IEEE. Conflicto multidominio y guerra híbrida en el siglo XXI: del caso de Ucrania a la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán

22 jun 2026
IEEE. Conflicto multidominio y guerra híbrida en el siglo XXI: del caso de Ucrania a la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán
Carlos Galán Cordero. Director del Máster en Análisis de Inteligencia y Ciberinteligencia Universidad Nebrija
Introducción
La evolución de los conflictos armados en el siglo XXI pone de manifiesto una transformación profunda de la naturaleza de la guerra y de la competencia estratégica entre los Estados. Las confrontaciones contemporáneas ya no se desarrollan exclusivamente en el campo de batalla físico, sino que se extienden a otros ámbitos como el ciberespacio, el entorno informacional y el dominio cognitivo.
En este contexto, la información se ha convertido en un recurso estratégico cuya gestión puede resultar tan decisiva como el control territorial o la superioridad militar convencional.
Este fenómeno suele describirse mediante el concepto de guerra híbrida, que alude al empleo combinado de instrumentos militares, cibernéticos, informacionales, económicos y diplomáticos para alcanzar objetivos estratégicos.
La integración de estos instrumentos permite a los actores implicados ejercer presión sobre sus adversarios en múltiples dominios operativos, generando efectos estratégicos acumulativos sin recurrir necesariamente a formas tradicionales de confrontación militar directa.
El desarrollo de las tecnologías digitales y la expansión de las plataformas globales de comunicación han ampliado de forma significativa el alcance de estas dinámicas. Las redes sociales y otros canales de comunicación digital permiten difundir narrativas estratégicas a escala global, movilizar audiencias internacionales y moldear percepciones sobre los conflictos en tiempo real.
Como resultado, el entorno informacional se ha convertido en un espacio central de confrontación en el que los actores estatales y no estatales compiten por influir en la percepción pública, en la legitimidad política de las operaciones militares y en los procesos de toma de decisiones.
Los conflictos recientes ilustran con claridad esta transformación. La guerra desencadenada por la invasión rusa de Ucrania ha puesto de relieve la importancia de las campañas de influencia, de la inteligencia de fuentes abiertas y de las plataformas digitales en la construcción de narrativas estratégicas.
De forma paralela, el conflicto entre Israel y organizaciones armadas en la Franja de Gaza muestra cómo la disputa por la legitimidad internacional de las operaciones militares se desarrolla cada vez más en el ecosistema digital.
La reciente escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán confirma, además, que las dinámicas de guerra híbrida pueden coexistir con confrontaciones militares de mayor intensidad y generar efectos estratégicos que trascienden ampliamente el ámbito regional.
Estos ejemplos sugieren que el dominio informacional y el dominio cognitivo han adquirido una relevancia creciente en la conducción de los conflictos armados contemporáneos. Las operaciones destinadas a influir en percepciones, narrativas y procesos de toma de decisiones se han convertido en instrumentos centrales de la competencia estratégica global.
En consecuencia, comprender la evolución de la guerra en el siglo XXI requiere integrar el análisis militar tradicional con el estudio de las dinámicas informacionales, tecnológicas y cognitivas que configuran el entorno estratégico actual.
El objetivo de este trabajo es analizar el papel de la guerra híbrida y de las operaciones cognitivas en los conflictos armados contemporáneos, prestando especial atención a la interacción entre operaciones militares, campañas informacionales y las dinámicas del ecosistema digital.
Para ello se adopta un enfoque comparado que examina tres escenarios especialmente relevantes: la guerra en Ucrania, el conflicto en Oriente Medio y la reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán.
El artículo se estructura en varias secciones. En primer lugar, se examina el concepto de guerra híbrida y su evolución en la doctrina estratégica contemporánea. A continuación, se analiza el desarrollo de las operaciones cognitivas y su relación con la militarización del entorno informacional.
Posteriormente, se analizan tres casos de estudio —Ucrania, Oriente Medio y la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán— con el fin de identificar patrones comunes en el empleo de estrategias híbridas y operaciones de influencia.
Finalmente, el trabajo aborda las implicaciones jurídicas, estratégicas y económicas de estas dinámicas para la seguridad internacional y para el desarrollo del derecho internacional aplicable a los conflictos armados.
A través de este análisis, el artículo pretende contribuir al debate académico sobre la transformación de la guerra en el siglo XXI y sobre el papel creciente del dominio informacional en la competencia estratégica entre Estados.
Guerra híbrida y operaciones cognitivas: la militarización del entorno informacional
El concepto de guerra híbrida ha sido ampliamente utilizado en la literatura estratégica para describir conflictos caracterizados por la integración de diferentes instrumentos de poder. Autores como Frank Hoffman han señalado que las guerras híbridas combinan capacidades militares convencionales, tácticas irregulares, terrorismo y operaciones informacionales en un mismo escenario estratégico.
Este enfoque refleja la creciente complejidad de los conflictos contemporáneos y la difuminación de las fronteras entre la guerra y la competencia estratégica.
La doctrina militar contemporánea ha incorporado progresivamente esta perspectiva a través del concepto de operaciones multidominio, que reconoce la necesidad de coordinar acciones en diferentes ámbitos operativos para generar efectos estratégicos acumulativos.
En este contexto, el dominio informacional adquiere una relevancia creciente. Las operaciones informacionales buscan influir en percepciones, legitimar determinadas acciones militares y erosionar la cohesión política o social del adversario, por lo que las campañas de desinformación, la manipulación de contenidos digitales y las operaciones psicológicas se han convertido en instrumentos habituales de la competencia estratégica entre actores estatales.
Uno de los desarrollos doctrinales más relevantes en la literatura estratégica reciente es el concepto de operaciones cognitivas.
Efectivamente, estas operaciones se orientan a influir directamente en los procesos mentales mediante los cuales los individuos interpretan la información y toman decisiones.
A diferencia de las operaciones informativas tradicionales, que se centran en la difusión de contenidos, las operaciones cognitivas persiguen modificar la forma en que las audiencias procesan y evalúan la información disponible.
Diversos estudios1 han subrayado que el dominio cognitivo constituye un nuevo espacio de competencia estratégica en el que las operaciones cognitivas pueden incluir actividades tales como campañas coordinadas de influencia en redes sociales, manipulación algorítmica de la visibilidad de determinados contenidos, explotación de sesgos cognitivos en audiencias específicas o amplificación estratégica de narrativas polarizadoras.
La digitalización del ecosistema informativo ha multiplicado el alcance potencial de estas operaciones. Las plataformas gestionadas por empresas tecnológicas globales como Meta, X Corp. o TikTok actúan como infraestructuras críticas del entorno informacional global.
Desde la perspectiva militar, estas dinámicas han impulsado el desarrollo de doctrinas orientadas a integrar el dominio cognitivo en la planificación estratégica2.
Ucrania: guerra informacional y movilización digital
La guerra desencadenada por la invasión rusa de Ucrania constituye uno de los ejemplos más claros de integración entre operaciones militares convencionales y estrategias de guerra informacional en el siglo XXI. Desde el inicio del conflicto, tanto Rusia como Ucrania han desplegado complejas campañas comunicativas dirigidas a influir en percepciones nacionales e internacionales, reforzar la legitimidad de sus respectivas posiciones y debilitar el apoyo político al adversario.
A diferencia de los conflictos anteriores, el entorno informacional de la actual guerra en Ucrania se caracteriza por una intensa participación de actores estatales, plataformas digitales y comunidades de análisis independientes.
La difusión masiva de información a través de redes sociales, canales de mensajería y plataformas de vídeo ha generado un ecosistema informativo altamente dinámico, en el que las narrativas estratégicas se construyen y se disputan en tiempo real.
Uno de los elementos más destacados de la estrategia ucraniana ha sido el uso sistemático de la comunicación digital para movilizar apoyo internacional. Desde las primeras semanas del conflicto, el presidente Volodímir Zelenski adoptó una estrategia comunicativa basada en mensajes directos difundidos a través de redes sociales y comparecencias virtuales ante parlamentos extranjeros.
Estas intervenciones —dirigidas a instituciones como el Congreso de Estados Unidos, el Parlamento Europeo o diversas cámaras legislativas nacionales— se difundieron ampliamente en plataformas digitales, generando un fuerte impacto en la opinión pública internacional. Este uso de la diplomacia digital permitió a Ucrania construir una narrativa centrada en la defensa de la soberanía nacional y de los valores democráticos frente a la agresión externa.
Al mismo tiempo, las autoridades ucranianas desarrollaron campañas informativas destinadas a reforzar la moral interna y a movilizar el apoyo de la población civil. La difusión de mensajes de resistencia, junto con imágenes de la defensa de ciudades como Kiev o Mariúpol, contribuyó a consolidar una narrativa de resistencia nacional frente a la invasión.
En paralelo con estas acciones defensivas ucranianas, diversos análisis han señalado la utilización de campañas de desinformación por parte de actores vinculados a Rusia con el objetivo de influir en la percepción internacional del conflicto3.
Entre las narrativas más difundidas se encontraban afirmaciones sobre la supuesta ilegitimidad del Gobierno ucraniano, acusaciones de persecución contra minorías rusófonas o interpretaciones alternativas de determinados acontecimientos militares. Estas narrativas se difundieron a través de medios estatales, redes sociales y canales digitales vinculados a campañas de influencia.
Uno de los casos más conocidos fue la controversia en torno al denominado «fantasma de Kiev», un supuesto piloto de combate ucraniano al que se atribuyeron múltiples derribos de aeronaves rusas durante los primeros días de la guerra.
Aunque posteriormente se demostró que la historia tenía un componente propagandístico significativo, el episodio ilustra la rapidez con la que determinadas narrativas pueden difundirse en el ecosistema informativo contemporáneo4.
Otros ejemplos relevantes incluyen la circulación en redes sociales de imágenes y vídeos manipulados o descontextualizados, algunos de los cuales correspondían en realidad a conflictos anteriores. La difusión de estos contenidos generó confusión en las primeras fases del conflicto y puso de relieve las dificultades para verificar información en tiempo real.
Una de las características más innovadoras de la guerra de Ucrania ha sido el papel desempeñado por la inteligencia de fuentes abiertas (OSINT).
Efectivamente, comunidades de analistas independientes y organizaciones especializadas han utilizado imágenes satelitales, datos geoespaciales y material audiovisual disponible en redes sociales para analizar acontecimientos militares sobre el terreno.
Por su parte, organizaciones como Bellingcat han contribuido a verificar ataques contra infraestructuras civiles, movimientos de tropas y daños causados por operaciones militares5. Este tipo de análisis ha permitido contrastar narrativas oficiales y aportar evidencias empíricas en los debates sobre la conducción de las hostilidades.
Finalmente, el uso de herramientas de geolocalización y análisis digital también ha permitido reconstruir determinados episodios del conflicto, como los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Bucha, donde la difusión de imágenes satelitales y vídeos grabados por civiles desempeñó un papel relevante en la documentación de presuntas violaciones del derecho internacional humanitario6.
Por otro lado, las plataformas digitales han desempeñado un papel central en el ecosistema informativo del conflicto. Empresas tecnológicas como Meta, X Corp. o TikTok han adoptado diversas medidas para limitar la difusión de determinados contenidos vinculados a campañas de desinformación; entre estas medidas se incluyen la restricción de medios estatales rusos en determinadas regiones, la eliminación de redes coordinadas de cuentas falsas y la introducción de etiquetas informativas en contenidos relacionados con el conflicto.
Conviene señalar, sin embargo, que estas decisiones también suscitaron debates sobre el papel de las empresas tecnológicas en la gestión del entorno informacional durante conflictos armados, así como sobre los límites entre moderación de contenidos y control narrativo.
Así las cosas, si por un lado, la experiencia de la guerra en Ucrania demuestra que el control del entorno informacional puede influir de manera significativa en el desarrollo de un conflicto armado —de modo que la capacidad para movilizar apoyo internacional, mantener la cohesión interna y moldear percepciones globales constituye un recurso estratégico de primer orden—, por otro lado, el conflicto ha puesto de relieve la creciente importancia del dominio cognitivo como espacio de competencia estratégica.
La interacción entre operaciones militares, campañas informacionales y dinámicas del ecosistema digital configura un nuevo tipo de conflicto multidominio en el que la batalla por la narrativa se desarrolla paralelamente a las operaciones militares sobre el terreno.
En este sentido, la guerra de Ucrania puede considerarse un laboratorio particularmente significativo para el estudio de la guerra informacional en el siglo XXI.
Oriente Medio: guerra narrativa y ecosistema digital
El conflicto entre Israel y organizaciones armadas palestinas —particularmente, Hamás— en la Franja de Gaza, constituye otro ejemplo significativo de la creciente centralidad del dominio informacional en los conflictos contemporáneos.
En este escenario, la dimensión narrativa del conflicto desempeña un papel fundamental en la disputa por la legitimidad internacional de las operaciones militares.
A diferencia del caso de Ucrania, donde el conflicto se articula principalmente como un enfrentamiento interestatal, el conflicto de Oriente Medio presenta una estructura más compleja desde el punto de vista comunicativo. En él, intervienen múltiples actores estatales y no estatales, así como una amplia red de organizaciones internacionales, medios de comunicación globales y comunidades digitales que contribuyen a configurar el entorno informativo.
La rapidez con la que las imágenes, los vídeos y los testimonios circulan en el ecosistema digital ha transformado profundamente la dinámica informativa del conflicto.
Las redes sociales se han convertido en uno de los principales canales a través de los cuales se difunden narrativas sobre las operaciones militares, las víctimas civiles y las responsabilidades de los distintos actores implicados.
Uno de los rasgos más característicos del conflicto es la intensa disputa narrativa sobre la legitimidad de las operaciones militares. Las autoridades de Israel han defendido reiteradamente que sus operaciones militares responden al ejercicio del derecho a la legítima defensa frente a ataques armados perpetrados por organizaciones como Hamás.
En esta narrativa, las operaciones militares se presentan como acciones necesarias para neutralizar infraestructuras militares, redes de túneles y plataformas de lanzamiento de cohetes.
Por su parte, los actores palestinos y diversas organizaciones internacionales han puesto el énfasis en el impacto humanitario del conflicto y en las consecuencias de las operaciones militares sobre la población civil de la Franja de Gaza. En este contexto, la difusión de imágenes de destrucción urbana, víctimas civiles y daños a infraestructuras esenciales desempeña un papel central en la construcción de narrativas críticas con la actuación militar israelí.
Esta disputa narrativa tiene un impacto directo en el entorno diplomático internacional. Las percepciones sobre la proporcionalidad de las operaciones militares, el cumplimiento del derecho internacional humanitario o la responsabilidad por determinados ataques influyen en la posición adoptada por gobiernos, organizaciones internacionales y actores de la sociedad civil.
Como en el caso anterior, las plataformas digitales han amplificado considerablemente la dimensión informacional del conflicto y se han convertido en canales fundamentales para la circulación de contenidos relacionados.
Durante diversas escaladas militares en la región, vídeos grabados por civiles, periodistas o combatientes han sido difundidos de forma masiva en estas plataformas, incluyendo imágenes de bombardeos, el lanzamiento de cohetes, la destrucción de edificios y los testimonios de las víctimas.
Aunque la velocidad de difusión de este material contribuye a generar fuertes reacciones emocionales en audiencias internacionales, también plantea importantes desafíos en términos de verificación y contextualización de la información.
Efectivamente, diversos análisis han mostrado que una parte significativa de los contenidos difundidos en redes sociales durante episodios de escalada militar corresponde a material manipulado, reutilizado o descontextualizado7.
Imágenes procedentes de conflictos anteriores o de otros escenarios geográficos han circulado en ocasiones como si correspondieran a acontecimientos recientes, lo que ha contribuido a alimentar percepciones erróneas sobre determinados episodios.
Además de todo ello, el conflicto ha sido acompañado por campañas de propaganda digital orientadas a movilizar apoyo político y social. Tanto actores estatales como organizaciones armadas han utilizado las plataformas digitales para difundir mensajes dirigidos a audiencias nacionales e internacionales.
En estos casos destacan los canales de comunicación vinculados a Hamás, que difundieron vídeos de ataques con cohetes y mensajes propagandísticos orientados a reforzar su imagen como actor de resistencia frente a Israel, con el objetivo de movilizar apoyo entre ciertas audiencias regionales y reforzar la legitimidad de la organización en determinados contextos políticos.
Por su parte, las autoridades israelíes han venido desarrollando estrategias comunicativas destinadas a mostrar el carácter defensivo de sus operaciones militares y a destacar los riesgos que representa el uso de infraestructuras civiles por parte de organizaciones armada. Estas estrategias incluyeron la difusión de imágenes de lanzamientos de cohetes desde zonas urbanas o de infraestructuras militares ocultas en entornos civiles.
El componente informacional del conflicto también ha estado marcado por la difusión de desinformación. Durante los episodios de mayor escalada militar circularon en redes sociales numerosos contenidos falsos o manipulados que atribuían ataques o responsabilidades a uno u otro actor del conflicto.
Entre los ejemplos más conocidos se encuentran vídeos procedentes de conflictos anteriores que fueron difundidos como si correspondieran a acontecimientos recientes en Gaza, así como imágenes generadas mediante herramientas digitales que simulaban ataques o daños inexistentes8.
La propagación de estos contenidos ilustra la dificultad de mantener un control efectivo sobre el entorno informacional en conflictos caracterizados por una elevada intensidad mediática y una fuerte polarización política.
La experiencia del conflicto en Oriente Medio demuestra que la dimensión informacional puede desempeñar un papel determinante en la evolución de los conflictos armados contemporáneos. La batalla por la narrativa se desarrolla paralelamente a las operaciones militares sobre el terreno y puede influir de manera significativa en la percepción internacional del conflicto.
Como resultado, la capacidad para moldear percepciones, movilizar audiencias y legitimar determinadas acciones militares constituye un recurso estratégico de primer orden.
El conflicto Estados Unidos-Israel-Irán: convergencia entre guerra convencional e híbrida
La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán constituye un ejemplo particularmente significativo de la convergencia entre dinámicas de guerra híbrida y confrontaciones militares de mayor intensidad.
Aunque el conflicto continúa evolucionando, los acontecimientos recientes ilustran con claridad cómo los actores implicados combinan operaciones militares convencionales, ciberoperaciones y estrategias informacionales en un mismo marco estratégico.
A diferencia de los conflictos anteriores en la región, esta escalada presenta un carácter marcadamente multidominio, en el que las operaciones militares se desarrollan simultáneamente en el espacio aéreo, el ámbito marítimo, el ciberespacio y el entorno informacional.
En este contexto, la dimensión narrativa del conflicto se convierte en un elemento central para legitimar determinadas acciones militares y para influir en la percepción internacional de los acontecimientos.
Uno de los rasgos más visibles de la escalada ha sido el empleo de ataques aéreos de precisión dirigidos contra infraestructuras militares y objetivos estratégicos en territorio iraní, en particular instalaciones vinculadas a su programa nuclear, centros de mando militares y sistemas de defensa aérea.
Desde la perspectiva estratégica, este tipo de operaciones responde a una lógica de neutralización preventiva de capacidades estratégicas, en la medida en que la destrucción de radares, sistemas antiaéreos o instalaciones logísticas puede contribuir a asegurar la superioridad aérea en fases posteriores del conflicto.
Al mismo tiempo, estos ataques han sido acompañados por intensas campañas comunicativas destinadas a justificar su carácter defensivo o preventivo. Las autoridades israelíes y estadounidenses han presentado estas operaciones como respuestas necesarias frente a amenazas estratégicas percibidas, mientras que las autoridades iraníes —así como las de otros países— las han denunciado como actos de agresión contrarios al derecho internacional.
La respuesta iraní ha incluido diversas formas de acción indirecta y asimétrica. En lugar de limitarse a una confrontación militar directa, Teherán ha recurrido también a redes de actores aliados en la región, que han desempeñado un papel relevante en la escalada del conflicto.
Entre estos actores destaca Hezbolá, organización armada con fuerte presencia en el sur del Líbano, que ha protagonizado episodios significativos de intercambio de fuego con fuerzas israelíes en la frontera septentrional de Israel. Este tipo de enfrentamientos ilustra la naturaleza regionalizada del conflicto y el papel que desempeñan los denominados actores proxys en la estrategia iraní.
El uso de redes de actores aliados permite a Irán ejercer presión militar sobre Israel y sobre intereses estadounidenses en la región sin recurrir necesariamente a una confrontación directa a gran escala.
Este enfoque que forma parte de una estrategia más amplia de proyección de influencia regional que combina instrumentos militares, políticos y comunicativos.
Otro elemento relevante de la escalada ha sido la creciente tensión en torno al control de rutas marítimas estratégicas, especialmente en el entorno del estrecho de Ormuz. Como es sabido, este enclave geográfico constituye uno de los principales corredores de transporte energético del mundo, y su seguridad reviste una importancia estratégica fundamental para la economía global.
Diversos episodios recientes han incluido ataques contra buques comerciales, incidentes navales y amenazas de interrupción del tráfico marítimo en la región9. Este tipo de acciones forma parte de estrategias destinadas a ejercer presión económica y geopolítica mediante la alteración de rutas comerciales críticas.
Desde la perspectiva de la guerra híbrida, la instrumentalización de infraestructuras económicas y energéticas constituye un mecanismo eficaz para ampliar el impacto estratégico de los conflictos regionales.
La dimensión cibernética también ha adquirido una relevancia creciente entre los actores implicados en el conflicto. Diversos informes especializados han señalado un aumento de ciberataques dirigidos contra infraestructuras críticas, medios de comunicación y sistemas gubernamentales en los países afectados10.
Estos ataques han incluido intentos de intrusión en redes informáticas, campañas de sabotaje digital y operaciones destinadas a difundir información manipulada o propaganda en el entorno digital. Una vez más, ello pone de manifiesto cómo la utilización del ciberespacio como campo de confrontación evidencia la importancia de este dominio en los conflictos contemporáneos.
Así mismo, las ciberoperaciones permiten generar efectos estratégicos significativos sin recurrir necesariamente a la fuerza militar convencional, lo que las convierte en un instrumento especialmente atractivo en contextos de competencia estratégica prolongada.
Por su parte, la dimensión informacional del conflicto ha sido particularmente intensa. Los distintos actores implicados han desplegado campañas narrativas destinadas a influir en la percepción internacional de los acontecimientos.
Así, las autoridades de Irán han presentado los ataques recibidos como una agresión externa que amenaza la estabilidad regional, mientras que los Gobiernos de Israel y de Estados Unidos han defendido el carácter preventivo o defensivo de sus operaciones militares.
Estas narrativas, difundidas a través de medios de comunicación tradicionales, redes sociales y canales diplomáticos, generan un intenso debate internacional sobre la legalidad y la legitimidad de las operaciones militares.
De este modo, la batalla narrativa se desarrolle paralelamente a estas operaciones, lo que configura un entorno informacional altamente polarizado en el que diferentes actores intentan moldear la percepción global del conflicto.
Implicaciones jurídicas y estratégicas: del «conflicto multidominio» al impacto sistémico global
La consolidación de la guerra híbrida y del dominio cognitivo en los conflictos armados contemporáneos plantea implicaciones que desbordan el plano estrictamente militar.
En escenarios como Ucrania y Oriente Medio, y de manera particularmente visible en la escalada en curso entre EE.UU., Israel e Irán, la interacción entre operaciones cinéticas, ciberoperaciones, coerción económica y guerra informacional está configurando un patrón de conflicto multidominio con efectos estratégicos y jurídicos de alcance global.
El conflicto EE.UU.-Israel-Irán muestra una combinación de golpes de precisión, tensión marítima y riesgo cibernético, con un objetivo estratégico clásico: degradar capacidades del adversario y condicionar su toma de decisiones, intensificando de manera significativa las acciones militares que vienen a ampliar el teatro operativo (incluyendo un episodio naval de alto impacto y la intercepción de un misil con implicaciones para la OTAN)11.
Un rasgo estructural de Oriente Medio —y crucial para el análisis híbrido— es la tendencia a la expansión por teatros de operaciones: frente principal más frentes secundarios (Líbano/Hezbolá, Golfo, mar Rojo), así como la presión sobre socios regionales, lo que alude a la extensión del conflicto y a su efecto desestabilizador regional12.
Desde el punto de vista doctrinal, esto encaja en estrategias de disuasión por castigo y por negación, pero también en lógicas de «zona gris», en las que se busca mantener ambigüedad y modular umbrales de respuesta.
En el conflicto en curso, el estrecho de Ormuz opera como infraestructura estratégica global: no solo es un espacio marítimo, sino un multiplicador de efectos económicos.
Fuentes periodísticas y de mercado describen perturbaciones severas del tráfico y la consiguiente tensión sobre precios, seguros, rutas alternativas y decisiones de política energética en terceros países —por ejemplo, la búsqueda de rutas alternativas para el suministro—.
Finalmente, en entornos de escalada, la ciberactividad aumenta la fricción: genera dudas sobre la integridad de los sistemas, la continuidad de los servicios y la credibilidad informativa. Informes recientes de threat intelligence advierten del incremento de riesgo cibernético asociado al conflicto con Irán13.
La experiencia comparada (Ucrania y Oriente Medio) sugiere que la polarización en audiencias extranjeras es un objetivo útil: degrada la cohesión social, aumenta el coste político de apoyar a un bando y fragmenta el consenso internacional.
El marco conceptual europeo de FIMI (Foreign Information Manipulation and Interference) es útil aquí porque describe patrones de manipulación informativa coordinada, muchas veces por actores estatales o actores delegados (proxys), que buscan afectar procesos políticos y valores democráticos14.
Respecto a las implicaciones económicas, el canal más directo es el energético: Ormuz es un choke point y, cuando el tránsito se degrada o se detiene, se disparan efectos sobre precios, mercados y expectativas.
La cobertura sobre las disrupciones del tránsito, la caída de las exportaciones y la respuesta de los Estados importadores ilustra la transmisión casi instantánea de estos impactos a la economía internacional.
Además, en los conflictos marítimos, el seguro es un termómetro. Cuando las aseguradoras se retiran o encarecen su cobertura, el choque se amplifica: menos barcos, más costes, mayores tiempos de tránsito y presión inflacionaria indirecta. La crisis descrita en torno a Ormuz incorpora, precisamente, estos elementos.
Por otro lado, no debe olvidarse el impacto asimétrico en terceros países. En particular, Estados altamente dependientes de importaciones energéticas —o con rutas concentradas— sufren impactos desproporcionados y buscan soluciones diplomáticas y logísticas alternativas.
Por último, en lo relativo a las implicaciones jurídicas, en escaladas como la actual, el debate jurídico se desplaza rápidamente a tres cuestiones principales: (i) si existió un «ataque armado» o una amenaza inminente suficiente para invocar la legítima defensa, (ii) cómo se evalúan la necesidad y la proporcionalidad en operaciones preventivas, y (iii) el papel de la atribución cuando el daño deriva de actores delegados (proxys) o de operaciones no cinéticas.
Como es sabido, una vez reconocida la existencia de un conflicto armado, el DIH impone obligaciones clásicas —distinción, proporcionalidad y precauciones— que se ven tensionadas por dos factores: el empleo de infraestructuras de doble uso (civil-militar), y la presión mediática y operacional para «probar» conductas ante audiencias globales.
En este sentido, el entorno informacional influye en la conducción de hostilidades porque aumenta el valor operativo de la percepción y de la legitimación.
En un conflicto como el de EE.UU.-Israel-Irán, donde existen señales de intensificación del riesgo cibernético, el problema jurídico clave es doble: la atribución (tanto técnica como política) y la calificación del daño (¿equivale al uso de la fuerza?, ¿permite contramedidas?, ¿habilita legítima defensa?).
Este debate resulta especialmente relevante si se tiene en cuenta que gran parte de la manipulación informativa transnacional opera en una zona mostly non-illegal (en terminología del EEAS15), donde la respuesta no es penal clásica, sino que se articula a través de medidas de resiliencia, transparencia, gobernanza de plataformas y una respuesta estratégica coordinada.
Además, desde el punto de vista doctrinal militar, la conceptualización de cognitive warfare en el entorno de la OTAN contribuye a justificar por qué este fenómeno resulta relevante desde una perspectiva operacional, y no únicamente comunicativa.
Por todo lo dicho, y a partir del patrón comparado Ucrania–Oriente Medio–EE.UU./Israel/Irán, podemos sostener una tesis robusta: el conflicto contemporáneo tiende a ser multidominio y sistémico, y su «centro de gravedad» puede desplazarse del campo de batalla físico a la infraestructura crítica, al mercado energético, a la cohesión social y a la legitimidad internacional, todo ello mediado por el ecosistema digital.
Conclusiones
El análisis comparado de los conflictos recientes —desde la invasión rusa de Ucrania hasta las dinámicas de confrontación en Oriente Medio y la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán— permite formular una serie de conclusiones de carácter doctrinal sobre la evolución del conflicto armado en el siglo XXI.
En primer lugar, la guerra híbrida debe entenderse como un modelo estructural de conflicto y no como una categoría excepcional o transitoria. Los casos analizados muestran que los actores estatales integran de forma sistemática instrumentos militares, cibernéticos, informacionales y económicos en una misma estrategia de confrontación.
Las operaciones militares convencionales continúan siendo relevantes, pero su eficacia depende cada vez más de su integración con acciones destinadas a influir en el entorno informacional y en la percepción estratégica de las audiencias nacionales e internacionales.
En segundo lugar, el dominio cognitivo se ha consolidado como un nuevo espacio central de la competencia estratégica. Las operaciones destinadas a influir en percepciones, narrativas y procesos de decisión se han convertido en un componente esencial de la planificación estratégica contemporánea.
La digitalización del ecosistema informativo y la expansión de las plataformas globales de comunicación han ampliado de manera significativa el alcance de estas operaciones, permitiendo que las narrativas asociadas a conflictos regionales se proyecten rápidamente a escala internacional.
En tercer lugar, los conflictos multidominio tienden a generar efectos estratégicos que trascienden el ámbito estrictamente militar. Las tensiones en torno a infraestructuras críticas, rutas energéticas o sistemas digitales muestran que las guerras contemporáneas pueden producir impactos sistémicos sobre la economía global y sobre la estabilidad política internacional.
La crisis recurrente en torno al estrecho de Ormuz ilustra cómo los conflictos regionales pueden tener repercusiones directas sobre mercados energéticos, rutas comerciales y dinámicas geopolíticas globales.
Finalmente, las transformaciones del conflicto armado plantean importantes desafíos para el marco jurídico internacional existente. El derecho internacional humanitario y las normas relativas al uso de la fuerza fueron concebidos principalmente para regular enfrentamientos militares convencionales entre Estados. Sin embargo, la creciente importancia de las ciberoperaciones, de las campañas de desinformación y de las operaciones cognitivas plantea interrogantes sobre la aplicabilidad y la suficiencia de los marcos normativos actuales.
En este contexto, el estudio de la guerra híbrida y del dominio cognitivo no debe considerarse únicamente como una cuestión analítica o doctrinal.
Por el contrario, constituye un elemento fundamental para comprender la evolución de la competencia estratégica global y para diseñar políticas de seguridad capaces de responder a los desafíos emergentes del conflicto en el siglo XXI.
Carlos Galán Cordero
Director del Máster en Análisis de Inteligencia y Ciberinteligencia
Universidad Nebrija
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Multi-domain conflict and hybrid warfare in the 21st century: from the case of Ukraine to the escalation between the United States, Israel, and Iran (0,2 MB)
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