ESFAS. La AIE frente a los desafíos de la gobernanza energética global: poder, crisis y adaptación en el siglo XXI

12 dic 2025
ESFAS. La AIE frente a los desafíos de la gobernanza energética global: poder, crisis y adaptación en el siglo XXI
Óscar García Sánchez. Comandante de la Guardia Civil
Introducción
En la actualidad, el acceso seguro y estable a la energía se ha convertido en una prioridad estratégica para los Estados. Más allá de los tan debatidos precios del petróleo o el gas, lo que está en juego es mucho más profundo: la energía se ha consolidado como una herramienta de poder en un mundo donde las tensiones geopolíticas van en aumento.
Lejos de ser un recurso neutro, el petróleo, el gas o la electricidad se han transformado en activos que determinan alianzas, conflictos y estrategias globales. La creciente interdependencia entre países productores, consumidores y transitarios, ha tejido una red energética tan vital como vulnerable. En palabras de Yergin (2018), «el petróleo y el gas siempre han sido productos políticos», y en el contexto actual, esa afirmación cobra más vigencia que nunca.
Desde la crisis del petróleo de 1973 hasta las consecuencias globales de la invasión rusa de Ucrania en 2022, el mundo ha comprendido que la energía no solo impulsa las industrias, sino también las decisiones diplomáticas y de seguridad. La energía da forma al poder. Y en este complejo escenario, un organismo poco conocido para el gran público juega un papel clave: la Agencia Internacional de la Energía.
Creada en el seno de la OCDE tras la primera gran sacudida del sistema energético global, la AIE nació como una herramienta de coordinación entre los países occidentales para responder a las interrupciones del suministro. Sin embargo, el tiempo y los cambios geopolíticos han obligado a esta Agencia a evolucionar. Hoy, debe enfrentarse a un mundo multipolar, en el que actores como China o India modifican las reglas del juego energético y desafían los esquemas de gobernanza construidos en el siglo XX (Acharya, Estevadeordal, y Goodman, 2023).
En este artículo se explorará cómo la AIE ha reaccionado ante un escenario cada vez más fragmentado y competitivo. Se analizará su origen, su evolución y su capacidad para liderar respuestas frente a crisis energéticas globales. También se reflexionará sobre sus límites estructurales y estratégicos, y sobre su futuro en un mundo que, más que nunca, necesita mecanismos eficaces para garantizar la seguridad energética colectiva.
Porque, como afirmó Fatih Birol (2018), actual director ejecutivo de la AIE, «la geopolítica ha vuelto a la energía». Y con ella, una carrera global por el control de un recurso que ya no solo alimenta industrias, sino también conflictos, alianzas y equilibrios de poder.
Antecdentes
Desde la década de 1970, la energía ha sido tratada como un factor estratégico fundamental en las relaciones internacionales. La crisis del petróleo de 1973, desencadenada por la guerra del «Yom Kipur» de ese mismo año y el posterior embargo petrolero impuesto por varios países árabes a Estados Unidos y otros aliados de Israel, reveló la vulnerabilidad de las economías industrializadas ante interrupciones en el suministro. Esta acción de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no solo supuso un alza abrupta del precio del crudo, sino que demostró el potencial de este recurso energético como instrumento de presión geopolítica.
En este contexto, los países de la «Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos» (OCDE) impulsaron la creación de la «Agencia Internacional de la Energía» en 1974 como mecanismo colectivo de respuesta. Su finalidad era garantizar la seguridad del suministro energético mediante la cooperación entre consumidores, el establecimiento de reservas estratégicas y la coordinación ante situaciones de crisis (Scott, 1994). Esta decisión se enmarcó dentro de una lógica neorrealista, que interpreta las instituciones internacionales como medios para reforzar la seguridad colectiva en un sistema sin autoridad central. Como expone Waltz (1979), los Estados actúan racionalmente para sobrevivir en un entorno anárquico, y por ello se dotan de instrumentos para defender sus intereses vitales.
Autores como Pardo de Santayana (2021) explican que los países productores han usado históricamente los recursos energéticos como instrumentos de presión o recompensa, mientras que los consumidores han tratado de asegurar rutas fiables mediante tratados, alianzas o intervención directa. La fundación de la AIE representó el intento de institucionalizar esa cooperación para reducir la dependencia frente a proveedores energéticos y aumentar la resiliencia de los países industrializados ante disrupciones externas en el suministro.
En las décadas posteriores, el sistema energético internacional se fue transformando. La aparición de nuevas potencias consumidoras como China, India o Brasil modificó los flujos comerciales globales y generó tensiones sobre el control de los recursos estratégicos. Según la AIE (2023a), más del 70 % del crecimiento previsto en la demanda energética para 2050 se concentrará en países no OCDE. Esta nueva realidad multipolar ha llevado a autores como Rus y Ludeña (2023) a hablar de una «multipolaridad energética» que erosiona los mecanismos clásicos de gobernanza energética global.
Ante este panorama, la literatura reciente plantea que instituciones como la AIE deben adaptarse para seguir siendo relevantes. Asimismo, Kissinger (2014) advierte sobre los riesgos de un orden internacional sin consensos sólidos, lo que refuerza la necesidad de renovar los mecanismos multilaterales existentes para garantizar una gobernanza más estable y representativa.
La AIE y la gobernanza energética global
Desde su creación como mecanismo de coordinación ante disrupciones del mercado petrolero, la Agencia Internacional de la Energía ha intentado ampliar su papel en un sistema energético cada vez más complejo y multipolar. Aunque ha fortalecido sus capacidades técnicas y su perfil internacional, persisten dudas sobre el alcance real de su influencia en la gobernanza energética global. En los apartados siguientes se analiza su evolución, su actuación ante crisis recientes y los desafíos estructurales que enfrenta para consolidarse como un actor con cierta importancia en el orden energético global del siglo XXI.
Gobernanza energética en un orden multipolar: desafíos y tensiones
La reconfiguración del sistema internacional hacia un orden multipolar ha impactado directamente en la gobernanza energética global. La aparición de nuevos centros de poder como China, India, Brasil o Rusia, ha erosionado el liderazgo tradicional de los países occidentales en materia de energía y ha dificultado la articulación de mecanismos de cooperación eficaces. Este fenómeno ha sido especialmente visible en el campo energético, donde los intereses estratégicos de los Estados suelen entrar en conflicto con los esfuerzos multilaterales por generar normas compartidas y comunes.
Autores como Escribano (2013) advierten que el sistema energético global ya no puede entenderse desde la lógica tradicional de bloques, sino como un entramado de intereses divergentes con escasa capacidad de alineamiento institucional. En este contexto, la gobernanza energética se enfrenta a una paradoja estructural: la creciente interdependencia entre actores con perfiles muy distintos exige una coordinación internacional más eficaz; sin embargo, los mecanismos existentes carecen de la inclusión y legitimidad necesarias para integrar plenamente a todos los actores relevantes en los procesos de decisión.
La Agencia Internacional de la Energía, pese a su papel técnico consolidado, refleja algunas de estas limitaciones. Su vinculación a la OCDE restringe su legitimidad global. Aunque ha desarrollado fórmulas de cooperación con países no miembros (como China, India o Indonesia), estas no otorgan capacidad plena de decisión, lo que reduce su peso político real en escenarios estratégicos globales. Según Cartagena Núñez (2021), esta exclusión institucional compromete la viabilidad de una gobernanza energética verdaderamente global.
Además, como apunta Sanahuja (2008), el sistema multilateral enfrenta una crisis de eficacia ante la proliferación de actores y foros paralelos, donde la toma de decisiones se fragmenta y se diluye. A ello se suma la dificultad de conciliar visiones tan dispares entre países industrializados y emergentes respecto a la transición energética, especialmente en cuanto al ritmo de descarbonización y el acceso equitativo a tecnologías limpias.
En este contexto, la presión por avanzar hacia la transición energética se cruza con la disputa por minerales críticos, el control de tecnologías estratégicas y la competencia por inversiones sostenibles. La falta de una arquitectura institucional adaptada a estos retos limita la capacidad de coordinación global. En este escenario, la AIE opera en un entorno de rivalidad geoestratégica creciente, donde su capacidad de convocatoria, su poder de influencia y su legitimidad técnica son puestos a prueba de forma constante.
Evolución institucional de la AIE: de la seguridad del petróleo al liderazgo técnico
Como se ha mencionado, la Agencia Internacional de la Energía nació en 1974 como respuesta inmediata a una crisis concreta, el embargo petrolero de 1973. Por ello, la Agencia nace con un mandato claro: garantizar la seguridad energética colectiva de los países industrializados. Sin embargo, desde entonces, ha atravesado un profundo proceso de transformación. La organización ha pasado de ser un mecanismo técnico centrado en el petróleo a convertirse en un foro global de análisis, asesoramiento y cooperación energética que se adapta a un mundo en constante cambio.
En sus primeros años, la AIE se enfocó en objetivos operativos básicos. Entre ellos, el desarrollo de un sistema de reservas estratégicas obligatorias de crudo por parte de los Estados participantes, la coordinación ante crisis de suministro y el intercambio de información energética fiable y estandarizada. Estos pilares se establecieron en el Acuerdo sobre el Programa Internacional de Energía (IEP), que sigue vigente en la actualidad.
No obstante, el entorno internacional pronto obligó a ampliar esta lógica inicial. La sucesivas crisis del petróleo y las tensiones geopolíticas de los años ochenta hicieron evidente que la seguridad energética no podía abordarse únicamente como un problema de reservas físicas. Comenzó entonces una primera etapa de adaptación institucional, en la que la AIE incorporó el seguimiento de mercados, la evaluación de vulnerabilidades estructurales y el fomento de la eficiencia energética como herramientas de mitigación.
Durante la década de los noventa, con el final de la Guerra Fría y el auge de las políticas neoliberales, la AIE intensificó su papel como asesor técnico de los gobiernos. Se produjo una profesionalización de sus estructuras y una mayor apertura hacia los debates sobre cambio climático y diversificación energética. Como recuerda Escribano (2014), fue en esta etapa cuando la Agencia empezó a adoptar una lógica de anticipación, basada en escenarios prospectivos y análisis de tendencias de largo plazo.
Una de las manifestaciones más visibles de este giro fue la consolidación del World Energy Outlook (WEO), su publicación estrella, que ofrece una evaluación anual de las proyecciones de oferta y demanda energética. Este informe, utilizado como referencia por gobiernos y empresas, ha permitido a la AIE posicionarse como un nodo de conocimiento clave en el sistema energético global. Según Rus y Ludeña (2023), el WEO representa un instrumento de poder blando que contribuye a definir agendas internacionales y orientar decisiones estratégicas.
En paralelo, la AIE ha ampliado sus áreas temáticas. A partir del año 2000, la Agencia incorporó de forma explícita la sostenibilidad ambiental, las energías renovables, la seguridad de las infraestructuras críticas y el acceso universal a la energía como partes de su mandato técnico. Como señala Fatih Birol (2018), esta evolución ha sido indispensable para responder a los desafíos del siglo XXI, caracterizados por la presión climática, la volatilidad del mercado y la interdependencia tecnológica.
Sin embargo, uno de los cambios más significativos ha sido el intento de adaptación a una arquitectura energética más fragmentada y multipolar. El auge de potencias emergentes fuera de la OCDE ha obligado a la AIE a replantear su estrategia de relaciones externas. Aunque estos países no son miembros plenos, desde 2015 se les ha otorgado el estatus de “asociados estratégicos”, lo que les permite participar en algunos comités técnicos y acceder a recursos analíticos compartidos.
No obstante, esta fórmula sigue sin garantizar una participación efectiva en los procesos de decisión. Como advierte Cartagena Núñez (2021), la exclusión de estos actores del núcleo duro institucional limita la legitimidad de la AIE como foro verdaderamente global. La Agencia, en su configuración actual, sigue reflejando una lógica occidental centrada en las economías industrializadas, lo que dificulta su papel como mediador imparcial entre distintas regiones y modelos energéticos.
Pese a estas limitaciones, la AIE ha hecho esfuerzos notables por aumentar su representatividad técnica. Ha desarrollado programas regionales en Asia y África, incrementado su cooperación con la OPEP y con organismos como la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA). Como recuerda Pardo de Santayana (2018), este enfoque multilateral responde a la necesidad de gestionar un sistema energético global cada vez más interdependiente.
Por otro lado, la Agencia también ha diversificado sus herramientas de análisis. Además del WEO, el Energy Technology Perspectives (ETP) y el Net Zero Roadmap ofrecen hojas de ruta técnicas que detallan los caminos viables hacia la descarbonización. Estos informes han sido fundamentales para orientar las políticas de transición energética en la Unión Europea, Japón y varios países del G20. Según Rodríguez Hernández (2020), la AIE actúa como «centro de pensamiento energético», capaz de generar conocimiento aplicable en tiempo real.
En suma, la evolución institucional de la AIE refleja un proceso de adaptación progresiva desde una lógica reactiva ante crisis puntuales hacia una función proactiva de asesoramiento técnico, coordinación política y liderazgo estratégico.
Capacidad de respuesta de la AIE: las crisis energéticas como prubea de fuego
Desde su creación, una de las funciones esenciales de la Agencia Internacional de la Energía ha sido coordinar la respuesta de los países miembros ante interrupciones graves del suministro energético. Para ello, el ya citado *IEP* o Acuerdo sobre el Programa Internacional de Energía, estableció mecanismos obligatorios de almacenamiento de petróleo y criterios comunes para la actuación ante emergencias. Este diseño, inspirado en la lógica de defensa colectiva, refleja una visión estratégica de la seguridad energética como bien público compartido.
A lo largo de su historia, la AIE ha activado su mecanismo de respuesta coordinada en cuatro ocasiones. Estos episodios permiten evaluar no solo su capacidad técnica y operativa, sino también su evolución como actor político frente a crisis energéticas con fuertes implicaciones geoestratégicas. Como señala Birol (2018), cada una de estas activaciones representa un punto de inflexión en la consolidación institucional de la Agencia.
La primera activación tuvo lugar en 1991, en el contexto de la guerra del Golfo. Tras la invasión de Kuwait por Irak y la posterior operación aliada liderada por Estados Unidos, el mercado temía un colapso en los flujos de crudo procedentes del Golfo Pérsico. La AIE organizó una liberación de 2,5 millones de barriles diarios durante 30 días, una acción que contribuyó a estabilizar los precios y a reducir la incertidumbre del mercado. Según Escribano y Jordán (2013), esta respuesta fue más preventiva que reactiva, pero envió un mensaje claro sobre la capacidad de los países consumidores para actuar de forma coordinada.
El segundo caso se produjo en 2005, tras el paso del huracán Katrina, que afectó gravemente a las infraestructuras energéticas del sur de Estados Unidos. Esta fue la primera vez que la AIE intervino ante una crisis no provocada por causas geopolíticas, lo que supuso una ampliación significativa del alcance del mecanismo. Se liberaron 60 millones de barriles, centrando la operación en productos refinados, debido a la interrupción de refinerías clave en el Golfo de México. Según la AIE (2013b), esta actuación demostró la flexibilidad del sistema para adaptarse a escenarios de origen natural.
La tercera activación tuvo lugar en 2011, durante la guerra civil en Libia. La pérdida de crudo ligero, especialmente valorado por las refinerías europeas, generó tensiones en el mercado. La AIE liberó de nuevo 60 millones de barriles, repartidos entre petróleo bruto y productos ya procesados. No obstante, algunos analistas consideraron que la intervención fue tardía y de impacto limitado, dado que Arabia Saudí había incrementado ya su producción para compensar el déficit. En palabras de Birol (2018), esta experiencia puso de relieve la dificultad de anticipar con precisión el comportamiento del mercado en tiempo real.
El episodio más reciente y de mayor envergadura se produjo en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania. Esta crisis supuso una conmoción sin precedentes para el sistema energético europeo, dada su fuerte dependencia del gas y del petróleo ruso. En coordinación con Estados Unidos y otros aliados, la AIE lideró la mayor liberación de reservas de su historia: 120 millones de barriles. El objetivo no era solo aliviar el mercado, sino también enviar un mensaje político de cohesión entre países consumidores. Como apunta Pardo de Santayana (2018), esta intervención evidenció tanto la capacidad de la AIE para actuar con rapidez como los límites estructurales de su mandato, centrado exclusivamente en el petróleo.
Esta última intervención puso en primer plano una carencia significativa: la AIE no tiene competencias operativas en materia de gas natural, a pesar de su creciente relevancia estratégica. Como recuerda Rodríguez Hernández (2020), el diseño original de la Agencia responde a un contexto geopolítico muy distinto al actual, donde el petróleo era el recurso energético dominante y los países miembros compartían intereses relativamente homogéneos. Hoy, la diversidad de fuentes, tecnologías y prioridades nacionales dificulta el consenso y reduce la eficacia de las herramientas convencionales.
Pese a ello, las cuatro respuestas coordinadas han servido como banco de pruebas para perfeccionar los procedimientos internos de la AIE. Se han mejorado los protocolos de liberación, la comunicación con los mercados y la cooperación con actores externos, como la OPEP o la Comisión Europea. Además, la experiencia acumulada ha permitido identificar umbrales de activación más flexibles y modelos de intervención más diversificados, adaptados a las características específicas de cada crisis.
Según autores como Sobrino Heredia (2021), estas capacidades técnicas son un activo valioso en un entorno de alta volatilidad e incertidumbre energética. Sin embargo, también señalan que la eficacia de la AIE dependerá de su capacidad para anticipar amenazas y no solo para responder a ellas. En este sentido, los informes prospectivos como el World Energy Outlook o el Oil Market Report cumplen una función preventiva, al permitir a los gobiernos identificar vulnerabilidades y diseñar planes de contingencia más sólidos.
Al mismo tiempo, estas respuestas han reforzado el papel de la AIE como plataforma de coordinación política entre democracias industrializadas. En momentos de crisis, su capacidad para articular una voz común y ofrecer liderazgo técnico ha contribuido a fortalecer los lazos entre países consumidores. No obstante, su impacto real sigue condicionado por factores externos, como la reacción de los productores, la dinámica de los mercados financieros o la credibilidad de las señales emitidas.
En resumen, las activaciones del mecanismo de respuesta de la AIE revelan una institución en constante aprendizaje. Cada crisis ha obligado a ajustar su enfoque, ampliar su marco de actuación y reforzar sus vínculos con otros actores del sistema energético internacional. No obstante, la dependencia del petróleo como único vector de intervención limita su eficacia ante crisis más complejas y multifactoriales, como las derivadas del gas o de la transición energética.
Reformas necesarias y perspectivas de futuro
En un entorno energético global cada vez más inestable, fragmentado y sometido a presiones geopolíticas, la Agencia Internacional de la Energía se enfrenta al reto de adaptarse a una nueva realidad que ya no responde a las premisas para las que fue creada. Por ello, se considera que su utilidad futura dependerá de su capacidad para afrontar reformas estructurales que refuercen su legitimidad, eficacia y flexibilidad.
Una de las primeras áreas de reforma señaladas es la ampliación de su base institucional. La exclusión de actores clave como China o India del núcleo de toma de decisiones limita la representatividad de la Agencia. Aunque existen fórmulas de cooperación con estos países, su estatus como “asociados estratégicos” no garantiza una participación equitativa ni una implicación real en los compromisos adoptados. Según Acharya (2023), la gobernanza energética necesita pasar de una “conversación entre pares desiguales” a un diálogo inclusivo capaz de integrar la diversidad del sistema internacional.
Además, como recuerda Rodríguez Hernández (2020), el mandato de la AIE debe actualizarse para reflejar los nuevos vectores estratégicos. Si bien el petróleo sigue siendo relevante, el gas natural, los minerales críticos y las tecnologías limpias se han convertido en activos fundamentales para la seguridad energética y la autonomía estratégica de los Estados. En este sentido, algunos autores plantean la posibilidad de crear reservas estratégicas compartidas no solo de crudo, o de gas (como ha hecho la Unión Europea), sino también de materiales esenciales para la transición energética, como el litio o el cobalto.
Otra línea prioritaria es el fortalecimiento de la capacidad de anticipación. La AIE ha desarrollado herramientas analíticas avanzadas (como el World Energy Outlook o el Energy Technology Perspectives) que le otorgan credibilidad como referente técnico. Sin embargo, el acelerado ritmo del cambio requiere una mayor interacción con redes académicas, centros tecnológicos y actores del sector privado para actualizar escenarios en tiempo real y generar inteligencia prospectiva aplicable. Como destaca Sobrino Heredia (2021), el valor añadido de los organismos internacionales reside en su capacidad para generar conocimiento útil y operativo.
Finalmente, la AIE podría asumir un papel más activo como facilitador del diálogo político. En un contexto marcado por la desconfianza, la fragmentación institucional y la rivalidad entre bloques, su experiencia en gestión de crisis y en construcción de consensos técnicos le sitúa en una posición privilegiada para promover acuerdos multilaterales. Su contribución no se limitaría a proveer datos, sino también a reducir la incertidumbre estratégica y fomentar la cooperación en torno a estándares compartidos.
En definitiva, el futuro de la AIE pasa por una transformación que preserve su esencia como organismo técnico pero que le permita responder con eficacia a los desafíos de un sistema energético en plena mutación. Reforzar su legitimidad, ampliar su mandato, anticipar riesgos y articular consensos serán tareas indispensables para que siga siendo un actor central en la gobernanza global del siglo XXI.
Conclusiones
A lo largo de las últimas cinco décadas, la Agencia Internacional de la Energía ha demostrado una notable capacidad de adaptación y coordinación frente a desafíos energéticos globales. Desde su creación en 1974 como respuesta a la crisis del petróleo, su papel ha evolucionado desde una lógica defensiva centrada en los países de la OCDE hacia una función más compleja, en la que se combinan la anticipación estratégica, la generación de conocimiento técnico y la cooperación multilateral.
El análisis de sus intervenciones en situaciones de crisis (1991, 2005, 2011 y 2022) demuestra que la AIE ha sido eficaz a la hora de garantizar el suministro energético en momentos críticos. Las acciones coordinadas de liberación de reservas estratégicas han contribuido a estabilizar precios, evitar desabastecimientos y fortalecer la cohesión entre sus países miembros. En este sentido, puede afirmarse que la Agencia ha cumplido con solvencia su mandato original, mostrando un impacto tangible en la seguridad energética colectiva.
No obstante, los retos actuales exigen algo más que mecanismos técnicos. La transición hacia un orden energético multipolar, la aparición de actores clave no integrados en la estructura institucional de la AIE, la competencia por recursos estratégicos como los minerales críticos, y las tensiones propias del proceso de descarbonización, están reconfigurando el tablero geopolítico. En este nuevo contexto, la AIE se enfrenta a limitaciones estructurales que reducen su capacidad de liderazgo global. Su anclaje en la OCDE, si bien le otorga solidez institucional, restringe su legitimidad representativa frente a potencias emergentes con peso creciente en el sistema energético.
A pesar de estas limitaciones, la AIE conserva atributos que le permiten seguir desempeñando un papel relevante. Su autoridad técnica, su prestigio analítico y su función como plataforma de diálogo entre gobiernos la sitúan en una posición privilegiada como nodo de referencia en la gobernanza energética global. Además, su capacidad para inducir comportamientos preventivos (como la diversificación de fuentes, el refuerzo de la resiliencia o el seguimiento de mercados) evidencia una influencia indirecta pero efectiva.
Con todo ello se concluye que la AIE ha sido eficaz en la gestión de crisis energéticas y en la provisión de estabilidad para sus miembros, pero su papel en el escenario internacional se encuentra limitado por los cambios estructurales del sistema energético global. Su futuro dependerá de su capacidad para renovarse, ampliar su base de miembros y adaptarse a los nuevos vectores estratégicos que configuran la gobernanza energética del siglo XXI.
Para avanzar en esa dirección, será clave evaluar posibles reformas institucionales, explorar sinergias con otros organismos como la OPEP+ o el Foro Internacional de Energía, y reforzar su liderazgo en ámbitos emergentes como los minerales críticos, el hidrógeno verde o el almacenamiento energético. Solo así podrá consolidar su papel como garante de estabilidad en un sistema energético cada vez más interdependiente, competitivo e incierto. En última instancia, su relevancia futura dependerá de su capacidad para actuar como facilitador de consensos técnicos en un entorno marcado por la fragmentación, la desconfianza y la aceleración del cambio.
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Autor Óscar García Sánchez
Comandante de la Guardia Civil España
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