ESFAS. Gas y poder: cómo EE. UU. extiende su influencia global con el GNL

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28 nov 2025

ESFAS. Gas y poder: cómo EE. UU. extiende su influencia global con el GNL

Jesús Montiel Alda, comandante de Infantería de Marina.

Introducción

En la última década, el gas natural licuado (GNL) ha adquirido un papel creciente en la política internacional, al pasar de ser considerado un recurso energético complementario a consolidarse como un instrumento estratégico del poder estatal. Desde 2014, Estados Unidos ha dejado atrás su papel como importador neto para convertirse en uno de los principales exportadores mundiales de GNL, una transformación impulsada por la revolución del shale gas y la expansión de infraestructuras de licuefacción en el Golfo de México (Yergin, 2020; Pérez Macías, 2021). Esta nueva capacidad exportadora ha sido clave para proyectar poder económico, reforzar alianzas y ofrecer alternativas de suministro en momentos de crisis geopolítica.

El caso europeo ilustra con claridad esta evolución. La anexión de Crimea en 2014 y la invasión rusa de Ucrania en 2022 expusieron la vulnerabilidad energética de la Unión Europea, cuya dependencia del gas ruso superaba el 40 % del total importado. En respuesta, el bloque aceleró su estrategia de diversificación con apoyo en el GNL estadounidense, que ofrecía flexibilidad contractual, fiabilidad logistica y afinidad política (Kuzemko et al., 2022; Martínez Farreres y Merino García, 2023). Aunque más costoso que el gas por gaseoducto, el GNL ganó protagonismo por su valor estratégico, en línea con los objetivos del plan REPowerEU (Comisión Europea, 2022).

En Asia, principal polo de demanda mundial, Estados Unidos no ha desplazado a actores consolidados como Qatar o Australia, pero ha logrado introducirse como proveedor relevante en mercados clave como Japón, Corea del Sur o India. En estos casos, el GNL funciona como instrumento de competencia geoeconómica, donde los contratos flexibles y el control de rutas marítimas estratégicas refuerzan la presencia estadounidense frente al avance de otros actores como China o Rusia (Tepox Vivar, 2024; González Laxe, 2024).

A diferencia del petróleo, el comercio internacional de GNL no responde a un mercado unificado con precios de referencia homogéneos. Se estructura mediante contratos bilaterales, decisiones políticas y una infraestructura logística altamente sensible a las tensiones regionales (Escribano, 2022). Esta fragmentación convierte al GNL en una herramienta idónea para proyectar poder económico, afectando al resto de componentes del instrumento DIME (Diplomático, información, Militar y Económico), tal y como refleja su papel en las recientes reconfiguraciones energéticas de Europa y el Indo-Pacífico.

Este artículo pretende analizar cómo el GNL estadounidense ha sido instrumentalizado como herramienta de poder económico en un sistema gasístico internacional en transformación.

Exposición

Estados Unidos no siempre fue un actor dominante en el comercio internacional de GNL. Hasta hace poco más de una década, su papel era fundamentalmente el de importador, con infraestructuras diseñadas para recibir gas procedente del exterior, fundamentalmente de Canadá. Sin embargo, a partir de 2014, una serie de transformaciones estructurales redefinieron por completo su posición en el mercado del GNL global. La revolución del shale gas, impulsada por tecnologías como la fracturación hidráulica, comúnmente conocida como fracking1, y la perforación horizontal, permitió acceder a yacimientos no convencionales antes económicamente inviables. Este salto tecnológico hizo posible que la producción de gas natural en Estados Unidos aumentara más de un 50 % entre 2008 y 2014, alcanzando la autosuficiencia energética en un momento clave: la anexión de Crimea por parte de Rusia (Pérez Macías, 2021; Tepox Vivar, 2024).

La apertura de terminales de licuefacción como Sabine Pass en 2016 y Corpus Christi en 2018 marcó el inicio de una nueva etapa. En menos de una década, Estados Unidos pasó de ser un exportador marginal, a liderar el mercado mundial de GNL, superando a Qatar y Australia en 2022, con más de 81 millones de toneladas exportadas ese año (Pérez Macías, 2021). Este ascenso no fue solo cuantitativo, sino también cualitativo: los contratos tipo FOB (Free On Board) ofrecidos por los exportadores estadounidenses, que permiten redirigir los cargamentos según las condiciones del mercado, dotaron al GNL de una flexibilidad inédita, muy valorada en un entorno geopolítico extremadamente volátil (Talus, 2023).

Esta evolución técnica y comercial se vio acompañada de un cambio de enfoque geopolítico. El gas dejó de concebirse como un simple recurso energético para convertirse en un instrumento de poder económico. Las administraciones estadounidenses comenzaron a utilizar el GNL como herramienta de proyección geopolítica, reforzando alianzas, penetrando nuevos mercados y contrarrestando la influencia de actores competidores en regiones clave. Esta instrumentalización del gas como vector de diplomacia energética permitió a Estados Unidos consolidar su presencia en zonas tradicionalmente dominadas por otros proveedores (González Laxe, 2024; Tepox Vivar, 2024).

La primera gran prueba de esta estrategia se dio en Europa. La anexión de Crimea por parte de Rusia en marzo de 2014 no solo supuso una vulneración del orden internacional, sino que reveló la debilidad estructural del sistema energético europeo. En aquel momento, según los informes de la agencia internacional de la energía (IEA) Rusia exportaba 167,3 Bcm (Billion Cubic Meters) de gas al continente, lo que representaba el 68 % de las importaciones por gasoducto y cerca del 40 % del total de gas importado (IEA, 2014). Esta dependencia energética limitaba la capacidad de reacción de la Unión Europea frente a las decisiones del Kremlin, condicionando tanto su autonomía estratégica como su margen diplomático. La energía pasó así a convertirse en una cuestión geopolítica de primer orden.

Como respuesta, la Comisión Europea puso en marcha una herramienta para una Unión de la Energía, presentada en febrero de 2015. Este plan identificaba la diversificación del suministro como un eje prioritario, junto con la creación de un mercado interior integrado y la mejora de la eficiencia (Martínez Farreres y Merino García, 2023). En paralelo, comenzaron a explorarse alternativas externas a Gazprom, entre ellas el GNL estadounidense, que aún no había consolidado su salida comercial pero ya aparecía en los cálculos estratégicos europeos (Tepox Vivar, 2024). La crisis de Crimea, por tanto, no solo fue un punto de inflexión para la política exterior de la UE, sino también para el reposicionamiento de Estados Unidos como actor energético global, con el gas como herramienta de influencia en el espacio euroatlántico (Martínez Farreres y Merino García, 2023).

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 representó un auténtico punto de inflexión en el equilibrio energético europeo. Hasta ese momento, Rusia abastecía cerca del 40 % del gas consumido en la Unión Europea, suministrado a través de grandes corredores como Nord Stream 1, Yamal y el sistema ucraniano (Kuzemko et al., 2022). Esta dependencia se había tolerado durante años por razones económicas, pero se convirtió en una vulnerabilidad crítica cuando Moscú pasó a utilizar el gas como herramienta de presión geopolítica. Las tensiones comenzaron a escalar desde marzo, cuando el Kremlin exigió el pago en rublos a los denominados “países hostiles”, provocando el corte del gasoducto Yamal y encendiendo las alarmas sobre un posible colapso del suministro continental (Urbasos, 2024).

En los meses siguientes, los flujos de gas ruso por Nord Stream 1 se redujeron progresivamente, con alegaciones de fallos técnicos en turbinas que muchos gobiernos europeos interpretaron como un chantaje energético deliberado. El punto culminante llegó el 26 de septiembre de 2022, cuando tres de los cuatro ramales de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 fueron destruidos por explosiones submarinas, estando aún sin esclarecer la responsabilidad de las mismas. A partir de entonces, quedó inhabilitada la principal vía de entrada del gas ruso hacia Alemania, lo que no solo agravó la escasez, sino que también introdujo un nuevo nivel de riesgo, el de la seguridad física de las infraestructuras energéticas críticas (Urbasos, 2024).

La respuesta europea tuvo que ser inmediata. La combinación de cortes de suministro, volatilidad de precios y urgencia política forzó a muchos gobiernos a adoptar medidas de emergencia, como nacionalizaciones temporales, racionamiento energético o subvenciones directas a consumidores vulnerables. Alemania, país más afectado, impulsó en cuestión de meses la construcción de terminales flotantes de regasificación (FSRU) en Wilhelmshaven, Lubmin y Brunsbüttel, como vía de acceso rápido al GNL (Consejo de la Unión Europea, 2025). En paralelo, el debate sobre el “trilema” energético que supone la seguridad, asequibilidad y sostenibilidad, se recrudeció. Un ejemplo claro es que mientras se intentaba mantener los compromisos climáticos, se reactivaban plantas de carbón y se aprobaban importaciones extraordinarias de GNL y petróleo (Rokke, 2022).

En este escenario, Estados Unidos apareció como un socio más fiable y disponible para llenar el vacío dejado por Rusia. Gracias a su capacidad de exportación, su red de alianzas políticas y su agilidad logística, Washington pudo redirigir buena parte de sus cargamentos hacia Europa, convirtiéndose en un pilar estratégico del nuevo orden energético continental. Este giro se produjo a pesar de que el gas natural licuado estadounidense era, en términos generales, considerablemente más caro que el gas suministrado por gasoducto desde Rusia. Sin embargo, su valor no se midió solo en términos económicos, sino también en función de su fiabilidad, flexibilidad contractual y alineamiento político, factores que cobraron especial relevancia en un contexto de emergencia y reconfiguración geopolítica.

En medio de esta tormenta energética, Bruselas respondió con una hoja de ruta ambiciosa que buscaba no solo paliar la crisis inmediata, sino redefinir el modelo energético europeo a medio plazo. El Plan REPowerEU, presentado en mayo de 2022, emergió como el instrumento clave para reducir de forma drástica la dependencia de los combustibles fósiles rusos y acelerar una transición estructural basada en seguridad, sostenibilidad y diversificación. Entre sus pilares estratégicos, el ahorro energético, el impulso a las energías renovables y la diversificación del suministro, destacó el papel del gas natural licuado como recurso de sustitución inmediata, en especial a través de cargamentos procedentes de Estados Unidos, que en 2023 ya representaban cerca del 48 % del GNL importado por la Unión Europea (Comisión Europea, 2022).

El plan REPowerEU, presentado en mayo de 2022, marcó un punto de inflexión en la política energética comunitaria. Su objetivo inmediato fue reducir en dos tercios la dependencia del gas ruso antes de finalizar el año, con la mirada puesta en una desconexión total para 2027. Para lograrlo, se establecieron tres líneas prioritarias: el incremento de la eficiencia energética, la apuesta por renovables y, sobre todo, la diversificación de los suministros mediante el refuerzo de las importaciones de GNL y el desarrollo de nuevas infraestructuras. Estados Unidos respondió con rapidez, multiplicando sus envíos hacia Europa. En 2023, cerca de la mitad del GNL importado por la Unión Europea procedía de terminales estadounidenses (Comisión Europea, 2022).

Este giro no solo alivió la crisis energética inmediata, sino que reconfiguró de forma duradera el mapa de distribuidores en Europa. Estados como España, Italia, Francia o los Países Bajos reforzaron sus terminales de regasificación y ampliaron sus conexiones internas, mientras que otros como Alemania, sin experiencia previa en importaciones por GNL, tuvieron que ingeniar soluciones como las unidades flotantes de regasificación en puertos. Esta transformación permitió integrar el gas estadounidense en el nuevo sistema energético europeo, no solo como fuente de suministro, sino como pilar de una arquitectura de seguridad energética más diversificada (Martínez Farreres y Merino García, 2023).

Mientras Europa reconfiguraba sus vínculos energéticos con rapidez, al otro lado del mundo, Asia se consolidaba como el escenario más dinámico del mercado global de GNL. Este continente, que concentra la mayor parte de la demanda mundial de GNL, se convirtió en una prioridad para los principales exportadores internacionales. Con un enfoque estratégico, Estados Unidos comenzó a posicionarse entre los grandes proveedores, enfrentándose a actores consolidados como Qatar y Australia. Países clave como Japón, Corea del Sur e India pasaron a ocupar un lugar central en la estrategia de expansión estadounidense, otorgando al GNL un papel creciente en su proyección de poder económico y comercial.

En este escenario marcado por la pujanza asiática, Estados Unidos no tardó en redirigir su estrategia para hacerse un hueco entre los grandes proveedores del continente. En una región caracterizada por una elevada demanda y una intensa competencia, socios tradicionales como Japón y Corea del Sur comenzaron a incorporar mayores volúmenes de GNL estadounidense. Lo hicieron atraídos por la flexibilidad de los contratos tipo FOB, que permiten al comprador asumir el control del cargamento una vez embarcado y redirigirlo según las condiciones del mercado (Pérez Macías, 2021).

Buena parte de este avance respondió a un factor determinante: la flexibilidad contractual ofrecida por los productores estadounidenses, totalmente opuestos a los modelos tradicionales del mercado. Estos acuerdos establecen de antemano el destino final del gas, limitando la capacidad de reacción de los países importadores ante cambios en la demanda o crisis geopolíticas. En un contexto de volatilidad extrema como el actual, esta rigidez ha resultado problemática para muchos países asiáticos, que buscan fórmulas más adaptables que refuercen su resiliencia energética (Pérez Macías, 2021).

Uno de los casos más paradigmáticos de esta transformación fue el de India, cuya evolución ilustra bien la búsqueda activa de diversificación energética en el sur de Asia. Entre 2014 y 2023, el país incrementó sus importaciones de GNL un 58,2 %, pasando de 6,55 a 10,36 Bcm (EIA, 2025c). Este crecimiento se enmarca en una estrategia energética centrada en diversificar sus fuentes de suministro, reducir su dependencia de Qatar, que en 2014 dominaba casi todo el mercado indio, y ampliar la red de proveedores mediante nuevas terminales de regasificación. En 2023, la participación de Qatar se había reducido notablemente, mientras que exportadores como Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos ganaban cuota de mercado (Vivoda, 2019).

Más allá del volumen de compras, la elección de proveedores respondió también a una lógica geopolítica en la que India supo ver en el GNL estadounidense una herramienta para reforzar su margen de maniobra estratégico. La flexibilidad contractual ofrecida por EE. UU. se ajustaba bien a los intereses de Nueva Delhi, interesada en mantener abiertas sus opciones de suministro. En una región marcada por la competencia con China y la creciente presencia de Rusia, el GNL estadounidense se consolidó como un recurso no solo energético, sino también diplomático (Hashimoto, 2020).

En otros países clave de la región, como Japón, Corea del Sur o China, la diversificación energética ha seguido caminos divergentes, reflejo de sus diferentes condicionantes internos y alineamientos exteriores.

En el caso de Japón, tradicionalmente el mayor importador mundial de GNL ha experimentado una evolución distinta. Aunque ha buscado diversificar su matriz energética relativa al gas, en los últimos años ha reconcentrado su suministro en torno a actores dominantes. En 2024, Australia cubría más del 38 % de sus necesidades, desplazando a Qatar, cuya participación cayó del 18,24 % en 2014 a apenas un 4,36 % en 2024 (World Bank, 2014; 2024). A pesar de las sanciones derivadas de la invasión de Ucrania, Japón sigue recibiendo gas ruso del proyecto Sakhalin-22, bajo una exención específica por razones de seguridad energética (EIA, 2023). Por contra, Corea del Sur ha incrementado sus compras a EE. UU. desde 2016, consolidando así su alineamiento geoestratégico con Washington (González Laxe, 2024).

China, por su parte, ha transformado su política energética con un crecimiento exponencial de la demanda, acompañado por una política deliberada de apertura a múltiples proveedores. Sus importaciones de GNL pasaron de 21,29 a 57,14 Bcm entre 2014 y 2023, motivadas por la necesidad de reducir la dependencia del carbón y cumplir con objetivos climáticos ambiciosos (EIA, 2025). Pekín ha diversificado sus proveedores, priorizando a Australia, su principal socio en 2023, y abriendo su mercado a Rusia, Estados Unidos, Papúa Nueva Guinea e Indonesia (World Bank, 2024). Sin embargo, las tensiones con Washington han limitado la penetración del GNL estadounidense, en favor del gas ruso canalizado por el gasoducto Power of Siberia y de contratos sólidos con Qatar (Tepox Vivar, 2024).

Todo ello ha configurado un mapa asiático fragmentado, donde el suministro de GNL ya no depende solo de precios o infraestructuras, sino de complejos equilibrios geopolíticos y de la seguridad en rutas estratégicas. En este mapa geopolítico, los estrechos de Malaca y Ormuz, y los Canales de panamá y Suez adquieren una importancia estratégica crítica, no solo como vías de transporte esenciales para el GNL, sino también como puntos vulnerables a las tensiones regionales y globales.

Es por ello que, al margen de las dinámicas comerciales y diplomáticas, hay un elemento transversal que condiciona de forma decisiva el funcionamiento del mercado global de GNL: su dependencia del transporte marítimo. Si bien Estados Unidos ha sabido posicionarse como proveedor relevante en regiones clave como Europa y Asia, su capacidad real de influencia se apoya, en gran medida, en el control y la protección de las rutas por las que circula este recurso.

A diferencia del petróleo, que se transporta con una red más flexible y consolidada de rutas y actores, el GNL depende de un sistema logístico mucho más sensible. Su traslado requiere una cadena especializada de licuefacción, transporte en buques metaneros y regasificación en destino, lo que hace que su flujo sea más vulnerable a interrupciones externas. Además, los principales corredores por los que circula el GNL, como los estrechos de Ormuz, Suez, Malaca y el Canal de Panamá, son puntos de paso obligados que concentran tanto volumen de tránsito como riesgo geopolítico. La congestión, los conflictos armados o incluso eventos climáticos extremos pueden bloquear temporalmente estas rutas, generando alteraciones inmediatas en los mercados y tensionando las cadenas de suministro a escala global.

Además de su presencia militar en rutas estratégicas, Estados Unidos cuenta con una red de infraestructuras portuarias que refuerzan su posición como exportador flexible y resiliente. Las terminales del Golfo de México, como Sabine Pass, Corpus Christi y Cameron, ofrecen acceso directo al Atlántico y permiten abastecer también a los mercados del Pacífico mediante el tránsito por el Canal de Panamá (EIA, 2024a). No obstante, las crecientes limitaciones de dicho canal, agravadas por la escasez de agua y los efectos del cambio climático, han reducido el número de tránsitos diarios, afectando la eficiencia de esta ruta clave hacia Asia.

Ante este desafío para las exportaciones hacia Asia, una de las estrategias complementarias de EE. UU. ha sido canalizar parte de su gas hacia terminales situadas en la costa mexicana del Pacífico, como Energía Costa Azul, con el objetivo de acortar rutas y reforzar su competitividad regional. Esta conectividad logística, unida a la creciente automatización y eficiencia de las operaciones portuarias, ha convertido a EE. UU. en un nodo energético altamente competitivo (García et al., 2024). Frente a exportadores como Rusia, cuyas rutas dependen de gasoductos vulnerables o de accesos limitados como el Ártico o el mar Negro, la capacidad estadounidense para redirigir cargamentos en función de las condiciones del mercado representa una ventaja estratégica incuestionable.

Consciente de las vulnerabilidades logísticas del comercio internacional de GNL, Estados Unidos ha desplegado una estrategia marítima orientada a garantizar la seguridad en corredores clave como el Estrecho de Ormuz, el mar Rojo, el canal de Suez o el canal de Panamá. Su capacidad para proyectar poder naval en estas zonas le permite ofrecer no solo suministro energético, sino también estabilidad logística (García et al., 2024).

Esta ventaja se ha hecho especialmente evidente desde finales de 2023, cuando los ataques perpetrados por los hutíes en el mar Rojo provocaron una caída de aproximadamente un 90 % en el tráfico marítimo, obligando a numerosas navieras a desviar sus trayectos alrededor del cabo de Buena Esperanza, con un sobrecoste de hasta un millón de dólares por viaje (Drewry, 2024; EIA, 2024a; Defense Intelligence Agency, 2024).

A ello se suman las crecientes restricciones operativas en el canal de Panamá, agravadas por condiciones de sequía vinculadas al cambio climático. Frente a estos desafíos, las exportaciones estadounidenses, menos expuestas a estos “choke points”, mantuvieron su operatividad sin grandes disrupciones, consolidando su perfil como proveedor fiable frente a competidores condicionados por la inseguridad de las rutas tradicionales (García et al., 2024).

En este marco geopolítico, Estados Unidos ha destacado por su capacidad de mantener estables sus exportaciones, gracias a una red logística menos expuesta a estos “choke points” y al respaldo que le confiere su presencia naval en zonas conflictivas como el Golfo de Adén (García et al., 2024). Esta combinación de flexibilidad en el transporte y alcance global ha reforzado su posición como proveedor fiable en un entorno cada vez más volátil.

Sin embargo, la hegemonía marítima también enfrenta desafíos. La crisis climática ha afectado gravemente el tráfico por el canal de Panamá, clave para las exportaciones estadounidenses hacia Asia. La reducción del nivel de agua ha limitado el paso de buques metaneros de gran calado, generando cuellos de botella y reconfigurando temporalmente las rutas comerciales (EIA, 2024a). Paralelamente, la piratería sigue siendo un riesgo en zonas como el golfo de Adén y el estrecho de Malaca, obligando a reforzar la seguridad a bordo y elevando los costes de los seguros (Ibáñez Gómez, 2024). Estos factores introducen nuevas variables de incertidumbre en un sistema ya de por sí expuesto a tensiones geopolíticas, y subrayan que el dominio logístico estadounidense requiere, además de infraestructura y poder naval, una vigilancia constante frente a amenazas no convencionales (Drewry, 2024).

En su conjunto, la trayectoria del GNL estadounidense entre 2014 y 2024 revela mucho más que un cambio técnico o comercial: expresa una forma de proyectar poder en un sistema internacional en transformación. A través de contratos flexibles, una infraestructura robusta y una red marítima respaldada por presencia militar, Estados Unidos ha logrado convertir el GNL en un herramienta geopolítica, tanto en Europa como en Asia. Su capacidad para adaptarse a crisis, influir en rutas clave y ofrecer seguridad energética ha consolidado su posición como actor central del nuevo orden gasístico global. Este proceso no solo ha desplazado antiguos equilibrios, sino que ha reconfigurado las alianzas, los riesgos y las oportunidades de la política energética contemporánea.

Conclusiones

La idea principal que queda reflejada en los datos expuestos es que, en la última década, el gas natural licuado ha dejado de ser simplemente una mercancía para convertirse en un instrumento de poder. Como se avanzó en la introducción de este artículo, su protagonismo no se explica solo por avances tecnológicos o dinámicas de mercado, sino por su capacidad para articular una nueva forma de influir a través del poder económico, en un sistema internacional marcado por la competencia entre grandes potencias, las crisis geopolíticas y el renovado papel de la energía en la política exterior.

Estados Unidos ha encarnado con claridad esta transformación. Impulsado por la revolución del shale gas y una red de infraestructuras cada vez más sofisticada, el país norteamericano ha sabido proyectar su excedente gasístico más allá del interés comercial. La exportación de GNL se ha convertido en una palanca de poder, capaz de reforzar alianzas estratégicas, ofrecer respuestas rápidas en momentos de crisis y, sobre todo, disputar espacios de influencia a actores consolidados como Rusia, Qatar o China.

Europa fue el terreno donde esta estrategia desplegó sus efectos más inmediatos. La anexión de Crimea primero, y la invasión de Ucrania después, desnudaron la fragilidad del modelo energético europeo, excesivamente dependiente del gas ruso. En este contexto, el GNL estadounidense emergió como un recurso doblemente valioso tanto por su disponibilidad logística, como por su afinidad política. A pesar de su coste superior, ofrecía algo que el gasoducto no podía garantizar: libertad de acción, seguridad de suministro y una ruptura simbólica con el chantaje energético del Kremlin.

Mientras tanto, en Asia, el juego fue más complejo, pero no menos revelador. Estados Unidos supo insertarse en un mercado altamente competitivo, no tanto por volumen, sino por propuesta. Frente a contratos rígidos y destinos cerrados, Washington ofrecía flexibilidad, adaptabilidad y presencia estratégica. Países como Japón, India o Corea del Sur acogieron esta oferta con interés, viéndola no solo como una fuente energética alternativa, sino como un instrumento para equilibrar sus relaciones en un entorno cada vez más condicionado por la rivalidad entre China y Estados Unidos.

Este despliegue global no habría sido posible sin un componente logístico determinante: el dominio de las rutas marítimas. El control, y por supuesto la protección de puntos estratégicos como Ormuz, el mar Rojo o el canal de Panamá, han permitido a Estados Unidos garantizar el tránsito del GNL en escenarios de alta volatilidad, reforzando su imagen de proveedor fiable frente a competidores atrapados por conflictos regionales. En un mundo donde el acceso a la energía depende tanto de la oferta como de su capacidad de transporte, la supremacía naval estadounidense ha sido, en última instancia, la garantía última de su poder energético.

Así, entre 2014 y 2024, el GNL ha adquirido una dimensión geopolítica sin precedentes. Estados Unidos no solo ha exportado gas; ha exportado certidumbre, autonomía y alineamiento. Este articulo ha pretendido mostrar cómo, a través de contratos flexibles, una red de infraestructuras robusta y una presencia marítima estratégica, el GNL estadounidense ha pasado de ser un bien energético a convertirse en una herramienta de proyección de poder. En esa transformación se ha escrito un nuevo capítulo de la diplomacia energética global, uno donde las rutas comerciales y los acuerdos contractuales son también líneas de influencia en el tablero geopolítico del siglo XXI.

Bibliografía

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]La fracturación hidráulica (fracking) es una técnica de estimulación subterránea que consiste en inyectar agua, arena y aditivos químicos a alta presión para fracturar formaciones rocosas de baja permeabilidad, facilitando así la liberación de hidrocarburos. Su aplicación, especialmente en combinación con la perforación horizontal, ha sido clave en la explotación del gas de lutitas en Estados Unidos.
[2]Sakhalin-2, situado en la isla rusa de Sajalín, constituye una de las principales fuentes de GNL para Japón. El proyecto, operado por Sakhalin Energy Investment Company Ltd., cuenta con la participación de Gazprom junto a los consorcios japoneses Mitsui y Mitsubishi. Pese a las sanciones impuestas a Rusia tras la invasión de Ucrania en 2022, Tokio logró una exención específica que le permitió mantener las importaciones, alegando el carácter estratégico de este suministro para la estabilidad energética del país.
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