ESFAS. Palestina en disputa: identidad, conflicto y resistencia

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19 jun 2026

ESFAS. Palestina en disputa: identidad, conflicto y resistencia

Cte. Francisco de Borja Bastarreche Alcalá. Cuerpo General del Ejército de Tierra, Infantería

La violencia solo engendra más violencia, es el diálogo y la reconciliación lo que nos llevará hacia un futuro pacífico”.
Yasser Arafat

Antecedentes: un siglo de desposesión y lucha

La historia de Oriente Medio está marcada por un proceso largo y traumático de cesiones territoriales, expulsiones forzadas y resistencia. Comprender las distintas percepciones de identidad palestina en la actualidad y la fragmentación interna de los movimientos que la representan, requiere remontarse a los orígenes del conflicto palestino-israelí en el siglo XX y a los principales hitos históricos que han definido las relaciones entre el pueblo palestino, Israel y la comunidad internacional.

El punto de partida lo situaremos en el Mandato Británico en Palestina (1917– 1948), cuando tras la disolución del Imperio Otomano, la Sociedad de Naciones entregó a Reino Unido el control de Palestina. En 1917, el Reino Unido a través de la Declaración Balfour manifestaba su apoyo al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina. Esta promesa fue incorporada al mandato otorgado por la Sociedad de Naciones en 1922, lo que derivó en un aumento progresivo de la inmigración judía a la región, especialmente desde Europa Oriental. La reacción de la población árabe local fue de creciente tensión y resistencia, con un punto de inflexión en la revuelta de 1936, que terminó en una dura represión por parte de las autoridades coloniales británicas (Abu-Tarbush, 2006).

Ante el fracaso británico para mantener el control, la cuestión fue trasladada a la Organización de las Naciones Unidas, que en 1947 aprobó la Resolución 181, proponiendo la partición de Palestina en un Estado judío, otro árabe, dejando a Jerusalén bajo la administración de un régimen Internacional. Mientras que los judíos aceparon parcialmente el plan, los países árabes y los líderes palestinos lo rechazaron, desembocando en una guerra tras la declaración de independencia de Israel en 1948. Como resultado, Israel expandió su territorio ocupando hasta el 77% de palestina y el desplazamiento de más de 700.000 palestinos de sus hogares, evento conocido como la Nakba (Sayigh, 1997).

Este desplazamiento masivo creó una diáspora forzada, asentada en campamentos en países como Líbano, Siria o Jordania. Para atender a esta población se creó la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) en 1949. Desde entonces, el número de refugiados registrados ha crecido hasta alcanzar más de cinco millones, según la definición ampliada que incluye a sus descendientes La cuestión del retorno, consagrada en la Resolución 194 de la ONU, sigue siendo uno de los pilares del discurso palestino (Senkman, 2019).

La guerra de los 6 días intensificó el conflicto en 1967, tras la que Israel ocupó militarmente Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, provocando así un segundo éxodo de más de 500.000 palestinos. La Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU exigía la retirada israelí de los territorios ocupados y una solución justa al problema de los refugiados, pero su ambigüedad ha dado lugar a interpretaciones contradictorias, lo que ha debilitado su aplicación práctica (Brynen, 2006).

En este contexto se desarrollan las trayectorias paralelas de Fatah y Hamas, que representan no solo dos estrategias políticas distintas, sino dos modelos enfrentados de legitimidad y de interpretación del proyecto nacional palestino.

Fatah, el guía de los palestinos

Fatah surgió a finales de los años 1950 en el contexto de los campamentos de refugiados palestinos y la frustración acumulada tras la Nakba. En una etapa en que el sentimiento de desposesión territorial, frustración ante la inacción árabe y la dispersión de la población palestina creaban una necesidad urgente  de autoorganización. Frente a las estructuras panarabistas dominantes en la región, Fatah reivindicó la centralidad del sujeto palestino como protagonista de su propia liberación, y propuso una vía revolucionaria para recuperar la tierra perdida.

Su fundación, por tanto, respondió a la necesidad de dotar al pueblo palestino de una estructura propia, independiente de los Estados árabes, capaz de conducir la lucha por la liberación nacional. Pronto se convirtió en el núcleo hegemónico de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) creada en 1964, durante la primera cumbre de Jefes de Estado de la Liga Árabe bajo el auspicio del presidente egipcio Nasser con el respaldo de los países miembros. Tras la derrota árabe en la guerra de 1967, que desacreditó el liderazgo de Egipto y Siria sobre la causa palestina, la OLP asumió el liderazgo indiscutible de la causa Palestina anteriormente tutelada por los países de la Liga Árabe (Barreñada, 2005).

Desde sus orígenes, Fatah adoptó un discurso nacionalista laico y secular, centrado en la autodeterminación, la unidad nacional y la lucha armada. Rechazaba cualquier injerencia en los asuntos internos de los países árabes de acogida, lo que le permitía preservar autonomía y legitimidad. Sin embargo, esta política fue desafiada por otros grupos dentro de la OLP, como el FPLP o el FDLP, que tenían una orientación marxista-leninista y mayor tendencia a intervenir en conflictos internos de países vecinos, como Jordania o Líbano. Estas injerencias trajeron consigo la expulsión de estos países y la pérdida de apoyo (Abu-Tarbush, 2006).

La estrategia militar de Fatah, materializada en los ataques desde países fronterizos, nunca logró un efecto determinante frente al poder militar israelí. La respuesta de Israel, basada en una doctrina de represalias contundentes, generó tensiones con los Estados árabes, muchos de los cuales terminaron expulsando a las fuerzas palestinas de sus territorios. Esto obligó a Fatah a replegarse políticamente y a reorientar su estrategia hacia el ámbito diplomático.

Uno de los rasgos distintivos de Fatah fue su estrategia de consolidación institucional a través de la construcción de un aparato burocrático, la creación de sistemas de asistencia social en los campamentos de refugiados y el impulso a la formación política. La figura de Yasser Arafat, líder histórico del movimiento, desempeñó un papel fundamental en esta etapa, personificando un liderazgo fuerte, carismático y transversal que buscaba combinar la acción armada con la diplomacia internacional (Barreñada, 2024).

La narrativa nacional palestina estuvo basada en el derecho al retorno, la autodeterminación y la soberanía. Sin embargo, se enfrentaba a constantes contradicciones al llevarlas a la práctica. Las acciones armadas desde países fronterizos generaron tensiones con gobiernos árabes, como ocurrió en Jordania en 1970 o en Líbano posteriormente. Estos conflictos obligaron a Fatah a repensar su estrategia y a transitar desde la lucha revolucionaria a una vía institucional y negociadora (Senkman, 2019).

El punto de inflexión llegó en 1988, cuando la OLP declaró en Argel el establecimiento del Estado palestino en las fronteras anteriores a 1967, renunciando implícitamente al 78% del territorio histórico. Este giro fue acompañado del reconocimiento del Estado de Israel y el abandono de la vía armada como estrategia principal, lo que permitió el inicio del proceso de paz de Oslo en los años noventa (Barreñada, 2024).

Con la firma de los Acuerdos de Oslo I y II (1993-1995), la OLP, dominada por Fatah, accedió al gobierno de partes de Cisjordania y Gaza mediante la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Sin embargo, los acuerdos no llevaron a la creación de un Estado soberano, sino a una autonomía limitada y fragmentada. El territorio fue dividido en zonas A, B y C, y muchos temas clave, como Jerusalén, los refugiados o las fronteras, quedaron sin resolver, en manos de futuras negociaciones finales que nunca se concretaron (Rajmil, 2013).

Con la muerte de Arafat en 2004, el liderazgo de Fatah pasó a manos de Mahmoud Abbas, cuya gestión se ha caracterizado por un enfoque tecnocrático, fuertemente dependiente de la cooperación internacional. Bajo su mandato, se han implementado reformas neoliberales, en línea con las exigencias de los donantes, priorizando la creación de instituciones transparentes, la profesionalización del aparato de seguridad y la apertura a la inversión privada (Guignar, 2024).

Esta transformación de Fatah ha generado una creciente desconexión con la base social. La población palestina percibe la ANP como una estructura burocrática ineficaz, dependiente de la financiación externa, sometida al control israelí y desprovista de un proyecto político claro. Además, la cooperación en materia de seguridad con Israel ha sido duramente criticada, ya que implica el arresto de militantes palestinos, la desarticulación de redes de resistencia y el mantenimiento del orden bajo una ocupación activa (Hanafi y Knudsen, 2010).

El modelo económico promovido por la ANP ha favorecido el crecimiento de una élite política y empresarial que se beneficia de la gestión de la ayuda internacional y del control de ciertas áreas urbanas. Este modelo ha producido desigualdades sociales crecientes, con altos niveles de desempleo, pobreza estructural y falta de oportunidades para los jóvenes, especialmente en zonas rurales y campos de refugiados (Sana, 2018).

Desde el punto de vista identitario, Fatah ha pasado de ser el símbolo de la resistencia nacional a representar una identidad fragmentada, pragmática y tecnocrática, centrada en el reconocimiento exterior más que en la articulación interna de la comunidad. Esta evolución ha debilitado su legitimidad frente a la población, especialmente entre los jóvenes, que ven en otras alternativas, como Hamas, una respuesta más coherente con los principios de justicia y liberación.

Finalmente, la negativa de Mahmoud Abbas a convocar elecciones desde 2006 ha erosionado aún más la legitimidad democrática del liderazgo de Fatah, y ha profundizado la división entre Cisjordania y Gaza, esta parálisis institucional ha llevado al estancamiento del proyecto nacional palestino en su conjunto.

Hamas, el revulsivo contra el estancamiento

El movimiento Hamas surgió en 1987, en el marco del estallido de la Primera Intifada, en el seno de los Hermanos Musulmanes palestinos. Su nacimiento respondió, principalmente, al hartazgo creciente frente a la falta de avances por parte de la OLP y a la necesidad de articular una alternativa islamista a la hegemonía secular de Fatah. A diferencia de este último, Hamas no basa su legitimidad en una identidad nacional secular, sino en una visión islámica del conflicto, en la cual Palestina es una tierra sagrada que no puede ser cedida ni negociada (Travin, 2006).

En su Carta Fundacional de 1988, Hamas define su objetivo como la liberación total de Palestina, desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, y el establecimiento de un Estado islámico, planteando una oposición frontal a cualquier solución negociada que implique el reconocimiento del Estado de Israel, considerado ilegítimo e intrínsecamente opresor. El conflicto no se presenta solo como una lucha política o territorial, sino como una lucha religiosa entre el islam y el sionismo (Travin, 2006).

Desde sus inicios, Hamas combinó la resistencia armada con una fuerte labor social y asistencial en los territorios ocupados, especialmente en Gaza. Su red de mezquitas, clínicas, escuelas y centros de beneficencia lo convirtió en un actor profundamente arraigado en la vida cotidiana de amplios sectores populares, sobre todo entre aquellos que se sentían marginados por la burocracia clientelista de la ANP. Esta presencia territorial y comunitaria le permitió consolidar una base de legitimidad social que trascendía el plano político.

Durante los años noventa, Hamas se opuso frontalmente a los Acuerdos de Oslo, a los que consideraba una capitulación frente a Israel. Su rechazo fue tanto ideológico como estratégico, sostenía que negociar sin una correlación real de fuerzas solo serviría para reforzar la ocupación. Esta posición se reflejó en una intensificación de los atentados suicidas contra objetivos israelíes durante la Segunda Intifada (2000–2005), lo que elevó su perfil como actor militar y como referente de la resistencia para una parte importante de la población palestina (Mearsheimer, 2014).

El triunfo electoral de Hamas en 2006, en unas elecciones legislativas libres y competitivas, supuso un terremoto político para el sistema palestino. A pesar de las presiones internas y externas, el movimiento logró una victoria clara, lo que se interpretó como una expresión del rechazo popular hacia el rumbo político de Fatah y de la ANP. El nuevo gobierno de Hamas intentó formar un gabinete de unidad nacional, pero las tensiones internas y el rechazo internacional, encabezado por Estados Unidos, la Unión Europea e Israel, llevaron a una rápida escalada del conflicto con Fatah.

En 2007, tras un breve pero sangriento conflicto armado, Hamas tomó el control exclusivo de la Franja de Gaza, mientras Fatah mantuvo el control de partes de Cisjordania. Esta ruptura consolidó una doble estructura de poder palestino, sin puentes de diálogo efectivos, y profundizó la fragmentación tanto territorial como institucional del proyecto nacional. Desde entonces, Gaza ha estado gobernada por Hamas, bajo un bloqueo militar, económico y diplomático por parte de Israel y Egipto, así como bajo sanciones de la propia ANP (Hilal, 2012).

En este nuevo escenario, Hamas ha debido afrontar simultáneamente los desafíos de la acción de gobierno y de la resistencia armada. La organización ha desarrollado ministerios, servicios civiles, fuerzas policiales y un sistema judicial propio, buscando dotarse de una infraestructura estatal bajo condiciones extremas. A pesar del bloqueo, ha logrado mantener cierto orden interno, aunque también ha incurrido en prácticas autoritarias, represión de la disidencia y restricciones a la prensa y las libertades individuales (Hanafi y Knudsen, 2010).

Hamas ha desarrollado capacidades militares significativas. La creación del brazo armado Brigadas Al-Qassam le ha permitido sostener enfrentamientos con Israel, incluyendo lanzamientos de misiles, incursiones y la construcción de una extensa red de túneles. Estas acciones, aunque desproporcionadamente respondidas por Israel, le permiten mantener su imagen de resistencia activa, en contraste con la pasividad de Fatah. La lógica seguida en esta estrategia no es la victoria militar convencional, sino la reafirmación de una narrativa de dignidad, desafío y soberanía (Álvarez-Ossorio, Hernández y Rodríguez, 2024).

La identidad promovida por Hamas tiene una dimensión religiosa, social y moral. Se presenta como una alternativa a la corrupción de la ANP, al laicismo de Fatah y a la indiferencia del mundo árabe. En este sentido, la ocupación israelí no es solo una realidad territorial, sino también una justificación de su legitimidad como actor político y espiritual. La autoridad que ejerce no solo se basa en la gestión ni en la fuerza, sino también en una visión ética del islam político, que promete justicia, redistribución y resistencia (Travin, 2006).

Sin embargo, la gestión de Gaza ha revelado también las contradicciones del modelo de Hamas. A pesar de su discurso ideológico, debe afrontar la administración cotidiana de un territorio empobrecido, con altas tasas de desempleo, colapso de los servicios básicos, y dependencia de la ayuda internacional. Las constantes ofensivas israelíes, como las de 2008, 2012, 2014, 2021 y 2023, han destruido infraestructuras clave y multiplicado las pérdidas humanas. La reconstrucción es lenta, y muchas veces mediada por intereses externos como los de Qatar o Egipto (Álvarez-Ossorio y Abu-Tarbush, 2024).

En términos regionales, Hamas ha tejido alianzas con actores como Irán, Hezbolá y Qatar, lo que le permite mantener una red de apoyo político y financiero. Esta inserción en el llamado eje de resistencia también ha generado tensiones internas, especialmente cuando se han visto obligados a posicionarse en conflictos como la guerra en Siria, donde su apoyo a la oposición los enfrentó con antiguos aliados (Guignar, 2024).

En definitiva, Hamas representa una visión alternativa de nación palestina, en la que el islamismo político, la resistencia armada y la justicia social se combinan en una potente narrativa frente al fracaso del proceso de Oslo y la institucionalización burocrática de Fatah. Sin embargo, también enfrenta límites estructurales y contradicciones internas que dificultan la articulación de un proyecto nacional inclusivo, democrático y viable.

Contexto regional, como otros condicionan la creación del estado palestino

La disputa interna entre Fatah y Hamas se inserta en un entramado regional e internacional complejo, donde varios actores con intereses contrapuestos condicionan las posibilidades de un Estado palestino viable y soberano. Estos actores no solo influyen a través de la diplomacia y la política exterior, sino también mediante apoyos económicos, militares y simbólicos que afectan la dinámica interna del nacionalismo palestino.

Israel: ocupación, control y expansión

Israel es el principal factor estructural que define el marco en el que se mueve el conflicto palestino. Su superioridad militar, política y económica le permite mantener un control efectivo sobre los territorios ocupados y determinar las condiciones para cualquier posible acuerdo. La política israelí ha estado marcada por la consolidación de la ocupación a través de la expansión constante de asentamientos, la construcción de un muro de separación y el control rígido de los movimientos de la población palestina, La construcción del muro de separación en Cisjordania, fue declarada ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004, junto con la continuidad de la política de asentamientos han fragmentado el territorio palestino, dificultando cualquier proyecto estatal viable (Portilla, 2007).

En Gaza, aunque Israel se retiró formalmente en 2005, mantiene un bloqueo terrestre, aéreo y marítimo estricto que asfixia al territorio y limita cualquier posibilidad de desarrollo autónomo. El bloqueo afecta todos los ámbitos: la movilidad de personas, la importación de materiales y la actividad económica, generando una crisis humanitaria persistente (Hanafi y Knudsen, 2010).

Esta política de ocupación, más allá de sus efectos directos sobre la población palestina, busca también capitalizar la división interna entre Hamas y Fatah. Israel se ha beneficiado de esta fragmentación para fortalecer su posición negociadora, debilitando a la Autoridad Nacional Palestina como interlocutor único y estigmatizando a Hamas como organización terrorista (Guignar, 2024).

Estados Unidos: aliado estratégico

La relación entre Estados Unidos e Israel no es fruto del azar ni exclusivamente del recuerdo del Holocausto. Aunque el apoyo inicial estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial se vio alimentado por una narrativa moral basada en la culpa y la necesidad de ofrecer seguridad al pueblo judío, esta visión fue pronto desplazada por una lógica estratégica, según la cual Israel emergía como un aliado útil en una región clave para los intereses energéticos y geopolíticos de Washington (Petras, 2006).

Desde su fundación, Israel fue respaldado por Estados Unidos, siendo este el primer país en reconocer su existencia en 1948. Sin embargo, el punto de inflexión llegó en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, cuando Israel demostró su poder militar y su capacidad para frenar la expansión de la influencia soviética en Oriente Medio. Desde entonces, se consolidó como punta de lanza del poder occidental frente a gobiernos árabes considerados hostiles o inestables (Inbar, 2008).

El respaldo a Israel no es únicamente político o militar. Se trata de una alianza ideológica y cultural, cimentada en valores percibidos como compartidos, como democracia, occidentalismo y lucha contra el extremismo. Esta afinidad ha permitido que Israel sea considerado un bastión de estabilidad regional, aunque esto implique ignorar o justificar la ocupación de territorios palestinos (Tal, 2022).

Un factor crítico en el sostenimiento de esta alianza ha sido el lobby pro-Israel en Estados Unidos, encabezado por grupos como AIPAC. Este lobby ha logrado moldear tanto la narrativa pública como las decisiones legislativas, asegurando que cualquier crítica al Estado israelí sea políticamente costosa. Su influencia se refleja incluso en la financiación política, se estima que hasta un 60% de la financiación del Partido Demócrata y un 35% del Republicano proviene de PACs pro-Israel (Petras, 2006).

Los intereses estadounidenses en la región, energía, seguridad, contención de actores como Irán o Rusia, hacen de Israel un aliado privilegiado. Washington se beneficia de su colaboración en inteligencia, tecnología militar y ciberseguridad, reforzando así su proyección de poder en Oriente Medio (Tal, 2022).

No obstante, la posición de EE. UU. como mediador en el conflicto palestino- israelí ha sido duramente cuestionada. Aunque se promueve la idea de una solución de dos Estados, en la práctica, Washington ha respaldado decisiones israelíes que obstaculizan esa posibilidad, desde el veto a resoluciones de la ONU hasta la permisividad con la expansión de asentamientos, la mediación estadounidense ha funcionado como una pantalla diplomática para legitimar el statu quo y desactivar la resistencia palestina (Petras, 2006).

En el ámbito militar, la cooperación es total. Entre 2016 y 2026, EE. UU. comprometió un paquete de ayuda de 38.000 millones de dólares en asistencia militar a Israel, permitiéndole mantener su superioridad tecnológica regional (Vericat, 2024).

Este respaldo se reafirmó tras el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, cuando la administración Biden respondió con firmeza, aprobó nuevos paquetes de ayuda, bloqueó iniciativas diplomáticas que pedían alto el fuego y posicionó fuerzas militares en el Mediterráneo oriental. A pesar de las críticas internacionales por la respuesta militar israelí en Gaza, EE. UU. mantuvo su respaldo amparado en la lógica de la defensa frente al terrorismo (Gilboa, 2023).

Sin embargo, la opinión pública estadounidense está cambiando. Entre los jóvenes, sectores progresistas y en espacios universitarios, ha crecido la crítica a las políticas israelíes y la simpatía hacia la causa palestina. Aunque este giro aún no se traduce en un cambio profundo de la política exterior, sí ha comenzado a impactar el discurso político en ciertos sectores legislativos (Tal, 2022).

En definitiva, la relación entre EE. UU. e Israel trasciende lo geopolítico. Es una alianza anclada en una cultura política compartida, reforzada por una estructura de poder que opera tanto desde el Congreso como desde los medios y la academia. Esta alianza ha sido uno de los principales obstáculos para la consolidación de un Estado palestino viable, al privilegiar la seguridad de Israel sobre los derechos del pueblo palestino (Petras, 2006).

Irán y su eje de resistencia

La relación entre Irán y Hamas, aunque sorprendente por las diferencias doctrinales entre el chiismo iraní y el islam suní del movimiento palestino, se ha consolidado como una alianza estratégica y simbólica. Su raíz se encuentra en la Revolución Islámica de 1979, que redefinió la política exterior iraní bajo una visión panislámica de apoyo a los oprimidos, especialmente contra el sionismo y el imperialismo (Schanzer, 2022).

La causa palestina encajó en este marco como emblema de resistencia, y Hamas se convirtió en un vehículo clave para proyectar la influencia regional iraní. A través del concepto de muqawama (resistencia islámica), Irán legitima su respaldo como deber moral y político, más allá de divisiones sectarias (Schanzer, 2022).

El apoyo iraní ha sido estratégico y diverso, asistencia financiera, armamento, tecnología para cohetes, y entrenamiento militar a través de la Fuerza Quds y Hezbolá (Karmon, 2009). Desde 2007, tras la toma de Gaza por Hamas, Teherán ha considerado el enclave como una plataforma geopolítica comparable a Líbano o Yemen en su posicionamiento contra Israel (Echeverría, 2020).

Aunque el conflicto sirio tensó la relación, al apoyar Hamas a la oposición sunita contra el régimen aliado de Bashar al-Assad, Irán nunca rompió completamente los lazos. Su visión estratégica del movimiento como pieza clave contra Israel prevaleció, y los vínculos se restablecieron con fuerza (Schanzer, 2022).

Para Irán, Hamas no es, por tanto, solo un aliado, sino un instrumento para influir en el equilibrio regional, debilitar a Israel y desestabilizar a los regímenes árabes cercanos a Occidente. Esta alianza, más geopolítica que ideológica, fortalece una red de actores alineados con la agenda iraní en la región (Echeverría, 2020).

Por ello, el vínculo entre Irán y Hamas se basa en una narrativa compartida de resistencia, pero responde a intereses estratégicos comunes, contrarrestar al eje EE.?UU.–Israel, ampliar la influencia iraní en el mundo islámico y consolidar una red regional de poder. A través de esta cooperación, Gaza se convierte menos en un proyecto de nación que en un frente activo de confrontación regional sostenido por la economía de la resistencia.

Otros actores regionales: normalización y aislamiento

En los últimos años, la política de normalización de relaciones con Israel por parte de países como Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos ha transformado el panorama regional. Los llamados Acuerdos de Abraham, impulsados por Estados Unidos, han quebrado el consenso árabe que condicionaba el reconocimiento de Israel a la creación de un Estado palestino independiente.

Esta dinámica ha debilitado el respaldo político tradicional a la causa palestina y ha provocado sentimientos de aislamiento en el liderazgo y la población palestina, que perciben que su causa ha perdido prioridad en la agenda regional (Guignar, 2024).

Paralelamente, países como Qatar mantienen una posición ambivalente, financiando proyectos de reconstrucción en Gaza y facilitando diálogos de tregua, aunque sin comprometerse de manera definitiva con una solución política al conflicto.

Conclusiones

El camino hacia la construcción de un Estado palestino ha sido largo, tortuoso y, hasta ahora, inconcluso. A pesar de que este ha sido un objetivo compartido por generaciones, múltiples obstáculos han frenado su materialización. La ocupación israelí sigue siendo el principal factor estructural que impide el desarrollo de una soberanía palestina plena. El control territorial, militar y económico sobre Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza ha generado una situación de hecho que algunos definen como un apartheid funcional, un sistema donde los derechos del pueblo palestino son sistemáticamente restringidos.

Pero no todo se explica desde el exterior. La división interna entre Fatah y Hamás ha sido, y sigue siendo, un freno determinante. Lo que podría parecer una disputa política más, es en realidad una fractura identitaria profunda. Fatah representa un nacionalismo laico e institucionalizado que apostó por la vía diplomática tras los Acuerdos de Oslo. Hamás, en cambio, defiende un islamismo político centrado en la resistencia y con una base popular consolidada, sobre todo en Gaza. Dos relatos, dos estrategias, dos legitimidades que no han sabido o no han querido, converger.

Esta dualidad no ha generado una competencia democrática sana, sino una división institucional arraigada. Hoy, Palestina carece de un liderazgo único, de una estrategia compartida y de una voz unificada en el escenario internacional. Esta fragmentación no solo debilita la causa palestina, sino que ofrece a Israel y a sus aliados una coartada perfecta para bloquear cualquier avance significativo.

En paralelo, el escenario internacional se ha tornado menos favorable. Estados Unidos mantiene su apoyo incondicional a Israel; muchos países árabes han normalizado relaciones con Tel Aviv, dejando de lado la cuestión palestina, e incluso los países que apoyan, como Irán o Qatar, responden más a intereses estratégicos propios que a una defensa efectiva de la soberanía palestina.

Frente a este panorama político y geopolítico, la identidad palestina también sufre. Aunque se mantiene viva a través de la cultura, la memoria y la vida cotidiana, esa identidad se ve atravesada por la realidad de la división: entre Gaza y Cisjordania, entre el exilio y el territorio ocupado, entre lo secular y lo religioso, entre la diplomacia y la resistencia. La unidad simbólica que una vez proyectó la lucha palestina hoy está fragmentada, desdibujada por décadas de ocupación y desencuentros internos.

Sin una reconciliación real entre Fatah y Hamás, que no solo reparta poder, sino que construya un horizonte común, el futuro de Palestina seguirá atrapado entre la ocupación externa y la parálisis interna. Y no bastará con unir estructuras políticas, será necesario también renovar los liderazgos, abrirse a nuevas generaciones, y repensar críticamente el pasado reciente para evitar repetir sus errores.

En definitiva, el futuro de Palestina no dependerá únicamente de su capacidad de resistir, sino también de su capacidad de imaginar un proyecto nacional plural, inclusivo y libre. Un proyecto que supere división actual y devuelva al pueblo palestino la posibilidad de construir, colectivamente, su propio destino.

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