IEEE. 1898-2026. De Cuba a Groenlandia: el retorno del imperialismo estratégico estadounidense en la nueva 'Cuba Ártica'

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21 ene 2026

IEEE. 1898-2026. De Cuba a Groenlandia: el retorno del imperialismo estratégico estadounidense en la nueva “Cuba Ártica”

G.B. Víctor Bados Nieto. Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos (CESEDEN)

Consideraciones geopolíticas iniciales

El debate reciente en torno a las pretensiones de la administración Trump respecto a Groenlandia, ya sea mediante una eventual compra, un acuerdo político o incluso mediante instrumentos de presión, no puede despacharse como una simple excentricidad personal ni como un episodio estrictamente coyuntural. Conviene interpretarlo, más bien, como el síntoma visible de un giro estratégico de mayor alcance en la política exterior estadounidense: el retorno explícito a una lógica de poder duro, a la primacía del interés nacional y a una concepción de las relaciones internacionales firmemente anclada en el realismo clásico.

Este enfoque contrasta de manera evidente con la imagen que Estados Unidos proyectó tras 1945. Al término de la Segunda Guerra Mundial, Washington se presentó como arquitecto y garante de un orden liberal internacional basado en instituciones, reglas y alianzas. Bretton Woods, la creación del FMI y del Banco Mundial1, así como el impulso a un sistema de comercio relativamente abierto, simbolizaron ese proyecto. Durante décadas, dicho liderazgo se legitimó mediante una narrativa que combinaba poder material y valores normativos, y que otorgaba a Estados Unidos una posición singular en la gobernanza del sistema internacional.

Esa narrativa liberal se consolidó durante la Guerra Fría como eje de la competición bipolar con la URSS, perduró en la hegemonía unilateral de los años noventa tras la implosión soviética y se prolongó en las intervenciones militares de la “guerra global contra el terror” post-11S. Incluso la administración Biden mantuvo esta retórica hasta fechas recientes, enmarcando la rivalidad con Rusia y China en un dualismo entre democracias abiertas y autocracias coercitivas.

The world is now at an inflection point. We face a choice between competing visions of the future: one grounded in democracy, openness, and the rule of law, and the other in authoritarianism, coercion, and repression2”.

Durante esa época EEUU siempre mantuvo la voluntad y pretensión de defender los valores de un orden liberal y un liderazgo que se hundía en “la ciudad en la colina”, interpretado como símbolo de la vocación de Estados Unidos de ser un modelo moral y político para otras naciones3, aun cuando en no pocas ocasiones mostró actitudes divergentes con ese discurso, al quebrantarse en no pocas ocasiones el derecho internacional y esa moralidad discursiva que preconizaba, como algún autor ya ha evidenciado empíricamente. Así, Lindsey O’Rourke documenta empíricamente 64 intentos encubiertos de cambio de régimen durante la Guerra Fría (1947-1989), de los cuales 25 triunfaron4 evidenciando una brecha entre discurso y acción. Aun así, esa discrepancia nunca erosionó del todo la narrativa liberal como principio rector.

España ofrece un caso de estudio histórico privilegiado para iluminar esta mutación. La Guerra Hispano-estadounidense de 1898 dejó una derrota lacerante en el orgullo patrio, con la pérdida de las últimas posesiones ultramarinas (Cuba, Puerto Rico, Filipinas) tras un casus belli fabricado al efecto: la explosión del USS Maine en La Habana. Aquel conflicto vulneró el statu quo internacional y el derecho de gentes mediante una combinación de presión naval, manipulación mediática y legitimación moral de la intervención como liberación anticolonial. Las normas multilaterales cedieron ante la primacía estratégica estadounidense en el Caribe y el Pacífico5.

Groenlandia reproduce idénticos rasgos geopolíticos en el siglo XXI. La justificación no invoca legalidad internacional, consentimiento danés o autodeterminación inuit, sino la necesidad imperiosa de excluir a competidores sistémicos —China y Rusia— de un espacio Ártico vital para la seguridad nacional de Estados Unidos. La base de Pituffik (Thule) con la presencia de radares de alerta temprana, tierras raras y las nuevas rutas marítimas del deshielo, convierten a la isla en un perímetro de defensa no negociable, evocando la lógica monroísta de exclusión de terceros en el “vecindario estratégico” americano6.

La administración Trump actual se aproxima mucho más al Estados Unidos de 1898 que al de 1945. En 1898, la Doctrina Monroe evolucionó hacia una hegemonía regional operativa: América como esfera de influencia exclusiva, y ahí es donde España representaba una anomalía intolerable7. Esa lógica geopolítica exigía expulsarla del Caribe y por extensión del Pacífico, lo que se llevó a cabo mediante una combinación de presión militar, construcción del casus belli ya mencionado y legitimación moral de intervención8. Tras 1945, en cambio, Washington articuló una síntesis singular entre poder material y valores normativos, interviniendo contra el nazismo y el comunismo no solo por interés inmediato, sino como garante de un orden institucional global.

Sin embargo, la distancia entre ambos modelos se ha profundizado irreversiblemente. Hoy, la administración Trump muestra escasa disposición a invocar el idealismo liberal como fundamento de su acción exterior. En su lugar, recupera la anticipación estratégica, la coerción preventiva y la lógica de Carl Smichtt de los Großräume o “esferas de influencia” - grandes espacios geopolíticos excluyentes liderados por una potencia rectora que rechaza la injerencia universalista liberal9-.

La pretensión groenlandesa no es, por tanto, una anomalía aislada, sino la confirmación explícita de que Washington se reconoce hoy en la tradición monroísta de 1898 - poder desnudo, casus belli instrumental y exclusión rival— más que en el orden liberal basado en reglas que ayudó a edificar y sostuvo durante el siglo XX. Esta transformación obliga a replantear el significado geopolítico de Groenlandia en el Ártico emergente y, sobre todo, el lugar de Europa y sus aliados tradicionales en un sistema internacional donde el lenguaje del poder recupera brutal preeminencia sobre el lenguaje del derecho.

Cuba y Filipinas en 1898: el precedente fundacional del imperialismo estadounidense

La guerra hispano-estadounidense de 1898 suele presentarse como un conflicto breve y “colonial” en la periferia del sistema internacional. Sin embargo, para la historia estratégica de Estados Unidos fue algo más decisivo: un punto de inflexión que consolidó su tránsito de potencia continental a potencia imperial y oceánica, capaz de convertir la fuerza militar en ganancias geopolíticas permanentes.

De este modo, antes que aconteciera la guerra de Cuba el siglo XIX fue testigo de la expansión territorial de Estados Unidos, que combinó compras, anexiones y cesiones derivadas de la guerra, consolidando el control continental desde el Mississippi hasta el Pacífico. Hitos clave fueron la Compra de Luisiana a Francia (1803), que casi duplicó el tamaño del país, la cesión de Florida por España (Tratado Adams–Onís, 1819/1821), la anexión de Texas (1845) y la gran Cesión Mexicana tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), que incorporó California y buena parte del Suroeste: A ello se sumaron el acuerdo con el Reino Unido por Oregón (1846), la Compra de La Mesilla (1853) y la Compra de Alaska a Rusia (1867), cerrando el arco territorial que sustentó el “Destino Manifiesto” y el salto posterior al Pacífico10. Traducido a términos de cultura estratégica, 1898 normalizaría una lógica de poder y control de espacios críticos, que se asentó sobre una lectura expansiva de la Doctrina Monroe y sobre la percepción de que el Caribe y el acceso al Atlántico constituyen un perímetro de seguridad no negociable.

Formulada originalmente en 1823 como una declaración política contra nuevas colonizaciones europeas en el hemisferio occidental, la Doctrina Monroe había evolucionado, a finales del siglo XIX, hacia un principio operativo de hegemonía regional. América - y en particular el Caribe - pasó a concebirse como un espacio sometido a la primacía estadounidense, en el que la presencia de otras potencias debía ser contenida. Desde la lógica del realismo clásico, la doctrina funcionaba como un instrumento de delimitación de esfera de influencia, orientado a impedir que actores externos alteraran el equilibrio de poder en el vecindario estratégico inmediato de Estados Unidos.

En este marco geopolítico, la presencia española en Cuba, y el control de Puerto Rico, no era percibida en Washington como un mero residuo imperial, sino como una potencial vulnerabilidad estratégica. Desde el razonamiento norteamericano, esas posiciones podían afectar de forma directa a rutas marítimas, accesos oceánicos y capacidad de proyección naval en el Caribe y el Atlántico occidental, una intuición que sería formulada de manera sistemática poco después por Alfred Thayer Mahan en su reflexión sobre el poder marítimo11.

La explosión del USS Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de 1898, cumplió así una función clara de legitimación doméstica y externa de la guerra. La historiografía estratégica coincide en señalar que el Maine actuó como catalizador político de un conflicto para el que ya existían incentivos geopolíticos, presiones internas y un marco estratégico favorable. El episodio no explica por sí solo la guerra, pero sí la volvió políticamente viable. Aunque investigaciones posteriores mantienen la controversia técnica sobre sus causas —imposibilitando atribuir agresión española concluyentemente—, su función fue narrativa y política: conmoción pública, yellow journalism y oportunidad estratégica autorizaron una intervención que reconfiguró permanentemente el equilibrio atlántico y pacífico.

Este episodio subraya cómo, incluso en regímenes democráticos, la construcción de narrativas de amenaza, puede resultar decisiva para superar resistencias sociales y acelerar la toma de decisiones políticas. En 1898, la combinación de conmoción pública, presión mediática y oportunidad estratégica convirtió el Maine en un auténtico mecanismo de autorización para una operación cuyo resultado final reconfiguraría de forma duradera el equilibrio de poder tanto en el Atlántico como en el Pacífico12.

Desde esta perspectiva, 1898 no constituye un episodio cerrado, sino un precedente operativo claro. Representa un ejemplo temprano de cómo una potencia ascendente combina una narrativa legitimadora, un evento catalizador convertido en casus belli y un arreglo jurídico posterior para transformar una intervención militar en una ganancia geopolítica duradera. Precisamente por ello, este episodio resulta especialmente útil como caso de estudio para analizar situaciones contemporáneas que, aunque distintas en forma y contexto, se inscriben en un marco conceptual muy similar dentro del pensamiento geoestratégico norteamericano asociado a la Doctrina Monroe, como es el intento de apropiación o control estratégico de Groenlandia por parte de Estados Unidos. Aunque profundizaremos más adelante en la repercusión y reinterpretación actual de esta doctrina, la lectura contemporánea de la doctrina Monroe como patrón recurrente de la política exterior estadounidense hacia su entorno inmediato continúa siendo objeto de análisis desde el ámbito hispano y latinoamericano, subrayándose de forma consistente su dimensión imperial y unilateral13.

Groenlandia como “cuba ártica”: el nuevo casus belli preventivo

Si 1898 ilustra cómo Estados Unidos construyó legitimidad política y social para reordenar el Caribe mediante un casus belli puntual. El caso contemporáneo de Groenlandia muestra una adaptación de ese mismo mecanismo a la lógica de la competencia entre grandes potencias y al teatro ártico. La diferencia central no reside tanto en la naturaleza del espacio —insular entonces, polar hoy— como en la transformación del casus belli pues ya no es necesario un hecho físico espectacular como el caso del Maine, sino la construcción de una narrativa de amenaza futura capaz de convertir una cuestión geográfica en una necesidad de seguridad nacional. Desde esta perspectiva, Groenlandia es presentada como un espacio “vital”, el Lebensraum contemporáneo de Haushofer14, cuya eventual pérdida de control alteraría rutas marítimas, capacidades de defensa del territorio nacional y el equilibrio estratégico frente a China y Rusia, reproduciendo una lógica preventiva que desplaza el umbral tradicional de la guerra.

Este proceso puede interpretarse con precisión mediante la teoría de la securitización de la llamada Escuela de Copenhague (Buzan, Waever, de Wilde), según la cual un asunto se transforma en “seguridad” cuando es enunciado como amenaza existencial de tal modo que habilita medidas extraordinarias fuera del marco político ordinario15. Así, la administración Trump ha enmarcado explícitamente Groenlandia como imperativo de disuasión ártica, planteando su adquisición/control como prioridad nacional. Analíticamente, el salto decisivo no requiere agresión concreta, sino expectativa de pérdida futura: si Washington no actúa, Pekín y Moscú lo harán16. Este razonamiento encaja con el realismo estructural de Mearsheimer sobre la propensión de grandes potencias a actuar preventivamente ante equilibrios desfavorables, incluso antes de que la amenaza se materialice plenamente17.

La eficacia de esta narrativa se apoya en elementos estratégicos reales. Groenlandia alberga infraestructuras clave para la defensa estadounidense, en particular la base de Pituffik (antigua Thule), integrada en los sistemas de alerta temprana y vigilancia espacial, y ocupa una posición central en la defensa del homeland norteamericano frente a vectores árticos. A ello se suman preocupaciones documentadas sobre inversiones chinas en infraestructuras críticas, el acceso a recursos minerales estratégicos —incluidas tierras raras— y la progresiva militarización del Ártico, factores que han sido ampliamente analizados por la literatura estratégica y por documentos oficiales estadounidenses y aliados18. Además de que Groenlandia se convierte en punto clave tras el deshielo acelerado del Ártico, asociado al cambio climático, que está abriendo de manera progresiva nuevas rutas marítimas —en particular el Northern Sea Route y el Transpolar Sea Route— que reducen de forma significativa los tiempos de tránsito entre Asia, Europa y Norteamérica, incrementando el valor estratégico del control de accesos, cuellos de botella y nodos críticos en la región19. Estados Unidos, como Estado ártico y miembro del Arctic Council, al controlar Groenlandia ampliaría la Zona Económica Exclusiva norteamericano dentro del Círculo Polar Ártico, asegurando con ello recursos energéticos/minerales y primacía geoestratégica20.

El salto geopolítico de convertir riesgos estructurales en justificación territorial, constituye la operación discursiva que genera un casus belli preventivo. La analogía con Cuba 1898 opera en cuatro planos: necesidad de espacio vital para EEUU.; narrativa de amenaza; medidas extraordinarias habilitadas; normalización posterior del poder reconfigurado como necesidad de seguridad. El derecho internacional, la voluntad danesa y los marcos multilaterales quedan subordinados a una lógica de poder que presenta la expansión estratégica como imperativo ineludible.

Groenlandia emerge así en una “Cuba ártica”: no el detonante de una guerra inmediata, sino el escenario de un casus belli construido preventivamente mediante securitización, anticipando un retorno a la política de esferas de influencia en clave abiertamente geopolítica.

De la Doctrina Monroe a la “DONROE”: la esfera de influencia como doctrina explícita en la nueva NSS

El paralelismo entre Cuba (1898) y Groenlandia se vuelve plenamente evidente al observar la reaparición formalizada, ya no implícita, de la Doctrina Monroe en documentos estratégicos como la reciente National Security Strategy (NSS) de Estados Unidos. Esta NSS marca un punto de inflexión doctrinal al recuperar explícitamente un lenguaje de primacía regional, defensa del homeland y exclusión de competidores sistémicos (China, Rusia) de espacios vitales. Lo relevante no es solo el retorno monroísta, sino su adaptación a un entorno de rivalidad abierta, proyectado más allá del hemisferio clásico hacia teatros geoestratégicos ampliados como el Ártico. Esta mutación operativa es la que a pasado a denominarse Donroe, es decir una Monroe 2.0 que combina hegemonía regional actualizada con coerción preventiva y competencia entre grandes potencias.

La novedad radica en que esta lógica trasciende el trasfondo histórico para enunciarse en el principal documento rector estadounidense. Análisis recientes destacan cómo la NSS prioriza la defensa del homeland y la restauración de la preeminencia en el Hemisferio Occidental21, vinculando Monroe a herramientas modernas de seguridad, coerción económica y presión política. La "Donroe Doctrine" legitima así un predominio hemisférico frente a la penetración chino-rusa, con una interpretación expansiva de los espacios vitales que incorpora Groenlandia como extensión funcional del perímetro de seguridad americano.

Desde esta perspectiva, Groenlandia adquiere un valor doctrinal específico. Aunque situada fuera del hemisferio americano clásico, su centralidad como ya se ha mencionado en la defensa ártica, en las nuevas rutas marítimas y en la competencia por infraestructuras y recursos críticos la convierte en una extensión funcional del perímetro de seguridad estadounidense. Groenlandia actúa, así como una “bisagra” estratégica: geográficamente ártica, políticamente vinculada a Europa y militarmente integrada en la arquitectura de defensa norteamericana. Su inclusión en el discurso estratégico estadounidense ilustra cómo la Donroe no se limita a “América para los americanos”, sino que se transforma en una doctrina de exclusión de rivales en cualquier espacio considerado esencial para la seguridad y la primacía de Estados Unidos.

Este giro encaja con las lecturas realistas clásicas y estructurales de las relaciones internacionales, que subrayan la tendencia de las potencias dominantes a consolidar esferas de influencia para reducir la incertidumbre estratégica y preservar su ventaja relativa. Al mismo tiempo, implica una erosión práctica del orden liberal basado en reglas, en la medida en que la primacía del derecho y de las instituciones queda subordinada a criterios de prioridad, interés y balance de poder. Como han señalado análisis recientes, esta reaparición explícita de Monroe refleja no tanto una anomalía trumpiana como la reactivación de un repertorio estratégico histórico que reaparece cuando la competencia sistémica se intensifica y la arquitectura normativa del orden internacional deja de ser percibida como funcional para sostener la primacía estadounidense22. En este sentido, la Donroe no inaugura una doctrina nueva, sino que actualiza un patrón antiguo, adaptándolo a un mundo de rivalidad abierta, espacios estratégicos ampliados y retorno de las esferas de influencia como principio organizador del sistema internacional.

El abandono del orden liberal por el realismo ofensivo

La controversia groenlandesa y la reactivación monroísta trascienden decisiones tácticas o liderazgo personalista al manifestar un desplazamiento profundo en los fundamentos teóricos y culturales de la política exterior estadounidense. Desde las Relaciones Internacionales, este giro sitúan a los Estados Unidos actuales más cerca del actor de 1898 —donde el poder precedía al derecho y la anticipación legitimaba la coerción— que del arquitecto liberal post-1945.

Durante el siglo XX, especialmente tras 1945, Washington combinó primacía material con un proyecto normativo basado en instituciones multilaterales, alianzas estables y regímenes internacionales. La escuela liberal de Ikenberry explica este orden por la autolimitación estratégica estadounidense, "atarse las manos" mediante reglas que generaban legitimidad, estabilidad y previsibilidad, asumiendo costes extraordinarios, humanos, económicos y políticos23.

Sin embargo, como ha recordado de forma persistente la tradición realista, ese momento histórico fue excepcional. El liberalismo internacionalista estadounidense no eliminó la anarquía del sistema internacional, sino que la amortiguó temporalmente bajo condiciones de hegemonía incontestada. A medida que esa hegemonía se erosiona y el sistema se vuelve más competitivo, resurgen los supuestos clásicos del realismo: incertidumbre estructural, desconfianza respecto a las intenciones de los otros y primacía de la supervivencia relativa. En este contexto, la política exterior tiende a reformularse en términos de interés, poder y anticipación estratégica, desplazando el énfasis normativo que caracterizó a la etapa liberal24.

El giro actual encarna el realismo ofensivo de Mearsheimer: grandes potencias maximizan poder relativo ante intenciones rivales inciertas, normalizando acción preventiva, negación estratégica y esferas de influencia25. La consecuencia lógica de este razonamiento es que la acción preventiva, la negación de ventajas estratégicas al rival y la consolidación de esferas de influencia dejan de percibirse como anomalías y pasan a considerarse comportamientos racionales. Groenlandia no es territorio per se, sino pieza para impedir alteraciones chino-rusas en el Ártico emergente —percepción americana, considerando el desgaste ruso en Ucrania y la tradición estratégica china26.

El contraste con 1944-1945 ilustra la disolución valores-interés. La intervención antinazi se legitimó universalistamente como defensa de la libertad, consolidando a EE. UU. como garante último del orden internacional, incluso más allá de sus intereses inmediatos, como señaló Mazower27. No obstante, incluso entonces, el compromiso con los valores coincidía con un cálculo estratégico claro: impedir el colapso de Europa y la emergencia de un equilibrio hostil al poder estadounidense.

La diferencia esencial con el presente radica en que esa coincidencia entre valores e interés se ha disuelto. El discurso estratégico contemporáneo ya no apela prioritariamente al liderazgo normativo ni a la excepcionalidad moral, sino a la necesidad de reducir vulnerabilidades, priorizar la defensa del homeland y reafirmar la primacía en espacios considerados vitales. Como nos anticipó Stephen M. Walt, el liberalismo estadounidense siempre convivió con impulsos realistas, pero estos tienden a imponerse cuando el entorno internacional se endurece y las ventajas relativas se perciben como frágiles28.

Este giro teórico tiene consecuencias directas sobre el papel del derecho internacional. En el marco liberal, el derecho funcionaba simultáneamente como límite y como fuente de legitimidad; en la lógica realista que reaparece, se convierte en un instrumento selectivo. La soberanía, la autodeterminación o las normas multilaterales no desaparecen del discurso, pero quedan subordinadas a la definición estadounidense de interés vital. Como ya advirtió Stephen D. Krasner, la soberanía ha operado históricamente como una “hipocresía organizada”, respetada o vulnerada en función de las relaciones de poder subyacentes29.

En este sentido, el debate sobre Groenlandia revela algo más profundo que una disputa territorial puntual: muestra la disposición de Estados Unidos a abandonar sin ambigüedades el lenguaje del orden basado en reglas cuando éste entra en tensión con la lógica de la competencia entre grandes potencias. Como han señalado análisis recientes esta reaparición explícita del lenguaje de primacía refleja menos una anomalía coyuntural que la reactivación del pensamiento estratégico histórico, que reaparece cuando la competencia sistémica se intensifica y la arquitectura normativa del orden internacional deja de ser percibida como funcional para sostener la primacía estadounidense30.

Groenlandia revela así la disposición de Washington a abandonar el orden basado en reglas cuando tensiona con la competencia de grandes potencias. Estudios españoles31 lo confirman no como anomalía coyuntural, sino como reactivación histórica ante competencia sistémica intensificada. En transiciones sistémicas, incluso arquitectos del orden liberal recurren al realismo clásico para preservar posición relativa32.

España, Europa y la OTAN. La lección estratégica para aliados en un mundo de jerarquías

El paralelismo entre 1898 y Groenlandia trasciende Estados Unidos para ofrecer lecciones estratégicas fundamentales a España, Europa y los aliados atlánticos. Dinamarca —aliada OTAN, no adversario— enfrenta una lógica de poder que relega consideraciones jurídicas y liberales cuando Washington define intereses vitales. La experiencia española de 1898 demostró tempranamente que legalidad internacional y derechos históricos protegen poco frente a una potencia emergente resuelta a imponer primacía estratégica33.

Ese precedente histórico adquiere hoy un valor analítico renovado. El debate sobre Groenlandia revela que la condición de aliado no elimina la asimetría, ni garantiza que el marco jurídico y multilateral actúe como escudo efectivo cuando entran en juego espacios considerados críticos para la seguridad del hegemón. Dinamarca —miembro de la OTAN y socio estrecho de Washington— se ha visto confrontada con una lógica de poder que trasciende el derecho y las normas compartidas. El mensaje implícito es claro: en contextos de rivalidad sistémica, la jerarquía y los intereses vitales pesan más que la alianza.

Desde el ámbito del pensamiento estratégico se ha señalado que el sistema internacional atraviesa una fase de reinicio de la historia en analogía a la expresión de Fukujama, caracterizada por el debilitamiento del multilateralismo, la erosión del orden liberal y el retorno de una lógica abiertamente hobbesiana. En ausencia de una autoridad superior capaz de imponer reglas efectivas, el sistema internacional vuelve a operar conforme a sus supuestos clásicos: anarquía, desconfianza estructural y primacía de la seguridad. En este contexto, Hobbes ha vuelto, no como referencia filosófica abstracta, sino como descripción empírica del funcionamiento real del sistema internacional contemporáneo34.

Esta dinámica ha sido tratada por la teoría realista de las Relaciones Internacionales. Desde la perspectiva del realismo ofensivo John J. Mearsheimer sostiene que las alianzas son instrumentos contingentes, útiles mientras sirven a los intereses estratégicos de la gran potencia, pero prescindibles si se convierten en un obstáculo para la maximización del poder y la seguridad relativa35. De forma complementaria, Stephen M. Walt recuerda que los Estados pequeños y medianos dependen estructuralmente del hegemón, y que su margen de autonomía se reduce drásticamente cuando el entorno internacional se endurece36. La experiencia histórica española y la situación actual de Dinamarca ilustran con claridad esta asimetría estructural.

Para Europa y los aliados en el seno de la OTAN la implicación es profunda. Durante décadas, la integración europea y la tutela estratégica estadounidense en el ámbito de la Alianza permitieron amortiguar la lógica clásica del equilibrio de poder. Sin embargo, el orden liberal solo funciona mientras el hegemón esté dispuesto a autolimitarse pues cuando esa disposición desaparece, las reglas dejan de ser un mecanismo fiable de protección para los actores secundarios37. El debate sobre Groenlandia sugiere que esa autolimitación ya no puede darse por garantizada.

Para España, la lección es doble. Por un lado, confirma que el multilateralismo y las alianzas siguen siendo necesarios, pero no suficientes. Por otro, subraya la importancia de reforzar la autonomía estratégica, la capacidad de anticipación y una lectura realista del entorno internacional.

En definitiva, Groenlandia funciona como un espejo contemporáneo de 1898 al evidenciar que, en fases de transición sistémica, incluso los aliados pueden quedar relegados a una posición subordinada cuando entran en juego intereses definidos como vitales por la potencia dominante. El episodio confirma que, bajo presión estratégica, la política internacional tiende a reordenarse en torno a jerarquías de poder implícitas más que a normas universales compartidas. Pues como advirtió Henry Kissinger, en una formulación que hoy recupera plena vigencia:

Ningún orden internacional puede sostenerse únicamente sobre principios morales; debe descansar, en última instancia, sobre un equilibrio de intereses y de poder38”.

G.B. Víctor Bados Nieto
Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

1La Paz de Westfalia consagraron el nacimiento de los estados nación y el principio de soberanía, inviolabilidad y no injerencia de los territorios por otros estados, mientras que Bretton Woods  creó un sistema económico internacional abierto, institucionalizado (FMI, Banco Mundial, GATT) basado en reglas para promover el libre comercio y la cooperación multilateral.
2The White House (2022). National Security Strategy of the United States of America. Washington, D.C.
3Esta pretensión idealista, profundamente arraigada en la autopercepción estadounidense como “city upon a hill” , expresión del sermón puritano de John Winthrop en 1630, se reinterpreta como vocación moral global.
4Lindsey A. O’Rourke, Covert Regime Change: America’s Secret Cold War (Ithaca, NY: Cornell University Press, 2018).
5Imperialismo visual estadounidense en las islas intervenidas en las Antillas en 1898. https://estudiosamericanos.revistas.csic.es/index.php/estudiosamericanos/article/view/1044
7Guerra hispano-cubano-estadounidense – El Imperio de Calibán https://norbertobarreto.blog/category/guerra-hispano-cubano-estadounidense/
8Hyman G. Rickover (1976). How the Battleship Maine Was Destroyed. Washington D.C.: Naval History Division, Department of the Navy.
9La teoría de los espacios abiertos (Großraum) de Carl Schmitt sostiene que el orden internacional se organiza en grandes espacios geopolíticos dominados por una potencia rectora, que excluye la injerencia de actores externos. Frente al universalismo liberal, Schmitt legitima una pluralidad de órdenes regionales basados en relaciones de poder, afinidades políticas y decisión soberana.
10G. R. Herring, From Colony to Superpower: U.S. Foreign Relations since 1776. Oxford, UK: Oxford University Press, 2008, pp. 159–210.
11A. T. Mahan, The Influence of Sea Power upon History, 1660–1783. Boston, MA: Little, Brown and Company, 1890, pp. 25–89.
12D. Reiter, “Democracy, Deception, and Entry into War,” Security Studies, vol. 21, no. 4, pp. 594–623, 2012 (véase especialmente p. 595).
13R. de los Reyes Ramírez, “Trump, Colombia y Venezuela: ¿el retorno de la Doctrina Monroe?”, Revista Digital del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), 5 nov. 2025.
14El concepto de Lebensraum, desarrollado en la geopolítica alemana por Karl Haushofer, sostiene que los Estados necesitan un “espacio vital” acorde a su poder demográfico, económico y estratégico, legitimando la expansión territorial como requisito para la supervivencia y proyección de la nación.
15B. Buzan, O. Wæver y J. de Wilde, Security: A New Framework for Analysis. Boulder, CO: Lynne Rienner, 1998.
17J. J. Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics. New York, NY: W. W. Norton, 2001, pp. 29–54.
18U.S. Department of Defense, Department of Defense Arctic Strategy. Washington, D.C., 2024; y M. Conley et al., “Strategic Competition in the Arctic,” Center for Strategic and International Studies (CSIS), 2020.
19U.S. Department of Defense, Department of Defense Arctic Strategy, Washington, D.C., 2024; y L. Pizzolato et al., “The Arctic shipping potential: Routes, resources and geopolitics,” Marine Policy, vol. 75, pp. 235–244, 2017
20Arctic Council, Arctic Marine Shipping Assessment, Tromsø, 2009; y R. Huebert et al., “Climate change and geopolitics in the Arctic,” Foreign Policy, no. 163, pp. 36–43, 2007.
21F. Márquez, “El retorno de la Doctrina Monroe en la política exterior de Estados Unidos”, Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2024/2025
G. Colom Piella, “De la hegemonía liberal a la primacía estratégica: Estados Unidos y el regreso de las esferas de influencia”, Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2024.
22G. Colom Piella, “De la hegemonía liberal a la primacía estratégica: Estados Unidos y el retorno de las esferas de influencia”, Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2024.
23G. J. Ikenberry, Liberal Leviathan: The Origins, Crisis, and Transformation of the American World Order. Princeton, NJ: Princeton University Press, 2011.
24R. Gilpin, War and Change in World Politics. Cambridge: Cambridge University Press, 1981.
25J. J. Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics. New York, NY: W. W. Norton, 2001
26V. M. Bados Nieto, “Ni enemigo ni vasallo: reflexiones sobre la visión estratégica de España frente a la rivalidad entre los Estados Unidos y China,” Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, diciembre 2025.
27M. Mazower, Governing the World: The History of an Idea. New York, NY: Penguin, 2012.
28S. M. Walt, The Hell of Good Intentions: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U.S. Primacy. New York, NY: Farrar, Straus and Giroux, 2018.
29S. M. Walt, The Hell of Good Intentions: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U.S. Primacy. New York, NY: Farrar, Straus and Giroux, 2018.
30Guillén Colom Piella, “De la hegemonía liberal a la primacía estratégica: Estados Unidos y el retorno de las esferas de influencia”, Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2024.
31Francisco José Márquez, “Estados Unidos y la reactivación de la Doctrina Monroe en el contexto de la competencia entre grandes potencias”, Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2025.
32J. J. Mearsheimer, The Tragedy of Great Power Politics. New York, NY: W. W. Norton, 2001.
33May, E. R. (1961). Imperial Democracy: The Emergence of America as a Great Power. Harcourt, Brace & World.
34Bados, V. (2025). El reinicio de la Historia. Vuelve el primer hombre. Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE).
35Mearsheimer, J. J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. W. W. Norton.
36Walt, S. M. (1987). The Origins of Alliances. Cornell University Press.
37Ikenberry, G. J. (2011). Liberal Leviathan: The Origins, Crisis, and Transformation of the American World Order. Princeton University Press.
38Kissinger, H. (2014). World Order. Penguin Press.
    • 1898-2026. De Cuba a Groenlandia: el retorno del imperialismo estratégico estadounidense en la nueva 'Cuba Ártica'

    • 1898-2026. From Cuba to Greenland: the return of US strategic imperialism in the new 'Arctic Cuba'