IEEE. Asegurar la retaguardia para competir en Asia: el pivote hemisférico en la estrategia estadounidense frente a China

Mapa mundial, China iluminada en rojo, el continente americano en azul, con una línea de nodos brillantes en el sudeste asiático y barcos en el Océano Pacífico.

12 jun 2026

IEEE. Asegurar la retaguardia para competir en Asia: el pivote hemisférico en la estrategia estadounidense frente a China

Guillermo Gómez Moreno. Analista de Estrategia Internacional

Introducción

La Administración Trump 2.0 ha asumido que la rivalidad estratégica con China ha venido para quedarse. Esta convicción orienta la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) publicada en diciembre de 2025 y su desarrollo operativo en la Estrategia de Defensa Nacional (EDN) de enero de 2026. Ambos documentos adoptan una perspectiva realista y marcan una ruptura con el internacionalismo liberal dominante en la política exterior estadounidense tras la Guerra Fría.

El reajuste parte del reconocimiento del fin de la primacía unipolar. Aunque Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia en términos absolutos, su ventaja relativa se ha erosionado. El ascenso de China y su penetración en el sur global, junto con los reveses en Oriente Medio y las tensiones sociales internas, han evidenciado los límites de una estrategia de primacía global y el riesgo de sobreextensión militar.

Este artículo analiza conjuntamente la ESN de 2025 y la EDN de 2026 y sostiene que el denominado «pivote hemisférico» forma parte de una estrategia más amplia destinada a gestionar una rivalidad prolongada con China mediante la consolidación del área de influencia hemisférica y el traslado de cargas (burden-shifting) hacia los aliados. Para ello, se examinan los conceptos fundamentales de ambos documentos, su encaje en la tradición realista —especialmente en las formulaciones de Mearsheimer y Colby— y sus implicaciones para Europa, Oriente Medio y Asia.

Prioridades y líneas de acción en las ESN2025 y EDN2026

Como refleja la tabla 1, la ESN 2025 y la EDN 2026 configuran un marco doctrinal coherente en el que la segunda traduce en términos operativos y militares los fines estratégicos definidos por la primera.

El núcleo de esta nueva doctrina combina realismo estructural y soberanismo nacional-conservador. La ESN 2025 parte de una fuerte crítica a las élites previas, acusándolas de haber «apostado erróneamente por el globalismo y el libre comercio», lo que habría socavado la clase media y la base industrial necesarias para sostener la preeminencia militar de Estados Unidos. Bajo la máxima de «paz a través de la fuerza», la EDN 2026 transforma esta visión política en una jerarquía operativa que busca maximizar la preparación militar para operaciones que prioricen los intereses concretos de EE.UU., en contraposición a los proyectos de «construcción de naciones» (nation-building) y las forever wars.

Comparativa entre ESN 2025 y EDN 2026
Tabla 1. Comparativa entre ESN 2025 y EDN 2026

Cabe identificar aquí una doble ruptura conceptual con la doctrina estadounidense dominante desde el final de la Guerra Fría. Por un lado, la sustitución del liberalismo por el realismo conlleva una marcada reducción de las referencias a la defensa de los valores democráticos como motivo de la política exterior.

Al mismo tiempo, la adopción del realismo estructural se hace desde el prisma ideológico concreto del nacionalismo conservador, que añade una fuerte carga cultural y civilizatoria (en un sentido similar al dado por Samuel Huntington) al concepto de soberanía.

En este sentido, la ESN se aproxima a la idea de «seguridad ontológica» al incorporar la preservación de la identidad colectiva y la continuidad del «modo de vida nacional» como problemas de seguridad1.

De esta manera, se desdibuja la barrera entre política interior y exterior. La polarización social y política en Estados Unidos aparece implícitamente como un problema de seguridad nacional que afecta al propio concepto de soberanía.

Dicho concepto, analizado desde el prisma del nacionalismo conservador, se proyecta así en la estrategia de seguridad nacional, que ya no se limita a la seguridad física o la defensa del territorio, sino que presenta cuestiones como la migración, el cambio cultural y demográfico o el narcotráfico como problemas centrales para la seguridad del Estado.

Desde aquí es posible conceptualizar el reposicionamiento del hemisferio occidental como la región de máxima prioridad para Estados Unidos, la «revitalización de la salud espiritual estadounidense» o la «recuperación del ethos guerrero estadounidense», elementos todos ellos que no es posible deducir mecánicamente de la teoría realista.

A su vez, es sobre la base de esta preocupación por los aspectos culturales desde donde se plantea que Europa es una civilización en declive, en la que las instituciones transnacionales, entre las que se señala explícitamente a la Unión Europea, estarían debilitando las identidades nacionales.

A partir de aquí se introduce un importante cambio de prioridades respecto de anteriores estrategias. Aunque el Indopacífico es reconocido como el centro de gravedad económico mundial, la estrategia hacia China adopta un tono marcadamente transaccional y menos ideológico.

La administración asume que no es posible contener inmediatamente el crecimiento chino y se prepara para una rivalidad bipolar prolongada. El objetivo militar no es humillar a Pekín ni buscar un cambio de régimen, sino establecer un equilibrio de poder que permita una «paz decente».

A su vez, el cambio más significativo respecto de estrategias anteriores es la recuperación del pleno dominio sobre el hemisferio occidental como la prioridad número uno, desplazando por primera vez en décadas la mirada eurocéntrica o asiática.

A través del denominado «corolario Trump a la doctrina Monroe», Washington se propone denegar el acceso a competidores extrahemisféricos —específicamente China y Rusia— que busquen controlar activos estratégicos o desplegar capacidades militares en el continente.

Como analizaremos, este importante cambio se enmarca en un planteamiento estratégico más amplio en el que la disputa con China no puede resolverse de forma inmediata, sino que requiere, en primer lugar, consolidar el área de influencia estadounidense.

Esta línea de acción se materializa en objetivos territoriales y operativos urgentes. Se destaca aquí explícitamente el objetivo de garantizar el control territorial de enclaves que, por su capacidad para denegar el acceso militar y comercial al hemisferio occidental, se tornan críticos para Estados Unidos: el canal de Panamá, el «golfo de América» y Groenlandia.

La nueva prioridad táctica ha producido resultados inmediatos desde antes incluso de publicarse la nueva estrategia. En 2025, el Gobierno panameño autorizó el despliegue de fuerzas estadounidenses en el Canal y canceló el acuerdo comercial con la Nueva Ruta de la Seda.

El inicio de 2026 ha estado marcado por la captura de Maduro y el acuerdo con el régimen venezolano para privar a China de acceso al país caribeño, así como por la presión estadounidense para tomar el control de Groenlandia, región relevante por la existencia de minerales críticos y por su posición geográfica, clave tanto para el acceso al Ártico como para el sistema antimisiles Golden Dome que Trump busca implantar y que podría otorgar importantes ventajas en una eventual nueva carrera nuclear.

Desde el prisma táctico que figura en la EDN, cabe esperar que la presión sobre Groenlandia continuará en el futuro y que países americanos con fuerte presencia china, como Cuba o Perú, recibirán una mayor atención por parte de Estados Unidos.

Todo este realineamiento, que mantiene la rivalidad con China como el trasfondo estratégico pero concentra las prioridades de Estados Unidos en el continente americano, tiene dos consecuencias adicionales.

En el flanco económico, la seguridad nacional se vincula indisolublemente a una reindustrialización nacional de proporciones históricas. La EDN 2026 hace un llamamiento urgente a reconstruir la «base industrial de defensa» para convertir a Estados Unidos en el «arsenal del mundo».

Esta movilización incluye la relocalización (re-shoring) de industrias críticas, la adopción masiva de la inteligencia artificial y la protección de las cadenas de suministro frente a la penetración de China, con quien libra la batalla tecnológica determinante.

Por otra parte, el pivote hemisférico y la rivalidad estructural con China, sumados al «problema de la simultaneidad» —el riesgo de enfrentar conflictos en varios frentes con una fuerza sobreextendida—, hacen que el concepto fundamental para entender la política de alianzas de la Administración Trump sea el de un «traslado de cargas» (burden-shifting) mucho más fuerte y agresivo.

En Europa, esto se traduce en la «OTAN 3.0», donde los aliados europeos deben asumir la responsabilidad principal de su defensa convencional frente a Rusia.

En Oriente Medio, el enfoque es similar: se fortalece la alianza con Israel como «aliado modelo» y se promueve la integración regional con los países árabes a través de los Acuerdos de Abraham para, de forma conjunta, contrarrestar a Irán con una menor presencia estadounidense.

El lento ascenso del realismo

Sin suscribirse férreamente a ninguna doctrina teórica sistemática, el reajuste estratégico de Trump es coherente con los postulados fundamentales del realismo estructural. Esta teoría concibe el orden internacional como un sistema anárquico, estructurado por la correlación de fuerzas entre grandes potencias, que buscan maximizar su poder militar relativo para garantizar su supervivencia.

Los valores desempeñan aquí un papel secundario y el potencial demográfico y económico solo es determinante si es posible convertirlo en poder militar, la auténtica divisa de todo el sistema internacional. La ESN de 2017 ya apuntaba en esa dirección, pero la nueva estrategia profundiza la ruptura al abandonar el lenguaje de «democracias versus autocracias» y el marco del orden liberal basado en normas2.

Mearsheimer, padre teórico del neorrealismo, ha presentado desde comienzos de siglo el más destacado contrapunto intelectual al liberalismo estadounidense en política exterior. El blanco principal de sus críticas ha sido que la política de engagement con China permitiría a Pekín convertir su crecimiento económico en poder militar suficiente para disputar la hegemonía estadounidense en Asia-Pacífico3.

El supuesto liberal de que la interdependencia económica conduciría a la convergencia política habría subestimado la lógica estructural del poder. El desarrollo industrial y naval chino en la última década4, junto con las dudas crecientes sobre la capacidad estadounidense para prevalecer en un conflicto prolongado en el Pacífico occidental5, han reforzado esta lectura.

Desde que Obama anunciara el ‘Pivot to Asia’ en 2011, se ha ido generando un intensísimo debate entre las élites estadounidenses sobre cómo responder al ascenso de China. En el último lustro, a su vez, esta discusión se ha entrecruzado con el problema de la sobreextensión (over-stretching) militar de Estados Unidos.

La retirada de EE.UU. de Afganistán demostró los peligros de las forever wars. La invasión rusa de Ucrania y la guerra regional en Oriente Medio han situado a Estados Unidos en la encrucijada estratégica de sostener un esfuerzo de guerra en varios conflictos de alta intensidad.

A esto se suma la posibilidad de una invasión china de Taiwán, cuyo éxito supondría un golpe estratégico para Estados Unidos y podría socavar de forma significativa su posición en la región asiática, epicentro demográfico y económico mundial. En conjunto, Estados Unidos afronta el riesgo de tener que soportar dos o más conflictos de alta intensidad simultáneamente en un contexto de estabilidad social y supremacía militar mermadas.

La discusión estratégica en Estados Unidos parte de esta encrucijada, que en el entorno del Partido Republicano cristalizó en tres grandes corrientes6: los «primacistas», más vinculados al aparato tradicional republicano, favorables a mantener un papel intervencionista y preeminente en todo el globo; los «nacionalconservadore», con fuerte arraigo en el movimiento MAGA, inclinados al aislacionismo hemisférico; y los llamados «priorizadores de Asia», procedentes del ámbito de los think tanks de seguridad, que defienden, en línea con la teoría realista, concentrar recursos en la contención de China como principal desafío sistémico7.

La reorientación estratégica impresa por la Administración Trump 2.0 muestra la pérdida de peso de la de la posición republicana tradicional en favor del nacionalconservadurismo y los priorizadores de Asia.

Los documentos ESN-EDN plasman una combinación de ideas de ambas corrientes: una priorización geográfica coherente con el realismo estructural, aplicada desde el prisma soberanista del America First, que plantea la preservación del «modo de vida americano» como la clave para resolver la crisis social y política del país.

Así, aunque la prioridad de fondo de la política exterior sigue siendo la rivalidad entre grandes potencias con China, este prisma estratégico general se concreta trasladando la confrontación al continente americano en primer lugar, donde la penetración china representa una amenaza urgente desde el punto de vista del nacionalismo soberanista.

De forma similar, el enfoque de seguridad de la ESN no constituye una aplicación pura del realismo, sino que incorpora aspectos identitarios y culturales en el concepto de seguridad.

Este hecho permite calibrar los postulados de la teoría realista. Mearsheimer plantea que los Estados son actores racionales que responden al entorno internacional con la actuación que mejor les permite maximizar su poder respecto al resto de Estados, una noción de carácter necesariamente general.

No obstante, en un mayor nivel de concreción analítica observamos que los Estados no son «cajas negras», sino que su actuación está condicionada por coaliciones de poder, inercias y conflictos sociales. Este hecho subraya que la teoría realista, a pesar de su poder analítico general, no se aplica en el vacío, sino que su puesta en práctica responde a condiciones políticas concretas8.

Aquí resulta necesario destacar la figura de Elbridge Colby a la hora de desarrollar en la práctica la posición neorrealista. El actual subsecretario de Guerra es considerado el cerebro de las nuevas estrategias de seguridad y defensa9 y, probablemente, la figura más influyente de los «halcones de China».

Su obra The Strategy of Denial (2021) puede interpretarse como una adaptación operativa del realismo estructural a un contexto en el que China ya se ha consolidado como gran potencia. Para Colby la clave ya no se plantea en términos económicos —de desacoplamiento para frenar el ascenso chino—, sino militares, pues China ya es una gran potencia y EE.UU. mantiene con ella un grado de interdependencia demasiado elevado.

La llamada «estrategia de denegación» frente a China sostiene que el objetivo no debe ser impedir su crecimiento, sino fortalecer la presencia militar de EE.UU. y sus aliados en Asia para negarle la posibilidad de alcanzar la hegemonía regional mediante una victoria rápida en el Indopacífico, especialmente en torno a Taiwán10.

La visión estratégica de Colby estructura el reajuste doctrinal de Trump 2.0, con la rivalidad de fondo con China como prisma para comprender el conjunto de la política exterior estadounidense. Esto no implica que plantee un «asalto frontal» contra el país asiático; por el contrario, parte del reconocimiento de que Estados Unidos no puede aspirar a restaurar la primacía unipolar, sino a preservar un equilibrio de poder favorable en un escenario de bipolaridad asimétrica.

En el terreno militar, la perspectiva de una confrontación directa con China choca con la percepción de que Pekín cuenta con ventaja relativa de cara a un conflicto en el Pacífico, al tener allí concentradas sus fuerzas y disponer de una ventaja industrial militar significativa.

El objetivo de reconstruir la base industrial militar es reducir esta ventaja, pero requiere necesariamente un período prolongado para lograrse. En el frente económico, la idea del «asalto directo» en forma de desacoplamiento sufrió un fuerte revés el pasado octubre de 2025 durante las negociaciones de Busán, cuando Estados Unidos optó por desescalar la presión arancelaria sobre China, en parte ante la capacidad del gigante asiático para utilizar su control sobre las cadenas de suministro de tierras raras como instrumento de presión11.

En este contexto, las nuevas ESN-EDN adoptan un tono mucho más transaccional con China que las precedentes, al asumir que el país asiático es ya demasiado poderoso para un enfrentamiento rápido y directo12. Colby ha empleado la metáfora de la «maratón» para describir esta rivalidad, en el sentido de que será duradera y estructural, no episódica.

No se resolvería en una crisis puntual —por ejemplo, Taiwán—, sino en décadas de acumulación relativa de poder.

El reajuste doctrinal de la Administración Trump 2.0 puede entenderse, así, como la institucionalización de esta lectura realista: aceptación de la competencia entre grandes potencias, priorización geográfica, consolidación del área de influencia propia y reducción de compromisos periféricos.

En este marco, el pivote hemisférico no sustituye a la competencia con China, sino que constituye su condición previa: asegurar primero la «retaguardia» continental para sostener una estrategia de denegación en el teatro decisivo del siglo XXI. Desde esta perspectiva de largo plazo, Estados Unidos consolida su área de influencia en el hemisferio occidental y busca un equilibrio de poderes en Asia, al tiempo que preserva sus intereses en Europa y Oriente Medio mediante un mayor protagonismo militar de sus aliados.

Burden-shifting: la contraparte del pivote hemisférico

La concentración de recursos en el hemisferio occidental y el Indopacífico implica necesariamente una redefinición del esquema de alianzas estadounidense. Europa y Oriente Medio, que desde la Guerra Fría han concentrado el despliegue militar avanzado de EE.UU., pasan a una posición secundaria.

Ante el riesgo de una convergencia de conflictos con sus rivales, Estados Unidos presiona abiertamente para que sus aliados tradicionales aumenten el gasto militar para asegurar sus intereses en sus respectivas regiones. «No como un favor hacia nosotros, sino en su propio interés», se afirma en la EDN.

Desde su primer mandato, Trump ha defendido la noción de «repartir la carga» (burden sharing) para impulsar el aumento del gasto militar por parte de sus aliados. El punto de partida en este sentido es la asunción por parte de los países europeos de elevar su gasto militar al 5% del PIB, objetivo que plantea ahora también para el caso de los aliados asiáticos.

En la ESN 2025 se añade la noción de «trasladar la carga» (burden shifting), que implica un grado mayor de asunción por parte de los aliados de la operativa militar en sus regiones. El ejemplo más ilustrativo es el de Israel, presentado como un «aliado modelo»13 por su nivel de gasto y la asunción del peso militar frente a Irán y el «Eje de la Resistencia».

La guerra regional encabezada por Israel en los dos últimos años habría llevado a una situación particularmente favorable para los intereses comunes EE.UU.-Israel, por la significativa degradación de los proxies de Irán en el Líbano, Siria, Irak y, en menor medida, en Palestina y Yemen.

A esto cabe sumar las protestas de alta intensidad contra el régimen de los ayatolás a inicios de 2026, que algunos analistas han caracterizado como la mayor muestra de debilidad interna desde la Revolución de 1979. Esta coyuntura fue percibida por sectores clave de la Administración como una ventana de oportunidad para destruir las capacidades disuasorias iraníes —enriquecimiento nuclear y programa de misiles balísticos— coherente con la lógica de la EDN de reducir el «problema de simultaneidad».

El ataque conjunto de EE.UU. e Israel producido en febrero de 2026, de mayor entidad que el de la «guerra de los doce días», puede interpretarse en esta clave estratégica: la percepción de un gobierno iraní debilitado hacía plausible la posibilidad de que una ofensiva relativamente rápida pudiese neutralizar al régimen de los ayatolás como una potencia regional en Oriente Medio que agrava el escenario de múltiples frentes simultáneos.

A esto cabe sumar la posibilidad de debilitar el suministro petrolífero a China. Una ofensiva exitosa y breve, junto a la consolidación de los Acuerdos de Abraham entre Israel y los países del golfo Pérsico —encabezados en este sentido por Emiratos Árabes Unidos—, permitirían que Oriente Medio quedase en un equilibrio lo suficientemente estable y favorable a Estados Unidos como para completar una retirada profunda y duradera de fuerzas estadounidenses.

Sin embargo, la Administración Trump afronta ahora el riesgo de verse arrastrada hacia un conflicto regional prolongado que, de convertirse en una nueva forever war, desestabilizaría el conjunto de la estrategia trazada y agravaría precisamente el problema de simultaneidad que pretendía resolver.

La lógica del burden shifting se aplica también a Europa: EE.UU. trasladará a los países europeos el peso operativo de la OTAN para que asuman la defensa convencional del continente, especialmente frente a Rusia, considerada una «amenaza persistente pero manejable para los países de Europa oriental».

El argumento central es estructural: los miembros europeos de la OTAN superan ampliamente a Rusia en escala económica y población, lo que les otorga un poder militar latente suficiente para afrontar a Moscú si se traduce en capacidades efectivas. Europa sigue siendo relevante, pero su peso relativo en la economía global es decreciente, lo que refuerza la prioridad asiática para Washington.

Esta lógica cristaliza en lo que el propio Colby, en la reciente Conferencia de Múnich, denominó como la «OTAN 3.0».

En su discurso, Colby plantea que para esta tercera etapa «una OTAN en la que Europa sea el principal defensor convencional del escenario europeo, respaldada por el poder estratégico y el alcance global de Estados Unidos»14, más parecida a la «OTAN 1.0» de la Guerra Fría, basada en un realismo intransigente y un reparto de cargas efectivo para derrotar a la URSS, que en la «OTAN 2.0» del periodo unipolar.

Esta habría sobrepasado su mandato al desarmar el continente y enfocarse en defender un «orden internacional basado en normas» en misiones fuera del continente, en las que EE. UU. aportaba el grueso de los recursos.

En ambos casos, el traslado de cargas no implica «abandono», sino una reconfiguración: Estados Unidos conserva la cúspide estratégica —disuasión nuclear y capacidades convencionales de alta gama, como los B-52 empleados en Irán—, mientras los aliados asumen la gestión convencional de sus entornos inmediatos15.

Esta redistribución de responsabilidades libera recursos de EE.UU. para la competencia con China.

Las implicaciones para Taiwán

Es posible observar los primeros desarrollos de la «estrategia de denegación» en Asia. Corea del Sur recibe un «estatus especial» en la EDN, no principalmente centrado en la rivalidad con China sino en asumir la defensa convencional frente a la República Popular Democrática de Corea. En este sentido, Seúl se ha comprometido a elevar su gasto militar del 3,5% al 5% del PIB y a asumir la dirección del OPCON, el centro de coordinación militar con Estados Unidos en la península de Corea16.

En Japón, pieza fundamental de la primera cadena de islas, la consolidación de Sanae Takaichi como primera ministra puede ser vista como un avance para la estrategia estadounidense, pues el Gobierno nipón ha aumentado hasta el 2% su gasto militar, se muestra dispuesto a revisar el contenido «pacifista» de la Constitución japonesa y ha hablado abiertamente de defender Taiwán en caso de un ataque chino.

Sin embargo, donde mayores implicaciones puede tener el reajuste doctrinal es en el caso de Taiwán. La isla juega un papel central en la doctrina realista: ocupa el centro de la primera cadena de islas y divide el Pacífico en dos teatros diferenciados. Una eventual reunificación —objetivo innegociable para la República Popular China— alteraría de forma significativa la arquitectura de seguridad regional.

A esto hay que sumar que en Taiwán se concentran las fábricas más avanzadas de fabricación de semiconductores esenciales para la fabricación de chips de alta tecnología.

La Administración ha mantenido una ambigüedad estratégica sobre la respuesta directa ante un ataque chino, pero al mismo tiempo ha impulsado medidas coherentes con la lógica de denegación. Entre ellas destacan el refuerzo del gasto taiwanés en defensa —apuntando hasta el 10% del PIB—, que incluye la adquisición de algunos de los mayores paquetes de material militar —especialmente destinado a la defensa asimétrica— en la historia de la isla, así como la presión para diversificar o relocalizar parte de la producción de semiconductores estratégicos hacia territorio estadounidense.

En conjunto, todo apunta a que, en el caso de un eventual ataque chino sobre Taiwán, la respuesta de Estados Unidos no podría ser como en la crisis del Estrecho de 1995-1996, cuando Estados Unidos pudo imponer sencillamente su superioridad naval incluso en el Estrecho, frente a las costas de China.

Lo que busca la estrategia de Trump es reducir la exposición estadounidense ante una eventual victoria china —asegurando el suministro de semiconductores y negándoselo a China—, mientras eleva los costes para Pekín.

El reforzamiento militar de Japón y Corea del Sur, o la preparación de Taiwán para una resistencia prolongada, podría arrastrar a Pekín hacia el tipo de desgaste en el que se ha visto atrapada Rusia en Ucrania —dilapidando así su inercia ascendente—.

Al mismo tiempo, la política de Trump complica el enfoque de «paciencia estratégica» que Pekín ha practicado respecto a Taiwán. Hasta ahora, Pekín ha operado bajo la premisa de que el tiempo jugaba a su favor y de que su creciente poder económico, militar e incluso ideológico permitiría eventualmente una toma segura de Taiwán, incluso por medios pacíficos.

Pero si Pekín interpreta el rearme regional o la relocalización de la producción de semiconductores como señales de que la ventana de oportunidad se estrecha, algunos analistas apuntan a que el Gobierno chino podría verse presionado a reconsiderar su calendario estratégico antes de perder su ventaja relativa en la región.

Conclusiones

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2026 formalizan un giro doctrinal de alcance estructural en la política exterior estadounidense. En el plano teórico, suponen la consolidación de una lectura realista del sistema internacional que abandona el universalismo liberal dominante tras la Guerra Fría y asume la competencia entre grandes potencias como principio organizador del orden mundial.

La legitimidad de la acción exterior deja de anclarse en la promoción de valores y se vincula directamente a la preservación del poder relativo y la soberanía nacional.

En el plano estratégico, la rivalidad con China se concibe como estructural y prolongada. Más que buscar una restauración de la primacía unipolar, la nueva doctrina asume una bipolaridad asimétrica y orienta la acción estadounidense hacia la gestión de ese equilibrio en el largo plazo.

La estrategia de denegación en el Indopacífico, inspirada en los planteamientos realistas contemporáneos, se articula sobre la reconstrucción de la base industrial de defensa y la redistribución de cargas hacia los aliados.

En el plano geopolítico, el denominado pivote hemisférico constituye la innovación más visible: la consolidación del hemisferio occidental como retaguardia estratégica prioritaria.

El control de enclaves críticos —desde el canal de Panamá hasta Groenlandia— y la limitación de la penetración china en el continente americano aparecen como condición previa y prioridad táctica para sostener la competencia en el teatro decisivo del siglo XXI.

Guillermo Gómez Moreno
Analista de Estrategia Internacional

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] COLOM-PIELLA, Guillem. De la hegemonía liberal al America First doctrinal: la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025. Documento de Opinión IEEE 110/2025.
[2] MÁRQUEZ DE LA RUBIA, Francisco. La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (2025): análisis y comparativa con la ESN 2022. Documento de Análisis IEEE 84/2025.
[3] MEARSHEIMER, John. The Tragedy of Great Power Politics. Nueva York, W. W. Norton & Company.
[4] PALMER, Alexander, CARROLL, Henry y VELAZQUEZ, Nicholas. «Unpacking China’s naval buildup», Center for Strategic International Studies. 2024. https://www.csis.org/analysis/unpacking-chinas-naval-buildup.
[5] JONES, Seth. «China is Ready for War», Foreign Affairs. October 2024. https://www.foreignaffairs.com/china/china-ready-war-america-is-not-seth-jones
[6] BELIN, Cèlia, RUGE, Majda y SHAPIRO, Jeremy. «Imagining Trump 2.0», European Council on Foreign Relations. 2024. Disponible en: https://ecfr.eu/publication/imagining-trump-2-0-six-scary-policy-scenarios-for-a-second-term Nota: Todos los hipervínculos de este artículo se encuentran activos con fecha de 29 de abril de 2026.
[7] VELEZ-GREEN, Alex y PETERS, Robert. «The Prioritization Imperative», The Heritage Foundation. 2024. Disponible en: https://report.heritage.org/sr288
[9] Esto no significa que la visión de Colby sea la única que siga el ejecutivo americano, como ejemplifica el ataque contra Irán en junio de 2025. COLOM-PIELLA, Guillem. De la hegemonía liberal al America First doctrinal: la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025. Documento de Opinión IEEE 110/2025.
[10] COLBY, Elbridge. The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict. New Haven, Yale University Press, 2021.
[11] CHAN, Kyle et al. «What happened when Trump met Xi?», Brookings Foundation. 2025. Disponible en: https://www.brookings.edu/articles/what-happened-when-trump-met-xi/
[12] DEL AMO, Pablo. «Elbridge Colby: “Estados Unidos no está preparado para una guerra de alta intensidad con China”», Descifrando la Guerra. 2023. Disponible en: https://www.descifrandolaguerra.es/elbridge-colby-ex-asesor-del-pentagono-estados-unidos-no-esta-preparado-para-una-guerra-de-alta-intensidad-con-china/
[13] En este sentido, el Gobierno israelí ha anunciado la pretensión de sustituir la ayuda militar estadounidense por compras directas de material en una década. PLITNICK, Mitchell. «Why Netanyahu says he wants to stop U.S. aid to Israel», Mondoweiss. 2026. Disponible en: https://mondoweiss.net/2026/01/why-netanyahu-says-he-wants-to-stop-u-s-aid-to-israel/
[14] COLBY, Elbridge. «OTAN 3.0: la doctrina Colby para reformar la Alianza Atlántica», Le Grand Continent. 2026. Disponible en: https://legrandcontinent.eu/es/2026/02/13/otan-3-0-la-doctrina-colby-para-reformar-la-alianza-atlantica/
[15] En esta línea apunta el «protocolo PURL», aprobado en 2025, por el que Europa asumió la práctica totalidad de la ayuda transatlántica militar a Ucrania, tanto en envíos de armas propias como en compra de material bélico estadounidense. En Múnich se ha anunciado también que los principales centros de mando de la OTAN en Europa pasarán a ser liderados por países europeos.
[16] WORK, Clint. «Beyond the Peninsula: What OPCON Transfer Means for the Indo-Pacific», The Diplomat. 2026. Disponible en: https://thediplomat.com/2026/02/beyond-the-peninsula-what-opcon-transfer-means-for-the-indo-pacific/
    • Asegurar la retaguardia para competir en Asia: el pivote hemisférico en la estrategia estadounidense frente a China (0,2 MB)

    • Securing the Backyard to Compete in Asia: The Hemispheric Pivot in U.S. Strategy Toward China (0,2 MB)