IEEE. América Latina ante un cruce de caminos

Ilustración de una calle en América Latina que muestra la preocupación social bajo un cielo donde se cruzan las influencias geopolíticas de China y EE.UU.

23 jun 2026

IEEE. América Latina ante un cruce de caminos

Guillermo Fernández de Soto. Presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI), exministro de Relaciones Exteriores (1998-2002) y exembajador ante Naciones Unidas. Andrés Rugeles. Vicepresidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI), exembajador y representante alterno ante Naciones Unidas

Este documento se basa en las reflexiones realizadas en el proyecto «América Latina en el mundo» que fue desarrollado en la Universidad de Oxford y la London School of Economics (LSE). A partir de esa iniciativa, se han publicado una serie de columnas de opinión en prensa y artículos en revistas especializadas, así como los siguientes tres libros en serie: Rugeles, A. (2024), América Latina: la visión de sus líderes; Fernández de Soto, G. y Rugeles, A. (2024), América Latina en el mundo: 21 ideas para la reflexión y acción y Fernández de Soto, G. y Rugeles, A. (2026), Colombia Global: una política exterior para la seguridad y el desarrollo.

Introducción

América Latina se encuentra ante un cruce de caminos no solo en el plano regional e internacional, sino también en el nacional. La manera cómo los enfrente definirá —en gran medida— su prosperidad y futuro en las próximas décadas.

El entorno global está caracterizado por la fragilidad, polarización y fragmentación, bajo la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, seguida por países revisionistas como Irán y Rusia. Esta rivalidad podría conducir al mundo a un escenario de cooperación reducida y de guerra comercial y tecnológica con consecuencias aún por descifrar.

La «geopolítica de la incertidumbre» ha regresado con un inusitado ímpetu, especialmente con el arribo de la segunda administración del presidente Trump a Washington en enero de 2025 y su interés en recuperar liderazgo y poder. Por su parte, América Latina navega en medio de la reinterpretación y reactivación de la Doctrina Monroe y los debates hemisféricos sobre migración, narcotráfico, comercio y recursos minerales y energéticos.

En este marco, el presente documento estudia los retos geopolíticos de la inserción internacional de América Latina. Lo hace a partir del análisis del contexto global y los riesgos con el fin de analizar los retos de la integración regional y la construcción de una vía latinoamericana sobre valores y principios. Esta aproximación permitirá relacionarnos de forma constructiva con los principales actores del orden global, como Estados Unidos, China, la Unión Europea y la India. Su enfoque es analítico y propositivo de cara al 2050.

Riesgos políticos mundiales

El 2026 se podría definir en tres palabras: reajuste, adaptación y conflicto. Para International Crisis Group, el «mundo parece abocado a un cambio de paradigma. La cuestión es si ocurrirá en las mesas de negociación o en los campos de batalla».

Esta conversión de paradigma representa un cambio de época, que es un punto de inflexión y se refleja en los retos políticos emergentes. Se ha entrado en una nueva fase histórica que determinará las relaciones exteriores, sino también las formas de gobernar al interior de los países, de socializar y producir.

De acuerdo con el más reciente informe del Grupo Eurasia, se tienen previsto a lo largo del año una serie de riesgos que se desarrollarían, entre los cuales se destacan:

  1. El funcionamiento de las tecnologías de la economía del siglo XXI se sustenta en electrones, como lo son los vehículos eléctricos, los drones, los robots, las redes inteligentes, el almacenamiento en baterías y la inteligencia artificial. Los fundamentos de esta nueva economía del siglo XXI generarán desplazamiento de naciones y relaciones de dependencia.
  2. La adopción, por parte de empresas, de inteligencia artificial, de modelos de negocio extractivos que podrían amenazar la estabilidad social y política de países.
  3. La trampa de la deflación de China y sus políticas de fomento a las exportaciones a los mercados mundiales con productos baratos suponen un enorme reto.
  4. La amenaza a Europa como consecuencia de la guerra de Rusia contra Ucrania y sus efectos sobre la seguridad continental y la OTAN, así como del vacío dejado por la retirada de Estados Unidos son motivo de preocupación.
  5. El acceso al agua se constituye en una fuente de profundas y peligrosas rivalidades y conflictos en el mundo.

Debe subrayarse que la competencia económica y comercial entre las grandes potencias se ha trasladado al terreno de la tecnología, biotecnología y la IA. Se espera que esta rivalidad se incremente y agudice con el tiempo. El país o el bloque que logre una ventaja significativa en estas esferas asumirá el liderazgo en la nueva geopolítica mundial. Esta es la dimensión de este reto y lo que está en juego.

Por esta razón, Estados Unidos y sus aliados han impuesto toda una serie de restricciones a las exportaciones hacia China y de controles a las inversiones, con el fin de limitarle al gigante asiático la posibilidad de adquirir diferentes equipos y software que son críticos para la fabricación de semiconductores. Por su parte, Beijing ha respondido con la imposición de restricciones a la exportación de minerales clave para la fabricación de semiconductores y baterías de litio.

El proteccionismo tecnológico también está presente en otros países del sur global, pero con la lógica de promover inversiones y proteger sus productores locales. Estos países tendrán que escoger en el futuro si pertenecerán a la órbita (nube) estadounidense o china, lo cual sería lo más parecido a un escenario de «guerra fría tecnológica».

A pesar de todas las restricciones impuestas y los embargos a las exportaciones de microprocesadores, China sigue avanzando en su carrera. Sorprendió al mundo con el lanzamiento de DeepSeek (rival de ChatGPT). Esta aplicación china se ha constituido en un factor disruptivo que acaba con el dominio de Silicon Valley y abre el mercado a nuevos actores. Entre sus características están su uso gratuito y código abierto, lo que contribuye a la proliferación de nuevos desarrolladores y genera un impacto positivo para la productividad.

El reto de la integración regional

¿Es posible pensar en una integración ambiciosa en la esfera latinoamericana en tiempos de tensión geopolítica en los que las naciones y los bloques regionales refuerzan sus muros hacia el exterior? La respuesta es sí: de hecho, la región puede aprovechar este escenario, pudiendo incluso plantear un nuevo paradigma en este sentido.

Los equilibrios de poder están cambiando y se incrementan los niveles de turbulencia por cuenta de rivalidades con naciones emergentes provenientes del sur global. Así, en los círculos académicos y de economía política se analiza una «nueva globalización» o una suerte de «desglobalización» profundizada por las consecuencias de la aceleración de la Cuarta Revolución Industrial.

En efecto, Raghuram G. Rajan, exgobernador del Banco de la Reserva de India ha resaltado cómo la relación entre las exportaciones mundiales de bienes y servicios y el PIB mundial alcanzó su punto máximo en 2008 y ha tenido desde entonces una tendencia a la baja. Asimismo, las dos economías más grandes del mundo se han vuelto cada vez más hostiles, tratando de reducir su dependencia entre sí por bienes y servicios. Desde la crisis financiera mundial de principios de este siglo, se han promulgado cinco veces más medidas proteccionistas en todo el mundo que liberalizadoras.

De manera concomitante, se observan las oportunidades que se generarían con la reestructuración de las cadenas globales de suministro y la migración hacia economías cada vez más verdes.

Las actividades de relocalización de operaciones podrían generarle a la región la suma de USD 78.000 millones de dólares adicionales al año en exportaciones de bienes y servicios, en sectores como industria automotriz, textiles, farmacéutica y energías renovables. México y Brasil serían los ganadores (Banco Interamericano de Desarrollo).

Enfoque multidimensional

América Latina tiene una enorme tarea por cumplir para avanzar en la integración y redoblar su apuesta, bajo un enfoque multidimensional y los principios de «geometría variable» y «regionalismo interdependiente». Un espacio regional altamente integrado permitiría reducir la exposición a los cambios en las políticas comerciales y productivas de los principales socios extra regionales.

El valor de estos instrumentos fue entendido décadas atrás por Europa y los países de Asia del Este. Lograron avanzar de manera decidida. El comercio intrarregional en Europa representa el 65% del comercio total, en Asia del Este está alrededor del 50%, mientras que el intra-América Latina alcanza solo el 17%. Igualmente, los asiáticos lograron desarrollar —a diferencia de nuestra región— cadenas de valor ágiles y con enorme valor agregado, resilientes y con capacidad de detección de los riesgos externos, en sectores como bienes de consumo, equipos de salud, tecnología agrícola, servicios de fabricación electrónica, entre otros.

América Latina no ha logrado afianzar su integración a lo largo de décadas, lo cual es motivo de frustración. La profundización del proceso debe enfrentar enormes desafíos, tales como: 1) la politización y las burocracias; 2) la fragmentación de la región y la falta de cohesión interna; 3) las sensibilidades frente al libre comercio y las ataduras ideológicas del pasado; 4) la falta de flexibilidad de los esquemas institucionales y de convergencia entre los mismos; 5) la pérdida de terreno en los flujos mundiales de comercio e inversión, la reducción actual de los niveles de integración y el debilitamiento deliberado de esquemas exitosos, tales como la Alianza del Pacífico.

Un imperativo político y una agenda integral

En respuesta, la integración exige concebirse no como una opción, sino como un imperativo político. Es una aspiración que tiene un sentido estratégico y una agenda integral. Debe estar al margen de las discusiones entre izquierda y derecha. Igualmente, requiere unirnos en torno a una visión conjunta en temas centrales y sobre «mínimos comunes».

Este proyecto tiene como ejes centrales la transformación productiva, las cadenas de valor y comercio, la infraestructura y logística, la formación de capital humano, una inversión extranjera de calidad, entre otros.

La región está llamada a redoblar la apuesta por una integración renovada y ratificar el valor de la democracia, la cooperación y el multilateralismo. Solo así se tendrá una voz activa y conjunta en los principales foros y temas de la agenda internacional que aseguren un espacio relevante. Los ciudadanos latinoamericanos así lo desean. Más de un 70% apoya la integración e inserción internacional.

Con el fin de impulsar una mayor integración de América Latina, se deben tomar en consideración los siguientes elementos —sobre la base del respeto a la institucionalidad y unas reglas estables y comunes de juego— para el desarrollo de una agenda integral.

  1. Transformación productiva: se requiere potenciar la transformación productiva, con el objeto de incorporar mayor valor agregado y tecnología en los productos, bajo los principios de sostenibilidad ambiental y economía circular. Los esfuerzos se deben dirigir a aumentar la productividad y competitividad. La ruta es la transición desde un modelo de ventajas comparativas a uno de ventajas competitivas, que contribuya a romper las barreras de la «trampa de los países de ingreso medio».
  2. Cadenas de producción global y comercio: tres elementos —posición geográfica, fuerza de trabajo y respeto a los derechos de propiedad intelectual— le otorgan a la región una enorme oportunidad en su inserción en el mundo.
    Es vital una mayor especialización, desarrollar nuevos sectores e incorporar mayor valor en los encadenamientos para que las empresas —especialmente las pequeñas y medianas— tengan un efecto multiplicador sobre el empleo y bienestar. Asimismo, las empresas multilatinas son esenciales para jugar en las grandes ligas.
  3. Impulso a la infraestructura y logística: se constituyen en uno de los principales cuellos de botella y déficits para una integración profunda. La inversión pública en este rubro en la región es solo del 3,5% vs. 7% en Asia meridional o 18% en China.
    Existe consenso sobre la necesidad de duplicar y mejorar la calidad de las inversiones en transporte, energía, comunicaciones y digitalización, las cuales deben ser superiores al 6% del PIB al año. Los países del Sudeste Asiático le asignan un 7,9% de su PIB. Este esfuerzo debe ser realizado de manera conjunta entre los sectores público y privado, con el apoyo de la banca multilateral e instituciones bilaterales, mercados de capital, fondos, entre otros.
  4. Formación de capital humano a todo nivel: nuestras sociedades deben elevar el nivel y la calidad de la educación. Se requiere fortalecer los sistemas educativos y adaptar el capital humano a las necesidades actuales y de la revolución digital del siglo XXI.
    Se debe ir más allá del marco educativo tradicional de universidades y escuelas técnicas. Esto implica implementar esquemas innovadores de especialización y capacitación continua, lo cual permitiría responder a las profundas transformaciones que se están produciendo en los procesos productivos, logísticos y de distribución.
  5. Financiamiento: América Latina requiere mayores niveles de ahorro e inversión —tal como lo han hecho los países asiáticos— y la construcción de sistemas estables y profundos que son vitales para brindar financiamiento y diversificar riesgo.
    Igualmente, las multilaterales son clave, no solo por los recursos de mediano y largo plazo que pueden proporcionar a la región en condiciones favorables, sino por el papel catalizador que desempeñan y el conocimiento que generan.
    Instituciones como CAF, BID y BM están llamadas a asumir este reto de una forma integral y dinámica.

La ventana de oportunidad que tiene la región no puede ser desperdiciada nuevamente. Por ello, Gobierno, sector privado y sociedad civil están llamados a trabajar de forma estrecha y coordinada para estar a la altura de los desafíos de nuestro tiempo, pensar en el bien colectivo y generar amplios consensos para la construcción de estrategias de largo plazo.

Se necesita audacia, pragmatismo y visión. Las oportunidades están ahí. Negarse a aprovecharlas sería abiertamente desacertado y supondría negarles a los latinoamericanos la posibilidad de vivir mejor a partir de una integración que llama y a la que vale la pena darle una oportunidad de expandirse.

El reto de construir una vía latinoamericana de inserción en el mundo

En los próximos años y décadas, las dimensiones militares, económica y de desarrollo —que incluye elementos transversales como la tecnología, el medio ambiente y la energía— se verán condicionados por los movimientos en la nueva geopolítica y geoeconomía, así como por la crisis global alimentaria, de combustible y financiera; el cambio climático y el agua, y el uso de la inteligencia artificial en diversas esferas de la vida.

Es un hecho que el eje de poder se está moviendo de Occidente a Asia: para 2060, este continente albergará más del 55% del PIB mundial y concentrará cerca del 53% de la población, con sólidas clases medias y un avanzado proceso de urbanización (seis de las diez más grandes del mundo).

La interacción de todos estos elementos es, al menos de forma parcial, causa y efecto de una reconfiguración en el sistema internacional —en su funcionamiento, sus actores principales y las dinámicas de poder que tienen lugar—. El excanciller español Josep Piqué describió el proceso como una recomposición de fuerzas a nivel global desde la perspectiva de actores estatales y no estatales, así como de rivalidad por el poder o la influencia sobre determinados territorios y sus poblaciones. En la práctica, un escenario menos occidental en su centro de gravedad como consecuencia del fortalecimiento de actores como China. Lo denominó un mundo de «síntesis posoccidental», en donde se daría una convivencia entre las potencias (en declive y en surgimiento) y de convergencia de valores, ideas y creencias.

Nos enfrentamos a diferentes visiones en torno a cómo organizar la sociedad y construir un orden de las relaciones internacionales. G. John Ikenberry, profesor en la Universidad de Princeton, describe cómo el ascenso de nuevos actores conlleva nuevas coaliciones, arreglos institucionales y formas de cooperación multilateral. Estas dinámicas, agrega, podrían también fortalecer los espacios regionales de gobernanza. En cualquier caso, en ausencia de mejores alternativas, la organización multilateral del sistema global mantiene su relevancia.

Es en ese mundo complejo en el que América Latina debe insertarse de forma inteligente. Y debe hacerlo al tiempo que crece y trabaja por la superación de las trampas en materia de pobreza y desigualdad, consolidación de un nuevo modelo productivo, cambio climático y fortalecimiento de sus instituciones democráticas ante los desafíos del narcotráfico y del crimen organizado trasnacional.

La región tiene el imperativo de aprovechar su enorme potencial. En efecto, no se puede hablar de cambio climático sin América Latina. Somos el pulmón del mundo y parte de la solución. La Amazonía absorbe una cuarta parte del CO2 del planeta. Nuestra matriz eléctrica es una de las más limpias con un 61% de fuentes renovables. En minerales, ostentamos el 60% de las reservas de litio del mundo, el 50% de cobre y el 39% de la plata, como elementos críticos para la transición energética. En alimentos, somos el granero del mundo al ser la mayor región exportadora. Adicionalmente, es la región más dinámica después de la India en capital de riesgo y unicornios.

La inserción de la región en el mundo, a la par de la integración entre sus países, es un reto sistémico de la mayor importancia —tal vez, uno de los mayores de nuestra historia común—, pues de este dependen el éxito y la proyección en el tiempo de los avances que se alcancen a nivel intrarregional.

La construcción de una vía latinoamericana de inserción internacional («Latin American Way») constituye un desafío y una oportunidad para tener las mejores relaciones, de forma simultánea, con los principales actores internacionales, así como una participación activa e incidente en los foros y mecanismos internacionales más relevantes.

Para alcanzar una visión integral, resulta especialmente relevante el principio rector del respice omnia (mirar al conjunto, mirar al universo)1. Este concepto se contrapone al respice polum, que implicaría mirar solo a un centro de poder —polo— y al respice similia (mirar a sus semejantes) que terminaría por limitarnos en la conversación global. América Latina está llamada, por ende, a estar presente en todas las plataformas posibles a nivel internacional. El único camino posible está en la cooperación, la solidaridad y el multilateralismo.

¿Cómo lograrlo?

Son cinco los elementos que deben guiar la construcción de una política exterior latinoamericana en un escenario global en el que la autonomía e interdependencia estratégicas y la pluralidad son elementos cada vez más determinantes.

  1. Defensa de los principios democráticos: la política internacional refleja la interacción de una serie de intereses cruzados que se sobreponen, complementan o retroalimentan unos a otros, pero es también un asunto de valores —si se quiere, el trabajo para materializar una visión del mundo—. En este sentido, defender los principios, instituciones y prácticas democráticas debe ser la punta de lanza y la base de toda acción.
  2. Pragmatismo: el eje del equilibrio está en el pragmatismo derivado de una visión multidimensional y multilateral del sistema internacional —una agenda que privilegia la cooperación sobre la confrontación—. Balancear la relación con los principales actores globales sin renunciar a los intereses y los principios es posible. Asimismo, abordar temas claves como medio ambiente, derechos humanos, migraciones, desarrollo, comercio e inversiones, lucha contra el problema mundial de las drogas, tráfico de armas, entre otros.
  3. Unidad de propósito: para que la vía latinoamericana sea posible, se requiere unidad de propósito. La construcción de agendas comunes que no impliquen la anulación de los legítimos propósitos e intereses de cada país es una base fundamental. Del diálogo y la coordinación depende alcanzar una adecuada representatividad. Esto, por supuesto, se cruza también con el avance de un paradigma: el sur global.
  4. Respeto por las normas del derecho internacional: al igual que la defensa de los principios democráticos, el respeto a las normas y los principios del derecho internacional debe ser un principio indeclinable de este proceso. El apego a las reglas de juego —su protección y robustecimiento— ha caracterizado la política exterior latinoamericana, así como sus contribuciones e influencia en favor del desarrollo progresivo del derecho internacional. Es un elemento central que está en el ADN de la región, y no es momento de claudicar en ello.
  5. Defensa y fortalecimiento de un multilateralismo renovado: este concepto es central y debe ser un marco que reúna todas las acciones. El camino para abordar los retos presentes y futuros —un buen comienzo para avanzar en la atención de los crecientes puntos de tensión en el panorama internacional— reside en un multilateralismo renovado. Como si de una gran sombrilla se tratase, un multilateralismo reforzado tendrá la capacidad de acoger las diversas dinámicas generadas en los ejes de la gobernanza global, en los cuatro puntos cardinales.

La región frente a los grandes actores a nivel mundial

En su libro La nueva soledad de América Latina, el expresidente Ricardo Lagos, el excanciller Jorge Castañeda y el intelectual Héctor Aguilar Amín lanzan una clara advertencia que es cada vez más pertinente: nuestra región puede estar entrando en un nuevo periodo de aislamiento.

La posibilidad de una nueva soledad de América Latina pone en riesgo los avances alcanzados y amenaza con marginarnos de una dinámica que, a todas luces, requiere involucramiento activo y agendas en común.

Somos parte de un planeta en transición. Los tiempos actuales demandan acción a partir de dos elementos: entendimiento del presente y visión de futuro. Comprender los cambios en el orden internacional desde una perspectiva realista y constructiva que privilegie la acción colectiva es la base para introducir arreglos institucionales duraderos. Los problemas mundiales requieren soluciones e instituciones globales.

Desde esa perspectiva, superando el cortoplacismo político y la polarización, América Latina puede comenzar a encontrar su vía en el mundo, una que impida un periodo de aislamiento y potencie su voz, vibrante, joven y llena de potencial. La región debe construir su propia vía de integración que le abra las puertas a una mayor prosperidad y bienestar. Debe establecer una relación constructiva y propositiva con los principales actores del orden global, como Estados Unidos, China, Unión Europea y la India, en el marco de un multilateralismo renovado. La llave está en nuestras manos, en las de nadie más.

América Latina, Estados Unidos y China: tenso tango entre tres

Los movimientos de las placas tectónicas de la política internacional están conduciendo a la configuración de un sistema de complejidad múltiple con velocidades y alcances diversos en sus dimensiones: política, militar, económica y de temas transversales. El reconocido profesor Amitav Acharya ha descrito este proceso como un «mundo múltiplex». Como si se proyectasen de forma simultánea varias películas en distintas salas de cine, la gobernanza global y el orden reposan en manos de múltiples actores y se determina por elementos transversales, como el alcance geográfico, el liderazgo y los equilibrios de poder. Sus repercusiones a nivel local no se detienen y dejan en claro las grandes líneas por las que América Latina deberá manejarse hacia futuro en su relacionamiento externo.

Está claro que se está bajo un nuevo contexto, marcado no solo por el declive hegemónico de las potencias de la Guerra Fría, sino también por la necesidad de redefinir el rumbo de las relaciones en el continente, a partir de una agenda integral, constructiva y que beneficie a todas las partes. Algunos de sus elementos clave son los siguientes:

Declive hegemónico

La transición de Occidente a Asia Pacífico está conduciendo al globo a nueva etapa histórica. El rol hegemónico de Washington entra en el siglo XXI en un proceso de cambio, en el cual el poder global se comparte.

A pesar de sus tensiones políticas internas y desigualdades sociales, Estados Unidos continúa y continuará jugando un rol muy importante de liderazgo. Lo hará en términos económicos, políticos, militares e intelectuales.

El tema central no es el «descenso» de América o el interés en «Make America Great Again», sino la emergencia de otros actores. La bipolaridad entre Estados Unidos y China marcará la pauta en un mundo en transición. Los términos y el alcance del poder blando, y la credibilidad y capacidad para crear redes e influir estarán bajo escrutinio.

Competencia estratégica China-Estados Unidos

Esta tendencia se ha acentuado en los últimos años al iniciar Beijing una ofensiva hacia América Latina de forma cada vez más abierta, activa y contestataria.

El Dragón ha invitado abiertamente a países de la región a unirse a proyectos estratégicos para su proyección como la «Iniciativa de la Franja y Ruta», la «Iniciativa de Desarrollo Global», la «Iniciativa Global de Seguridad», la «Iniciativa Global de Civilización», y la más reciente «Iniciativa para la Gobernanza Global». El énfasis económico y comercial ha primado para la obtención de recursos naturales y bienes primarios, apertura de nuevos mercados e inversiones en infraestructura, innovación, tecnologías y telecomunicaciones.

Su estrategia le ha permitido constituirse en el primer socio comercial de América del Sur y en el segundo socio de América Latina —después de los Estados Unidos—, inundar los mercados locales con bienes de consumo e intermedios, y desarrollar una importante influencia en materia de inversión extranjera directa en sectores estratégicos, tales como el eléctrico. Las cifras hablan por sí solas: el comercio bilateral total superó los US$ 450.000 millones en el 2025.

Por su parte, Estados Unidos ha mantenido con China una relación cuyas tensiones se incrementaron con la pandemia del COVID-19 y el ascenso del presidente Xi Jinping y su visión más ambiciosa alrededor de democracia iliberal, mayor control y represión, y un capitalismo de Estado. Competencia y rivalidad estarán en el orden del día, al igual que el desacoplamiento. Para algunos analistas como Wang Huiyao, presidente del Centro para la China y la Globalización en Beijing, este proceso se ha tornado irreversible y puede conducir al «rompimiento del sistema en dos partes».

La administración del presidente Trump ha mostrado interés en recuperar nuevamente el terreno perdido en América Latina. Para ello, ha forjado nuevas alianzas y ha encontrado socios como Argentina, El Salvador, Ecuador y Paraguay. La nación del norte se ha mantenido como el principal actor comercial de la región y ha consolidado su posición como el mayor inversionista, responsable de un 38% del valor invertido en 2024.

Nueva dinámica de las relaciones hemisféricas

A finales de finales de 2025, Estados Unidos lanzó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional que marca un punto de inflexión de enorme magnitud al cuestionar los supuestos que estructuraron la política exterior estadounidense desde el fin de la Guerra Fría. Este documento realiza una crítica sistemática al internacionalismo liberal y a la idea de hegemonía benevolente y redefine sus intereses nacionales. En particular, considera que las fronteras y las instituciones no solo protegen territorio, sino también la identidad y la soberanía cultural; le apuesta a la reindustrialización y el uso estratégico de los aranceles, y considera que la presencia de actores extrarregionales constituye una amenaza directa a su seguridad.

De acuerdo con expertos, las acciones realizadas en Venezuela con motivo de la operación militar de extracción del narcodictador Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero de 2026, se constituyen en la primera aplicación visible, concreta y sin mediaciones de la nueva doctrina de seguridad hemisférica. «Washington dejó de lado el gradualismo de sanciones, la retórica multilateral y los mecanismos de presión indirecta para actuar bajo una lógica de amenaza transnacional, donde narcotráfico, colapso estatal y alineamientos extrarregionales se combinan para justificar el uso directo de la fuerza».2

Washington ha priorizado los ejes de migración, drogas y seguridad, comercio y recursos energéticos. A esta ecuación, se le deben agregar elementos centrales para la región como la defesa de la democracia, la transición energética, el nearshoring, la transformación digital, entre otros. Este es un ejercicio de proyección de intereses nacionales, que debe dejar atrás las diferencias y tomar en consideración la heterogeneidad, las prioridades y la enorme complejidad política de América Latina.

Para la región, el peor escenario sería quedar circunscrita a una agenda interamericana desvertebrada que solo mire intereses de unos pocos y gire en torno a sanciones, muros y aranceles.

Agenda integral y pragmática

América Latina requiere, por lo tanto, hacer un esfuerzo mayor para estrechar el diálogo, la cooperación y el trabajo conjunto, bajo una agenda integral y pragmática que involucre tanto al sector público como privado. Es un ejercicio de reinvención que tome en consideración la heterogeneidad, las prioridades y la enorme complejidad política de América Latina.

Se trata de construir una agenda de trabajo que trascienda los tradicionales temas y obsesiones en problemas y brinde alternativas. Igualmente, deberá estar acompañada de nuevas herramientas que promuevan la cooperación sobre la confrontación.

El futuro del diálogo hemisférico debería centrarse en, al menos, cinco ejes prioritarios: 1) seguridad ciudadana, crimen organizado y migración irregular; 2) seguridad alimentaria, sistemas agrícolas resilientes y cadenas de suministro inclusivas; 3) seguridad energética, diversificación de fuentes y acceso fiable para los países de la región; 4) seguridad hídrica, destacando la importancia del agua como recurso esencial para el desarrollo sostenible; 5) comercio e inversiones estratégicas, encadenamientos productivos y un sector empresarial innovador.

La democracia, como pilar de nuestro relacionamiento, requiere un capítulo especial y enfoque dado el progresivo deterioro de algunos regímenes de la región y sus tendencias populistas y autoritarias.

En síntesis, la región tiene el desafío estratégico de balancear su relación con Estados Unidos y China. Estas no deben ser opciones excluyentes. Al contrario, son alternativas válidas y compatibles que pueden convivir simultáneamente y contribuir —cada una desde sus fortalezas y virtudes— al bienestar.

Se está frente a un tenso tango para tres: EE.UU., América Latina y China. Este es un baile que, desde sus orígenes a finales del siglo XIX en el Río de la Plata, se constituye en una respuesta y viva expresión de búsqueda de identidad y de libertad. Tiene —al igual que en política internacional— diversos pasos y movimientos, actores e instrumentos, ilusiones e incluso pasiones.

América Latina y la Unión Europea

La relación entre América Latina y la Unión Europea atraviesa una serie de desafíos por cuenta de diversos vectores que interactúan en tiempos y velocidades disímiles, generando presión para reconfigurar la relación birregional. Más que una opción, se trata de una necesidad.

Las actuales proyecciones del mundo hacia la mitad del presente siglo no dejan bien posicionadas a ninguna de las dos regiones y la irrelevancia es una amenaza latente.

La Unión Europea enfrenta hoy el reto de redefinir su rol de liderazgo en un contexto internacional en transformación. Esta década será decisiva para su proyecto y la reconstrucción de su rol geopolítico, en un ejercicio que combine capacidades militares y poder blando.

Las denominadas «cuatro guerras» en simultáneo (invasión de Rusia a Ucrania, ofensiva arancelaria de los Estados Unidos, tensiones con China y la situación de Gaza) están afectando a la Unión Europea, profundizando el imperativo de redefinir la relación trasatlántica, los nuevos socios y la cooperación, la autonomía estratégica, la política de seguridad externa y soberanía, la seguridad energética y la competitividad tecnológica.

En palabras del Enrico Letta, ex primer ministro de Italia, el proyecto europeo debe seleccionar entre la unidad o la irrelevancia.

«Ahora es el momento de actuar. Ahora tenemos la “última oportunidad”. Porque nunca como ahora la inercia significa decadencia. Y la inercia nos llevará simplemente a preguntarnos, como países europeos individuales, si queremos ser una colonia estadounidense o china. Somos y seremos europeos; españoles y europeos, italianos y europeos. Nunca seremos una colonia estadounidense o china».

Esta aproximación requiere liderazgo de sus miembros, así como acción colectiva para defender su proyecto comunitario, proteger sus fronteras, preservar la democracia y un orden basado en reglas. Europa debe asumir la responsabilidad de su propia seguridad y defensa, a través de la OTAN, y fortalecer sus relaciones con otros socios extrarregionales.

En este escenario, América Latina se perfila como un socio natural y estratégico para la Unión Europea, tanto en la defensa de los valores trasatlánticos —que son claves para hacer causa común en torno a un mundo más balanceado y menos polarizado— como en la promoción del comercio, las inversiones, la triple transición (verde, digital y energética, con énfasis en el desarrollo humano) y la cooperación internacional.

Sumadas, las dos regiones totalizan sesenta países; mil millones de habitantes; veinticinco millones de kilómetros cuadrados; el 25% del PIB mundial; un comercio bilateral de 406.000 millones de dólares al año; e inversiones birregionales del orden de 1050 billones acumulados. A eso se agregan acuerdos comerciales en vigor con 27 de los 33 países de América Latina y el Caribe, y una tercera parte de los miembros de las Naciones Unidas.

Esto exige ir más allá del encuentro de los líderes de ambas regiones. Se requiere realizar el despliegue de una serie de tareas que ratifiquen el valor de la geometría variable en los instrumentos birregionales; el cabal entendimiento de la heterogeneidad y complejidad política de nuestros países; el apoyo a una mayor convergencia entre los diferentes esquemas de integración, y un trabajo minucioso —casi de relojero— de análisis de las fuerzas y ventanas de oportunidad que se abren y cierran en un nuevo escenario internacional.

Una agenda compartida de trabajo para el siglo XXI

La actual coyuntura global le exige a la UE realizar constantemente un ejercicio de prospectiva y reinvención para alcanzar su objetivo de una autonomía estratégica, a través de una agenda política interna y externa en áreas prioritarias de acción.

En tal sentido, debe señalarse que Europa está encaminando sus esfuerzos en los próximos años, de acuerdo con los informes de prospectiva estratégica de la Comisión, en los siguientes frentes de acción con el ánimo de: 1) garantizar sistemas sostenibles y resilientes de seguridad alimentaria; 2) reducir su dependencia energética; 3) asegurar el suministro suficiente de energía descarbonizada y asequible como elementos centrales para la construcción de economías más verdes y digitales; 4) garantizar y diversificar el suministro de materias primas críticas; 5) desarrollar alianzas en materia de investigación y comercio para garantizar un suministro sostenible y diverso; 6) desarrollar y retener habilidades y talentos que coincidan con las ambiciones de la UE; 7) trabajar con socios globales para promover la paz, la seguridad y la prosperidad para todos; entre otros.

En cada uno de estos planos, América Latina tiene un rol importante que jugar y un capital que aportar. Es decir, la región posee justo lo que la UE necesita para enfrentar sus principales desafíos. Estos elementos, junto con conectividad y digitalización, infraestructura, recursos humanos calificados, democracia y derechos humanos y vigencia del multilateralismo, se constituyen en un ancla para esta nueva dimensión de las relaciones birregionales.

Esta aproximación contribuye no solo para que el diálogo se fortalezca en torno a una relación de región a región, sino también para construir un itinerario positivo y ambicioso que esté concentrado en los siguientes ejes:

  1. Asociación estratégica moderna y sólida.
  2. Estímulo al comercio y la inversión, a través de la iniciativa «Global Gateway» para una transición ecológica y digital justa.
  3. Fomento de sociedades más sostenibles, justas e interconectadas.
  4. Acción conjunta en pro de la justicia, la seguridad ciudadana y lucha contra la delincuencia organizada trasnacional.
  5. Promoción de la paz y seguridad, democracia, estado de derecho, derechos humanos y ayuda humanitaria.
  6. Creación de una asociación interpersonal dinámica para que los seres humanos ocupen un lugar central.

España como socio natural de América Latina y el Caribe está llamada a cumplir una actuación de liderazgo para la plena implementación de esta agenda, la modernización de acuerdos que impulsen flujo de comercio e inversiones hacia la región, el fortalecimiento de la cooperación para el desarrollo, la movilización del sector empresarial, y el impulso a las cadenas globales de suministro.

En la búsqueda de «acontecimientos específicos»

Ambas regiones requieren un salto cualitativo y cuantitativo en su relación multinivel. Deben poner en marcha un ejercicio realista y pragmático que permita pasar de las declaraciones políticas a los hechos concretos, en torno a iniciativas y proyectos que den vida y vuelo al proyecto de asociación estratégica. Se requiere incluir y priorizar nuevos ámbitos de interés como la seguridad y migración.

Las dos regiones deben acelerar sus esfuerzos en favor de la triple transición verde, digital y energética, con énfasis en el desarrollo humano, con hechos concretos, impactos medibles y beneficios tangibles para las poblaciones de ambos continentes. De manera especial, se requiere impulsar y reequilibrar las cadenas globales de valor estratégico.

A continuación, se indican algunas líneas de trabajo y cooperación que desde la perspectiva de América Latina son más que necesarias y que coinciden con el enfoque europeo de «valores compartidos» y «política pública primero»:

  1. La promoción y defensa de la democracia exige programas conjuntos, pronunciamientos y posiciones firmes frente a los regímenes autoritarios de la región —tanto de izquierda como derecha— que tienen un expediente de violación de derechos humanos y libertades fundamentales.
  2. América Latina y Europa deben redoblar sus esfuerzos en la lucha contra la migración irregular y el crimen organizado trasnacional (problema mundial de las drogas, el tráfico ilícito de armas pequeñas y ligeras, el lavado de activos, la ciberseguridad, entre otros), a partir de la construcción de enfoques amplios, coordinados y bajo el principio de responsabilidad compartida. Los carteles de droga deben ser declarados organizaciones narcoterroristas.
  3. Con base en el Global Gateway y la promesa de movilizar 45.000 millones de euros hasta 2027, es fundamental avanzar en obras en infraestructuras y promover el crecimiento, el empleo, la cohesión social y desarrollo humano, en especial de jóvenes y mujeres. Esta iniciativa, junto con la Alianza Digital, se constituyen en una oportunidad para mejorar la productividad y competitividad de la región, así como para brindar una alternativa a la «Ruta de la Seda» promovida por China.
  4. Se debe avanzar hacia la ratificación y entrada en vigor del Acuerdo Mercosur–UE, más allá de su suscripción en enero de 2026 en Paraguay. Las diferencias internas en algunos países europeos, las presiones de sectores productivos y las visiones encontradas en materia medio ambiental ralentizaron la negociación que tardó veintiséis años. Este acuerdo crea la mayor zona de libre comercio del mundo, con más de setecientos veinte millones de clientes potenciales. Según estimaciones de la UE, se prevé que las exportaciones del bloque comunitario al Mercosur aumenten en un 39%, mientras crezcan un 17% a la inversa. La relación birregional debe pasar a una fase de acción que tome en consideración la nueva geopolítica y criterios como strategic-shoring y energy-shoring.
  5. Se deben impulsar proyectos estratégicos birregionales que fomenten cohesión y sinergias positivas en áreas como ciudades sostenibles, protección de la biodiversidad y canje de deuda por acción climática, habilidades digitales, nuevas tecnologías e IA, educación superior, entre otros.
  6. La reforma de la arquitectura financiera internacional es un área donde las dos regiones tienen el potencial de colaborar y contribuir al diseño de mecanismos de disponibilidad de recursos en momentos de crisis, diseñar mecanismos novedosos de reconversión de deuda asociados a la protección del medio ambiente, fortalecer la banca multilateral regional, y forjar un Nuevo Pacto de Financiación Mundial.

El éxito de esta agenda dependerá de la voluntad política, el pragmatismo y la madurez de los dirigentes de ambos lados del Atlántico y de la capacidad que ostente la Unión Europea de asumir el reto de liderazgo a nivel global —en beneficio de su autonomía y seguridad— y ser una alternativa complementaria a Estados Unidos y China.

América Latina no demanda un paternalismo de Europa ni subsidios ni fórmulas mágicas e imposiciones del viejo continente para solucionar los problemas estructurales. Busca, eso sí, una relación y un trato entre iguales para construir un camino conjunto y próspero.

América Latina y la India

La transición progresiva e irreversible de poder económico hacia Asia no es un fenómeno nuevo. Basta recordar cómo, entre los años 1000 y 1800, China e India se constituyeron en las grandes economías del planeta.

Nueva Delhi emerge como uno de los ganadores. Lo hace no solo en el campo económico al convertirse en una de las locomotoras del crecimiento junto con Beijing, sino también al alcanzar la población más grande del planeta con 1450 millones de habitantes y lograr un denotado liderazgo y protagonismo internacionales a través de iniciativas estratégicas como el G-20 y los BRICS+.

Una locomotora del crecimiento

Las proyecciones de la economía mundial para el 2026 indican un crecimiento de solo 3,1% (FMI), afectadas principalmente por el posible aumento de los aranceles, una mayor incertidumbre y las tensiones geopolíticas. De acuerdo con esta institución financiera, una de las principales tareas será restablecer la confianza, la previsibilidad y la sostenibilidad.

La India crecerá por encima del 6,4% este año, una de las más altas tasas de los 46 países de la región del Asia Pacífico. Es la quinta economía mundial desde 2022 y se estima que muy pronto —antes de 2030— sea la tercera economía, por encima de Japón y Alemania.

Ha logrado tomar ventaja de la reorganización de las cadenas de producción y suministro globales. Se ha convertido en una potencia manufacturera y tecnológica. Comparativamente, su mano de obra tiene un alto nivel educativo y alberga bajos costos.

El desarrollo de la India es producto de la dirección estratégica que tomó el país, de la construcción de fundamentos sólidos macroeconómicos y de una serie de reformas estructurales que adoptó para simplificar los marcos regulatorios, eliminar trámites innecesarios, brindar mayores certidumbres y transparencia. Se focalizó en temas centrales como inversiones, infraestructura, digitalización, urbanización, desarrollo rural, comercio exterior, entre otros. Un claro ejemplo es su ambiciosa apuesta por triplicar las exportaciones. Su meta es alcanzar los dos billones de dólares en el 2030.

Liderazgo y protagonismo internacionales

La India ha iniciado una nueva narrativa como potencia emergente que busca y se merece su espacio propio en el mundo. Su política exterior está caracterizada por su pragmatismo y visión multipolar. La mejor forma de definirla es a través del concepto de «autonomía estratégica», el cual ofrece una tercera vía para aquellas naciones del sur global que no desean tener un alineamiento con las grandes potencias globales ni inmiscuirse en la pugna bipolar este-oeste. Su intención es ser bisagra entre potencias rivales y su objetivo es alcanzar una alineación mixta a través de plataformas multidimensionales.

El país sido crítico de China y Pakistán —dos grandes rivales con quienes tiene aún diferencias por solventar— en temas fronterizos, soberanía e integridad territorial. Incluso ha ido más allá al integrar la coalición estratégica en el Indo-Pacífico denominada «Quad», que está conformada por Australia, Japón y Estados Unidos, y adicionalmente ha forjado estrechos vínculos estratégicos de cooperación con Europa.

Su proyección es clara. Desea hacer un contrapeso a China en la región. Analistas como Tanvi Madan de Brookings Institution la definen como una relación que ha transitado de un «involucramiento competitivo» hacia una «coexistencia competitiva», por no llamarla «coexistencia armada».

A través del G-20 ha pretendido expresar el descontento de las naciones en desarrollo, así como sus preocupaciones en temas centrales como seguridad alimentaria, precios de energía, efectos del calentamiento global y tensiones geopolíticas. Tiene, a su vez, una importante participación en los BRICS+ y en la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO), al tiempo que en Naciones Unidas.

Relaciones con América Latina

La región —a pesar de la distancia geográfica— tiene el desafío de acercarse más a la India en un ejercicio estratégico de construcción y defensa del sur global, para promover el diálogo político, el intercambio comercial, las inversiones y la cooperación horizontal. Brasil, México, Colombia, Argentina y Perú son algunos de sus principales socios, pero el espectro debería abrirse a otras naciones de la región y también a otros sectores.

La magnitud del comercio birregional es superior a USD 40.000 millones al año, pero sigue sin aproximarse a su potencial a pesar de su complementariedad y crecimiento en la última década (145%). Se concentra en pocos países y productos, principalmente primarios o basados en recursos naturales (exportaciones) y productos con valor agregado y de tecnología media-alta (importaciones). Este podría multiplicarse a cien mil millones de dólares en los próximos años, según estimaciones de R. Viswanathan, exjefe del departamento de América Latina del Ministerio de Relaciones Exteriores de la India.

En materia de Inversión Extranjera Directa (IED), existe un amplio espacio de mejora. Las cifras son modestas. Desde el 2001 al 2022, la región recibió solo el 6,7% de las inversiones directas extranjeras totales de India. Es decir, USD 1.800 millones sobre un total de USD 27.800 millones (Ministerio de Finanzas de India).

Estudios de CAF-Banco de desarrollo de América Latina y el Caribe le apuntan a la construcción de una plataforma multidimensional de integración en las relaciones Indo-Latinoamericanas para escalar, diversificar y sofisticar el comercio y la inversión, así como para promover la seguridad alimentaria y la agenda climática, la seguridad energética, las nuevas tecnologías, la salud, entre otros.

Para alcanzar este fin se deben implementar reformas para converger estratégicamente y crecer en cantidad y calidad. Se requerirá aumentar la cobertura de los acuerdos comerciales y de inversión, crear mecanismos que faciliten el comercio, realizar actividades de promoción, mejorar la logística, impulsar la inversión en infraestructura y sectores críticos, profundizar la cooperación técnica y desarrollar redes de negocio, de acuerdo con estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

En definitiva, se necesita una asociación birregional más fecunda para ser un importante polo de desarrollo.

Comentario final

América Latina tiene el imperativo de construir amplios consensos internos y salir adelante ante los inconmensurables retos de la geopolítica mundial.

Posee todo el potencial para constituirse en una región solución ante los retos de una economía global, verde y digital. Tiene un papel que desempeñar y un capital que aportar en recursos humanos, medio ambiente, materias primas, cambio climático, energías limpias y alimentos.

En un mundo en el que sus actores se cierran progresivamente en su propia coraza con medidas proteccionistas y unilaterales, en un ejercicio de desglobalización, el gran desafío para los países latinoamericanos es encontrar su propio camino de inserción internacional que le permita a la región, en general, lograr una voz y una presencia cada vez más activas.

El cruce de caminos de nuestro tiempo exige la unión y la integración, bajo el estricto apego y defensa de la democracia, el desarrollo y la justicia social como una triada virtuosa e indisoluble.

Guillermo Fernández de Soto
Presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI), exministro de Relaciones Exteriores (1998-2002) y exembajador ante Naciones Unidas

Andrés Rugeles
Vicepresidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI), exembajador y representante alterno ante Naciones Unidas

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] Término acuñado por Guillermo Fernández de Soto, excanciller y presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI).
    • América Latina ante un cruce de caminos (0,2 MB)

    • Latin America at a Crossroads (0,2 MB)