. Recordando a Derrida: «La mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad».
En fin, desinformación es todo lo que dificulte la utilización correcta de la información disponible. Y no está en relación directa con la mentira. Esta, en un siglo en el que se puede construir la verdad sobre cualquier retazo de la realidad para luego desligarla completamente de ella, hace que mentir sea hasta infantil, pues es solo resultado de la falta de imaginación o de la incompetencia. La verdad importante se puede esconder entre un sinfín de otras que no lo son tanto. También se puede atraer la atención hacia una mentira.
La desinformación en el populismo no es únicamente difundir hechos falsos, sino en conseguir que se dude de hechos ciertos. Así se golpean las líneas de fractura de las sociedades para provocarlas primero, convulsionarlas después y desorientarlas finalmente. Con ello se deconstruye, en sentido derridiano, primero la verdad e, inicialmente y, como último estadio, la sociedad.
Y es que todo, la verdad y lo que no lo es, se encuentra en la red y es público. Y eso cuando los hechos, y la realidad misma, cuentan menos en la conformación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones o a las creencias.
Occidente es la civilización de la duda, una civilización que desconfía de todo, incluso de sí misma. Por eso, las estrategias de desinformación estimulan artificialmente la duda. Al golpear a las sociedades occidentales en la duda, el sistema entero reverbera y las pone frente a nuestras propias contradicciones internas.
Y es que todo sistema social está hecho de consensos. Y, llevado al límite, se hace posible visualizar estos y sus contradicciones, haciéndonos dudar del modelo ético —que también se ve atacado— y que sirve de fundamento a la legitimidad del conjunto.
Antes, los medios de comunicación hacían un cribado de la información que distribuían, verificando con rigor y criterio su procedencia, oportunidad y jerarquía. La información era más o menos pura, mientras que la pluralidad de fuentes similares dotaba de mayor objetividad al conjunto del sistema, corrigiendo eventuales disfunciones.
Ahora, los propios medios de comunicación, en pro de una falsa objetividad, quedan condicionados en sus juicios y obligados a otorgar el mismo espacio tanto a la verdad como a aquello que no lo es. Por eso, en política obtiene mayor cobertura mediática quien utiliza estrategias populistas y se sirve de la posverdad o de los bulos, pues sus postulados y debates, a favor y en contra, le otorgan centralidad en el panorama mediático. Centrar el debate es crítico.
En este contexto, la posverdad banaliza la realidad, presentándose como una lectura alternativa más de esta en un mundo anegado por mares de datos e información y dotado de la misma naturaleza contraintuitiva que la ciencia. Se trata de una relectura que se acomete desde claves nuevas o sobre la base de un diferente ángulo de aproximación, ocultando con ello la malicia que subyace en su deliberada creación.
Su intencionalidad es precisamente lo que la diferencia de la alternatividad que encarna el pensamiento crítico, con el que aspira a confundirse. La posverdad o los bulos se han diseñado y construido para empatizar. Estamos ante una idea emotiva que no refleja la realidad tanto como aquello que se desea o se teme, y con la que se trata de influir en la opinión pública. Se busca falsearla, trasformar la percepción a partir de la manipulación de las emociones del colectivo. Se resaltan unos factores y se ignoran otros, mientras se confunden los términos de las afirmaciones47.
Además, la opinión pública es mutable. Su parecer es fruto de la combinación de una ausencia de responsabilidad, ya sea individual o colectiva —donde todos son responsables, nadie realmente lo es—. Esto permite cambiar rápida y radicalmente de parecer sin que pueda exigirse responsabilidad alguna. A ello se suma la falta de conocimiento de los asuntos públicos y, nuevamente, de la primacía de la emoción. Hay que recordar que la democracia representativa trata de corregir tales defectos.
No por casualidad, el resurgimiento del populismo a nivel global ha coincidido con la proliferación de la desinformación. Y es que populismo, desinformación y polarización están intrínsecamente conectados y se retroalimentan mutuamente, lo cual resulta preocupante en términos para la integridad democrática y hace relevante entender cómo funcionan en conjunto. De hecho, la desinformación triunfa especialmente en aquellos entornos en los que existe una alta polarización afectiva48.
Así, el populismo como fenómeno político se caracteriza por su capacidad para movilizar y conectarse emocionalmente con las masas. Y eso mientras la desinformación sirve para desvirtuar al «no pueblo» o para adaptar la realidad a su narrativa. La lógica maniquea del populismo, combinada con la desinformación, sirve para apuntalar una narrativa polarizadora y divisiva.
Esto socava la confianza en las instituciones democráticas y en los actores políticos, afectando a la calidad de un debate público que se desenfoca y acaba desatendiendo la realidad49.
Los líderes populistas a menudo utilizan la desinformación y estrategias de deslegitimación de sus oponentes para consolidar su apoyo y perpetuar la polarización. Esta simplifica la política al dividir a la sociedad en dos campos opuestos e involucra mecanismos como la deshumanización, la despersonalización y la utilización de estereotipos que contribuyen a la aversión emocional, el miedo y la desconfianza hacia los individuos pertenecientes al otro grupo. Esto llega a elevarse a las dimensiones de un conflicto intergrupal, en el que los miembros se vuelven ferozmente leales a su equipo y mantienen fuertes prejuicios contra el otro50.
La desinformación afecta así a los cimientos de la democracia al alterar su base, pues esta se sustenta sobre las decisiones pretendidamente libres e incondicionadas de los ciudadanos. Como escribió Edward Bernays:
«La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar»51.
Las fake news o la posverdad incorporan algún tipo de beneficio, toda vez que su desarrollo es oneroso. Para combatirlas es imperativo comprender sus razones e identificar a la fuente que las ha estimulado. Como ya apuntaba Derrida: «Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la finalidad del mentiroso».
Noticias falsas y bulos ha habido siempre en la historia de la humanidad. En eso no hay nada nuevo. La auténtica noticia es, en realidad, la facilidad y profundidad con que ahora penetran en la sociedad de la mano de las tecnologías de la información, así como el carácter masivo de su difusión.
Las noticias falsas vienen a ser también una suerte de jamming, una perturbación intencionada que eleva el nivel de ruido ambiente y dificulta que la información llegue a su destinatario real; y, además, puede ser focalizada. La auténtica verdad queda escondida tras un cúmulo ingente de irrelevancias e incluso de falsedades a las que puede ser asimilada.
La desconfianza hacia esta, hacia su veracidad e intencionalidad, se traduce en desconfianza hacia el conjunto de la sociedad y afecta a su cohesión. Afecta también a las instituciones y a su credibilidad, pues vienen a ser uno de los blancos preferentes de sus ataques, ya que son, o deben ser, la base que soporta el tejido social. Sirve, pues, directamente y sin ambigüedades, a la deconstrucción de las sociedades.
Pero todo esto es antiguo, si bien se ve renovado por todo el aparataje técnico que se ha desarrollado con vistas a su puesta en marcha. La ausencia de una labor de cribado eficaz en las redes sociales hace que el usuario quede constituido en único juez de la veracidad de las noticias que se le hacen llegar, por más que no tenga ni la condición de experto, ni acceso a fuentes, ni herramientas útiles para su valoración.
Y eso cuando no pocas de estas noticias son auténticos productos de ingeniería social, construidas sobre retazos de realidad y elementos emocionales, dirigidos a segmentos de la sociedad predispuestos a aceptarlos o a conmocionar y hacer dudar a aquellos que no lo están. Todo ello se difunde a través de piezas informativas, amarillistas, construidas para generar polémica y con las que se intenta afectar a la percepción del lector.
Lo importante es centrar o descentrar el debate. Y es el hombre, y no los bots, el principal responsable de la viralidad de las noticias falsas; lo cual no debe resultar extraño, pues precisamente para eso han sido construidas52.
Además, la desinformación es un síntoma de un problema de mayor calado. Este, en algunos países, puede ser producto de la crisis de su modelo de ciudadanía, materializado en forma de bajos estándares educativos, analfabetismo funcional y fragmentación social.
Pretende servirse de períodos de tensión, de polarización per se, como pueden ser los procesos electorales, con vistas a conseguir lo anteriormente apuntado. En política no se trata tanto de apoyar a tal o cual candidato considerado más favorable, que también, sino, ante todo, de cuestionar el marco, hacer dudar a la comunidad, resaltar las contradicciones e insuficiencias del sistema que la soporta y poner este en tela de juicio. Se trata de someterlo a presión y hacer dudar de las propias referencias.
El marco de las elecciones, por la polarización y por poner de manifiesto la quiebra social existente, es sumamente propicio para ello. También lo son los momentos de crisis, pues estas generan un interés informativo cuyo control puede resultar mucho más relevante que el problema suscitado. De modo que, si se pierde el control de la noticia, se puede perder el de la crisis, dañando a las instituciones y al sistema en su conjunto y cuestionando su eficacia. Esto permite golpear directamente la juntura entre la sociedad y las instituciones en un momento de acentuada debilidad.
Las campañas de desinformación digital pretenden igualmente dañar la confianza de la opinión pública en las instituciones y sembrar dudas sobre los procesos democráticos, mediante acusaciones de fraude electoral. Son ejemplos de ello Donald Trump, Bolsonaro o Andrés Manuel López Obrador.
De igual manera, ¿por qué, si no todos, sí muchos, hemos recibido mensajes que alertan sobre ataques terroristas en centros comerciales o o sobre la elevación al nivel máximo del estado de alerta, por ejemplo? Se busca atentar contra el sentido de la seguridad de la sociedad y, con ello, contra la confianza, eje, como se ha visto, de la propuesta emocional de Moïsi.
Con la desinformación también se logra neutralizar el carácter de cuarto poder de que disponen los medios de comunicación social, debilitando con ello a la democracia. Estamos ante un elemento clave de no pocas estrategias populistas con las que se allana la relación directa del líder con el pueblo y se elimina o limita un mecanismo de oposición a sus propuestas.
Pero es que, además, los medios presentan una debilidad frente a los patrocinadores y el poder político, toda vez que su actividad como empresas está orientada por el beneficio. Así, por ejemplo, a veces les interesa más la viralidad o llegar primero a la información antes que la verdad o la calidad53.
Fruto de ello, y toda vez que, con la competencia de las redes sociales y los diferentes distribuidores de contenido, los medios han visto reducidas sus audiencias, han debido digitalizarse, colocándose al mismo nivel que otros recursos de información. Y es que el periodismo tradicional se ha desdibujado en un mundo sin referencias ni una medición adecuada de la calidad, mientras pasaba a depender cada vez más de los contenidos de las redes sociales.
Ello obliga a la adopción de fórmulas estables que sirvan para conciliar la libertad de información y la seguridad en el marco cultural y democrático frente a los desafíos que generan las dinámicas tecnológicas aplicadas a las redes sociales. Y no son cuestiones menores, toda vez que su regulación afecta al acervo de Occidente y tensiona el sistema.
Como ejemplo, cabe mencionar la suspensión de medios de información tan relevantes como Russia Today y Sputnik News, a instancias del Consejo Europeo, al poco de la invasión de Ucrania en 2022. Esta decisión fue posteriormente ratificada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, toda vez que existía un evidente alineamiento de las noticias de ambas cadenas con las tesis sostenidas desde Moscú y una notable capacidad de influencia sobre la opinión pública, a la que podían influir en beneficio de un Estado extranjero.
Populismo y relaciones internacionales
El auge del populismo está asociado a la crisis del modelo democrático como consecuencia del crepúsculo de las ideologías y la pospolítica. De ello, trasladado a una escala mayor, se ha derivado la puesta en cuestión del orden liberal a nivel nacional, primero, e internacional, después. Tal circunstancia se materializa en el choque entre regímenes liberales y otros iliberales que, en parte y como fruto de las circunstancias, han urdido un entramado de alianzas y así, la pugna se ha trasladado a escala global.
En fin, la política exterior de un país resulta una continuación de su política interior y, por tanto, es indisociable de esta. Y más en una democracia, en la que está especialmente llamada a su continuidad y a la congruencia. Pero sucede que, a veces, la política exterior de un concreto país se pone al servicio no tanto de sus intereses o valores como de la agenda interior de un líder populista y de su interés personal.
Así, una política de Estado puede experimentar todo un quiebro incongruente y que, por ello, resulta difícilmente predecible. Esto, o incluso su sola posibilidad, genera incertidumbre a nivel global.
El nacional-populismo
El populismo se encuentra, no pocas veces, en íntima relación con el nacionalismo. Estos son conceptos ciertamente distintos —ambos incompletos o porosos, es decir, no definidos de un modo claro y cerrado; esto posibilita, aún más, la interacción—, pero no completamente independientes entre sí. De hecho, comparten no pocos valores, comenzando por su naturaleza emocional, cuando no antirracional.
No en vano, el nacionalismo, «la ramita torcida» de Schiller, es una ideología de la identidad; esto es, encuentra su sustrato en una cierta identidad colectiva. Esta «toma los hechos neutrales de un pueblo —la lengua, el territorio, la cultura, la tradición y la historia— y los convierten en una narración; toma las «diferencias menores» —en sí mismas irrelevantes— y las transforma en grandes distinciones. La característica más acusada de la mirada narcisista es que solo contempla al otro para confirmar su diferencia»54.
Estamos, fundamentalmente, ante un principio político, una teoría de la legitimidad que señala que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política, aunando para ello sentimiento y movimiento55.
Las características identificadoras son «comparativamente neutrales», pero contienen un elemento mítico, son «portadoras de una carga emocional» y, además, se construyen mediante un relato selectivo del pasado, con elementos de agravio y de victoria que sirven de trasfondo para juzgar los actos nuevos. Se produce una transferencia de lo sagrado desde la religión a la nación y también a la ideología56.
El nacionalismo no es universalista ni es racionalmente simétrico; de hecho, puede presentarse como la expresión, a nivel de grupo, de la tendencia humana a hacer salvedades, especialmente cuando se trata de uno mismo. Eso ha hecho de la nacionalidad un atributo de cualquier ser humano. Como resultado, las naciones son percibidas como algo natural y ajeno a la contingencia57.
Con todo, conviene reseñar que el nacionalismo no es una idea única, sino un complejo de ellas, al que se suman realidades dispersas e incluso contradictorias. Existe un nacionalismo por cada idea de nación.
El populismo pertenece a esta lógica y sirve a su articulación. La diferencia entre uno y otro término está en que, mientras el nacionalismo apuesta por la lógica dentro/fuera, el populismo suma a este el enfrentamiento arriba/abajo; esto es, entre el pueblo y las élites58.
Siguiendo esta lógica, el «nacional-populismo» es un discurso que articula las frustraciones del pueblo-nación en el eje vertical del populismo; es decir, dirige al pueblo contra unas élites, ya sean estas nacionales o internacionales. Se hace así referencia a la primacía política de las identidades nacionales en el contexto internacional, alineándose ambas esferas.
En este ámbito, los actores nacional-populistas dicen encarnar y representar la soberanía del pueblo —definido en términos estrictamente nacionales— frente a unas élites y estructuras de poder asentadas en el exterior, que son presentadas, una vez más, como antidemocráticas, oligárquicas y corruptas, pero también como dominadoras de unas élites nacionales que actúan a modo de sucursales. Estos discursos pueden resultar especialmente atractivos en contextos oportunistas de crisis y servir para la exculpación mediante la proyección de la responsabilidad hacia el exterior59.
El populismo es así una lógica huésped del nacionalismo, en tanto que conduce a una sobrevaloración de la identidad nacional. Para ello, igualmente, se sirve de la mitificación del pasado y de las tradiciones. Esto explica su naturaleza proteccionista y conservadora, así como su oposición a cualquier proyecto comunitario o lógica multicultural que diluya la nación.
Antiglobalismo y antirregionalismo
La globalización ha permitido un cambio del orden mundial, en el contexto se ha producido una pérdida de poder relativo de Occidente como resultado del «ascenso de los demás» del que hablaba Fareed Zakaria. En paridad de precios, según el Banco Mundial, en 2023 China representaba el 18,76 % del PIB mundial; EE. UU., el 14,8 %; y la UE, el 14,68 %.
Hay una reacción contra el sistema de reglas que han propiciado este cambio, y se reclama la vuelta a las políticas de poder como forma de superar una tendencia considerada nada conveniente, a la que conduce el esquema normativo multilateral actual. El populismo, en este contexto geopolítico de pérdida de poder relativo de Occidente, puede ser hasta un elemento precipitante.
Pero también es cierto que la globalización ha provocado una fractura interna en países como Estados Unidos. Esta es fruto de la desigual distribución de los réditos y las cargas que la globalización ha traído al país. Ello ha hecho que, para un segmento de la población, aquella se haya convertido en un foco particular de agravio y haya provocado, consecuentemente, movilizaciones en su contra, de las que se sirve el populismo.
Los llamados «perdedores de la globalización» denuncian que se ha producido una pérdida de control, pero también de la autonomía del pueblo para fijar la política económica y de empleo nacional. Deducen de ello lo que es, de facto, el secuestro tanto de la democracia como de la propia soberanía nacional.
Y es que el nacional-populismo también considera que los proyectos multilaterales o comunitarios suponen una merma de la capacidad de decisión del pueblo-nación y, por ello, constituyen una indebida restricción al poder del Estado60. Las tensiones que ello provoca en las organizaciones regionales, como la Unión Europea, son evidentes.
Como resultado, durante la segunda Administración Trump y hasta enero de 2026, Estados Unidos ha dejado de financiar 31 organizaciones de la ONU y 35 organizaciones globales, entre ellas USAID o la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, ha abandonado no pocos tratados, incluido el que le une con Canadá y México, que habrá de negociarse año a año, introduciendo más incertidumbre en el sistema.
La globalización, por más que sea un proceso de racionalización cultural realizado sobre la cultura más fuerte, que es, con todo, la occidental, implica un intercambio del que se deduce una mezcla, por mínima que esta sea. De ahí, nuevamente, el carácter reactivo y antiglobalizador del populismo, aun en Occidente, que es el eje cultural sobre el que dicho proceso tiene lugar.
Igualmente, el populismo se opone a la hibridación cultural que la globalización propugna y, por supuesto, se posiciona contra los flujos migratorios, sirviéndose de la xenofobia para fomentar la desconfianza de la población. La desconfianza, recordémoslo, es un sentimiento poderoso. Con ello, además, gana apoyos.
Y eso, a pesar de que dicha migración —que es un factor de interpenetración y transversal a la lógica dentro/fuera— responde a una poderosa demanda de mano de obra por parte de los agentes económicos nacionales, particularmente en Occidente, que, además, es fruto de los problemas demográficos que padece.
Estamos ante una forma posmoderna de tribalismo que ha logrado construir la agenda política de Occidente. Se inscribe dentro de las reacciones contra las políticas para resolver los problemas comunes de la humanidad, desde la COVID-19 hasta el medio ambiente.
Así, se suele señalar la ausencia de una responsabilidad específicamente nacional o de una atribución clara; y eso, junto con los costes derivados del esfuerzo nacional en tal sentido o de su naturaleza asimétrica. Esto dificulta cualquier acuerdo global que se pretenda alcanzar y cualquier solución a la problemática que plantean los conocidos como global commons: el ciberespacio, el espacio exterior, el medio ambiente o la alta mar.
Es un movimiento de reacción —por lo demás plenamente acorde con la naturaleza hegeliana de la globalización— contra lo que se ha denominado los compromisos cosmopolitas liberales; esto es, contra la tolerancia cultural y la diversidad de estilos de vida, la cooperación internacional y los derechos y libertades fundamentales. Es una reacción «tradicionalista» o conservadora, contraria al predominio de los valores posmaterialistas y de corte cosmopolita y liberal61.
Es interesante traer a colación, en este contexto y como ejemplo, el pensamiento de Alexander Duguin. Este realiza una mezcla crítica de liberalismo, posmodernidad y marxismo, que entremezcla con el fascismo clásico para extraer de esa combinación toda una teoría política.
Así, desde la idea de Dasein (existencia) que formulara Martin Heidegger, pasa de lo individual a lo colectivo, al «pueblo» y de ahí a «nuestro pueblo»62.
Un pueblo, este, el ruso, investido con una misión mesiánica: oponerse al liberalismo global y universalista que, a su juicio, está destruyendo el mundo. Y es que, según Duguin, el liberalismo no pertenece al pensamiento ruso y sirve para justificar una sociedad de consumo que nada bueno ofrece, como tampoco lo hacen ni la posmodernidad ni el ecosistema ideológico de la nueva izquierda63.
Su oferta para el pueblo ruso es, a juicio de Duguin, extraordinariamente precaria y carente de futuro. De hecho, considera que estas ideas extranjeras están destruyendo la sociedad, razón por lo que llama a una «cruzada» contra el liberalismo y el neoliberalismo, la posmodernidad, la sociedad posindustrial, la globalización y sus bases logísticas y tecnológicas64.
Así, reformula y da coherencia a una alternativa populista, hilvanando el presente con las propias tradiciones y la historia. Reafirma con ello la identidad rusa cuando está siendo socavada y refuerza una civilización de signo nacional, mientras enfatiza la existencia de una poderosa identidad propia, la euroasiática, y lo hace mediante una llamada a la acción:
«No hay ninguna barrera a la integración del gran espacio eurasiático alrededor de Rusia, ya que estas zonas fueron política, cultural, económica, social y psicológicamente unificadas en el transcurso de muchos siglos. La frontera occidental de la civilización eurasiática va un poco más al este de la frontera occidental de Ucrania, por lo que el Estado recientemente establecido es inviable y frágil»65.
En fin, el hecho de que los partidos populistas sostengan valores y propuestas compartidas —tan relevantes como el propio cuestionamiento de la democracia liberal— actúa como atractor mutuo y, por ende, favorece las alianzas. De este modo, su programa antiliberal no se limita al ámbito nacional, sino que, a pesar de su individualismo y carácter tautológico, genera, mediante la emulación, nuevas alianzas internacionales y regionales poco compatibles con el multilateralismo y la gobernanza global. Tal circunstancia favorece la idea de un choque entre los órdenes liberal e iliberal, que también se traslada a la esfera internacional.
Y es que la propuesta populista, manifestada en clave nacional mediante expresiones como America First, viene a subrayar un uso pleno e irrestricto del poder nacional y la voluntad de hacer, a lo sumo, concesiones transaccionales. Pero, con todo, la propuesta populista trasciende el ámbito nacional y busca afinidades ideológicas para forjar alianzas en el ámbito internacional o, incluso, para fomentar la aparición de partidos nacionales de credo similar.
El resultado es una cierta convergencia entre líderes populistas de todo Occidente en torno a la transformación de la política exterior. Más aún, los populismos europeos han forjado vínculos con los norteamericanos, formando lo que a veces parece, pese a sus contradicciones internas, un frente único.
Esto ha derivado en el establecimiento de nuevas agendas temáticas, prioridades geográficas y discursos antiliberales que impiden o boicotean los consensos internacionales en ámbitos como el medio ambiente, la migración, el comercio o los procesos de construcción de la paz, acreditándose así la incidencia de discursos y prácticas populistas en política exterior66.
Constituyen una fuerza centrífuga y actúan como atractores de todos aquellos que se oponen a ciertas políticas en el interior de organizaciones regionales e incluso globales, contribuyendo a articular sus esfuerzos y a reforzar sus narrativas.
Conclusiones
Las democracias incorporan un componente de desigualdad que es resultado de las incongruencias doctrinales, las ficciones y los supuestos que sirven a su construcción jurídico-política. El populismo se presenta como una expresión de la voluntad general rousseauniana. Supone así un intento de dar respuesta a estas carencias y de restituir al pueblo su poder natural.
Pero el populismo no es propiamente una ideología, sino una estrategia política. Y no es de derechas ni de izquierda, sino transversal a todo el arco político, por más que sea particularmente útil para los extremos debido a la radicalidad inherente a la metodología que propugna para sus planteamientos: una confrontación entre el pueblo y las élites. Además, reorienta hacia dichos extremos a quienes lo emplean por pura congruencia lógica.
El problema es que el coste de tal restitución es el menoscabo de la arquitectura institucional que actúa a modo de contrapeso de su poder y también de las instituciones que sirven a la articulación de la sociedad. La democracia es el gobierno de la mayoría con respeto a la minoría. Y no es una cuestión menor que la democracia precise de una lealtad a la que el populismo no se compromete.
El crepúsculo de las ideologías que ha acompañado a la posmodernidad ha supuesto una reducción del espacio para la política y su vaciamiento. El populismo supone así la movilización de una cadena de demandas heterogéneas unificadas en un significante vacío que sirve para superar la pospolítica contra la que reacciona, pese a situarse en su estela.
La relación del populismo con la democracia es así difícil, toda vez que no es que se opongan a ella, sino que se opone a la existencia de límites a la voluntad del pueblo, lo que le lleva a confrontar con todo lo que suponga permanencia; esto es, con las instituciones y con el aparato del Estado. En cualquier caso, el resultado es el debilitamiento de la sociedad, más allá de los planos o aspectos concernidos. Y también, de prosperar, la degradación práctica de la democracia por la presencia de tics autoritarios asociados a la acción política.
Y tales políticas sirven para consagrar a quienes las promueven. Pero la desatención de los intereses de fondo de la sociedad compromete la legitimidad futura del líder populista, cuando no lo hace prisionero de sus decisiones previas.
La estrategia de comunicación es una de las claves del populismo. En la nueva política, el relato convencional, anclado antaño en una ideología que lo ligaba y explicaba todo, ha desaparecido. Los datos y las historias verificables, por más que interpretables, han sido sustituidos por unas narrativas fragmentadas sobre la base de una trama difusa y que se sirve de una lógica en blanco y negro para polarizar el espacio político y reafirmarse en temas que no son los pivotes efectivos de la política real y que, de hecho, pueden no tener nada que ver con ella.
Las narrativas son aquello que da sentido y estructura a lo social. El populismo trata así de adueñarse de la agenda informativa y convertirla en agenda política, haciendo de ella una expresión de la voluntad popular que queda personificada en el líder. Al invalidar a los medios mediante la desinformación, se deshace de un mecanismo de control independiente y clave de la arquitectura institucional.
Los factores polemológicos son los elementos que subyacen en el origen de los conflictos, conduzcan o no al enfrentamiento; este se produciría en función de la presencia de ciertos catalizadores o detonantes67. Así, su existencia los posibilita y la concurrencia de varios los hace más probables, pero no los asegura68. Es un fenómeno humano y, por ello, paradójico y contradictorio, con leyes propias o carentes de ellas.
El populismo es un factor polemológico en la medida en que los países pueden proyectarse sobre el escenario internacional sobre la base de la agenda del líder populista —que puede ser interior o hasta personalista—, con lo que introducen incertidumbres en él.
En un contexto geopolítico de pérdida de poder de Occidente, resultado del carácter nivelador de la globalización, puede ser un factor precipitante y dificultar la gobernabilidad política cuando se percibe que existió un tiempo pasado que fue mejor.
Adquiere así la forma de un movimiento de reflujo que acompaña a los avances de la globalización y traslada sus dinámicas al escenario regional y global en forma de un nacional-populismo que dificulta los acuerdos mientras promueve una agenda propia y alternativa. La emulación favorece la reproducción de modelos similares en otros países que colaboran entre sí —y eso a veces a pesar de tener modelos ideológicos contrapuestos—, escenificando un choque entre democracias liberales e iliberales que, en cualquier caso, debilita a Occidente.
Pero, no se olvide, el populismo surge como respuesta frente a un hecho cierto: un déficit en la representación política que incorpora el modelo de democracia representativa.
Federico Aznar Fernández-Montesinos
Analista del IEEE.
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Democracia, desinformación y populismo. El populismo como factor desintegrador de Occidente (0,4 MB)
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Democracy, disinformation, and populism. Populism as a disintegrating factor of the West (0,3 MB)
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