CEHISMI. Felipe II y el Sacro Imperio: La transición de la «política del Norte», 1559-1570

Portada

26 feb 2026

CEHISMI. Felipe II y el Sacro Imperio: La transición de la «política del Norte», 1559-1570

Juan Ignacio Molina Capilla. Coronel, Ejército de Tierra, Artillería. Secretario general de la CEHISMI

Villanueva, Javier H., Felipe II y el Sacro Imperio: La transición de la «política del Norte», 1559-1570. (Madrid, Ed. Dykinson S.L, 2025); 524pp; ISBN: 979- 13-7006-542-3

El autor, historiador de la Universidad Nacional de Salta (Argentina) y doctor en Historia por la Universidad de los Andes (Chile), tiene su principal línea de investigación académica en el ámbito político-diplomático de la Monarquía de España de Felipe II. Obtuvo con este trabajo el premio 2025 del Comité Español de Ciencias Históricas.

El libro pone el foco en la dirección y gestión de la política y diplomacia de Felipe II ante al Sacro Imperio en el periodo de 1559-1570. Desde el punto de vista de la Historia Militar, la obra es especialmente interesante al mostrar una visión detallada del entramado político y diplomático que va a coincidir con el comienzo de las guerras de Flandes, o de los Ochenta Años. Se presenta a Felipe II como príncipe imperial, duque de Borgoña y Milán, eludiendo deliberadamente otro título, como el de rey de la Monarquía de España, para evitar proyectar una imagen del monarca como un príncipe extranjero ante sus pares imperiales y vasallos, ajeno o desatendiendo los principales sucesos que confluyen el centro y norte de Europa en la segunda mitad del siglo XVI.

Considera el autor que, en ese periodo de 1559-1570, la política diplomática del duque de Borgoña experimentó una doble transición. Por un lado, la consolidación de la sucesión imperial en la rama familiar colateral, tras la elección de su primo-cuñado Maximiliano como rey de romanos en 1562, le obligó a establecer un subsistema político-diplomático multilateral, jerarquizado y coherente, denominado «política del Norte», diferente al de su padre el emperador Carlos V, por la naturaleza de las diferentes relaciones jurisdiccionales con los otros Estados y feudos imperiales y por las preeminencias ante otros reyes europeos y príncipes imperiales. Por otro lado, aunque este subsistema diplomático hundía sus raíces en las tradicionales relaciones exteriores de Borgoña, Felipe II gradualmente irá sustituyendo, por diversas razones, a gobernadores y altos cargos de ascendencia borgoñona por personas procedentes de la península ibérica, «castellanizando» así su política y condicionando esa política del Norte al ocasionar con estos cambios rechazos y recelos en sus pares imperiales.

La investigación se compone de nueve capítulos distribuidos en cuatro partes. En la primera, titulada «Felipe II y el mundo borgoñón», el autor tiene por propósito analizar las diferentes vinculaciones políticas y lazos culturales de Felipe II con el Círculo de Borgoña al inicio de su reinado, en especial, teniendo en cuenta la dinámica inducida por la fallida sucesión al título imperial. El regreso a la península ibérica para centrarse en el escenario Mediterráneo tras la firma del Tratado de Cateau-Cambrésis en 1559 y la posterior sucesión de Maximiliano al Sacro Imperio obligaron al duque de Borgoña a una redefinición de los ejes del subsistema diplomático multilateral, denominado por el autor «política del Norte», desde Bruselas hacia Inglaterra, Francia y al Sacro Imperio. Para suplir la ausencia física en Flandes, Felipe II colocó en calidad de gobernador general en Bruselas a un miembro de la Casa de Austria: su medio hermana Margarita de Parma. Así, las relaciones con Inglaterra, Francia y el Sacro Imperio contaron, entre 1559-1567, con el prestigio de un pariente del mismísimo duque de Borgoña. Tras el estallido de las revueltas en Flandes, el duque de Alba sustituyó a Margarita de Parma en 1567, manteniéndose la estructura del subsistema diplomático aunque los objetivos y prioridades de la política así como las estrategias darían un giro sustancial para sofocar los desórdenes anticatólicos.

La segunda parte, «Los modelos de los embajadores en la corte imperial», tiene como referencia el modelo borgoñón de la red diplomática del cardenal Granvelle y, en concreto, al embajador Thomas Perrenot de Chantonnay, centrándose principalmente en los servicios prestados al duque de Borgoña en la corte de Viena. Por diferentes motivos, terminaría cargando con la responsabilidad de los fracasos cosechados en aquella corte dejando paso a otros personajes, procedentes de Castilla, que gozaban de mayor confianza de Felipe II.

La tercera sección, titulada «Los asuntos jurisdiccionales y confesionales», es la más importante para comprender, desde la perspectiva borgoñona, la geopolítica centroeuropea en ese periodo y los acontecimientos que tendrían una extraordinaria y duradera trascendencia histórica posterior. Trata del funcionamiento del subsistema político-diplomático de Felipe II en tres instancias imperiales: las dietas, las negociaciones para ingresar en la liga de Landsberg, y la defensa del catolicismo. Desgrana con acierto la mayoría de negociaciones y tratos articulados principalmente en el triángulo Madrid, Bruselas, Viena — al que se le añadiría un cuarto vértice, Roma, para asuntos confesionales —, y cómo los citados gobernadores generales en Bruselas tuvieron un significativo grado de autonomía respecto a Madrid si bien la decisión final en asuntos críticos salía de la cabeza del duque de Borgoña.

Por su importancia, el autor presta especial atención al talón de Aquiles de Felipe II, heredado de su padre Carlos V, las profundas desavenencias entre las dos ramas de la dinastía Habsburgo. Las discrepancias entre Carlos V y su hermano Fernando I en la década de 1550 tuvieron su réplica en la siguiente generación, entre Felipe II y su primo-cuñado Maximiliano II. El duque de Borgoña, a pesar de ser la cabeza de la rama primogénita de la familia, no tuvo en el Sacro Imperio la condición que había tenido su padre y, por ello, estaba sujeto a la autoridad del emperador, su tío Fernando primero, y su primo-cuñado después.

En el marco del conflicto político-religioso flamenco, Felipe argumentó que la rebelión en los Países Bajos respondía principalmente a una cuestión de deslealtades y desobediencia de unos vasallos ante su señor, horadando un pilar clave del Estado, el catolicismo, lamentándose de la excesiva condescendencia que el emperador se permitía con los protestantes así como la pusilanimidad en contener los apoyos que algunos príncipes imperiales — como el elector Palatino — prestaban a los rebeldes flamencos. Enfrente, el emperador Maximiliano, tan proclive a la componenda con los protestantes que llegó a generar incluso en su propio padre temores por su carácter de «católico poco ortodoxo», reprobó la intransigencia y dureza de la represión del duque de Alba en los Países Bajos, preocupado por el contagio que la rebeldía flamenca podría ocasionar en la paz, sosiego e, incluso, fragmentación del Sacro Imperio.

Con esta enrevesada trama de fondo y aun contando con apoyos tan significativos como los de la Casa Wittelsbach de Baviera y otros príncipes y electores católicos afines, todos los negocios que desde Bruselas se acometieron para incorporarse a liga de Landsberg fracasaron. Ni siquiera la política matrimonial — Felipe II se casó en 1570 con la hija primogénita del emperador y de su hermana María, — sirvió para acercar posturas entre ellos.

Maximiliano, instigado por príncipes y consejeros protestantes, sospechaba de una alianza defensiva que, con una primacía católica tan relevante como la que representaba Felipe II, desbaratara el frágil equilibrio confesional alcanzado entre protestantes y católicos en Augsburgo en 1555. Mediante el empleo de tácticas dilatorias, Maximiliano impidió el acceso del duque de Borgoña a la liga de Landsberg.

En la cuarta y última parte, titulada «Entre el Círculo Borgoñón y la Italia imperial», describe en un solo capítulo cómo los intereses de Felipe II, en calidad de duque de Milán, fueron defendidos por sus embajadores permanentes en Viena, encontrándose nuevamente, aunque en menor intensidad, frente a las divergencias internas de los Habsburgo. Si bien el gobernador general de Milán fue menos autónomo que el de Bruselas, a menudo, los logros de Felipe II fueron mayores, sobre todo en los momentos en los que era perentorio obtener y conceder patentes para el reclutamiento de tropas imperiales con el fin de atender las necesidades militares de la defensa en el Mediterráneo ante la amenaza común otomana.

El libro, desde la perspectiva de la Historia Militar, aporta una atrayente visión político-diplomática de la tupida red de relaciones e intereses cruzados que hubo en las distintas cortes europeas en la crítica década en la que dio comienzo la guerra de Flandes así como los esfuerzos realizados desde Bruselas-Madrid para encontrar una vía complementaria a la emprendida por el duque de Alba al castigar la revuelta iconoclasta. El resultado final es sobresaliente, muy bien documentado, con gran número de citas, fuentes y bibliografía. Culmina el autor cada capítulo con un apartado de conclusiones y la obra con unas conclusiones finales muy acertadas que ilustran la exposición previa. Como anexos, cuenta con siete mapas y cinco ilustraciones, echándose en falta alguna ilustración más para mostrar la pléyade de actores políticos y diplomáticos relevantes en el devenir posterior de los acontecimientos: príncipes imperiales, electores imperiales, la Santa Sede, personalidades de la Casa Wittelsbach, etc. Asimismo, hubiera sido deseable un índice analítico aunque esta carencia queda mitigada en la versión electrónica (Pdf) descargable en el link: Felipe II y el Sacro  Imperio: la transición de la "política del Norte", 1559-1570

Coronel, Ejército de Tierra, Artillería, Juan Ignacio Molina Capilla
Secretario general de la CEHISMI

    • Felipe II y el Sacro Imperio: La transición de la «política del Norte», 1559-1570