IEEE. Una gran estrategia para la competición. El conflicto en Irán como aprendizaje sobre la complejidad del orden geoeconómico

10 sept 2026
IEEE. Una gran estrategia para la competición. El conflicto en Irán como aprendizaje sobre la complejidad del orden geoeconómico
Enrique Fojón Lagoa. Profesor del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado. UNED y José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional. Universidad Europea de Madrid
Breve recorrido por la gran estrategia estadounidense
Estados Unidos ha tenido pocas doctrinas que puedan calificarse como grandes estrategias y que hayan resultado exitosas a lo largo de su historia. A medida que el poder y el alcance de la joven nación crecían en el siglo XIX, una primera visión estratégica estadounidense se configuró en torno a la denominada doctrina Monroe, limitando de forma proactiva el poder y la influencia de las grandes potencias en el hemisferio occidental.
Esta visión de la política exterior empezó a alterarse al final del período, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, cuando la oportunidad de expansión hacia el Pacífico y las interacciones económicas y políticas con las potencias europeas, tanto en Europa y el norte de África, abrieron el horizonte de la política exterior de Estados Unidos a la internacionalización.
Posteriormente, la intervención en la Gran Guerra y el Tratado de Versalles introdujeron a la potencia emergente en las negociaciones de paz y en la configuración de un orden internacional cuyo fracaso, en la década de 1920, se vio favorecido también por la inconsistencia estratégica que Estados Unidos manifestó en las sucesivas presidencias durante el período de entreguerras.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se consolidó un consenso nacional según el cual Estados Unidos ya no podía proteger sus intereses mediante una defensa activa, pero geopolíticamente limitada. El país se había convertido en una potencia con intereses globales y, en consecuencia, había asumido las responsabilidades inherentes a esa posición para preservar su influencia en el mundo. A partir de entonces, Washington debía abordar las amenazas de forma proactiva, antes de que alcanzaran el territorio estadounidense.
Aunque la proyección estratégica global de Estados Unidos en el Pacífico, Europa y el Mediterráneo había quedado confirmada por el desarrollo de la guerra y por las sucesivas conferencias de paz, el debate sobre la configuración de la gran estrategia posterior al conflicto se centró en cómo responder, de manera proactiva y a largo plazo, al desafío planteado por la Unión Soviética, enfrentamiento que la historiografía acabaría definiendo como la Guerra Fría.
Esta visión se materializó inicialmente en la doctrina Truman, o de la Contención, que puso en marcha una estrategia orientada a contener a la URSS desde el denominado Rimland euroasiático. Sin embargo, dicha estrategia fue variando considerablemente en la práctica, ya que la contención tuvo que desarrollarse en espacios geopolíticos con configuraciones distintas.
En Europa, se articuló mediante el impulso de un proceso de reconstrucción y de una alianza estratégica materializados a través del Plan Marshall y de la OTAN; en Oriente Medio y Asia, se desarrolló mediante acuerdos con grupos de países aliados y mediante conflictos destinados para hacer frente a la expansión del comunismo tras los procesos de descolonización; y frente a la URSS, se tradujo, además, en una carrera armamentística nuclear de largo alcance.
En segundo lugar, tras la derrota en Vietnam y la supresión de la convertibilidad del dólar, la estrategia de contención tuvo que adaptarse a partir de 1973 y aceptar la fórmula de la distensión para hacer frente a la crisis global derivada de tres décadas de enfrentamiento bipolar.
Estados Unidos nunca contuvo, ni literal ni militarmente, a la Unión Soviética. Sin embargo, Washington logró superar a Moscú al mantener y expandir su influencia económica, militar y política hasta que la Unión Soviética ya no pudo hacerle frente.
El presidente Ronald Reagan fue el artífice de la revitalización de la idea original de la gran estrategia bipolar y, en última instancia, sentó las bases para el fin de la Guerra Fría. Su implementación se basó en fortalecer la presión mediante el incremento del gasto y la innovación militar; en dinamizar la economía y proyectarla internacionalmente a través de la inversión y el comercio; y en aprovechar los canales de comunicación liderados por Estados Unidos para mundializar los efectos de la propaganda.
Tras la caída del Muro de Berlín, los sucesivos presidentes estadounidenses intentaron establecer su propia versión de una nueva gran estrategia, pero ninguno lo logró. El paradigma de la globalización como dinamizador de la apertura comercial y la interdependencia económica no derivó en una visión estratégica porque, en su primera fase, la supremacía norteamericana no estaba cuestionada por amenazas ni por actores revisionistas consistentes.
Tras los atentados de las Torres Gemelas en 2001, la respuesta de la guerra contra el terrorismo no significó una reconfiguración estratégica, sino una suma de acciones y operaciones con diferente intensidad en Irak y Afganistán, sin una definición estratégica sólida y sostenible.
Desde el punto de vista económico, la globalización sin restricciones debilitó finalmente algunas industrias clave tanto en Estados Unidos como en otros países y no consiguió limitar su impacto perjudicial sobre la fuerza laboral nacional. Tampoco logró resolver otras cuestiones de alcance global, como el debilitamiento de las cadenas de suministro, el tráfico comercial desregulado y la propagación de un estado de guerra permanente en regiones tan sensibles como Oriente Medio.
Además, se mostró incapaz de frenar la expansión del mercantilismo chino y la falta de respeto a las reglas por parte de las potencias revisionistas, que también emplearon la desregulación para expandir sus fines antiliberales.
La pérdida de cohesión en las visiones sobre la política exterior en Estados Unidos y en otros países aliados, agravada por la creciente polarización en las democracias liberales durante la segunda década del siglo XXI, ha propiciado una tendencia distinta, orientada a buscar la convergencia entre el realismo y el liberalismo en diferentes escuelas de pensamiento en los últimos años.
Charles A. Kupchan, en el pódcast titulado «A new US strategy: the case for liberal realism»1 proponía, poco antes de las elecciones de 2024, reactivar las ideas y los principios del orden liberal, enmarcándolos en un diseño estratégico más realista. Lo cual permitiría, según el autor, su implementación en un sistema multipolar como el actual, distinto de los anteriores sistemas, bipolar y unipolar, en los que el realismo liberal ejerció como fundamento doctrinal después de la Segunda Guerra Mundial y al concluir la Guerra Fría.
La idea de concebir una estrategia a partir de esa convergencia doctrinal no era nueva en el pensamiento norteamericano. En 2021, John Lewis Gaddis y Hal Brands2 planteaban una gran estrategia para hacer frente a la creciente competición bipolar con China.
Ante la llegada de la segunda presidencia de Donald Trump en 2025, Russell Mead retomaba esta idea para incorporar un concepto históricamente asociado a la doctrina norteamericana: el pragmatismo. El autor encontraba su fundamentación en las ideas de Alexander Hamilton, y su vigencia vendría motivada ahora por la necesidad de encontrar un paradigma con el que superar el final del liberalismo globalista y afrontar la nueva rivalidad entre potencias.
«Never has the strength of the state been so closely tied to dynamism of the corporate world. This connection operates most strongly at the most advanced levels of technology and production…Both bussines and government leaders are today discovering something that Hamilton could have told them has long been true: economic policy is strategy and viceversa»3.
Después de un año y medio de su segundo mandato, la activa política exterior y las acciones militares emprendidas por el presidente Trump han confirmado que, si bien su capacidad transaccional ha estado teñida de una filosofía pragmática, el realismo ofensivo ha guiado alguna de sus decisiones más relevantes y ha puesto de manifiesto que el empleo de la fuerza es considerado como un medio para defender los intereses estadounidenses y para preservar, según este criterio, la paz4.
No obstante, la consideración de que la política de Estados Unidos está guiada por una gran estrategia previamente definida no está clara en este momento.
De hecho, los analistas de algunos de los principales think tanks norteamericanos no coinciden a la hora de identificar una única línea estratégica y se suceden las propuestas sobre cuál debería ser la orientación más adecuada.
A. Wess Mitchell, asistente del secretario de Estado para Asuntos Europeos y Euroasiáticos durante el primer mandato de Trump, propone, por ejemplo, en el último número de la revista Foreign Affairs, una gran estrategia de consolidación. Para ello se basa en el término utilizado por el almirante John Fisher para explicar cómo Gran Bretaña, en 1904, optó por un realineamiento estratégico en torno a sus intereses imperiales prioritarios que alejara al país de la confrontación permanente con otras potencias europeas y con las potencias emergentes en el Pacífico: «This was not retreachment or acquiescense to national decline, but prioritize the waters adjacent to the british isles to deter Germany, the top threat»5.
Según la visión de Mitchell, el poder estadounidense está sobredimensionado y excesivamente disperso. Al estilo de Gran Bretaña antes de la Primera Guerra Mundial o, históricamente, de la estrategia de Adriano de limitar el espacio imperial de Roma, Estados Unidos debería configurar una gran estrategia de protección de su espacio geopolítico en el hemisferio occidental, mientras continúa desarrollando una acción exterior orientada a la competición y una política de liderazgo tecnológico y económico.
En la propia Estrategia de Seguridad Nacional de 20256, entre las primeras prioridades figuraba asegurar la frontera e impedir que cualquier potencia adversaria se afianzara en el canal de Panamá y en Groenlandia.
Con ese criterio, supuestamente, emprendió acciones contra la persistente presencia de los cárteles, que desestabilizaban el centro del hemisferio occidental. La rápida actuación de Trump en Venezuela y las restricciones impuestas a Cuba pueden interpretarse como acciones encaminadas a eliminar posibles focos de agitación en la región y, al mismo tiempo, como medidas de fuerza para proteger la propia esfera de influencia estadounidense e impedir que China y otras potencias interfieran en el hemisferio occidental con la intención de distraer y obstaculizar los esfuerzos de Estados Unidos para actuar en otros escenarios.
En el mismo número de la revista Foreign Affairs, Edward Fishman, especialista en geoeconomía del Council of Foreign Relations, propone una visión que priorice el conflicto económico como el paradigma para desarrollar una estrategia a largo plazo.
Su argumento se basa en la constatación de que las vulnerabilidades de las grandes potencias y de actores menores ante la coerción económica son complejas y cambiantes como consecuencia de la interdependencia existente en el orden actual. Destaca, como fortaleza de una gran potencia en este orden geoeconómico heteropolar, su capacidad para controlar alguno de los puntos de estrangulamiento (choke points).
Aunque reconoce que esa capacidad no es unipolar, sino que está en manos de distintos actores, fundamentalmente Estados Unidos y China, también señala que, en cualquier caso, debe ir acompañada de un liderazgo consistente en el mercado o flujo en cuestión, como ocurre con el papel del dólar en las operaciones comerciales:
«A single Silicon Valley firm, Nvidia, accounts for more tan 85 percent of the market for AI chips. China fot its part, refines roughly 90 percent of the world,s rare earths. In each case, the United States and China is not just a market leader, it is efectively a monopolist»7.
Según el autor, esta realidad obliga a no especular con el intento de utilizar puntos de estrangulamiento inexistentes, lo cual impediría que las sanciones coercitivas sirvieran como armas de disuasión geoeconómica. Por el contrario, destaca la importancia de evaluar correctamente los objetivos competitivos y las herramientas económicas disuasivas aplicables en cada situación de tensión o movimiento estratégico.
No resulta, por tanto, extraño que la Administración Trump busque una acción estratégica basada en una conectividad segura que trascienda cualquier otra esfera. Esta visión, así concebida, se fundamenta en la existencia de espacios libres y abiertos, donde las naciones situadas a lo largo de los corredores de conectividad (geopolíticos o digitales) sean partes interesadas en el mantenimiento de las redes que enlazan personas, bienes y servicios.
En este mismo sentido, Jake Sullivan insiste en la importancia de la construcción de una gran estrategia, centrando su análisis en la innovación tecnológica, ámbito en el que la competición entre Estados Unidos y China se manifiesta en sectores como los semiconductores, la IA, la biotecnología y las energías limpias.
El error de la estrategia norteamericana de los últimos años, según el autor, ha sido el de intentar vencer a China en carreras específicas de innovación. Sin embargo, el resultado de una estrategia no debería orientarse hacia una meta final concreta donde se termina la carrera, sino una competición cambiante y a largo plazo, en la que entran en juego distintos actores y factores multidominio, como la investigación espacial, los movimientos de población o, sencillamente, las reacciones de los mercados.
Sullivan defiende una gran apuesta de innovación tecnológica en Estados Unidos que se base en la identificación de sectores críticos (computación, sistemas cuánticos, biotecnología, IA, o biomanufactura); en la revitalización tecnológico-industrial, mediante la cooperación entre los ámbitos militar y privado; y en la construcción de un orden digital basado en principios democráticos, protegido por altos estándares de seguridad y transparencia, y vigilante ante las violaciones de la privacidad y de los derechos humanos. Todo ello bajo el paradigma del small yard and high fence8.
El realismo ofensivo aplicado por la Administración Trump ha dejado al descubierto la denominada alianza «sin límites» entre China y Rusia, ante su impotencia para hacer frente a la acción militar estadounidense. Sin embargo, la guerra de Irán ha constatado igualmente que, en un mundo profundamente interconectado, ninguna potencia tiene la capacidad de imponer una esfera de influencia sólida y controlar vastos espacios extraterritoriales.
Si bien Estados Unidos puede ejercer una táctica militar de «conmoción y pavor» a una escala sin precedentes, incluso Washington carece de la capacidad autónoma y unilateral necesaria para mantener una fuerza resolutiva en un escenario determinante para el orden internacional durante un período prolongado.
Efectos regionales y globales del conflicto en Irán
La guerra de 2026 comenzó con un devastador ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. A partir de ese momento, el conflicto se extendió y escaló. Irán tomó represalias contra objetivos en todo el golfo Pérsico y más allá; utilizó drones, misiles y otros medios para bloquear el tráfico en el estrecho de Ormuz.
La campaña estadounidense-israelí contra Irán se convirtió en guerra regional con repercusiones globales, dado el valor geopolítico del estrecho de Ormuz.
Trump apoyó a Israel en la lucha contra los aliados de Irán: Hamás, Hezbolá y los hutíes. Colaboró con Israel para desmantelar los sistemas de defensa aérea iraníes y debilitar sus instalaciones de enriquecimiento nuclear.
Trump, firmemente motivado por limitar la influencia de Irán como fuente de inestabilidad en Oriente Medio, ha intentado forzar un acuerdo estratégico con el régimen para eliminar sus programas nucleares y balísticos, así como su apoyo al terrorismo, a cambio de alivio económico e integración en el mercado.
Después de varios meses de negociación y acciones armadas limitadas por parte de los contendientes, la guerra ha puesto de manifiesto la ausencia de una estrategia correctamente diseñada en sus aspectos operacionales a corto y medio plazo, por parte de Estados Unidos.
Sin embargo, alguno de sus efectos pueden interpretarse como un conjunto de aprendizajes para comprender mejor la complejidad de llevar a cabo acciones militares no ligadas a una gran estrategia de mayor calado.
1.- En primer lugar, la crisis ha supuesto un salto cualitativo hacia la militarización en un orden geoeconómico en el que cada uno de los llamados choke points representa un potencial espacio de interdependencia armada.
Contrariamente a lo que ha afirmado el presidente Trump, los funcionarios estadounidenses sabían desde hace décadas que Irán podría cerrar el estrecho de Ormuz en caso de crisis. Una vez iniciada la guerra, esa posibilidad se convirtió en realidad: la manifestación más reciente y contundente de una era en la que la integración geoeconómica y la fragmentación geopolítica chocan.
El control del estrecho de Ormuz permitió a Irán infligir un duro golpe a una gran potencia como Estados Unidos. Un mundo fracturado, pero interdependiente, ofrece a las grandes potencias la posibilidad de multiplicar su influencia, pero también genera una gran vulnerabilidad.
El esfuerzo de Estados Unidos durante años para restringir el acceso de China a los semiconductores de alta gama, o la militarización de las tierras raras por parte de Pekín que otorgó al líder chino, Xi Jinping, la capacidad de paralizar las industrias dependientes en todo el mundo, son ejemplos de que quienes recurren a la guerra económica han obtenido, en muchos casos, recompensas por ello.
Pero esas recompensas o, en su caso, esos fracasos deben ser evaluados a largo plazo y teniendo en cuenta el impacto que generan en las percepciones de la opinión pública y de los mercados.
2.- Michael Brown, exdirector de la Unidad de Innovación de Defensa del Pentágono, denomina a este conflicto la «primera guerra de la IA». Sin duda, es la primera vez que la principal potencia tecnológica del mundo utiliza capacidades militares basadas en la IA a gran escala.
Se estima que los modelos avanzados de IA ayudaron al Pentágono a rastrear una gran cantidad de información y a convertirla rápidamente en mil ataques selectivos el primer día de la campaña. Al mismo tiempo, la guerra ha revelado, o confirmado, que las potencias más débiles pueden usar otras armas modernas —drones y misiles— para infligir graves daños a un adversario desprevenido.
En este sentido, la guerra de Irán ha servido como campo de pruebas. El ejército chino puede obtener enseñanzas aplicables en el Pacífico Occidental, mientras que Rusia no se ha limitado a observar.
Moscú, basándose en su experiencia en Ucrania, ha ayudado a Irán a aumentar la letalidad de sus ataques con drones y misiles, sobre todo proporcionándole información de inteligencia que permite a Teherán atacar bases estadounidenses, según informan los medios de comunicación.
3.- En tercer lugar, esta guerra puede llevar la no proliferación a una encrucijada crucial. Trump y sus asesores explicaron que la Administración atacó para impedir que Irán construyera un escudo nuclear y un vasto arsenal de misiles con los que podría amenazar la región.
Una consecuencia de esta campaña podría ser un duro golpe para la proliferación, al transmitir el mensaje de que los líderes que intenten construir la bomba atómica acabarán muertos. Pero, si, por el contrario, Teherán conserva y, eventualmente, recupera el uranio altamente enriquecido sepultado bajo sus instalaciones nucleares podría apresurarse a desarrollar un arma nuclear.
De hecho, esta guerra podría aumentar los incentivos para la proliferación entre los aliados de Estados Unidos. Si las declaraciones y acciones de Trump dividen a la OTAN, la opción de la nuclearización en Polonia, Escandinavia y otras partes de Europa puede intensificarse.
Y si Estados Unidos se estanca nuevamente en Oriente Medio durante años y tiene dificultades para reabastecerse de las armas necesarias para una futura crisis en el Pacífico, los impulsos nucleares en Corea del Sur y Japón podrían fortalecerse.
En ese escenario, cabría esperar que otras potencias regionales del Golfo, como Arabia Saudí, exploren sus propias opciones de cobertura nuclear, como estrechar lazos con Pakistán.
4.- El orden regional en Oriente Medio está cambiando, pero resulta imposible eludir la relevancia estratégica de esa región. Esta guerra ha marcado un punto álgido en el conflicto multifásico y multietapa que estalló tras el ataque de Hamás contra Israel.
El cierre del estrecho de Ormuz volvió a constatar la continua dependencia mundial de ese punto estratégico. Si los hutíes hubieran conseguido cerrar el mar Rojo o hubieran atacado los petroleros que cargaban en la costa occidental de Arabia Saudí, la crisis económica se habría agravado aún más.
La región también está adquiriendo mayor importancia para el futuro tecnológico mundial, a medida que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos compiten por convertirse en centros neurálgicos del ecosistema global de la IA. Y la región continúa siendo un espacio donde Rusia, Estados Unidos y China luchan por obtener mayor influencia.
Las imágenes de hoteles y centros de datos en llamas no son buenas para la marca Dubái. Arabia Saudí podría beneficiarse si los Emiratos Árabes Unidos se perciben como una apuesta económica y comercial más arriesgada.
Se prevé un aumento en la construcción de oleoductos, ya que numerosos países intentarán sortear el estrecho de Ormuz mediante la creación de nuevas rutas hacia el resto del mundo.
Pero, por ahora, la guerra ha acentuado la importancia de una región cuyos recursos y canales marítimos sostienen una parte significativa de la economía global y cuyos conflictos ilustran la complejidad que podría presentar la nueva era.
5.- Finalmente, la guerra de Irán podría marcar, en última instancia, el camino hacia un mundo con menor o nula atención a las normas. El derecho internacional ha sufrido graves consecuencias en medio de los ataques iraníes contra la libertad de navegación.
Antes de esta guerra, Trump empleó tácticas, como los ataques letales contra barcos sospechosos de narcotráfico, que son, en el mejor de los casos, legalmente cuestionables. «Vivimos en un mundo […] que se rige por la fuerza, que se rige por el poder», proclamó Stephen Miller, asesor de la Casa Blanca.
China y Rusia han violado repetidamente la soberanía de sus vecinos. La libertad de navegación se ha visto vulnerada desde el golfo de Adén hasta el mar de China Meridional. Las brutales atrocidades de grupos armados y terroristas, así como la ilegítima agresión internacional proliferan.
Entretanto, el concepto de un «orden basado en normas» resulta, en efecto, permanentemente debilitado por las circunstancias.
En este contexto, imprevisible, cambiante y dañino, los países que parecen más indefensos son los Estados —sobre todo en Europa— que depositan su fe en el derecho internacional y en los procesos diplomáticos, en lugar de invertir adecuadamente en los fundamentos de la fortaleza soberana.
Esta es una situación desfavorable en una era en la que el mero poder geopolítico tendrá mayor peso, a medida que las normas globales pierdan relevancia.
Conclusiones
1.- Estados Unidos aparece en este momento histórico como una potencia menos limitada y, al mismo tiempo, menos predecible a la vez. Su Administración rechaza la idea de un orden mundial liderado por Estados Unidos. Trump habla de abandonar alianzas que tardaron décadas en forjarse y se encoge de hombros ante responsabilidades que Estados Unidos ha asumido durante mucho tiempo, entre ellas su papel en la provisión de bienes públicos globales y su práctica de brindar apoyo y asesoramiento a sus aliados.
El presidente lanza ataques militares contra rivales más débiles y utiliza aranceles y sanciones para remodelar la economía internacional según un criterio nacional y unilateral. Oscila entre un discurso que proclama amenazas de guerra y otro que promete acuerdos de paz, sin unos criterios que aporten veracidad a los mensajes que proyecta ante la opinión pública.
Pero la realidad es que la interpretación internacional de esa estrategia de comunicación política no traslada un significado homogéneo sobre la posibilidad de que Estados Unidos esté retrocediendo en su liderazgo.
Podría considerarse que la presidencia de Trump representa el final de un período en el que Estados Unidos fue demasiado predecible y respetuoso con las reglas y el comienzo de una era en la que les recuerda a sus adversarios que tienen mucho que temer de la ira estadounidense.
Sin embargo, la falta de inhibición para implementar acciones duras y basadas en la fuerza tiene sus riesgos y desventajas. Para muchos observadores internacionales, la conclusión de este conflicto es que Trump inició una guerra importante sin un plan para terminarla, y lo hizo con total desprecio por los daños regionales y globales que podría ocasionar.
Además, muchos aliados temen que una superpotencia cuyo único criterio es el interés propio, tal como lo define Trump, pueda volverse contra ellos en cualquier momento.
El poder estadounidense fue durante mucho tiempo una fuente de tranquilidad para muchos países, porque se utilizaba principalmente de forma relativamente estabilizadora. Si Irán y Ormuz simbolizan la presentación en sociedad de una superpotencia que actúa de forma menos predecible y, quizás, menos responsable, entonces habrán contribuido a transformar el mundo de manera fundamental y, tal vez, más peligrosa.
En Washington, por el contrario, los sectores más intransigentes esperan que Pekín sea el verdadero perdedor del conflicto, si el resultado final deriva en el debilitamiento del socio estratégico de China en Oriente Medio.
Pero determinar quiénes serán los vencedores en el golfo Pérsico llevará tiempo, dado que el conflicto genera permanentemente poderosos efectos geopolíticos que se reconfiguran de forma constante y que incitarán a cambios que, a su vez, configurarán la transformación del orden actual.
Sin embargo, el reto de Trump y de las futuras administraciones no es el mismo que el que afrontó Reagan al iniciar una política más firme con la URSS. Porque el panorama geopolítico al que se enfrenta el presidente norteamericano en la actualidad es, sin duda, más complejo.
La Unión Soviética representaba principalmente una amenaza militar e ideológica, pero hoy China tiene la capacidad de desafiar a Estados Unidos en todos los ámbitos de la competición por el poder global.
Sin una estrategia sostenible a largo plazo, orientada hacia la estabilización del orden y no hacia objetivos cortoplacistas, y apoyada por alianzas no agresivas, el liderazgo norteamericano puede debilitarse debido a acciones específicas mal planteadas, como la que ha tenido lugar en Irán9.
2.- Este mundo de creciente agitación plantea una compleja combinación de oportunidades y peligros para las potencias revisionistas. El conflicto del Golfo ha generado beneficios inesperados para Rusia y China. El aumento de los precios de la energía revierte positivamente en la economía rusa. Los combates han mermado los interceptores de misiles estadounidenses y otras capacidades que, de otro modo, podrían destinarse a Ucrania.
Xi, por su parte, probablemente ve una oportunidad estratégica en un momento en que Estados Unidos está militarmente ocupado, y el deseo de Trump de mantener la calma en las relaciones sinoestadounidenses se verá condicionado por sus problemas en Oriente Medio.
Sin embargo, también existe peligro para Pekín y Moscú, ya que una superpotencia hiperactiva arremete contra sus enemigos e interviene contra las estructuras políticas e institucionales de regímenes que considera hostiles. La América de Trump ha castigado duramente a dos aliados de Rusia y China: Venezuela e Irán. Quizás pronto también intervenga en Cuba.
A pesar de sus abundantes reservas energéticas, China sigue siendo vulnerable a un mundo en el que la inestabilidad geopolítica puede interrumpir sus cadenas de suministro y disparar los precios del petróleo. De hecho, la crisis actual demuestra que esta potencia mundial en ciernes no está preparada para asumir un papel protagonista.
Pekín ha dilapidado gran parte de su poder en un intento por consolidar y expandir su esfera de influencia y control. Su pretenciosa iniciativa de la «Franja y la Ruta» es prueba de esa pretensión, en su intento de subyugar a países remotos en beneficio de China.
Durante décadas, China construyó su prosperidad sobre la base de mares protegidos por la Armada estadounidense. Se ha beneficiado de ellos, aunque también se ha sentido incómoda con los contornos de un mundo relativamente estable en el que Washington desempeñó su papel hegemónico.
A largo plazo, una China ambiciosa podría beneficiarse de un entorno en el que Estados Unidos parece generar más inestabilidad de la que reprime. A corto plazo, podría sufrir, tanto económica como geopolíticamente, un vacío de estabilidad que aún no está preparada para llenar.
3.- En tercer lugar, la guerra en Irán reveló una profunda ruptura en el pacto transatlántico y confirma que el modelo tradicional de alianzas estadounidenses está transformándose.
Trump nunca consultó realmente a los aliados de la OTAN antes de lanzar una guerra que sacudió sus economías, apenas unas semanas después de advertirles sobre su interés en Groenlandia. Al estallar el conflicto, los aliados se negaron a unirse a los combates y, en algunos casos, incluso les negaron a Estados Unidos el derecho a establecer bases militares y a sobrevolar la zona.
«Esta no es nuestra guerra», declararon los líderes europeos, y algunos consideraron el conflicto como imprudente y desestabilizador.
Muchos funcionarios aliados han llegado a la conclusión de que Trump es un amigo desleal, capaz de extorsionar a sus países si lo considera necesario para defender sus intereses.
Aunque no es probable que el presidente norteamericano se retire de la OTAN, ya que hacerlo desataría una tormenta política en Washington, la confianza estratégica que alguna vez mantuvo unida a la Alianza se está desvaneciendo rápidamente.
La cuestión que se plantea hoy es si la OTAN puede preservarse sobre una base más explícitamente transaccional o si, por el contrario, los próximos años traerán consigo un sinfín de recriminaciones que destruirán la credibilidad y la cohesión en las que se sustenta la alianza.
Eso significaría una situación peligrosa para una comunidad democrática euroatlántica que necesita solidaridad para superar las amenazas procedentes de enemigos comunes. Pero podría resultar tentador para un presidente que parece preferir un modelo de alianza diferente.
Al mismo tiempo, el conflicto en el golfo Pérsico ha supuesto un paso al frente para fortalecer la alianza militar entre Estados Unidos e Israel y parece confirmar que esta Administración prefiere las alianzas bilaterales —que pueden renegociarse fácilmente— a las estructuras multilaterales formales que construyeron los predecesores de Trump.
Ya no resulta inconcebible que Estados Unidos opte en el futuro por un conjunto más reducido de alianzas, más flexibles, y por unos aliados más capaces. De ser así, esta guerra habrá sido un catalizador crucial para ese cambio.
Y también para la consideración de que un aliado puede considerarse estratégico en el entorno actual si, en el conflicto en juego, su acción es determinante o no.
Pero la guerra también ha dejado claro que una potencia no puede actuar sin aliados. Estados Unidos tiene un marco de seguridad euroatlántico establecido a través de la OTAN y, aunque la redefinición de la organización en términos presupuestarios sea una prioridad para la actual Administración republicana, su fortalecimiento estratégico y político es imprescindible tanto para los estadounidenses como para los europeos.
Una gran estrategia, concebida para afrontar la complejidad de un orden en transformación, no puede establecerse sin un pilar europeo y un vínculo trasatlántico reforzado.
La necesidad de incrementar el gasto en defensa ha quedado clara a la vista de la revolución armamentística que ha evidenciado las guerras de Ucrania y, ahora, la guerra del golfo Pérsico.
Pero la adecuación del gasto y de las industrias de defensa al proceso de transformación requiere tiempo y una colaboración más profunda y eficiente entre los miembros europeos de la OTAN y Estados Unidos para afrontar los retos que plantea la llegada de la IA, la diversidad de actores con capacidad de actuación en el orden internacional y la interdependencia económica, comercial y militar en un entorno geoeconómico abierto, pero frágil en determinados puntos de choque.
Enrique Fojón Lagoa
Profesor del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado. UNED
José María Peredo Pombo
Catedrático de Comunicación y Política Internacional. Universidad Europea de Madrid
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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