ESFAS. Contribución de la capacidad de proyección del poder naval de Estados Unidos a las operaciones multidominio en el mar de China meridional

29 may 2026
ESFAS. Contribución de la capacidad de proyección del poder naval de Estados Unidos a las operaciones multidominio en el mar de China meridional
Manuel Gil Rozas, Comandante de la Guardia Civil
Introducción
Diariamente, miles de portacontenedores ajustan su rumbo para atravesar el Mar de China Meridional, la gran arteria oceánica que conecta dos tercios de la población mundial.
En 2024, por sus rutas se desplazó alrededor del 30 % del comercio mundial, en el que se incluyen millones de barriles diarios de petróleo y gas licuado con destino a las refinerías de Occidente, Japón, Corea y la propia China.
Sin embargo, bajo la superficie de ese flujo vital laten tensiones geopolíticas que podrían provocar el cierre de este tránsito, con el consiguiente aumento del coste del transporte, lo que se traduciría en subida de precios, inflación, paralización de la actividad industrial, desabastecimiento y tensiones sociales que alcanzarían a los mercados europeos (Sanjuán, 2025).
Los problemas tienen su origen en las pretensiones de Pekín, país que reivindica casi la totalidad de este Mar mediante la llamada “línea de nueve trazos”1, y que invade las zonas económicas exclusivas de sus países limítrofes: Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunéi e Indonesia.
Con este objetivo expansionista, China ha ampliado artificialmente la extensión de diversos arrecifes y atolones, dotándolos de equipamiento militar, pistas de aterrizaje, radares de vigilancia aérea y baterías de misiles antibuque estableciendo así un escudo «Anti-acceso/Denegación de Área» (A2/AD), con la finalidad de impedir o dificultar cualquier despliegue rápido de fuerzas militares estadounidenses dentro de esa zona.
La respuesta de Estados Unidos, principal país garante del orden marítimo liberal ha sido mantener una presencia naval permanente en la zona. No obstante, a la vista de la rápida evolución del sistema defensivo chino, el envío de un grupo de portaaviones resulta claramente insuficiente ante un adversario que posee misiles balísticos de gran capacidad y sensores de elevada precisión.
Por este motivo, la estrategia norteamericana ha evolucionado hacia las Operaciones Multidominio (Multidomain Operations, MDO), una estrategia que emplea recursos terrestres, navales, aéreos, espaciales y cibernéticos para efectuar ataques simultáneos en diversos ámbitos (Ellison y Sweijs, 2023).
El presente estudio analiza cómo la proyección naval y la doctrina multidominio estadounidense, en el Mar de China Meridional, mantienen abierto el flujo comercial global e impiden invasiones de territorio por parte de China.
El documento muestra doctrinas, medios materiales, ejercicios, incidentes en zona gris2 y perspectivas de futuro, subrayando que la capacidad de desplazar de forma rápida la fuerza naval sigue siendo condición necesaria, aunque no suficiente, para mantener la estabilidad global.
En primer lugar, se exponen los antecedentes geográficos, económicos y políticos que convierten la cuenca del Mar de China en un escenario disputado; posteriormente, se examina la arquitectura A2/AD china y la respuesta multidominio de Estados Unidos; finalmente, se extraen conclusiones sobre la eficacia disuasoria y los retos que persisten.
El objetivo es que el lector lego en la materia comprenda por qué una colisión entre patrulleras a miles de kilómetros puede alterar su seguridad y condiciones de vida aquí en Occidente y, sobre todo, por qué la combinación de satélites, drones, marines y destructores constituye hoy un «escudo» y una «espada» decisivos para la prosperidad de nuestra sociedad.
Exposición
El Mar de China Meridional es un mar interior delimitado por ocho estados (Brunéi, Camboya, China, Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Taiwán, Tailandia y Vietnam), que abarca desde la isla de Sumatra y Borneo al Sur, el estrecho de Taiwán al Norte, al Oeste el golfo de Tailandia y Filipinas al Este.
Por él discurren cinco rutas marítimas, siendo el puerto de Singapur uno de los más activos del mundo actualmente en términos de tonelaje y número de contenedores. En 2024, unos 94.000 buques atravesaron el estrecho de Malaca discurriendo por esta ruta de navegación el 30 % del comercio mundial. Además de mercancías, un amplio porcentaje de la energía que alimenta Asia oriental y una porción creciente del tráfico de datos que discurre por cables submarinos atraviesan a diario su cuenca (World Economic Forum, 2024).
Este entorno sufre tensiones debido a las intenciones expansionistas de China, quien reclama, por razones históricas según su gobierno, la titularidad de las zonas incluidas dentro de la “línea de los nueve trazos” y que actualmente se encuentran bajo soberanía de países limítrofes.
Debido a esta situación y la importancia económica que representa la zona, potencias como Estados Unidos se interesan por mantener el equilibrio en este territorio.
Figura 1. Reclamaciones territoriales en el Mar de China Meridional. Fuente: Instituto Español de Estudios Estratégicos (2021)
Así, un «super portacontenedor» que zarpa del puerto de Shanghái con destino a Róterdam pasa por un embudo de apenas tres kilómetros, el estrecho de Malaca, atravesando aguas donde milicias marítimas chinas y guardacostas filipinos comparten espacio con destructores estadounidenses.
La estabilidad de esta zona presenta un interés global pues una interrupción prolongada de estas rutas obligaría a la mayor parte del tráfico Asia-Europa a bordear el Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica), añadiendo unas 3.000 millas náuticas —aproximadamente diez días de navegación— por travesía, lo que provocaría un alza en el precio de las mercancías transportadas, como la gasolina en Madrid o los microchips que ensamblan las fábricas alemanas, provocando pérdidas que afectarían de forma importante al PIB mundial.
Entrando en el plano militar, China ha establecido un sistema A2/AD (Anti- acceso/Denegación de Área) para llevar a cabo su defensa. Esa capacidad disuasoria descansa en una burbuja de varias capas interconectadas entre sí, con la finalidad de detectar un ataque o una entrada no autorizada en sus aguas territoriales o espacio aéreo y repelerlo.
De este modo, en la periferia, satélites y radares costeros articulan la alerta temprana o primer aviso; en el interior, misiles balísticos antibuque trazan un arco letal de hasta 1.500 km que obliga a los portaaviones norteamericanos a maniobrar más lejos de lo habitual para evitar ser alcanzados; y, en la zona próxima, aviones de combate, submarinos, buques guardacostas e, incluso, pesqueros adscritos a la “milicia marítima china”, realizan tareas de vigilancia y distracción del intruso.
Del lado contrario, Estados Unidos ha evolucionado su concepción hasta consolidar las operaciones multidominio. Para comprender la situación actual de la estrategia naval estadounidense hemos de realizar un breve comentario doctrinal histórico sobre los principales teóricos que han influido en ella y sus aportaciones.
Alfred Thayer Mahan (1840-1914), contralmirante, historiador y autor de numerosos libros de referencia, identificó seis pilares fundamentales del poder naval: geografía, carácter del pueblo, tamaño de la población, naturaleza del gobierno, número de puertos y volumen de comercio exterior (Baqués,2018).
Para él, controlar las rutas marítimas equivalía a mantener la prosperidad nacional y, por extensión, la influencia internacional; de ahí su insistencia en la «batalla decisiva» de flotas y en la concentración de poder como antídoto contra la dispersión de esfuerzos.
Con la aparición de los misiles hipersónicos, la “agrupación física” se transforma en congregación de fuegos, pero su idea de cortar o defender las arterias del comercio se mantiene intacta; si un actor puede negar el paso por el Mar de China Meridional, condiciona la economía mundial y altera la balanza de poder.
Por otra parte, Julian Corbett, estratega británico de principios del siglo XX, introduce la primera gran corrección a Mahan: el dominio del mar es relativo y está al servicio de la maniobra en tierra. Para Corbett no se trata de conquistar cada milla náutica, sino de asegurar las líneas de comunicación propias y perturbar las del adversario el tiempo suficiente para que las fuerzas de superficie —o anfibias— produzcan efectos en el litoral (Vila,2021).
Esta visión se refleja hoy en la Expeditionary Advanced Base Operations (EABO), pequeños destacamentos de Marines se desplazan de isla a isla para proteger zonas concretas, apoyar el fuego naval y, sobre todo, influir en la costa. El mar, por sí mismo, no decide guerras; lo decisivo es lo que la flota permita o impida que ocurra en tierra, sintetizando a Corbett.
Otro ejemplo de la aplicación de esta teoría son las FONOPs, operaciones navales dirigidas y realizadas por Estados Unidos, que tienen como objetivo mantener la libertad de navegación en la región.
Por último, Milan Vego, profesor del Naval War College, actualiza el concepto de campaña naval al siglo XXI, es decir, planteándola como operaciones secuenciales, interconectadas y subordinadas a un fin político claro. La táctica —el enfrentamiento puntual— y la estrategia —el fin último— solo se funden con un «puente operacional» que coordine logística, mando y control, inteligencia y fuego conjunto durante semanas o meses (Vego,2008).
La U.S. Navy combina estos tres puntos de vista, por lo que mantiene de forma permanente destructores, portaaviones y guardacostas en la región, ya que quien bloquea o abre la “gran vía oceánica” decide la prosperidad global; quien entiende que el mar sirve a la tierra elige los puntos de presión; y quien planifica campañas conjuntas puede sostener ese esfuerzo en el tiempo sin agotar recursos ni voluntad política.
Este enfoque explica la transición norteamericana desde el concepto táctico de batalla aeronaval hacia las MDO, donde estrategias como las operaciones marítimas distribuidas (DMO), específicas del ámbito naval, y el proyecto Overmatch3 permiten sostener campañas prolongadas que debilitan la coraza A2/AD china sin necesidad de una única batalla decisiva.
Las DMO son un concepto operativo de la Marina de Estados Unidos que busca optimizar la utilización de sus fuerzas navales en situaciones de combate, especialmente contra adversarios con capacidades de detección y ataque, como China. Se basan en la distribución de las fuerzas navales en un área más amplia, junto con diseminar sus capacidades en diferentes tipos de buques y aeronaves, unido a un mayor uso de armas de largo alcance y vehículos no tripulados.
Podemos imaginar estas operaciones multidominio como un engranaje, en el que un pequeño barco de patrulla detecta un objeto en el radar, remite la imagen por una “nube” digital y, un dron o un avión cercano confirman la señal, que al instante es recibida en la sala de mando de un destructor o por un pelotón de marines en tierra, que decide si procede disparar. Todo ocurre en tan breve espacio de tiempo que el rival no tiene capacidad de reacción porque cada pieza —barco, avión, satélite o soldado— comparte la misma pantalla de situación.
Durante la última década y media, la Marina china ha pasado de ser una simple fuerza costera, a exhibir una estrategia naval de ambición oceánica. Entre 2010 y 2024 el tonelaje total de la flota aumentó de forma considerable debido a la botadura de decenas de destructores modernos y a la incorporación de imponentes nuevos modelos de buques capaces de disparar misiles antiaéreos.
A esas capacidades de superficie se suman fragatas, corbetas, submarinos y un creciente número de unidades nucleares de ataque, todos ellos integrados en una red de mando y control regional que depende de enlaces por satélite y fibra óptica.
Esta pléyade de sistemas y armamento con finalidad disuasoria obliga a los portaaviones estadounidenses a operar más lejos de la “primera cadena de islas”, una línea imaginaria que discurre entre Japón y Filipinas y cubre la isla de Taiwán, para evitar entrar en una “zona de riesgo elevado” con resultados probablemente desfavorables.
Pekín, además, complementa esa coraza con la Guardia Costera más grande del planeta y con una milicia marítima de miles de pesqueros respaldados por el gobierno, que navegan por el Mar de China Meridional con la función de hostigar, bloquear y filmar, todo ello bajo un umbral que obligaría a la Séptima Flota a responder con fuego.
Durante los últimos años se han sucedido numerosos incidentes que han tensionado las relaciones entre los países de la región: colisiones “accidentales” con sondas, cañones de agua contra buques de abastecimiento y cercos a barcos petrolíferos.
El resultado operativo y estratégico de esta región es un tablero tridimensional densamente sensorizado. Satélites revisan la cuadrícula de forma continua; radares vigilan más allá de la línea del horizonte; boyas acústicas mapean pasos submarinos; y patrullas aéreas realizan vigilancias, escaneando este mar asiático.
Cuando China empezó a perfilar su sistema A2/AD, el Pentágono reaccionó con un plan de mejora sobre la «batalla aeronaval» anteriormente indicada. Pretendía emplear aviación embarcada y misiles de crucero navales para “abrir brechas” en la defensa enemiga, neutralizar radares y lanzar ataques profundos contra nodos o centros de mando y control.
Se comprobó, sin embargo, que golpear sensores no bastaba. China podía regenerar sus capacidades y sistemas con satélites, drones y otras instalaciones de mando y control, mientras una avalancha de misiles balísticos seguía amenazando a los portaaviones estadounidenses. Además, esta estrategia resultaba insuficiente en dos dominios crecientes, el ciberespacio y el espacio exterior.
Esta constatación llevó a la revisión doctrinal de Estados Unidos que, una década después, cristalizó en el documento «Advantage at Sea» (2020) y en la adopción formal de las MDO. El giro estratégico es profundo: ya no se trata de perforar el A2/AD sino de sincronizar tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio, de modo que cada ataque provoque varios «dilemas» simultáneos al adversario.
En la práctica, esto supone convertir cada plataforma —desde un avión de combate, hasta una batería de Marines oculta en un islote— en un nodo perteneciente a una extensa malla militar y digital, totalmente coordinada y sincronizada, que comparte objetivos casi en tiempo real.
El proyecto «Overmatch», pilar fundamental, ha constituido un esfuerzo de Estados Unidos para conectar digitalmente buques, aviones, sistemas no tripulados y estaciones terrestres con la misión de mejorar la comunicación, la toma de decisiones y la sincronización de las operaciones militares. Su objetivo es facilitar la colaboración, mejorando la capacidad de detectar, evaluar y responder a amenazas de forma instantánea.
Así, un destructor puede lanzar un misil antibuque guiado por el radar de un dron que vuela a 300 km de distancia, mientras un caza actúa como enlace de datos y un satélite actualiza la posición del objetivo, de forma que todo esté interconectado y trabaje de forma coordinada.
Figura 2. Escenario basado en la integración Multidominio. Fuente: Ministerio de Defensa de Reino Unido (2021)
Los «Large Scale Exercises» (LSE) validaron este modelo. Estos ejercicios militares, dirigidos por Estados Unidos, se basan en despliegues a gran escala que involucran a un gran número de personal militar y recursos, simulando escenarios de guerra o un conflicto global.
Estos ejercicios son diseñados para mejorar la interoperabilidad entre diferentes ramas del ejército, entrenar a las tropas en diversos escenarios de combate y probar la eficacia de las estrategias y tácticas militares.
El mensaje doctrinal es claro: la fuerza ha pasado de residir en la concentración física a basarse en la dispersión inteligente y la convergencia digital. Esa mutación es la que convierte a las MDO en una respuesta creíble y flexible frente a la defensa china, al tiempo que minimiza la exposición humana y maximiza la presión cognitiva sobre el adversario.
El escaparate más visible es el «RIMPAC» —Rim of the Pacific—, el mayor ejercicio naval del planeta, cuya edición de 2022 concentró 26 naciones, 38 buques, 4 submarinos, 170 aeronaves, más de 30 sistemas no tripulados y 25.000 efectivos.
Además de los fuegos, este ejercicio prueba la logística general y médica, defensa ciber y operaciones humanitarias; cada edición aporta un manual vivo de procedimientos comunes que facilita la reacción en crisis reales.
A lo largo del año, la coalición trabaja en diversos ejercicios y escenarios: «Balikatan» (Filipinas-Estados Unidos) ensaya desembarcos y fuego costero coordinado con Marines; «Malabar» (India-Japón-Australia-Estados Unidos) profundiza en guerra antisubmarina, clave para vigilar los bastiones de la flota china en Hainan; y «Talisman Sabre» (Australia-EE. UU.) combina rescate de cables submarinos con maniobras anfibias a gran escala.
Así, el poder de la proyección naval estadounidense no descansa únicamente en sus portaaviones, sino en su doctrina actual multidominio y en la red de alianzas, que multiplica sensores, tecnología y legitimidad.
Este “ajedrez litoral” obliga a China a vigilar cientos de islotes en lugar de un único grupo de portaaviones. Además, la presencia de Marines sobre el terreno eleva el umbral de tensión: atacar una pequeña base con personal norteamericano o aliado tendría repercusiones estratégicas desproporcionadas.
En conjunto, estos ejercicios construyen una arquitectura de cooperación naval: cada puerto aliado puede convertirse en nodo logístico, cada fragata extranjera en sensor adicional y cada gobierno participante, en defensor de la libertad de navegación.
Frente al “escudo unilateral” de Pekín, la coalición multinacional ofrece un “mosaico interoperable” que dificulta la propaganda china de agresión hegemónica y eleva exponencialmente el coste de cualquier intento de coerción regional.
La Guardia Costera de Estados Unidos también se ha convertido en una pieza clave —y relativamente poco visible— del despliegue occidental en el Indo- Pacífico. Desde 2022 ha incrementado los grandes patrulleros («cutters») con base en Guam, a los que se suman embarcaciones más pequeñas que rotan desde Hawái.
A diferencia de los destructores de guerra, estos buques navegan con bandera civil, de modo que sus patrullas contra la pesca ilegal o en misiones de búsqueda y rescate rebajan la tensión frente a China y facilitan operaciones conjuntas con países de Asia oriental.
Su presencia cumple una doble función. Por un lado, vigilan y documentan la actividad de la milicia marítima china, que acostumbra a hostigar a pesqueros filipinos o vietnamitas bajo el umbral militar y, por otra parte, esta fuerza “civil” se coordina con el resto del dispositivo: drones de gran altura, destructores de la Séptima Flota estadounidense y pequeños destacamentos de marines que operan baterías de misiles desde islas remotas.
Para Pekín, el resultado es un rompecabezas difícil de resolver: cada actor —un guardacostas, un dron, un destructor— exige una respuesta distinta y conlleva riesgos diplomáticos propios.
El estudio subraya, no obstante, dos advertencias. Primero, la marina china moderniza su tecnología a gran velocidad, reduciendo la ventaja que hoy tiene Estados Unidos. Segundo, mantener esta red de barcos, aviones y bases dispersas requiere un esfuerzo presupuestario continuo que puede flaquear si la opinión pública norteamericana retira su apoyo. Si ambas tendencias coincidieran —China más capaz y Estados Unidos menos presente—, el equilibrio que ahora protege la libertad de navegación en el Mar de China Meridional podría inclinarse en favor de Pekín.
Los próximos años apuntan a un escenario de competencia prolongada en la “zona gris”: la US Navy y la Guardia Costera continuarán sus patrullas y ejercicios, mientras Pekín sostendrá la militarización de arrecifes y la presión sobre Filipinas, Vietnam o Malasia. Esta hipercompetencia mantendría bajo el riesgo de guerra abierta, pero alto el de incidentes que puedan incrementarse.
Aun así, un choque grave con víctimas —por ejemplo, entre buques o aeronaves— podría forzar una crisis aguda. Ambos actores conocen el coste catastrófico de un conflicto mayor, por lo que, a corto-medio plazo, es probable que opten por maniobras de disuasión y demostraciones de fuerza en lugar de hostilidades declaradas.
Algunos analistas plantean acuerdos de gestión de crisis o códigos de conducta navales, inspirados en los pactos Estados Unidos–URSS de la Guerra Fría, quizá extendidos a la organización ASEAN4. Por ahora, China rehúsa limitar sus reclamaciones y Washington insiste en preservar la libertad de acción, lo que hace difícil alcanzar un pacto robusto.
También, la evolución de Taiwán sigue siendo el extremo más delicado. Si Pekín intensificara los pasos hacia la reunificación, las fuerzas estadounidenses tendrían que operar en un entorno aún más disputado, con riesgo de que la conflagración local se ampliara a todo el Mar de China Meridional y al continente asiático (Piqué,2022).
En términos políticos y estratégicos, la proyección naval estadounidense y su simbiosis con la estrategia y las operaciones multidominio, preserva un orden marítimo y naval relativamente abierto y frena las pretensiones hegemónicas de China; sin embargo, la militarización no retrocede y la región permanece como punto de fricción central en la rivalidad sino-estadounidense.
La modernización naval china y la capacidad de Estados Unidos para sostener su red de alianzas determinarán la balanza de poder. A falta de un acuerdo diplomático amplio, la coexistencia competitiva —tensa pero contenida— parece el horizonte más probable de las próximas décadas.
Conclusiones
La presencia estadounidense en el Mar de China Meridional, lejos de ser una simple demostración de poder, constituye una estrategia definida con precisión en la que convergen doctrina naval, innovación tecnológica y diplomacia multinacional que persigue mantener abierto el corredor comercial más importante del planeta.
Habiéndose demostrado insuficientes los planeamientos realizados con unas pocas capacidades y medios, la actual doctrina DMO dispersa sensores y vectores de fuego en pequeños grupos operativos que se infiltran en islotes para lanzar misiles de precisión y replegarse antes de ser localizados; y la nube digital del proyecto Overmatch integra radares, enlaces satelitales y algoritmos de asignación de blancos que permiten que un dron se sincronice y coordine con un submarino de ataque o con una batería de costa.
El resultado es que el adversario ya no puede fijar su atención en el portaaviones visible, sino que debe contemplar docenas de nodos potencialmente letales, cada uno capaz de detectar posiciones del adversario, y desencadenar fuegos de largo alcance o ataques, todos conectados por una malla digital.
Esa incertidumbre operativa eleva exponencialmente el coste de cualquier cálculo agresivo: el primer error puede provenir de subestimar un buque logístico modesto o un destacamento de marines oculto en un arrecife, porque cualquiera de esos elementos puede ser el eslabón inicial de un “sistema” multidominio.
El conflicto contemporáneo se desliza con facilidad desde la guerra abierta hacia la zona gris, donde los cañones de agua de la Guardia Costera china, las colisiones “accidentales” de la milicia marítima o los cruces de acusaciones en redes sociales sustituyen o se utilizan junto con la artillería pesada.
Cada FONOP que concluye sin incidentes graves, cada retransmisión instantánea de una interceptación segura y cada nota diplomática coordinada con socios regionales, refuerzan la norma de la libre navegación y erosionan el discurso histórico de Pekín sobre la “línea de nueve trazos”.
La presencia de la Guardia Costera estadounidense —con la bandera civil y el lenguaje de la cooperación en pesca, salvamento o lucha contra la piratería— multiplica esa legitimidad y distribuye los costes políticos y financieros entre una coalición cada vez más amplia.
Satélites, ya sea de forma individual o formando parte de «constelaciones», misiles hipersónicos y enjambres de drones armados ofrecen ventajas tácticas inimaginables; sin embargo, se advierte que la superioridad tecnológica queda vacía si no se sostiene con presupuestos estatales, ciclos de mantenimiento y, sobre todo, la determinación de asumir riesgos políticos.
Estados Unidos opera en un marco democrático donde el control civil y la alternancia electoral tienden a acortar el horizonte estratégico: programas militares deben competir cada ejercicio fiscal con la sanidad y la educación, y la opinión pública podría mostrarse cada vez menos tolerante ante despliegues prolongados que se perciben lejanos.
China, por contra, exhibe continuidad estratégica y puede planificar más allá de 2035, bajo la guía continua y directa del Partido Comunista Chino (PCCh), lo que obliga a preguntarse si la fatiga interna —más que un misil antibuque— puede determinar el declive de la US Navy y de su país.
El dilema estratégico, por tanto, no se dirime solo en la superficie del mar o en el vacío orbital, también se discute en presupuestos, encuestas de opinión y desarrollo de las industrias de defensa, facultadas para garantizar que las capacidades y sistemas prometidos se materialicen.
Mantener el potencial de disuasión y letalidad exige, además, una logística igualmente repartida y resistente. Los cables submarinos —por los que circula más del 95 % del tráfico global de datos— son objetivos tentadores, al igual que los grandes depósitos de combustible, que podrían ser atacados por misiles de largo alcance, o la dependencia militar de un número reducido de astilleros y puertos limita la rapidez en reparar unidades dañadas.
De ahí la importancia de diversificar la cadena de reabastecimiento, proteger infraestructuras críticas con defensas antimisil y ciber, y experimentar con materiales que reduzcan la huella logística.
El Mar de China Meridional continúa siendo la «aorta» por la que circula la sangre del comercio global; si ese conducto se obstruye, el organismo económico mundial sufrirá un infarto con consecuencias en los bolsillos, fábricas y despensas a nivel mundial.
Estados Unidos y sus aliados apuestan por una proyección naval apoyada en la doctrina contemporánea multidominio capaz de funcionar como una “malla” que mantenga la arteria despejada; China, por su parte, procura convertirse en un «tapón o muro» que regule el flujo a conveniencia de sus prioridades e intereses nacionales.
El equilibrio entre ambas pulsiones dependerá de la calidad y capacidad de innovación tecnológica, del grado de cooperación política entre democracias afines y de la narrativa pública que cada bloque logre articular para convencer al resto del mundo de la legitimidad de su posición.
Lo que está en juego no es sólo una porción de mar cubierto de atolones, es el sistema de interdependencia económica, militar y política que ha proporcionado la prosperidad de los últimos cincuenta años y la promesa de que, en la próxima década, mercancías, datos y personas sigan cruzando los océanos con la misma libertad que la electricidad recorre un cable de alta tensión.
Bibliografía
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Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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