
13 mar 2026
ESFAS. La guerra en la sombra: eficacia del poder militar en la zona gris
Javier Vea Remacho Teniente coronel. Seguridad, Defensa y Apoyo. Cuerpo General. Ejército del Aire y del Espacio
Introducción
¿Puede un país ganar influencia o territorio sin declarar una guerra? El estudio de los conflictos en el siglo XXI muestra que, entre la paz y la guerra, existe un espacio intermedio cada vez más importante denominado «zona gris». En este contexto, actores estatales y no estatales combinan hábilmente sus instrumentos de poder –militares, diplomáticos, económicos e informativos– para alcanzar objetivos políticos, al límite de la legalidad internacional, pero sin recurrir al enfrentamiento armado directo. Esta forma de confrontación difumina la tradicional línea divisoria entre paz y guerra, generando escenarios de tensión permanente, pero sin llegar a activar los mecanismos formales de declaración de guerra.
El concepto de estrategia híbrida ayuda a entender cómo funcionan los conflictos en la zona gris. En concreto, se refiere al uso simultáneo de tácticas convencionales e irregulares. Una de las primeras aproximaciones al concepto fue propuesta por Frank Hoffman en 2007, quien definió la guerra híbrida como un modelo donde un adversario combina a la vez métodos de guerra convencional, acciones irregulares (como insurgencia o guerrilla), terrorismo y operaciones informativas. Es decir, combina todas las herramientas disponibles para explotar las vulnerabilidades del enemigo, rompiendo la distinción clásica entre guerra regular e irregular (Hoffman, 2007). Este enfoque híbrido no es completamente nuevo en la historia, pero en la última década ha cobrado especial relevancia.
En 2013, el general ruso Valery Gerasimov subrayó la creciente eficacia de los medios no militares en los conflictos modernos. Según Gerasimov, a veces herramientas como la propaganda, la manipulación económica o los ciberataques pueden lograr más que las armas tradicionales (Gerasimov, 2016). De hecho, la OTAN, la Unión Europea y también España han señalado en sus estrategias de seguridad que las amenazas híbridas se han convertido en un riesgo prioritario. El Concepto Estratégico de la OTAN de 2022 vincula estas estrategias híbridas con campañas de desinformación, ciberataques o la coacción energética, como medios para desestabilizar a los países sin recurrir abiertamente a operaciones militares convencionales (OTAN, 2022). De manera similar, la Brújula Estratégica de la UE de 2022 destaca la necesidad de prepararse para responder ante amenazas híbridas que desafían la estabilidad europea sin adoptar una forma de conflicto convencional (UE, 2022). En España, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2021 reconoce la importancia de detectar, disuadir y responder ante estrategias híbridas que emplean medios no convencionales y eluden el conflicto armado abierto (DSN, 2021).
Ante esta realidad, surge la necesidad de definir mejor ese «espacio intermedio» que no es paz ni tampoco guerra: la zona gris. Autores como Michael Mazarr (2015) han caracterizado la zona gris por una ambigüedad estratégica deliberada, la manipulación del derecho internacional y el uso combinado de diversos instrumentos de poder para desestabilizar a un adversario sin desencadenar una respuesta militar convencional. Mazarr destaca que este ámbito permite a los actores alcanzar sus intereses evitando una guerra abierta, lo que les otorga ventaja a la hora de controlar la escalada del conflicto.
Llegado a este punto, cabe preguntarse: ¿qué papel juega el instrumento militar de un Estado en la zona gris? Normalmente, las fuerzas armadas se emplean de manera convencional –el combate directo, o la amenaza del uso de la fuerza–, pero en entornos híbridos y ambiguos, su eficacia resulta menos evidente, propiciando el debate. Algunos analistas defienden que el poder militar, para ser útil en la zona gris, debe coordinarse con otros instrumentos de poder del Estado. Samuel Morales (2024), por ejemplo, sostiene que las fuerzas militares por sí solas rara vez resuelven un conflicto de zona gris, y que su valor está en la integración con acciones diplomáticas, económicas o informativas. José Enrique Fojón (2024) destaca que el ejército puede ejercer un papel fundamental de disuasión –es decir, servir de advertencia o contención– apoyando la estrategia nacional sin necesidad de usar la fuerza directamente. Igualmente, el general José Luis Calvo Albero (2024) subraya que la mera presencia militar en determinadas áreas estratégicas puede ser crucial para responder a amenazas híbridas y proyectar poder, incluso sin recurrir al uso directo de la fuerza.
En línea con esos planteamientos, este artículo aborda el análisis de la eficacia del instrumento militar en la zona gris. En otras palabras, determinar en qué medida y bajo qué formas las fuerzas armadas pueden contribuir a los objetivos estratégicos en ese espacio tan particular. Para conseguirlo, se estudia desde una perspectiva teórica –qué es la zona gris y cómo encaja el poder militar en ella– y desde una perspectiva empírica, mediante el análisis de casos recientes y la opinión de expertos. Adicionalmente, se expone un modelo preliminar para medir de manera objetiva esta eficacia. A continuación, se desarrollan los conceptos clave de la zona gris, se analizan casos reales y se extraen conclusiones sobre la eficacia del poder militar «en la sombra».
La zona gris y sus características esenciales
La zona gris no es un lugar físico, sino un entorno estratégico, una tipología de conflicto en las relaciones internacionales caracterizada por su ambigüedad y su desarrollo deliberado por debajo del umbral de lo que tradicionalmente se considera una guerra abierta. En este epígrafe se analizan sus características esenciales, para reconocer su implicación en el escenario geopolítico.
La ambigüedad es un rasgo esencial de la zona gris. En estos conflictos, los actores planifican cuidadosamente sus acciones para no sobrepasar cierto umbral de violencia, dificultando así su calificación como actos de guerra. Además, suelen ejecutarse de manera encubierta, lo que complica su atribución directa. Si un país sufre un ciberataque que deja sin energía parte de su territorio y no puede probar quién lo ha lanzado, ¿es un ataque militar o un sabotaje anónimo? Una campaña masiva de desinformación contra las instituciones públicas en redes sociales alimentada desde el extranjero, sin rastro evidente de su origen, ¿se considera un acto de guerra o solo propaganda política? Este tipo de incertidumbre es típica de la zona gris: el agresor busca que sus acciones no generen un consenso internacional que justifique represalias militares.
Además de ambigua, la zona gris suele ser multidimensional. Esto significa que la confrontación actúa simultáneamente en varios ámbitos: político, económico, informativo, tecnológico y, en ocasiones, también militar (pero de forma limitada). Para actores estatales, una oportunidad para orquestar sus instrumentos de poder: diplomático, informativo, militar y económico. La zona gris no se limita al enfrentamiento por la fuerza, sino que posee una amplia gama de medios para ejercer presión por vías alternativas y, además, complementarias. Según el académico Javier Jordán (2018), la simultaneidad de frentes busca abrumar al oponente y explotar sus debilidades. Dicho irónicamente: un «actor» podría combinar campañas de desinformación política para desacreditar al adversario ante la comunidad internacional, con ciberataques a infraestructuras clave, maniobras militares cerca de la frontera y aislamiento energético antes de ocupar su territorio con fines bien distintos a los reconocidos públicamente.
Otra característica de estos conflictos es la presencia de intereses sustanciales en juego. Los actores no se enfrentan por causas triviales. Lo hacen por objetivos estratégicos como el control territorial, la influencia regional o la seguridad nacional. Precisamente porque el riesgo percibido es alto, prefieren actuar a la sombra de la zona gris antes que arriesgarse a un conflicto armado abierto, que podría resultar devastador. China, por ejemplo, reclama la mayor parte del Mar de China Meridional, una zona de enorme valor geoestratégico. Ha construido islas artificiales y desplegado milicias marítimas camufladas de pescadores para ampliar su control estratégico, sin librar batalla alguna. Esta forma de presión revela la siguiente característica de la zona gris, alineada con la lógica descrita por Mearsheimer (2014), quien anticipa que, en su progreso, China tratará de asegurar su entorno regional por todos los medios disponibles, evitando al mismo tiempo una guerra directa con otras grandes potencias.
Por último, la dinámica de la zona gris suele estar marcada por el gradualismo. Las acciones hostiles se desarrollan de forma progresiva, paso a paso, midiendo en cada ocasión la reacción del adversario. En lugar de una invasión territorial total, por ejemplo, podría optarse por pequeños avances acumulativos a modo de desgaste. Si el adversario no responde con firmeza al primer envite, se ejecuta el siguiente, y así sucesivamente. Esta secuencia permite consolidar objetivos estratégicos sin provocar reacción inmediata, dando margen al agresor para afianzar sus logros antes de que la comunidad internacional reaccione. Volviendo al ejemplo de China: ocupar un arrecife deshabitado y construir en él una base militar no provoca automáticamente una guerra, pero sí altera la situación estratégica a su favor. Si no hay respuesta, el siguiente paso podría ser desplegar armamento allí, y más tarde reclamar aguas territoriales como efecto asociado a su presencia. La falta de reacción oportuna permite que el agresor transforme su iniciativa en un hecho consumado, obligando al adversario a asumir una nueva realidad estratégica.
En los cuatro últimos párrafos se han identificado cuatro rasgos característicos de la zona gris: ambigüedad, multidimensionalidad, intereses sustanciales en juego y gradualismo (Fig. 1). Por contribuir a la definición del concepto de zona gris, Jordán (2018) los llama «elementos definitorios». Aunque en la actualidad son sólo cuatro, es previsible que el desarrollo de nuevas acciones y efectos den lugar al descubrimiento de elementos definitorios adicionales que ayuden a detectar estas actividades con mayor antelación. La literatura de defensa española ya se anticipó en este sentido. La Nota Conceptual1 del Estado Mayor de la Defensa (EMAD) «El papel de las FAS en la Zona Gris» aborda este enfoque y propone establecer indicadores de alerta temprana para identificar amenazas híbridas incipientes (EMAD, 2022). Puede que la relación entre amenaza híbrida y zona gris no se vea con claridad. Muchos expertos destacan la estrecha relación entre ambos conceptos, hasta llegar a confundirse. Sin embargo, tener claros esos rasgos definitorios ayuda a entender el fenómeno, y también a evaluar la eficacia de la acción militar en su contexto.
Figura 1. Los cuatro elementos definitorios de zona gris. Fuente: elaboración propia.
El instrumento militar en la zona gris: disuasión, influencia y acción directa
Una vez entendido qué es la zona gris, volvamos a la pregunta: ¿cómo puede el instrumento militar ser eficaz en este tipo de conflictos? Ya se ha mencionado que no se trata de desplegar divisiones de carros o iniciar bombardeos aéreos –eso sería salirse de la zona gris y entrar en guerra abierta, que es justo lo que se quiere evitar–. En su lugar, unas fuerzas armadas deben adoptar un papel más sutil y combinarse con otros instrumentos de poder.
Para profundizar en ese planteamiento se consultó con expertos en el ámbito de la seguridad y la defensa, cuyos argumentos aclaran el uso óptimo del poder militar en escenarios de zona gris. Sus ideas coinciden ampliamente al respecto.
En primer lugar, el objetivo principal del uso de fuerzas militares en zona gris suele ser la disuasión. Esto significa utilizar la presencia y las capacidades militares sin llegar a atacar, tratando de evitar que el rival dé ciertos pasos. El coronel Luis Alberto Hernández García, analista del EMAD, enfatiza que el papel primordial del instrumento militar en la zona gris es evitar la escalada hacia un conflicto armado abierto (Hernández García, 2025). Es decir, mostrar al adversario que, aunque se esté en «tiempo de paz», existe la determinación y capacidad de responder si cruza ciertos límites. Por ejemplo, patrullas navales (Fig. 2) o aéreas en zonas disputadas, exhibiciones de armamento avanzado o maniobras militares cerca de determinadas fronteras pueden enviar un mensaje disuasorio del tipo: «no vayas más allá, porque estamos preparados».
Figura 2. Ejemplo visual de patrulla naval disuasoria. Fuente: elaboración propia con Inteligencia Artificial.
Ahora bien, disuadir no es lo único. En un contexto ofensivo en la zona gris –es decir, cuando es nuestro Estado quien ejerce presión en virtud de sus intereses– el poder militar también puede usarse de forma indirecta para influir en el terreno. El profesor Josep Baqués explica que unas fuerzas armadas pueden apoyar operaciones de influencia en la población o las élites del país objetivo (Baqués, 2025). En la práctica, esto podría implicar desplegar unidades de operaciones especiales no para combatir directamente, sino para entrenar y organizar a grupos locales favorables, obtener información de manera encubierta, o coordinar campañas de guerra psicológica. Se trata de acciones «en la trastienda del conflicto»: formar activistas, difundir narrativas que debiliten la cohesión del adversario, o sabotear infraestructuras de forma sutil. Todo esto busca preparar el terreno en favor propio tratando de no desencadenar combates abiertos, o al menos evitando una atribución directa que diera lugar a ese paso.
Desde una perspectiva defensiva, esas mismas capacidades militares pueden ponerse al servicio de contrarrestar estrategias híbridas enemigas. Volviendo a Baqués, este autor sugiere que las fuerzas armadas colaboren estrechamente con otras instituciones del Estado (por ejemplo, fuerzas y cuerpos de seguridad o servicios de inteligencia) para bloquear la influencia adversaria. Esto puede contribuir a detectar y neutralizar a tiempo células clandestinas apoyadas por un rival, participar en la «batalla informativa» difundiendo contra narrativas frente a campañas de desinformación, o reforzar la ciberseguridad nacional con medios y experiencia propios del instrumento militar. La clave está en que la intervención militar tenga lugar, pero sin cruzar límites legales que justifiquen una respuesta armada: un equilibrio dirigido a contener la agresión híbrida, permaneciendo en el lado del conflicto de seguridad interior y no del de estado de guerra.
La flexibilidad es otro concepto recurrente. Javier Jordán (2025) advierte que la utilidad concreta del instrumento militar en la zona gris depende de cada conflicto, y por tanto requiere adaptar su empleo a cada escenario. En algunos casos, bastará con una demostración de fuerza simbólica; en otros, quizá hagan falta operaciones clandestinas. Jordán argumenta que en el plano ofensivo se puede usar el ejército para intimidar al rival –por ejemplo, con despliegues militares sin previo aviso que lo pongan en alerta–, o para ejecutar acciones limitadas durante fases de escalada (como incursiones puntuales focalizadas). En un plano defensivo, insiste en el valor disuasorio del instrumento militar, y subraya su utilidad para controlar la escalada: utilizar la presencia militar para contener un ataque, evitando que la situación se descontrole. En conjunto, defiende un empleo flexible: las fuerzas armadas deben ser una herramienta adaptable, capaz de actuar como escudo cuando es necesario proteger, o como bisturí cuando se requiere una acción precisa y contenida.
También destaca la aportación del teniente coronel Rafael González Cámara (2025), experto en operaciones espaciales, resaltando la idoneidad de los nuevos dominios, espacio y ciberespacio, para acciones en la zona gris. ¿Por qué? Porque ambos dominios son discretos y su empleo difícil de atribuir. Por ejemplo, en febrero de 2022 (justo al comienzo de la guerra de Ucrania), Rusia llevó a cabo un ciberataque muy eficaz contra la red satelital de comunicaciones VIASAT, interrumpiendo durante varias horas la red de comunicaciones del ejército ucraniano sin necesidad de recurrir a una acción más violenta. Este tipo de acción encaja perfectamente en la zona gris: causa un efecto típico del instrumento militar (degradar las comunicaciones del adversario), pero empleando un dominio artificial (el ciberespacio) y con baja atribución (es complejo probar de inmediato quién lo hizo). Del mismo modo, González Cámara destaca cómo Rusia ha utilizado satélites Luch-1 y Luch-2 para espiar de cerca a otros satélites, y operar a una distancia «poco prudente», todo ello de forma silenciosa y ambigua en la órbita terrestre (Fig. 3). El espacio, por sus características, permite negar ventajas críticas al adversario (dejarlo sin señal GPS o sin comunicaciones satélite) sin llegar a un enfrentamiento visible al público general.
Figura 3. Ejemplo visual de vigilancia de satélites. Fuente: elaboración propia con Inteligencia Artificial.
Por supuesto, estas estrategias no son exclusivas de grandes potencias. Pero sí son las autoras de los ejemplos más conocidos. La anexión de Crimea por Rusia en 2014 es un caso muy citado de éxito en la zona gris. ¿Qué ocurrió allí? En esencia, Moscú logró cambiar el mapa –se apoderó de un territorio estratégico de Ucrania– sin desencadenar una guerra convencional en aquel momento. Lo hizo combinando «hombres de verde» (Fig. 4) –fuerzas especiales sin distintivos identificativos–, narrativa en favor de Rusia como protectora de su población local, movilización de milicias prorrusas y una diplomacia agresiva que paralizó toda respuesta internacional. Desde la perspectiva de Kiev y de la OTAN, la táctica rusa fue el hecho consumado: cuando quisieron reaccionar ya era tarde. Lo cierto es que nunca hubo una «invasión» clara que justificara declarar una guerra. Este caso demuestra cómo el uso limitado de la fuerza militar, apoyado por herramientas híbridas (desinformación, fuerzas irregulares, presión legal), puede ser muy eficaz gracias a la ambigüedad y la sorpresa (Jordán, 2025).
Figura 4. Ejemplo visual de tropas sin distintivos identificativos. Fuente: elaboración propia con Inteligencia Artificial.
Otro ejemplo paradigmático, mencionado por Baqués (2025), fue la fase inicial del conflicto en el Donbás2 (este de Ucrania) en 2014-2015. Rusia usó la zona gris como alternativa a una ofensiva directa: fomentó un alzamiento separatista, infiltró asesores, proporcionó armas a los rebeldes, e incluso introdujo efectivos propios mezclados con milicias locales, todo ello negando oficialmente su participación. El resultado desestabilizó gravemente a Ucrania, obteniendo influencia territorial (aunque no reconocimiento internacional), sin provocar una respuesta frontal de la OTAN. Según Baqués, la «aceptación social» de ese proceso en la población local y la apariencia de una «movilización espontánea» fueron claves para su éxito desde la perspectiva rusa.
Estos casos evidencian otra ventaja de la zona gris: la dificultad de atribución. Hernández García (2025) incide en que, debido a la ambigüedad deliberada, suele ser extremadamente complicado atribuir con certeza la autoría de las «acciones grises». Se pueden medir los efectos (Crimea terminó ocupada, un satélite quedó inutilizado, una red eléctrica colapsó por un virus), pero probar su autoría puede llevar meses, años, o no lograrse nunca. Esta incertidumbre frena la respuesta internacional: nadie quiere acusar falsamente a una potencia y arriesgarse a escalar por error. Por eso, los agresores en la zona gris operan «entre las sombras», aprovechando el anonimato o la negación plausible. En el ámbito de la defensa no basta con reaccionar tras el hecho, sino que resulta crucial anticiparse, y contar con un sistema de alerta temprana3 que detecte indicios de actividad hostil antes de que sea demasiado tarde.
En suma, los expertos coinciden en que el instrumento militar sí puede ser eficaz en escenarios de zona gris, pero bajo ciertas condiciones: debe emplearse con flexibilidad, en apoyo de otros instrumentos de poder, y adaptado al contexto específico. Su uso no convencional –como fuerza disuasoria, como apoyo encubierto o a través de dominios tecnológicos– permite generar efectos estratégicos importantes (influir en la voluntad del adversario, proteger intereses propios, etc.) sin traspasar el umbral de la guerra declarada. La zona gris ofrece a los Estados la oportunidad de lograr objetivos que antes requerirían una guerra, y el poder militar, bien usado, es parte integral de ese juego de sombras.
Midiendo lo intangible: un modelo para evaluar la eficacia militar en la zona gris
Evaluar la eficacia de la acción militar en la zona gris no es sencillo. ¿Cómo saber si unas fuerzas armadas están teniendo éxito en un entorno donde los resultados deseados buscan aparentar que «no pasa nada»? A pesar de esta dificultad, se ha llevado a cabo un estudio cuyo enfoque persigue cuantificar, en la medida de lo posible, la eficacia del instrumento militar en la zona gris. El resultado es el Modelo de Análisis de Efectos en la Zona Gris (MAEZG), una herramienta diseñada, en principio, para ser manejada por analistas.
El MAEZG parte de una premisa clara: para que el instrumento militar sea eficaz en una zona gris, debe ser capaz de generar efectos compatibles con los rasgos característicos que la definen, es decir, sus elementos definitorios: ambigüedad, multidimensionalidad, intereses sustanciales en juego y gradualismo. Partiendo de esos elementos, el modelo (Fig. 5) está centrado —pero no limitado— en analizar los efectos generados por el instrumento militar mediante vectores no cinéticos, los más recurrentes en el «arsenal gris» vinculados a la amenaza híbrida actual.
Figura 5. Las ocho variables del MAEZG. Fuente: elaboración propia.
Esos vectores son medios de proyección que, mediante acciones militares no convencionales, consiguen generar efectos compatibles con la zona gris: la guerra informativa (uso de propaganda y operaciones psicológicas en el dominio cognitivo), la guerra electrónica (empleo ofensivo y defensivo del espectro electromagnético), guerra en el ciberespacio (empleo ofensivo y defensivo del ciberespacio) y la guerra espacial (empleo ofensivo y defensivo de medios en el espacio ultraterrestre). Esos efectos son analizados por el MAEZG, que los «interpreta» usando el idioma universal —las matemáticas—, a través de indicadores, ponderadores y fórmulas, reduciendo la ambigüedad del análisis.
El primer producto que se obtiene usando este modelo es el perfil de efectos: una especie de «huella» que refleja la intensidad de los efectos analizados en relación con los elementos definitorios (grado de ambigüedad, combinación de instrumentos de poder, relevancia de intereses y margen de actuación), y con los vectores no cinéticos (éxito de cada vector en su ámbito correspondiente). El segundo producto es el índice de eficacia, un valor comparativo que informa del grado en que los efectos analizados cumplen con los objetivos deseados, así como el reparto de elementos definitorios necesarios para ello. Juntos, estos dos productos proveen al analista con una referencia clara —aunque no definitiva— sobre si las acciones están logrando los efectos deseados en un entorno tan particular (Fig.6).
Figura 6. Productos del MAEZG. Fuente: elaboración propia.
Un elenco de expertos en zona gris y vectores no cinéticos ya ha valorado positivamente el enfoque del modelo, siempre que éste se aplique con rigor, sea continuamente revisado y se aplique dentro de un contexto estratégico. Aun con esas salvedades, la iniciativa del MAEZG supera el reto de cuantificar conceptos estratégicos tradicionalmente cualitativos, abriendo una vía para desarrollos futuros más refinados. Aplicado con prudencia en el contexto para el que está diseñado, permite obtener conclusiones sobre las intenciones del agresor, así como graduar una respuesta que se ajuste a los límites que, aunque difusos, impone la zona gris.
El MAEZG es un prototipo experimental, pendiente de validación. Su valor reside en la capacidad para traducir efectos complejos en observaciones estructuradas y comparables. No sustituye el juicio personal de un experto, sino que lo refuerza mediante un marco lógico. Además, está concebido para evolucionar: su carácter pragmático se ciñe a cuatro vectores y cuatro elementos definitorios, los considerados necesarios y suficientes para ser útiles a su propósito, pero en el futuro podría incorporar otros nuevos. Eso aumentaría su sensibilidad para detectar y desarrollar estrategias híbridas, un detalle alineado con la necesidad descrita en la Estrategia de Seguridad Nacional (DSN, 2021) de desarrollar un sistema de I&W en esa dirección.
Conclusiones
Los conflictos en zona gris exigen una forma distinta de emplear el poder militar. En este tipo de confrontaciones, el poder no se consigue mediante las tradicionales acciones contundentes, sino generando resultados que apenas dejan percibir la intervención militar. La eficacia radica en el uso sutil, calculado y multidominio del instrumento militar, combinado con otros recursos del Estado.
Lejos de actuar de manera aislada, las fuerzas armadas deben integrarse en un esfuerzo coordinado con la diplomacia, la información y el poder económico. Esa sinergia es la que permite alcanzar efectos estratégicos sostenibles. En la zona gris, el trabajo conjunto no es un valor añadido, sino una condición de éxito.
Además, estas operaciones deben ser prudentes y dosificadas. La firmeza es necesaria, pero la provocación excesiva puede desatar justo lo que se pretende evitar: una guerra abierta y convencional. Aquí, disuadir sin escalar, influir sin desestabilizar, proteger sin provocar, supone un verdadero arte.
La investigación que inspira este artículo también contribuye con herramientas útiles para ese propósito. Los elementos definitorios de zona gris —ambigüedad, multidimensionalidad, intereses sustanciales en juego y gradualismo— facilitan la identificación precisa de estos escenarios. El MAEZG, aunque sea un modelo experimental, abre la puerta a nuevas formas de análisis que combinan intuición estratégica con medición sistemática.
Entender cómo actuar en la zona gris no es una cuestión teórica. Es una necesidad real para que las democracias puedan proteger sus intereses sin caer en las trampas del adversario, exponiéndose al coste impredecible del conflicto armado.
Bibliografía
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Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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