Los «apagafuegos» del aire

15/09/2020 Twitter Artículo de la Revista Española de Defensa número 375

Tanto si vuelan como si ocupan un puesto en tierra, los casi 150 hombres y mujeres del 43 Grupo de Fuerzas Aéreas saben que cuando la mayoría se va de vacaciones a ellos les llegan los días más duros del año. Es cuando se produce el mayor número de incendios forestales, en cuya extinción colaboran con once aviones Canadair CL-215T y Bombardier CL-415, capaces de dejar caer sobre las llamas hasta 6.000 litros de agua en una sola pasada.

Desde el 1 de junio y hasta el 31 de octubre están desplegados en Pollensa (Baleares), Zaragoza, Málaga, Badajoz, Salamanca, Santiago de Compostela y Madrid. «Pero tardamos menos de una hora en llegar a cualquier punto de la península», señala el jefe del 431 Escuadrón, teniente coronel Carlos Javier Martín Traverso. El Ejército del Aire es el encargado de mantener y operar estas aeronaves pero la decisión de cuándo y dónde participan es del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Este año la campaña está condicionada por el COVID-19. A todos les exige un esfuerzo adicional. Y es que las medidas de distancia establecidas por la pandemia son difíciles de mantener en la cabina de los apagafuegos. «Estamos hombro con hombro y, aunque tomamos la determinación de volar con mascarilla, no es fácil. Estos aviones cogen mucho calor cuando están parados en las pistas y, durante el arranque, no hay aire acondicionado. La mascarilla es un estresor más, produce cansancio y merma las capacidades», asegura el teniente coronel Traverso.

Las largas jornadas de trabajo y los constantes desplazamientos a los destacamentos dispersos por todo el territorio condicionan la vida familiar de estos bomberos del aire. «Lo normal es permanecer una o dos quincenas seguidas en una base y hacer servicios de 24 horas», añade. En ese tiempo compaginan su tarea principal, apagar incendios, con su rol secundario: apoyar en misiones de búsqueda y rescate.

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