
06 feb 2026
ESFAS. Tendencias de la maniobra operacional contemporánea para evitar el estancamiento
Álvaro Guzmán Peces. Comandante de Infantería.
Introducción
«El valor práctico de la historia es proyectar la película del pasado, a través del sistema de proyección del presente, sobre la pantalla del futuro» B.H.»
Liddell Hart.
La guerra constituye un fenómeno dinámico en el que las experiencias del pasado se reflejan continuamente en los conflictos del presente. Desde la Primera Guerra Mundial, en la que los ejércitos quedaron inmovilizados durante años en interminables líneas de trincheras, los estrategas militares han tratado de evitar la trampa del estancamiento operacional. No obstante, la cuestión sigue siendo alarmantemente actual. El conflicto en Ucrania (2022–2024) ha puesto de manifiesto que, a pesar de la enorme innovación tecnológica, las guerras contemporáneas pueden deslizarse nuevamente hacia combates estáticos y prolongados. La combinación de frentes fortificados en profundidad, una creciente transparencia del campo de batalla gracias al uso extensivo de drones y satélites, y la alta letalidad del armamento moderno, ha favorecido un retorno a formas de combate estáticas, similares en muchos aspectos a las vividas hace un siglo (Zaluzhnyi, 2023). La dificultad para romper las líneas enemigas y transformar pequeñas victorias tácticas en efectos operacionales decisivos se ha convertido en un desafío crucial para los ejércitos actuales. En otras palabras, superar el estancamiento es hoy tan relevante como lo fue en el pasado.
Afortunadamente, la historia demuestra también que estos atolladeros militares pueden superarse mediante innovaciones doctrinales y tecnológicas. Por ello, resulta pertinente revisar las aportaciones de pensadores militares como Basil Liddell Hart, John Boyd, William Lind o Martin van Creveld, quienes, aprendiendo de guerras anteriores, aportaron principios fundamentales para evitar la parálisis en el frente sentando así las bases de lo que, posteriormente, se denominaría guerra de maniobra. Esos postulados, que en este artículo denominaremos «principios clásicos» de la guerra de maniobra, pueden arrojar luz sobre cómo evitar el estancamiento en la actualidad. La hipótesis central que aquí se plantea sostiene que la aplicación de los «principios clásicos» de la guerra de maniobra, adaptados al entorno operativo actual, constituye una opción viable para evitar el estancamiento de la maniobra operacional contemporánea. En este sentido, el conflicto en Ucrania representa un excelente caso de estudio para verificar dicha hipótesis, analizando por qué algunas contraofensivas lograron superar el estancamiento mientras otras fracasaron. Dicho análisis permitirá además identificar tendencias emergentes en la maniobra operacional contemporánea que contribuyen eficazmente a su superación.
Antecedentes: la guerra de maniobra y sus principios clásicos
Evitar el estancamiento operacional ha sido una preocupación central en la historia militar moderna. Tras la carnicería de la Primera Guerra Mundial, el teórico británico B.H. Liddell Hart abogó por una «aproximación indirecta» para romper la parálisis de las trincheras. Su análisis mostró la ineficacia de los ataques frontales contra posiciones fortificadas, pues solo incrementaban la resistencia enemiga y prolongaban innecesariamente el conflicto. En contraposición, propuso desestabilizar al adversario explotando sus vulnerabilidades físicas y psicológicas, golpeando donde fuera más débil. Este concepto, llamado dislocación, implicaba dividir las fuerzas enemigas, cortar sus suministros y amenazar sus retaguardias, al tiempo que sembraba confusión y minaba su voluntad de luchar. Además, destacó la flexibilidad en la planificación y ejecución, enfatizando tanto la capacidad para adaptar rápidamente los planes a las circunstancias cambiantes, como la concentración del esfuerzo en la debilidad enemiga. Para Hart, concentrar fuerzas no significaba acumular tropas sin más, sino obligar al enemigo a dispersarse mediante amenazas múltiples para luego atacar con superioridad local en un punto decisivo. También resaltó la importancia de plantear dilemas al enemigo operando simultáneamente en varios ejes, generando incertidumbre y forzando decisiones erróneas. En definitiva, Liddell Hart sentó las bases fundamentales para evitar el estancamiento (Liddell Hart, 1954; Bond, 1977).
Posteriormente, otros pensadores ampliaron estas ideas. El coronel estadounidense John Boyd desarrolló el famoso ciclo OODA (Observar, Orientar, Decidir, Actuar) para explicar cómo vencer acelerando el ritmo operacional. Según Boyd (1986), el objetivo último de la guerra de maniobra es abrumar la capacidad de adaptación del enemigo, actuando con una velocidad y audacia tales que este quede desorientado, tomando decisiones erróneas o tardías. Este control del tempo operacional se obtiene combinando sorpresa y velocidad. Boyd coincidía plenamente en que más que la destrucción física, el fin último era romper la cohesión enemiga, atacando a su ciclo de decisión. Sus planteamientos influyeron significativamente en doctrinas posteriores, promoviendo acciones rápidas e impredecibles orientadas a paralizar al adversario en lugar de desgastarlo lentamente.
En la década de 1980, el analista William S. Lind profundizó en estas ideas, consolidando una verdadera filosofía de combate orientada a la maniobra. Lind fue pionero en distinguir explícitamente entre la guerra de maniobra y la guerra de atrición. Criticó las doctrinas centradas en acumular bajas enemigas y conquistar terreno a costa de tiempo y recursos, defendiendo en cambio un estilo de combate que rompiera la coherencia enemiga mediante decisiones ágiles y descentralizadas (Lind, 1985). Inspirado en tácticas alemanas de la Segunda Guerra Mundial –más tarde conocidas popularmente como Blitzkrieg– y en los conceptos de Boyd, Lind enfatizó la delegación de la iniciativa en los comandantes sobre el terreno, bajo el concepto de órdenes tipo misión. Este enfoque permitía a las unidades explotar rápidamente cualquier oportunidad sin esperar órdenes detalladas, manteniendo una flexibilidad operativa que desbordara continuamente al adversario. En síntesis, Lind propuso una filosofía de mando flexible para adaptarse ágilmente durante las operaciones y evitar enfrentamientos frontales, buscando constantemente la vulnerabilidad enemiga.
Martin Van Creveld, destacado teórico militar contemporáneo, añadió a estas ideas el estudio del impacto del poder aéreo en la guerra de maniobra. Analizando principalmente los conflictos de la Segunda Guerra Mundial y las guerras árabe-israelíes, Van Creveld (1994) destacó cómo el poder aéreo transformaba la dinámica operacional al permitir ataques rápidos, profundos y precisos que sorprendían y desarticulaban al enemigo. Asimismo, en el ámbito defensivo, desarrolló el concepto de defensa basada en la maniobra, que implicaba absorber inicialmente el impacto de la ofensiva enemiga, cambiando espacio por tiempo y preparando contraataques decisivos mediante reservas móviles oportunamente empleadas. Este enfoque permitía a las fuerzas defensivas mantener la iniciativa integrando maniobra y fuegos en profundidad.
Todas estas aportaciones se integraron finalmente en doctrinas oficiales hacia finales del siglo XX. En 1997, el Cuerpo de Marines de EE.UU. publicó su manual doctrinal básico, el MCDP-1 «Warfighting», consolidando formalmente varios de los principios de la guerra de maniobra. Este documento sintetiza claramente las ideas de Hart, Boyd y Lind, colocando la ruptura de la cohesión enemiga como objetivo central y enfatizando la necesidad de mantener un ritmo operativo elevado para desequilibrar al adversario, saturándolo con dilemas simultáneos. Asimismo, establece como fundamental la explotación inmediata del éxito obtenido, profundizando cualquier ventaja sin dilación (MCDP-1, 1997). La doctrina subraya la importancia del mando descentralizado en el combate para mantener la iniciativa y dominar el tempo en entornos caóticos. En definitiva, la guerra de maniobra según la MCDP-1 busca sorprender al enemigo golpeando sus debilidades más rápido de lo que este pueda reaccionar, explotando rápidamente el éxito, y delegando en los mandos inferiores la flexibilidad para aprovechar cualquier oportunidad. Todo ello con el fin último de colapsar la voluntad y capacidad del adversario evitando un desgaste prolongado.
Este breve recorrido histórico ofrece el marco teórico necesario para analizar cómo evitar hoy el estancamiento operacional. A partir del estudio detallado de estos autores, es posible extraer una serie de «principios clásicos» de la guerra de maniobra, que serán referencia y guía del presente artículo. Dichos principios se resumen y esquematizan en la tabla adjunta (Figura 1), y serán aplicados al análisis práctico del conflicto contemporáneo en Ucrania (2022–2024), con el objetivo de identificar tendencias de la maniobra operacional para evitar el estancamiento:
| Liddell Hart (1954) | John Boyd (1976) | William Lind (1985) | Van Creveld (1994) | MCDP-1 (1997) | PRINCIPIO DEDUCIDO: |
| Desarticular al enemigo (dislocación física y psicológica). | Maniobrar contra el adversario más allá de su capacidad moral, mental y física. | Desorganizar la estructura y la cohesión del adversario en lugar de destruirlo físicamente | Desarticular y desmoralizar al enemigo aprovechando el poder aéreo. | Desestabilizar el «sistema» enemigo para destruir su cohesión en todos los niveles. | 1. Romper la cohesión enemiga (moral, mental y física) |
| Eje central de su teoría: atacar vulnerabilidades evitando el choque frontal. | Desorientar y sobrecargar las vulnerabilidades críticas del adversario para romper la coherencia de su ciclo OODA. | Evitar las «superficies» y explotar los «vacíos». | Principio de armas combinadas: utilizar el arma más adecuada contra las debilidades del adversario | Evitar los puntos fuertes del enemigo y enfocar los esfuerzos contra sus debilidades | 2. Aproximación indirecta |
| Seguir la línea de operaciones que nos ofrezca varios objetivos alternativos. | Crear incertidumbre mediante la amenaza, la ambigüedad y el engaño. | - | - | Para saturar la capacidad enemiga de priorizar y coordinar su respuesta. | 3. Plantear dilemas |
| Seguir la línea menos esperada. | Seleccionar acciones inesperadas | - | Lograr la sorpresa con movimientos rápidos y profundos, apoyados por la flexibilidad del poder aéreo. | Alcanzar la sorpresa mediante la combinación de velocidad, imprevisibilidad y concentración. | 4. Sorpresa |
| Dispersar al enemigo y después concentrar fuerzas en puntos decisivos | - | Enfocar los recursos en el esfuerzo principal (Schwerpunkt) para generar un impacto decisivo | Mediante el uso del poder aéreo para apoyar al esfuerzo principal. | En momentos y lugares decisivos para maximizar el impacto sobre vulnerabilidades del enemigo. | 5. Concentración de esfuerzos |
| Explorar la línea de menor resistencia con flexibilidad operativa. | Moverse por las rutas de menor resistencia, explotando el éxito. | «Recon-pull»: explotar brechas identificadas durante el reconocimiento. | - | Explotar con rapidez y flexibilidad cualquier oportunidad generada. | 6. Explotar el éxito |
| - | Dictar el tempo mediante la superioridad en el ciclo OODA, generando confusión y colapso. | Desorganizar al enemigo, operando más rápido dentro de su ciclo de toma de decisiones | Acelerar el ritmo de las operaciones para mantener al enemigo en una posición reactiva. | Marcar el ritmo de las operaciones generando fricción permanente en el adversario. | 7. Dictar el tempo |
| - | - | El fuego se utiliza para desorganizar o paralizar al enemigo, facilitando la maniobra. | El poder aéreo permite ataques profundos, rápidos y precisos para desgastar y desarticular. | Desgastar de manera selectiva y localizada para facilitar a la maniobra. | 8. El desgaste es necesario |
| - | - | En la defensa el contraataque es crucial cuando el enemigo está comprometido. | Defensa basada en maniobra: absorber el impulso enemigo y lanzar contraataques decisivos. | - | 9. Defensa en profundidad con mentalidad ofensiva |
| Planeamiento flexible y adaptable según las circunstancias. | Descentraliza-ción táctica y centralización estratégica en el mando. | «Órdenes tipo misión» que otorgan autonomía para adaptarse rápidamente. | El mando descentralizado permite a los subordinados ejercer la iniciativa y adaptarse a la situación. | Otorgar libertad para afrontar mejor la incertidumbre, el desorden y la fluidez del combate. | 10. Filosofía de mando orientada a la misión |
Figura 1: Cuadro que resume y justifica cómo las aportaciones de los autores y la doctrina analizados se relacionan directamente con cada principio deducido. Fuente: Elaboración propia (2025)
Exposición
Causas del estancamiento operacional contemporáneo.
El conflicto ruso-ucraniano (2022–2024) evidencia claramente por qué resulta tan difícil maniobrar en el campo de batalla moderno. En primer lugar, la letalidad de los sistemas de armas actuales es altísima. Drones armados, artillería de largo alcance, misiles de precisión y municiones merodeadoras (loitering) han multiplicado el poder destructivo en el frente (Calvo Albero, 2024). Avanzar contra defensas preparadas significa exponerse inmediatamente al fuego de precisión enemigo, lo que dificulta cualquier intento de penetración rápida del frente.
Otro factor clave es la creciente transparencia del campo de batalla. El empleo masivo de drones, satélites y guerra electrónica permite observar casi en tiempo real las posiciones y movimientos del enemigo (Garrett, 2023). Esta vigilancia permanente limita drásticamente las posibilidades de sorpresa, pues dificulta concentrar fuerzas sin ser detectado previamente.
Finalmente, la profusión de posiciones defensivas en profundidad ha sido decisiva para el estancamiento. Tanto Rusia como Ucrania recurrieron a líneas sucesivas de trincheras, campos minados y obstáculos contracarro. Destacando especialmente la conocida «línea Surovikin» rusa (2023), con densos cinturones minados y fortificaciones en varias capas, complementada con una defensa elástica que permitía retroceder ordenadamente hacia posiciones secundarias, evitando la ruptura completa de su dispositivo (Jones et al., 2023).
Estos tres factores combinados –alta letalidad, transparencia del campo de batalla y defensas en profundidad– explican la dificultad actual para romper el estancamiento operacional y maniobrar con éxito. No obstante, Ucrania logró romper ese estancamiento en algunas ocasiones. Veamos cómo lo hizo, y por qué no siempre pudo repetirlo, a través de sus tres grandes contraofensivas (representadas en el mapa de la figura 2): la exitosa de Jersón/Járkov en 2022, la fallida de Zaporiyia en 2023, y la operación de Kursk en 2024, que alcanzó el éxito táctico, pero no el operacional.
Figura 2: Plano de situación en Ucrania a fecha de cierre de la investigación (diciembre de 2024), donde se reflejan las tres principales contraofensivas ucranianas objeto de estudio: (1) Jersón y Járkov, (2) Zaporiyia y (3) Kursk.
Fuente: Elaboración propia sobre mapa de RTVE.es (2024)
Contraofensiva Jersón/Járkov (2022): éxito operacional.
Tras frenar la ofensiva inicial rusa en el verano de 2022, Ucrania planeó una contraofensiva simultánea en dos regiones clave: Jersón (sur) y Járkov (noreste). La situación previa se caracterizaba por un marcado estancamiento desde junio de ese año. Sin embargo, en septiembre, Ucrania rompió este estancamiento gracias a una exitosa maniobra operacional que evidenció la correcta aplicación de varios principios clásicos de la guerra de maniobra (Cózar Murillo et al., 2023).
En primer lugar, la maniobra ucraniana destacó por la magistral aplicación del principio de sorpresa mediante un cuidado plan de decepción. Durante el verano, Ucrania anunció públicamente una inminente ofensiva en el sur hacia Jersón, reforzando esta impresión con movimientos visibles de tropas y ataques preparatorios en esa zona. Sin embargo, esta operación cumplía principalmente una función de esfuerzo secundario de fijación, buscando atraer el grueso de las fuerzas rusas hacia Jersón. La estratagema funcionó plenamente: Rusia reforzó en gran medida el sur, debilitando así sus defensas en la región noreste de Járkov (Beale, 2022).
Cuando el 6 de septiembre Ucrania lanzó su ataque principal en Járkov, las tropas rusas fueron tomadas por sorpresa. Sus líneas en el noreste estaban defendidas por pocas tropas, mal abastecidas y cansadas tras meses de combates. Además, esas fuerzas rusas sufrían graves carencias logísticas debido a la campaña previa de fuegos de interdicción ucranianos: durante las semanas anteriores, Ucrania había golpeado sistemáticamente depósitos, puentes y cuarteles rusos con artillería de precisión occidental, especialmente sistemas HIMARS (Vallejo Quevedo, 2022).
Además, Ucrania supo explotar hábilmente el principio de concentración de esfuerzos. Gracias al uso de líneas interiores, movilizó fuerzas rápidamente desde otras zonas del país, concentrándolas en el eje decisivo de Izium-Kupiansk. Esto permitió a las unidades ucranianas lograr una superioridad local abrumadora sobre unas defensas rusas escasas y mal preparadas (Noorman, 2023).
La rapidez y flexibilidad con que se ejecutó la ofensiva fue decisiva. Una vez perforadas las primeras líneas rusas, las unidades móviles ucranianas explotaron inmediatamente su éxito inicial, avanzando sin pausa, decenas de kilómetros, antes de que las reservas rusas pudieran reaccionar. El colapso ruso fue fulminante, tanto física como psicológicamente, con numerosas unidades entrando en pánico y abandonando posiciones defensivas sin ofrecer resistencia organizada (Vallejo Quevedo, 2022). Localidades estratégicas como Izium, Kupiansk y Balaklia fueron recuperadas en cuestión de días, y hacia mediados de septiembre Ucrania había expulsado a las fuerzas rusas de prácticamente toda la provincia de Járkov.
Mientras tanto, la ofensiva simultánea en Jersón, aunque más lenta y menos espectacular, cumplió eficazmente su rol de fijación. Finalmente, en noviembre, tras meses de presión sostenida, Rusia abandonó la ciudad de Jersón, única capital provincial que había conseguido ocupar desde el inicio del conflicto.
Este doble esfuerzo ofensivo ilustra también claramente el principio de plantear dilemas al adversario. Ucrania abrió simultáneamente dos ejes de ataque separados geográficamente (Jersón y Járkov), obligando a Rusia a dividir sus limitadas reservas y recursos (Villanueva López, 2022). Esta maniobra generó una incertidumbre operativa crítica, lo que dificultó la reacción coordinada rusa. Al final, Moscú tomó la decisión equivocada al concentrarse excesivamente en Jersón, dejando vulnerables sus defensas en Járkov.
En síntesis, la contraofensiva ucraniana de 2022 supuso un éxito operacional rotundo gracias a la cuidadosa aplicación integrada de múltiples principios clásicos de la guerra de maniobra: aproximación indirecta (evitando atacar frontalmente donde el enemigo esperaba), engaño y sorpresa operacional, el fuego como facilitador de la maniobra, la concentración de esfuerzos sobre vulnerabilidades enemigas, la explotación rápida del éxito inicial, el mantenimiento de un tempo elevado y el mando descentralizado para aprovechar rápidamente las oportunidades que surgían sobre el terreno. La ofensiva Jersón/Járkov demostró claramente cómo estos principios, adaptados al entorno operativo contemporáneo, pueden romper eficazmente un frente estático y devolver la iniciativa operacional.
Contraofensiva Zaporiyia (2023): fracaso operacional.
Tras el éxito de 2022, Ucrania intentó recuperar la iniciativa operacional con una nueva contraofensiva en la provincia de Zaporiyia (junio de 2023), con el objetivo estratégico de cortar el corredor terrestre ruso hacia Crimea. Sin embargo, esta operación no logró avances operacionales significativos. La ofensiva quedó estancada debido a varios errores en la aplicación de los principios clásicos de la guerra de maniobra y a condiciones operativas notablemente adversas.
En primer lugar, Ucrania careció del factor decisivo de la sorpresa. El anuncio anticipado y la elevada expectación internacional en torno a la ofensiva permitieron a Rusia prever claramente la dirección del esfuerzo principal (eje Oríkhiv-Tokmak), preparando exhaustivamente las defensas en profundidad de la línea «Surovikin» (Jones et al., 2023).
Además, a diferencia del año anterior, Ucrania no logró una adecuada concentración de esfuerzos en un punto decisivo. Al dispersar sus recursos en cuatro ejes simultáneos (Zaporiyia, Bajmut, Velyka Novosilka y Jersón), nunca alcanzó la superioridad local suficiente para romper claramente las defensas rusas en ningún sector. Además, la intención de plantear un dilema al adversario no funcionó como se esperaba, ya que Rusia, gracias a una defensa elástica muy efectiva, consiguió movilizar rápidamente sus reservas según las necesidades del frente.
Otra grave limitación fue la ausencia de superioridad aérea ucraniana, fundamental para eliminar o neutralizar posiciones fortificadas antes del avance terrestre. Además, Ucrania afrontó la operación sin lograr cegar eficazmente la extensa red rusa de drones ISR1 y sus sistemas de guerra electrónica (EW2). Esta incapacidad para neutralizar previamente las capacidades de reconocimiento enemigas obligó a las fuerzas mecanizadas ucranianas a avanzar expuestas bajo fuego constante, sufriendo grandes pérdidas en las primeras semanas del ataque (Kagan et al., 2024).
Cabe mencionar también factores político-estratégicos que afectaron a esta campaña. Diversos analistas apuntan que Ucrania se vio presionada a lanzar la ofensiva de forma precipitada, en parte por las expectativas de sus aliados occidentales (Khurshudyan, 2023). Se habían entregado carros de combate, vehículos blindados y armamento occidental moderno con la idea de ver resultados en el verano, lo cual pudo empujar a actuar en junio de 2023 pese a no tener ni superioridad local ni todas las unidades completamente entrenadas en combate conjunto e interarmas.
Se puede concluir que la ausencia de sorpresa, la insuficiente concentración de esfuerzos, la pérdida del tempo operativo, la incapacidad de explotar cualquier pequeña ventaja inicial y la falta de superioridad aérea y electromagnética hicieron que esta contraofensiva quedase claramente estancada, ilustrando con claridad los límites de la maniobra ofensiva contemporánea.
Contraofensiva Kursk (2024): éxito táctico, fracaso operacional.
En agosto de 2024, Ucrania ejecutó una audaz operación ofensiva en territorio ruso, en la región fronteriza de Kursk. Aunque esta ofensiva logró inicialmente un éxito táctico significativo, penetrando más de 30 kilómetros en profundidad, no consiguió traducir ese éxito inicial en una victoria operacional relevante.
Analizar este caso permite entender claramente las dificultades actuales para explotar éxitos tácticos hacia objetivos relevantes a nivel operacional.
Inicialmente, Ucrania logró un éxito claro mediante una cuidadosa aplicación de la aproximación indirecta. Identificó un sector débilmente defendido por fuerzas rusas de segunda línea, con escasa cobertura de drones y poca capacidad en guerra electrónica (Evans, 2025). Esta elección permitió evitar el choque frontal con unidades enemigas mejor preparadas y aprovechar una vulnerabilidad específica del despliegue ruso.
Otro aspecto decisivo fue el principio de la sorpresa operacional, conseguido gracias a una rigurosa seguridad en las operaciones (OPSEC) y a un efectivo plan de decepción, que convenció al Kremlin de que Ucrania no lanzaría una ofensiva importante hasta 2025 (Ryan, 2024). El resultado fue una total sorpresa rusa, permitiendo a Ucrania romper rápidamente el frente enemigo en los primeros días.
La ofensiva combinó eficazmente unidades mecanizadas, fuerzas especiales, drones ISR, ataques de guerra electrónica y fuego artillero concentrado, mostrando una concentración de efectos ejemplar (Boyer & Becker, 2024). Esta coordinación permitió inicialmente mantener un alto tempo operacional, penetrando rápidamente unas defensas rusas debilitadas por intensos fuegos de preparación previos contra posiciones logísticas, puestos de mando y capacidades antiaéreas enemigas.
Sin embargo, tras esa ruptura inicial exitosa, la operación comenzó rápidamente a perder impulso debido la falta de unidades para llevar a cabo operaciones sucesivas. Ucrania alcanzó pronto su punto culminante operacional. Sin fuerzas frescas disponibles para profundizar el avance inicial, las tropas tuvieron que detenerse a consolidar lo ganado en lugar de avanzar hacia objetivos de mayor impacto operacional como la ciudad de Kursk o su central nuclear.
Por otro lado, la maniobra tampoco logró plantear un dilema estratégico eficaz al enemigo. Rusia, aunque sorprendida al principio, reaccionó con calma operacional, evitando desviar su esfuerzo principal en el Donbás. Limitó sus reservas a Kursk sin perder la iniciativa en otras regiones, manteniendo intacta su cohesión estratégica y narrativa interna (Koshiw & Ivanova, 2024).
En definitiva, esta operación ilustra claramente tanto el potencial como las limitaciones contemporáneas de la guerra de maniobra. Aunque Ucrania aplicó correctamente principios como la aproximación indirecta, la sorpresa inicial y la concentración de esfuerzos, su incapacidad para sostener la explotación a nivel operacional condujo finalmente a un nuevo estancamiento, demostrando que sin la capacidad de lanzar operaciones sucesivas que generen efectos en todos los dominios, es muy difícil romper la cohesión física y psicológica del enemigo y, por tanto, que los éxitos tácticos se traduzcan en victorias operacionales.
Aplicación actual de los «Principios Clásicos»: tendencias emergentes
El análisis de los casos anteriores permite identificar claramente qué tendencias de la maniobra contemporánea favorecen la superación del estancamiento operacional, basadas en la adaptación de los principios clásicos de la guerra de maniobra al contexto actual:
En primer lugar, sigue siendo crucial el principio de romper la cohesión enemiga. Las ofensivas en Ucrania evidenciaron que atacar la moral, el sistema de mando y las capacidades logísticas del adversario puede provocar un colapso significativo. La contraofensiva de Járkov (2022) es el mejor ejemplo: la sorpresa, la concentración de efectos y el dominio del tempo rompieron la cohesión moral, física y mental rusa, generando un efecto dominó que desmoronó el frente enemigo (Vallejo Quevedo, 2022). Sin embargo, la ofensiva de Kursk (2024) demostró que, para lograr un cambio en el curso de la campaña, es necesario extender este efecto disruptivo hasta el nivel operacional, algo que requiere ataques simultáneos y sostenidos sobre múltiples dominios.
El segundo principio clave es la aproximación indirecta: atacar vulnerabilidades en vez de fortalezas enemigas. Este concepto continúa siendo central hoy en día. Las operaciones ucranianas exitosas (Járkov 2022 y Kursk 2024) se apoyaron precisamente en detectar vulnerabilidades específicas del despliegue ruso (sectores con menos tropas, baja cobertura ISR y EW, o defensas incompletas) y golpearlas decisivamente (Evans, 2025). Las tecnologías actuales, como satélites y drones, permiten identificar esas debilidades con mayor precisión, facilitando una maniobra que evite atacar directamente posiciones fuertemente defendidas, tal y como ocurrió sin éxito en Zaporiyia (2023).
En tercer lugar, plantear dilemas simultáneos al enemigo es un principio operativo eficaz pero complejo. Consiste en obligar al adversario a dividir recursos y atención en múltiples amenazas simultáneas. En Jersón/Járkov (2022), Ucrania utilizó magistralmente esta estrategia, presentando al enemigo un doble frente que indujo errores estratégicos en la distribución de sus reservas. Sin embargo, en 2023 y 2024, Rusia logró gestionar mejor estos dilemas, sugiriendo que, para ser eficaz, cada eje de acción debe ser suficientemente creíble para generar indecisión real en el adversario.
El principio de sorpresa sigue siendo esencial, incluso en un campo de batalla altamente transparente. Pese a las dificultades actuales para ocultar movimientos, Ucrania mostró en 2022 y 2024 que la sorpresa operacional es aún posible mediante detallados planes de decepción y rigor en la seguridad operativa (OPSEC) (Beale, 2022; Ryan, 2024). La capacidad para sorprender localmente mediante movimientos rápidos, inesperados y engaños bien planificados sigue siendo determinante para lograr éxitos operacionales.
La concentración multidominio de esfuerzos también aparece como tendencia emergente fundamental. Actualmente, esta concentración implica no solo reunir tropas terrestres, sino integrar simultáneamente elementos como drones, guerra electrónica, inteligencia satelital, fuego de precisión y operaciones de información creando un efecto conjunto abrumador sobre las defensas enemigas. Las contraofensivas exitosas de Járkov (2022) y la fase inicial de Kursk (2024) ilustraron claramente la eficacia operativa de esta integración multidominio (Evans, 2025).
Otro principio clásico vigente es la necesidad de explotación rápida del éxito inicial, marcando un ritmo operacional elevado que permita dominar el tempo. La experiencia ucraniana mostró que, una vez lograda la ruptura inicial, es crítico disponer de reservas suficientes para lanzar operaciones sucesivas y profundizar la penetración (Bailey et al., 2024). En Kursk (2024), la falta de estas reservas llevó a detener prematuramente el avance, lo que permitió a Rusia restablecer un nuevo frente y mantener al grueso de sus fuerzas en su esfuerzo principal en el Donbás (Koshiw e Ivanova, 2024).
Así mismo, es importante reconocer que, en la guerra contemporánea, el desgaste sigue siendo necesario como facilitador de la maniobra. La experiencia reciente muestra que una fase inicial de desgaste, particularmente mediante fuegos profundos y precisos contra objetivos logísticos, de mando y de comunicaciones enemigas, es esencial antes de lanzar cualquier ofensiva terrestre. En Járkov (2022) y Kursk (2024), ataques previos con sistemas como HIMARS y drones sobre infraestructuras logísticas y de mando enemigas resultaron fundamentales para reducir las capacidades operativas rusas antes del avance terrestre (Boyer & Becker, 2024). Sin embargo, como demostró la operación de Zaporiyia (2023), cuando no se logra este desgaste inicial, la ofensiva terrestre queda expuesta y vulnerable al fuego enemigo.
Finalmente, destaca la importancia actual del principio del mando orientado a la misión. Las operaciones modernas, caracterizadas por un entorno informativo complejo y frecuentemente saturado, exigen que los comandantes en todos los niveles tengan la autonomía suficiente para aprovechar inmediatamente las oportunidades del campo de batalla. La descentralización de decisiones, junto con tecnologías que proporcionan información táctica en tiempo real, resultó esencial para mantener la fluidez operativa ucraniana, especialmente evidente en Járkov (2022) y en las fases iniciales de Kursk (2024).
Conclusiones
El análisis detallado de las contraofensivas ucranianas llevadas a cabo entre 2022 y 2024 permite vislumbrar qué tendencias actuales en la guerra de maniobra ayudan a evitar el estancamiento operacional. En esencia, se confirma que los «principios clásicos» de la guerra de maniobra siguen siendo válidos, siempre que se adapten al entorno operativo contemporáneo. La aproximación indirecta, la sorpresa, el plantear dilemas, la concentración de efectos, el alto tempo y un mando descentralizado han resultado esenciales para romper la cohesión enemiga y facilitar la maniobra en un campo de batalla cada vez más transparente y letalmente tecnificado.
Cuando Ucrania los aplicó con acierto, como en Járkov 2022 o en la fase inicial de Kursk, consiguió desarticular las defensas rusas y obtener victorias significativas. Por el contrario, cuando alguno de estos principios faltó o no se aplicó correctamente, como ocurrió en Zaporiyia en 2023 debido a la falta de aproximación indirecta y la ausencia de sorpresa, entre otros, la ofensiva quedó inevitablemente estancada.
En términos prácticos, las tendencias que emergen con mayor claridad incluyen una fuerte integración multidominio en la maniobra operacional, orquestando efectos tanto en los dominios no físicos (mediante acciones de influencia, engaño, desinformación y guerra electrónica), como en los físicos, donde debe combinarse el armamento tradicional con tecnologías disruptivas como la vigilancia satelital, el empleo masivo de drones, los fuegos de precisión o la inteligencia artificial. Solo de esta manera, se conseguirá golpear rápidamente en lugares inesperados, creando unas ventanas temporales de superioridad local que permitirán romper el frente y desarticular al adversario.
No obstante, evitar el estancamiento operacional no depende únicamente de iniciar correctamente la maniobra, sino especialmente de la capacidad para continuarla y sostenerla. Una vez lograda una ruptura inicial, es fundamental disponer de suficientes recursos operativos y reservas móviles para explotarla en profundidad mediante operaciones sucesivas multidominio. La falta de estas capacidades explica en gran medida por qué Ucrania no logró convertir el éxito táctico inicial en Kursk (2024) en una victoria operacional significativa.
En definitiva, el estudio concluye que sí es posible evitar el estancamiento operacional mediante una combinación de conceptos clásicos y capacidades modernas. La clave está en adaptar las lecciones de grandes teóricos militares a las realidades tecnológicas del siglo XXI. Así, por ejemplo, el principio de Liddell Hart de atacar las vulnerabilidades se reinterpreta hoy apoyándose en inteligencia de alta tecnología; la idea de Boyd de un ritmo de operaciones superior se persigue mediante el mando orientado a la misión y el apoyo de sistemas autónomos; la visión de Van Creveld sobre la importancia del poder aéreo se redefine en base a drones y superioridad en guerra electrónica.
Ucrania, sirviendo de caso de estudio, ha mostrado destellos de esta aproximación, recordándonos que incluso en conflictos tan enquistados, la maniobra puede superar a la atrición. El mensaje final es cautelosamente optimista: la historia y la teoría militar proporcionan principios sólidos, y adaptarlos creativamente hoy permite abrir caminos donde antes solo había trincheras. Como proyectó Liddell Hart, mirar la «película del pasado» con los proyectores del presente nos ayuda a vislumbrar un futuro en el que los comandantes pueden, una vez más, conseguir que sus ejércitos avancen con éxito donde otros se estancaron.
Bibliografía
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Tendencias de la maniobra operacional contemporánea para evitar el estancamiento
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