IEEE. El reinicio de la historia. Vuelve el primer hombre. La era de la deconstrucción y de las trampas

28 may 2025
IEEE. El reinicio de la historia. Vuelve el primer hombre. La era de la deconstrucción y de las trampas
General de Brigada Victor Mario Bados Nieto. Director del IEEE (CESEDEN)
Introducción
Tras la borrachera liberal fruto de la unipolaridad estadounidense bajo la llamada “pax americana”, el panorama geopolítico mundial ha entrado en una fase de profundas transformaciones que anuncian el fin del orden internacional liderado por Occidente. El optimismo desmedido que siguió al colapso de la Unión Soviética —encarnado en la célebre tesis del “fin de la historia” de Francis Fukuyama1— ha dado paso a una realidad caracterizada por la competencia estratégica entre Estados Unidos, China y otras potencias revisionistas como Rusia, que desafían el orden internacional. Un sistema internacional, que durante décadas ofrecía una cierta previsibilidad basada en equilibrios de poder, normas compartidas y principios liberales, y que está siendo deconstruido ante nuestros ojos2.
La disruptiva llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense en su regreso en 2025, ha acelerado esta transición, cuestionando los compromisos tradicionales con la OTAN y abriendo una fase de viraje estratégico norteamericano que apunta decididamente hacia el Indo-Pacífico3. Este giro que tampoco es nuevo, pues ya fue anunciado en la administración Obama en 2011, está debilitando el vínculo transatlántico y sacudiendo los cimientos de una arquitectura de seguridad europea que parecía inmutable. Una estructura que servía a los propósitos perseguidos, en un escenario cuya conflictividad más localizada y menos virulenta la soportaban los pilares del edificio de seguridad europeo junto con el paraguas norteamericano y los equilibrios de poder regionales. Frente a este nuevo contexto, marcado por la volatilidad, la ambigüedad y la fragmentación —la “modernidad líquida” que preconizaba Bauman4—, Europa en general y España en particular, se enfrentan al reto inaplazable de construir una cierta autonomía estratégica que les permita afrontar con garantías los desafíos crecientes de un nuevo entorno internacional5.
Nos adentramos, así, en un escenario global donde resurgen los elementos hobbesianos del estado de naturaleza: la anarquía internacional, la primacía de los intereses nacionales, la fuerza como argumento y los realineamientos imprevisibles. Como advertía Yuval Noah Harari, “la historia no es una cadena de eventos inevitables, sino un conjunto de posibilidades que dependen de las decisiones que tomamos en el presente”6, y es precisamente desde esa perspectiva que este artículo se propone analizar las principales tendencias geopolíticas emergentes.
La competencia por la hegemonía entre EE.UU. y China, el acercamiento estratégico de Washington a Moscú para acelerar una paz en Ucrania, la entrada con fuerza en el tablero geopolítico de actores que se suman al desafío del orden existente como Irán o Corea del Norte, y el creciente protagonismo y asertividad de potencias no occidentales como India o Turquía, apuntan a un orden internacional no ya bipolar, sino potencialmente tripolar o incluso policéntrico. El acercamiento de Trump a Putin, escenificado en la reciente votación junto con Rusia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en la que se negó a condenar la guerra de Ucrania, representa una ruptura simbólica con el viejo orden liberal nacido en Bretton Woods y una quiebra del acomodo político escenificado en Yalta, y que pone de manifiesto una orfandad europea cada vez más evidente7.
Esta situación plantea interrogantes existenciales para las democracias liberales. La redefinición de la seguridad y la defensa europea, la necesidad de reforzar las capacidades militares nacionales —incluida España—, y la incertidumbre sobre el futuro de la OTAN, nos sitúan ante una década clave. Como recordaba Josep Borrell, “Europa debe desarrollar los medios para actuar por su cuenta cuando sea necesario”8, y España, como potencia media y miembro tanto de la UE como de la Alianza Atlántica, tendrá que equilibrar su vocación atlántica con una mayor implicación en la defensa europea.
En este clima de transformación e imprevisibilidad, los llamados cisnes negros —eventos disruptivos e inesperados— son cada vez más frecuentes y ponen a prueba la resiliencia de los sistemas democráticos. Aunque, como ironizaba Eduardo Mendoza, se rinde difícil hacer predicciones, sobre todo si son sobre el futuro9. Ajora bien, lo que sí es el factible es el identificar tendencias, y en este sentido se puede asegurar que lo que se vienen observando los últimos años es que se está de-construyendo el sistema internacional. Un orden global que, con sus imperfecciones, había funcionado en evitar grandes enfrentamientos inter-estatales10 y conseguido un basamento de principios en una suerte de elementos orden, control, equilibrios y cierta predictibilidad. Es por ello que podríamos llamar a esta época la era de la deconstrucción o de los des-, y también la de las trampas. Veamos el por qué.
De-construyendo lo construido: Época des-
La des-globalización. Menos interdependencia, más autosuficiencia
El primero de los fenómenos que se advierte con una aceleración máxima desde la llegada al poder de Trump en enero 2025, es la reversión de la globalización, que al inicio del siglo se presentaba como la gran panacea universal. Esa “aldea global” que, al eliminar fronteras, acortar y encoger los parámetros de espacio tiempo nos permitía eliminar barreras incentivando una mayor multilateralidad, está desapareciendo.
Desde finales del siglo XX, la globalización fue considerada un proceso irreversible, caracterizado por la intensificación de los flujos de bienes, capitales, personas e ideas a escala planetaria. Sin embargo, en las dos últimas décadas, distintos acontecimientos han socavado los fundamentos de este modelo. La crisis financiera de 2008, el ascenso del nacionalismo económico, la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania han dado lugar a lo que numerosos autores denominan “desglobalización”. Este término no se refiere simplemente a una pausa coyuntural del proceso globalizador, sino a una transformación estructural que redefine la organización del sistema internacional. Como señala Walden Bello, la desglobalización no implica aislamiento, sino una reorientación deliberada hacia economías más resilientes, autónomas y equitativas11.
Uno de los indicios más evidentes de este fenómeno es la ralentización del comercio internacional en proporción al PIB global desde 2008. La tendencia al reshoring, friendshoring y nearshoring —el retorno o acercamiento de cadenas productivas a los países de origen, naciones amigas o a zonas geográficas cercanas— se ha intensificado en los últimos años, impulsada por disrupciones logísticas, tensiones geopolíticas y consideraciones de interés estratégico. El McKinsey Global Institute ha documentado cómo muchas empresas multinacionales están redibujando sus mapas de producción, para reducir su dependencia de ciertos mercados, en particular de China12.
La pandemia de COVID-19 y la crisis climática han reforzado esta tendencia al resguardo nacional. Durante los primeros meses de la pandemia, las restricciones a la exportación de insumos médicos y vacunas evidenciaron los límites de la solidaridad internacional. Joseph Stiglitz subraya que las cadenas de suministro altamente interdependientes resultaron ser extremadamente vulnerables, lo que llevó a una revalorización de la producción local y los circuitos económicos internos13. En paralelo, la creciente urgencia de una transición ecológica ha favorecido modelos de desarrollo que priorizan la sostenibilidad y el abastecimiento cercano, frente al modelo extractivo y deslocalizado que dominó durante la era neoliberal.
Estas tendencias se han intensificado desde la llegada de Donald Trump a su segunda presidencia en enero de 2025. Su renovada agenda “America First” y Make America Great Again (MAGA), ha reactivado un ciclo proteccionista con la imposición de aranceles generalizados del 10% a todas las importaciones, y aumentos específicos a productos provenientes de China (54%), la Unión Europea (25%)14 y Japón (24%)15. Esta ofensiva comercial ha desencadenado represalias arancelarias y profundizado la fragmentación de los mercados globales. Este nuevo ciclo de confrontación económica con China incluye no solo medidas tarifarias, sino también restricciones tecnológicas, controles de inversiones y sanciones a empresas consideradas “no fiables”. Estas acciones han reavivado el debate sobre una posible guerra comercial prolongada y la configuración de esferas económicas rivales, lo que impulsa aún más la lógica de desacoplamiento. En paralelo, la influencia de China en América Latina ha sido contrarrestada por Washington con intervenciones estratégicas, como la adquisición por parte de Blackrock16—bajo presión estadounidense— de los puertos panameños de Balboa y Cristóbal, en manos de empresas de Hong Kong o el apoyo al puerto de San Antonio en Chile para contrarrestar el peruano de Chancay financiado por China17.
Las causas de este repliegue no se limitan a los liderazgos políticos, sino que es producto de una tendencia enmarcada en el ascenso del nacionalismo económico que ha redefinido las prioridades de numerosos gobiernos. Algunos autores se muestran cautos a la hora de hablar de una verdadera desglobalización. Así, Richard Haass prefiere el concepto de “globalización fragmentada”, donde persisten fuertes interdependencias en sectores como la tecnología, el cambio climático o la salud, pese al resurgimiento de barreras comerciales y estratégicas. En esta línea, Rodrik afirma que el verdadero reto no es elegir entre globalización o desglobalización, sino diseñar un nuevo orden global pluralista, capaz de respetar las diferencias nacionales y, al mismo tiempo, fomentar una cooperación internacional no jerárquica.
Las consecuencias geopolíticas de este giro son profundas. La desglobalización redistribuye poder hacia aquellos países con mercados internos amplios, capacidades tecnológicas avanzadas o recursos críticos. Estados Unidos, China, India y la Unión Europea apuestan cada vez más por modelos de autonomía estratégica, lo que modifica sus relaciones con actores periféricos. En este contexto, el Alto Representante Josep Borrell propuso el concepto de “autonomía estratégica abierta” para la UE, una fórmula que busca compatibilizar la resiliencia con la interdependencia, aunque no sin contradicciones. La noción de seguridad económica comienza a desplazar a la eficiencia como principio rector de las políticas internacionales, una transformación que podría consolidar un orden mundial multipolar, menos integrado, pero más cauteloso frente a los riesgos sistémicos.
En definitiva, la desglobalización no debe interpretarse como un retorno nostálgico al proteccionismo o al aislamiento, sino como la expresión de un mundo en reconfiguración. Las dinámicas globales no desaparecen, pero se repliegan, se regionalizan o se canalizan de manera selectiva.
La desavenencia y la des-pacificación. Aumenta la conflictividad
Podemos señalar que el año 2024 ostenta el triste record de haber sido el año con el mayor número y aumento de conflictos desde la finalización de la II Guerra Mundial, es decir desde 194518. Según el PRIO (Peace Research Institute of Oslo) el año pasado los conflictos armados subieron a 59 en el mundo, arrojando un balance de 223.000 muertos, un 37% más que el año anterior19. Se calcula que hay más de 50 países con conflictos activos, es decir, una de cada 8 personas en el mundo está expuesta a un conflicto, figurando Oriente Medio como la Región más conflictiva, si bien no la que más víctimas ha provocado, al haber sido el Conflicto de Ucrania el más sangriento20.
También ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados, como resultado de estos enfrentamientos armados, arroja la cifra de 123 millones las personas forzadas a huir de sus hogares a causa del conflicto o la persecución, alcanzando los 305 millones los seres humanos que necesitaran este año ayuda humanitaria para poder sobrevivir21. Son desde luego números estremecedores.
Si miramos al número de misiones de mantenimiento de la Paz, la tendencia es justo la contraria. De los casi 100000 cascos azules o tropas en misiones de paz de 2016, hemos pasado a 69000 en 2024, como consecuencia del aumento de los conflictos inter-estatales a diferencia de los intra-estatales, que eran los más habituales durante los años 90, consecuencia de la caída de la Unión Soviética y la eclosión de las misiones de paz al estar desbloqueado el CSPNU22.
Llegados a este punto, habría que preguntarse por la razón del aumento de los conflictos en el mundo. Si bien no es el objeto de este artículo el teorizar sobre las razones de la existencia de guerras, una constante en la humanidad, se podría contestar con una reflexión de Freud quién sustanció el porqué de las guerras en lo que denominó la “Pulsión de Muerte”, que es consustancial a la naturaleza humana y responde al impulso humano, tanto de amor como de destrucción. Si nos atenemos a razones más geopolíticas, según el PRIO esa tendencia al alza en la conflictividad responde a una combinación de elementos que pasan por el final de la lógica de bloques de la Guerra Fría, los malos tiempos que vive la democracia en muchas partes del mundo, y las limitaciones de las estructuras creadas a partir de la Segunda Guerra Mundial para velar por la paz23. Y es aquí donde una teoría académica podría darle explicación a esta alza de los conflictos a la que estamos asistiendo. Sostenía Kenneth Waltz24 en los años 60, padre del neorrealismo, que el mundo era más estable cuando era bipolar, es decir justo durante la guerra fría, al presentar una arquitectura y condiciones estructurales que favorecían la estabilidad y el equilibrio, lo que llevaba a una disminución de los conflictos. Sin embargo, el aumento de hegemones, de actores o de bloques, producía justo lo contrario, al estar las responsabilidades de los actores menos claras y los intereses vitales más difusos. Es decir, a mayor atomización de actores, mayor conflictividad, justo la tendencia en la que hemos entrado en la geopolítica actual, en la que se ha pasado de una unipolaridad, la “Pax Americana” de los años 90, a un mundo mucho más multipolar con China, Rusia o Irán.
A estas razones más teóricas no encontramos otras más pragmáticas como la relativa al impacto de los avances tecnológicos y la digitalización, que han transformado la naturaleza de los conflictos. El desarrollo de nuevas tecnologías, como los drones, la inteligencia artificial y la ciberguerra, ha reducido las barreras para que actores estatales y no estatales participen en conflictos, permitiendo que grupos más pequeños y menos estructurados tengan capacidad de desestabilizar regiones enteras. Además, la proliferación de información y desinformación a través de redes sociales y plataformas digitales ha amplificado tensiones, facilitando la movilización de extremismos y la propagación de ideologías radicales más allá de las fronteras tradicionales25.
Además, el cambio climático y la escasez de recursos naturales son factores que aparecen como elementos que están elevando la competencia por agua, tierras cultivables y materias primas estratégicas, generando nuevas tensiones, especialmente en regiones donde sus efectos son más severos y las instituciones estatales son débiles o corruptas26.
A todo ello se une una tendencia preocupante que es la proliferación nuclear, pues como postulan Carlos Aragón Gil de la Serna y Raquel Sanz Pascasio, la erosión del régimen de no proliferación, el cuestionamiento de los tratados existentes y la aparición de nuevas potencias nucleares están generando un entorno en el que la proliferación nuclear vuelve a ser una amenaza real y creciente, alejándonos del objetivo de un mundo libre de armas nucleares27. De este modo China está incrementando su arsenal nuclear estando previsto alcance las 1000 ojivas para 203028 lo que resulta de todas luces muy inquietante, máxime si las tensiones geopolíticas están rolando hacia esa parte del globo.
La des-multilateralizacion. Se acabó la cooperación
En los últimos años, la multilateralidad ha experimentado un claro retroceso en el escenario internacional, en gran parte debido a la apuesta de Estados Unidos por políticas más unilaterales y proteccionistas. Este cambio se acentuó especialmente durante y después de la presidencia de Donald Trump, quien promovió la idea de "Estados Unidos primero", retirándose de acuerdos y organismos multilaterales clave como el Acuerdo de París sobre el clima, la Unesco y el acuerdo nuclear con Irán, el denominado Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOE), en español el Plan Integral de Acción Conjunta29. Incluso tras su mandato, la tendencia estadounidense a priorizar sus propios intereses nacionales sobre la cooperación internacional ha continuado influyendo en la política exterior del país.
El sistema multilateral, basado en reglas y acuerdos colectivos, se encuentra hoy en crisis. Las instituciones globales como la Organización Mundial del Comercio y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han perdido peso y eficacia, en parte por el aumento de los vetos y el proteccionismo, y porque las grandes potencias, como Estados Unidos y China, han optado por la competencia geopolítica y la protección de sus propias economías, incluso mediante guerras de subsidios30. Esta fragmentación se traduce en una mayor dificultad para alcanzar consensos y responder a desafíos globales como el cambio climático, la seguridad internacional o la regulación del comercio digital.
Al mismo tiempo nos encontramos con la emergencia de potencias revisionistas como China y Rusia que desafían la hegemonía occidental y buscan transformar el orden mundial acorde a sus propios intereses, lo que acelera la transición hacia un sistema internacional más multipolar, pero también más inestable y menos coordinado31. El resultado es un estancamiento o incluso retroceso de la cooperación global, con menos tratados internacionales firmados y una mayor desconfianza entre los actores principales32.
En resumen, el mundo se está "desmultilateralizando", y Estados Unidos ha sido uno de los principales motores de este proceso, apostando por el unilateralismo y la defensa de sus intereses nacionales, lo que debilita el sistema multilateral y dificulta la acción colectiva frente a los grandes retos globales. El enfoque unilateral y proteccionista de Trump ha enfriado las relaciones con la Unión Europea y otros aliados tradicionales, y ha erosionado la confianza en el liderazgo estadounidense dentro de las instituciones multilaterales. Esta postura claramente rompe con el consenso bipartidista y con la tradición de liderazgo multilateral de Estados Unidos, representando un cambio de paradigma que dificulta la cooperación internacional y favorece la fragmentación del sistema global.
La des-occidentalización. Oriente sustituye a Occidente
En las últimas décadas, el escenario internacional ha sido testigo de un proceso acelerado de desoccidentalización, especialmente visible en el denominado Sur Global. Este fenómeno, lejos de ser una simple reacción coyuntural, responde a una transformación estructural en la que países de Asia, África y América Latina buscan redefinir su papel en el orden mundial, alejándose de los marcos normativos, económicos y culturales impuestos históricamente por Occidente. La emergencia de potencias como China, India, Brasil o Sudáfrica, junto con el fortalecimiento de alianzas regionales y la proliferación de foros alternativos al G7 y a las instituciones de Bretton Woods, son síntomas claros de esta tendencia.
El mundo, que en los últimos siglos se había ido occidentalizando al ritmo que se globalizaba, ha iniciado la fase de "desoccidentalización" con signos claros, con expresión clara en el grupo de los BRICS, que ha pasado de grupo aspiracional a una realidad geopolítica. No en vano son ya 11 miembros quienes lo conforman y hay muchos más a la espera de formar parte de éste, con países que tradicionalmente han estado alineados con Occidente como Turquía33.
Otro signo claro de esa desoccidentalización que sufre el mundo está en el rechazo a Francia en varios países del Sahel y otros de su francofonía como Senegal34. Países que no se sienten ni compelidos, ni atraídos, por los valores que encarnan lo que conocemos como Occidente y su pesada carga colonial de explotación. Así, la retirada de tropas francesas de países como Mali, Burkina Faso y Níger, junto con la ruptura de acuerdos de defensa y el auge de movimientos que promueven lenguas locales o el inglés en detrimento del francés, ilustran un claro distanciamiento respecto a la antigua metrópoli.
Una desoccidentalización que se manifiesta tanto en la diversificación de socios comerciales y fuentes de financiación, como en la reivindicación de modelos de desarrollo propios y la recuperación de identidades culturales. Un proceso que desafía la universalidad de los valores occidentales, promoviendo una mayor pluralidad en la gobernanza global y en los discursos sobre derechos, democracia y desarrollo. Así, el Sur Global no solo está desacoplándose y distanciándose de la hegemonía occidental, sino que está contribuyendo activamente a la configuración de un mundo más multipolar, donde la influencia y las referencias occidentales ya no son incuestionables ni exclusivas.
La desoccidentalización del Sur Global se traduce en una serie de movimientos concretos que reflejan el rechazo creciente a la hegemonía occidental y la búsqueda de nuevos equilibrios internacionales. Este vacío es rápidamente ocupado por actores como Rusia, a través de empresas, capital y del Grupo Wagner ahora África Korps, y de China, mediante inversiones masivas, lo que evidencia la diversificación de alianzas y la preferencia por fórmulas alternativas de cooperación35. Otros como Turquía también han penetrado en la región saheliana y África Occidental, con acuerdos preferenciales de pesca en Senegal y Mauritania, al igual que China, a cambio de financiación de infraestructura u otras prestaciones36.
En América Latina, el distanciamiento de Estados Unidos se manifiesta en la consolidación de organismos regionales como CELAC y UNASUR, que buscan respuestas propias a los desafíos del continente, así como en la intensificación de relaciones con potencias emergentes como China, Rusia e India. Esta tendencia se acompaña de una resistencia política al modelo neoliberal y a la influencia tradicional de Washington, con gobiernos y movimientos sociales que abogan por una mayor autonomía y pluralidad en la toma de decisiones37.
Asia, por su parte, representa el epicentro del auge de potencias no occidentales. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, impulsada por China, está transformando las infraestructuras y las relaciones económicas en África, Asia y Europa del Este, generando nuevas dependencias y redes comerciales. Empresas chinas e indias compiten con sus pares occidentales en sectores estratégicos, mientras foros como la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS articulan una agenda propia, desafiando la hegemonía de Occidente y promoviendo un orden multipolar38.
En Oriente Medio, la diversificación de alianzas por parte de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irán pone de manifiesto la voluntad de estos países de reducir su dependencia de Estados Unidos y Europa. La cooperación energética y tecnológica con China y Rusia, así como la mediación en conflictos regionales, reflejan una estrategia pragmática orientada a maximizar beneficios y autonomía en un entorno internacional cada vez más fragmentado.
Estos ejemplos demuestran que la desoccidentalización no es un fenómeno abstracto, sino un proceso tangible que se despliega a través de decisiones políticas, económicas y culturales, y que redefine el papel del Sur Global como actor proactivo y no meramente reactivo en el sistema internacional. Un Sur Global que recela de Occidente por cuanto se sintió abandonada por el Norte Global en momentos críticos como la crisis de 2008 o las vacunas, le impone unos valores que no encajan muchas veces en sus modelos de sociedad o tiene una doble vara de medir cuando se trata de problemas del Sur Global. Todo ello le lleva a un distanciamiento y desafección con Occidente. Como dijo el ministro de Asuntos Exteriores de la India Subrahmanyam Jaishankar39:
“Cuando hay una crisis en Europa, es un problema mundial. Pero cuando nos enfrentamos a una crisis en África o en la India, entonces es solo un problema de África o de la India”
La des-dolarización. El dólar pierde fuerza
La desdolarización es un proceso que ha cobrado protagonismo en la economía global del siglo XXI, impulsado por la creciente voluntad de países y bloques económicos de reducir su dependencia del dólar estadounidense tanto en reservas internacionales como en transacciones comerciales. Esta tendencia responde, en gran medida, al uso intensivo de sanciones financieras por parte de Estados Unidos y sus aliados, que ha puesto de manifiesto el poder que Washington ejerce sobre el sistema financiero internacional a través del control del dólar y plataformas como SWIFT40. Está siendo el resultado de usar el dólar como arma de presión y herramienta coercitiva. Y frente a ese riesgo de exclusión, países como Rusia, China, India y otros miembros de los BRICS han promovido acuerdos en monedas locales, diversificado sus reservas y explorado la creación de sistemas de pago alternativos, buscando mayor autonomía y protección ante crisis externas41.
El papel del FMI y el Banco Mundial, históricamente dominantes como prestamistas globales, ha sido cuestionado por su condicionalidad política y económica42, mientras que China emerge como un prestamista alternativo, ofreciendo financiamiento sin exigir reformas políticas y promoviendo el uso internacional del yuan43. Este enfoque ha facilitado la expansión de la influencia china y ha acelerado la desdolarización, especialmente en regiones de Asia, África y América Latina.
Se ha producido una fragmentación creciente del sistema monetario internacional. Adam Tooze subraya que la arquitectura financiera global ya no puede sostenerse sobre una lógica unipolar, debido al impulso de sistemas alternativos por parte de potencias como China y Rusia, que promueven redes paralelas al sistema SWIFT y buscan desvincularse del dominio del dólar44.
En 1973 el dólar representaba sobre el 85% en las reservas monetarias, pasó al 73% en el año 2001 y actualmente a pesar de seguir siendo la moneda dominante, ha bajado al 58% de las reservas globales y el 88% de las transacciones internacionales45. Su hegemonía muestra signos de erosión: desde 2015, su uso como reserva ha caído alrededor de un 6%, mientras que el euro y el yuan ganan terreno, aunque aún de forma limitada46. La desdolarización implica beneficios, como una mayor autonomía monetaria y menor vulnerabilidad a sanciones, pero también riesgos, incluyendo volatilidad cambiaria y la ausencia de instituciones globales robustas para gestionar la transición47. El proceso es gradual y no existe por ahora una alternativa clara que reemplace completamente al dólar, pero la diversificación de reservas, el aumento de acuerdos bilaterales en monedas locales, la triangulación en los pagos48 y la creación de nuevas instituciones financieras, como el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, o el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura evidencian un avance hacia un sistema más multipolar y menos dependiente de una única moneda49.
En definitiva, la desdolarización refleja una transformación profunda en la arquitectura monetaria internacional, impulsada por la búsqueda de autonomía de los países emergentes y las limitaciones del sistema financiero dominado por Occidente. Si bien el desenlace es incierto, el proceso ya está alterando el equilibrio de poder global y la manera en que los países gestionan sus relaciones económicas y financieras.
La des-neocolonización. China nuevo hegemón colonial
Durante gran parte del siglo XX, la independencia política de las antiguas colonias africanas y asiáticas no se tradujo en una emancipación económica real, ya que persistieron estructuras neocoloniales que permitieron a empresas y multinacionales occidentales mantener el control sobre recursos, infraestructuras y mercados del Sur Global50. Este fenómeno de neocolonialismo perpetuó la dependencia y las asimetrías heredadas del colonialismo, condicionando el desarrollo de estos países51. Sin embargo, en las últimas décadas, este patrón ha comenzado a transformarse con la irrupción de empresas chinas y, en menor medida, de otras potencias emergentes como India, Turquía o Brasil, que han asumido un papel cada vez más relevante en la economía y la inversión internacional en África, América Latina y el Sudeste Asiático52.
El ascenso de China responde a una estrategia de desarrollo orientada a asegurar el suministro de recursos estratégicos y a diversificar sus mercados, canalizando inversiones masivas en infraestructuras y acuerdos comerciales de largo plazo en el Sur Global53. A diferencia de los préstamos occidentales, los créditos chinos suelen estar exentos de condicionamientos políticos o en derechos y libertades, lo que resulta atractivo para muchos gobiernos que buscan inversiones sin injerencia externa. Además, el auge de la cooperación Sur-Sur ha fortalecido el intercambio de tecnología, conocimientos y experiencias entre países en desarrollo, promoviendo una mayor autonomía frente a Occidente54.
Las consecuencias de esta desneocolonización empresarial son ambivalentes. Por un lado, la expansión de empresas chinas ha impulsado la construcción de infraestructuras, la industrialización y la inserción en cadenas de valor globales, otorgando a los países del Sur Global un mayor margen de maniobra y capacidad de negociación. Por otro, han surgido nuevas formas de dependencia, preocupaciones sobre el endeudamiento, la falta de transparencia y la limitada transferencia tecnológica, así como tensiones laborales y sociales derivadas de la presencia masiva de empresas y trabajadores extranjeros55. Este proceso también está redefiniendo la geopolítica global, desplazando la influencia de Europa y Estados Unidos y promoviendo un orden internacional más multipolar.
En conclusión, la desneocolonización no es lineal ni exenta de contradicciones; representa una oportunidad para diversificar alianzas y fortalecer la autonomía del Sur Global, pero plantea nuevos desafíos en términos de sostenibilidad, gobernanza y desarrollo inclusivo. Estas nuevas relaciones han dado a los países del Sur Global más opciones y autonomía frente a Occidente, pero también han generado nuevas dependencias y desafíos. Todo ello está contribuyendo a un tablero geopolítico con mayor número de actores y más policéntrico.
La des-democratización. Un mundo que se autocratiza
Durante las últimas décadas, el mundo ha sido testigo de un fenómeno alarmante: la reversión de la tendencia de olas democratizadoras que estableció Huntington56 y que caracterizó el final del siglo XX y el inicio del XXI. Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la democracia liberal parecía consolidarse como el modelo político dominante como erróneamente ya se ha mencionado anticipó Fukuyama. Sin embargo, en los últimos años, el avance de regímenes autocráticos y el retroceso de las libertades democráticas se han convertido en una realidad global. Este proceso, conocido como autocratización, está transformando el panorama político internacional y plantea desafíos fundamentales para el futuro de la gobernanza mundial57.
El informe V-Dem 2025, uno de los más reconocidos a nivel internacional para el análisis de la calidad democrática, ofrece cifras contundentes: por primera vez desde 2001, el número de autocracias (91) supera al de democracias (88) en el mundo; el 72% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos, el mayor porcentaje desde 1978; el 46% del PIB mundial es generado por autocracias, frente al 75% que correspondía a las democracias al final de la Guerra Fría; y en 2024, 45 países experimentan un declive democrático sostenido, frente a solo 18 que muestran avances58. Estos datos reflejan un cambio de ciclo histórico: la democracia ya no es el modelo en expansión, sino un sistema en retroceso.
El auge de China y Rusia está poniendo de manifiesto que es posible alcanzar altos niveles de desarrollo económico, si bien no trasladado al bienestar de la población, con relevante proyección internacional, sin la necesidad de adoptar el modelo democrático liberal. China, en particular, ha promovido con éxito un modelo de “modernización autoritaria” que combina crecimiento económico, control social y estabilidad política59. Como señala Steven Levitsky, “el atractivo de China reside en su capacidad de ofrecer prosperidad sin democracia, lo que debilita el argumento de que la libertad política es condición indispensable para el desarrollo”60. Además, estos países han creado redes de apoyo y cooperación entre regímenes autocráticos, compartiendo tecnologías de vigilancia, estrategias de censura y tácticas para neutralizar la oposición.
Muchos procesos de autocratización no surgen de golpes de Estado, sino de la erosión gradual de las instituciones democráticas desde dentro. Líderes electos democráticamente aprovechan la polarización, la desinformación y el desencanto ciudadano para debilitar los contrapesos, controlar los medios y restringir la sociedad civil. El caso de Hungría bajo Viktor Orbán es paradigmático. Reformas constitucionales han limitado la independencia judicial, se ha controlado a los medios de comunicación y se han impuesto restricciones a ONGs y a la oposición61. Este patrón se repite en otros países, donde la democracia se vacía de contenido sin necesidad de abolir formalmente las elecciones.
La democracia enfrenta una crisis de legitimidad cuando no logra responder a las expectativas de la ciudadanía. El aumento de la desigualdad, la corrupción, el desempleo y la inseguridad generan frustración y desconfianza. Según el Latinobarómetro 2023, solo el 48% de los latinoamericanos apoya la democracia como sistema preferido, el nivel más bajo en dos décadas62. Esta insatisfacción abre la puerta a líderes autoritarios que prometen orden y soluciones rápidas, aunque sea a costa de los derechos y libertades.
Tras la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Europea promovieron activamente la democracia a través de la diplomacia, la cooperación y la presión internacional. Sin embargo, en la última década, el auge del nacionalismo, el repliegue de Occidente y la priorización de intereses económicos y estratégicos han debilitado ese impulso. Esto ha dado margen a las autocracias para consolidarse y apoyarse mutuamente, sin temor a sanciones o aislamiento diplomático.
La revolución digital ha dotado a los regímenes autoritarios de herramientas sin precedentes para el control social: sistemas de vigilancia masiva como el “sistema de crédito social” en China, manipulación de la información y censura en redes sociales, y uso de inteligencia artificial para identificar y reprimir la disidencia. Como advierte Freedom House, “la tecnología, que alguna vez fue vista como una fuerza democratizadora, ahora es utilizada por los autócratas para consolidar su poder y sofocar la libertad”63.
Los procesos de autocratización suelen comenzar con ataques a la libertad de prensa y la sociedad civil, seguidos de la represión de la oposición y la limitación de derechos fundamentales. Así, según Reporteros Sin Fronteras, la libertad de prensa está “gravemente amenazada” en más de 70 países64. La concentración de poder en el Ejecutivo y la manipulación de sistemas judiciales y electorales erosionan el Estado de Derecho y la rendición de cuentas, facilitando la corrupción y el abuso de poder, como se ha visto en Venezuela, Nicaragua y Rusia. Aunque los regímenes autoritarios prometen orden y estabilidad, la ausencia de canales democráticos para expresar el descontento puede derivar en protestas masivas, represión violenta y crisis políticas, como muestran los casos recientes de Bielorrusia, Irán y Myanmar. El auge de las autocracias dificulta la cooperación internacional en derechos humanos, desarrollo sostenible y resolución de conflictos, afectando notablemente a la Seguridad Global. Y sobre todo fomenta la “contaminación autoritaria”, donde los gobiernos autocráticos se apoyan y legitiman mutuamente, dificultando los esfuerzos democratizadores65. Diversos estudios muestran que, a largo plazo, las democracias tienden a ofrecer mejores resultados en bienestar, educación y salud, mientras el retroceso democrático afecta negativamente el desarrollo humano y la calidad de vida, especialmente en países con instituciones débiles.
Resumiendo, el proceso de autocratización global marca un cambio de época. La democracia, lejos de consolidarse como modelo universal, enfrenta su mayor retroceso en décadas. Las causas son múltiples y complejas: el atractivo de modelos autoritarios exitosos, la erosión interna de las instituciones, el desencanto ciudadano, el repliegue de Occidente y el uso de nuevas tecnologías para el control social. El desafío para el futuro será revitalizar las instituciones democráticas, responder a las demandas sociales y proteger los derechos y libertades fundamentales en un contexto internacional cada vez más hostil a la democracia. De hecho, el informe V-Dem 2025, “el nivel de democracia del que gozaba un ciudadano promedio global descendió en 2022 a niveles de 1986”. La defensa de la democracia requiere hoy más que nunca de un esfuerzo colectivo, innovador y adaptado a los desafíos del siglo XXI.
Tiempo de Trampas
Las trampas en la geopolítica constituyen patrones recurrentes en los que los actores internacionales quedan atrapados por dinámicas estructurales, narrativas o de intereses que limitan su margen de maniobra y condicionan sus decisiones. Así tenemos como la famosa trampa del realismo, por ejemplo, advierte sobre la tendencia a interpretar el escenario internacional exclusivamente bajo la lógica de la competencia y el poder, obviando factores normativos, económicos o sociales que también moldean el orden global66.
No obstante, la geopolítica contemporánea enfrenta otras trampas menos evidentes, pero igualmente determinantes, Veamos las trampas que actualmente están dominado el discurso y el debate geopolítico y que tanto está marcando las estrategias de los principales actores.
La Trampa de los dividendos de la paz: entre Kant, Hobbes y el repliegue de Estados Unidos
Tras el colapso de la Unión Soviética, muchas democracias liberales abrazaron la idea de que el mundo había entrado en una nueva era de estabilidad y cooperación internacional. Este optimismo se tradujo en una reducción sustancial del gasto militar, justificada por el llamado dividendo de la paz, entendido como el beneficio económico derivado del fin de las grandes amenazas interestatales. Esta desmovilización estratégica fue impulsada por un exceso de idealismo, particularmente influido por la visión kantiana de una paz perpetua alcanzable mediante el comercio, el derecho internacional y la expansión democrática.
En ese contexto, Estados Unidos asumió el papel de garante último de la seguridad en Europa, proporcionando un paraguas estratégico mediante la OTAN que permitió a muchos países europeos externalizar su defensa. Al confiar en la disuasión estadounidense como escudo estructural, Europa consolidó un modelo de seguridad dependiente, sin desarrollar plenamente su autonomía estratégica.
Sin embargo, esta confianza se ha visto profundamente cuestionada tras la segunda llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense en 2025, cuyo enfoque transaccional y aislacionista ha resucitado la amenaza de una retirada del compromiso norteamericano con la defensa europea. Trump ha exigido mayores contribuciones a la OTAN y ha cuestionado las garantías de seguridad tradicionales, dejando a Europa atrapada en la trampa de los dividendos de la paz, desprovista de capacidades propias por años de desinversión, pero ya sin poder contar con el garante externo que hacía viable esa política.
El dividendo de la paz se convirtió rápidamente en una carga para la paz, ya que las fuerzas armadas europeas sufrieron de una crónica falta de inversión, disminución de la preparación y miopía estratégica67. Lo que antes parecía una ganancia ha mutado en vulnerabilidad estructural.
Frente a este idealismo kantiano, la tradición realista representada por Hobbes recuerda que, en un sistema internacional anárquico, la desconfianza es estructural y la seguridad nunca puede darse por sentada. Así lo expresó el propio Hobbes en Leviatán: “sin una autoridad común que los mantenga a todos a raya, los hombres están en aquella condición que se llama guerra; y tal guerra es de todos contra todos”68. Y la seguridad internacional como sostiene Buzan no puede entenderse como un campo conquistado por la razón kantiana ignorando las persistentes condiciones hobbesianas del sistema internacional”69.
Hoy, con una Rusia revanchista, una China más asertiva y un Estados Unidos menos comprometido, Europa se enfrenta al coste político y estratégico de haber vivido bajo una ilusión. Sven Biscop lo resume así: “el dividendo de la paz se ha convertido en un déficit de seguridad; Europa ya no es autónoma estratégicamente, sino vulnerable estratégicamente”70.
Es por ello que la Unión Europea ha lanzado el ambicioso Plan ReArm Europe/Readiness 2030 y ha presentado un nuevo Libro Blanco de la Defensa para fortalecer su autonomía estratégica. El Plan ReArm propone elevar el gasto en defensa de los Estados miembros hasta el 3% del PIB, facilitar la financiación mediante la flexibilización de las reglas fiscales europeas y crear instrumentos como el SAFE, capaces de movilizar hasta 150.000 millones de euros para inversiones en capacidades militares71. Estas iniciativas buscan subsanar las carencias críticas en la base industrial y tecnológica de defensa europea, reducir la dependencia de proveedores externos y garantizar la preparación ante amenazas como la agresión rusa, especialmente en un contexto de incertidumbre sobre el apoyo militar estadounidense a Ucrania.
En el mismo sentido se elaboró el nuevo Libro Blanco de la Defensa Europea establece una hoja de ruta para la cooperación en adquisiciones, el desarrollo de grandes proyectos paneuropeos y la coordinación de recursos y planeamientos colectivos, alineando los objetivos de la OTAN y la UE72. Además, subraya la necesidad de reforzar asociaciones estratégicas con aliados extracomunitarios y de simplificar la regulación para ampliar el mercado único de defensa. En conjunto, estas medidas marcan un giro estratégico hacia una Europa más autónoma en materia de seguridad, capaz de asumir un papel de liderazgo en su propia defensa y en el apoyo a socios como Ucrania, ante la posible reducción del compromiso estadounidense en la región.
Esperemos que no sea demasiado tarde para salir de esta trampa una vez que Europa ha despertado de un dulce sueño y se ha encontrado que la casa estaba ardiendo y en quienes se había confiado el apagar el incendio deciden llevarse la manguera para otro lugar del globo. Porque no es fácil el desarrollar las capacidades que se requiere para proporcionar la arquitectura de Seguridad y Defensa necesaria en Europa que garantice una Defensa y Seguridad efectivas.
La trampa de Tucídides y el nuevo eje estratégico hacia el Indo-Pacífico
La creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China constituye uno de los elementos centrales del actual panorama estratégico mundial, marcada por el ascenso económico, tecnológico y militar de China, que ha emergido como el único país capaz de desafiar la hegemonía estadounidense. Este enfrentamiento se ha intensificado desde la administración Trump y ha continuado bajo Biden, consolidando la percepción de China como el principal competidor estratégico y “mayor amenaza para el liderazgo estadounidense”, según la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017.
En paralelo, China ha explicitado su ambición de convertirse en un actor global respaldado por unas Fuerzas Armadas modernizadas, como se manifestó en el XX Congreso del Partido Comunista y se oficializó en el Libro Blanco de la Defensa Nacional de 2019, donde se subraya la determinación de salvaguardar la soberanía nacional y la integridad territorial, advirtiendo que cualquier injerencia en el asunto de Taiwán será considerada una grave amenaza a sus intereses fundamentales.
Esta confrontación no es solo comercial o tecnológica, sino geopolítica y estructural, en tanto implica una pugna por la primacía global. En este marco, el concepto de la trampa de Tucídides ha ganado centralidad en el análisis estratégico. Rescatada por el politólogo Graham Allison, esta idea se remonta a Tucídides, quien en su relato de la Guerra del Peloponeso afirmaba que fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra73. Allison aplicó esta lógica a 16 casos históricos, concluyendo que, en 12 de ellos, cuando una potencia ascendente desafió a una establecida, el desenlace fue el conflicto armado. Alguno de los casos en los que cruzándose una potencia emergente con una en declive no finalizó en guerra fue el de España tomando el relevo a Portugal, o los EEUU y el Reino Unido tras la II Guerra Mundial.
Hoy, China encarna la potencia en ascenso, con una expansión sostenida de su poder económico, capacidades militares y ambiciones geoestratégicas. Su proyección internacional se expresa en diversas dimensiones: desde el reforzamiento del control sobre el mar de China Meridional y las maniobras navales en torno a Taiwán, hasta la construcción de bases militares en el Índico y la iniciativa geoeconómica de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative). A esto se suma una acelerada modernización de sus fuerzas armadas, con énfasis en capacidades cibernéticas, misiles hipersónicos y armamento nuclear de segunda generación.
Es por ello que los Estados Unidos ha decidido reorientar sus prioridades estratégicas hacia el Indo-Pacífico. Este pivote estratégico anunciado por Barack Obama con el llamado Pivot to Asia en 2011, que buscaba concentrar recursos diplomáticos, militares y económicos en una región identificada como el nuevo epicentro del poder global74. No obstante, fue durante la primera presidencia de Donald Trump cuando este giro adquirió un tono más frontal, unilateral y competitivo. Tras su regreso al poder en 2025, Trump ha intensificado esa lógica, apostando por una política de confrontación directa con China, centrada en la contención, la presión comercial y el fortalecimiento de alianzas bilaterales excluyentes.
Un elemento clave de esta estrategia es su dimensión marítima, inspirada en la doctrina del almirante Alfred Thayer Mahan, para quien el control del mar es la base de la hegemonía global. Trump ha asumido esta visión que viene de “lunga data” con una estrategia de estrangulamiento naval a China mediante dos líneas de bloqueo: la primera cadena de islas (que incluye Japón, Taiwán y Filipinas), y una segunda línea desde Guam hasta Australia, destinada a impedir que China proyecte libremente su poder hacia el Pacífico Occidental y acceda con normalidad a las aguas abiertas. Como apunta James Holmes, “Estados Unidos está reeditando una estrategia clásica de confinamiento marítimo que impide a China convertirse en una potencia naval plenamente oceánica”75.
Entre las medidas recientes destacan el refuerzo de pactos como AUKUS (con Australia y Reino Unido), el incremento del despliegue naval en el Pacífico Occidental, y un endurecimiento del control sobre la transferencia de tecnologías sensibles. Washington también ha intensificado su presión sobre países asiáticos clave, como Filipinas, Japón, India y Vietnam, para consolidar un cordón de alianzas anti China. A la vez, ha relanzado la retórica del desacoplamiento económico, limitando el acceso chino a semiconductores avanzados, inteligencia artificial y componentes estratégicos.
Como señala Hal Brands, la guerra fría de nuestros días se desarrolla en el Indo-Pacífico, el escenario donde se definirá el equilibrio global del poder76. Esta declaración ilustra el cambio de eje: mientras Europa pierde relevancia relativa en la arquitectura de seguridad estadounidense, Asia se convierte en el nuevo epicentro de la competición sistémica. Esta reconfiguración estratégica deja a los aliados europeos en una posición incómoda: dependen aún del paraguas de seguridad estadounidense, pero ya no figuran entre sus prioridades fundamentales77.
La estrategia de Trump acentúa el carácter transaccional del vínculo con Europa. Su renovada exigencia de incrementar el gasto en defensa, su cuestionamiento abierto al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte y sus amenazas veladas de retirarse de la OTAN han reforzado la percepción de que Estados Unidos podría dejar a Europa a su suerte si esta no asume mayores responsabilidades. Hay quien aventura que Trump no pivotó al Indo-Pacífico, sino que empujó los EEUU hacia esa región geopolítica del tablero de Berzinski, reforzando el cambio de eje iniciado por Obama, pero con una lógica más coercitiva y menos institucional.
Reiniciamos la historia. Vuelve el primer hombre
Las transformaciones recientes del sistema internacional ponen de manifiesto la insuficiencia y escasa permanencia en el tiempo de la tesis de Francis Fukuyama sobre el “Fin de la Historia”. Lejos de consolidarse un orden liberal universal, el mundo contemporáneo ha entrado en una fase de “deconstrucción” caracterizada por la fragmentación, la rivalidad estratégica y el resurgimiento de la lógica de poder. La “borrachera liberal” posterior a la Guerra Fría y el unilateralismo norteamericano ha dado paso a una era marcada por la competencia entre grandes potencias, la desglobalización y el debilitamiento de las instituciones multilaterales. El ideal de una cooperación global y una paz duradera se ha visto sustituido por la primacía de los intereses nacionales, la anarquía internacional y la proliferación de conflictos, tal como sostiene la visión hobbesiana de la política internacional. El aumento del número de conflictos armados, la crisis de los mecanismos de mantenimiento de la paz y la erosión del multilateralismo refuerzan la idea de que la historia no ha llegado a su fin, sino que ha sido “reiniciada” bajo parámetros mucho más realistas y competitivos. Es como si las historias de las relaciones internacionales hubieran sufrido un reseteo y comenzáramos de cero.
En este contexto, Europa se enfrenta a una vulnerabilidad estructural inédita, atrapada entre una Rusia revisionista y una China en ascenso, y sin la garantía efectiva del poder militar norteamericano. Y con una situación de carencias de capacidades para enfrentar con efectividad los retos de seguridad y defensa que le acosan.
Esta evolución obliga a los europeos a repensar con urgencia su lugar en el nuevo orden estratégico. La combinación de la trampa de los dividendos de la paz (por la cual desinvirtieron en defensa durante décadas) y el desplazamiento del foco estadounidense hacia el Indo-Pacífico nos deja en una posición estructuralmente vulnerable. El riesgo es que Europa quede atrapada entre una Rusia revisionista en su flanco oriental y una China hegemónica en ascenso, sin contar ya con la garantía efectiva del poder militar norteamericano.
La nueva situación obliga a los europeos a replantear su autonomía estratégica y su capacidad de defensa, en un entorno donde la cooperación cede ante la confrontación y la incertidumbre. Así, el presente se asemeja mucho más al “estado de naturaleza” descrito por Hobbes que al horizonte de paz perpetua y kantiana que postulaba Fukuyama. En definitiva, asistimos no al “fin”, sino al reinicio de la historia, donde reaparece el “primer hombre”: competitivo, desconfiado y guiado por la lógica del poder y la supervivencia.
General de Brigada Victor Mario Bados Nieto
Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)
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El reinicio de la historia. Vuelve el primer hombre. La era de la deconstrucción y de las trampas
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The restart of history. The first man returns. The era of deconstruction and traps
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