
22 sept 2026
CEHISMI. Las líneas del frente. La escritura de los soldados en la Edad Moderna
Beatriz Alonso Acero. CEHISMI (CESEDEN)
Martínez, Miguel: Las líneas del frente. La escritura de los soldados en la Edad Moderna, (Madrid: Akal, 2024), 329 pp. ISBN: 978-84-460-5555-6.
La cada vez más nutrida línea historiográfica en torno a la historia cultural de la guerra durante la Edad Moderna se congratula de la traducción al castellano de esta obra de Miguel Martínez, publicada originalmente en inglés en 2016 con el título Frontlines. Soldiers’ Writing in the Early Hispanic World. Una traducción que posibilita al gran público su acercamiento a un ensayo que propone nada menos que una relectura sistemática del papel del soldado en la conformación de la cultura renacentista.
Miguel Martínez, doctor en Estudios Hispánicos por la City University of New York y profesor de Literatura española en la Universidad de Chicago, especialista en la escritura bélica de la España moderna, y autor reciente de Comuneros. El rayo y la semilla, 1520-1521 (Gijón: Hoja de lata, 2021), se propone, como indica en su Prólogo, estudiar las prácticas literarias de los soldados rasos, para quienes, contra toda expectativa, la lectura y la escritura eran tan comunes como la instrucción militar o los atrasos en los pagos de sus salarios. Mediante una escritura, como él denomina, “bizarra”, en el sentido de llamativa y amenazante, y “amotinada”, por el antagonismo social que muchas veces esconde, los soldados del Imperio y de la Monarquía llegaron a conformar una identidad social a través de la producción de un discurso especializado en la actividad guerrera a la que se dedicaban, hasta el punto de que, sin tener en cuenta las prácticas literarias de la soldadesca, sería imposible entender la creatividad cultural del Siglo de Oro. Con un amplio manejo de un extenso corpus de fuentes impresas, a las que se añade un notable acopio de fuentes documentales procedentes del Archivo General de Simancas, Archivo General de Indias, Biblioteca Nacional de España, Real Academia de la Historia y John Carter Brown Library, entre otras instituciones, Martínez consigue alumbrar un libro de magnífica factura, que combina una redacción ágil y fluida con un lenguaje en ocasiones virtuosamente literario, dando vida en sus páginas a un conjunto de escritores soldados cuyos textos, muchos de ellos desconocidos hasta el momento, rescata y analiza con detalle para solaz de los interesados en la vertiente cultural de la historia militar moderna.
Como recoge en su Introducción, el libro parte del concepto de que los soldados rasos de la Monarquía, dejando a un lado a los oficiales y algunos casos ya bien conocidos de soldados escritores —Garcilaso de la Vega, Migel de Cervantes, Calderón de la Barca…—, participaron en la producción, distribución y consumo de obras sobre temática militar, algo que hasta ahora apenas había sido tenido en cuenta. Son soldados curiosos, inclinados a las letras, que aspiran a convertirse en autores, detectándose en sus escritos todo tipo de actitudes hacia la guerra, desde el apoyo entusiasta hasta la oposición frontal. Sus textos son tan relevantes y significativos de la realidad militar de la época que llegan a conformar una auténtica “república soldadesca de las letras”, en la que la tienda de campaña compartida se articula como improvisada academia literaria, favorecida por el transporte de libros en los convoyes del ejército a lo largo y ancho de todas las posesiones del imperio. Para explicar y razonar esta idea, Martínez maneja dos líneas argumentales: la primera, más general, expone cómo los soldados rasos de los ejércitos españoles jugaron un papel sustancial en la formación de la cultura literaria del Renacimiento; la segunda, más concreta, establece que estas prácticas literarias de la soldadesca posibilitaron su cuestionamiento de las nociones en las que habían sido previamente adiestrados respecto a conceptos como la lógica social de la guerra, la ética de la violencia o la legitimidad del expansionismo imperial.
Ambas líneas serán desarrolladas de forma simétrica en los cinco capítulos principales en los que se estructura el libro, abarcando todo el espacio dominado por la Monarquía, desde Italia a la América hispana, desde Flandes a las costas de Berbería, de acuerdo con un flexible orden geográfico y cronológico. En el primer capítulo, un bien documentado estudio teórico de carácter globalizador traza un detallado análisis del mundo social y cultural de estos soldados escritores, demostrando con algunas pruebas —si bien escasas, como reconoce el autor—, que las tasas de alfabetización eran notablemente elevadas entre los soldados, teniendo en cuenta que eran hombres, categoría social determinante en esta época para el acceso a la cultura, y que buena parte de ellos procedía de entornos urbanos, con una mayor difusión cultural que en áreas rurales, sobre todo en un momento en el que se extiende el uso de la imprenta. Para aquellos que se enrolaban en el ejército sin saber leer ni escribir, los años de milicia favorecerían su consecución de estas aptitudes, de modo que estos soldados entran de lleno en los circuitos de producción, circulación y recepción global de los textos castrenses.
Los tres siguientes capítulos hacen viajar al lector por los espacios italiano, mediterráneo y americano, en una aventura que alumbra autorías soldadescas y desempolva sorprendentes textos, muchos de los cuales dormían el sueño del olvido en diferentes archivos y bibliotecas hasta el “descubrimiento” de Martínez. Los poemas españoles escritos en octava real durante las guerras de Italia de la segunda década del siglo XVI, lo que el autor denomina “las épicas de la pólvora”, se estudian en el segundo capítulo, como poesía de la nueva guerra que conforma un género propio de la clase soldadesca definido por su oposición a la tradición textual de la narrativa poética caballeresca previa. Los conflictos mediterráneos entre la Monarquía hispánica y el Imperio otomano, con especial atención al norte de África, ocupan el tercer capítulo, en el que se analizan los “versos amotinados” de Baltasar del Hierro en su Destruycion de África, relato de la presencia española en Mahdía o ciudad de África entre 1550 y 1554, localizado entre los fondos de la Real Academia de la Historia, y el Libro de cassos impensados, escrito en Constantinopla por Alonso de Salamanca, soldado español cautivado en la toma de La Goleta por los turcos en 1574. Ambos textos plasman el orgullo con el que sirven estos militares destinados a una frontera tan peligrosa como permeable, donde la supervivencia es un día a día que favorece actitudes de camaradería y compañerismo frente al fracaso general de la empresa norteafricana, mostrando la enorme distancia existente entre el discurso épico soldadesco extraído de la práctica castrense y los teóricos proyectos imperiales proyectados para las tierras de Berbería. Es el mismo tono que se advierte en los escritos generados en la América hispana, objeto del cuarto capítulo, que, aunque centrado en La Araucana de Alonso de Ercilla, no deja de lado otros textos soldadescos producidos durante las guerras de conquista en forma de poemas, tratados o crónicas, que demostraron, como en el Mediterráneo, el abismo entre la proyección teórica y la realidad en campaña de los soldados del imperio.
Finalmente, el quinto capítulo aborda la experiencia de los soldados, en su mayoría licenciados, mutilados o desertores, que dejan de serlo y han de reinsertarse en la sociedad civil, vuelta siempre compleja y difícil, casi siempre al cabo de largos años de servicio. Para los más veteranos, caso de García de Paredes o Alonso de Contreras, cuyas obras analiza con detalle, tomar la pluma para contar sus experiencias fue, además de una estrategia de supervivencia, una forma de construir una memoria viva de sus hazañas y de su resistencia a las más adversas condiciones, mostrando tanto el orgullo de su servicio como cuestionando abiertamente las líneas políticas y militares establecidas por el gobierno de la Monarquía, donde tan difusa era la separación entre violencia legítima e ilegítima. Es en este sentido en el que Martínez había empuñado al comienzo de su obra el concepto de “lógica icariana de la escritura soldadesca” (p. 23), pues, como Ícaro, los soldados también desobedecen, llegando a instigar motines contra capitanes generales y gobernadores, por lo que, en consecuencia, su escritura es también, en ocasiones, rebelde.
Su libro, ineluctable tanto para especialistas como para seguidores de la historia cultural de la guerra de la Edad Moderna, con la inclusión de un valioso aparato crítico y de una decena de ilustraciones que nos permiten visualizar las portadas y algunas páginas interiores de los escritos analizados, concluye con un Epílogo en el que reivindica la necesidad de seguir rebuscando las voces de los soldados rasos por ser atalaya privilegiada para entender la naturaleza, medios y consecuencias de la guerra y para detectar el impacto de los cambios en las tácticas y técnicas castrenses, como es el caso de la plasmación en muchos de estos escritos de las huellas de la revolución militar. Una idea que une a la necesidad de romper con la imagen historiográficamente armoniosa de la convivencia entre la espada y la pluma en el Siglo de Oro español, es decir, entre el imperio, sus soldados y la literatura militar, puesto que las historias que nos legaron en no pocas ocasiones se posicionaron contra el poder establecido, criticando a sus oficiales tanto como a los políticos imperiales, además de exponer con acritud los límites de la promoción social mediante el oficio de soldado.
Beatriz Alonso Acero
CEHISMI
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Las líneas del frente. La escritura de los soldados en la Edad Moderna (0,08 MB)
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