IEEE. La República Popular de China y la intensificación de su estrategia híbrida en Taiwán: doctrina, prácticas e implicaciones para la Unión Europea

Infografía sobre el concepto de amenazas híbridas

02 jun 2026

IEEE. La República Popular de China y la intensificación de su estrategia híbrida en Taiwán: doctrina, prácticas e implicaciones para la Unión Europea

Inés Arco Escriche. Investigadora, Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB)

Introducción

Pekín cerró el año 2025 con dos días de maniobras militares alrededor de la isla de Taiwán bajo el nombre «Misión Justicia 2025». Estas maniobras simulaban un ejercicio de bloqueo, cerco y control de los espacios marítimo y aéreo de la isla, evidenciando la capacidad de la República Popular de China (PRC) de imponer su soberanía en el estrecho y aislar a la República de China (de ahora en adelante, Taiwán) internacionalmente sin necesidad de una invasión directa.

El 29 de diciembre de 2025, durante el primer día de estos ejercicios, el periódico ultranacionalista chino Global Times publicó una noticia donde se indicaba que la Guardia Costera China (GCC) iba a bloquear los puertos de Keelung (norte), Tainan, Kaoshiung (sur) y Hualien (este) de Taiwán. Después de que varios periódicos taiwaneses se hicieran eco de la noticia, la organización no gubernamental Taiwan FactCheck Center publicó una nota desmintiendo la información (Qiu, 2025). En abril de 2025, también durante otro ciclo de maniobras militares chinas en el estrecho, bulos similares sobre el bloqueo de importaciones de gas natural para la isla o sobre la cercanía de navíos chinos a las costas taiwanesas fueron igualmente difundidos y desmentidos (Li, 2025). Estos ejemplos evidencian cómo, cada vez más, los ejercicios militares chinos no solo se centran en aspectos cinéticos, sino que estos van acompañados de amenazas híbridas, como la desinformación, que buscan dividir y manipular la opinión pública, erosionar la voluntad de resistencia taiwanesa y ganar apoyos dentro de la isla.

Más allá de momentos clave de tensión, el uso de la desinformación por parte de actores chinos se ha convertido en omnipresente en Taiwán. Según datos publicados por la Oficina de Seguridad Nacional taiwanesa (2026), en 2025 se registraron más de 2,3 millones de casos de desinformación en la isla, una tendencia al alza como resultado del aumento de la presión cognitiva ejercida por Pekín. Asimismo, el uso de otras tácticas híbridas chinas hacia Taiwán también ha aumentado, con más de 2,63 millones de ciberataques hacia infraestructuras críticas al día en 2025 (Lee, 2026) o las más de cuatro mil incursiones aéreas en la Zona de Identificación de Defensa Aérea (ADIZ, por sus siglas en inglés) ese mismo año (Taiwan Plus, 2025). Todas estas operaciones comparten un objetivo: aumentar la coerción para desestabilizar la isla sin detonar un conflicto abierto, difuminando los límites entre la guerra y la paz.

Taiwán, considerada uno de los intereses fundamentales de la RPC, se ha convertido en el campo de experimentación de las agresiones híbridas chinas (Aukia, 2023). Monaghan (2019: 87) define a las amenazas híbridas como «una amplia gama de métodos no violentos dirigidos a vulnerabilidades del conjunto de la sociedad para socavar el funcionamiento, la unidad, o la voluntad de sus objetivos, a la vez que degrada y subvierte el statu quo». Hablar de tácticas híbridas y no de conflictos híbridos pone el énfasis en todo aquello que pasa fuera de un conflicto armado abierto, incluyendo aspectos como la diplomacia, la amenaza del uso de fuerza militar, la economía, el derecho, la manipulación de información o los ciberataques, capaces de promover una agenda y objetivos políticos sin recurrir a la fuerza. Se diferencia este concepto de zona gris, un término más popular en el contexto americano y japonés. Según Mumford y Carlucci (2022: 197) la «zona gris» define el espacio de competición sin un conflicto abierto, mientras que las tácticas híbridas serían las acciones por debajo de un conflicto que ayudan a un actor a alcanzar sus objetivos gradualmente, reduciendo también la capacidad de una respuesta directa.

Así, Taiwán representa un laboratorio para comprender las tácticas híbridas chinas, en especial cuando su uso está al alza en todo el mundo. Los desarrollos domésticos en la isla no son simplemente un asunto regional, sino un campo de perfeccionamiento de las tácticas de desinformación, presión económica, intimidación militar y manipulación cognitiva que después exporta de forma global, incluyendo a Europa. Mientras Bruselas se ha centrado comprensiblemente en las amenazas rusas, analizar cómo Taiwán ha desarrollado resiliencia ante estas amenazas permite anticipar y prepararse para desafíos que se intensificarán a medida que la presencia estratégica china en nuestro vecindario continúe expandiéndose.

Este artículo analiza el creciente reto que supone el uso de tácticas híbridas por parte de China, especialmente en Taiwán. Primero, contextualiza cómo los analistas chinos entienden y definen las amenazas híbridas y cómo se diferencian de otras visiones, como la rusa. Segundo, realiza un análisis sistemático sobre cómo China utiliza estas tácticas en el estrecho de Taiwán, con énfasis en retos de larga duración y nuevos desarrollos del último año. Finalmente, concluye con las implicaciones para Europa y los mecanismos existentes para enfrentar amenazas híbridas chinas.

Tácticas híbridas con características chinas: definición, literatura y diferencias con Rusia
La perspectiva china de lo híbrido

La terminología de «conflictos híbridos» y de «zona gris» no apareció en las discusiones estratégicas chinas hasta 2014, importada del debate occidental y japonés (Lin, 2022: 11). Por ello, la preocupación dominante de la literatura china se ha centrado en el uso de estas tácticas por parte de su principal rival, Estados Unidos, y del desarrollo de capacidades defensivas frente a estas. Para los analistas chinos, el origen de los conflictos híbridos está en Washington, a través de sus «operaciones militares, revoluciones de color, cambio de regímenes y documentos de defensa, en países como la antigua Checoslovaquia, Iraq, Síria, Irán, Yemen, Líbia, Afganistán, Kosovo, Venezuela y Georgia» (Saalman, 2021: 96). Para estos autores, el interés occidental por este fenómeno es el resultado del cambio en la direccionalidad de las prácticas ahora que Europa y Estados Unidos son víctimas de estas tácticas en lugar de ejercerlas.

En estos escritos, China se autopercibe como víctima de las amenazas híbridas estadounidenses, que incluyen guerras comerciales, controles de exportaciones, la manipulación de información, el uso de software de espionaje o el desarrollo de sistemas guiados por inteligencia artificial (IA) con el objetivo de contener el desarrollo chino y de sus capacidades militares (Berzina-Cerenkova et al., 2025). Pero, si Washington es el origen, Rusia es el maestro. Para los expertos chinos, mientras tanto Moscú como Pekín han sido víctima de acciones estadounidenses de desestabilización y cerco (encirclement), Rusia ha sido capaz de aprender de su victimización y perfeccionar estas tácticas en Ucrania y Siria.

En cambio, cuando China es acusada de utilizar estas tácticas híbridas, los analistas niegan cualquier tipo de paralelismo entre sus acciones y los conflictos híbridos. No obstante, Ong (2018) identifica dos tradiciones intelectuales que codifican lo híbrido como parte de las estrategias militares chinas. En primer lugar, las influencias de Sunzi y su Arte de la Guerra (2019 [siglo V a.C.]) han inspirado la búsqueda continua de la ventaja relativa frente al adversario, donde el uso de tácticas previsibles e imprevisibles acabe confundiendo, desmoralizando y, en última instancia, disuadiendo al enemigo de entrar en guerra. En segundo lugar, la tradición maoísta de la «guerra popular», que ya integraba la propaganda junto con capacidades militares y civiles (especialmente a través de milicias) y su movilización perpetua tanto en tiempos de paz como de guerra, ha sido actualizada al contexto tecnológico actual. Así, tanto ejemplos históricos e imperiales contra invasiones norteñas, como la victoria en la guerra civil china (Baker, 2015), crean un continuum estratégico donde la ambigüedad, el despliegue de actores estatales e irregulares, y la fusión de métodos militares y no militares constituyen principios doctrinales fundamentales para conseguir objetivos políticos.

Esta visión se ha formalizado con la doctrina de las «tres guerras» del ELP en 2003. En 1999, dos coroneles chinos, Qiao Liang y Wang Xiangsui, publicaron la obra Unrestricted Warfare, donde concluían que la fuerza militar ya no era suficiente para vencer en los conflictos y, en cambio, era necesario una amalgama de tácticas militares, políticas, económicas, culturales, diplomáticas, informativas y cibernéticas para sojuzgar al enemigo. De ahí que esta nueva doctrina reconociera la necesidad de adaptarse a nuevas guerras donde la opinión pública, las instituciones o los sistemas legales pueden ser instrumentalizados. Así, el EPL se ha concentrado en desarrollar tácticas de guerras psicológicas, mediáticas y legales que complementen medidas diplomáticas, económicas y militares para cultivar un entorno estratégico favorable (PLA Daily, 2004).

Estos tres dominios —opinión pública, psicológico/cognitivo y legal— fueron definidos más concretamente en el manual de Ciencia sobre la Estrategia Militar (Xiao, 2015), publicado por la Universidad de Defensa Nacional del EPL. En primer lugar, la guerra por la opinión pública implica la manipulación de la información en varios canales para moldear la voluntad y percepciones de la población, tanto para mejorar la imagen de China como para insuflar divisiones internas en terceros países. En segundo lugar, la guerra psicológica busca avivar la división y sensación de impotencia en la población y las élites políticas y militares para retrasar una respuesta contundente. Finalmente, la guerra legal pretende utilizar marcos legales, tanto nacionales como internacionales, para deslegitimar y limitar un adversario a la vez que el actor híbrido avanza jurídicamente sus intereses. Un ejemplo sería la interpretación china de la subordinación de la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar al principio de soberanía para erosionar el arbitraje de La Haya a favor de Filipinas. Así, esta lucha basada en ideas y percepciones evidencia la extensión de los dominios de competición de los tradicionales dominios de tierra, mar y aire hacia espacios no materiales, además la necesidad de una centralización y coordinación de diferentes actores a la vez.

Desde finales de la década de 2010, la vertiente informativa y cibernética ha ganado relevancia en los análisis militares chinos bajo el concepto de «operaciones de dominio cognitivo». Estas operaciones tienen como objetivo influir en la percepción y el comportamiento de otros actores a través de influir mediante emociones y estímulos cognitivos. Para ello, se beneficia de los aspectos cibernéticos —como canal a través del cual promover desinformación o realizar ciberataques— e informativos —que se centran en la forma y el control de la información (Hung y Hung, 2022)—. Así, los avances tecnológicos han consolidado la idea de que las operaciones informativas y cibernéticas actúan como «un multiplicador de fuerzas», tanto con su uso paralelo a otros elementos cinéticos —como se ha visto en la introducción en el caso taiwanés— como también de forma individual gracias a la capacidad de influenciar la opinión pública a través de las redes sociales (Saalman, 2021: 99; Beauchamp-Mustafaga, 2024).

En este aspecto, el EPL ha desarrollado una aproximación dual. Ofensivamente, despliega ataques informativos para disuadir, confundir a la población y desorientar a los decisores políticos mediante campañas coordinadas en redes sociales y el uso de bots, como la desinformación durante maniobras militares. Defensivamente, busca mantener una imagen positiva y controlar las narrativas sobre China, con ejemplos como la cobertura mediática china y el discurso diplomático durante las protestas de Hong Kong (2019) o la pandemia COVID-19. Y, aunque aún no existe una doctrina china conocida sobre cómo instrumentalizar las redes sociales, cada vez existen más debates en la literatura militar china sobre cómo usar la IA o el big data para mejorar la difusión de narrativas a objetivos específicos (targeting) (Berzina-Cerenkova et al., 2025: 40).

Más allá de las operaciones cognitivas, el dominio cibernético también se ha establecido como uno de los pilares de las acciones híbridas chinas, especialmente a través de ciberataques, el robo de propiedad intelectual y la vigilancia y espionaje, como el caso de las campañas APT (Saalman, 2021). En paralelo, los avances en IA y la inferioridad tecnológica china respecto a Estados Unidos también han propiciado un mayor desarrollo de capacidades asimétricas, con un énfasis especial en vehículos no tripulados y drones, así como IA militar —dos ámbitos que van a predominar en el futuro—. No obstante, aún no se tiene evidencia de su aplicación por el EPL más allá de casos aislados de avistamiento de drones en Taiwán o de su uso para reconocimientos y monitoreo en el mar de China Meridional.

Pero ¿qué impulsa la predilección china por estrategias híbridas, más allá de su tradición militar? En primer lugar, la creciente rivalidad con Washington a nivel regional e internacional y la inferioridad militar china favorecen la proliferación de tácticas híbridas que buscan avanzar ciertos objetivos mediante pequeños fait accompli repetitivos evitando la escalada con Estados Unidos y sus aliados al mantenerse por debajo de los límites de una agresión abierta (Mazarr, Heath y Cevallos, 2018), aunque también abren la posibilidad de tensiones y choques que pueden desencadenar un conflicto. En segundo lugar, la ambigüedad de estas medidas permite comunicar explícitamente la amenaza de represalias hacia actores más débiles —como Taiwán u otros actores parte del conflicto en el Mar de China Meridional (Insisa, 2023)—, pero también permite una negación plausible para controlar el daño a su imagen internacional —aunque este segundo punto no ha sido especialmente efectivo—. En tercer lugar, la centralización de poder en China, especialmente desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, favorece la capacidad de coordinación entre diferentes actores —desde diferentes Ministerios al ejército y empresas estatales— para fines comunes, especialmente en cuestiones de gran preocupación para el régimen, como Taiwán o Hong Kong. Los avances hacia una fusión civil-militar también están facilitando estas tácticas, multiplicando la pluralidad de actores implicados más allá de los estatales (Lin, 2023: 33). Finalmente, los avances tecnológicos han multiplicado y diversificado canales y formas de subversión, expandiendo el terreno de actuación, además de ofrecer nuevas técnicas innovadoras que permiten proyectar poder más allá de sus capacidades convencionales.

¿Aprendiendo del maestro? Convergencias y diferencias entre Rusia y China

La asociación estratégica sino-rusa, fortalecida, sobre todo, desde la invasión de Ucrania en 2022, exige examinar aprendizajes, convergencias y diferencias entre ambos actores híbridos. Desde 2014, Beijing ha diseccionado sistemáticamente las operaciones rusas en Crimea, las campañas de desinformación en Europa y, de manera más reciente, tanto las tácticas efectivas como los costosos errores rusos en Ucrania. Comprender este proceso de aprendizaje, pero también de diferenciación, resulta esencial para comprender cómo actúan ambos actores y qué lecciones surgen de cara a dar una respuesta conmensurada a sus acciones.

Para comprender las convergencias sino-rusas, se debe examinar primero cómo Moscú conceptualiza los conflictos híbridos. El concepto ruso más similar al occidental, gibridnaya voyna, coincide con el uso común chino de este término: ambos lo interpretan como una estrategia de Occidente contra sus respectivos estados. Más allá de este uso terminológico, la comunidad militar y estratégica rusa ha desarrollado dos formas diferentes de entender los conflictos híbridos. Primero, en línea con la mal llamada doctrina Gerasimov, la guerra convencional contemporánea debe ir precedida de una fase de desestabilización política sostenida en la instrumentalización de los agravios sociales mediante métodos no convencionales, como ocurrió en Crimea. Segundo, las élites rusas han lanzado una guerra política contra Occidente sin voluntad de una invasión, pero sí construida sobre tácticas híbridas, como la desinformación o los ciberataques, para «dividir, desmoralizar y distraer» mientras Rusia reafirma su esfera de influencia (Galeotti, 2018). De esta definición, se puede extraer la existencia de un consenso sino-ruso sobre la transformación de la guerra convencional hacia su hibridación, la relevancia de la instrumentalización de la información como alternativa al conflicto militar abierto, y la utilidad de estas técnicas para erosionar crear división en sus rivales.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 ha evidenciado la creciente cooperación y convergencia entre ambos actores. Desde el inicio de la guerra, cada vez ha habido una mayor amplificación de las narrativas rusas en los ecosistemas de desinformación chinos, especialmente de narrativas que buscan deslegitimar la democracia, las instituciones occidentales o actores específicos como Estados Unidos, aunque estos episodios han sido oportunistas al compartir objetivos similares de descreditar a Washington (SEAE, 2025). No obstante, el corte de cables submarinos en el Báltico y en el estrecho de Taiwán por actores chinos y rusos demuestra la creciente coordinación en episodios de sabotaje.

Sin embargo, también existen diferencias importantes que destacar en escenarios, tácticas y objetivos específicos. En primer lugar, las amenazas híbridas rusas tienen un mayor recorrido y sofisticación en Europa (especialmente en Ucrania), en Estados Unidos (como ejemplificó la campaña de injerencia en las elecciones presidenciales de 2016) y en África (vinculadas a la presencia del Grupo Wagner), además de Asia Central. En cambio, si bien China desarrolla una campaña global que busca moldear positivamente las percepciones mundiales hacia su régimen, su teatro principal de operaciones sigue siendo Taiwán y su vecindario, donde mantiene disputas territoriales abiertas con Japón y países del Sureste Asiático. Aunque Bruselas también ha identificado a China como una creciente amenaza, es importante destacar que actualmente existen pocos casos documentados de manipulación informativa e interferencia china en el contexto europeo, sobre todo, en comparación con Rusia (SEAE, 2025; Bleyer-Simon et al., 2025). En concreto, destaca la operación Paperwall, a través de la cual diferentes actores chinos establecieron una red de ciento veintitrés medios de comunicación falsos en todo el mundo (también en Europa) (Alaphilippe, 2024), destinados a crear y amplificar contenido afín a los intereses chinos.

En segundo lugar, China representa una mayor sofisticación en el uso de tácticas híbridas que Rusia, ejemplificada por una estrategia más calculada que se expande en el tiempo a través de medidas incrementales, donde el uso de la fuerza directa es utilizado más como un instrumento de coerción y disuasión que en el caso ruso, el cual prioriza una escalada más rápida. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania y la incapacidad de Moscú para imponerse rápidamente han influenciado la percepción de las élites militares chinas sobre la efectividad del énfasis en medidas no convencionales en conflictos abiertos, con la excepción del dominio cognitivo (en este caso, aplicado con éxito por Washington y Kiev) (Wang y Zakheim, 2025).

En tercer lugar, Pekín prioriza el control de las narrativas para que estas le sean favorables, mientras que para Moscú la subversión y el caos tienen un mayor peso (Wallis, 2019). En esta línea, el informe del Servició Europeo de Acción Exterior (2025: 20) destaca cómo la infraestructura informativa de China se centra en reforzar sus narrativas en temas sensibles al régimen —como Xinjiang, Taiwán, Tíbet, etc.— de forma extremadamente coordinada, simultánea y centralizada, con diferentes medios oficialistas y figuras diplomáticas, apoyados por agencias de relaciones públicas chinas. Rusia, en cambio, es capaz de un mayor alcance con múltiples campañas simultáneas que responden a diferentes objetivos geopolíticos. No obstante, están apareciendo nuevas tácticas de desinformación descentralizadas chinas en Japón y Taiwán basadas contenido falso y conspiranoico que se asemejan más a las técnicas rusas (Dixon y Beznosiuk, 2025). Así, la cooperación táctica entre ambos actores y el aprendizaje mutuo, especialmente el chino respecto a las operaciones rusas, sugieren una convergencia progresiva que podría intensificarse en el futuro.

Tácticas híbridas en el vecindario chino: el caso de Taiwán

Si bien en los últimos años la atención internacional sobre una posible invasión militar de Taiwán por parte de la RPC ha ido en aumento, este enfoque puede resultar limitado para entender las dinámicas híbridas actuales que definen este conflicto. Según Cui Lei (Cui, 2021), investigador del think tank vinculado al Ministerio de Asuntos Exteriores chino, la estrategia de Pekín continúa guiándose por la máxima de Sunzi de «ganar sin librar batalla».

En este contexto, la cuestión de Taiwán —caracterizada por una soberanía contestada, tensiones identitarias, el respaldo militar estadounidense y los profundos vínculos económicos y sociales con China continental— se ha convertido en el escenario privilegiado para el despliegue de tácticas híbridas. Desde principios del siglo XXI, la estrategia de reunificación china ha articulado sistemáticamente medidas militares convencionales con operaciones de desinformación, ciberataques, incentivos económicos y manipulación del marco legal, con el objetivo de explotar vulnerabilidades específicas de la sociedad taiwanesa. Esta combinación de instrumentos coercitivos y persuasivos refleja tanto la doctrina china de las «tres guerras» (guerra psicológica, mediática y legal) como la conceptualización occidental de amenazas híbridas.

Cabe destacar que la implementación de esta estrategia híbrida requiere una coordinación interinstitucional transversal dentro del aparato estatal chino, que involucra a la Oficina de Asuntos de Taiwán, el Departamento de Trabajo del Frente Unido, el EPL (incluidas la GGC y las milicias marítimas) y el Departamento de Propaganda, entre otros actores estatales y civiles (Hung y Hung, 2022; Grossman, 2025). Esta arquitectura institucional refleja la naturaleza integral de la estrategia china, que trasciende el ámbito puramente militar para abarcar múltiples dimensiones del poder estatal.

En este contexto, pueden identificarse tres fases en la estrategia híbrida china hacia Taiwán, moduladas por las preferencias del liderazgo de Pekín, los desarrollos políticos en Taiwán y el incremento progresivo del poder y las capacidades chinas. La primera fase (1995-2008) se caracterizó por un enfoque abiertamente coercitivo mediante presión militar y legal, con episodios como la tercera crisis del estrecho (1995-1996). Esta postura se moderó significativamente con la llegada al poder del candidato del partido nacionalista chino, el Kuomintang (KMT), Ma Ying-jeou (2008-2016), cuya disposición al acercamiento con el continente propició un periodo de relativa distensión. Sin embargo, la elección de Tsai Ing-wen en 2016 y su posterior sucesión por Lai Ching-te en 2024 —ambos del soberanista Partido Progresista Democrático (PPD)— marcó el inicio de una tercera fase caracterizada por la intensificación y diversificación de las medidas de presión e injerencia. Estas abarcan desde incursiones militares en el espacio aéreo y marítimo taiwanés hasta coerción económica, campañas de desinformación, ciberataques y manipulación del marco legal internacional. Si bien hacer un análisis exhaustivo de estas tres fases sería imposible en este artículo, a continuación, se analiza y destacan los principales desarrollos de los últimos años, así como la continuidad de ciertas medidas desde principios de este siglo.

Medidas militares

Desde 2019, China ha intensificado visiblemente la coerción hacia Taiwán, cuando los aviones de las fuerzas aéreas chinas comenzaron a cruzar de forma rutinaria la ADIZ taiwanesa sin comunicación ni autorización previa de Taipéi. Pero la visita de Nancy Pelosi, entonces presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, en agosto de 2022 marcó un punto de inflexión. En respuesta a dicha visita, Pekín ejecutó maniobras militares sin precedentes de encierre y cerco por mar y aire alrededor de Taiwán mediante seis áreas de control que rodeaban Taiwán —abarcando extensivamente por primera vez el sur y el este de la isla—, demostrando por primera vez su capacidad de imponer un bloqueo a la isla. Además, el despliegue masivo de casi cincuenta aviones de combate transgredió tanto la ADIZ como la línea media del estrecho de Taiwán, una frontera informal que hasta entonces ambas partes habían respetado para evitar escaladas. Adicionalmente, el EPL lanzó por primera vez misiles balísticos sobre el espacio aéreo taiwanés, algunos de los cuales cayeron en aguas japonesas (Grossman, 2025).

En paralelo, también se avistaron drones cerca de diferentes islas taiwanesas por primera vez en julio y agosto de 2022, antes y después de la visita de Pelosi. Si bien las incursiones se mantuvieron durante varias semanas, acompañadas de campañas de desinformación sobre la incapacidad taiwanesa de responder, con el objetivo de reducir el apoyo y avivar un sentimiento de humillación en la población (DW, 2022), el derribo de un dron civil por las Fuerzas Armadas taiwanesas el 1 de septiembre de 2022 cesó todo tipo de despliegue hasta 2024, cuando se registraron media docena de incursiones nuevamente (Fan, 2025). Aunque en algunos de los casos estos drones han sido posteriormente atribuidos a civiles, estas actividades están dotadas de la ambigüedad propia de las amenazas híbridas, donde la atribución es difusa, pero que, en combinación con otros factores de presión, contribuyen a generar una sensación de inseguridad en la población taiwanesa.

Desde entonces, el EPL ha realizado ejercicios similares anualmente para combatir a las «fuerzas separatistas taiwanesas» (Koh, 2025), normalizando de manera progresiva este elevado nivel de coerción y de amenaza. Entre estos ejercicios destacan las dos maniobras ejecutadas en 2024 como respuesta directa a eventos políticos de alto nivel: el discurso de toma de posesión del presidente Lai Ching-te en mayo de ese año, y su posterior discurso durante el Día Nacional en octubre. En ambos casos, el Ejército chino cercó la isla de Taiwán, además de los archipiélagos de Matsu y Kinmen, mediante el despliegue simultáneo de fuerzas navales y aéreas, en combinación con múltiples incursiones en el espacio aéreo taiwanés. Significativamente, estos ejercicios también incorporaron a la GGC de manera prominente, que llegó a realizar operaciones en las costas de Hualien, en el este de Taiwán, difuminando deliberadamente la distinción entre fuerzas militares y paramilitares (Grossman, 2025).

No obstante, el último de estos ejercicios, realizado los días 29 y 30 de diciembre de 2025, ha establecido un nuevo precedente. A diferencia de los anteriores, que respondían a eventos políticos internos taiwaneses, estas maniobras militares ocurrieron como respuesta a la aprobación del mayor paquete de armamento estadounidense para Taiwán, valorado en 11.100 millones de dólares (Hawkins, 2025), y en medio de una disputa diplomática entre Pekín y Tokio, tras la confirmación del potencial apoyo militar de Japón a Taiwán en caso de invasión por la primera ministra japonesa, Takaichi Sanae. En este caso, el Ejército chino impuso ocho zonas marítimas de bloqueo —el mayor número hasta la fecha—, destinadas específicamente a controlar los principales puertos de la isla. Durante las maniobras, participaron fuerzas navales (sin participación de portaaviones, que sí fueron desplegados en 2024 y en abril de 2025), aéreas y de la GCC, además del de cuatro navíos para asaltos anfibios y el lanzamiento de cohetes de alcance medio (Military News Agency, 2025), denotando las capacidades necesarias para una invasión de la isla. En esta ocasión, se añadió una señal dirigida a Tokio y Washington: bajo la retórica de disuadir la «interferencia extranjera», Pekín demostró su capacidad para aislar completamente la isla de cualquier apoyo externo en las fases iniciales de un conflicto. Así, China consigue reducir el espacio estratégico de Taiwán y la sensación de amenaza progresivamente sin necesidad de recurrir al uso de la fuerza directo y tanteando los límites de la paz.

Medidas no-militares: lawfare, economía y desinformación

Mientras las acciones de coerción militar constituyen un ejemplo paradigmático de operaciones que difuminan los límites entre la guerra y la paz sin llegar a un conflicto abierto, las relaciones a través del estrecho están cada vez más mediadas por actividades no militares con un claro componente cognitivo dirigido a desmoralizar y disuadir a la población taiwanesa.

En primer lugar, Pekín ha desplegado múltiples tácticas de guerra legal (lawfare) mediante el establecimiento de medidas legales domésticas y el avance de interpretaciones del derecho internacional destinadas a delimitar el contexto de acción y el marco cognitivo tanto de Taipéi como de la comunidad internacional. Estas medidas persiguen tres objetivos principales: enmarcar las relaciones entre Pekín y Taipéi como una disputa interna china; promover el aislamiento internacional de la isla mediante el (des)reconocimiento diplomático por parte de otros estados, y evitar cualquier movimiento hacia la autodeterminación taiwanesa (West e Insisa, 2024).

En concreto, la adopción por la PRC de la Ley Antisecesión de 2005, durante el momento álgido del movimiento independentista taiwanés bajo la presidencia de Chen Shui-bian (2000-2008), estableció dos condiciones para justificar el uso de la fuerza contra la isla: (1) la declaración de independencia formal por parte de Taipéi, y (2) el agotamiento de toda vía pacífica para lograr la reunificación. Si bien esta medida no legitima el uso de la fuerza bajo el derecho internacional, cumple una función de disuasión cognitiva hacia actores domésticos e internacionales al establecer las consecuencias de cualquier movimiento autodeterminista desde Taipéi, creando la equivalencia de que toda acción hacia la independencia desencadenaría inevitablemente un conflicto armado. La efectividad de esta estrategia de lawfare se evidencia en datos de la Encuesta de Seguridad Nacional en Taiwán realizada por la Universidad de Duke: a finales de 2020 (Duke University, 2020), un 61,8% de la población taiwanesa consideraba que China atacaría la isla si se declarara la independencia, demostrando cómo el marco legal chino ha moldeado las percepciones de riesgo en la sociedad taiwanesa.

En segundo lugar, las medidas económicas, tanto incentivos como mediante la instrumentalización de las dependencias, desempeñan un papel central en la estrategia híbrida china. Durante el periodo de 2008-2016, la relación a ambos lados del estrecho estuvo marcada por una intensa integración económica, con hitos como la adopción del Acuerdo Marco de Cooperación Económica en 2010, que reducía barreras arancelarias y buscaba facilitar la inversión a través del estrecho. Sin embargo, la movilización estudiantil del Movimiento de los Girasoles en 2014 que ocupó el yuan legislativo para impedir la ratificación del Acuerdo de Comercio de Servicios a través del Estrecho y la subsecuente llegada a la presidencia del PPD con Tsai Ing-wen en 2016 pondrían fin a esta etapa de acercamiento.

Desde entonces, la RPC ha mantenido una estrategia dual: por un lado, ha adoptado diferentes paquetes de medidas para promover los intercambios económicos y culturales —como las veintiséis medidas de 2019 (Aspinwall, 2019) o los once incentivos de 2020— que tienen como objetivo cooptar el apoyo de sectores clave dentro de la sociedad taiwanesa, particularmente políticos, empresarios y jóvenes. Estas iniciativas incluyen políticas preferenciales que otorgan condiciones similares de residencia a ciudadanos taiwaneses que residen en el continente, o garantizan las mismas condiciones para las empresas taiwanesas que a sus equivalentes continentales para participar en proyectos estratégicos como el Made in China 2025 o la Iniciativa de la Franja y la Ruta (West e Insisa, 2024). Por otro lado, Pekín no ha dudado en instrumentalizar el comercio de manera punitiva, especialmente mediante la imposición de medidas fitosanitarias selectivas contra productos agrícolas y alimentarios de regiones más favorables al PPD, como la prohibición de importaciones de piñas en 2021 bajo el pretexto de «seguridad alimentaria», aunque estas han llegado a expandirse a más de 169 diferentes productos en 2024 (Attrill, 2025).

Si bien todas estas medidas tienen en común la voluntad de erosionar la convicción taiwanesa de resistir a las maniobras de Pekín y ahondar en las divisiones sociales existentes, su efectividad está estrechamente vinculada con la guerra informativa y de desinformación que asola la isla. Aunque la propaganda pro-China ha sido un aspecto constante desde los años cincuenta, la dimensión informativa se ha transformado desde 2018, cuando una campaña de desinformación con origen en el continente aupó al candidato del KMT Han Kuo-yu a la alcaldía de Kaohsiung (Huang, 2019).

Según datos de la Oficina de Seguridad Nacional taiwanesa (Oficina de Seguridad Nacional, 2025), los patrones de desinformación de 2024 se centraron en tres temas principales: el escepticismo hacia la solidez del apoyo estadounidense, la desconfianza hacia el ejército y la oposición al Gobierno de Lai Ching-te. Estas campañas fueron activadas paralelamente a las elecciones taiwanesas de enero de 2024, durante las dos maniobras militares chinas de mayo y octubre de 2024 y la campaña electoral estadounidense. Por ejemplo, en los meses antes a los comicios taiwaneses, la desinformación creció un 40%1, y continuó tras la celebración de las elecciones con noticias falsas sobre el supuesto fraude electoral (Taiwan FactCheck Center, 2024). Yu, investigadora del Taiwan Information Environment Research Center, identificó como a lo largo de los últimos cinco años, actores chinos habían estado propagando narrativas para erosionar la imagen de Estados Unidos en la isla en aspectos tan diferentes como el apoyo a Ucrania, las inversiones de la empresa de semiconductores TSMC en Arizona o las visitas de mandatarios a la isla. En este aspecto, más que crear nuevas narrativas, los actores implicados se limitaban a amplificar voces taiwanesas locales con mensajes a afines, ya existe un nivel de desconfianza autóctono hacia el compromiso de Washington previo a estas campañas de desinformación. En 2025, el auge de la inteligencia artificial generativa y la multiplicación de actores —desde microinfluencers a tertulianos— han amplificado informaciones falsas, especialmente en relación con propuestas legislativas sobre la recuperación de tribunales militares o de recortes presupuestarios nacionales (Li, 2025).

¿Hasta qué punto ha conseguido Pekín sus objetivos mediante estas tácticas híbridas? Los principales éxitos se encuentran en el creciente aislamiento de Taiwán (solo trece países reconocen diplomáticamente a la isla) y la modificación del statu quo en el estrecho con la constante escalada militar sin una respuesta internacional lo suficiente disuasoria o de apoyo a Taipéi. Sin embargo, no ha conseguido conquistar las mentes y los corazones de los taiwaneses: según datos de la Universidad Nacional de Chengchi, solo el 7,2% de la población quiere la reunificación con China, mientras una gran mayoría (81,7%) prefiere el mantenimiento del statu quo a fecha de diciembre de 2025 (Universidad Nacional de Chengchi, 2025). En el ámbito de la desinformación, las campañas más visibles a favor de candidatos nacionalistas en las elecciones de 2020 y 2024 no consiguieron la presidencia al KMT. Hung y Hung (2022) demuestran que los mensajes pro-China solo sirven para solidificar el apoyo de personas ya afines a Pekín, aunque sí que han alimentado la división y polarización interna, cumpliendo con uno de los objetivos estratégicos de estas operaciones.

¿Cómo responde Taiwán a las amenazas híbridas de China?

Este fracaso relativo de las operaciones chinas puede atribuirse en gran medida al conjunto de medidas que han puesto en marcha diferentes actores taiwaneses. En el ámbito militar, el presidente Lai Ching-te ha anunciado un aumento de su presupuesto de defensa hasta el 3,3% del PIB para 2026 y un 5% para 2030, además de un presupuesto extraordinario adicional de cuarenta mil millones de dólares destinado a adquirir equipamiento que facilite una estrategia asimétrica frente a China, incluyendo el desarrollo de un sistema antiaéreo similar al israelí, el T-Dome (Lee, 2026). Además, también han reformulado los ejercicios anuales Han Kuang para poner un mayor énfasis las amenazas híbridas (Dotson y Harman, 2025). No obstante, a pesar de los compromisos asumidos de adoptar una estrategia «puercoespín», sectores de la élite política y militar taiwanesa siguen ofuscadas en una planificación tradicional que prioriza armamento pesado y convencional en lugar de invertir más en defensas aéreas y navales movibles, o drones y vehículos sin tripulación (Grieco y Slingbaum, 2025). Además, la oposición del KMT y el Partido Popular Taiwanés han tratado de bloquear y reducir el presupuesto de defensa previsto para 2026 en el marco del yuan legislativo —el parlamento taiwanés—, limitando las ambiciones del presidente Lai (Valentine, 2026).

Pero más allá de la defensa, Taipéi se ha convertido en un líder internacional en la lucha contra la desinformación y la injerencia externa. En primer lugar, la administración de Lai ha promovido medidas para una mayor coordinación interministerial, además de crear nuevas agencias, como el Centro para la Investigación sobre las Tácticas de Guerra Cognitiva, adscrito al Ministerio de Justicia (Sang, Thien y Nhi, 2024). Además, aunque no se ha materializado, Taipéi propuso la creación de un centro internacional sobre el análisis y la lucha contra la desinformación china junto con otros socios democráticos alrededor del mundo (Chan, 2024). En segundo lugar, las autoridades taiwanesas han adoptado tres leyes —la Ley de Medios Públicos (2018), la Ley para el Mantenimiento del Orden Social (2019) y la Ley Anti-Infiltración (2020)— destinadas a luchar contra la desinformación y la injerencia en los medios de comunicación, actores políticos y grupos de presión, imponiendo medidas de transparencia, así como limitando las donaciones financieras para ciertos sectores. En tercer lugar, ha prohibido algunas plataformas chinas, como iQIYI (el equivalente de YouTube de Baidu) o Tencent video en la isla, aunque no sin críticas por sus implicaciones en la libertad de expresión. Finalmente, también ha establecido un currículum específico para la alfabetización mediática en escuelas primarias y secundarias para familiarizar a la población en cómo detectar información falsa.

La sociedad civil taiwanesa también está cada vez más movilizada. Por una parte, Taiwán ha desarrollado uno de los ecosistemas más activos en la verificación de datos, con organizaciones como el Taiwan FactCheck Center, CoFacts o Doublethink Lab. Estos grupos autofinanciados han desarrollado múltiples estrategias para dar respuesta al reto de la desinformación, con presencia tanto en redes sociales como con una colaboración estrecha con la Oficina de Seguridad Nacional, ofreciendo apoyo en la verificación de campañas de desinformación tras ser identificadas (Zhang, 2020; Harper, 2025).

Por otra parte, a raíz de la invasión rusa de Ucrania, ha habido un auge de organizaciones de sociedad civil dedicadas a educar al público taiwanés sobre cómo prepararse y reaccionar en el caso de una guerra. Estas organizaciones se centran en ofrecer conocimientos básicos, tanto en aspectos militares, el uso de armas, la preparación de kits de supervivencia o de primeros auxilios, pero también de apoyo psicológico a través de cursos, charlas y formaciones realizadas por activistas, militares retirados y expertos trabajando en el campo de la seguridad y la inteligencia (Liu, 2023). En este aspecto, el 1 de enero de 2022, el Gobierno de Tsai estableció la Agencia de Movilización de Defensa Total bajo el Ministerio de Defensa Nacional, dedicada a mejorar la capacidad de los reservistas y mejorar la preparación en caso de guerra de la población más allá de las estructuras militares, creando mayores sinergias con estos grupos de defensa civil y priorizando un enfoque de toda la sociedad (whole-of-society) (Liu, 2023: 110).

Conclusiones e implicaciones para la Unión Europea

Este artículo detalla la intensificación de la estrategia híbrida china, tanto en su desarrollo teórico y académico como en su creciente despliegue en el estrecho de Taiwán. Mediante la repetición y escalada de maniobras militares o la omnipresencia de campañas de desinformación que buscan desmoralizar a su población, Pekín aspira a obtener pequeñas victorias, transformando el statu quo mientras se prepara para un posible bloqueo de la isla. Ahora bien, mientras China continúa moviéndose en un contexto de guerra improbable y paz imposible, esta confrontación se extiende sin una victoria clara, avivando aprendizajes para ambos lados: mientras Pekín aprende de Rusia y despliega tácticas similares en otros escenarios geopolíticos, Taipéi también innova en resiliencia democrática y medidas de respuesta que limitan los avances y los intereses de Pekín —pese a no poder acabar con ellos—.

Este caso tiene implicaciones importantes para Europa. Las democracias alrededor del mundo se enfrentan al aumento de amenazas híbridas que atacan al corazón del proyecto democrático y de seguridad. En palabras de Kaja Kallas, alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea, estos ataques representan un «peligro extremo» (Vinocur, 2025) del cual es necesario protegerse y no aceptar como una «nueva normalidad» (Reuters, 2025).

Más allá de los intereses europeos en Taiwán, desde semiconductores a la libre navegación en el estrecho, el incremento de amenazas híbridas en la isla constituye tanto una advertencia como una oportunidad de aprendizaje. Por una parte, Europa no es ajena a esta realidad ni a los retos que suponen las amenazas híbridas de China para la seguridad y la calidad democrática de nuestro continente, como demuestran las referencias explícitas al uso de operaciones de influencia y desinformación de actores chinos por parte del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE, 2025) o de la Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad (ENISA, 2025). Bruselas debe prepararse a los futuros retos, pero también debe ofrecer una oposición firme a la coerción china, tanto dentro de sus fronteras como alrededor del mundo para mejorar la disuasión conjunta.

Por otra, Taiwán puede ofrecer lecciones (al igual que recibirlas) sobre cómo cooperar y hacer frente a estas amenazas. Espoleada por la anexión rusa de Crimea en 2014, la Unión Europea lleva preparándose para dar respuesta a estos retos, con el establecimiento de mecanismos de investigación y concienciación de estas amenazas, la creación de células especializadas tanto en el SEAE, y una mayor cooperación y coordinación con la OTAN (Brunet, 2025). La invasión rusa de Ucrania en 2022 no ha hecho más que apremiar la necesidad de profundizar aún más en este aspecto, lo que ha llevado a hitos como la creación del EU Hybrid Toolbox (2022) para garantizar una mayor coordinación en respuestas conjuntas europeas o la adopción de medidas sectoriales como la directiva NIS2 para enfrentarse a los ciberataques o la Ley de Servicios Digitales que contiene medidas específicas para detener la propagación de desinformación en redes sociales. No obstante, la coordinación exitosa del enfoque de whole-of-society, la creación de un centro internacional de coordinación frente a la desinformación y el desarrollo de capacidades de la población a través de la alfabetización tecnológica ofrecen ejemplos de buenas prácticas a explorar en el contexto europeo.

En conclusión, el laboratorio híbrido que hoy representa Taiwán no solo anticipa las formas de coerción del siglo XXI, sino que también ilumina los caminos posibles para contrarrestarlas. Mirar hacia Taipéi implica reconocer que la defensa democrática no solo depende de la seguridad tradicional, sino en la fortaleza de nuestras sociedades, la coordinación entre instituciones y la rapidez con la que seamos capaces de detectar, resistir y adaptarnos a amenazas difusas pero persistentes.

Bibliografía

Inés Arco Escriche
Investigadora, Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB)

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] Citado en In a savvy disinformation offensive, China takes aim at Taiwan elections. Disponible en: https://merics.org/sites/default/files/2023-12/MERICS%20Report%20Disinformation%20Taiwan%20December%202023.pdf
    • La República Popular de China y la intensificación de su estrategia híbrida en Taiwán: doctrina, prácticas e implicaciones para la Unión Europea (0,5 MB)

    • The People’s Republic of China and the intensification of its hybrid strategy in Taiwan: doctrine, practices and implications for the European Union (0,3 MB)