
06 abr 2026
IEEE. Del Heartland al cerco marítimo Euroatlántico: Rusia atrapada por el mar
José Ignacio Álvarez Chaigneau. Capitán de navío IM (R), PhD(c) Geografía e Historia, Profesor de la Academia de Guerra Naval, Chile
«Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma»
Winston Churchill, BBC, 1939
Introducción: cuando el Heartland1 dio la espalda al mar
El Kremlin presentó la invasión de Ucrania en 2022 como una corrección histórica y un movimiento de seguridad: alejar a la OTAN y recuperar «profundidad estratégica» en su flanco occidental. La Asamblea General de la ONU condenó la agresión en su 11.ª Sesión Especial de Emergencia (A/RES/ES-11/1, 2 de marzo de 2022), y la Corte Internacional de Justicia (CIJ) ordenó medidas temporales para cesar las operaciones (ICJ, 2022), dotando así de la debida legitimidad internacional a la respuesta aliada (UNGA, 2022).
El efecto geoestratégico, sin embargo, fue un búmeran. La adhesión de Finlandia (4 de abril de 2023) y de Suecia (7 de marzo de 2024) a la OTAN ha transformado el mar Báltico en un espacio prácticamente circundado por Estados aliados, de facto un «mar interior» de la Organización. Sus accesos críticos se encuentran hoy bajo vigilancia reforzada y cuentan con una densa malla de sensores, plataformas y procedimientos interoperables, lo que eleva significativamente la dificultad de cualquier intento ruso de operar en el área sin ser detectado, seguido o disuadido (NATO, 2023, 2024).
En lenguaje oceanopolítico, la potencia continental —sin una política marítima robusta— descubrió que su profundidad terrestre podía convertirse en profundidad de encierro.
Por qué Rusia (Putin) fue a la guerra: seguridad, historia y error de cálculo
Teniendo en cuenta los aspectos de seguridad y el relato histórico, la narrativa presidencial de Putin del 2021 implicaba la unidad histórica entre rusos y ucranianos, sirviendo de plataforma ideológica para deslegitimar la estatalidad de Kiev y encuadrar una operación «correctiva» hacia el oeste. A esa construcción se añadió la lógica de la seguridad: impedir la gravitación euroatlántica de Ucrania y, en consecuencia, alejar a la OTAN de su frontera. El resultado empírico fue el inverso: se reforzó la cohesión aliada y se amplió el perímetro de la OTAN en el Báltico, una consecuencia marítima que el Kremlin, a todas luces, subestimó (NATO, 2023, 2024).
En el plano jurídico-político, aunque el derecho internacional no detiene tanques, sí ordena y disciplina la acción de las coaliciones. La resolución ES-11/1 – UNGA2 de la Asamblea General de la ONU y las medidas provisionales dictadas por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el caso Allegations of Genocide (Ukraine v. Russian Federation) no fueron solo gestos simbólicos: ayudaron a estructurar un consenso amplio y dieron un fundamento de legitimidad común a la arquitectura de sanciones, al apoyo militar a Ucrania y a la coordinación multinivel entre Estados y organizaciones (UNGA, 2022; CIJ, 2022). En un contexto de competencia entre potencias, esa legitimidad se convierte en una verdadera variable operativa: condiciona el acceso a bases y corredores logísticos, facilita o restringe tránsitos aéreos y marítimos, influye en la formulación de las reglas de empleo de la fuerza (ROE) y reduce los costos políticos de la cooperación técnico-militar. Dicho en simple: las unidades avanzan con combustible y munición, pero también con permisos de tránsito, sobrevuelo, puertos abiertos y socios dispuestos; sin legitimidad jurídica y política, ese apoyo se encarece o se desvanece.
El mar que subestimó Moscú
Un vector que Moscú subestimó fue el régimen de los estrechos turcos, fijado por la Convención de Montreux3 (Suiza, 1936). El 28 de febrero de 2022, Ankara anunció la aplicación del artículo 19: se restringía el paso de buques de guerra de Estados beligerantes por el Bósforo y los Dardanelos, autorizándose únicamente el retorno a sus puertos base. La medida, comunicada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y refrendada por la Presidencia, constituyó un acto de neutralidad activa4: Turquía no se alineó con ninguno de los contendientes, pero sí hizo valer con firmeza un instrumento jurídico internacional que introdujo un cambio operativo significativo en la guerra marítima rusa: «Turquía aplicará, con transparencia, todas las disposiciones de la Convención de Montreux», declaró el ministro de Relaciones Exteriores Mevlüt Çavuşoğlu, en una entrevista televisiva. «La Convención de Montreux regula el paso de los buques de guerra, y Turquía la ha aplicado de forma meticulosa desde su firma… El artículo 19 es muy claro», subrayó.
La activación del artículo 19 de la Convención de Montreux convirtió al estrecho en una compuerta estratégica: al cerrarse para los buques de guerra de los Estados beligerantes — salvo retorno a sus bases—, la Flota rusa del mar Negro perdió su elasticidad interteatros. Se cortó la continuidad con el Mediterráneo, se interrumpió la movilidad entre flotas y se anuló la rotación de unidades entre Sebastopol y Tartus; a la vez, desapareció la opción de refuerzos hacia el Mediterráneo oriental (Konrad, 2025)5.
En términos de arte operacional, ello quebró la línea de sostenimiento que Moscú venía explotando desde su intervención en Siria en 20156, basada en el flujo continuo de buques a través de los estrechos turcos para abastecer Tartus y mantener una presencia naval en el Mediterráneo oriental, y forzó la reorganización del dispositivo naval sobre líneas interiores, degradando su capacidad de proyección y libertad de maniobra. El saldo político-estratégico fue inequívoco: Turquía, amparada en Montreux, quedó como árbitro de facto del equilibrio naval entre el mar Negro y el Mediterráneo.
A nivel geoestratégico, la medida evidenció la vulnerabilidad marítima estructural de Rusia, dependiente de pasos controlados por terceros. El cierre funcional que habilita Montreux transformó el mar Negro en un teatro semicerrado, donde las líneas de comunicación marítima (SLOC7) quedaron condicionadas por una potencia ajena al conflicto, lo que, en términos de poder marítimo clásico, equivale a ceder la iniciativa. Desde la perspectiva de la oceanopolítica, el efecto fue doble: además del control del espacio, se afectó el sistema de flujos —comercio, energía y datos— que discurre por cables submarinos, gasoductos e interconexiones eléctricas marinas, así como por terminales de gas natural licuado (GNL) y nodos portuarios. La gobernanza y vigilancia aliada (MDA/ISR)8 sobre esa infraestructura crítica submarina incrementaron la resiliencia del lado de la OTAN y elevaron el costo operativo para Moscú, empujándola a operar sobre líneas interiores. Turquía, al amparo del tratado, se consolidó así como regulador del equilibrio naval y custodio de la válvula geoestratégica que conecta el Heartland euroasiático con el Mediterráneo (Pedrozo, 2022; USNI, 2022).
Buque de guerra ruso Korolev de la clase Ropucha atraviesa el mar del Bósforo camino al mar Negro en una imagen de abril del año 2024. Imagen: Murad Sezer/REUTERS.
Alemania sale de la inercia
La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión histórico para Alemania. Durante décadas, Berlín había mantenido una política de defensa contenida, centrada en el poder económico y en el multilateralismo diplomático. Sin embargo, el cambio del entorno estratégico —la guerra en Europa y la presión de EE. UU. por una partición más equitativa de responsabilidades dentro de la OTAN— llevó al Gobierno alemán a redefinir todas sus prioridades de seguridad.
En 2024, por primera vez desde los años noventa, Alemania alcanzó el 2 % del producto interior bruto (PIB) en gasto de defensa, cumpliendo así con el compromiso asumido dentro de la Alianza. Ese esfuerzo se tradujo en un presupuesto militar cercano a 88.500 millones de dólares, lo que la convirtió en el mayor inversor en defensa de Europa y el cuarto del mundo. Dentro de la OTAN, pasó a ocupar el segundo lugar en gasto total, solo detrás de lo que invierte Estados Unidos.
Más allá de las cifras, dicho por el canciller Olaf Scholz, este viraje simboliza el fin de la «era de contención» alemana y el comienzo de una etapa de rearme estructural y modernización de la Bundeswehr9, sustentada por un fondo especial de 100.000 millones de euros (Sondervermögen, fondo especial o patrimonio especial).
Con el Zeitenwende (cambio de época), Berlín asumió que la seguridad europea exigía autonomía estratégica, rearme estructural y compromiso activo dentro de la OTAN y la Unión Europea (UE). El término pasó así de ser una expresión política a convertirse en una doctrina de transformación integral que abarca: (a) incremento sostenido del gasto en defensa (≥ 2 % del PIB); (b) creación del fondo extraordinario / Sondervermögen der Bundeswehr (100.000 millones €); (c) modernización tecnológica y digitalización militar; y (d) el refuerzo de la disuasión en el flanco oriental de la OTAN (Reuters, 2025; SIPRI, 2025; NATO, 2024).
En cuanto a metas geopolíticas, el Zeitenwende simboliza el retorno de Alemania al poder duro como pilar de la defensa europea, suponiendo el reconocimiento de que la seguridad ya no puede delegarse en EE. UU., que el equilibrio continental depende de la masa crítica europea, y que la defensa es parte esencial de la soberanía política.
La nueva postura de defensa alemana no se limita al aumento presupuestario; también implica el despliegue de fuerzas blindadas permanentes fuera de su territorio, asumiendo un rol de disuasión avanzada en el flanco oriental de la OTAN. En efecto, en junio de 2023 el ministro de Defensa, Boris Pistorius, anunció el despliegue de una brigada blindada alemana —aproximadamente 4.800 efectivos— en Lituania, en el marco de la Enhanced Forward Presence (eFP) de la Alianza.
Esta fuerza incluye unidades de tanques Leopard 2, infantería mecanizada, artillería y apoyo logístico, con infraestructura y familias trasladadas de manera permanente al territorio báltico. Su propósito es inequívoco: establecer una línea de disuasión tangible frente a Rusia, en la que un ataque contra cualquiera de los Estados bálticos equivalga, en los hechos, a atacar a soldados alemanes y, por extensión, a la OTAN en su conjunto.
En clave analítica, representa la transición de una Alemania económica a una Alemania estratégica, consciente de que su propia prosperidad y estabilidad interior dependen de un entorno seguro y de su disposición a actuar como potencia de primer orden.
La oceanopolítica en el siglo XXI y sus efectos para Rusia
La oceanopolítica, en su formulación original, ubica al mar como un continuo estratégico donde se cruzan comercio, energía, cables, puertos y SLOC. Un Estado que concibe el mar únicamente como frontera física reduce su propia proyección. En cambio, aquel que lo entiende como un sistema interconectado, por el que circulan recursos, energía, comercio e información, adquiere la capacidad de influir sobre los flujos que sostienen el poder global (Martínez Busch, 1993)10.
Para Rusia, justamente, el mapa marítimo se ha convertido en una trampa de hielo y sensores. El Ártico permanece parcialmente cerrado por la estacionalidad del hielo; el Báltico se transformó en un mar interior aliado tras el ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN; el mar Negro está estrangulado por las restricciones de Montreux; y el Mediterráneo oriental es un tablero politizado, donde el acceso depende de terceros. En este escenario, solo las costas del Lejano Oriente, con Vladivostok como salida hacia el Pacífico, otorgan a Moscú un margen limitado de libertad de acción marítima y estratégica.
La situación anterior se ve agravada y se entrecruza operativamente con el incidente del submarino B-261 Novorossiysk (Proyecto 636.3, Improved Kilo)11, detectado entre el 7 y el 15 de octubre de 2025, mientras navegaba en superficie frente a la Bretaña francesa. Acompañado por un remolcador ruso y monitoreado por unidades aliadas durante su paso por el canal de la Mancha, el mar del Norte y hacia el Báltico, el hecho reveló la exposición operacional del componente submarino ruso en tránsitos extendidos y confirmó la superioridad del entramado ISR aliado en la vigilancia de los corredores marítimos estratégicos del Atlántico y el Báltico.
La Royal Navy informó de una operación de tres días de la fragata HMS Iron Duke con su helicóptero AW159 Wildcat, en coordinación con la OTAN (Royal Navy, 2025). El Ministerio de Defensa de los Países Bajos señaló que el buque hidrográfico HNLMS Luymes (A803) tomó el relevo en la zona económica exclusiva (ZEE) neerlandesa (Netherlands MoD, 2025). Autoridades y prensa resumieron la lógica aliada en una potente frase: «We. Are. Watching.» (estamos observando), mientras el entonces secretario general de la OTAN ironizaba públicamente sobre un submarino ‘cojo’, visibilizando la sorprendente pérdida de sigilo (Reuters, 2025).
Desde la perspectiva de la inteligencia operacional, cada milla navegada representó una oportunidad para la recolección de información procedente de múltiples fuentes: el sonido del submarino permitió caracterizar sus firmas acústicas; las variaciones térmicas y las emisiones electrónicas revelaron su actividad y tipo de propulsión; mientras que las observaciones visuales y de vídeo obtenidas desde aeronaves, buques y satélites ofrecieron un seguimiento continuo de su posición y entorno táctico. La integración de estas fuentes reforzó la conciencia situacional aliada, permitiendo consolidar un Panorama Operacional Común (COP) de alta resolución en ese teatro de operaciones.
En efecto, en un Báltico densamente sensorizado, un submarino de la clase Kilo en superficie pierde toda negación plausible: sus antenas, la estela y el régimen de máquinas se convierten en observables que alimentan el COP en tiempo casi real.
Kaliningrado: enclave administrado por el entorno
Kaliningrado es un enclave ruso encajado entre Polonia y Lituania; ha sido durante décadas un nodo A2/AD12, con sistemas S-300/S-400, misiles balísticos tácticos Iskander-M y defensas costeras Bastion-P, además de ser la principal base de la Flota del Báltico13.
Pero la misma geografía que lo hace valioso también lo encierra. La «Brecha de Suwałki»14 concentra la atención terrestre como punto crítico que conecta a los Estados bálticos con el resto de la OTAN, mientras que el anillo marítimo-aéreo aliado, reforzado tras la incorporación de Suecia y Finlandia, convierte el Báltico en un espacio cada vez más vigilado y reduce los márgenes de acceso marítimo y de resiliencia logística del enclave.
En el plano energético y logístico, el desenganche de los Estados bálticos del anillo BRELL15 y su sincronización con la red eléctrica de Europa continental han incrementado la insularización de Kaliningrado, obligando a Rusia a garantizar su suministro eléctrico en modo casi «isla», y perdiendo visibilidad y capacidad de influencia sobre las redes bálticas.
A ello se suman las restricciones y cuotas al tránsito ferroviario de mercancías sancionadas, incluidos combustibles y productos petrolíferos, a través de Lituania, así como los controles adicionales de Polonia, que han introducido fricción estructural en la línea de comunicaciones terrestre con la metrópoli.
La alternativa de apuntalar el abastecimiento mediante GNL y tráfico marítimo en el Báltico tampoco es neutra: sigue expuesta a las condiciones de hielo invernales, a la necesidad de rompehielos y a posibles restricciones en ventanas portuarias y de seguros, en un mar donde hasta un 40–45 % de la superficie puede presentar hielo en los picos de la temporada. En conjunto, Kaliningrado mantiene la capacidad de disuasión regional, pero cada vez más condicionada por vulnerabilidades logísticas, energéticas y de acceso que la OTAN puede modular sin necesidad de combatir directamente los sistemas A2/AD desplegados en el enclave.
Países de la OTAN que rodean el Báltico
Efectos operacionales en la maniobra marítima de Rusia
Desde la perspectiva operacional, la guerra de Ucrania y sus derivadas marítimas han transformado la estructura misma del poder naval ruso. Tres factores —la restricción de los estrechos turcos, la situación del enclave de Kaliningrado y la exposición del submarino Novorossiysk— evidencian una pérdida de elasticidad estratégica, entendida como la capacidad de proyectar y sostener fuerzas entre teatros marítimos interconectados.
En primer lugar, la aplicación del artículo 19 de la Convención de Montreux (1936) por parte de Turquía, desde febrero de 2022, cerró la conexión funcional entre el mar Negro y el Mediterráneo, interrumpiendo la movilidad interflotas de la Armada rusa. Este acto, jurídicamente legítimo y estratégicamente calculado, fragmentó el dispositivo naval ruso en flotas regionales aisladas: la del mar Negro, la del Báltico, la del Norte y la del Pacífico. Al perder capacidad de refuerzo y rotación, Moscú vio reducida su profundidad estratégica marítima, quedando su fuerza naval confinada a mares semicerrados y dependiente de líneas interiores.
En segundo término, el enclave de Kaliningrado pasó de ser un bastión A2/AD a un enclave operativo bajo presión. La adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN cerró el arco norte del Báltico, densificando el entramado de sensores ISR y limitando el margen de maniobra ruso. Las rutas logísticas del enclave —marítimas, ferroviarias y energéticas— se tornaron vulnerables: la sincronización eléctrica báltica con la red europea (desenganche del anillo BRELL), los controles polacos y lituanos, y la pérdida de rutas de abastecimiento marítimo seguras redujeron su autonomía estratégica.
Actualmente, Kaliningrado conserva una capacidad de disuasión nada despreciable gracias al entramado A2/AD compuesto por los sistemas S-300/S-400, los misiles balísticos tácticos Iskander-M y las baterías costeras Bastion-P, que le permiten amenazar el espacio aéreo del Báltico, el corredor de Suwałki y nodos críticos en territorio OTAN. Sin embargo, esa capacidad descansa sobre bases logísticas y energéticas crecientemente frágiles: el enclave depende de «ventanas» marítimas controladas (tráfico a través del mar Báltico, vulnerable a bloqueo e ISR aliado) y de corredores ferroviarios y viales que cruzan Lituania, sujetos a restricciones y presiones políticas en el contexto de sanciones y tensiones con la Unión Europea. A ello se añade que la desconexión de los Estados bálticos del anillo BRELL y su sincronización plena con la red eléctrica europea ha obligado a Rusia a garantizar la autosuficiencia energética de Kaliningrado al margen del sistema regional que antes controlaba, incrementando la exposición del enclave a cortes, sabotaje de infraestructura submarina y a una mayor huella de vulnerabilidad estratégica en el dominio energético.
A lo anterior se suma este tercer factor: el caso del submarino B-261 Novorossiysk, cuyo tránsito desde el Atlántico al Báltico, en octubre de 2025, fue seguido por una operación de seguimiento aliada bajo la consigna «We. Are. Watching.», ofreciendo múltiples datos, pero operacionalmente el resultado fue el colapso del sigilo táctico, demostrando que, en un entorno densamente sensorizado, un submarino diésel-eléctrico pierde su invisibilidad en tránsito prolongado. Su debilidad no es el diseño, sino la sostenibilidad: autonomía logística limitada, dependencia de apoyo y exposición creciente fuera de bases seguras.
El efecto combinado de estos factores es una fragmentación estructural del poder marítimo ruso. La Federación enfrenta un sistema naval segmentado, con flotas aisladas, movilidad interteatros restringida y una capacidad de disuasión marítima degradada por la observación persistente y la vulnerabilidad logística. En términos doctrinarios, se trata de una interiorización forzada del poder naval: Rusia actúa como potencia continental con flotas atrapada entre la geografía, la legalidad marítima y la superioridad ISR aliada.
Si el escritor estadounidense Tom Clancy, célebre por sus novelas de espionaje e inteligencia militar, hubiera escrito esta historia en 2025, la escena inicial comenzaría con la silueta de un submarino clase Kilo emergiendo en las frías aguas del Canal, donde las cartas náuticas trazan las rutas más vigiladas de Europa. Sobre él, un helicóptero Wildcat rompería el silencio del cielo bajo un manto de nubes densas, mientras en los centros de operaciones, los ecos de radar se alinean como piezas de un rompecabezas que anticipa el desenlace. El ‘villano’ no sería un capitán rebelde, sino la fricción logística de una potencia continental que intenta respirar en mares controlados por aliados. La lección no vendría de explosiones, sino de inteligencia persistente y vigilancia constante. Tres palabras lo resumen: «We. Are. Watching.» — tres palabras que transformaron el silencio del océano en inteligencia operativa.
Conclusiones
- Rusia fue a la guerra para alejar a la OTAN de sus fronteras, pero terminó acercándola a su propia línea de flotación. La invasión de 2022 desencadenó una reacción en cadena que reconfiguró el equilibrio euroatlántico: el mar Báltico dejó de ser frontera y pasó a ser mar interior aliado; Turquía reafirmó su papel de árbitro de los estrechos, aplicando Montreux con precisión; y Alemania abandonó su inercia histórica, transformando su peso económico en masa crítica de defensa bajo la Zeitenwende.
- El resultado estratégico para Moscú es una fragmentación funcional de su poder marítimo. La Flota del mar Negro permanece confinada; la del Báltico, cercada; y la del Norte, limitada por condicionantes logísticos y de tránsito entre flotas. La pérdida de movilidad interteatros, pilar del arte operacional naval, ha interiorizado el poder ruso: de una marina de proyección ha pasado a una marina de contención, obligada a operar bajo observación persistente y con dependencia creciente de líneas interiores.
- En esa ecuación, Kaliningrado encarna la paradoja de la fortaleza cercada: un enclave con un potente sistema de defensa, pero cuya autonomía energética y logística depende de infraestructuras controladas por terceros. El desenganche del anillo BRELL, los corredores restringidos y la sincronización eléctrica báltica con Europa continental muestran que el poder, en el siglo XXI, se mide tanto en conectividad y resiliencia como en arsenales.
- El episodio del B-261 Novorossiysk sintetiza el cambio de época: un submarino concebido para desaparecer, obligado a navegar a la vista y seguido por una cadena multinacional de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR). Lo que antes era sigilo táctico hoy es exposición estructural. La tecnología, el derecho marítimo y la interoperabilidad aliada han convertido el mar en un espacio de transparencia forzada, donde la sorpresa estratégica es cada vez más escasa.
- La lección es clara: el Heartland de Mackinder no basta cuando los estrechos, las rutas y las líneas de comunicación marítima (SLOC) están gobernados por terceros. En la era de sensores, cables y flujos energéticos, la profundidad estratégica es líquida. La defensa eficaz se ejerce desde el mar hacia el sistema, no al revés. Se debe pensar el mar como sistema, no como frontera. La oceanopolítica es prolongación funcional del poder terrestre.
- El siglo XXI no borró el mar del tablero geopolítico: lo volvió decisivo. Lo que ayer fue profundidad continental, hoy puede ser confinamiento líquido. Y en esa transición, Rusia ha redescubierto, a un costo histórico, que quien olvida el mar termina asfixiado por él.
José Ignacio Álvarez Chaigneau
Capitán de navío IM (R), PhD(c) Geografía e Historia
Profesor de la Academia de Guerra Naval, Chile
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Del Heartland al cerco marítimo Euroatlántico: Rusia atrapada por el mar (0,3 MB)
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From the Heartland to the Euro-Atlantic maritime encirclement: Russia trapped by the sea (0,3 MB)
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