
02 ene 2026
ESFAS. La influencia de John J. Mearsheimer en la política exterior estadounidense de 2009-2021
Comandante Samuel Major
Introducción
Las teorías de las relaciones internacionales no solo ayudan a describir cómo actúan los Estados en el mundo, sino que también ofrecen marcos útiles para tomar decisiones estratégicas. En contextos de incertidumbre y creciente competencia entre grandes potencias, estas teorías permiten analizar relaciones de poder, anticipar conflictos y diseñar respuestas más eficaces.
Este artículo explora cómo una de esas teorías, el realismo ofensivo, desarrollada por el politólogo estadounidense John Mearsheimer, puede ayudar a interpretar la política exterior de Estados Unidos entre 2009 y 2021. Durante esos años, las administraciones de Barack Obama y Donald Trump adoptaron enfoques distintos hacia Europa, la OTAN y Rusia. Aunque nunca citaron directamente a Mearsheimer, algunas de sus decisiones parecen reflejar, consciente o no, los principios que él defiende.
El análisis se divide en dos partes. La primera estudia la evolución del pensamiento de Mearsheimer entre 1980 y 2021, con especial atención a sus ideas sobre Europa y el equilibrio de poder. La segunda examina las políticas de Estados Unidos hacia la OTAN y Rusia durante los mandatos de Obama y Trump, para evaluar si se alinearon, se distanciaron o coincidieron circunstancialmente con la lógica del realismo ofensivo.
El objetivo principal es mostrar cómo evolucionaron las ideas de Mearsheimer sobre la estabilidad en Europa tras la Guerra Fría y hasta qué punto influyeron en las decisiones reales de política exterior. Para ello, se plantean tres preguntas clave:
- ¿Cómo evolucionaron las ideas de Mearsheimer sobre Europa desde el fin de la Guerra Fría?
- ¿Desafiaron las garantías de seguridad ofrecidas por Estados Unidos a la OTAN los postulados del realismo ofensivo?
- ¿Cómo influyeron estas ideas en las decisiones de Obama y Trump respecto a la OTAN y Rusia?
Antecedentes
John J. Mearsheimer es uno de los politólogos más influyentes en el estudio de las relaciones internacionales. Profesor en la Universidad de Chicago desde los años ochenta, es conocido por defender una visión realista del sistema internacional, según la cual los Estados compiten constantemente por poder y seguridad.
Frente a enfoques más optimistas como el liberalismo, que confían en la cooperación internacional y el papel de las instituciones, Mearsheimer sostiene que la anarquía global y la desconfianza entre Estados hacen inevitable la rivalidad, especialmente entre grandes potencias. A partir de los años noventa, desarrolló su propia corriente: el realismo ofensivo. Según esta teoría, los Estados no solo buscan sobrevivir, sino que tratan de maximizar su poder hasta alcanzar la hegemonía regional. Esta lógica, sostiene Mearsheimer, no solo ayuda a interpretar la historia de la geopolítica, sino que también ofrece claves para orientar la política exterior futura (Mearsheimer, 2001b).
Sus ideas han generado un intenso debate académico. Autores liberales como Robert Keohane y Lisa Martin (1995) han argumentado que la anarquía no conduce necesariamente al conflicto, y que instituciones como la OTAN o la Unión Europea pueden facilitar la cooperación. Desde el constructivismo, Alexander Wendt (1995) ha defendido que el miedo entre Estados no es inevitable y que factores como la historia, la cultura o las ideas también influyen en su comportamiento.
Más allá del mundo académico, el pensamiento de Mearsheimer (2014a) cobró notoriedad pública tras la crisis de Ucrania en 2014. En un artículo ampliamente debatido, culpó a la expansión de la OTAN y al acercamiento de Occidente a Ucrania de haber provocado la reacción de Rusia. Aunque su postura fue criticada por diplomáticos y analistas, puso de relieve la capacidad de su marco teórico para generar debate sobre las causas profundas de los conflictos.
Pese a su influencia teórica, pocos estudios han analizado si las decisiones reales de política exterior en Estados Unidos han seguido la lógica del realismo ofensivo. Aunque Obama y Trump representaron estilos opuestos, ambos enfrentaron dilemas estratégicos respecto a Rusia y la OTAN. Esto permite examinar si sus políticas reflejaron o no la visión estructural de Mearsheimer.
Este artículo busca precisamente aportar una nueva perspectiva al debate sobre la relación entre teoría y práctica, y explorar cómo un marco académico puede ayudar a entender decisiones reales en un contexto de creciente rivalidad internacional.
Teorías fundamentales de John Mearsheimer
Las ideas centrales del realismo ofensivo de John Mearsheimer comenzaron a tomar forma al final de la Guerra Fría. En uno de sus primeros trabajos influyentes, analizó la historia de Europa para entender por qué el continente vivió dos periodos tan distintos: las guerras devastadoras de la primera mitad del siglo XX y la estabilidad relativa durante la Guerra Fría. Su conclusión fue clara: la estructura del sistema internacional explica mejor la guerra y la paz que las características internas de los Estados (Mearsheimer, 1990).
Según Mearsheimer, la paz en Europa después de 1945 se debió al equilibrio bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética, reforzado por la disuasión nuclear. En contraste, la etapa anterior, caracterizada por un sistema multipolar con varias potencias compitiendo entre sí y una distribución desigual del poder, fue mucho más propensa al conflicto (Mearsheimer, 1990).
A partir de estas observaciones, Mearsheimer desarrolló una teoría propia dentro del realismo, conocida como realismo ofensivo. Esta sostiene que, en un sistema anárquico donde ningún Estado puede confiar plenamente en los demás, las grandes potencias tienden a maximizar su poder hasta alcanzar la hegemonía regional (Mearsheimer, 2001b).
En La tragedia de la política de las grandes potencias (2001b), su obra más influyente, Mearsheimer resume cinco supuestos clave que, combinados, explican por qué los Estados tienden a actuar de forma agresiva:
- El sistema internacional es anárquico (no hay una autoridad por encima de los Estados).
- Las grandes potencias poseen capacidades ofensivas.
- Ningún Estado puede estar seguro de las intenciones de los demás.
- La supervivencia es el objetivo principal.
- Los Estados son actores racionales.
Estos factores generan un comportamiento recurrente en las grandes potencias, impulsado por tres elementos clave: miedo, autopreservación y búsqueda de poder.
Miedo
Los Estados se temen entre sí porque todos tienen la capacidad de atacarse y es imposible conocer con certeza sus intenciones. La ausencia de una autoridad global que actúe como árbitro (anarquía) agrava esa inseguridad. La historia, afirma Mearsheimer, demuestra que la competencia entre grandes potencias ha derivado con frecuencia en guerras catastróficas (Mearsheimer, 2001b).
Autopreservación
Ante este entorno incierto, los Estados adoptan una lógica de autoprotección. Forman alianzas, pero siempre de manera temporal y estratégica, según lo que convenga a su supervivencia. Como señala Mearsheimer (2001b, p. 33), las alianzas son “matrimonios temporales de conveniencia.” Esta lógica también impulsa a los Estados a buscar la hegemonía: ser tan poderosos que ningún otro pueda amenazarlos. Un hegemón regional es aquel cuya superioridad militar es tan clara que disuade a cualquier posible rival (Mearsheimer, 2001b).
Maximización del poder
A diferencia de otros realistas que defienden una postura defensiva, Mearsheimer argumenta que los Estados buscan constantemente incrementar su poder relativo. No basta con sobrevivir; lo ideal es estar en una posición dominante. En un mundo donde reina la desconfianza, tener más poder que los demás es la mejor garantía de seguridad (Mearsheimer, 2001b).
Alcanzar la hegemonía global sería, en teoría, el escenario óptimo. Pero existen dos obstáculos estructurales: es extremadamente difícil proyectar poder militar más allá de los océanos, y es prácticamente imposible obtener una superioridad nuclear total. Por eso, los Estados tienden a conformarse con dominar su propia región y evitar que otros hagan lo mismo en las suyas (Mearsheimer, 2001b).
Para alcanzar ese equilibrio, las grandes potencias emplean dos estrategias frente a las amenazas:
- Pasar la carga (buck-passing): dejar que otros enfrenten al agresor.
- Equilibrar (balancing): formar alianzas y reforzar sus capacidades para contener la amenaza.
La primera es preferible si es viable, ya que minimiza los costes y riesgos. Pero si no funciona, la segunda se vuelve necesaria, incluso al precio de entrar en guerra. En ambos casos, el objetivo es evitar que un solo Estado se vuelva lo bastante poderoso como para imponer su voluntad al resto (Mearsheimer, 2001b).
Con base en esta lógica, Mearsheimer propone una estrategia de equilibrio extraterritorial (offshore balancing): una gran potencia debería apoyar a aliados locales para contener a posibles hegemones en otras regiones, interviniendo directamente solo si esas potencias fracasan. Como él mismo concluye: “La situación ideal para cualquier gran potencia es ser el único hegemón regional en el mundo” (Mearsheimer, 2001b, p. 41–42).
Pensamientos de Mearsheimer sobre Europa y la OTAN
Tras el fin de la Guerra Fría, John Mearsheimer predijo que Estados Unidos retiraría la mayoría de sus tropas de Europa. Según su análisis histórico, Washington había actuado tradicionalmente como un equilibrador extraterritorial: intervenía solo cuando surgía una amenaza de hegemonía regional. En 1998, anticipó que Estados Unidos abandonaría el continente en la siguiente década, ya que “no había ninguna gran potencia dominante en el horizonte en Europa” (Mearsheimer, 1998, p. 222–223).
Sin embargo, los hechos no confirmaron esa predicción. A comienzos de los años 2000, más de 100.000 soldados estadounidenses seguían desplegados en Europa, una cifra aún considerable, aunque bastante inferior a los más de 300.000 presentes al final de la Guerra Fría (Allen et al., 2022).
Durante la década de 2010, Mearsheimer comenzó a matizar su postura. En una conferencia ante el Consorcio Europeo para la Investigación Política (ECPR), se preguntó: “¿Por qué Europa es pacífica hoy?” Su respuesta fue directa: la estabilidad se debía, en gran parte, al compromiso militar de Estados Unidos con el continente y al mantenimiento de la OTAN. Según su análisis, esa presencia ayudó a evitar conflictos tanto entre países miembros como frente a amenazas externas. “Estados Unidos no solo protege a los países de la OTAN entre sí, sino que también los protege de amenazas graves que puedan surgir fuera de la OTAN” (Mearsheimer, 2010, p. 389).
A pesar de reconocer este papel estabilizador, Mearsheimer no ofreció una recomendación clara sobre si Estados Unidos debía mantenerse en Europa. En lugar de tomar una postura firme, expresó dudas sobre si ese compromiso respondía realmente al interés nacional. Aunque admitía que mantener la paz europea podía tener sentido estratégico, también señalaba que esa lógica “no siempre ha sido convincente en el pasado” (Mearsheimer, 2010, p. 396).
Lo que sí dejó claro fue su escepticismo hacia la expansión oriental de la OTAN. Advirtió que, sin la presencia del “pacificador estadounidense”, aumentaría la competencia por la seguridad en Europa, especialmente entre Alemania y Rusia. Según Mearsheimer, la salida de Estados Unidos podría desencadenar una espiral de desconfianza que debilitara la disuasión frente a una posible expansión rusa (Mearsheimer, 2010).
Sus advertencias cobraron fuerza en 2014, cuando Rusia anexó Crimea. Mientras la mayoría de los gobiernos occidentales interpretaron la crisis como una muestra de agresión rusa, Mearsheimer afirmó que la verdadera causa fue la expansión de la OTAN hacia el este. Según él, Rusia no iba a tolerar que Ucrania se integrara en la alianza occidental (Mearsheimer, 2014a).
De forma aún más polémica, acusó a Estados Unidos de haber respaldado activamente la destitución del presidente ucraniano Víktor Yanukóvich, aliado de Moscú. Como evidencia, citó la participación de figuras como Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado estadounidense para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, y el senador John McCain en las protestas de 2014, así como grabaciones filtradas que revelaban intentos de influir directamente en la formación del nuevo gobierno (Mearsheimer, 2014a).
Según su visión, este apoyo a un “cambio de régimen” fue la gota que colmó el vaso para Vladímir Putin. “Esto es Geopolítica 101: las grandes potencias siempre son sensibles a las amenazas potenciales cerca de su territorio” (Mearsheimer, 2014a, p. 7). Para él, el respaldo occidental a un gobierno pro-OTAN en Kiev representaba una amenaza intolerable para los intereses estratégicos rusos.
Como solución, Mearsheimer propuso convertir a Ucrania en un Estado neutral, situado entre Rusia y Occidente. Para evitar una escalada, recomendó que Estados Unidos abandonara públicamente la idea de incluir a Ucrania en la OTAN y redujera su implicación en la política interna del país (Mearsheimer, 2014a).
Su crítica continuó en 2015, cuando se opuso firmemente a la propuesta de armar a Ucrania. En un artículo publicado en The New York Times, advirtió que esa estrategia no cambiaría el equilibrio militar y solo agravaría el conflicto. Según Mearsheimer, Estados Unidos subestimaba el valor estratégico que Rusia atribuía a Ucrania y cometía un error al intentar elevar el coste del conflicto para Moscú (Mearsheimer, 2015).
La administración de Barack Obama y la OTAN (2009 – 2017)
La política exterior del presidente Barack Obama estuvo marcada por un compromiso firme con el orden internacional basado en normas. En sus dos Estrategias de Seguridad Nacional (NSS), subrayó que los grandes desafíos globales, desde el terrorismo hasta el cambio climático, debían abordarse mediante la cooperación multilateral y el fortalecimiento de alianzas como la OTAN (The White House, 2010; 2015).
Para Obama, las instituciones internacionales no eran solo instrumentos útiles, sino fines en sí mismos. Ampliarlas y modernizarlas ayudaría a preservar la paz y reforzar la estabilidad global. En palabras de su primera NSS: “este orden internacional apoyará nuestros intereses, pero también es un fin que buscamos por sí mismo” (The White House, 2010, p. 5).
Este enfoque se reflejó en decisiones concretas en relación con la OTAN. Durante sus ocho años en el poder, Obama apoyó el desarrollo de capacidades como el sistema de defensa antimisiles, el despliegue rotatorio de tropas y la asistencia no letal a Ucrania. Tras la anexión de Crimea en 2014, reforzó la presencia militar en Europa del Este e impulsó iniciativas como la Iniciativa de Reaseguro Europeo (ERI), reafirmando el liderazgo transatlántico de Estados Unidos y su compromiso con la seguridad europea (Obama, 2014b; 2016).
Una de las diferencias más marcadas entre Obama y la lógica de Mearsheimer radica en cómo entienden el papel de las alianzas. Para Obama, la OTAN es “la principal alianza de seguridad del mundo” y un pilar fundamental del orden internacional (The White House, 2010, p. 5). En cambio, Mearsheimer considera que las alianzas son acuerdos temporales, motivados por intereses cambiantes. Según el realismo ofensivo, instituciones como la OTAN tienen poco peso autónomo y no garantizan estabilidad duradera; lo que realmente importa es el equilibrio de poder (Mearsheimer, 1994; 2001b).
Sin embargo, algunas decisiones de Obama muestran una cautela estratégica compatible con el realismo. Tras la crisis en Ucrania, evitó enviar armamento letal, apostó por la disuasión defensiva y priorizó la vía diplomática. Desde la lógica de Mearsheimer, esta moderación puede interpretarse como un reconocimiento implícito de que Rusia actuaba conforme al patrón de comportamiento de una gran potencia.
Donde Obama se alejó completamente del realismo ofensivo fue en su apoyo a la expansión de la OTAN y a la promoción activa de la democracia en Europa del Este. Estas políticas, según Mearsheimer, son percibidas como provocaciones que erosionan la seguridad de Rusia. Para él, la estrategia de Obama subestimó los impulsos defensivos que guían el comportamiento de las grandes potencias frente a amenazas en sus esferas de influencia.
La administración de Trump y la OTAN (2017 – 2021)
La política de Donald Trump hacia la OTAN supuso un giro claro respecto al enfoque liberal de sus predecesores. Su NSS de 2017 reflejaba una visión centrada en la soberanía nacional y el interés propio, con un mensaje claro a los aliados: Estados Unidos mantendría su compromiso con la Alianza, pero exigía reciprocidad en forma de mayor gasto en defensa (The White House, 2017). Esta lógica se amplió en la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de 2018, que priorizaba la competencia entre grandes potencias y la necesidad de adaptar la OTAN a nuevas amenazas, incluidas las cibernéticas y las híbridas (DOD, 2018).
En la práctica, Trump aplicó un enfoque marcadamente transaccional. Cuestionó públicamente la utilidad de la OTAN, criticó con frecuencia a los aliados por no cumplir con el umbral del 2 % del PIB en defensa y retrasó la reafirmación del compromiso con el Artículo 5. Su insistencia en que los socios europeos debían “pagar lo que les corresponde” dominó su discurso en cumbres clave (Trump, 2017; 2018b).
Aun así, este estilo confrontativo tuvo efectos tangibles. Durante su presidencia, varios países aumentaron su gasto militar, y la OTAN avanzó en modernización y resiliencia estratégica. Aunque sus declaraciones tensaron las relaciones transatlánticas, Trump impulsó una redistribución más equilibrada de responsabilidades dentro de la Alianza (Trump, 2019).
Desde la perspectiva del realismo ofensivo, parte de su enfoque resulta congruente con dicha teoría. Su énfasis en la distribución de responsabilidades en materia de defensa refleja el principio de pasar la carga, defendido por Mearsheimer como una estrategia racional entre grandes potencias. Asimismo, el escepticismo de Trump hacia el valor estabilizador de las instituciones internacionales coincide con la crítica realista al idealismo liberal.
No obstante, Trump no adoptó del todo una estrategia realista coherente. Al poner en duda el compromiso estadounidense con la OTAN, generó incertidumbre estratégica que podría debilitar la disuasión frente a potencias rivales. En definitiva, su enfoque reflejaba elementos del realismo ofensivo, pero ejecutados de forma errática y con retórica disruptiva más que con una visión estructurada de equilibrio extraterritorial.
Pensamientos de Mearsheimer sobre Rusia
Durante los primeros años del siglo XXI, John Mearsheimer no consideraba a Rusia una amenaza estratégica de primer orden. Aunque reconocía su tamaño y poder militar, argumentaba que su débil economía y la capacidad de otras potencias europeas para equilibrarla hacían innecesario un despliegue militar estadounidense permanente en la región (Mearsheimer, 2001a).
Tras la llegada de Barack Obama al poder, Mearsheimer pidió un cambio en la política exterior de EE. UU., recomendando abandonar la estrategia global de intervención y retomar un equilibrio extraterritorial. Instó a Washington a dejar de intentar exportar la democracia y sugirió incluso formar una coalición con Moscú si China seguía su ascenso como potencial hegemón en Asia (Mearsheimer, 2011).
La anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 llevó a Mearsheimer a defender una postura muy crítica con la estrategia occidental. Sostuvo que la expansión de la OTAN y el respaldo a un cambio de régimen en Kiev provocaron una reacción defensiva por parte de Moscú, alineada con la lógica de las grandes potencias. En su visión, Putin no actuó por ambiciones imperiales, sino por razones de seguridad nacional. También subrayó que mantener buenas relaciones con Rusia era vital para la estabilidad internacional y para la cooperación en conflictos como Siria, Irán o Afganistán (Mearsheimer, 2014a; 2014b).
Estas opiniones generaron un fuerte rechazo entre diplomáticos y académicos. Críticos como Michael McFaul (2014) y Stephen Sestanovich (2014) acusaron a Mearsheimer de minimizar la agresividad rusa y olvidar sus propios argumentos anteriores.
Pese a la polémica, Mearsheimer mantuvo su postura: para evitar futuras crisis, EE. UU. debía reconocer las preocupaciones estratégicas de Rusia y limitar su expansión en el espacio postsoviético. Tras la elección de Donald Trump, reforzó esta idea: Rusia no debía ser vista como un enemigo inevitable, sino como un actor útil para equilibrar a China (Mearsheimer, 2016).
En 2019, Mearsheimer reconoció que Rusia estaba recuperando poder, aunque matizó que su debilitamiento demográfico y su economía limitada harían que esta competencia fuese temporal. A su juicio, si EE. UU. evita sobreextenderse, el sistema internacional volverá a ser unipolar (Mearsheimer, 2019).
La política de Barack Obama hacia Rusia (2009 – 2017)
La política exterior del presidente Obama hacia Rusia comenzó con un enfoque optimista. En 2009, lanzó una política de “reinicio” con Moscú, centrada en la cooperación en control de armas, contraterrorismo y no proliferación nuclear. Su NSS de 2010 presentaba a Rusia como un socio potencial, aunque dejaba claro que Estados Unidos defendería la soberanía de los países vecinos si Moscú cruzaba ciertos límites (The White House, 2010).
El momento más alto del acercamiento fue la firma del nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START) en 2010 y el impulso de cooperación bilateral. Incluso el Concepto Estratégico de la OTAN reflejaba este espíritu, al proponer una asociación más estrecha con Rusia en defensa antimisiles y transparencia nuclear (NATO, 2010).
Sin embargo, todo cambió tras la anexión rusa de Crimea en 2014. La administración Obama condenó las acciones de Moscú, impuso sanciones económicas, y reforzó el apoyo político y logístico a Ucrania. Aunque criticó duramente a Rusia, Obama evitó una respuesta militar directa y optó por una estrategia de contención diplomática y económica (Obama, 2014a; 2014b).
Desde la óptica del realismo ofensivo, esta moderación puede interpretarse como una reacción racional ante una gran potencia que protege su esfera de influencia. Mearsheimer advirtió que expandir la OTAN y acercar a Ucrania a Occidente provocaría una respuesta de Rusia, y abogó por convertir a Ucrania en un estado neutral entre ambos bloques (Mearsheimer, 2014a).
Aunque Obama no compartía esta visión explícitamente, su negativa a armar a Ucrania y su enfoque multilateral reflejan una comprensión implícita de los límites estructurales del sistema internacional. Aun así, su política no abandonó el marco liberal: las sanciones se justificaron como defensa del orden basado en normas, no como parte de una lógica de poder. Además, su negativa a descartar la futura entrada de Ucrania en la OTAN alimentó la percepción rusa de amenaza.
En definitiva, la política de Obama hacia Rusia evolucionó desde el idealismo liberal inicial hacia una respuesta más estratégica, pero sin romper con los valores normativos que guiaron su presidencia. Para Mearsheimer, esta ambigüedad fue insuficiente: la falta de reconocimiento claro de Rusia como una gran potencia con intereses legítimos contribuyó, según él, al deterioro de las relaciones y a una nueva etapa de competencia geopolítica.
La administración de Donald Trump y Rusia (2017 – 2021)
A diferencia del enfoque inicial de Obama, la administración de Donald Trump adoptó desde el comienzo una postura más dura hacia Rusia. En su NSS de 2017, calificó a Moscú como una potencia revisionista y una amenaza directa al orden internacional basado en normas. Según el documento, Rusia buscaba debilitar la influencia de Estados Unidos, dividir a sus aliados y restaurar su estatus de gran potencia mediante el uso de tácticas híbridas y desinformación (The White House, 2017, p. 25).
Esta visión fue reafirmada en la NDS de 2018, que describía a Rusia como un competidor estratégico decidido a ejercer un poder de veto sobre sus vecinos y subvertir procesos democráticos en Occidente. En respuesta, la estrategia apostó por reforzar la presencia militar en Europa del Este, mantener la ventaja tecnológica y mejorar la preparación de las fuerzas estadounidenses como elementos clave de disuasión (DOD, 2018).
En la práctica, Trump mantuvo e intensificó las sanciones contra Rusia, incluidas medidas contra individuos implicados en la anexión de Crimea, la injerencia electoral y los ciberataques. Además, a diferencia de Obama, su administración autorizó la entrega de armamento letal a Ucrania, incluyendo misiles antitanques Javelin, lo que marcó un giro importante en la política de defensa hacia Kiev (Polyakova y Letsas, 2019).
No obstante, esta línea firme convivió con señales ambiguas. En la cumbre de Helsinki de 2018, Trump eludió respaldar las conclusiones de sus agencias de inteligencia sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016, generando críticas por debilitar el mensaje de disuasión. Al mismo tiempo, promovió el diálogo directo con Putin y destacó posibles áreas de cooperación como la lucha contra el terrorismo y la no proliferación (Trump, 2018b).
A lo largo de su mandato, Trump impuso nuevas sanciones a Rusia por la ocupación de territorios ucranianos, ciberataques y violaciones de derechos humanos. Incluso en sus últimos días en el poder, sancionó a entidades vinculadas al proyecto del gasoducto Nord Stream 2, argumentando que este debilitaba a Ucrania y favorecía la influencia energética rusa (Department of State, 2021).
Pese a la retórica contradictoria del presidente, su política hacia Rusia combinó presión económica, refuerzo militar y un enfoque competitivo coherente con la visión estructural del sistema internacional que plantea el realismo ofensivo.
Conclusiones
Este estudio examinó la evolución del pensamiento de John J. Mearsheimer, especialmente su teoría del realismo ofensivo, y su posible influencia en la política exterior de Estados Unidos hacia la OTAN y Rusia entre 2009 y 2021. A partir de tres preguntas clave, se analizó cómo han cambiado sus recomendaciones estratégicas, en qué medida su marco teórico fue coherente con las decisiones de los presidentes Obama y Trump, y cómo interactúan las ideas académicas con la política exterior práctica.
El realismo ofensivo sostiene que los Estados, en un sistema internacional anárquico, buscan garantizar su supervivencia mediante la maximización de su poder relativo. Mearsheimer ha criticado de forma constante el idealismo liberal y ha advertido sobre los riesgos de ignorar la lógica del equilibrio de poder. Este estudio confirma que su teoría central se ha mantenido estructuralmente estable, aunque sus recomendaciones estratégicas se han adaptado con el tiempo. Por ejemplo, en los años 90 abogaba por la retirada de EE. UU. de Europa, pero hacia 2010 reconocía que su presencia podía ser útil para preservar la estabilidad regional.
A partir de 2014, Mearsheimer hizo énfasis en reconocer a Rusia como una gran potencia con intereses legítimos en su entorno inmediato. Criticó la expansión de la OTAN y defendió un enfoque diplomático más pragmático por parte de EE. UU. Como respuesta al ascenso de China y el resurgimiento de Rusia, propuso una recalibración estratégica en favor de alianzas basadas en la lógica del equilibrio de poder (Mearsheimer, 2016; 2019).
La influencia de Mearsheimer sobre la política exterior estadounidense fue parcial e indirecta. Obama mantuvo un enfoque liberal, pero mostró prudencia estratégica ante la crisis de Ucrania, evitando una escalada militar. Esta moderación se alinea con la advertencia de Mearsheimer sobre los límites del poder en zonas de interés vital para otras potencias. Sin embargo, la retórica y las políticas generales de Obama siguieron orientadas por principios liberales e institucionalistas.
Trump, por su parte, mostró mayor afinidad retórica con el realismo ofensivo. Criticó a la OTAN, priorizó la soberanía nacional y cuestionó el valor de las normas internacionales. No obstante, su administración aplicó sanciones duras a Rusia y autorizó el envío de armamento letal a Ucrania, medidas contrarias a las recomendaciones de Mearsheimer. Así, su discurso realista no se tradujo en una estrategia congruente.
En suma, ni Obama ni Trump adoptaron formalmente el marco de Mearsheimer, pero ambos reflejaron aspectos de su lógica en momentos específicos. Mientras Obama aplicó un realismo pragmático sin renunciar a sus principios liberales, Trump expresó ideas realistas sin estructurarlas en una política consistente. En ambos casos, la influencia de Mearsheimer fue circunstancial, limitada por factores institucionales, ideológicos y de liderazgo.
Los hallazgos de este estudio subrayan que, aunque el realismo ofensivo es una herramienta analítica potente, su aplicación práctica depende de condiciones políticas concretas. La evolución estratégica del propio Mearsheimer muestra que la teoría no es rígida, sino capaz de adaptarse a contextos geopolíticos cambiantes.
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Comandante Samuel Major
Comandante
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ESFAS. La influencia de John J. Mearsheimer en la política exterior estadounidense de 2009-2021
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