ESFAS. El desembarco de Alhucemas: ¿la operación anfibia pionera que inspiró el Día D?

Desembarco de Alhucemas

23 ene 2026

ESFAS. El desembarco de Alhucemas: ¿la operación anfibia pionera que inspiró el Día D?

Jesús Eduardo Aguirre Álvarez, Comandante del Cuerpo General del Ejército de Tierra, España

«Muy señor mío: Con referencia al acuerdo firmado hoy, relativo a la cooperación militar
franco-española eventual en Marruecos, el Gobierno de Su Majestad tiene interés en
precisar que no entra en sus planes otra acción de cooperación militar más que un
desembarco en la bahía de Alhucemas
».1

Introducción

El desembarco aliado en Normandía en junio de 1944 –el famoso Día D– está ampliamente reconocido como una de las operaciones anfibias más trascendentales de la historia. Sin embargo, casi dos décadas antes, en 1925, tuvo lugar otra operación anfibia de enorme importancia aunque mucho menos conocida por el público general: el desembarco de Alhucemas.

Esta acción, llevada a cabo por España con apoyo de Francia en las costas del norte de Marruecos, está considerada por muchos autores especializados como un ejemplo pionero de operación anfibia conjunta y combinada (Museo del Ejército, 2022). De hecho, ha llegado a ser considerada como precursora directa de los desembarcos de la Segunda Guerra Mundial, incluyendo Normandía, al punto de que algunos historiadores se refieren a Alhucemas como el primer Día D moderno.

Por citar alguno de ellos, el historiador español Ramón Díez Rioja afirma que el desembarco de Alhucemas «fue la operación anfibia más importante que llevó a cabo con éxito un ejército moderno antes de la Segunda Guerra Mundial» (Díez Rioja, 2019, p. 16).

Cabe recordar que la única operación anfibia de magnitud similar anterior, la campaña aliada de Gallipoli en 1915 (Primera Guerra Mundial), había concluido en desastre, en gran parte por fallos de planeamiento conjunto. En contraste, Alhucemas se convertiría en el primer desembarco anfibio moderno –de cierta entidad– culminado con éxito, adelantándose en casi dos décadas a lo que los aliados lograrían en Normandía.

El desembarco de Alhucemas se enmarca en la fase final de la llamada Guerra del Rif (1921–1926), en la cual España se enfrentaba a la tenaz resistencia de las cabilas rifeñas lideradas por Muhammad Ibn 'Abd el-Karim, más conocido como Abd el-Krim. En 1925, tras años de combates y reveses –incluyendo el desastre militar de Annual en 1921– España necesitaba una victoria decisiva que pusiera fin al conflicto en su protectorado de Marruecos y que hiciera recuperar el prestigio perdido.

La situación también había involucrado a Francia, que administraba el protectorado en la zona sur del país. Las incursiones de las fuerzas rifeñas en territorio bajo control francés impulsaron al gobierno galo a unir fuerzas con los españoles contra el enemigo común. Fruto de esta convergencia de intereses surgió la Conferencia de Madrid de julio de 1925, en la que el gobierno español presidido por el general Miguel Primo de Rivera y representantes franceses acordaron lanzar una ofensiva conjunto-combinada.

Como ya se ha indicado, en una carta enviada al embajador de Francia tras dicha conferencia, Primo de Rivera expresó la voluntad de superar las diferencias diplomáticas en pos de un objetivo común (Gómez-Jordana, 1976), reflejando el espíritu de colaboración inédito que se había alcanzado. Nunca antes en la historia contemporánea se habían coordinado de forma tan directa y clara las Fuerzas Armadas de España y Francia para una operación militar con objetivos compartidos.

Antecedentes históricos. Diseño de la operación definitiva

El contexto previo al desembarco de Alhucemas explica por qué esta operación se consideró imprescindible. Tras el desastre de Annual en 1921, donde las tropas españolas sufrieron miles de bajas a manos de los rifeños, la moral y el prestigio del Ejército español quedaron gravemente dañados. Además, la insurgencia liderada por Abd el-Krim llegó a proclamar la efímera República del Rif, desafiando abiertamente a los protectorados tanto de España como de Francia en Marruecos.

En 1924, las fuerzas rifeñas incluso iniciaron ataques contra el protectorado francés, lo que alarmó a París y finalmente motivó una acción coordinada con Madrid. No obstante, hubo inicialmente divergencias entre los mandos franceses sobre cómo proceder: mientras el residente general en Marruecos, el general Hubert Lyautey, era reticente a una acción anfibia de gran escala y prefería operaciones terrestres más limitadas, el mariscal Philippe Pétain –enviado para tomar el mando de las fuerzas francesas en 1925– se mostró más dispuesto a apoyar el plan español de un desembarco decisivo (Serrano, 2013).

Finalmente, prevaleció la línea de acción más audaz. La Conferencia de Madrid de julio de 1925 estableció las bases de la operación: se lanzaría una ofensiva conjunto-combinada que incluiría bombardeos aéreos y navales, un desembarco anfibio de tropas españolas en un punto estratégico de la costa rifeña, y al mismo tiempo una ofensiva terrestre francesa desde el sur para asfixiar a las fuerzas de Abd el-Krim (Goded, 2021).

Para reforzar el engaño operacional, se planearon simulacros de desembarcos en otras zonas costeras para distraer al enemigo (Quesada, 2023). Se planearon, por ejemplo, demostraciones navales en otras partes de la costa rifeña en los días previos, obligando al enemigo a dispersar sus fuerzas al creer posible un desembarco en múltiples puntos.

Estas operaciones de distracción, unidos al secreto con que se concentró la fuerza expedicionaria, lograron que el asalto real en Alhucemas alcanzara un alto grado de sorpresa operacional. Los rifeños esperaban el ataque pero no sabían ni el lugar ni el momento exacto.

La elección del lugar de desembarco recayó en las proximidades de la bahía de Alhucemas, en el litoral mediterráneo del Rif central. Este enclave tenía un alto valor simbólico y estratégico: allí se encontraba Axdir, la ciudad natal de Abd el-Krim y auténtico «vellocino de oro» de la resistencia rifeña. Tomar Axdir supondría un golpe moral decisivo contra los rebeldes (Berenguer, 1923).

No era la primera vez que se contemplaba una acción contra Alhucemas desde el mar. De hecho, entre 1911 y 1925 se habían barajado al menos seis intentos de desembarco anfibio que nunca llegaron a ejecutarse por diversas circunstancias (Díez Rioja, 2019). Sin embargo, en 1925 se dieron por fin las condiciones políticas y militares para llevarlo a cabo.

España concentró una fuerza expedicionaria en sus plazas norteafricanas de Ceuta y Melilla, preparando a unas 13.000 tropas para la operación. Estas fuerzas incluían unidades de élite como La Legión y tropas regulares indígenas, apoyadas por artillería de campaña y los primeros carros de combate adquiridos por el Ejército español, los Renault FT-17.

En paralelo, la Armada reunió más de un centenar de buques, entre ellos acorazados, cruceros, destructores y numerosas barcazas de desembarco especialmente acondicionadas para la ocasión (Blanco Núñez, 2013). Francia aportó una escuadra naval de cobertura y escuadrillas de aviación tanto naval como del ejército, integrándose en la fuerza conjunta.

El desembarco de Alhucemas (1925)

La mañana del 8 de septiembre de 1925, tras intensos bombardeos previos, dio comienzo la fase de asalto anfibio en la bahía de Alhucemas. Al amanecer, la artillería naval española –con apoyo de la francesa– redobló el fuego contra las posiciones defensivas rifeñas en la costa, mientras formaciones de aviones lanzaban bombas, de manera casi manual, sobre concentraciones enemigas tierra adentro. Bajo esta potente cobertura de fuegos, oleadas de lanchas de desembarco se dirigieron desde los transportes hacia las playas seleccionadas, la Cebadilla e Ixdain principalmente.

En las barcazas K, especialmente diseñadas para varar en la costa, viajaban los primeros contingentes de infantería –entre ellos los legionarios comandados por el entonces coronel Francisco Franco– listos para asaltar la orilla. En el puente de mando del buque insignia de la Armada –el Alfonso XIII– el general Miguel Primo de Rivera en persona supervisaba la operación como comandante en jefe, flanqueado por el general José Sanjurjo, quien dirigiría directamente a las tropas de desembarco (Vallés, 2001).

La escena en la bahía de Alhucemas aquel día era sobrecogedora: decenas de barcazas repletas de soldados avanzaban entre columnas de agua levantadas por los obuses, el estruendo ensordecedor de los cañones navales retumbaba en las colinas y los biplanos zumbaban sobre las cabezas. En medio de ese aparente caos, la sincronización entre los distintos mandos componentes operacionales –terrestre, marítimo y aéreo– resultó notable, cumpliendo fielmente con el plan previsto.

Las fuerzas de Abd el-Krim, sorprendidas por la magnitud y coordinación del ataque, intentaron resistir pero fueron ampliamente superadas. Bajo el mando único de Primo de Rivera, las unidades terrestres, navales y aéreas operaron con una sincronización poco habitual para la época. En cuestión de horas, los españoles aseguraron las playas de desembarco, a pesar de la orografía difícil y de la presencia de fortines y campos minados rudimentarios. La elección de la zona de desembarco fue acertada: se evitó un ataque frontal contra las playas de la bahía, fuertemente defendidas, y en su lugar se golpeó el corazón de la resistencia desde playas menos defendidas, tal como se había planeado previamente (Blanco Núñez, 2013).

Una vez establecida la cabeza de playa, se desembarcó rápidamente artillería ligera y algunos tanques FT-172 que apoyaron el avance tierra adentro. En los días siguientes, las tropas españolas se abrieron paso hacia Axdir y tomaron la localidad, logrando así un objetivo operacional crucial: desmantelar el principal centro de mando y suministro rebelde. Simultáneamente, la ofensiva francesa desde el sur fijó a las fuerzas rifeñas, impidiéndoles reforzar la zona de Alhucemas. Ante la tenaza hispano-francesa, la resistencia del Rif comenzó a colapsar.

En mayo de 1926 Abd el-Krim optó por rendirse a las autoridades francesas. La mayor parte del Rif quedó pacificada ese año, dándose por concluido el conflicto en 1927. España había logrado así zanjar un amargo capítulo en su protectorado. El éxito del desembarco de Alhucemas fue indiscutible: en pocas semanas cambió el curso de la guerra, restauró la autoridad en Marruecos y devolvió el prestigio al Ejército español.

Desde el punto de vista militar, Alhucemas demostró de forma empírica la eficacia del uso coordinado de lo que hoy definimos como funciones conjuntas en el nivel operacional. Aunque en 1925 la doctrina militar no empleaba esa terminología, las lógicas subyacentes estaban muy presentes como veremos a continuación.

Mando y control: La operación se caracterizó por una cadena de mando y control unificada y clara. Primo de Rivera asumió el papel de comandante político, estratégico y operacional, por encima de los tres mandos componentes, asegurando que todos siguieran un plan único y coherente. Esta estructura de mando conjunto único evitó los celos y descoordinaciones que habían plagado intentos anfibios anteriores, donde cada fuerza actuaba conforme a sus propios intereses.

La lección de Alhucemas en este aspecto fue que un mando operacional único resulta vital para alinear esfuerzos en una operación compleja (Quesada, 2023). De hecho, la figura de Primo de Rivera en Alhucemas puede verse como un antecedente del comandante operacional moderno.

Inteligencia: Aunque los medios de inteligencia de la época eran limitados, los oficiales de Estado Mayor que diseñaron el desembarco de Alhucemas hicieron uso de la información disponible sobre el terreno y el enemigo. Reconocimientos aéreos previos proporcionaron fotografías y mapas de la bahía, identificando las mejores playas para desembarcar y localizando las defensas rifeñas. Este conocimiento del entorno geográfico y de las disposiciones enemigas, aunque incompleto, permitió mitigar las sorpresas durante la operación (Museo del Ejército, 2022).

La preparación de inteligencia, por ejemplo, reveló que la playas de la Cebadilla e Ixdain estaban menos defendidas que las playas principales de la bahía, influyendo en su selección final. Además, se tenía conciencia de la moral y la estructura tribal rifeña, lo que llevó a golpear un objetivo de alto valor simbólico –Axdir– para desmoralizar al adversario.

Maniobra: La esencia misma del plan de Alhucemas fue una maniobra envolvente conjunta: en lugar de avanzar lentamente por tierra a través de montañas y barrancos infestados de enemigos, se decidió proyectar una fuerza directamente en la retaguardia rebelde mediante un salto anfibio. Esta maniobra operacional, coordinada con otra ofensiva terrestre simultánea, permitió desequilibrar al enemigo atacándolo desde una dirección inesperada.

La combinación del movimiento rápido desde el mar con el avance desde el sur encajó perfectamente con lo que hoy llamaríamos una búsqueda de ventaja operacional en el tiempo y el espacio. Tras el desembarco, las tropas españolas maniobraron hacia el interior para enlazar con los franceses, conquistando objetivos operacionales que contribuyeron a alcanzar la situación final deseada: un Rif pacificado y con su principal líder, Abd el-Krim, derrotado.

Apoyo de fuegos: Un aspecto sobresaliente de Alhucemas fue el uso masivo y coordinado de la potencia de fuego naval, terrestre y aéreo en apoyo de la fuerza de desembarco. Los acorazados y cruceros bombardearon sistemáticamente las posiciones costeras del Rif para suprimir las defensas antes de que las lanchas tocaran tierra (Sánchez Méndez, 2001).

Esta preparación artillera prolongada, combinada con bombardeos aéreos, fue clave para reducir la resistencia inicial en las playas. Además, una vez logrado el desembarco, los buques continuaron proporcionando fuego naval tierra adentro a medida que las tropas avanzaban. El apoyo de fuego desde el peñón de Alhucemas también hizo lo propio en beneficio del avance de las tropas del componente terrestre. Este uso coordinado del poder de la artillería terrestre, naval y aérea anticipa claramente la función moderna de apoyo de fuegos conjuntos.

Lo ocurrido en Alhucemas validó la doctrina actual en la que el control del mar y del aire puede traducirse directamente en apoyo cercano a las fuerzas terrestres, algo que sería replicado a gran escala en 1944. La proyección del poder naval y aéreo sobre tierra se hace indispensable en este tipo de operaciones.

Protección de la fuerza: La operación cuidó también, profusamente, la protección de las propias tropas de varias maneras. Primero, seleccionando una zona de desembarco menos esperada por el enemigo, se evitó lanzar a las tropas contra el punto más fuertemente defendido por los rifeños, la propia bahía de Alhucemas.

Segundo, el intenso fuego de cobertura naval y aéreo durante el asalto sirvió de escudo, suprimiendo en lo posible la respuesta enemiga mientras la infantería estaba altamente expuesta en las barcazas y playas. Tercero, se planearon medios para minimizar riesgos tras el desembarco, como la rápida construcción de muelles flotantes para poder desembarcar refuerzos, artillería pesada y abastecimientos sin depender de un puerto fijo, lo que redujo la exposición prolongada de las tropas en la playa.

Todas estas medidas corresponden a la lógica de la función conjunta de protección de la fuerza y contribuyeron a preservar la integridad del contingente expedicionario frente a amenazas tanto durante la acción anfibia como durante el avance por tierra y la posterior consolidación del territorio.

Logística: Detrás del éxito operacional de Alhucemas hubo un meticuloso planeamiento logístico. Se planeó con detalle el abastecimiento continuo de las tropas una vez en tierra, desde municiones hasta víveres y agua, utilizando a tal efecto embarcaciones de apoyo y los mencionados muelles flotantes para agilizar la descarga. Asimismo, se establecieron sistemas de evacuación médica para atender a los heridos en buques-hospital cercanos (Aláez, 1972).

Este sostenimiento logístico permitió que la fuerza desembarcada se consolidara y ampliar la cabeza de playa sin colapsar por falta de suministros, cumpliendo con los principios equivalentes a la función conjunta de apoyo logístico actual. La experiencia demostró la importancia de contar con un plan logístico robusto en operaciones anfibias, algo que los aliados también tendrían muy en cuenta en la Segunda Guerra Mundial.

En conjunto, el desembarco de Alhucemas presentó, a menor escala, todos los elementos de una moderna operación conjunto-combinada a nivel operacional y que son consecuencia de un análisis previo realizado por funciones conjuntas. Entre estos elementos podemos destacar el mando unificado, la integración de fuerzas terrestres, navales y aéreas, un planeamiento de la maniobra detallado, operaciones de decepción operacional, una abrumadora potencia de fuego, así como una logística operacional altamente eficiente.

De Alhucemas a Normandía: lecciones aprendidas

El éxito de Alhucemas no pasó desapercibido para las potencias militares de la época. Si bien en los años 1920 la comunicación entre ejércitos no era tan fluida como en la actualidad, existen evidencias de que los EE. MM. aliados estudiaron las lecciones de Alhucemas al preparar sus propias doctrinas anfibias en las décadas siguientes.

En particular, investigadores como Quesada (2023) han descubierto documentos en los archivos de la Universidad del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos que mencionan explícitamente el desembarco de Alhucemas como antecedente a analizar. Esto sugiere que los planeadores aliados de la Segunda Guerra Mundial tenían conocimiento de cómo España y Francia habían llevado a cabo con éxito una operación anfibia coordinada.

Por otro lado, conviene recordar que entre los agregados militares extranjeros que actuaron como observadores en Alhucemas, estuvieron presentes oficiales de países como Reino Unido e Italia. Estos, además de felicitar al Ejército español por el éxito cosechado, transmitieron informes detallados a sus naciones (Sánchez Méndez, 2001). Probablemente, muchos de estos informes plasmaban lecciones aprendidas de la operación.

Al diseñar la invasión de la Europa ocupada por los nazis, los aliados recopilaron toda la experiencia disponible en operaciones anfibias previas. Además de estudiar fracasos como Gallipoli (1915), pusieron atención en éxitos como el propio Alhucemas. Muchas de las lecciones aprendidas en 1925 reaparecieron claramente reflejadas en la Operación Neptune de 1944, la operación anfibia de la campaña conjunta de Normandía. A continuación, se detallan algunas de ellas.

La necesidad de un mando único: Así como Primo de Rivera centralizó el mando político, estratégico y operacional en Alhucemas, en Normandía los aliados establecieron una cadena de mando unificada bajo el general Dwight D. Eisenhower como Comandante Supremo estratégico y operacional. De él dependían los mandos componentes del nivel táctico, bien definidos y liderados por los siguientes oficiales: para las fuerzas navales (almirante Ramsay), terrestres (general Montgomery) y aéreas (general Leigh-Mallory).

Esto garantizó una coordinación eficaz y evitó los conflictos entre los distintos mandos componentes. La experiencia había mostrado que la rivalidad entre mandos, como ocurrió entre la Armada y el Ejército británico en Gallipoli, podía arruinar una operación. Podemos decir que Normandía tomó nota de Alhucemas demostrando lo contrario, que la unidad de mando era fuente de éxito (Díez Rioja, 2019).

El valor de la inteligencia previa: Igual que los españoles recopilaron información del terreno rifeño, los aliados desplegaron un vasto esfuerzo de inteligencia antes de la acción en Normandía, incluyendo reconocimiento fotográficos aéreos o agentes de la resistencia francesa. La diferencia de medios era enorme, pero el principio subyacente era el mismo: conocer al enemigo y el terreno para minimizar sorpresas.

En Normandía esto se tradujo en mapas detallados de las playas, modelos de mareas, rigurosas previsiones meteorológicas o profusos estudios del relieve normando. En 1944, a la inteligencia clásica se añadió la operación Fortitude, una operación de decepción que ha pasado a la historia. Consistió en crear todo un falso ejército desplegado en el sureste británico para hacer creer a los alemanes que el desembarco ocurriría en Pas de Calais. Curiosamente, en Alhucemas ya se había empleado una estratagema de simulacros para confundir a Abd el-Krim sobre el punto exacto del ataque, anticipando, a menor escala, este tipo de operaciones de desinformación.

La importancia de diseñar una buena maniobra: Alhucemas demostró que una maniobra audaz desde el mar podía decidir en una campaña terrestre. Los aliados en Normandía replicaron este concepto a lo grande: en lugar de intentar penetrar el muro atlántico nazi de frente en un punto previsible, ejecutaron una vasta maniobra de flanqueo mediante desembarcos simultáneos en cinco playas de Normandía, abriendo un nuevo frente inesperado en Francia.

Al igual que en Alhucemas, la maniobra anfibia de Normandía estaba sincronizada con operaciones en otros frentes, el avance soviético en el Este, por ejemplo, equivalente al avance francés por el sur, en el caso de Alhucemas. Una vez más se comprobó que golpear donde el adversario menos lo espera multiplica las posibilidades de éxito.

Uso de fuegos navales y aéreos masivos: Normandía llevó al extremo el concepto de preparación de fuegos conjuntos ya observado en Alhucemas. La madrugada del 6 de junio de 1944, cientos de bombarderos aliados castigaron las defensas alemanas en las playas normandas, y una flota de casi 7.000 buques –entre buques de guerra y de transporte– cañoneó la costa en apoyo al desembarco (Griffiths & Masalleras, 2024). Aunque la escala fue incomparablemente mayor que en 1925, el principio era el mismo: debilitar al enemigo con un poder de fuego abrumador antes y durante el asalto anfibio, protegiendo así a las tropas desembarcadas y facilitando su avance tierra adentro.

La experiencia de Alhucemas había demostrado que un intenso bombardeo previo podía salvar muchas vidas propias al reducir la resistencia inicial; los aliados confirmaron esta lección en Normandía, con un bombardeo preliminar que si bien no destruyó todas las fortificaciones alemanas, sí neutralizó en buena medida su capacidad de reacción en las horas cruciales del desembarco.

Protección y logística: En Normandía se aplicaron también medidas de protección de la fuerza y de sostenimiento inspiradas, probablemente, en experiencias previas como Alhucemas. Al igual que en 1925 se eligió una playa menos esperada, en 1944 los aliados optaron por Normandía y no por otras zonas más previsibles como Calais, minimizando la concentración inicial de fuerzas enemigas en el punto de ataque.

La superioridad aérea aliada aseguró que la fuerza de invasión no sufriera ataques aéreo enemigos, a diferencia de 1925, donde la aviación enemiga era inexistente. No obstante, se cuidó igualmente la protección frente al fuego terrestre con cortinas de humo de artillería (Hastings, 2015).

En cuanto a logística, la innovadora creación de puertos artificiales Mulberry reflejaron la misma preocupación que tuvieron los españoles en Alhucemas por mantener el flujo constante de refuerzos y abastecimientos a las tropas desembarcadas. Lo que en Alhucemas se resolvió con muelles flotantes improvisados, en Normandía se llevó a cabo con soluciones aún más ambiciosas, pero el fin último era análogo: garantizar que una vez lograda la cabeza de playa, las fuerzas pudieran sostenerse y expandirse sin interrupción hasta lograr la victoria operativa.

En conjunto, las similitudes conceptuales entre Alhucemas y Normandía son notables pese a las enormes diferencias de escala y contexto. Ambos desembarcos evidenciaron que ciertos principios clave –unidad de mando, coordinación efectiva de la fuerza conjunta, sorpresa estratégica y operacional, abrumador apoyo de fuegos, protección activa de la fuerza y robusto sostenimiento logístico– son determinantes para el éxito en operaciones anfibias de gran complejidad.

Alhucemas fue un valioso antecedente que permitió identificar y validar estos principios en una época en que la doctrina conjunta formal no existía, y Normandía confirmó su vigencia con creces. Aunque no existen evidencias documentales de que los EE. MM. aliados de 1944 tomaran como referencia principal la exitosa operación de Alhucemas, existe un gran paralelismo en la manera de diseñar y ejecutar ambas operaciones anfibias.

Conclusiones

El desembarco de Alhucemas de 1925 ocupa un lugar singular en la historia militar, no solo de España sino a nivel mundial. Fue una operación concebida y ejecutada en un momento de apremio, que logró conjugar fuerzas de diferentes ejércitos y naciones para alcanzar un objetivo común. Sin contar con manuales conjuntos ni precedentes claros, sus EE. MM. supieron intuitivamente aplicar principios de mando unificado, combinación de medios terrestres, navales y aéreos, engaño operacional, preparación por el fuego y sostenimiento logístico.

Gracias a ello, la operación culminó en un rotundo éxito que puso fin a la Guerra del Rif, restaurando el prestigio militar de España y la pacificación del protectorado, tras los desastres que precedieron a la contienda. Las lecciones de Alhucemas trascendieron su época. Con el paso de los años, y especialmente tras la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, quedó patente que muchas de las prácticas implementadas en aquella bahía del Rif en 1925 eran aplicables y necesarias en operaciones anfibias de mayor envergadura.

La comparación con el desembarco de Normandía en 1944 así lo deja entrever: pese a las diferencias tecnológicas y relativas al número de fuerzas empleadas, los principios operacionales aplicados fueron muy semejantes. Aunque hasta la fecha ningún autor haya sido capaz de demostrarlo con evidencias, no es aventurado afirmar que Alhucemas pudo contribuir, directa o indirectamente, a moldear el pensamiento anfibio aliado. Si bien los comandantes del Día D contaron con multitud de fuentes de inspiración y estudio, el caso de una operación conjunta hispano-francesa exitosa en Marruecos debió servirles como referencia muy ilustrativa que les marcaba el camino del éxito.

En suma, el desembarco de Alhucemas fue más que la acción decisiva para finalizar una guerra en el protectorado: se erigió en un laboratorio temprano de las operaciones conjunto-combinadas modernas. Sus logros tácticos y operacionales anticiparon el rumbo que seguiría la guerra anfibia a mediados del siglo XX. De hecho, la historiografía militar ha comenzado en las últimas décadas a reivindicar la importancia de Alhucemas, analizando su desarrollo en estudios comparativos para extraer lecciones atemporales sobre la conducción de operaciones conjuntas.

Por todo ello, el desembarco de Alhucemas merece ser recordado y estudiado. A menudo eclipsado por las grandes operaciones de la Segunda Guerra Mundial, este hito militar español fue, muy probablemente, inspirador de muchas de ellas. Su legado pervive en las doctrinas castrenses actuales y sirve de recordatorio del ingenio y la valentía desplegados por aquella generación de soldados españoles.

Conocer Alhucemas es, en definitiva, rendir homenaje a un capítulo clave de la historia militar que contribuyó, desde las costas del Rif, a moldear la forma de hacer la guerra anfibia en el siglo XX. En cierta forma, resulta irónico que una operación concebida para mantener un protectorado en África terminase proporcionando enseñanzas valiosas que ayudarían a liberar Europa dos décadas después.

Jesús Eduardo Aguirre Álvarez
Comandante del Cuerpo General del Ejército de Tierra

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

Bibliografía

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Referencias

[1] Comienzo de la carta que el general Primo de Rivera dirigió al embajador de Francia en España, fechada en Madrid el 25 de julio de 1925, después de la firma del tratado de colaboración entre España y Francia, enmarcado en la conocida como Conferencia de Madrid. Con este tratado dio comienzo al planeamiento operacional del desembarco de Alhucemas. Fragmento extraído de (Gómez-Jordana, 1976, p. 85).
[2] Estos medios mecanizados no pudieron ser desembarcados en las primeras oleadas puesto que las barcazas no pudieron llegar hasta la playa.
    • El desembarco de Alhucemas: ¿la operación anfibia pionera que inspiró el Día D?