
12 jun 2026
ESFAS. Herramientas de poder en la zona gris: un estudio comparativo
Fernando Vidales Berroya. Comandante de Infantería
Introducción
En las últimas décadas, la competición entre potencias ha evolucionado más allá de la guerra convencional. Cada vez cobra mayor importancia lo que se denomina zona gris: un espacio de rivalidad situado entre la paz y la guerra abierta. En este espacio intermedio, los estados emplean estrategias híbridas para avanzar sus intereses sin desatar un conflicto armado. Se combinan múltiples herramientas —políticas, económicas, informativas, militares y legales— de forma simultánea y coordinada, buscando explotar las ambigüedades del sistema internacional. El resultado son acciones agresivas difíciles de atribuir o identificar, pero que pueden socavar gravemente la soberanía y estabilidad de otros países.
Este fenómeno se ha convertido en una preocupación central para la seguridad. España reconoce en sus documentos estratégicos la amenaza que suponen las tácticas híbridas en la zona gris. Conflictos como la anexión de Crimea en 2014 evidencian que la competición geopolítica actual se libra mayoritariamente por métodos híbridos. Las potencias revisionistas emplean estas tácticas para expandir su influencia evitando un enfrentamiento militar convencional con el adversario.
Ante esta realidad, existe la necesidad de comprender cómo se usan las herramientas de poder en las estrategias híbridas, así como las fortalezas y limitaciones que tienen regímenes políticos diferentes (autoritarios o democráticos) al operar en la zona gris. Este artículo aborda la cuestión comparando dos casos relevantes: el comportamiento de China en el Mar de China Meridional y el de Estados Unidos frente a la agresión rusa en Ucrania. La comparación de ambos casos permitirá extraer lecciones sobre la libertad de acción de un modelo autoritario frente a uno democrático en la zona gris, y evaluar la eficacia de sus estrategias híbridas. Se presentarán recomendaciones orientadas a reforzar la capacidad de las democracias liberales para competir con éxito en este ámbito sin renunciar a sus principios.
Antecedentes
El concepto de guerra híbrida ha ganado prominencia a raíz de la invasión de Ucrania en 2014, en la que se combinaron con éxito medios militares con herramientas híbridas en la zona gris. La zona gris describe todo el espectro de acciones hostiles que no llegan al umbral de la guerra abierta, manteniéndose en una ambigüedad calculada. A diferencia del conflicto armado tradicional, en la zona gris no hay combates, pero sí una competencia agresiva y sostenida. Es un terreno difuso donde rigen los «hechos consumados», la negación plausible y la falta de claridad legal. Por ejemplo, la construcción de islas artificiales en aguas disputadas o la injerencia electoral mediante redes sociales son acciones típicas de la zona gris.
La guerra híbrida alude más a la manera de competir combinando instrumentos diversos, mientras que zona gris alude al estado intermedio entre paz y guerra (Mazarr, 2015). Ambos conceptos están íntimamente relacionados: las estrategias híbridas suelen implementarse precisamente en esa zona gris, aprovechando que los adversarios dudan en reaccionar militarmente. La dependencia económica mutua y las nuevas tecnologías imperantes en el siglo XXI han ampliado el alcance y el impacto de estas tácticas (Baqués, 2021). Hoy es posible infligir daños significativos a un oponente, colapsando su sistema financiero, paralizando infraestructuras críticas, o manipulando a su opinión pública.
Países de muy distinto signo político están usando activamente la zona gris. Regímenes autoritarios como Rusia o China son pioneros de las estrategias híbridas. Las propias democracias también emplean sus instrumentos de poder en la zona gris, sobre todo de forma defensiva, para contrarrestar esas amenazas sin escalar a una guerra directa. La zona gris se ha convertido en el principal campo de rivalidad entre grandes potencias, y entender su dinámica es clave para la seguridad internacional.
Exposición
La zona gris y las herramientas de poder
Para analizar cómo se compite en la zona gris, debemos considerar los instrumentos de poder que tienen los Estados a su disposición. Se suele emplear el acrónimo DIMEFIL para abarcar las categorías de herramientas de influencia y coerción: Diplomáticas, Informativas, Militares, Económicas, Financieras, de Inteligencia y Legales (Joint Chiefs of Staff, 2018). Cada una de estas áreas representa un conjunto de medios que un Estado puede usar dentro de una estrategia híbrida:
- Herramientas Diplomáticas: Incluyen la presión ejercida a través de la política exterior y la actividad en organizaciones internacionales. Por ejemplo, negociar alianzas o acuerdos favorables, emitir protestas diplomáticas, o bloquear iniciativas adversas mediante el veto o la dilación. En la zona gris, la diplomacia puede emplearse tanto para ganar apoyos como para aislar al rival. Un ejemplo lo vemos en cómo Estados Unidos logró una condena mayoritaria de la invasión rusa de Ucrania en la Asamblea General de la ONU, evidenciando el aislamiento internacional de Moscú, mientras que China se abstuvo en dicha votación para evitar alinearse abiertamente con el agresor.
- Herramientas Informativas: Se refieren al empleo de la propaganda, desinformación e influencia en medios de comunicación y redes sociales. El dominio informativo es crucial para moldear narrativas que justifiquen acciones de dudosa moralidad, a la vez que se siembra confusión sobre los hechos. La desinformación busca erosionar la voluntad del oponente: minar la confianza de la población en sus instituciones y polarizar la sociedad.
- Herramientas Militares: Incluyen el empleo directo de la fuerza armada, los despliegues disuasorios y las operaciones encubiertas de fuerzas especiales. En estrategias híbridas, las acciones militares suelen ser calculadas para no cruzar el umbral que justifique una respuesta armada. Es común el uso de fuerzas irregulares o paramilitares y de la coerción militar: interceptación de buques, sobrevuelo de territorio disputado, ciberataques, etc. Se trata de no realizar una intervención tan evidente que legitime la represalia armada del oponente, pero sí lo suficiente para obtener ventajas estratégicas.
- Herramientas Económicas: Se refieren al uso de la interdependencia económica como arma. Esto abarca medidas como sanciones comerciales, aranceles, boicots a productos, restricciones de inversiones, así como la retirada de ayudas económicas. Un Estado autoritario puede imponer represalias económicas a países más pequeños que desafíen sus intereses. A su vez, las democracias occidentales han empleado ampliamente sanciones económicas: un caso destacado es la reacción a la guerra de Ucrania, en la que EE. UU., la UE y aliados congelaron alrededor de 300.000 millones de dólares del Banco Central de Rusia, expulsaron a bancos rusos del sistema SWIFT y cortaron exportaciones clave, con el objetivo de asfixiar la financiación de la campaña militar rusa.
- Herramientas Legales: Consisten en el uso del marco jurídico como terreno de confrontación. Se manifiesta de dos modos. Por un lado, la llamada «guerra legal» o lawfare, que busca manipular el derecho internacional para justificar las propias acciones y negar legitimidad a las del rival. Un ejemplo es cómo China reivindica históricamente su soberanía sobre el Mar de China Meridional mediante un mapa sin base legal. Por otro lado, las herramientas legales abarcan leyes internas que sirven a la estrategia híbrida: por ejemplo, autorizar a actuar agresivamente bajo la cobertura legal doméstica. Un caso ilustrativo es la Ley de Guardia Costera de China, que autoriza a sus guardacostas a usar la fuerza contra barcos extranjeros en aguas disputadas.
El modelo DIMEFIL nos muestra que el poder nacional va mucho más allá de lo militar. En la zona gris, a menudo son las herramientas no militares las que tienen mayor protagonismo. Las potencias despliegan todos sus recursos de manera orquestada para lograr sus objetivos sin disparar un misil. Entendido este marco conceptual, pasamos a examinar dos ejemplos actuales donde se observa claramente el empleo de instrumentos de poder en estrategias híbridas en la zona gris: el caso de China en el Mar de China Meridional y el de Estados Unidos en el conflicto de Ucrania.
El modelo de China en la zona gris: el mar de China meridional
El Mar de China Meridional se ha convertido en un laboratorio de las estrategias híbridas de Beijing. En esta región, China persigue una ambiciosa meta geopolítica: extender su control sobre la totalidad de ese mar, vital por sus recursos naturales y rutas marítimas, sin desencadenar una guerra abierta con sus vecinos ni con Estados Unidos.
Para ello, ha desplegado un amplio abanico de instrumentos de poder en la zona gris, logrando avances significativos mediante hechos consumados. Pekín alega derechos históricos en el Mar de China, abarcando aguas que se extienden a casi 2.000 km de sus costas. Esta reivindicación incluye numerosas islas, atolones y arrecifes dispersos que también son reclamados por varios países de la zona.
En el ámbito diplomático, China combina una doble estrategia. Por un lado, negocia las disputas solo de forma bilateral, donde su peso es abrumador frente a cada vecino por separado. Por otro lado, ha utilizado los foros internacionales para reafirmar formalmente sus posturas. Desde 2009, la diplomacia china ha proclamado en la ONU y la ASEAN su «soberanía indiscutible» sobre las islas y aguas del Mar de China Meridional (Bautista, 2021). De esta manera, China fractura la respuesta diplomática colectiva y evita el aislamiento.
En el frente informativo, el Partido Comunista de China ha construido un fuerte relato interno sobre el Mar de China. En los libros de texto y medios chinos se enseña que estas aguas fueron desde la antigüedad parte integral de China, y que potencias extranjeras coloniales pretenden arrebatárselos. Externamente, Pekín complementa la propaganda con una cuidadosa negación plausible: sostiene que la construcción de islas artificiales tiene fines civiles, negando cualquier agresión (Zhang, 2017). Además, ha emprendido campañas de desinformación para sembrar dudas sobre las reclamaciones de sus vecinos, restando importancia a las tensiones y dando la impresión de que son las potencias externas las que militarizan el problema.
Pero quizá donde más contundencia muestra China es en las acciones físicas sobre el terreno, combinando herramientas militares, paramilitares, económicas y legales. A partir de 2013, Beijing acometió una impresionante campaña de construcción de islas artificiales para convertirlas en bases militares. China alteró así la situación estratégica, estableciendo bases permanentes donde no las tenía. Además de las islas artificiales, China emplea de forma activa a su Guardia Costera y flota pesquera para ejercer la coerción en el mar (Helmus et al., 2024). Buques guardacostas chinos escoltan a pesqueros nacionales en aguas disputadas y expulsan a los barcos extranjeros.
Este tipo de incidentes buscan imponer la ley del más fuerte en la zona gris. China cuenta con que sus vecinos dudarán en responder para no provocar una escalada, y así logra hacer valer su presencia. Cada enfrentamiento de este tipo envía un mensaje claro: esas aguas disputadas de facto están bajo control chino, porque tiene los medios y la voluntad para imponer su autoridad.
En el plano económico y financiero, China implementa una estrategia mixta de coerción e incentivos económicos. Ha ofrecido la explotación conjunta de recursos a países como Filipinas, intentando atraerlos con promesas de inversión y comercio si cooperan bajo sus términos. Al mismo tiempo, no duda en castigar económicamente cuando algún Estado vecino toma medidas contrarias a sus intereses. De ahí el embargo que China impuso sobre la importación de bananas filipinas en 2012 tras un enfrentamiento naval (Priyandita, 2023). Son represalias económicas sutiles, que sirven de escarmiento y disuaden a esos países de acciones futuras. En paralelo, Beijing suele combinar la coerción con la recompensa: cuando un gobierno adopta una postura más amigable, rápidamente restablece el comercio, envía inversiones o incluso dona equipamiento. Esta política de «palo y zanahoria» económica busca moldear el entorno estratégico, aprovechando la enorme dependencia de las economías vecinas del mercado y el capital chinos.
El modelo chino en la zona gris demuestra cómo un régimen autoritario puede avanzar sus objetivos sin librar una guerra convencional. En pocos años ha logrado poseer bases militares avanzadas, controlar zonas antes compartidas, explotar recursos marinos y establecer la percepción de que China domina la región. Todo ello, evitando el casus belli: sus acciones individuales nunca han cruzado el umbral que pudiera detonar una respuesta militar internacional.
EE.UU. en la zona gris: el conflicto de Ucrania
A diferencia del caso chino, donde el objetivo era la expansión territorial, el papel de Estados Unidos en Ucrania ilustra el uso de estrategias híbridas defensivas. Desde la perspectiva occidental, la invasión rusa supuso un reto de primer orden: ¿Cómo castigar a una potencia nuclear agresora sin desencadenar una guerra a gran escala? La solución ha sido una compleja campaña en la zona gris que combina todos los instrumentos de poder salvo el enfrentamiento militar directo. Así, EE. UU. y sus aliados han librado una guerra híbrida contra el Kremlin, paralela a la guerra convencional en Ucrania.
En el plano diplomático, Washington ha liderado la construcción de una amplia coalición internacional de apoyo a Ucrania. EE. UU. trabajó con sus aliados europeos para impulsar reuniones de emergencia en la ONU, donde obtuvo una resolución de condena contundente que exigía a Moscú el fin de la agresión (Ramsden, 2022). Esta votación dejó patente el aislamiento diplomático ruso incluso entre muchos países no occidentales. Washington continuó esta ofensiva diplomática: reactivó la OTAN y presionó en todos los foros posibles para marginar a Rusia. La diplomacia estadounidense se volcó también en convencer a naciones inicialmente reticentes, como India, de la gravedad de la violación de la soberanía ucraniana. En suma, la estrategia diplomática de EE. UU. en este conflicto híbrido ha sido la de formar un frente unificado, utilizando la fuerza de la opinión internacional como parte de la presión sobre Moscú.
Paralelamente a la diplomacia pública, EE. UU. ha recurrido a intensas acciones informativas. Antes de la invasión, la administración Biden tomó la inusual medida de desclasificar inteligencia sobre los planes rusos, advirtiendo que Moscú se preparaba para invadir Ucrania. Al hacer pública esta información, buscó desbaratar la guerra informativa rusa que intentaba justificar la agresión. En la esfera pública, Washington y sus aliados emprendieron una campaña de información estratégica para contrarrestar la propaganda rusa. Esto incluyó desde discursos de los principales líderes estadounidenses hasta financiar medios en lengua rusa. La narrativa occidental ha enfatizado la ilegalidad de la invasión, los crímenes cometidos y la heroicidad de la resistencia ucraniana, ganando la batalla de la opinión pública.
Donde la respuesta de EE. UU. ha sido más visible es en el ámbito económico. Tras la invasión, Washington coordinó con la Unión Europea el mayor paquete de sanciones impuesto jamás a una gran potencia. Se congelaron unos 300.000 millones de dólares del Banco Central de Rusia, privando al Kremlin de casi la mitad de sus reservas. Asimismo, se expulsó a los principales bancos rusos del sistema de mensajería SWIFT, aislándolos de facto del sistema financiero global (Departamento del Tesoro, 2025). A nivel comercial, EE. UU. prohibió las importaciones de energía rusa, e impulsó a Europa a reducir su dependencia energética de Moscú. Además, se negó a Rusia la importación de tecnología de uso militar, asfixiando sectores clave de la industria militar rusa.
La herramienta militar de EE. UU. se ha manifestado en forma de asistencia y posicionamiento defensivo. Washington ha desplegado miles de soldados en el flanco oriental de la OTAN como medida disuasoria, incrementando su presencia militar en Europa al nivel más alto desde la Guerra Fría. A su vez, la ayuda militar directa a Ucrania ha sido masiva. Estados Unidos se convirtió en el principal suministrador de armamento de Kiev, destinando aproximadamente 66 mil millones de dólares en ayuda militar a Ucrania (Departamento de Estado, 2025).
Resumiendo, el modelo estadounidense en la zona gris se caracteriza por utilizar la fuerza de una coalición y todos los medios no bélicos disponibles para oponerse a una agresión militar. La estrategia se ha centrado en asfixiar y debilitar a Rusia sin enfrentamiento directo, al tiempo que se apoya y fortalece a Ucrania. En términos de resultados, esta respuesta híbrida de EE. UU. y aliados consiguió frenar el avance ruso y ha infligido un enorme daño económico a Rusia. No obstante, no logró disuadir a Putin de lanzar la invasión y, pese al castigo económico, Rusia continúa la guerra, adaptándose a las sanciones con apoyo de otros socios. Esto refleja que las herramientas de la zona gris tienen eficacia, pero no son instantáneas. Las estrategias híbridas de EE. UU. buscan erosionar la capacidad de Rusia a largo plazo y mejorar la posición de Ucrania, confiando en que el tiempo obra a favor de las democracias liberales.
Libertad de acción y eficacia de cada modelo
La revisión de ambos casos —China en Asia y EE. UU. en Ucrania— permite identificar contrastes entre un modelo autoritario y uno democrático operando en la zona gris. Cada uno tiene ventajas y limitaciones inherentes a su naturaleza política. A continuación, se analizan comparativamente varios aspectos clave: la libertad de acción de la que gozan, la eficacia lograda en sus objetivos, y cómo cada modelo podría mejorar.
En las etapas tempranas de una disputa, un régimen autoritario como el chino disfruta de una libertad de acción mucho mayor que una democracia. China puede desplegar su abanico de tácticas híbridas sin oposición interna: decide qué presión aplicar, ya sea militar, económica o informativa, sin pasar por debates parlamentarios ni escrutinio público. Asimismo, no le preocupa violar normas internacionales, pues controla las narrativas domésticas para justificarlo. Esto ha permitido a Pekín ejercer coerciones graduales con «hechos consumados» mientras sus rivales democráticos se mostraban más cautos. En contraste, Estados Unidos, al inicio de la crisis con Rusia, actuó con más moderación. Antes de febrero 2022, su respuesta se limitó principalmente a la diplomacia preventiva, buscando disuadir a Putin con amenazas de sanciones. Esto refleja cómo una democracia liberal, atada a la necesidad de construir consenso interno y respetar la legalidad internacional, tiende a reaccionar más tarde y de forma más limitada.
Conforme una confrontación avanza hacia fases más críticas, el autoritarismo sigue mostrando mayor libertad de acción. China ha podido intensificar sus medidas coercitivas a voluntad: tras la diplomacia coercitiva inicial pasó a coerción económica, presión marítima, ciberataques y presencia militar, manteniendo siempre la iniciativa. Al no tener contrapesos internos, pudo asumir riesgos calculados sin oposición doméstica. Estados Unidos, en cambio, durante la escalada en Ucrania actuó de forma más incremental y limitada. Solo después de que la invasión rusa se consumó, Washington amplió significativamente su abanico de acciones híbridas: lanzó sanciones masivas, potenció ciberdefensas, aumentó inteligencia compartida y envió armamento. Es decir, la democracia respondió decisivamente cuando el conflicto ya era evidente, pero no antes. Este patrón indica que los sistemas democráticos suelen necesitar un casus belli claro y una opinión pública movilizada para desplegar todo su poder híbrido. Las democracias se ven autocontenidas por incertidumbres legales o morales. Un régimen autoritario no sufre esas ataduras: actúa primero y define después la narrativa.
Una vez estalla la crisis, la dinámica cambia. Las democracias, liberadas de la ambigüedad previa, pueden entonces aprovechar sus fortalezas y recuperar terreno en la zona gris. ¿Por qué? Llegado ese punto extremo, cuentan con la legitimidad internacional y pueden emplear sin reservas su enorme poder económico y tecnológico. Al desencadenarse la guerra, EE. UU. Amplió drásticamente sus acciones híbridas: sanciones históricas, apoyo en ciberdefensa, envío masivo de armas, y unidad diplomática sin precedentes. Es decir, cuando la situación llega a la fase crítica donde la naturaleza del agresor ya no puede ocultarse, las democracias pueden movilizar sus sociedades y aliados para desplegar su poder con menores cortapisas políticas.
Si comparamos los logros concretos de China y EE. UU. en sus respectivos objetivos, vemos una eficacia relativa. China ha consolidado su control territorial y domina el Mar de China Meridional sin entrar en guerra. Su modelo híbrido puede considerarse eficaz en términos de hechos consumados. Sin embargo, esa eficacia tiene matices: ha generado oposición internacional y no ha obtenido reconocimiento legal internacional. Por otro lado, EE. UU. ha logrado detener la expansión rusa e infligirle costos enormes, reafirmando además la unidad de Occidente. Sin embargo, el modelo occidental no ha logrado revertir la situación: Rusia aún ocupa parte de Ucrania y la guerra sigue en curso. La estrategia híbrida defensiva de EE. UU. contuvo al agresor, pero no lo derrotó, confiando en que la combinación de sanciones y desgaste militar surtan efecto con el tiempo. Esto pone de manifiesto que las estrategias de zona gris no son decisivas por sí solas ante un enemigo dispuesto a emplear la fuerza militar.
Cada modelo también enfrenta sus limitaciones propias. El autoritario corre el riesgo de sobrepasarse por exceso de confianza: al no tener frenos internos, puede cometer un error de cálculo. Por ejemplo, Rusia pensó que la reacción occidental sería débil por miedo a escalar, pero su agresión galvanizó la respuesta contraria. Además, los regímenes autoritarios pagan un precio en reputación y alianzas: China ganó territorio, pero perdió la confianza de sus vecinos. En cuanto al modelo democrático, su limitación es la lentitud y división: requiere construir consenso, lo cual lleva tiempo y puede hacer que en conflictos prolongados la unidad flaquee. Un adversario autoritario puede apostar precisamente a que las democracias se cansen o pierdan la atención.
Ni el modelo autoritario ni el democrático tienen la supremacía de la zona gris; más bien, cada uno domina en etapas y ámbitos distintos. El autoritario explota mejor la ambigüedad inicial y puede ganar terreno rápidamente. El democrático tiende a imponerse si logra arrastrar la situación hacia una confrontación clara de principios (legalidad vs. agresión) donde sus recursos y alianzas pesan más. Para las democracias, el gran desafío es cómo acortar esa brecha inicial de respuesta y volverse más proactivas en la zona gris, sin renunciar a sus valores. Para los autoritarios, el reto es no subestimar la capacidad de resiliencia y respuesta que las sociedades libres pueden mostrar cuando se ven verdaderamente amenazadas.
Conclusiones
La competencia en la zona gris plantea retos formidables a las democracias liberales, que deben enfrentarse a tácticas poco convencionales que no cruzan la línea de la guerra. Tras analizar los casos de China y EE. UU., queda claro que las democracias tienen fortalezas considerables, pero también desventajas estructurales en este tipo de contienda. A continuación, se presentan recomendaciones orientadas a mejorar las capacidades de las democracias occidentales para competir eficazmente en la zona gris sin socavar sus principios:
- Desarrollar una estrategia integral para la zona gris: Los gobiernos democráticos deben elaborar planes para actuar ante amenazas híbridas, usando todas las herramientas del Estado. A nivel nacional, España debería implementar una estrategia de respuesta híbrida que identifique posibles escenarios y establezca la actuación conjunta de ministerios, fuerzas de seguridad, inteligencia y Fuerzas Armadas. A nivel de la UE y la OTAN, se debe continuar avanzando en doctrinas comunes de respuesta a la zona gris.
- Reforzar la disuasión y líneas rojas: Conviene comunicar con claridad al adversario que acciones serán consideradas inaceptables y acarrearán represalias. Esta claridad ayuda a disuadir: el rival sabrá que no puede explotar la ambigüedad. Asimismo, realizar ejercicios militares combinados deja patente la disposición a una escalada controlada si es necesario. La idea es contrarrestar la percepción de que las democracias siempre retroceden para evitar conflictos. Deben mostrar que, llegado cierto punto, están dispuestas a defender sus intereses vitales.
- Fortalecer las defensas internas: Las tácticas híbridas buscan explotar las vulnerabilidades de las sociedades abiertas. Las democracias deben reforzar su resiliencia interna. Esto implica varias iniciativas: intensificar la ciberseguridad nacional, combatir la desinformación mediante la educación mediática de la población, blindar los procesos democráticos y electorales, y evitar dependencias de adversarios potencialmente hostiles.
- Coordinar las respuestas internacionales: La fuerza de las democracias occidentales reside en la coordinación internacional. La UE, en particular, ofrece a España y sus miembros una plataforma única para responder colectivamente. Debe profundizarse la integración de políticas híbridas europeas, estableciendo sanciones conjuntas ante ciertos ataques.
- Innovar en el uso de instrumentos de poder democráticos: Las democracias pueden emplear creativamente sus instrumentos de poder, siempre dentro del respeto a sus valores, pero buscando aprovechar sus puntos fuertes. En el plano informativo, es posible apoyar las transmisiones de medios libres hacia sociedades cerradas, divulgando contenidos a favor de la democracia. En lo económico, pueden condicionarse más fuertemente préstamos y ayudas para penalizar comportamientos malignos en la zona gris. También podrían explorarse medidas legales como llevar a los tribunales nacionales los delitos híbridos transnacionales. Del mismo modo, es aconsejable exponer públicamente las campañas de desinformación. La transparencia es un arma fundamental para occidente. Se trata, en definitiva, de que las democracias pasen de ser actores reactivos a arquitectos proactivos del entorno de seguridad, imponiendo costes a comportamientos malignos.
- Invertir en capacidades críticas y reducir dependencias estratégicas: Europa y España deben invertir decididamente en aquellas capacidades que sustentan la soberanía de acción. La guerra de Ucrania ha revelado carencias europeas en defensa, energía e industria. Se debe aumentar el gasto en defensa e inteligencia, orientándolo a la guerra híbrida. También impulsar la industria tecnológica propia para no depender de proveedores externos. En energía, acelerar la diversificación para no depender de Rusia debe ser urgente. En cuanto a planes de contingencia, se recomienda prepararse para cortes en servicios esenciales causados por sabotajes híbridos.
En síntesis, las democracias liberales necesitan adaptarse sin transformarse: adoptar la agilidad y visión integral con la que sus rivales abordan la competencia, sin renunciar a la legalidad, la transparencia y la cooperación que constituyen su esencia y, en última instancia, su ventaja estratégica. No se trata de hacerse autoritario para vencer al autoritario, sino de movilizar las fortalezas de las sociedades abiertas para prevalecer en la zona gris. España tiene en sus manos la oportunidad de contribuir en este empeño colectivo. Fortalecer nuestra cultura de Seguridad y Defensa es un paso clave: ciudadanos conscientes y gobiernos previsores son la mejor arma contra cualquier amenaza.
Competir en la zona gris significa competir por el futuro del orden internacional. Las democracias deben mostrar que pueden defender ese orden y sus valores. La zona gris no puede ser un refugio seguro para la agresión ni un limbo de impunidad: es responsabilidad de las naciones libres iluminarla con sus principios y disipar las sombras con una acción decidida.
Bibliografía
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Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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