
15 jun 2026
IEEE. Guerra entre Afganistán y Pakistán. Los talibanes paquistaníes como factor de discordia
Javier Ruiz Arévalo. Coronel del Ejército de Tierra (Res). Doctor en Derecho. Fundación Euroárabe de Altos Estudios
Pakistán frente los talibanes paquistaníes: cría cuervos y te sacarán los ojos
Si en el verano de 2021 Pakistán interpretó la victoria talibán en Afganistán como un triunfo que le permitiría afianzar su influencia en Kabul1, donde había ayudado a situar a un aliado potencialmente manejable, el paso del tiempo ha puesto en evidencia el exceso de optimismo de ese cálculo.
Lejos de comportarse como un actor subordinado a los intereses de Islamabad, los talibanes afganos han reafirmado su autonomía política y estratégica, consolidando una línea de actuación propia que no siempre coincide con las expectativas paquistaníes.
Esta evolución no surge de forma repentina, sino que confirma una tendencia que ya se venía perfilando desde años atrás: la progresiva desvinculación del movimiento talibán respecto a cualquier tutela externa.
Al recuperar el poder en Kabul, Pakistán ha perdido una de sus principales herramientas de presión sobre los talibanes, la capacidad de ofrecerles un santuario seguro. De este modo, Islamabad ha visto reducida significativamente su capacidad de influencia, mientras sus antiguos protegidos han ganado un grado de libertad de acción mucho mayor del que habían tenido en el pasado.
Desde entonces, las tensiones entre ambos vecinos han ido en aumento hasta llegar a una situación que, desde Islamabad, se califica como guerra abierta.
El trasfondo de la crisis se encuentra en una compleja mezcla de preocupaciones inmediatas en materia de seguridad y disputas territoriales y estructurales de largo recorrido.
Desde el establecimiento del segundo Emirato Islámico de Afganistán en agosto de 2021, Pakistán ha acusado a varios grupos militantes, en particular al Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), de operar desde territorio afgano, mientras que las autoridades de Kabul han negado estas acusaciones y, a su vez, han acusado a Pakistán de violar la soberanía afgana, especialmente mediante ataques aéreos transfronterizos.
Estas tensiones se ven agravadas por cuestiones históricas sin resolver, entre ellas los desacuerdos sobre la Línea Durand, cuyo trazado delimita la frontera entre ambos, y los intereses estratégicos contrapuestos que han marcado sus relaciones bilaterales desde 1947.
En los últimos meses, estos problemas han conducido a una escalada que parece difícil de revertir. A pesar de varios intentos de mediación por parte de países de la región, como Catar, Arabia Saudí y Turquía, todos ellos próximos a Pakistán, los sucesivos altos el fuego no se han mantenido y las negociaciones no han dado frutos hasta la fecha.
La escalada del conflicto ha provocado incidentes con un elevado número de víctimas, muchas de ellas civiles. Las Naciones Unidas estiman que desde finales de febrero de 2026 han muerto o han resultado heridas 289 personas dentro de Afganistán. La ONU no recopila estadísticas similares sobre el lado paquistaní de la frontera, aunque las víctimas civiles dentro de Pakistán se encuentran en su nivel más alto de los últimos diez años.
A pesar de sus posibles repercusiones, la gravedad de la situación ha quedado en cierta medida eclipsada por el conflicto entre Irán y Estados Unidos e Israel.
La principal fuente de tensión ha sido la presencia en suelo afgano de combatientes de los denominados talibanes paquistaníes, el TTP, un grupo islamista paquistaní que Islamabad considera una amenaza directa para su seguridad.
Pakistán acusa a Kabul de permitir que el TTP opere desde territorio afgano o, al menos, de no hacer lo suficiente para neutralizarlo. Por su parte, el Gobierno talibán ha evitado una confrontación directa con este grupo, en parte por afinidades ideológicas y, en parte, por un cálculo interno, lo que ha generado un fuerte malestar en Islamabad.
Otro elemento de tensión ha sido la política paquistaní de deportación de refugiados afganos, especialmente desde 2023, que ha provocado críticas y tensiones diplomáticas con Kabul.
En 2023, Pakistán inició una campaña masiva de expulsión de refugiados afganos, que su gobierno calificó como una medida antiterrorista2. Solo en 2025, el número de expulsados fue de un millón3.
A estos problemas se suman los recurrentes incidentes en la frontera, especialmente en torno al sector pastún de la Línea Durand, la frontera de facto entre ambos países, no reconocida oficialmente por Afganistán.
Ha habido enfrentamientos armados, cierres de pasos fronterizos y disputas por el vallado de la frontera por parte de Pakistán. Estas fricciones reflejan un problema estructural no resuelto que se ha intensificado en el nuevo contexto político.
El cierre de la frontera es especialmente dañino para Afganistán, ya que gran parte de su comercio internacional pasa por territorio paquistaní. Además, se trata de una frontera artificial, que separa tribus y clanes que han tendido siempre a ignorarla en sus relaciones personales y comerciales, e incluso en la trashumancia de sus rebaños.
Su cierre constituye, así, un serio problema para las comunidades que habitan la zona. Hoy en día, la frontera sigue en gran medida cerrada, salvo para el retorno de afganos deportados por Pakistán.
Afganistán ha percibido estas medidas como coercitivas y desestabilizadoras, mientras que Pakistán las justifica por razones de seguridad interna y necesidad económica.
En conjunto, la relación ha evolucionado hacia un escenario cada vez más complejo y volátil: de una supuesta relación de dependencia a una interacción entre dos actores con intereses parcialmente divergentes.
Pakistán ha descubierto que su capacidad de influencia sobre los talibanes es limitada, mientras que el Gobierno talibán intenta equilibrar su necesidad de reconocimiento internacional con la afirmación de su soberanía.
Las raíces del conflicto y la relación Afganistán-Pakistán desde el regreso de los talibanes al poder
Aunque las relaciones bilaterales se han deteriorado en los últimos años, Afganistán y Pakistán fueron aliados a principios de los años noventa. El ISIS, el todopoderoso servicio de inteligencia paquistaní, ayudó a los talibanes a llegar al poder en 1996.
Siguió amparándolos cuando, desalojados del poder, se transformaron en una insurgencia contra el Gobierno de Kabul y sus aliados. Por ello, no debe extrañarnos que, cuando las tropas estadounidenses se retiraron de Afganistán en 2021 y los talibanes retomaron el poder, Islamabad diera la bienvenida al nuevo Gobierno.
El entonces primer ministro paquistaní, Imran Khan, manifestó que el regreso de los talibanes suponía que los afganos habían «roto las cadenas de la esclavitud»4.
Sin embargo, desde un primer momento, las nuevas autoridades de Kabul dejaron claro que no tenían ninguna intención de someterse a los dictados de su vecino oriental.
Más allá de otros desencuentros menores, como el reconocimiento de la Línea Durand como frontera entre ambos Estados, el origen inmediato del conflicto debe buscarse en la acusación de Pakistán de que Kabul ofrece refugio a los talibanes paquistaníes, que operan desde territorio afgano.
A pesar de que las autoridades afganas lo nieguen, parece rigurosamente cierto. De hecho, la violencia vinculada a los grupos islamistas no ha dejado de crecer. Según la CNN, más de 1.200 personas murieron en Pakistán en 2025, más del doble de la cifra registrada en 20215.
La escalada del conflicto entre Pakistán y el segundo emirato afgano
Como consecuencia de lo expuesto, desde el regreso de los talibanes al poder se ha producido una escalada progresiva del conflicto, que puede sistematizarse en tres fases, a lo largo de las cuales se evidencia un tránsito progresivo desde enfrentamientos limitados hasta choques directos entre Estados6.
Primera fase (2021-2023): ataques insurgentes y choques limitados.
El retorno al poder de los talibanes en agosto de 2021 condujo a un incremento progresivo de los incidentes armados en la frontera. Inicialmente, se trató de enfrentamientos esporádicos, como bombardeos paquistaníes contra posiciones del TTP en Afganistán y posteriores intercambios de fuego con fuerzas talibanes.
Desde el inicio, Pakistán acusó a Afganistán de no controlar a los talibanes paquistaníes, lo que deterioró rápidamente las relaciones bilaterales. En 2022, la violencia se intensificó, marcando un punto de inflexión al producirse ataques con artillería, con víctimas civiles, y enfrentamientos en pasos fronterizos clave. El uso de armamento pesado evidenció una mayor militarización de la frontera y aumentó el impacto sobre la población civil.
En 2023, el conflicto se volvió más complejo al combinar enfrentamientos entre Estados con ataques insurgentes transfronterizos. Destacan los choques en el paso de Torjam, que provocaron cierres fronterizos y afectaron al comercio, así como los ataques del TTP en Chitral, tras cruzar desde Afganistán.
Este tipo de ataques reforzó las acusaciones de Pakistán contra Kabul y consolidó una dinámica de tensión creciente, en la que la insurgencia interna paquistaní y el conflicto interestatal se entrelazan.
Segunda fase (2024-2025): militarización creciente.
Durante este período aumentaron la frecuencia y la intensidad de los combates. En diciembre de 2024 y febrero de 2025 se registraron enfrentamientos con uso de morteros, cohetes y artillería, vinculados a disputas fronterizas y a movimientos insurgentes.
Pakistán también afirmó haber neutralizado infiltraciones desde Afganistán.
En octubre de 2025, tras combates intensos, ambos países acordaron un alto el fuego temporal mediado por Catar y Turquía7. El acuerdo incluía el compromiso de cesar los ataques y de evitar que grupos armados operaran desde Afganistán contra Pakistán. Sin embargo, las negociaciones posteriores no lograron consolidar un acuerdo duradero, por lo que se mantuvo la inestabilidad.
Tercera fase (2025–2026): enfrentamientos directos y ataques aéreos.
En este período el conflicto escaló significativamente al incluir ataques aéreos y combates abiertos entre fuerzas de ambos Estados. En octubre de 2025, Pakistán llevó a cabo por primera vez bombardeos dentro de Afganistán en represalia por ataques del TTP, causando víctimas civiles. Afganistán respondió atacando posiciones fronterizas, lo que desencadenó enfrentamientos generalizados con numerosas bajas y cierre de pasos fronterizos.
Los combates continuaron con ataques, contraataques, cifras contradictorias de víctimas y nuevos intentos fallidos de alto el fuego. A pesar de acuerdos temporales, la violencia persistió, incluyendo bombardeos paquistaníes que causaron decenas de muertos civiles.
En 2026, la situación ha continuado deteriorándose8. El 22 de febrero, Pakistán llevó a cabo múltiples ataques aéreos contra supuestos campamentos utilizados por grupos militantes, incluido el TTP, alegando que eran la respuesta a atentados terroristas sufridos en su territorio, incluido el ejecutado contra una mezquita chií en Islamabad a principios de febrero, que causó más de 30 muertes9.
Los talibanes prometieron represalias por estos ataques, que, según afirmaron, alcanzaron objetivos civiles, incluida una escuela religiosa. En consecuencia, el 26 de febrero lanzaron una ofensiva contra posiciones paquistaníes a lo largo de la Línea Durand.
Como consecuencia de estos ataques, el 27 de febrero, el ministro de Defensa paquistaní declaró que la situación era de guerra abierta. La respuesta paquistaní no se hizo esperar e incluyó bombardeos contra las ciudades de Kabul y Kandahar, los dos centros políticos más importante de Afganistán.
Desde entonces, la tensión ha ido en aumento, sucediéndose ataques afganos a bases paquistaníes, atentados suicidas en la frontera y un aumento notable de víctimas civiles10.
A pesar de pausas temporales impulsadas por la mediación internacional de países como Arabia Saudí, Turquía y Catar, el conflicto continúa. Las declaraciones oficiales reflejan una percepción de estado de guerra por parte de Pakistán, mientras Afganistán manifiesta disposición a negociar.
Talibanes afganos y paquistaníes: ¿hermanos o primos?11
Desde su creación, el TTP ha afirmado ser una extensión de los talibanes afganos. Es la mayor organización militante de Pakistán y está catalogada como organización terrorista por EE.UU. Se trata de un subproducto de la caída del régimen talibán en Afganistán en 200112.
En aquel momento, el éxodo de combatientes a Pakistán se articuló en dos grandes corrientes. Los afganos se concentraron en la zona de Quetta, en torno a la denominada Shura de Quetta, que ejerció una autoridad creciente sobre ellos. Serían el germen de la insurgencia afgana.
De manera tácita o expresa, acordaron con el ISI recibir asilo a cambio de no actuar en suelo paquistaní. La otra corriente, formada por combatientes paquistaníes y extranjeros, se concentró en las zonas tribales fronterizas. Mucho más descentralizada, sin una estrategia definida, acabó por organizarse como una insurgencia dirigida a derrocar el régimen paquistaní y sustituirlo por una república islámica.
El TTP nació como un movimiento muy descentralizado articulado en torno a afiliaciones tribales o nacionales13. Sin embargo, con el paso de los años fue ganando coherencia. En 2007 ya era una amenaza real para Pakistán, que realizó varias operaciones militares contra el grupo.
Un dato significativo es que la presión del ejército paquistaní llevó a gran parte de los militantes a buscar refugio en Afganistán, desde cuyo territorio han continuado realizando ataques en territorio paquistaní. A partir de 2013, bajo el liderazgo del mulá Fazlulá, el grupo se acercó a Al Qaeda e incrementó los ataques transfronterizos.
Aunque las acciones militares paquistaníes, la guerra con drones de EE.UU. y las luchas internas entre facciones provocaron el declive del TTP entre 2014 y 2018, el grupo se ha revitalizado desde la firma del acuerdo de paz entre Washington y Kabul de febrero de 2020.
De hecho, desde julio de 2020, diez grupos islamistas paquistaníes se han fusionado con el TTP, entre ellos tres filiales de Al Qaeda y cuatro facciones que se habían separado del TTP en 2014. Desde entonces, las acciones del grupo se han multiplicado14.
Pero, desde la perspectiva del conflicto entre Afganistán y Pakistán, lo realmente relevante es que los talibanes paquistaníes, ante la presión del ejército paquistaní, optaron por refugiarse en territorio afgano para continuar desde allí su lucha; además, Islamabad ha acusado siempre al Gobierno de Kabul de tolerar e incluso apoyar sus acciones.
Esta situación ha llevado a Islamabad a reforzar la frontera, vallando su perímetro, algo a lo que Kabul siempre se ha opuesto enérgicamente.
Aunque los talibanes han actuado en el pasado como mediadores entre Pakistán y el TTP, han demostrado estar más alineados con este que con sus antiguos patrocinadores de Islamabad.
El TTP ha jurado lealtad a los talibanes, ha luchado junto a ellos durante el conflicto con Estados Unidos y comparte vínculos ideológicos y familiares con sus hermanos afganos.
Reprimir la actividad del TTP probablemente amenazaría la cohesión interna de los talibanes, por la pérdida de credibilidad como paladines del islamismo y la consiguiente deserción de militantes hacia el Dáesh-K, la filial regional del autodenominado Estados Islámico, enfrentada a los talibanes afganos15.
Los talibanes han priorizado sistemáticamente la cohesión interna por encima de otros intereses y no dan señales de que vayan a dejar de hacerlo.
Un futuro incierto e inquietante
El conflicto entre Afganistán y Pakistán ha creado inquietud en la región por su potencial desestabilizador16. Lo más probable es que se limite a escaramuzas fronterizas y ataques aéreos ocasionales, pero cabe la posibilidad de que se produzca una espiral de violencia en un momento en que la región se enfrenta a tensiones crecientes debido a la crisis entre Estados Unidos e Irán.
De momento, India ha condenado enérgicamente las acciones militares de Pakistán, mientras China ha intentado mediar en el conflicto y se ha ofrecido a participar en los esfuerzos de desescalada17. El 4 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores afgano se reunió con el embajador chino en Afganistán para discutir la situación. Posteriormente, los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países hablaron por teléfono.
Otros Estados, como Catar, Turquía, Rusia y Arabia Saudí, se han ofrecido para mediar entre ambos países18, lo que ha contribuido a aumentar la legitimidad de los talibanes afganos en el escenario internacional19.
Estados Unidos, por su parte, ha expresado su apoyo a Pakistán, sosteniendo su derecho a defenderse frente a los ataques talibanes20. A principios de abril, Al Jazeera informaba del inicio de conversaciones bilaterales en China. Tanto Islamabad como Kabul lo han confirmado21.
Algunos analistas sostienen que estos incidentes podrían dar lugar a un conflicto prolongado. Para otros, el resultado más probable es la desescalada. Lo que resulta evidente es que la declaración de «guerra abierta» por parte de Pakistán podría sugerir la posibilidad de una acción militar más significativa22.
Además de ser una potencia nuclear, Pakistán es muy superior a Afganistán en cuanto a capacidades militares convencionales. Sin embargo, una confrontación abierta podría acarrearle efectos desestabilizadores.
En cualquier caso, conviene tratar de anticipar en qué podría traducirse para Islamabad una «guerra abierta». Una primera opción podría limitarse a una campaña de bombardeos a mayor escala contra objetivos en Afganistán, lo que supondría una continuación de las dinámicas en curso, destinadas a obligar a los talibanes a controlar al TTP y a mermar su capacidad para llevar a cabo atentados en Pakistán. En este caso, podemos asumir que las escaramuzas fronterizas continuarían, de manera más o menos intermitente, durante tiempo indefinido.
Como segunda opción, el ejército paquistaní podría llevar a cabo operaciones terrestres a gran escala contra el TTP dentro de su propio territorio. Una ofensiva de este tipo sería desestabilizadora y podría desencadenar efectos impredecibles: operaciones similares contribuyeron a la creación de la filial local del ISIS a principios de la década de 2010.
Por último, Pakistán podría intentar una incursión terrestre de gran envergadura en el propio Afganistán. Históricamente, Islamabad ha tratado de gestionar la amenaza procedente de Afganistán a través de intermediarios no estatales, principalmente los propios talibanes, cuando todavía eran un grupo insurgente. Dado que el grupo está cada vez más enfrentado con Islamabad y que sus rivales son militarmente irrelevantes o están enfrentados a Pakistán, sus opciones de participación indirecta en el país han desaparecido.
Descartada por tanto la actuación a través de proxies, Islamabad podría plantearse una intervención militar directa en suelo afgano, algo sin precedentes y cuyos resultados sería inciertos.
A la vista de las posturas puestas de manifiesto tanto por Kabul como por Islamabad, parece que va a resultar difícil para ambas partes llegar a un entendimiento.
Kabul siente la necesidad de reafirmar su autonomía y tiene pocos incentivos para controlar al TTP, al que considera un socio leal. Una acción efectiva contra los islamistas paquistaníes generaría una oposición muy amplia entre las bases del movimiento talibán, al que resultaría muy difícil justificar semejante decisión. Islamabad, por su parte, ha calificado al TTP como un enemigo fundamental con el que no caben la reconciliación ni la negociación.
Lo alejadas que están estas posturas y los costes derivados de un conflicto abierto podrían conducir a una diplomacia coercitiva, lo que significa que, una vez que las negociaciones fracasan, las partes continúan luchando hasta que comienza a no resultarles rentable, momento en el que vuelven a la diplomacia, creando así un peligroso ciclo que perpetuaría el conflicto, manteniéndolo en los niveles actuales.
Tampoco puede descartarse la posibilidad de que el conflicto escale hacia una situación cada vez más parecida a la guerra abierta.
Una escalada del conflicto podría dar lugar a que China o Rusia prestaran apoyo a Pakistán, mediante armas o inteligencia, pero es poco probable que China, India o Rusia estén dispuestas a involucrarse en una guerra.
Además, una guerra entre Pakistán y Afganistán probablemente aumentaría la amenaza que representan Al Qaeda y el autoproclamado Estado Islámico en la denominada provincia de Jorasán.
Teniendo en cuenta que la amenaza terrorista constituye el principal interés de EE.UU. en la zona, Washington no puede permanecer ajeno a la evolución de la situación. Aunque es poco probable que se vea arrastrado al conflicto, la escalada supondría un momento suficientemente preocupante en cuanto a sus posibles consecuencias como para que Washington pudiera ignorarla.
Por otra parte, si Estados Unidos adoptara una postura no neutral, ello podría influir en la forma en que otras naciones, concretamente China y Rusia, respondan al conflicto.
Javier Ruiz Arévalo
Coronel del Ejército de Tierra (Res). Doctor en Derecho
Fundación Euroárabe de Altos Estudios
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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