ESFAS. La iniciativa de la franja y la ruta y el camino hacia un nuevo orden global: una revisión contemporánea de Mackinder y Brzezinski

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25 sept 2026

ESFAS. La iniciativa de la franja y la ruta y el camino hacia un nuevo orden global: una revisión contemporánea de Mackinder y Brzezinski

Christian Redondo Revidiego. Comandante de Infantería de Marina. Armada

Introducción

La estabilidad del sistema internacional contemporáneo depende de la continuidad de los flujos energéticos, comerciales y digitales que atraviesan un número limitado de corredores críticos, lo que pone de manifiesto que la interdependencia económica ha concentrado la relevancia estratégica en determinados espacios donde la interrupción de la conectividad puede generar efectos sistémicos inmediatos sobre el conjunto del sistema económico internacional. En este contexto, el poder deja de medirse exclusivamente en términos territoriales o de acumulación de capacidades militares y pasa a definirse por la capacidad de estructurar, sostener y gestionar los flujos que articulan el sistema internacional, desplazando el foco analítico desde el control del espacio hacia el control de las redes y las interdependencias que atraviesan ese espacio (Agnew, 1998).

Desde esta perspectiva, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) debe interpretarse como una estrategia de carácter estructural orientada a reorganizar la conectividad global más que como un simple conjunto de proyectos de infraestructuras. A través de la articulación de corredores terrestres, rutas marítimas y redes digitales, China busca reducir su exposición a vulnerabilidades críticas, generar interdependencias funcionales de largo alcance y ampliar su margen de maniobra estratégica en Eurasia. Esta aproximación no implica necesariamente una confrontación directa con otras potencias, sino una modificación progresiva de las condiciones en las que se ejerce el poder en el sistema internacional, introduciendo una lógica en la que la conectividad se convierte en el principal instrumento de influencia y en el eje sobre el que se articulan las dinámicas de competencia contemporáneas (Mearsheimer, 2001).

El análisis de esta estrategia adquiere una especial relevancia en el espacio definido como PRIME (Pivot Region for Integrated Maritime Eurasia), entendido como un entorno donde convergen los principales flujos energéticos, comerciales y tecnológicos entre Asia, Europa y África, y cuya importancia no responde a criterios geográficos tradicionales, sino a su función como nodo de articulación de la conectividad global. Este espacio concentra corredores terrestres, rutas marítimas y redes digitales que permiten observar de forma integrada cómo se estructuran los flujos a escala intercontinental, convirtiéndose así en una región estratégica privilegiada para analizar la transformación del orden internacional contemporáneo y la reconfiguración de sus equilibrios (Brzezinski, 1997).

Desde un punto de vista teórico, el PRIME presenta una doble naturaleza que resulta esencial para comprender su relevancia estratégica, ya que por un lado incorpora características propias de un cinturón de quiebra, marcado por la fragmentación política, la inestabilidad estructural y la competencia entre potencias externas, y por otro actúa como una región bisagra que conecta grandes espacios geoeconómicos y facilita la circulación de flujos a escala global. Esta combinación de inestabilidad y conectividad no constituye una contradicción, sino el rasgo definitorio del espacio, en la medida en que la capacidad de articular flujos se construye precisamente sobre una base de fricción estructural, lo que convierte al PRIME en un entorno especialmente sensible a las dinámicas de poder y a la interacción entre actores (Cohen, 2003).

En este contexto, la BRI puede interpretarse como una respuesta estratégica a la necesidad de operar en un sistema internacional caracterizado por la concentración de vulnerabilidades en nodos críticos y por una creciente interdependencia entre actores. Lejos de buscar un control directo de los espacios, la estrategia china se orienta a configurar las condiciones en las que operan los flujos, generando redes de conectividad que condicionan las decisiones de los actores que dependen de ellas. Este enfoque introduce una forma de poder indirecto, menos visible pero más persistente, que se apoya en la creación de dependencias funcionales y en la integración progresiva de los espacios periféricos en una arquitectura global de interconexión, reforzando la capacidad de influencia sin necesidad de recurrir a mecanismos coercitivos directos (Agnew, 1998).

Asimismo, la evolución de la conectividad global en el marco de la BRI obliga a reinterpretar los marcos clásicos de la geopolítica, en la medida en que conceptos como el Heartland o el control de las rutas marítimas adquieren una dimensión funcional basada en la circulación de flujos más que en la ocupación territorial. La relevancia estratégica ya no reside únicamente en la posesión de determinados espacios, sino en la capacidad de integrarlos en redes que permitan canalizar recursos, información y capital de forma eficiente, lo que implica que la competencia entre potencias se desplaza progresivamente desde el dominio físico del territorio hacia la capacidad de estructurar las redes que lo atraviesan y condicionan su funcionamiento (Mackinder, 1919).

En esta línea, la lógica del “gran tablero” euroasiático se reconfigura en torno a la conectividad, ya que la influencia sobre los actores ya no depende exclusivamente de su alineamiento político o de su posición geográfica, sino de su grado de integración en las redes que articulan el sistema. El PRIME emerge así como el espacio donde esta transformación se manifiesta con mayor claridad, al concentrar los nodos a través de los cuales se canalizan los principales flujos globales y donde la capacidad de condicionar la conectividad se convierte en un instrumento clave para influir sobre el comportamiento de los actores, redefiniendo las bases del poder en el sistema internacional (Brzezinski, 1997).

Por último, la creciente complejidad del sistema internacional, caracterizada por la superposición de dimensiones físicas, digitales y energéticas, refuerza la necesidad de adoptar un enfoque integrado que permita analizar la conectividad como un fenómeno multidimensional. La BRI no puede entenderse únicamente desde una perspectiva económica o infraestructural, sino como una estrategia que articula distintas capas de poder en un entorno altamente interdependiente, en el que la capacidad de coordinar infraestructuras, tecnología y flujos se convierte en un elemento central de la competencia estratégica. En este sentido, el estudio del PRIME permite identificar las dinámicas clave que están configurando el orden internacional contemporáneo, proporcionando un marco analítico sólido para comprender cómo la conectividad se consolida como el principal vector de transformación del sistema global (Shen, 2018).

Exposición

La centralidad del PRIME se hace evidente al analizar la concentración de flujos en sus principales nodos estratégicos, donde estrechos como Ormuz o Bab el-Mandeb, junto con el eje Suez, no constituyen únicamente puntos de tránsito, sino auténticos reguladores del funcionamiento del sistema económico global, capaces de condicionar el ritmo, el coste y la estabilidad de los flujos que conectan Eurasia. Esta concentración responde a una lógica estructural del sistema internacional contemporáneo, en el que la eficiencia de las redes de transporte y suministro se apoya en la canalización intensiva de flujos a través de corredores altamente optimizados. Sin embargo, esta optimización implica también una elevada exposición al riesgo, en la medida en que la interrupción de estos nodos tiene efectos desproporcionados sobre el conjunto del sistema. De este modo, el PRIME no solo concentra flujos, sino que concentra también la capacidad de alterar su continuidad, convirtiéndose en un espacio donde se materializa la interdependencia global en su forma más crítica (EIA, 2023).

Esta estructura introduce una vulnerabilidad sistémica inherente que no puede eliminarse completamente, ya que la dependencia de un número limitado de chokepoints implica que la continuidad de los flujos está condicionada por factores geopolíticos que escapan al control directo de los actores económicos. La estabilidad de las cadenas de suministro pasa así a depender de variables políticas, militares y de seguridad que introducen incertidumbre en el funcionamiento del sistema global. En este sentido, la conectividad no puede entenderse como un entorno neutro o estable, sino como una red cuya operatividad depende de la estabilidad de los espacios por los que transita, lo que convierte la gestión del riesgo en un elemento central de la estrategia de los Estados y en un factor determinante de su posición relativa en el sistema internacional (IEA, 2024).

En este entorno, la estrategia china se articula en torno a la gestión de esta vulnerabilidad estructural mediante la construcción de una arquitectura de conectividad más compleja, diversificada y redundante, en la que la combinación de corredores terrestres, rutas marítimas e infraestructuras energéticas permite redistribuir los flujos y reducir la dependencia de un único vector de riesgo. La BRI no pretende sustituir las rutas existentes, sino complementar el sistema con nuevas opciones que incrementen su flexibilidad y capacidad de adaptación. Este enfoque introduce una lógica de resiliencia basada en la multiplicidad de rutas y en la posibilidad de reconfigurar los flujos en función de las condiciones del entorno, lo que permite amortiguar el impacto de disrupciones sin necesidad de eliminar las vulnerabilidades estructurales que caracterizan al sistema global (Delage, 2019).

Esta lógica adquiere una especial relevancia en contextos de disrupción, donde la capacidad de mantener la continuidad de los flujos se convierte en un factor determinante del poder estratégico. Mientras los modelos tradicionales dependen en gran medida de la estabilidad de las rutas marítimas, la estrategia china incorpora alternativas que permiten sostener el acceso a recursos y mercados incluso en condiciones adversas. Este acceso diferencial a la conectividad en escenarios de crisis constituye uno de los elementos más significativos de la BRI, al introducir una ventaja estructural basada en la capacidad de adaptación del sistema, en la que la existencia de rutas alternativas permite reducir la intensidad del impacto y preservar la operatividad de los flujos en entornos de alta volatilidad (Small, 2022).

La guerra de Irán de 2026 permite ilustrar esta lógica de forma concreta. La tensión sobre el estrecho de Ormuz mostró que la continuidad de los flujos energéticos no depende únicamente de la capacidad militar para controlar un chokepoint, sino también de la existencia de relaciones políticas, acuerdos previos y rutas alternativas que permitan sostener el acceso en condiciones adversas. En este escenario, Irán aplicó una lógica de acceso selectivo basada en sus relaciones estratégicas, otorgando condiciones preferentes de tránsito a socios clave como China en función de sus vínculos económicos y políticos. Este hecho evidencia que el acceso a la conectividad en crisis no es solo una cuestión de fuerza, sino de inserción en redes de cooperación y de la capacidad de construir relaciones que aseguren la continuidad de los flujos en contextos de disrupción (Liu, 2026).

Esta diferencia se observa especialmente en la estrategia china de diversificación energética. El Corredor Económico China-Pakistán, con Gwadar como punto de salida al océano Índico, las conexiones terrestres con Asia Central y la creciente interdependencia energética con Rusia no sustituyen por completo las rutas marítimas tradicionales, pero sí introducen redundancia y flexibilidad en el sistema. En términos estratégicos, esta arquitectura permite a China no solo reducir su exposición a un único punto de estrangulamiento, sino también beneficiarse de una mayor capacidad de acceso en escenarios de disrupción, al combinar alternativas físicas con relaciones políticas que facilitan la continuidad de los flujos. El valor de la BRI, por tanto, no reside en eliminar la vulnerabilidad de Ormuz o del eje Bab el-Mandeb–Suez, sino en convertir esa vulnerabilidad en un riesgo más distribuido, gestionable y, en determinados contextos, diferencialmente accesible (Small, 2022).

No obstante, esta diversificación no elimina las vulnerabilidades, sino que las redistribuye en una geografía más amplia caracterizada por elevados niveles de incertidumbre, ya que los corredores terrestres atraviesan espacios marcados por la fragmentación política, la debilidad institucional y la presencia de conflictos latentes. Esta realidad introduce nuevos riesgos asociados a la seguridad de las infraestructuras, la estabilidad de los Estados implicados y la continuidad operativa de los proyectos, lo que refuerza la idea de que la BRI no elimina el riesgo, sino que lo transforma y lo desplaza. En este sentido, el PRIME se configura como un entorno en el que la conectividad y la vulnerabilidad evolucionan de forma simultánea, generando una dinámica en la que la ampliación de opciones estratégicas implica también la multiplicación de puntos de exposición (Cohen, 2003).

Esta característica conecta directamente con la naturaleza dual del PRIME como cinturón de quiebra y región bisagra, en la medida en que la misma estructura que permite articular flujos a escala global es también la que introduce fricciones derivadas de la competencia entre actores, la inestabilidad política y la heterogeneidad institucional. El PRIME no es un espacio homogéneo ni plenamente controlable, sino un entorno en el que la conectividad se construye sobre una base de inestabilidad estructural, lo que implica que cualquier estrategia de proyección debe incorporar la gestión de esta fricción como un elemento central. Esta dualidad no es una anomalía, sino una condición inherente a su función como nodo estratégico del sistema internacional, donde la capacidad de conectar implica necesariamente la exposición a dinámicas de conflicto y competencia (Cohen, 2003).

En este marco, la dimensión terrestre de la BRI introduce una reinterpretación funcional de la lógica mackinderiana, ya que el control ya no se ejerce sobre un territorio compacto, sino sobre los ejes de conectividad que estructuran el espacio euroasiático. Los corredores ferroviarios, energéticos y logísticos permiten articular un “Heartland funcional” basado en la circulación de flujos, desplazando el centro de gravedad del poder desde la geografía física hacia la capacidad de organización de la conectividad. Esta transformación no supone una ruptura con la geopolítica clásica, sino su adaptación a un entorno en el que las infraestructuras y las redes adquieren un papel estructurador equivalente o superior al del territorio (Mackinder, 1919).

De forma complementaria, la lógica del “gran tablero” de Brzezinski se reconfigura en este contexto, ya que la competencia en Eurasia ya no se articula exclusivamente en términos de control de Estados o alineamientos políticos, sino en la capacidad de estructurar los flujos que atraviesan el tablero. El PRIME se consolida como el espacio donde esta transformación resulta más evidente, al concentrar los nodos a través de los cuales se canalizan los principales flujos globales. En este entorno, la influencia no se ejerce necesariamente mediante el control directo, sino mediante la capacidad de condicionar las opciones disponibles para otros actores, lo que introduce una forma de poder indirecto que actúa sobre las decisiones estratégicas sin necesidad de coerción explícita (Brzezinski, 1997).

En este contexto, la competencia entre China y Estados Unidos refleja la coexistencia de dos modelos estratégicos diferenciados que operan sobre lógicas distintas pero interdependientes, ya que mientras Estados Unidos continúa apoyándose en su capacidad militar para influir en los espacios estratégicos y garantizar la seguridad de las rutas, China centra su estrategia en la construcción de redes de conectividad que le permitan estructurar los flujos de forma duradera y generar interdependencias que condicionen el comportamiento de otros actores. Esta diferencia no implica una sustitución inmediata de un modelo por otro, pero sí introduce una transformación progresiva en la naturaleza del equilibrio estratégico, en la que la conectividad adquiere un peso creciente frente a las formas tradicionales de proyección de poder (Mearsheimer, 2001).

Esta coexistencia de modelos da lugar a una dinámica compleja en la que el poder se ejerce a través de mecanismos distintos pero interrelacionados, ya que por un lado el control del espacio sigue siendo relevante en términos de seguridad y estabilidad, mientras que por otro la capacidad de organizar la conectividad adquiere un peso creciente en la configuración del sistema internacional. En este contexto, la competencia no se limita a la presencia física en determinados espacios, sino que se traslada a la capacidad de configurar las condiciones en las que operan los flujos, lo que introduce una dimensión estructural en la disputa por el poder y redefine las bases sobre las que se construye la influencia internacional (Zakaria, 2008).

La dimensión marítima sigue desempeñando un papel central en este equilibrio, pero su interpretación se transforma en el marco de la BRI, ya que el poder marítimo no se articula exclusivamente a través del control de las rutas, sino mediante la capacidad de influir en los nodos que estructuran esas rutas. La construcción y gestión de infraestructuras portuarias permite a China desarrollar una presencia funcional en los principales corredores marítimos sin necesidad de ejercer un control directo sobre ellos, lo que introduce una lógica de poder basada en el acceso, la conectividad y la integración en las redes existentes, reforzando su capacidad de influencia sin recurrir a la proyección militar directa (Mahan, 2007).

La dimensión digital de la BRI refuerza esta transformación al integrar infraestructuras físicas con redes tecnológicas que permiten influir no solo sobre la circulación de bienes, sino también sobre los flujos de información, los estándares tecnológicos y la gestión de datos, ampliando así el alcance de la estrategia china más allá del ámbito logístico. Este proceso introduce una nueva dimensión del poder en la que la conectividad digital se convierte en un elemento central para la estructuración del sistema internacional, al permitir consolidar formas de influencia basadas en la dependencia tecnológica y en la integración funcional de los sistemas, lo que amplifica el carácter estructural de la estrategia (Shen, 2018).

Más allá del análisis individual de cada una de estas dimensiones, la relevancia estratégica de la BRI reside en su integración como un sistema de conectividad interdependiente en el que las infraestructuras terrestres, marítimas y digitales no operan de forma aislada, sino como elementos de una arquitectura común orientada a estructurar los flujos de manera coherente y adaptativa. Esta interrelación permite no solo optimizar la circulación de bienes, energía e información, sino también generar sinergias que amplifican la capacidad de influencia sobre el sistema en su conjunto, al vincular espacios, actores y procesos en una red funcional única. En este sentido, la BRI no puede entenderse como la suma de tres dimensiones diferenciadas, sino como un sistema integrado en el que la conectividad se convierte en el elemento estructurador del poder, permitiendo a China articular una estrategia multidimensional capaz de operar simultáneamente en distintos niveles y de reforzar su posición en el sistema internacional a través de la coordinación de estos vectores (Agnew, 1998).

En el PRIME, esta dinámica adquiere una intensidad particular debido a la convergencia de factores geoeconómicos y geopolíticos, ya que la combinación de centralidad en los flujos, fragmentación política e interés de múltiples actores convierte a esta región en el espacio donde se manifiestan con mayor claridad las transformaciones del sistema internacional. En este entorno, la capacidad de estructurar flujos no solo permite ampliar el margen de maniobra estratégica, sino que condiciona de forma directa la posición relativa de los actores en el sistema global, configurando una lógica de poder basada en la interdependencia, la resiliencia y la capacidad de adaptación a entornos complejos (Narins y Agnew, 2019).

Finalmente, la interacción entre vulnerabilidad, diversificación y competencia estructural permite entender la lógica operativa de la BRI en el PRIME como un sistema orientado a la gestión del riesgo más que a su eliminación, en el que la estabilidad no se concibe como un estado permanente, sino como un proceso dinámico basado en la capacidad de adaptación. En este contexto, la conectividad deja de ser un elemento neutro para convertirse en el principal instrumento de proyección de poder, configurando un entorno en el que la capacidad de estructurar los flujos resulta determinante para la evolución del sistema internacional contemporáneo y para la redefinición de sus equilibrios estratégicos (Cohen, 2003).

Conclusiones

El análisis realizado permite interpretar la Iniciativa de la Franja y la Ruta no como una suma de proyectos, sino como una estrategia orientada a reconfigurar las condiciones estructurales del sistema internacional mediante la organización de la conectividad. Su aportación principal no reside en la expansión física de infraestructuras, sino en la capacidad de articular redes que generan interdependencias funcionales y condicionan las decisiones de los actores que dependen de ellas. En este sentido, la BRI introduce una lógica de poder que opera sobre los flujos y no sobre el territorio, desplazando progresivamente el eje de la competencia estratégica hacia la capacidad de estructurar, sostener y reconfigurar la conectividad en entornos de creciente complejidad.

El concepto de PRIME permite identificar el espacio donde esta transformación adquiere una mayor intensidad analítica y empírica, al concentrar simultáneamente las principales dinámicas de conectividad y de fricción estratégica. Su doble condición de región bisagra y cinturón de quiebra configura un entorno en el que la articulación de flujos se produce sobre una base de inestabilidad estructural, lo que impide la existencia de equilibrios estables y refuerza la necesidad de estrategias adaptativas. En este contexto, la conectividad no puede entenderse como un elemento neutral, sino como un campo de interacción donde la capacidad de gestionar vulnerabilidades y de aprovechar oportunidades determina la posición relativa de los actores.

Uno de los elementos más relevantes del análisis es la constatación de que la BRI no elimina las vulnerabilidades del sistema, sino que introduce mecanismos para gestionarlas de forma más flexible mediante la diversificación de rutas y la creación de redundancias en la red de conectividad. El caso de la guerra de Irán de 2026 ilustra cómo esta arquitectura permite generar un acceso diferencial a los flujos en escenarios de disrupción, ampliando el margen de maniobra estratégico incluso en contextos de alta volatilidad. De este modo, la resiliencia se convierte en un factor central del poder, entendido no como la ausencia de riesgo, sino como la capacidad de operar eficazmente en su presencia y de sostener la continuidad de los flujos en entornos adversos.

En paralelo, la coexistencia de modelos estratégicos diferenciados evidencia que la competencia en el sistema internacional no se articula exclusivamente en términos de confrontación directa, sino a través de la interacción de lógicas de poder distintas. Mientras las formas tradicionales de proyección continúan desempeñando un papel relevante en la gestión de la seguridad, la capacidad de estructurar la conectividad emerge como el elemento determinante en la configuración del equilibrio estratégico. Este desplazamiento no implica la desaparición de las dinámicas clásicas, pero sí su progresiva subordinación a una lógica en la que los flujos se convierten en el principal objeto de competencia.

Desde una perspectiva más amplia, este proceso refleja una transformación en la naturaleza del sistema internacional caracterizada por la transición desde un modelo centrado en el control territorial hacia otro basado en la gestión de redes e interdependencias. En este nuevo contexto, la centralidad ya no depende exclusivamente de la acumulación de capacidades, sino de la capacidad de articular los flujos que sostienen el sistema global, lo que introduce una dimensión estructural del poder difícil de contrarrestar mediante instrumentos tradicionales y que redefine las bases sobre las que se construye la influencia internacional.

En consecuencia, los resultados del análisis permiten afirmar que la hipótesis planteada se verifica, en la medida en que la BRI actúa como el principal instrumento mediante el cual China amplía de forma progresiva su influencia geoeconómica y estratégica en Eurasia, especialmente en el espacio PRIME, contribuyendo a una reconfiguración gradual del orden internacional. Esta reconfiguración no se produce mediante una ruptura abrupta del sistema existente, sino a través de la modificación de sus condiciones de funcionamiento, en las que la conectividad, la resiliencia y la capacidad de estructurar flujos se consolidan como los factores determinantes del poder en el siglo XXI.

En definitiva, el sistema internacional evoluciona hacia un modelo en el que la competencia no se resuelve exclusivamente en el control del espacio, sino en la capacidad de definir las reglas de funcionamiento de la conectividad global. En este proceso, el PRIME emerge como el entorno donde esta transformación se manifiesta con mayor claridad, y la BRI como el instrumento que permite operarla de forma progresiva. La implicación última es que el poder ya no reside únicamente en quién domina el territorio, sino en quién es capaz de organizar los flujos que lo atraviesan, condicionando así la estructura misma del sistema internacional.

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