
19 oct 2026
IEEE. China se prepara para hacer frente a la presión occidental sobre Taiwán
Mateo Martínez Zubillaga. Graduado en Relaciones Internacionales. Estudiante en la Universidad de Renmin (Pekín, China)
Introducción
El estrecho de Taiwán constituye uno de los principales focos de tensión de la política internacional contemporánea. A medida que se intensifica la competencia estratégica entre Estados Unidos y la República Popular China, la posibilidad de una crisis en torno a Taiwán entraña cada vez más el riesgo de una confrontación militar directa entre dos grandes potencias con armamento nuclear.
Además, la posición central de Taiwán en las cadenas globales de suministro industriales vinculadas al comercio, la tecnología y la ciencia ha elevado la seguridad de dicho estrecho desde una cuestión bilateral entre ambas orillas hasta un asunto crítico para la seguridad del Indopacífico y del conjunto del sistema internacional1.
Aunque buena parte de la literatura académica y de los análisis de política exterior se han centrado en los equilibrios militares, las dinámicas de disuasión y la credibilidad de los compromisos estadounidenses con Taiwán, se ha prestado menos atención a cómo estos factores son comprendidos desde Pekín.
El 29 de diciembre de 2025, China llevó a cabo los ejercicios militares más extensos realizados hasta la fecha en torno a Taiwán, simulando un bloqueo total de la isla. Es probable que las maniobras, que se prolongaron durante dos días, no constituyeran el preludio de una invasión real. Sin embargo, enviaron un mensaje claro: Pekín está dispuesto a exhibir su capacidad militar para intimidar a las autoridades taiwanesas y disuadir a otros gobiernos de estrechar sus vínculos con Taipéi.
Los ejercicios no fueron una provocación aislada, sino la manifestación más visible de una estrategia mucho más amplia, gradual y sostenida que China lleva años articulando discretamente2.
Para el Partido Comunista Chino (PCCh), Taiwán no constituye simplemente una disputa territorial, sino un componente central de la identidad nacional, de la legitimidad del régimen y del proyecto más amplio de «rejuvenecimiento nacional»3.
La Ley Antisecesión de 2005 consagró la reunificación como un objetivo nacional fundamental e identificó explícitamente la interferencia extranjera como el principal obstáculo para su consecución4.
En este marco, Estados Unidos ocupa una posición singular en el pensamiento estratégico chino: es percibido simultáneamente como la principal restricción externa a la reunificación y como la variable decisiva para determinar si la coerción, el conflicto o una estrategia prolongada de presión pueden tener éxito.
La cooperación en materia de defensa entre Estados Unidos y Taiwán, así como las ventas de armamento, son interpretadas ampliamente en los círculos estratégicos chinos como elementos centrales de la estrategia estadounidense de disuasión, lo que influye directamente en las evaluaciones del Ejército Popular de Liberación (EPL) sobre el equilibrio militar y la probable magnitud de la implicación estadounidense en una crisis en el estrecho de Taiwán.
Aunque el EPL continúa avanzando hacia el objetivo de estar preparado para un escenario de contingencia en Taiwán, fijado, según diversas informaciones, para 2027 por el secretario general Xi Jinping5, analistas chinos reconocen que el desenlace de un escenario de este tipo sigue siendo incierto debido a la persistente implicación de Estados Unidos y a las propias mejoras defensivas de Taiwán, entre ellas un aumento del gasto en defensa y el fortalecimiento de los esfuerzos de movilización6.
Dicho esto, Xi sigue apostando por la reunificación sin recurrir a la fuerza. La historia reciente, desde Ucrania hasta la campaña militar estadounidense contra Irán, demuestra que ningún conflicto armado, por asimétrico que parezca sobre el papel, está exento de deriva y sorpresa.
Una invasión que derivase en un conflicto prolongado pondría en juego el poder y la legitimidad del propio Xi. Pekín es, además, consciente de que cualquier uso de la fuerza contra Taiwán tendría un coste económico inmediato e inevitable: como mínimo, Estados Unidos y sus aliados responderían cortando el acceso chino a tecnologías avanzadas e imponiendo sanciones económicas y financieras de alcance devastador7.
Este artículo argumenta que Pekín ha reconfigurado su estrategia respecto de Taiwán: ha pasado de considerar la cuestión principalmente como un problema de superioridad militar a concebirla como un problema de resiliencia nacional. China no actuará mientras considere que las sanciones occidentales podrían desestabilizar su economía y erosionar la legitimidad del régimen, pero lo hará cuando su estructura económica y financiera sea capaz de absorber ese impacto.
Para demostrar este argumento, el artículo examina, en primer lugar, cómo los dirigentes chinos perciben y cuantifican las vulnerabilidades derivadas de las sanciones financieras y los controles de exportación; a continuación, analiza cómo la ambigüedad estratégica estadounidense, intensificada durante la administración Trump, modifica el cálculo de costes de Pekín y evalúa qué costes reputacionales e internacionales anticipa China en caso de crisis.
El artículo concluye que una disuasión efectiva por parte de Occidente exige no solo superioridad militar, sino también una capacidad igualmente creíble de contracoerción económica y política coordinada, capaz de convencer a Pekín de que el coste de actuar superará siempre el coste de la paciencia.
Sanciones financieras y resiliencia económica china
Desde el punto de vista de los dirigentes y responsables políticos chinos, las restricciones externas, especialmente las impuestas por Estados Unidos, constituyen el principal obstáculo para cualquier intento de lograr la reunificación con Taiwán8.
Aunque los factores domésticos, políticos, económicos e ideológicos moldean el enfoque declarado de Pekín hacia la reunificación, el discurso estratégico chino identifica de forma consistente los compromisos, la presencia militar y los instrumentos financieros estadounidenses como las variables externas decisivas que podrían impedir o retrasar dicho objetivo.
Esta sección examina cómo China interpreta el alcance, la credibilidad y los límites de la implicación estadounidense en el estrecho de Taiwán. Para ello, analiza las evaluaciones chinas sobre la disuasión política, militar y económica de Estados Unidos, así como las estructuras diplomáticas y de alianzas que refuerzan la influencia estadounidense en la región.
La coerción económica como instrumento de disuasión
Las contramedidas económicas pueden tener como objetivo inicial disuadir una agresión, ya sea mediante la amenaza de acciones económicas punitivas en respuesta a una transgresión (disuasión por castigo) o mediante la privación al adversario de la tecnología o los recursos necesarios para llevar a cabo futuras acciones agresivas (disuasión por denegación). Asimismo, también pueden perseguir la degradación de la capacidad o la voluntad del adversario para sostener una agresión una vez iniciada.
Inmediatamente después de la invasión rusa de Ucrania, el foco de las sanciones pasó de la disuasión de la acción militar a la degradación de la capacidad y la voluntad de Rusia para continuar la guerra. Sin embargo, estos acontecimientos se caracterizaron en gran medida por la alineación y la disposición de los países del G7 a asumir costes prolongados en apoyo de Ucrania9.
En apariencia, las amenazas de sanciones severas contra China parecen menos creíbles que las aplicadas contra Rusia, debido a la importancia de su economía y de su sistema financiero10. No obstante, los analistas chinos siguen considerando probable que Estados Unidos recurra a sanciones económicas en una crisis en torno a Taiwán. La única cuestión incierta es cuál sería la severidad de dichas sanciones y cuántos aliados y socios se sumarían a Washington11.
Vulnerabilidades financieras y medidas de resiliencia
Una de las vulnerabilidades más significativas de China, tanto para su seguridad financiera como para sus ambiciones geopolíticas, es su exposición a sanciones extranjeras.
El secretario general del PCCh, Xi Jinping, ha subrayado repetidamente la importancia de la seguridad financiera durante su mandato, destacando los crecientes riesgos derivados de la intensificación de la competencia económica y tecnológica con Estados Unidos y sus aliados. Sus advertencias se han vuelto más explícitas desde que Occidente impuso sanciones masivas a Rusia tras su invasión de Ucrania12.
Para China, las medidas estadounidenses existentes, como los controles de exportación y las sanciones selectivas, ya plantean desafíos importantes. Sin embargo, los expertos advierten de que el gran tamaño de la economía china y su dependencia de tecnologías avanzadas extranjeras, así como de importaciones de materias primas, podrían hacer que un conflicto de sanciones con Occidente resulte mucho más destructivo13.
Al cortar el acceso al dólar y a las instituciones basadas en él, el comercio exterior, la financiación de inversiones y las operaciones de política monetaria de China podrían verse gravemente afectados. La congelación de más de 300.000 millones de dólares en activos del banco central ruso y la exclusión de grandes bancos rusos del sistema de pagos interbancarios SWIFT en 2022 alarmaron profundamente a los analistas chinos14.
China realizó aproximadamente 6 billones de dólares en comercio de bienes en 2024, la mayor parte del cual dependía de transacciones denominadas en dólares a través de infraestructuras financieras globales como SWIFT, CHIPS y otros bancos intermediarios vinculados a Estados Unidos. La exclusión de China de estos sistemas podría interrumpir gravemente la capacidad de las empresas chinas para liquidar pagos internacionales, generando un riesgo sistémico para una economía altamente dependiente del comercio exterior15.
Las sanciones lideradas por Estados Unidos también podrían restringir el acceso de China a los mercados internacionales de deuda y capital. En 2024-2025 estos alcanzaban más de 1 billón de dólares en deuda corporativa denominada en dólares16 y alrededor de 1,1 billones de dólares de capitalización bursátil de empresas chinas cotizadas en bolsas estadounidenses17.
Al mismo tiempo, las reservas masivas en dólares son esenciales para que el Banco Popular de China (PBOC, por sus siglas en inglés) mantenga la estabilidad de la moneda y promueva el crecimiento económico18. Se estima que el PBOC posee alrededor de 1,6 billones de dólares en activos denominados en esa divisa, aunque algunos analistas sostienen que las reservas podrían ser superiores.
Si Washington y sus aliados coordinaran la congelación de estos activos, como ocurrió en el caso ruso19, China podría enfrentarse a una escasez de dólares, a la depreciación del renminbi, a perturbaciones en los precios de las importaciones y a la dificultad para cumplir con sus obligaciones de deuda20.
Estas preocupaciones han impulsado a Pekín a acelerar medidas de resiliencia frente a sanciones. La Ley de Sanciones Antiextranjeras de 2021 creó un marco legal para tomar represalias contra las sanciones estadounidenses y europeas, marco que fue ampliado en 2024 y 2025 para abarcar un conjunto más amplio de medidas21.
La ley otorga a China el derecho de imponer contramedidas a cualquier país extranjero que considere que está conteniendo o reprimiendo a China, que discrimina a ciudadanos u organizaciones chinas o que interfiere en sus asuntos internos. Las personas o entidades incluidas en la lista de contramedidas, así como aquellas con vínculos específicos con ellas, pueden tener prohibida la entrada en China, ser expulsadas o ver sus activos dentro del país confiscados, congelados o restringidos.
También pueden enfrentarse a prohibiciones de realizar negocios u otras actividades en territorio chino22.
De forma más amplia, China está desarrollando infraestructuras financieras alternativas y promoviendo la internacionalización del renminbi, como se destaca en su XIII Plan Quinquenal (2016–2020). La proporción del comercio chino denominado en renminbi aumentó aproximadamente del 17 % en 2020 al 26 % en 2023, lo que refleja los esfuerzos de Pekín por reducir su dependencia del dólar23.
Sin embargo, la mayor parte del comercio exterior chino sigue liquidándose en monedas extranjeras, lo que mantiene a la economía estructuralmente vulnerable a las sanciones basadas en el dólar y a las perturbaciones financieras en caso de conflicto24.
Algunos analistas han sugerido que China debería mitigar el riesgo de sanciones profundizando, en lugar de reduciendo, la interdependencia económica con Estados Unidos y sus aliados. Paralelamente, la Unión Europea y Estados Unidos han impulsado estrategias de «desvinculación parcial del riesgo» (de-risking) destinadas a diversificar las cadenas de suministro y a relocalizar la producción en sectores como los semiconductores, aunque con resultados hasta ahora limitados.
En línea con esta visión de interdependencia, el exasesor del Banco Popular de China (PBOC) Yu Yongding argumentó en 2022 que es altamente improbable que Estados Unidos confisque los activos en dólares de China o suspenda los pagos de bonos del Tesoro estadounidense en manos chinas, ya que ello generaría costes severos para la propia economía estadounidense25.
Estas vulnerabilidades sistémicas también han generado propuestas de mitigación por parte de diversos expertos. Wang Yongli, director general de China International Futures, una importante correduría de materias primas y futuros, advirtió que los activos de reserva de China en el exterior podrían ser congelados bajo sanciones al estilo estadounidense.
Posteriormente, sugirió que, si Estados Unidos aplicara medidas similares a las impuestas a Rusia, Pekín podría responder congelando inversiones y fondos de pensiones estadounidenses y confiscando activos de empresas de ese país26.
Sun Xiaotao, investigador del China Center for International Economic Exchanges (CCIEE), basándose en las lecciones de Moscú y en la respuesta internacional a la invasión de Ucrania, argumentó que China debería aumentar el comercio denominado en oro para proteger al yuan frente a fluctuaciones significativas.
Señaló que Rusia había incrementado sus reservas de oro en un millón de onzas desde el inicio del conflicto, destacando la importancia estratégica de diversificar las reservas de divisas27.
Según el PBOC, China ha realizado compras de oro durante doce meses consecutivos hasta octubre de 2025. Algunos analistas sugieren que las reservas totales de oro del PBOC podrían superar las cifras oficiales y alcanzar aproximadamente 5.000 toneladas, lo que situaría a China en el segundo puesto del mundo28.
Dependencias comerciales y cadenas de suministro
En caso de una crisis grave en el estrecho de Taiwán, los controles de las exportaciones y las restricciones comerciales impuestos por Estados Unidos y sus aliados probablemente se dirigirían a sectores estrechamente vinculados con la base industrial de defensa china. Entre ellos se incluyen los sectores químico, metalúrgico, electrónico, aeronáutico y de construcción naval.
En conjunto, estas industrias representan más del 10 % del PIB de China, generan más de 6,7 billones de dólares en ingresos anuales y emplean a más de 45 millones de personas. Desde la perspectiva de Pekín, unas sanciones dirigidas a estos sectores tendrían, por tanto, costes económicos y sociales sustanciales.
Aunque de una escala sin precedentes, medidas de este tipo no carecen de antecedentes históricos: tras la invasión rusa de Ucrania, los países del G7 impusieron controles de las exportaciones y medidas de bloqueo de activos que afectaron a los sectores de la energía, los minerales, la defensa y las tecnologías avanzadas29.
Las evaluaciones cuantitativas citadas por analistas sugieren que el impacto económico de medidas similares contra China sería severo. Los exportadores del G7 suministran aproximadamente el 18 % de los insumos importados utilizados por estas industrias, lo que equivale a 153.000 millones de dólares según datos de valor añadido en el comercio que rastrean el origen de la producción en las cadenas globales de suministro.
Al mismo tiempo, los países del G7 absorben alrededor del 43 % de las exportaciones chinas en estos sectores, lo que pone en riesgo aproximadamente 225.000 millones de dólares de actividad manufacturera. En términos de empleo, se estima que más de 15 millones de puestos de trabajo en China dependen de las exportaciones de estas industrias30.
Al mismo tiempo, las evaluaciones chinas subrayan que estas dependencias son profundamente recíprocas. Los mismos 153.000 millones de dólares en exportaciones del G7 a las industrias chinas sostienen aproximadamente 1,3 millones de empleos en el conjunto del G7, mientras que China suministra alrededor del 25 % de las importaciones del G7 en estos sectores.
En conjunto, estimaciones conservadoras sugieren que los controles de las exportaciones podrían interrumpir al menos 378.000 millones de dólares en flujos comerciales bilaterales31. Este grado de exposición mutua ocupa un lugar central en el escepticismo chino respecto de la viabilidad política de un régimen de sanciones plenamente coordinado32.
Zhang Qizai, subdirector del Instituto de Economía Industrial de la Academia China de Ciencias Sociales, y Chen Hanxue argumentaron, en noviembre de 2024, que las cadenas industriales rusas demostraron una «fuerte resiliencia frente a sanciones extremas» tras la invasión de Ucrania. Sostuvieron que China debería reforzar la estabilidad y la seguridad del suministro en sectores clave, especialmente en los alimentos, la energía y los minerales, como base de la resiliencia económica y la seguridad nacional33.
Estas recomendaciones se extienden más allá de la política industrial y alcanzan la gestión de crisis. Zhang y Chen propusieron mejoras en los sistemas de gestión de emergencias y una mayor transparencia en las cadenas de suministro de alimentos y energía, subrayando el papel de los piensos y fertilizantes en la seguridad alimentaria del país34.
También abogaron por profundizar la cooperación transfronteriza en las cadenas de suministro con Estados vecinos como Rusia y Kazajistán, así como por diversificar los vínculos económicos exteriores de China mediante marcos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta y la Asociación Económica Integral Regional35.
Entre las propuestas complementarias se incluye el reconocimiento internacional mutuo de estándares logísticos para diversificar las rutas de transporte y las infraestructuras de almacenamiento. En conjunto, estas medidas buscan reducir la vulnerabilidad de China frente a perturbaciones del suministro provocadas desde el exterior.
Los mercados energéticos y de materias primas ocupan un lugar destacado en las evaluaciones chinas del riesgo de sanciones. Mou Lingzhi, de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái, sostuvo en enero de 2023 que la insistencia rusa en los pagos de gas natural en rublos debería alentar a China a acelerar la fijación de precios en yuanes para materias primas estratégicas, incluido el litio para baterías de vehículos eléctricos.
De forma similar, investigadores vinculados al banco central han abogado por ampliar la liquidación en yuanes en el comercio energético como medio para reducir la exposición a la hegemonía del dólar estadounidense36.
Las preocupaciones sobre materiales estratégicos también se han intensificado. Investigadores de China Minmetals Corporation advirtieron en junio de 2022 de la necesidad de elaborar planes de suministro de emergencia para hierro, cobre, níquel y otros metales críticos. Para ello, citaron la suspensión de la cotización del níquel ruso en la Bolsa de Metales de Londres (London Metal Exchange) como ejemplo de vulnerabilidad del mercado37.
Otros analistas han propuesto la formación de nuevos agrupamientos económicos destinados a proteger a China y a países asociados frente a la escalada de sanciones. Ye Yan, de la China National Oil and Gas Exploration and Development Company, argumentó en enero de 2025 que las exportaciones rusas de petróleo con descuento a China bajo sanciones occidentales ofrecían un modelo de «red corporativa antisanciones» que facilitaría el comercio preferencial entre países participantes.
Finalmente, algunos analistas chinos destacan la explotación estratégica de las divisiones políticas entre los países sancionadores. Las inconsistencias percibidas dentro de la Unión Europea, como las continuas importaciones de combustibles fósiles rusos que superan la ayuda financiera a Ucrania, se citan como evidencia de una cohesión occidental limitada38.
Desde esta perspectiva, la magnitud de la inversión extranjera y la dependencia de mercado asociadas a China hacen que la formación de una coalición de sanciones unificada sea sustancialmente más difícil que en el caso ruso, una visión también compartida por observadores externos como Martin Chorzempa39.
La ambigüedad estratégica estadounidense vista desde Pekín
El enfoque de Estados Unidos respecto a una posible intervención en el estrecho de Taiwán se define por la tensión entre compromisos legales formales y un posicionamiento político deliberadamente ambiguo, encapsulado en la doctrina de la ambigüedad estratégica. El análisis estratégico chino considera la Ley de Relaciones con Taiwán (Taiwan Relations Act, TRA) de 1979 como el principal marco legal que estructura el riesgo de intervención estadounidense y establece el nivel mínimo de apoyo que Pekín debe tener en cuenta40.
Promulgada unilateralmente por el Congreso estadounidense tras la ruptura de relaciones diplomáticas oficiales con Taiwán, la TRA funciona como un «mecanismo de contención» estratégico que garantiza cierto nivel de apoyo estadounidense y condiciona toda la relación entre Estados Unidos y China41.
La TRA exige que Estados Unidos proporcione a Taiwán los artículos y servicios de defensa necesarios para mantener una capacidad de autodefensa suficiente, así como la capacidad de resistir cualquier uso de la fuerza o coerción que amenace su seguridad o sus sistemas sociales y económicos42.
En el discurso estratégico chino, estas obligaciones se interpretan como una interferencia externa destinada a impedir la reunificación43.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 introdujo una nueva incertidumbre en las evaluaciones chinas sobre la disuasión estadounidense respecto de Taiwán44. Su enfoque transaccional de las alianzas45, reflejado en declaraciones públicas que presentan las garantías de seguridad como transacciones condicionales, ha generado la percepción de que el compromiso de Washington con Taiwán podría ser negociable y no automático46.
En este contexto, la declaración de Trump en agosto de 2025 de que Xi Jinping le aseguró que China no invadiría Taiwán durante su presidencia, se interpretó ampliamente como coherente con la ambigüedad estratégica, más que como un compromiso vinculante47.
Desde Pekín, el último encuentro, celebrado en mayo de 2026, entre el presidente estadounidense Donald Trump y Xi Jinping incrementó las dudas sobre el compromiso de la administración Trump con Taiwán tras la suspensión de un importante paquete de armamento. Esta decisión se produjo después de unas conversaciones sobre la venta de armas mantenidas con el secretario general del PCCh, a las que Trump se refirió como una «carta de negociación»48.
Esta decisión resultó especialmente llamativa para la República Popular de China, ya que Taiwán había cumplido con creces los estándares que Washington exige a sus propios aliados: su gasto en defensa ha alcanzado el 3,3 % del PIB49, por encima del umbral del 2 % de la OTAN, y su Parlamento aprobó en mayo de 2026 un presupuesto especial de 25.000 millones de dólares para adquirir capacidades críticas directamente de Estados Unidos50.
Esta decisión también puede interpretarse como una potencial erosión de las Seis Garantías formuladas durante la administración de Ronald Reagan, mediante las cuales Estados Unidos se comprometía, entre otras cuestiones, a no consultar a la República Popular China sobre las ventas de armamento a Taiwán. Se trata de una práctica que las administraciones posteriores han mantenido de forma continuada51.
Desde esta perspectiva, la retórica de Trump al sugerir que Taiwán debería «pagar» por la protección estadounidense, así como sus críticas a la industria de semiconductores taiwanesa, pueden interpretarse como un intento de difuminar la frontera entre la disuasión y la negociación, profundizando la ambigüedad estratégica en lugar de clarificar las líneas rojas de Estados Unidos52.
Los expertos en la región establecen con frecuencia paralelismos entre el enfoque de Trump respecto de Taiwán y su gestión del conflicto ruso-ucraniano. En particular, la presión ejercida sobre Ucrania para ceder el acceso a recursos minerales críticos a cambio de apoyo estadounidense se cita como evidencia de que las garantías de seguridad de Estados Unidos pueden ser condicionales y negociables53.
Desde esta perspectiva, la intervención de Estados Unidos en una crisis en Taiwán no se considera automática, sino dependiente de los beneficios materiales percibidos y de las ventajas estratégicas obtenidas. Mientras que la administración Biden enmarcó Taiwán dentro de una estructura de alianzas basada en valores, los observadores chinos consideran que el enfoque de Trump prioriza el apalancamiento, la negociación y cálculos de coste-beneficio. Ello aumenta la incertidumbre en la evaluación china de la voluntad estadounidense de intervenir militarmente54.
Dado que Trump ha expresado su deseo de negociar un amplio acuerdo económico con Pekín, el Gobierno chino podría ofrecer concesiones comerciales a cambio de modificaciones en la postura de Washington respecto de Taiwán, sin la participación de Taipéi.
La política estadounidense hacia Taiwán es percibida en todo el Indopacífico como un indicador crítico de la solidez de los compromisos de Washington. Si otros países de la región concluyen que el apoyo a Taipéi es negociable, algunos, como Japón o Corea del Sur, podrían optar por reforzar sus capacidades militares autónomas o adoptar una política exterior menos alineada con los intereses estadounidenses. La mayoría, sin embargo, concluiría que no le queda otra opción que acomodarse a las preferencias de Pekín55.
Costes reputacionales y opinión internacional
En caso de una intervención estadounidense o de un intento chino de tomar Taiwán, China anticipa consecuencias políticas, económicas y reputacionales significativas. Las sanciones internacionales podrían afectar a sectores clave, aislando potencialmente a China de los mercados globales y ralentizando el crecimiento económico.
Además, las relaciones de China con sus principales socios comerciales y vecinos regionales podrían deteriorarse, debilitando sus esfuerzos por proyectar poder y presentarse como un actor global responsable.
Un conflicto prolongado o costoso también podría amenazar la estabilidad interna, con la aparición de disidencias dentro del PCCh y entre la población, especialmente si los logros militares fueran limitados. Las bajas civiles y militares podrían erosionar aún más la legitimidad del Partido.
Desde la perspectiva de Pekín, incluso una intervención exitosa podría conllevar costes reputacionales a largo plazo. Esto podría debilitar la posición estratégica de China y socavar su narrativa más amplia de rejuvenecimiento nacional56.
Ahora bien, la República Popular de China se encuentra en un momento único de su historia moderna. Una acción sobre Taiwán no solo generaría costes reputacionales convencionales —sanciones, aislamiento diplomático—, sino que destruiría algo estratégicamente más valioso: la narrativa de China como potencia que respeta el orden y las normas internacionales, precisamente en el momento en que su principal rival está erosionando esa posición por iniciativa propia.
La credibilidad de Estados Unidos como garante del orden liberal internacional atraviesa su momento más delicado desde el fin de la Guerra Fría. La administración Trump ha cuestionado los compromisos de Washington con la OTAN; ha amenazado con anexionar Groenlandia; ha presionado a Ucrania para alcanzar un acuerdo de paz rápido, priorizando sus compromisos electorales sobre las condiciones que Kiev consideraba aceptables; ha impuesto aranceles generalizados incluso contra aliados históricos; ha secuestrado al presidente venezolano Nicolás Maduro y ha intervenido militarmente en Irán sin coordinación aliada ni un marco político que defina el alcance o la duración de las operaciones57.
La acumulación de estas decisiones está generando consecuencias que trascienden el corto plazo: los aliados de Washington confían menos en su fiabilidad como socio; sus opiniones públicas muestran una disposición decreciente a asumir los costes del compromiso internacional; y sus rivales perciben una voluntad americana más fácilmente desafiable58.
Según una encuesta del European Council on Foreign Relations publicada en 2026, la mitad de los ciudadanos europeos ya no considera a Estados Unidos un aliado sino un «socio necesario», y una proporción creciente lo percibe directamente como un rival o un adversario59.
Más significativo aún, las mayorías en todos los países encuestados consideran que Washington no acudiría en su defensa en caso de ser atacados60.
Figura 1. Percepción de Estados Unidos como aliado, socio o adversario en Europa, 2024-2026 (ECFR, 2026)61
Para Pekín, estos datos son estratégicamente reveladores: si los propios aliados históricos de Washington han llegado de forma autónoma a la conclusión de que EE. UU. es un garante poco fiable, China no necesita invertir recursos en convencer a nadie de ello. La narrativa se está construyendo sola.
En ese contexto, una acción sobre Taiwán interrumpiría precisamente el momento en que el prestigio estadounidense se desmorona sin coste alguno para Pekín. Además, convertiría a China en el actor que elige destruir el orden internacional justo cuando la historia le ofrecía la oportunidad de preservarlo y de liderarlo.
Esta erosión llega incluso a Taiwán, donde un estudio realizado por la Academia Sínica62 reveló que solo alrededor del 34 % de los encuestados considera a Estados Unidos un país creíble, una cifra que ha caído más de diez puntos porcentuales en cinco años63 y que las vacilaciones de Trump sobre las ventas de armamento amenazan con erosionar aún más.
A medida que decae la confianza en la protección estadounidense, los políticos taiwaneses más escépticos encuentran más difícil justificar el gasto en defensa, y el argumento a favor de una mayor acomodación a Pekín gana terreno. China espera capitalizar esta apertura para empujar al Kuomintang hacia una postura abiertamente prochina y devolverlo al poder en 202864.
La tendencia inversa confirma la dirección del desplazamiento: la proporción de taiwaneses que confían en China ha aumentado del 11 % al 17 % en el mismo período65.
China cuenta, además, con un marco narrativo propio para ocupar ese espacio. En su discurso ante el Foro Económico Mundial de Davos, en enero de 201766, Xi Jinping se posicionó como guardián de la arquitectura internacional basada en normas en un momento en que la administración Trump comenzaba a cuestionarla con su política «America First», lo que fue ampliamente interpretado como una señal de que Pekín estaba dispuesto a ocupar ese papel si Washington lo abandonaba67.
En este contexto, la teoría Tianxia, reconstruida por el filósofo neoconfuciano Zhao Tingyang, cobra especial relevancia. Su origen se remonta al orden político de la dinastía Zhou (1046-771 a. C.), articulado en torno a un sistema jerárquico de gobernanza en el que China ocupaba la cúspide, pero cuya cohesión no descansaba en la coerción, sino en el establecimiento de relaciones beneficiosas entre todos los Estados partícipes68.
Esta revitalizada teoría propone la formación de un nuevo orden mundial gobernado por una institución que constituya un ejemplo de gobernanza exitosa y moralmente legítima, cuyo objetivo sea trascender el supuestamente fallido sistema westfaliano69.
Qin Yaqing, uno de los principales teóricos chinos de las relaciones internacionales, ha sostenido que dicho sistema estaría políticamente justificado siempre que la gobernanza global beneficiara de manera armoniosa al conjunto de las naciones70. En ese sentido, Tianxia ha sido descrita como una expresión del excepcionalismo chino, ya que busca universalizar las prácticas políticas tradicionales de China71.
Estas ideas han trascendido el ámbito académico y han influido la agenda política de líderes del PCCh. Hu Jintao incorporó la noción de «mundo armonioso» al discurso oficial de la política exterior china, presentándola ante la Asamblea General de la ONU en 2005 como marco de su compromiso internacional.
Xi Jinping ha dado continuidad a esa aspiración con su propia formulación: la «comunidad de destino compartido para la humanidad»72.
No obstante, el proyecto de Zhao no ha estado exento de críticas. William Callahan sostiene que, pese a su pretensión de universalidad, Tianxia funciona en la práctica como una justificación filosófica del ascenso chino elaborada por académicos próximos al Estado, y advierte que el modelo jerárquico que propone, con China en el centro, resultaría incompatible, si llegara a implementarse, con el orden liberal internacional73.
Esta continuidad discursiva entre sucesivas administraciones del PCCh sugiere que la teoría Tianxia sirve de vehículo para una aspiración estructural del Partido: la de presentar a China como el liderazgo internacional alternativo que vela por el orden y el bienestar de todos los Estados, precisamente en el momento en que Pekín percibe que Washington abandona ese papel.
Al reclamar para sí ese papel de garante del orden internacional, sin embargo, Pekín se somete también a su propio criterio: una intervención sobre Taiwán dejaría de ser solo un problema de sanciones y aislamiento diplomático y pasaría a ser la prueba que contradice el papel que China dice querer ocupar.
Las respuestas estratégicas de China
Anticipando la posibilidad de una intervención estadounidense en una crisis en el estrecho de Taiwán, Pekín ha desarrollado una estrategia multidimensional que combina diplomacia económica, coerción en la zona gris y mensajes políticos destinados a debilitar la credibilidad de Estados Unidos y limitar el apoyo internacional a Taiwán.
Estas respuestas buscan no solo aumentar los costes de la intervención para Washington y sus aliados, sino también moldear el entorno político y jurídico en el que se desarrollaría una crisis.
A nivel discursivo, Pekín ha tratado de reforzar la base política y jurídica del principio de una sola China mediante la inserción de Taiwán en un marco global más amplio de soberanía. Dos documentos de política exterior importantes —Posición de China sobre la solución política de la crisis de Ucrania74 y el Documento conceptual de la iniciativa de seguridad global— subrayan la soberanía y la integridad territorial como principios fundamentales del orden internacional75.
Mediante esta narrativa, Pekín sostiene que Taiwán constituye un asunto interno y no una cuestión de interés internacional, al tiempo que critica a los Gobiernos occidentales por lo que considera una aplicación selectiva de las normas de soberanía.
El principal instrumento jurídico de este enfoque es la Resolución 2758 de la Asamblea General de la ONU. Según la interpretación china, que Pekín busca consolidar internacionalmente, esta resolución excluiría cualquier intervención exterior en una crisis en el estrecho al privarla de base normativa. Si esta lectura ganara mayor aceptación, debilitaría significativamente la justificación legal de una intervención estadounidense o aliada76.
Más allá de las contramedidas financieras ya descritas, China también podría recurrir a medidas económicas de represalia dirigidas contra materiales críticos de las cadenas de suministro globales. Estas podrían incluir controles de exportación o restricciones comerciales sobre materiales estratégicos como las tierras raras, el galio y el germanio —esenciales para la fabricación de semiconductores— y el grafito —crucial para baterías de vehículos eléctricos—.
Aunque el valor comercial directo de estos bienes puede ser limitado, sus efectos económicos y tecnológicos posteriores serían sustanciales77.
Pekín ha demostrado su disposición a utilizar estas herramientas en el pasado: durante la guerra arancelaria de 2025, las restricciones chinas a la exportación de tierras raras forzaron a Washington a volver a la mesa de negociación, limitando su capacidad para mantener la presión económica sobre China en un momento de máxima tensión comercial78.
En una crisis relacionada con Taiwán, medidas similares podrían emplearse para imponer costes asimétricos a los aliados de Estados Unidos y señalar la capacidad china de instrumentalizar la interdependencia.
La palanca económica también desempeña un papel central en los esfuerzos de Pekín por debilitar la credibilidad estadounidense y limitar la eficacia de las sanciones. Paralelamente, China podría aprovechar sus amplias relaciones comerciales y de financiación bilateral con miembros del G20 y economías en desarrollo para fomentar la neutralidad o la no participación en sanciones lideradas por Estados Unidos.
Al reducir el alcance y la cohesión de cualquier régimen de sanciones, Pekín busca restar credibilidad a la respuesta occidental coordinada y cuestionar la capacidad de Washington para movilizar apoyo internacional sostenido79.
En el plano operativo, las tácticas de zona gris se utilizan para moldear el entorno estratégico por debajo del umbral del conflicto armado. Estas incluyen acciones coercitivas calibradas, como las incursiones de la Guardia Costera china en aguas disputadas, la presencia aérea y naval, y actividades diplomáticas diseñadas para crear hechos consumados sin provocar una escalada.
La negociación y el diálogo también se utilizan de forma instrumental para ralentizar la toma de decisiones estadounidense y explotar el tiempo necesario para que Washington movilice sus fuerzas y coordine con las de sus aliados.
Se han identificado patrones consistentes en el comportamiento chino en la zona gris, como la expansión progresiva de la coerción marítima contra embarcaciones japonesas cerca de las islas Diaoyutai/Senkaku y acciones similares contra barcos pesqueros taiwaneses.
Permitir que estas actividades continúen sin contramedidas efectivas conlleva el riesgo de normalizar avances incrementales, incentivando así una mayor coerción80.
Conclusiones
Las maniobras militares de diciembre de 2025, las más extensas que China ha realizado hasta la fecha en torno a Taiwán y que simularon un bloqueo naval completo, constituyen un recordatorio contundente de que la búsqueda de la reunificación por parte de Pekín no es ni abstracta ni lejana. Sin embargo, los propios ejercicios solo revelan una parte de la historia. Lo que este artículo ha mostrado es la dimensión más silenciosa y paciente de la estrategia china: el esfuerzo sistemático por identificar todos los instrumentos de presión occidental y construir resiliencia frente a ellos antes de que estalle cualquier crisis.
Para el PCCh, la reunificación depende menos de la superioridad militar que de la capacidad de absorber el coste económico y reputacional de una intervención. En el plano financiero, Pekín ha acelerado su resiliencia frente a sanciones desde 2022, pero sigue estructuralmente expuesto a la infraestructura basada en el dólar. En el plano político, la ambigüedad transaccional de Trump ha reducido el coste percibido de la coerción y erosionado la confianza de Taipéi en el compromiso estadounidense. En el plano operativo, las tácticas de zona gris van modificando el statu quo en el estrecho sin provocar una respuesta internacional unificada.
La estrategia china prioriza, en suma, el factor temporal: actuar cuando esa arquitectura financiera pueda absorber el choque, no antes. Además, cada una de estas tres dinámicas trabaja a su favor.
Para Washington, esto implica que la disuasión militar por sí sola es insuficiente. Una estrategia efectiva debe demostrar una capacidad igualmente clara, coordinada y creíble de contracoerción económica y política, capaz de convencer a Pekín de que el coste de actuar siempre superará al coste de la paciencia.
Ello exige actuar en dos frentes simultáneos: restablecer la credibilidad del compromiso con Taipéi y reducir las propias vulnerabilidades frente a la coerción económica de Pekín.
La primera medida es restablecer el paquete de armamento suspendido: Xi puede responder cancelando compromisos diplomáticos, pero ese sería un precio razonable si el resultado es que Pekín comprende que Taiwán no es suyo para tomar.
Sin embargo, restablecer el acuerdo no es suficiente por sí solo. La administración Trump debe adoptar medidas adicionales de disuasión, como apoyar el desarrollo de la industria de defensa taiwanesa mediante empresas conjuntas y transferencias tecnológicas. Taiwán necesita invertir ahora en capacidad de producción que pueda ampliarse rápidamente durante una crisis, cuando reabastecer la isla será enormemente difícil, y para ello necesita el respaldo estadounidense81.
Al mismo tiempo, Estados Unidos debe dejar claro a China que no tiene aspiraciones revisionistas en el estrecho. Ello implica reiterar a Pekín que Washington no apoya la independencia formal de Taiwán, que mantiene su política de «una sola China» y que respaldaría cualquier resolución del conflicto que cuente con el consentimiento del pueblo taiwanés82.
La dificultad militar que entraña una invasión anfibia, las ventajas defensivas de Taiwán y la superioridad estadounidense en guerra submarina siguen operando a favor de Washington. Pero ninguna de estas ventajas es suficiente si los socios de Estados Unidos, y sobre todo Taiwán, dudan de que Washington esté dispuesto a hacer uso de ellas.
Como ha mostrado este artículo, Pekín no necesita ganar una guerra para avanzar hacia la reunificación: le basta con convencer a los actores relevantes de que el compromiso estadounidense es negociable. Revertir esa percepción es, en última instancia, la tarea más urgente y complicada.
Esa credibilidad, sin embargo, no puede descansar únicamente en los compromisos políticos y militares. Como quedó demostrado durante la guerra arancelaria de 2025, la dependencia estructural de Estados Unidos de las exportaciones chinas de tierras raras constituye una palanca que Pekín puede activar para limitar la capacidad de respuesta occidental en cualquier momento de tensión, incluida una crisis en el estrecho83.
Washington ha comenzado a reaccionar. La administración Trump ha comprometido más de 7.300 millones de dólares para acelerar la minería, el procesado y la fabricación de imanes permanentes dentro de Estados Unidos y entre sus aliados84, y el Departamento de Defensa ha establecido que sus fabricantes deberán dejar de usar tierras raras de origen chino antes del 1 de enero de 202785.
Sin embargo, la capacidad productiva alternativa difícilmente estará lista para cumplir ese plazo. La producción doméstica en Mountain Pass alcanzó en 2025 sus mayores volúmenes en décadas, pero solo cubre un tercio del consumo nacional86.
La urgencia de acelerar ese proceso va más allá de la seguridad de las cadenas de suministro. Como demostró la propia guerra arancelaria de 2025, mientras exista esa dependencia, la capacidad de Washington para activar sus propios instrumentos económicos —aranceles, sanciones y controles de exportación— quedará de forma recurrente limitada por el riesgo de represalia china mediante restricciones a las exportaciones de tierras raras.
Eliminar esa vulnerabilidad no es solo una cuestión industrial, es una condición para que la contracoerción económica occidental sea creíble.
Mateo Martínez Zubillaga
Graduado en Relaciones Internacionales
Estudiante en la Universidad de Renmin (Pekín, China)
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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